Fiesta de la Raza · Teatro Real de Madrid · 12 octubre 1924

Discurso del Ilmo. Sr. D. Hilario Crespo

Conmemorando el descubrimiento
de América el día de la Raza

Por haber tenido el acierto o la oportunidad de que cristalizara algo que estaba en el ambiente, bien seguro de que ese algo habría de encontrar eco vibrante y positivo entre todos aquellos humanos seres que, por estar destinados a encontrarnos, aprendimos a conocernos y a querernos, correspóndeme el honroso privilegio de exponer, aunque sea a grandes rasgos, el espíritu, la significación y la finalidad de la Fiesta de la Raza, que hoy, con todo el mundo español, celebra Madrid.

Y habrán de servir mis primeras palabras para saludar fervorosamente al guía espiritual que quiera conducirnos diligentemente a través del mundo de las ideas a nosotros, ya que fuimos los primeros en conducir a los hombres a los más remotos confines del Mundo material.

A la Fiesta de la Raza –fiesta de amor, de cultura y de confraternidad universal– por significar el justísimo homenaje que debemos rendir a la gloriosa España del pasado y una afirmación de vínculos en el presente y para el porvenir entre todos cuantos pueblos se han formado con nuestra sangre, nuestro idioma, nuestras costumbres y nuestro constante esfuerzo civilizador y progresista, que no por desviado y desigual en cien tristes ocasiones, es por eso menos real, efectivo y fecundo en el curso del tiempo y de las cosas... íntimamente unidos en espíritu españoles y americanos la deberemos dedicar nuestras mayores y más fervorosas devociones.

¿Por qué o qué otra cosa puede significar esta hermosa fiesta, sino el más entrañable vínculo de convivencia espiritual y económica?... Millones de seres humanos la vienen celebrando con la más entusiasta solidaridad desde que el Ayuntamiento de Madrid, al que por aquella época tenía el honor de pertenecer como Concejal, acogiendo la idea que tuve la honra de ofrecerle, la instituyó en solemne y memorable sesión.

La Fiesta de la Raza deberá tener, además de su sentido tradicional y romántico, una mayor y más positiva fuerza de intercambio intelectual, mercantil y hasta político-social que el que en la actualidad existe entre España y aquellos Estados, que se amamantaron al pecho de Castilla desde aquella esclarecida e inmortal fecha de 12 de octubre de 1492, en la hora luminosa y bendita en que Rodrigo de Triana, después de setenta y dos días de inquietudes y zozobras, desde su puesto de vigía de la carabela «Pinta» dio la voz de ¡tierra!..., que fue como un oasis para el bien templado espíritu de tan arriesgados y gloriosos navegantes.

Bien solemnes momentos aquellos en que la noble e hidalga España, de la que [46] eran sus embajadores la legión de intrépidos aventureros y heroicos navegantes, que, como a un vidente, a Colón siguieron en su empresa por la sugestión que de su fe irradiaba, supo escribir la más grandiosa página que registra la Historia de la Humanidad.

Y nada tan en lo cierto como lo dicho, porque es uno de nuestros más insignes historiadores de Indias el que nos dice: «No soñaron los poetas antiguos, no han visto las modernas generaciones, ni es probable que presencien las edades venideras una serie de heroicidades tan estupendas como las que hicieron nuestros mayores al emprender y realizar el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.» Y es López de Gomara, el que en carta dirigida al Emperador Carlos V, le decía: «Señor, la mayor cosa después de la creación del Mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias.»

En cuanto a la importancia de esta fiesta, instituida con carácter de aniversario, no me cumple más que decir que todos los años y con mayor extensión, grandeza y magnificencia en los que se van sucediendo, el día 12 de octubre, fecha conmemorativa del descubrimiento de América, millones de seres humanos habrán de expresar a España, a la Madre Patria generosa que a esos pueblos de allende los mares los llevó, con la comunión de su idioma, las excelsas virtudes de su raza, el testimonio supremo de su admiración, de su cariño y de su respeto.

Conservar, pues, tan rico tesoro y ser a su vez los difusores en su máxima intensidad del hermoso lema del Dr. Sáenz Peña: «América para la Humanidad, de tan bellos ideales...» He aquí la doble misión de nuestra raza y lo que su fiesta significa.

Así es que, de hoy en adelante, el ideal hispanoamericano no será como hasta aquí fue una halagadora y risueña esperanza, sino ya una intensa y beneficiosa realidad, y aunque mi espíritu soñador, siempre optimista, venía presintiendo el triunfo de este ideal, no pudo jamás suponer que tan pronto comenzase a alborear en el firmamento de mis anhelos la aurora que le presagiara.

Pero, a los fines propuestos, se habrá de tener en cuenta que es a España a la que corresponde practicar en todas sus interpretaciones el estudio de las nacionalidades americanas. Estudios estos que deberían preocupar hondamente nuestras inquietudes espirituales, teniendo preferente atención en nuestras devociones, ya que nosotros somos con los Concilios de Toledo, con el Fuero juzgo, con las Leyes de Indias y con las Municipalidades de Castilla y Aragón, los instituidores de las democráticas leyes que hoy en toda América se proclaman.

Por tanto, de la celebración de esta fiesta tienen que surgir ideas que, al cristalizar en hechos prácticos, proporcionen a nuestra magna empresa el éxito para ella ambicionado, que no es ni puede ser otro, que el de llegar a conseguir como una especie –valga la frase– de transfusión del intercambio intelectual y comercial.

Como que por el hecho de ser los presentes momentos de ejecución, todas nuestras aspiraciones habrán de ser concretadas en estos tres fundamentos enunciados: intercambio cultural, intercambio comercial e intercambio político-social.

En torno, pues, de este grandioso programa, que españoles y americanos debemos dejar grabado en nuestros pensamientos, deberemos trabajar hasta que por [47] entero constituya una tangible realidad. Y con mayor motivo en la ocasión presente, verdaderamente propicia para ello por comenzar a alborear la aurora de la paz, supremo y venturoso momento que me obliga a insistir sobre la inexcusable obligación en que estamos de establecer la Confederación Hispanoamericana.

Porque instituida ésta, por concurrir en ella factores tan importantes como el de su extensión superficial, el de su importancia económica en el mundo de los negocios y el de su prepotente poderío en la acción político-internacional, si algún pueblo tratara de turbar la paz universal, siempre el que tal intento tuviere habría de tener muy en cuenta que era la raza hispánica la única que podría imponerse para que el trágico fantasma de la guerra no se alzara, consiguiendo dicha Confederación, para bien de la Humanidad, que en lo sucesivo las diferencias entre los distintos Estados, en vez de ser dirimidas en la forma cruenta de ahora, se solucionen bajo estos tres universales principios: Justicia, Derecho y Libertad.

En corroboración de lo expuesto me creo en el deber de expresar en clamores de noble sinceridad el acercamiento del peligro norteamericano, haciendo ver a los pueblos de Hispanoamérica lo que contra ellos tan cautelosamente se viene tramando, porque cosa harto sabida es, que desde hace unos cuantos años viene funcionando en los Estados Unidos un vastísimo departamento servido por numeroso y competente personal, denominado Oficina de las Repúblicas Americanas, departamento que tan solo está destinado, digan de él lo que quieran sus mantenedores, al más completo estudio, que les precisa tener realizado con el fin de establecer en el momento que consideren oportuno el por ellos hace ya bastante tiempo proyectado Ministerio de Colonias, considerando como tales, directa o indirectamente, a la mayor parte de las Repúblicas de la América española, poniendo en vigor por medio de tan hábil procedimiento, aunque de injusta y arbitraria manera, la doctrina de Monroe: «América para los americanos.»

Poseen actualmente los Estados Unidos unos cien millones de habitantes, y según los cálculos de Mr. Carnegie en el año 2000 su población habrá de pasar de mil millones de habitantes, debiéndose a esta circunstancia, en primer término, las desmedidas ansias que refleja la referida nación por aumentar los confines de sus territorios, correspondiendo a la República de Méjico, por la situación geográfica que ocupa, el ser la primera en sentir los efectos de este criterio, hecho que está plenamente comprobado por el dato –que tengo por exacto– de que tenía Méjico al comenzar el siglo XIX territorios que abarcaban una extensión de más de seis millones de kilómetros cuadrados, mientras que en la actualidad, su territorio, apenas si llega a alcanzar la cifra de dos millones de kilómetros cuadrados, territorio éste, que aún irá fatalmente achicándose, puesto que de una buena parte de él habrán de intentar apoderarse los Estados Unidos, a medida que lo vayan requiriendo sus necesidades e intereses.

La parte más grave de este complejo problema está, a mi juicio, en que el caso de Méjico, a mayor o menor distancia –nosotros podemos ser testigos de ello–, es el de toda la América española, a la cual no le quedará otro remedio que el de someterse, como ya lo hicieron Cuba y Puerto Rico, o el de resistir valerosamente, como lo hace Méjico, porque de no estar establecida dicha «Liga Confederativa Hispanoamericana», [48] las Repúblicas más débiles irán fatalmente pasando al dominio de los Estados Unidos y sólo subsistirán independientes, aunque en apariencia, las más fuertes, que con el tiempo también tendrán que someterse.

Por tanto, para que la obra de confraternidad hispanoamericana ya iniciada con tan plausibles motivos no termine en estéril o negativa labor, será preciso que, aceptando las realidades del arduo problema del intercambio hispanoamericano en sus múltiples aspectos, empecemos tan magna empresa, puesto que el no acometerla constituiría una peligrosísima ofuscación nuestra, por la revisión de los pocos tratados de comercio vigentes, continuándola, pero después de haber practicado los estudios necesarios, aconsejando e impulsando, si es preciso, a nuestros poderes públicos la firma de otros tratados de comercio que estén por completo en armonía con las necesidades comerciales de los tiempos modernos, o sea poniéndonos a tono con la intensa y bien orientada obra de penetración mercantil que vienen realizando las más importantes naciones; mas convendría que antes se acometiera, pero con seguridad y acierto, la necesaria reorganización de nuestros servicios diplomáticos y consulares de América, labor que habrá de ser comenzada borrando la falsa leyenda que hoy entre esos funcionarios existe de creer que van al Continente Americano en cierto modo, como postergados en sus respectivas carreras.

Otro punto, que en el desenvolvimiento de nuestro fundamental programa es también digno de ser tenido en cuenta, es el de que hoy España con sus hijas de América, más que comprenderse, lo que necesitan es vencerse a sí mismas.

Porque tan sólo así, con el firme propósito de sernos útiles, de sernos, si se quiere, mutuamente indispensables, es como llegaremos a hacer efectiva la realización de nuestros bien justos anhelos.

Para todo esto debe servirnos la glorificación de la empresa de Colón, plasmada en la Fiesta de la Raza: para hacernos abrir los ojos en bien de nuestros mutuos intereses, para pasarnos al oído la contraseña sagrada que sirva para unirnos estrechamente en provecho de nuestras necesidades comunes, ofreciendo a la Humanidad el vigoroso ejemplo de una madre que defiende los derechos de sus hijos y de unos hijos que se agrupan en torno de ella para enaltecer ese bello hogar, de tan transcendental importancia en los destinos del Mundo que se llama Hispanoamérica.

Yo aspiro a la creación de la Liga «Confederativa Hispanoamericana» para que su actuación responda a fines pacifistas; porque las garantías de la paz perpetua por todos los pueblos anhelada, hay que buscarlas, como con tanto acierto y oportunidad nos ha dicho el Sr. Argente no en combinaciones artificiosas, sino en una solidaridad de intereses que haga a la mayoría de los hombres dueños de pueblos rechazar la guerra por dañosa para ellos.

Están, pues, en la conveniencia mutua y evidente no en la razón ni en los convenios las garantías de la paz, siendo la realidad de los hechos la que a cada paso confirma la interpretación económica de la Historia.

Y es D. Joaquín Costa, el insigne polígrafo, el que nos dejó dicho, que la epopeya española del descubrimiento de América, constituye la apoteosis del deber y un himno a la justicia, que hace del derecho una religión. De todo lo que es [49] encarnación el Cid, símbolo de nuestra poesía popular nacional y representación sintética de nuestra raza.

Y añadió el cultísimo pensador: «La Humanidad terrestre necesita una raza española, grande y poderosa, contrapuesta a la raza anglosajona para establecer el equilibrio moral en el juego infinito de la Historia, y no correspondería a la grandeza de la habitación terráquea la grandeza del inquilino hombre, si al lado del Sancho británico no se irguiese puro, luminoso, soñador, el Quijote español, llenando el mundo con sus locuras, afirmando a través de los siglos la utopía de la Edad de Oro y manteniendo perenne aquí abajo esa caballería espiritual que cree en algo, que siente por algo y que se sacrifica por algo, y con esta pasión, y con esta fe, y con ese sacrificio que hace que la tierra sea más que una factoría, que un mercado donde se compra y se vende.»

Y es Reclús, cuyo valioso testimonio no podrá ser tildado de parcialidad, el que nos dice: «Ya no posee España aquellos dominios inmensos donde no se ponía el sol; pero su antiguo imperio sigue siendo español por el lenguaje, español por el carácter de sus habitantes, sufridos, enérgicos, sobrios, altivos, grandilocuentes, magnánimos, patriotas, con todo el conjunto de las raras cualidades que abarca la palabra castellana caballerosidad.»

No puede ya caber duda después de lo expuesto, creo yo, que por igual, españoles y americanos, deberemos contribuir al fomento y enaltecimiento de la raza española, y no por el temor del pretendido peligro panamericanismo (que no lo es en el fondo por existir un amplio campo de posibilidades para civilizaciones de tipo propio, que no pueden ni deben ser excluidas), sino por la misión civilizadora que el mundo nos tiene reservada y respecto de la cual tantas y tan relevantes demostraciones podríamos ofrecer.

Corno que la América española al independizarse se vanagloriaba de poseer más intensa cultura que la Metrópoli, dato muy curioso que responde al hecho, de que en el reinado de Carlos III, con una población de diez y seis millones de habitantes, poseía 11 Universidades, 56 Institutos o Colegios de estudios superiores, varios Seminarios y un gran número de Centros culturales.

La Historia de la colonización española en América, nos demuestra plenamente que si pudo haber, como hubo errores de conducta, los aventajaron las empresas de holandeses, franceses, ingleses y alemanes, para sojuzgar el territorio de Venezuela.

Además, como hecho irrefutable, habré de exponer que el espíritu de la Metrópoli fue siempre favorable a la acción humanitaria de la obra colonizadora, pudiendo ofrecer, como ejemplo de ello la Casa de contratación de Sevilla, creada por la Ordenación de los Reyes Católicos, dictada en Alcalá de Henares en 20 de enero de 1503. Según la gran Cédula de 14 de septiembre de 1519, dada en Barcelona, se dispuso que uno de los jueces de la Cámara de Comercio ejerciera por turno su oficio en Cádiz. En 1535 se estableció un juzgado especial en este puerto. Don Carlos y su madre la reina doña Juana, habían abierto en la contratación de las Indias, desde el mes de enero de 1529 los puertos de La Coruña y Bayona, en Galicia; de Avilés, en Asturias; de Laredo, en la Montaña y sus encartaciones; de [50] Bilbao en Vizcaya, de San Sebastián en Guipúzcoa, de Cartagena en Murcia y de Málaga en Granada.

Otro testimonio que también he de citar es el de Prescott, el cual nos dice que el Gobierno español, lejos de considerar sus colonias como una adquisición extranjera que debía sacrificarse a la Madre Patria, las miraba como parte integrante del reino, a cuyos fines fueron concedidos privilegios a cuantos fueron a poblar y cultivar las tierras del Nuevo Mundo. Se les permitió que nombraran con entera libertad sus magistrados, así como que constituyeran sus respectivos Ayuntamientos, que gozaban de completa independencia administrativa, implantando en ellos los fueros y costumbres de las regiones de donde eran oriundos los colonizadores, correspondiendo a éstos el honor de haber puesto en práctica aquella virtud asimiladora, heredada de los romanos, que los sirvió para conservar constantemente y con la más exacta fidelidad la institución romana del Municipio.

Y son las Cartas-pueblas, los privilegios y franquicias que los Reyes de Castilla y Aragón concedieron a las Corporaciones municipales durante la Edad Media, las que dieron motivo a memorables proezas en el campo de las armas y en el de la actividad industrial, fundiéndose en el más amplio sentido de la palabra, con el espíritu, siempre altivo, de nuestro pueblo, los de dignidad y altruista amor a las libertades públicas, al extremo de que si nuestros insignes juristas eran paladines esforzados de éstas, nuestros artesanos aveníanse tan admirablemente con sus privilegios, como los magnates con los correspondientes a su elevada alcurnia. Y así, como en la Roma del imperio y de la república, el valor estaba considerado como una excelsa virtud. También acude a mi memoria en estos instantes el recuerdo de aquel hermoso precepto de la recopilación de las Leyes de Indias, que prohibía terminantemente que las madres indias pudieran ser obligadas a alimentar con sus pechos a otros hijos que los suyos propios.

Pero, además, el que anhele pruebas que corroboren lo que llevo expuesto, que consulte las Cartas de relación que fueron dirigidas por Cortés al Emperador Carlos V; La Verdadera Historia de la Conquista de Nueva España, obra de Bernal Díaz del Castillo, que está considerada como uno de los más meritorios y relevantes trabajos de su índole, y respecto del que, según palabras del ilustre filósofo e historiador escocés Robertson, es un libro único e imparangonable que no posee literatura alguna; así como La verdadera relación de la Conquista del Perú, por Francisco de Jerez; y Los Naufragios y Comentarios, del Adelantado Alvarez Núñez Cabeza de Vaca.

Es del recto y desapasionado juicio del ilustre argentino D. Vicente G. de Quesada, el siguiente párrafo: «Es indiscutible que la conquista española no exterminó las poblaciones indias, las cuales sufrieron, es verdad, la suerte de los pueblos vencidos; mas por el contrario, acto de justicia es reconocerlo así, la legislación colonial les fue benévola y tendió a civilizarlos y conservarlos.»

Y es otro no menos insigne escritor mejicano el que se expresa así: «Los medios y arbitrios que el Gobierno español se valió para llevar a cabo esta Colonia al grado de poderío, esplendor y arreglo a que no llegó ninguna otra en América, fueron tales, que podemos decir al Gobierno y al Congreso general: Si queréis [51] tener hacienda copiosa, arreglad en seguida las huellas que dejaron vuestros mayores.»

Pero es que aún hay algo más, mucho más, y que en gracia a la heredad había de omitir, porque esta magna, imperecedera e imparangonable labor civilizadora que en el Nuevo Mundo España con sus hombres realizó, es empresa que fue acrisolada, enaltecida y hasta santificada, al fundirnos, caso sin precedentes en los anales de la Historia, con el indígena, para crear la ínclita raza hispanoamericana... ¿En dónde está ese otro pueblo colonizador, cual el español, que haya querido fundir en un mismo crisol su sangre fecunda con la del colonizado?

Con claridad meridiana nos revelan los hechos expuestos que hoy en todos los pueblos de la progresiva América española, existe el deseo perenne de compenetración con la estructura ideológica, cultural y mercantil de España.

Ved, pues, si no es verdaderamente interesante y digno de atención el momento actual, que, sin duda alguna, ha de ser para nuestra amada Patria como la más alta recompensa otorgada a su gigantesca e incomparable epopeya, a su fecunda labor civilizadora...

Porque es que habremos de tener muy en cuenta que en esa proyectada Confederación de veinte pueblos que con efusivo y entusiasta cariño y diligente solicitud abren al horizonte de España nuevas tierras de promisión, el resurgimiento quizás de un pasado de esplendor y de gloria, son veinte vigorosos brazos que anhelantes de recíprocos afectos, se abren a ella con toda la juvenil pujanza de su engrandecimiento económico.

Veinte Estados de vastísimos territorios y riquísimos productos, con más de cien millones de habitantes, brotes de nuestra raza que hablan la hermosa lengua que el divino y esclarecido genio de Cervantes supo glorificar y enaltecer.

Con ellos, unidos por indisolubles vínculos, con una perfecta connaturalización de costumbres, en paternal convivencia y como legítimos representantes de la mentalidad y de la acción española, moran cerca de cinco millones de compatriotas nuestros que la corriente emigratoria puso bajo la noble y hospitalaria tutela de tan fértiles tierras de aventura.

Son veinte naciones, hoy florecientes, porque mediante el supremo esfuerzo de sus hijos lograron ganar las cumbres de la cultura y de la civilización.

Orgullo nuestro y orgullo de los que ufanos siguen llamándose hijos de la Madre España. Pruebas leales, sinceras y entusiastas de sus fervorosos amores hacia nosotros, que yo he tenido la honra de apreciar en el transcurso de una excursión que, llevado por los ensueños de mi alma viajera, tuve la dicha de realizar por algunos de esos sugestivos y fecundos países, que, al visitarlos, nos obligan a repetir las hermosas palabras del salmista: Possuit prodigia super terram. (Ha hecho Dios cosas prodigiosas sobre la tierra.)

Desde entonces América, al entrever que tenía con España una gran deuda, como que era la deuda de la vida, volviendo a ella su pecho ardiente, en filial homenaje y con cariño sincero y corazón abierto, supo ofrecer al Viejo Mundo todas sus infinitas riquezas.

Oro y plata de ponderada ley, así como valiosísimas piedras preciosas y perlas [52] de finísimo oriente, todo ello en cantidad tan extraordinaria como para poder decir: He saciado tu sed de oro, tus ansias de riqueza, pero con tanta prodigalidad como jamás habrías podido imaginar.

Con la patata y el maíz, cuyos cultivos fueron intensamente propagados por los campos de Europa y Asia, yo supe saciar el hambre que ya se adueñaba de ti.

A mí se debe el que miles de braceros hallaran trabajo espléndidamente remunerado en el cultivo y elaboración del tabaco, mientras otros muchos dedicaban sus actividades y afanes al cultivo y a la exportación del cacao, del café, de la canela, del mate, de la coca y de las ananás, así como el de otras ricas plantas medicinales, como la quinina, la copaiba, la ipecacuana, la cuasia, la sasafrás, la zarzaparrilla, y al de vegetales tan reproductivos, como el caucho e insecto tan apreciado de la espléndida fauna americana como la cochinilla.

También supe cambiar tu vida, Viejo Mundo, porque nuevos y más amplios horizontes se abrieron al tráfico comercial, con más dilatados campos para la acción humana en sus múltiples aspectos, viéndose convertidos, como por arte de encantamiento, los toscos y frágiles bajeles de los siglos XIV y XV, juguetes que eran de las encrespadas olas, en modernos buques de gran porte. Y convertirlas en anchas carreteras casi sin desniveles, inspirándose en los trazados de sistemas de las construidas por los incas mejicanos, tus primitivos y quebrados senderos.

Yo, el Nuevo Mundo, es el que puedo y debo vanagloriarme de haber sido la entraña fecunda del tráfico incesante, febril y avasallador hoy existente, que es el que nos ha impuesto para dar plena satisfacción a sus imperiosas necesidades; el trazado de los ferrocarriles, la construcción de canales interiores, el hacer posible la navegación de muchos ríos por medio de exclusas, tramos y desniveles, así como la realización de obras tan gigantescas como la apertura de los istmos de Suez y Panamá, y robando a los mares terrenos de su pertenencia, la creación de puertos cómodos, seguros y con un suficiente calado para que a sus muelles puedan atracar esas colosales naves, producto de la ingeniería moderna, de 50.000 toneladas de desplazamiento y 30 millas de navegar a la hora.

Y es también a mí a quien se debe la evolución en los servicios de correos, porque supe crear, entre otros muchos signos de progreso, la hoja volandera del periódico.

Por América, el vapor, el telégrafo, el teléfono, el gramófono y tantos otros más asombrosos inventos.

Por mí, por mi buen viejo Tenochitian, del imperio inca, los parques botánicos y zoológicos, los Museos de Historia Natural y de Bellas Artes, en cuyos respectivos recintos los hombres pueden saciar sus nobles y bien justas ansias de sabiduría y de recreo espiritual, manantial fecundo, además de creadores deleites.

Yo, país de ensueño y de aventura, supe ofrecer también ancho campo a la acción de la mentalidad de los que a mi inexplorado solar acudieron, encontrando en él, con aquella paz que soñaron, la casa solariega de sus mayores, pero sin odios de religión, de raza o de clases. Y así, practicando el apostolado de paz y de trabajo, fue rápidamente fecundado mi remoto suelo, alumbrador de un nuevo imperio, en el que los espíritus de empresa y de actividad pletóricos de medios, [53] consiguieron alcanzar triunfos que más bien parecieron producto de la fantasía que de la realidad de los hechos.

Hoy la agricultura, el comercio, la industria, la minería y los transportes en mi continente, así como la cultura, han superado en intensidad y en beneficios los límites previstos por los más exagerados cálculos.

Yo, nueva tierra de promisión, concebí esos maravillosos inventos que más bien parecen obra de dioses que de hombres, y hasta podría decir que los di vida y hasta alas para extenderse por el mundo, ofreciendo con ellos a la civilización las pruebas de mi asombrosa fecundidad imaginativa...

¡Oh Mundo antiguo! En muchas de tus obras me superastes, y por ello te respeto, admiro y venero, pero en otras, en noble y honrosa lucha, competí contigo.

¿Y quién sabe si por noble emulación estaré predestinado con España al frente, como gloriosa divisa histórica para elevar a la Humanidad a la cumbre del progreso?

¡Porque quién se atreverá a negar que no sean las ínclitas razas ubérrimas sangre de la Hispania fecunda, a las que corresponde por decreto providencia], el completar su grandiosa epopeya del descubrimiento de América y mediante la brújula, la abnegación, el heroísmo y la videncia de un nuevo y genial Colón, marcar la verdadera ruta a seguir por la Humanidad para arribar victoriosos a las apacibles y serenas playas de la libertad, de la justicia y del derecho...!

Hilario Crespo

{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924,
para solemnizar la Fiesta de la Raza,
Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 43-53.}


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Fiesta de la Raza · Madrid · 12 octubre 1924
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