Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 1, mayo-junio 1957
páginas 33-45

Federico Sánchez
[ Jorge Semprún Maura ]

El método orteguiano de las generaciones y las leyes objetivas del desarrollo histórico

El tema de las generaciones, la idea de que la irrupción de éstas en la vida social, en lucha con las generaciones anteriores, constituye el motor de la evolución histórica, impregna actualmente la ideología española, de una u otra forma. Pero uno de los rasgos más característicos de este fenómeno es que, en general, el llamado «método histórico de las generaciones» no es objeto de una exposición sistemática, coherente. El intento de Julián Marías a este respecto{1}, que puede considerarse como el más completo hasta la fecha, no aporta nada nuevo, en lo esencial, en relación con las ya viejas formulaciones de Ortega y Gasset, si dejamos de lado su inútil erudición libresca y su rebusca en viejos textos justamente olvidados. Y sin embargo, la idea de las generaciones, desde que Ortega introdujera en el periodismo filosófico esa noción traída del campo de la crítica literaria, vaga difusamente, sin rigor científico, sin que sea fácil apresarla, por todo el ámbito de la vida intelectual española. Este es el hecho básico del que debemos partir ahora: la idea de que la estructura generacional de la vida humana es la sustancia de la historia, de que en función de dicha estructura se explican las mudanzas y cambios históricos, se refleja hoy hasta en la prensa diaria, es una idea dominante en España. Mejor dicho, en términos más rigurosos, es una idea de las clases dominantes españolas que, precisamente por serlo, impregna nuestra vida cultural.

Quizá convenga, en primer lugar, exponer brevemente cuál es, según Ortega, la significación de la «teoría de las generaciones», procediendo de paso a la crítica interna de tan peregrino pensamiento. [34]

El método de las generaciones y su crítica interna

Si arrancamos de una formulación de Ortega en 1933 («En torno a Galileo», Obras Completas, Tomo V){2}, arrancaremos de una perogrullada. «El hecho más elemental de la vida humana es que unos hombres mueren y otros nacen, que las vidas se suceden». En efecto, se trata de una realidad biológica indiscutible. Pero este hecho exclusivamente biológico adquiere en manos de Ortega una significación particular; sobre él intenta edificar toda una interpretación del desarrollo histórico.

Esta comienza a ser elaborada por Ortega en su libro «El tema de nuestro tiempo», publicado en 1923, pero cuyo núcleo esencial procede de las lecciones de su curso universitario de 1921-22. Dice el autor:

«Por medio de la Historia intentamos la comprensión de las variaciones que sobrevienen en el espíritu humano. Para ello necesitamos primero advertir que esas variaciones no son de un mismo rango. Ciertos fenómenos históricos dependen de otros más profundos, que, por su parte, son independientes… Así, las transformaciones de orden industrial o político son poco profundas; dependen de las ideas, de las preferencias morales o estéticas que tengan los contemporáneos. Pero, a su vez, ideología, gusto, moralidad no son más que consecuencias o especificaciones de la sensación radical ante la vida, de cómo se siente la existencia en su integridad indiferenciada. Esta que llamaremos «sensibilidad vital» es el fenómeno primario en historia y lo primero que habríamos de definir para comprender una época.»

Aquí está ya reflejada toda una concepción idealista y reaccionaria de la historia, pero dejemos esta cita sin comentario, por ahora. Comentario que por cierto sólo podría ser jocoso. ¡Habría que ver cómo se explica, pongamos por caso [35] la Revolución Industrial en función de las «preferencias morales o estéticas» o de la «sensación radical ante la vida», de la burguesía inglesa! Prosigamos, sin embargo, en la línea de la «argumentación» orteguiana, y son sus propias palabras, suficientemente elocuentes de por sí.

«Las variaciones de la sensibilidad vital, que son decisivas en historia, se producen bajo la forma de generación. Una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa; es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia y, por decirlo así, el gozne sobre que ésta ejecuta sus movimientos.»

Ahora bien, ocurre que cada generación se encuentra con las formas que han dado a la existencia las generaciones anteriores. Unas veces, la nueva generación se adapta a dichas formas y las prolonga; vivimos entonces lo que Ortega llama «épocas cumulativas». Otras, la nueva generación no se adapta, más aún, se opone a las formas preexistentes; vivimos «épocas eliminatorias y polémicas». En las primeras, los nuevos jóvenes, solidarizados con los viejos, se supeditan a ellos; en la política, en la ciencia, en las artes siguen dirigiendo los ancianos. Son tiempos de viejos. En las segundas, como no se trata de conservar y acumular, sino de arrumbar y sustituir, los viejos quedan barridos por los mozos. Son tiempos de jóvenes, «edades de iniciación y beligerancia constructiva».

Así se explica, señores, todo el desarrollo histórico. Y Ortega nos amonesta paternalmente, para avergonzarnos de la ignorancia en que vivíamos sumidos: «Este ritmo de épocas de senectud y épocas de juventud es un fenómeno tan patente a lo largo de la historia, que sorprende no hallarlo advertido por todo el mundo».

Examinemos, sin embargo, un poco más de cerca este «descubrimiento» orteguiano. Lo primero que salta a la vista es el vitalismo irracional del término generación. Esta se concibe como «proyectil biológico», como forma esencial de los «cambios de sensibilidad vital», expresiones desprovistas de todo rigor filosófico. Son metáforas huecas (y de una cursilería un tanto provinciana) pero no conceptos (que constituyen las únicas formas del pensamiento humano que permiten apresar los rasgos generales, esenciales, de los objetos y de los fenómenos de la realidad objetiva, ya sea histórica o natural). Además, el hecho de que unas generaciones se adapten y prolonguen las formas preexistentes y otras no lo hagan, no se explica de forma alguna. Es un hecho misterioso, que no obedece a ninguna ley histórica, que se produce o no se produce, al viento del azar. Ortega lo afirma taxativamente:

«¿Por qué acontecen estas variaciones de la preferencia, a veces súbitas? He aquí una cuestión sobre la cual no podemos aún decir una sola palabra clara.» [36]

Resulta sorprendente, por no decir más, que un hecho tan decisivo, determinante según Ortega del ritmo de todo el acontecer histórico, no tenga explicación racional. Y la pregunta surge, irrespetuosa: ¿No será que esos «cambios de la sensibilidad vital» obedecen a otros factores, que son aspectos derivados de fenómenos históricos que no tienen nada que ver con la sucesión biológica de las generaciones?

Pero adentrémonos un poco más en esta «teoría» que hasta ahora se nos presenta simplemente como la «generalización» (hasta qué punto mixtificadora intentará demostrarse más adelante) del hecho empírico de que las vidas se suceden. Porque está claro que la teoría de las generaciones, como toda teoría, necesita ser verificada en la práctica, o sea, en este caso, en la experiencia histórica de la humanidad. Y aquí empiezan las dificultades.

El método que Julián Marías expone, según las indicaciones de Ortega, para la determinación del ritmo histórico de las generaciones, es el siguiente:

«Descubrimiento de una «generación decisiva» en que el cambio del mundo es mucho mayor que de ordinario; localización de su «epónimo» u hombre representativo, estableciendo una escala provisional e hipotética, tomando como fecha central de una generación la fecha en que ese epónimo cumplió los treinta años; aplicación por último, de la escala así obtenida, como una retícula, a la realidad histórica, para que ella lo confirme o rectifique, imponiendo desplazamientos en uno u otro sentido, hasta que la retícula ideal coincida con el material empírico». (J. Marías, La Estructura social, 1955, pág. 56).

Parodiando a Ortega podría decirse que la falta de rigor, la puerilidad de este método «es tan patente que sorprende no hallarlo advertido por todo el mundo». Porque resulta en primer lugar que la irrupción de las «generaciones decisivas» no es un fenómeno natural y evidente en el decurso histórico; hay que «descubrirlas», en función de un sistema de referencia ajeno a ellas, o sea los «cambios del mundo mayores que de ordinario». Ahora bien, y sin referirnos siquiera a la vulgaridad de todas estas improvisaciones «filosóficas», ¿qué criterio sirve para determinar la importancia de esos cambios del mundo? No lo sabemos. O mejor dicho, sólo puede ser el criterio puramente personal de las preferencias de Ortega, o de Marías, o de cualquier ideólogo, erigido de esa forma en demiurgo de la realidad histórica. Así queda patente el empirismo subjetivo de tan famoso método.

Además, desde que Ortega elaboró esas indicaciones «metodológicas» en su ensayo «En torno a Galileo», de 1933, ¿cuáles han sido sus resultados prácticos, en qué medida han esclarecido el desarrollo histórico? No lo han esclarecido en nada; sus resultados son inexistentes. Julián Marías es consciente de que esto constituye la prueba de su fracaso, y por ello declara: [37]

«Cuál es la serie efectiva de las generaciones, en qué fechas precisas se producen esas variaciones del mundo que son los pasos de la historia, sólo puede decidirse mediante una investigación minuciosa y prolija de la realidad histórica. Mídase la incongruencia que supone pedir que baste con unas horas de consideración improvisada». (La estructura social, pág. 55).

Pero desde 1923, fecha de publicación de «El tema de nuestro tiempo», y por muchas que hayan sido las preocupaciones de Ortega y de sus discípulos, parece que ha habido tiempo suficiente para «investigaciones minuciosas». Sin embargo, el «método histórico de las generaciones», nacido del cerebro de Ortega y no de la propia experiencia histórica, no ha dado un solo paso adelante. No ha aportado nada a la ciencia histórica. Veámoslo más precisamente en un ejemplo concreto: Puede afirmarse que en octubre de 1917 se ha producido uno de esos «cambios del mundo mucho mayores que de ordinario», y el propio Ortega se ha referido alguna vez a la importancia de esa fecha como vertiente histórica. ¿Podremos descubrir la «generación decisiva» cuya irrupción beligerante explique tamaño cambio histórico? Si pretendemos aplicar el método orteguiano, localizando el «epónimo u hombre representativo» de ese período, llegaremos a la fácil conclusión de que es un filósofo y hombre de acción llamado V. I. Lenin. Y aquí se acabó el «método», porque la fecha central de esa supuesta «generación decisiva» que la experiencia histórica debería mostrarnos en acción, o sea la fecha en que Lenin cumplió treinta años, es el año 1900. Tendríamos que decidir que V. I. Lenin no es el «epónimo» de la «generación decisiva». Pero la respuesta es mucho más sencilla: es que el «cambio mucho mayor que de ordinario» que se produjo en octubre de 1917 no es el resultado de la acción de ninguna «generación decisiva». Es el resultado, por una parte, de la acción de las leyes objetivas del desarrollo social, y, por otra (siendo ambos aspectos inseparables), de la acción de las masas de millones de obreros y campesinos, orientadas y dirigidas por unos millares de bolcheviques, de muy diversas generaciones, agrupados en una organización política firmemente cohesionada sobre la base de una teoría científica del desarrollo de la sociedad y de la historia.

Cualquier intento que se haga para analizar los cambios históricos a la luz del método de las generaciones llevará al mismo resultado negativo. Los conflictos entre generaciones, entre jóvenes y viejos, no tienen proyección histórica. Son aspectos secundarios, derivados, de otros conflictos y contradicciones determinantes de la evolución histórica. En resumen, la generación puede ser un «proyectil biológico», un «compromiso dinámico entre masa e individuo», puede ser todas las tonterías que se quiera, pero no es en ningún caso una categoría histórico-social. La verdadera categoría social sobre cuyo «gozne la historia ejecuta sus movimientos», recogiendo palabras de Ortega, es la clase social. Los cambios históricos no se explican en función de una supuesta e imprevisible lucha de generaciones, sino en función de una real e inevitable lucha de clases. [38]

El método de las generaciones y la concepción idealista de la historia

Hasta ahora nos hemos limitado a la crítica interna de la teoría de las generaciones. Pero algunos de los citados textos de Ortega permitían comprender ya que dicha teoría forma parte integrante de toda una concepción de la historia. En realidad, la teoría de las generaciones no puede examinarse aisladamente de esta concepción. Se sustenta en ella y es, a su vez, una de sus piezas esenciales. En la concepción orteguiana del desarrollo histórico, típicamente idealista, la teoría de las generaciones desempeña, en efecto, un papel preciso, bien delimitado: el de ocultar la ley objetiva de la lucha de clases como ley determinante del desarrollo histórico, desde la disolución de la comuna primitiva. Esta es, primordialmente, la motivación del «descubrimiento» orteguiano del papel de las generaciones en la historia.

Quizá se objete a esta afirmación tan categórica que la teoría de las generaciones se desprende de una manera natural de toda la metafísica de Ortega, sin conexión visible con la lucha librada en torno a estas cuestiones entre el materialismo histórico y las diversas escuelas idealistas. Prueba de ello sería que Ortega no polemiza jamás, en su exposición del método de las generaciones, con el marxismo, con la teoría de la lucha de clases. Aquí se mezclan dos problemas distintos. En primer lugar, es cierto que la metafísica de Ortega, al aplicarse a la historia, tenía forzosamente que cristalizar en alguna teoría como la de las generaciones, por toda una serie de condiciones generales de la lucha ideológica en la etapa histórica actual. Pero tenía que cristalizar así, precisamente porque la ideología de Ortega está orientada, sistemáticamente, en todos sus aspectos esenciales, a la lucha contra el materialismo. Ahora bien, las formas concretas de esa orientación permanente de Ortega están determinadas, en segundo lugar, por ciertas circunstancias peculiares del desarrollo social e ideológico en España, que explican la aparente indiferencia orteguiana ante el marxismo, la ausencia de una referencia polémica abierta, salvo en contadísimos casos, a las ideas esenciales del materialismo histórico.

Sin embargo, es Ortega mismo quien declara en una ocasión:

«La interpretación económica de la historia (así es como denomina esquemáticamente al materialismo histórico, F. S.) es una de las grandes ideas del siglo XIX. Yo la he combatido ardientemente… Pero si la he combatido es que la estimo altamente… Sólo los grandes errores incitan a ser debelados.» (O. C, t. II, p. 525). [39]

Esta afirmación rotunda de Ortega corresponde a la realidad. Lo que ocurre es que la predominancia del reformismo y del bakuninismo en el movimiento obrero español, cuando menos hasta 1936, que entrañaba una escasísima atención a los problemas teóricos del marxismo y de su aplicación a la realidad española, permitió que Ortega llevara a cabo su «ardiente combate» contra el materialismo de una manera peculiar. Hoy día ya no ocurriría así. (De hecho, la lucha ideológica contra el marxismo, a pesar de que éste no pueda todavía exponerse y desarrollarse libremente, es en España más amplia y profunda que nunca). Y mañana, los epígonos de Ortega se verán en la obligación de polemizar abiertamente con el marxismo: no podrán recurrir ya al método orteguiano de mistificación sistemática, pero encubierta, de todas las tesis esenciales del materialismo histórico.

En esta mistificación sistemática reside el núcleo esencial de la interpretación orteguiana de la historia. Dos textos breves de Ortega son reveladores a este respecto, más reveladores incluso que los largos ensayos en que se basa su fama, pero que resultan tan superficiales, pedantes y confusos, cuando se detiene uno un tanto a reflexionar sobre ellos. Se trata, en primer lugar, de «La interpretación bélica de la historia», que es de 1925; el segundo texto, de 1930, se titula «El origen deportivo del Estado». Se tocan aquí, aunque sea ligeramente, las cuestiones esenciales de la interpretación de la historia. Pero late en su fondo, a pesar de su soltura periodística, una inquietud profunda, la misma inquietud que llevaba, por aquellos años, al francés Paul Valéry a escribir sobresaltado que «las civilizaciones han cobrado conciencia de que son mortales». (Y está claro que «civilizaciones» es aquí una forma elegante, versallesca, de nombrar a los diversos regímenes sociales de la burguesía explotadora). Y Ortega escribe por su parte en «La interpretación bélica de la historia», refiriéndose al «Manifiesto Comunista», que es un «tremendo librito de ordenanzas, donde se organizan nuevas fuerzas históricas en escuadrones formidables. No se pueden leer sus páginas sin escuchar alucinatoriamente la marcha rítmica de una multitud interminable que avanza». No cabe duda de que, desde el año 1925 en que Ortega escribiera estas líneas, esa «multitud interminable» de las masas oprimidas y explotadas del mundo entero ha avanzado, en efecto, considerablemente. Lo más importante es que, en una medida decisiva, esos avances se deben a la teoría del marxismo revolucionario que en esas páginas precisamente pretende Ortega presentar como algo «inactual», como una «exageración» ya rebasada por la historia.

Reveladores, estos textos lo son pues particularmente porque están escritos en función del marxismo, porque en ellos Ortega toma abiertamente ciertas posiciones ideológicas, que sus demás ensayos han ido desarrollando, en ocasiones contradictoriamente, a lo largo de toda su actividad filosófica.

De todo ello se desprenden los siguientes puntos esenciales que conviene subrayar: Primero, que Ortega es plenamente consciente de la importancia del materialismo histórico, de la necesidad de combatirlo. El método que adopta para esto último –no muy original, por lo demás– consiste esencialmente en aceptar la «verdad parcial» del materialismo histórico, pero limitando su aplicación tan sólo a un determinado período histórico, la época del capitalismo ascendente. Intentar aplicar el marxismo a toda la historia de la humanidad, sería una «exageración» dogmática, un resultado del «mesianismo revolucionario». De hecho, la historia ha rebasado ya, según Ortega, la época en que el materialismo histórico tenía cierta justificación. Hay que elaborar otras teorías «más completas», que [40] permitan localizar la «substancia auténtica» de la historia, y ésta es, según nuestro filósofo, «la estructura de la vida».

«Tampoco es posible la Historia, la investigación de las vidas humanas, si la fauna variadísima de éstas no oculta una estructura esencial idéntica, en suma, si la vida humana no es, en el fondo, la misma en el siglo X antes de Cristo que en el X después de Cristo, entre los caldeos de Ur y en el Versalles de Luis XV.» («En torno a Galileo», O. C, tomo V, p. 19.)

De esta manera, todo el propósito orteguiano de «rebasar» el materialismo histórico (mejor sería decir, de eludir el examen de los problemas por éste suscitados), de «corregir sus exageraciones», desemboca lisa y llanamente en la postura tradicional de la metafísica, que concibe los fenómenos de la naturaleza y de la historia como objetos abstractos, desprovistos de contradicciones internas, idénticos a sí mismos «por los siglos de los siglos». Taxativamente se afirma «La estructura general que tiene nuestra vida actúa, idéntica, en todos los lugares y en todos los tiempos». (O. C, t. V, p. 20).

La segunda conclusión que se desprende de esta concepción metafísica de la historia es lógica. Si la «sustancia de la historia» es la «estructura de la vida», y si ésta es siempre idéntica a sí misma, es claro que los cambios históricos, las revoluciones, los avances y retrocesos del desarrollo social, no pueden originarse en las contradicciones internas de esa estructura de la vida. Lo que cambia es «el mundo». Ahora bien, éste no se concibe como algo material, objetivamente existente de por sí, desarrollándose de acuerdo con unas leyes objetivas, sino como un producto del hombre. «El mundo es el instrumento por excelencia que el hombre produce, y el producirlo es una misma cosa con su vida, con su ser. El hombre es un fabricante nato de universos». Ese mundo, según Ortega, no es «sino el sistema de convicciones vigentes» en una determinada fecha, las «creencias colectivas», «las ideas de la época». En los cambios de éstas se originan los cambios sociales. Nada original tampoco aquí, como puede verse, en esta versión orteguiana del idealismo clásico.

Ahora bien, esta afirmación del idealismo tradicional no basta ya para «explicar» el desarrollo histórico, en este siglo que vivimos, tan profundamente desgarrado por las contradicciones y los antagonismos sociales y económicos. Ortega ve con claridad que el «pensamiento de la lucha como substrato de la realidad cósmica, lo mismo física que histórica, yace en los más hondos senos del alma moderna». (O. C. t. 2, p. 528). Y precisamente en función de este hecho indiscutible introduce Ortega en su visión idealista de la historia un elemento de su propia cosecha: la idea de las generaciones. Según él, esos cambios en el mundo, en el «sistema de convicciones vigentes», que determinan el proceso histórico, tienen a su vez origen en la lucha de las generaciones, en la irrupción «beligerante» de una generación insatisfecha en el ámbito histórico. Así intenta dar a su interpretación de la historia, esencialmente metafísica, cierto «barniz dialéctico». Los jóvenes luchan contra los viejos y se convierten, por arte de birlibirloque, en una categoría histórico-social determinante. ¡Hasta el Estado, en cuya importancia ha insistido Ortega tantas veces, es producto de la acción juvenil! (Cf. «El origen deportivo del Estado»). [41]

Y con esto llegamos al término de esta rápida exposición sintética de las ideas de Ortega, en cuanto a la interpretación de la historia y al papel de las generaciones se refiere. Ahora hay que intentar poner todo este mundo abstracto de ideas sobre sus pies, como alguna vez dijo Marx. Pero, por breve que haya sido –y posiblemente esquemática en alguno de sus aspectos–, esta exposición permite destacar ya dos conclusiones esenciales: Primera: la interpretación orteguiana de la historia es esencialmente metafísica, idealista. Segunda: en ella, el método de las generaciones desempeña una función peculiar: intenta responder, mistificadoramente, a las exigencias dialécticas que todo el proceso real de la historia impone, de una u otra forma, a las ideologías contemporáneas de la burguesía liberal. La idea de las generaciones, de su lucha, de sus contradicciones, tiende a suplantar y ocultar las contradicciones reales que impulsan el desarrollo de la sociedad, en virtud de leyes objetivas.

La concepción materialista de la historia y las leyes objetivas del desarrollo social

Está claro que no es posible exponer en los límites de un artículo los rasgos esenciales de la concepción materialista de la historia, que resulta de la aplicación de la dialéctica materialista al estudio de la vida social y constituye la ciencia de las leyes generales de la evolución social. Baste recordar que, como dijo Engels:

«De la misma manera que Darwin descubrió la ley del desarrollo del mundo orgánico, así descubrió Marx la del desarrollo de la historia: este simple hecho, hasta nuestros días encubierto por velos ideológicos, a saber que los hombres tienen, en primer lugar, que comer, beber, poseer una vivienda y vestirse, antes de poder ocuparse de política, de ciencia, arte o religión; que, por consiguiente, la producción de los bienes materiales de primera necesidad, y por tanto, cada grado determinado del desarrollo económico de un pueblo o de una época, forman la base sobre la cual se desarrollan las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, el arte, e incluso las ideas religiosas de los hombres. Por consiguiente, hay que partir de lo primero para explicar lo último, y no proceder a la inversa, como se hacía hasta ahora.» (F. Engels, Discurso ante la tumba de Carlos Marx, 17 de marzo de 1883). [42]

El desarrollo de los modos de producción de los bienes materiales necesarios a la existencia del hombre: ésta es la fuerza esencial que determina toda la vida social y condiciona el paso de un régimen social a otro. Ahora bien, esta idea crucial del materialismo histórico ha sido tergiversada con mucha frecuencia. Por una parte, los reformistas de la escuela de Bernstein, aplicando de una manera unilateral y dogmática esa tesis de Marx, consideraban la economía como la única fuerza del desarrollo social, negando el papel activo de las ideas, de la teoría, en los procesos históricos. Por otra, y apoyándose en esta vulgarización del marxismo, toda una serie de «críticos» del materialismo histórico –y Ortega muy particularmente– lo reducen a un ciego determinismo económico. En una carta a J. Bloch, redactor de la revista «Sozialistische Monatshefte», F. Engels puntualizó admirablemente esta cuestión en septiembre de 1890.

«Según la concepción materialista de la historia, la producción y reproducción de la vida real constituye, en última instancia, el factor decisivo de la historia. Ni Marx ni yo hemos pretendido jamás ir más allá. Cualquiera que tergiverse lo antedicho, para decir que el factor económico es el único, transforma esa tesis en una frase absurda, abstracta, sin sentido. La situación económica constituye la base, pero los diversos aspectos de la superestructura –formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, formas jurídicas, y hasta los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, o sea las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las concepciones religiosas, y su transformación en sistemas dogmáticos– todo esto influye igualmente en el desarrollo de las luchas históricas y determina en muchos casos sus formas, de una manera primordial. Se trata de una interacción de todos estos factores, en la cual, finalmente, a través de la masa infinita de casualidades (es decir, cosas y acontecimientos cuya interrelación interna es lejana o tan difícil de determinar, que podemos prescindir de ella, considerar que no existe) se impone como necesario el movimiento económico. De otra manera, la aplicación de la teoría a cualquier período histórico sería tan sencilla como la solución de una ecuación de primer grado.»

Esta es la concepción científica, dialéctica, de los procesos históricos examinados en toda su complejidad, teniendo en cuenta sus aspectos multilaterales y contradictorios. Ahora bien, para orientarse en esta masa de acontecimientos, de procesos contradictorios, de luchas entre pueblos y sociedades, así como en el seno de éstas, en esa sucesión de periodos de reacción y de revolución, de paz y de guerra, de estancamiento y de progresos rápidos, que la historia nos revela, ¿cuál es el hilo conductor? ¿Cómo descubrir las leyes del desarrollo de la sociedad, en ese laberinto y ese caos aparente? Según el marxismo, ese hilo conductor es la teoría de las clases y de la lucha de clases. [43]

«Sólo el estudio del conjunto de las aspiraciones de todos los miembros de una sociedad o de un grupo de sociedades permite definir con una precisión científica el resultado de esas aspiraciones. Ahora bien, las aspiraciones contradictorias nacen de la diferencia de situación y de condiciones de vida de las clases en que se divide la sociedad». (V. I. Lenin, «Carlos Marx», 1914. Recogido en la recopilación «Marx, Engels, Marxismo»).

Uno de los tópicos más vulgares manejados por los adversarios del materialismo histórico consiste en repetir que la lucha de clases ha sido «inventada» por el marxismo, introducida por éste en la vida social para azuzar el «resentimiento de las masas». Suprimiendo por decreto la lucha de clases, prohibiendo la propaganda de las ideas marxistas y la actividad práctica de los partidos que en ellas se inspiran, se conseguiría «armonizar» los intereses de las diversas clases antagónicas, asociando capital y trabajo (empresarios y productores, se dice en la fraseología falangista) en beneficio del «bien común». ¡Al fin y al cabo, siempre ha habido y tiene que haber ricos y pobres! dicen estos «teóricos». Pero la experiencia histórica ha demostrado, y en España lo está demostrando con claridad rotunda, que eso es imposible, que este problema no se resuelve desde ningún ministerio de Gobernación y Orden Público. Porque la lucha de clases no ha sido inventada por el marxismo. Es un fenómeno objetivo del desarrollo social, que los historiadores y economistas burgueses anteriores a Marx conocían ya perfectamente, aunque no sacaran de ese conocimiento conclusiones consecuentes, precisamente porque su situación de clase, el contenido de clase de sus ideas se lo impedía.

Si pretendiéramos, analizar aquí, en toda su extensión y complejidad, las cuestiones relacionadas con la teoría de las clases, habría que examinar, partiendo de la definición científica de aquéllas, el problema de sus orígenes: el de la lucha de clases como fuerza motriz del desarrollo de las sociedades antagónicas; el de las formas de esta lucha, después del derrocamiento de la burguesía (o sea: el de las formas fundamentales de la lucha de clases del proletariado, la compleja cuestión de la transformación de las clases, de su supresión, en el desarrollo de la democracia socialista y a través de la dictadura del proletariado, considerada como el período histórico inevitable de transición hacia la sociedad sin clases); el problema igualmente de la lucha de clases en la esfera internacional. Como se ve, no es una pequeña cuestión. Se necesitaría todo un libro. Pero la ambición de este trabajo es más modesta: desenmascarar la mistificación de la teoría de las generaciones. Quizá lo más eficaz será volver los ojos a la realidad histórica inmediata de nuestro país. ¿Qué vemos desarrollarse en España; lucha de generaciones o lucha de clases?

Para cualquier observador superficial, está claro que en España, de unos años a esta parte, se están produciendo cambios notables, sin que la estructura formal del régimen se haya alterado, aparentemente. De hecho, el Estado nacional sindicalista, edificado sobre una sangrienta victoria militar, está desmoronándose. Y precisamente, una de las «promesas» de dicho Estado fué desde un principio la de que iba a «abolir la lucha de clases». Promesa que no podía cumplirse, porque las leyes económicas y sociales actúan, independientemente de [44] la voluntad de unos y otros (no entramos aquí en el aspecto propagandístico y demagógico de aquella «promesa», orientada a intentar ocultar el carácter rapaz y expoliador del régimen franquista).

Según una «explicación» muy en boga, esos cambios, ese descontento tan evidente que se extiende por la sociedad española, se deben a la irrupción en la vida social de la joven generación, insatisfecha, que ya no se siente solidaria con las ideas y las empresas de sus mayores. Esta idea se basa en un hecho real: la oposición de la juventud española al régimen actual es indiscutible. Pero ¿no lo era también hace ya mucho tiempo, en los años 45-46, por ejemplo? ¿Cuándo han sido las organizaciones juveniles del régimen auténticas organizaciones de masas? El hecho bio-psicológico de que la juventud sea joven, que tenga aspiraciones y problemas propios de ese estado de hecho, no explica su oposición activa al régimen, sino exclusivamente algunas de las formas en que dicha oposición se manifiesta. Además, ¿basta la insatisfacción juvenil para explicar, por ejemplo, las posiciones que está adoptando la Iglesia española? ¿O la lucha económica y política de la burguesía catalana contra el Gobierno actual? ¿Explican los «factores generacionales» el hecho de que la clase obrera haya arrancado, en unos meses de luchas reivindicativas, aumentos de salarios como los que ha conseguido?

Las respuestas son obvias. Y es que el descontento de la juventud, –que no es una abstracción filosófica, sino que es juventud obrera, o campesina, o universitaria, o sea, juventud procedente de diversas clases o capas sociales– ese descontento tiene sus orígenes en la realidad social, se debe a la agudización de la lucha de clases que está produciéndose desde hace unos años en la sociedad española.

Porque el fascismo español no ha sido nunca, y no podía ser, una forma del poder estatal que se sitúe por encima de las clases; ha sido, desde un principio y por definición, la dictadura abierta de los sectores más reaccionarios del capital financiero y de los grandes terratenientes, cuyo objetivo inmediato era detener el proceso de la revolución democrática que se hallaba en curso en España en 1936. Ahora bien, dichos sectores son, por su propio carácter oligárquico, sectores socialmente muy reducidos, son una pequeña minoría de la nación, sus intereses y aspiraciones chocan violentamente con los de la mayor parte de las clases y capas sociales españolas. Sólo pudieron mantenerse en el poder apoyándose en uno de los sistemas de terrorismo político más feroces que haya conocido la historia contemporánea; consiguiendo el apoyo o neutralizando provisionalmente a determinadas capas de la burguesía nacional y de las clases medias, al presentarse como defensores del «orden y de la propiedad», o como paladines de la «fe católica», con lo cual obtuvieron también la benevolencia, durante cierto período, de una parte de las masas campesinas; utilizando todos los recursos de la demagogia social y del chovinismo entre las capas más atrasadas de la población. Todo eso pudo hacer el fascismo español, durante un determinado período, pero lo que no podía conseguir es suprimir las clases y la ley de la lucha de clases. Por esto es el fascismo español, como todas las dictaduras fascistas, un régimen feroz, pero precario, que lleva en si mismo, desde su establecimiento, los gérmenes de su descomposición.

En el curso de esta descomposición, cada clase y capa social comienza a luchar por sus propias aspiraciones, que son antagónicas a las de la oligarquía [45] dominante, y en el fuego de esa lucha, que ha alcanzado ya un grado elevado de maduración y que se ve impulsada por la acción de la clase obrera, se desmorona todo el edificio del Estado nacional-sindicalista. Porque las clases no corresponden, a pesar de lo que peregrinamente afirma Julián Marías, a «ciertas figuras de vida» («La estructura social», p. 242). Las clases, sus antagonismos y contradicciones, corresponden a una realidad objetiva. Huyendo de esa realidad, difuminándola, o tergiversándola como siempre ha hecho Ortega, como ahora hace Marías, se cierra uno el paso a la comprensión concreta de la historia, y, lo que es más grave aún, se desorienta a las fuerzas sociales que aspiran a la transformación democrática de nuestro país.

Lucha de clases, pues, lo que está en curso en España, y no lucha de generaciones. Y el papel que a la juventud le corresponde en esta lucha, en Universidades, en las fábricas, en el campo, no se desprende de una nebulosa «misión generacional», no tiene un carácter «específico», al margen de las fuerzas sociales que realmente actúan. Sencillamente, su toma de conciencia de una realidad social y política y su enfrentamiento con ésta, el menor peso que en ella tienen las ideas del pasado, su mayor capacidad de entusiasmo y de acción debida a que todavía no está inserta en unas formas sociales caducas y petrificadas, todo ello le permite ya desempeñar un papel social importante. Lo será aún más, si las organizaciones juveniles revolucionarias hacen conocer lo más ampliamente posible, en la teoría y en la práctica, cuáles son los factores que realmente determinan el curso de la historia.

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{1} Principalmente, El método histórico de las generaciones. Véase también su reciente ensayo «La estructura social».

{2} Todas las citas de Ortega se refieren a la edición de sus obras completas en seis volúmenes. Conviene no olvidar que Ortega ha dejado una obra inédita al parecer importante en cuanto a volumen y significado. Cabe aventurar la opinión de que estos trabajos inéditos no alterarán nuestra visión esencial de su filosofía. Sin embargo, ya que esa obra inédita no ha podido ser consultada, es posible que algunas de las tesis de este artículo deban ser revisadas a la luz de los escritos póstumos orteguianos.

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José Ortega y Gasset
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1950-1959
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