Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, mayo junio 1965
número 44-45
páginas 57-65

Manuel Azcárate

Curas-obreros en España

Se habla mucha en todo este período de las tensiones internas que se manifiestan en el seno del catolicismo español. En su respuesta al ataque del fascista Ayúcar, en el «Español», contra el «izquierdismo» de Acción Católica, Monseñor Guerra Campos reconoce la existencia de «la división de los católicos», de «tendencias variadas», de «divergencias»; incita a que se entable un «diálogo» entre los propios católicos y agrega que «las divergencias no tienen por qué impedir la cooperación fructuosa...»

De estos llamamientos solemnes de altas jerarquías a la «unidad en la divergencia», lo que resalta es cuán profundas son las grietas, y enconadas las tensiones, en el mundo católico de hoy.

Con la particularidad siguiente: en España esas tensiones, mínimas en las cuestiones propiamente religiosas (las innovaciones litúrgicas del Concilio, tan debatidas en Francia, Inglaterra, &c., aquí no han provocado ninguna conmoción), se agudizan al máximo cuando se toca a las actitudes políticas y sociales de la Iglesia. La politización de la vida española se refleja así dentro de la Iglesia. Las tensiones internas del catolicismo no podrán ser resueltas con buenas palabras, porque son la expresión de contradicciones reales que existen en la sociedad y que por su dinámica misma, presionan con fuerza creciente para que la Iglesia se defina, tome posición ante ellas.

La ambigüedad de ciertas actitudes del catolicismo se hace cada vez más difícil.

La Iglesia y los obreros

Nos vamos a limitar en este comentario a examinar un aspecto concreto de estos problemas que se presentan hoy, con inocultable apremio y gravedad, ante el catolicismo español: el de su actitud ante la situación, y las luchas, de la clase obrera.

Durante varios lustros, después de la implantación de la dictadura fascista en España, la Iglesia, a través de sus máximas jerarquías, de miles de laicos y sacerdotes, ha colaborado muy activamente en el sistema de los Sindicatos Verticales; ha alimentado ideológicamente, en nombre de la resignación cristiana, de la «superación de la lucha de clases», de la colaboración de patronos y obreros, del acatamiento a las autoridades constituidas, &c., &c. las formas y métodos más brutales de opresión de las masas trabajadoras.

Las líneas fundamentales del pensamiento católico en materias sociales –incluso en documentos en cierto modo «reformistas» como las Encíclicas «Rerum Novarum» de 1891 y «Quadragesimo Anno» de 1931– se fundan [58] en la justificación, en la «santificación» de las injusticias sociales. En la «Rerum Novarum» podemos leer:

«...quede pues establecido que el primer fundamento para todos los que ansían el bien del pueblo es la inviolabilidad de la propiedad privada... El objetivo que debe proponerse el Estado y la élite de los ciudadanos... es poner término a los conflictos que dividen las clases y provocar y estimular una cordial colaboración de las profesiones.»

El 18 de diciembre de 1903, Pío XI proclamaba:

«...corresponde al orden establecido por Dios que haya en la sociedad humana príncipes y súbditos, patronos y proletarios, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos.»

Pío XII reafirmaba en 1939 (Encíclica «Sertum Laetitiae»):

«La historia desde hace siglos enseña que siempre ha habido ricos y pobres. La inflexible condición de las cosas humanas hace prever que siempre será así.»

De estas actitudes ideológicas se desprendía la política seguida por las organizaciones «obreras» católicas que, en los tiempos de la República por ejemplo, servían de instrumento a la patronal, eran organizaciones «amarillas», rompían la solidaridad proletaria, incitaban a los obreros a resignarse «en la tierra» con la promesa, para después de la muerte, de una compensación «en el cielo».

Esta tradición poco gloriosa culmina –como hemos dicho– en la colaboración activa prestada por las jerarquías católicas, durante muchos años, al sistema de los Sindicatos Verticales.

Cuando la clase obrera española, guiada y estimulada casi exclusivamente en ese duro caminar por el Partido Comunista, va superando la etapa de hundimiento provocada por la derrota de la República y por el asesinato y el exilio de miles de sus mejores dirigentes y empieza a ponerse en pie, cuando las acciones y las luchas del proletariado cobran resonancia nacional, hace crisis la política seguida hasta entonces por el catolicismo. Seguir apoyando a los sindicatos verticales sería renunciar a tener influencia, en las etapas venideras, en el movimiento obrero. En el curso de las grandes huelgas de 1962, ciertas jerarquías católicas se enfrentaron con el gobierno patentizando así que se quebraba la línea anterior, que se perfilaba, en una parte de la Iglesia, en amplios sectores católicos, una orientación «nueva» ante los problemas del movimiento obrero.

Desde entonces se han dado pasos importantes. En el número anterior de Nuestra Bandera hay datos interesantes de la participación de las H.O.A.C., de la J.O.C., de otros grupos católicos en huelgas y manifestaciones, en el potente movimiento de las comisiones obreras.

Al tolerar, aceptar, o incluso apoyar una presencia católica en las filas de la oposición, ciertas altas jerarquías de la Iglesia piensan que mañana, sobre la base del pluralismo sindical, podrán rebrotar organizaciones católicas del tipo de las pasadas que, con nuevas tácticas, servirán para dividir a los obreros, frenar o castrar su actividad en beneficio exclusivo de los explotadores. No se trata sólo del porvenir. En ciertas actitudes negativas de hoy se apunta ya claramente esa perspectiva.

Pero al lado de tales actitudes, inspiradas en cálculos tácticos, se destacan hoy fuerzas católicas que adoptan ante la clase obrera una actitud completamente nueva. Que hacen un esfuerzo real por conocerla. Que se escandalizan de las actitudes tradicionales del paternalismo católico, hecho de caridad denigrante y de promesas celestes... Que se acercan a la clase obrera, no ya compadeciendo sus sufrimientos, sino convencidos de que, como católicos, tienen el deber de luchar por la justicia social, y de que ello les obliga, por lo menos, a experimentar directamente, en lo vivo, qué es la lucha de clases...

En este plano, la experiencia de los curas-obreros ofrece indudable interés. Como es sabido, tal experiencia ha tenido lugar en diferentes países. El caso [59] más importante ha sido el de París donde, por primera vez, un grupo de sacerdotes se pusieron a vivir y trabajar como proletarios; el resultado fue que, con el tiempo, muchos de ellos se convirtieron en defensores firmes de los intereses obreros; ocuparon cargos sindicales; colaboraron estrechamente con los comunistas. No fue una «evangelización» de los obreros, sino más bien una «obrerización» de los curas. Sus condiciones de vida como obreros, su experiencia de la lucha de clases, fueron determinando más y más sus convicciones, sus ideas. Pío XII cortó brutalmente dicha experiencia. Prohibió que continuasen esos curas viviendo como obreros. Se produjeron rupturas dramáticas. Muchos de los citados curas se negaron a someterse a las órdenes de las jerarquías, del Vaticano...

Recordamos estos hechos del pasado para recalcar que, desde entonces, las nuevas experiencias de curas-obreros están sometidas a reglas y limitaciones severas. Ya no pueden tener un carácter permanente; se realizan simplemente como experimentos cortos, de unos meses, y estrechamente controlados por las autoridades eclesiásticas.

Una experiencia interesante

Dicho esto, examinemos una de las últimas experiencias de curas-obreros que ha tenido lugar en España, en Guipúzcoa concretamente. Tenemos sobre la mesa los informes de los que en ella han participado. En parte, han sido publicados ya en la revista «ABSIDE, publicada por los estudiantes jesuitas de la Facultad de Teología de Oña (Burgos)», nº 50, setiembre-octubre 1964.

Una pregunta querríamos hacer a los estudiantes jesuitas: ¿por qué no indican en su revista los nombres de las empresas donde se dan esas terribles condiciones de explotación de los obreros que luego describen?

Nosotros no tenemos esas limitaciones: la experiencia tuvo lugar en San Sebastián, de finales de julio a mediados de setiembre de 1964. El Padre Miguel Sagües trabajó en Astilleros de Luzuriaga. El Padre José Antonio G. de Durana y el Hermano Zubizarreta en Fundiciones de Luzuriaga S.A. (Pasajes). Y el Padre Luis de Zabala en Bianchi S.A. (Recalde). ABSIDE publica, además del informe del citado P. Durana, otros informes de I.A. Comyn (en una fábrica metalúrgica) y de Eugenio Arraiza (en una fábrica de derivados del cemento).

¿Qué han visto y vivido estos curas en las fábricas donde han estado?

Los obreros «trabajan ordinariamente todos como mínimo 10 horas diarias» (M. Sagües); trabajan «jornadas de 11 horas y media» (Zabala); «se dan jornales francamente insuficientes que obligan al obrero a trabajar 12 y 14 horas diarias incluso los domingos...»

«Existe el problema del castigo para los que tienen inquietud o hablan claro. Se les mete en secciones de trabajo duro o se les manda a la calle» (Zubizarreta).

A los «curas-obreros» les ha impresionado esta realidad elemental del marxismo: el sistema capitalista tiende a convertir al obrero en apéndice de la máquina, a negarle su condición de hombre:

«Todo, hombres y máquinas, era igual allí... Había un proceso de producción, y por lo visto una producción que daba pesetas, eso era todo, lo demás éramos utillaje, gastos... Ante la ley económica el hombre no cuenta... Todo eso de seres fundamentalmente iguales es un mito. En secciones como la que yo estaba, en la que porque estés más o menos a gusto no se produce más, vivíamos el ser máquinas.» (I.A. Comyn. ABSIDE).

«El cronometraje... es un nuevo factor de deshumanización del trabajo... la estructura capitalista de la empresa tiende a aplastarles.» (Durana). [60]

Después de dar, en abundancia, datos sobre la explotación de los obreros, insuficiencia de los salarios, jornadas extenuadoras, falta de descanso, imposibilidad de una vida familiar (y todo esto se refiere a Guipúzcoa, una de las zonas donde, relativamente, las condiciones son mejores) los informes de los curas-obreros afrontan, con sinceridad y crudeza, la gran cuestión para ellos: la actitud de los obreros hacia la Iglesia, y de la Iglesia hacia los obreros. Citemos algunos párrafos significativos:

«No creen (los obreros) en la castidad ni en la pobreza de sacerdotes y religiosos. En general los miran como aliados de los ricos, de los poderosos, del Estado, cómplices y causantes de la opresión e injusticia que ellos padecen.» (M. Sagües).

«El ambiente acusa un anticlericalismo muy fuerte, desengaño del clero y acusación constante de que no viven lo que predican.» (Zubizarreta).

«Se palpa un extendido anticlericalismo. La Iglesia no está presente al mundo obrero; ignoramos cómo trabaja y vive el peón, el especialista y aun el oficial; no comprendemos sus problemas ni hablamos su lenguaje; somos extraños en su ciudad.» (Durana).

«Fuerte anticlericalismo y desconfianza total de la Iglesia como tal... Apreciación de la Iglesia como Poder: esto es aliada al rico –patrón– y al Estado. Concepción ésta que refleja un estado de opinión general que ellos han asimilado hasta el fondo y que la creen ver confirmada todos los días.» (Zabaleta).

«Mirado socialmente, el cristianismo, en el conjunto de España al menos, es un gran fracaso»,

escribe Eugenio Arraiza en ABSIDE, conclusión verdaderamente explosiva para un jesuita, que algo asustado de lo que acaba de escribir, agrega:

«Se me ha escapado una formulación obrera: fracaso práctico, quiero decir. No teórico, no.»

El dedo en la llaga

Registrado este «fracaso del cristianismo», este «anticlericalismo» generalizado entre las masas obreras, los curas-obreros se esfuerzan lógicamente por encontrar la causa determinante de tal situación. Y éste es, sin duda, el aspecto más importante de su experiencia, de su encuesta viva.

Resumiendo «a priori» lo que luego vamos a desarrollar apoyándonos en los textos mismos de los curas-obreros, resaltan dos ideas maestras:

1) La Iglesia es la culpable.
2) La causa del «fracaso» de la Iglesia se debe, no a cuestiones propiamente religiosas, sino a la actitud política y social de la Iglesia.

En la parte conclusiva del informe (parte elaborada conjuntamente por los PP. Sagües, Zabala, Durana y el Hermano Zubizarreta, y que generaliza en escala más amplia sus experiencias concretas) se dice:

«Los obreros son conscientes de las injusticias que padecen. Se sienten «utilizados», peones de ajedrez que se mueven a gusto del jugador. Tienen conciencia de sus derechos. Muchos saben que la «Mater y Magistra» aboga por la intervención del obrero en todos los niveles, no sólo empresariales sino públicos. Y ven que los dirigentes, empresariales y no empresariales, les cierran las puertas a toda intervención. Aquí radica el clima de tensión y lucha laboral. Problema que tiene un matiz religioso al ver que dichos dirigentes son católicos y caminan de mano de la Iglesia. De esta manera ven a la Iglesia en la acera de enfrente, de parte de «los otros». Lo hemos oído repetir muchas veces a los compañeros de trabajo.»

La misma idea se reafirma cuando el informe se refiere al «campo empresarial».

«Aquí –escriben– es quizás donde más se mezcle el problema laboral con el religioso al ser la casi [61] totalidad de los empresarios católicos oficialmente. Por eso, como hemos indicado antes, al sentirles como a sus enemigos, los obreros colocan a la Iglesia igualmente entre «los otros».»

De esta colocación social, política, de la Iglesia, en el campo de los poderosos, de los ricos, de los explotadores, en el campo contrario al de los trabajadores, el jesuita I.A. Comyn (en sus testimonios publicados en ABSIDE) presenta una imagen aún más grave (escalofriante quizá para muchos católicos):

«Ni nuestra moral, ni nuestra Iglesia, ni nuestro Dios, valen para los obreros... La Iglesia no es de los obreros por su emplazamiento, por su ambiente, por sus tasas... Nuestro Dios no es el suyo. Cristo en el Evangelio clamó contra las injusticias, y nosotros callamos, más aún, muchas veces vivimos gracias a ellas. Cristo predicó pobreza y nosotros buscamos lujo en todo, hasta en las primeras comuniones y bautizos... nuestras Iglesias rebosan cosas superfluas, mientras ellos no tienen casas... La Religión se concreta en nuestra Iglesia, pero de esta religión que llamamos católica, la mayoría no quiere ni oír hablar. Hemos abusado de la palabra resignación, conformidad con la voluntad de Dios, humildad, cuando había que hablar de amor, igualdad y justicia. Porque la religión es un insulto, la voluntad de Dios un conformismo, la humildad una condenación, en una vida que no es vida y se tolera, donde el mismo sistema degrada y se acepta.»

El jesuita I.A. Comyn relata que, al darse a conocer como religioso a un obrero que trabajaba a su lado, éste le dijo: «Te perseguirá la Iglesia por ser uno de los nuestros.» Y agrega: «estas persecuciones entre el clero ya se han dado».

La importancia de los testimonios vivos de estos curas-obreros es que ponen el dedo en la llaga de algunos de los grandes problemas de esta época, presentes en el Concilio, y que, de forma aún más apremiante, presionan al catolicismo español.

Unas declaraciones del Padre Arrupe

Teníamos escritas las notas anteriores cuando hemos conocido, en forma resumida, las declaraciones a la prensa del Padre Arrupe, nuevo general de la Compañía de Jesús, en una Conferencia de prensa organizada por el Padre Tucci, Director de la revista «Civiltá Cattolica». En ellas se refleja una actitud de apertura (al menos en algunos puntos) y se toca además el tema mismo de este artículo; no resistimos pues a la tentación de dedicarles un breve comentario.

Después de pronunciarse por un amplio diálogo con los «no-creyentes», afirma:

«Para nosotros la justicia social es una meta difícil pero todo jesuita, en cualquier parte del mundo que sea, debe esforzarse por alcanzarla.»

Proyectemos esta declaración sobre esa realidad de España tan crudamente descrita en los testimonios de los «jesuitas-obreros» citados más arriba. ¿Cabe negar en conciencia que una acción en serio en pro de la justicia social implica enfrentarse con las actuales estructuras político-sociales, luchar contra la dictadura, por la democratización de España?

Los católicos españoles no pueden olvidar que durante varias décadas todo el sistema de opresión fascista se ha llevado a cabo en nombre de la llamada doctrina social católica; ésta se halla muy desgastada; para remontar la corriente tienen que demostrar, en los hechos, que no emplean el término «justicia social» como una engañifa, sino que están dispuestos a luchar de verdad contra las injusticias sociales y contra los que las provocan. De esto se desprenden obvias derivaciones políticas que el Abad de Montserrat, Monseñor Escarré, ha expresado con fuerza y claridad. En su homilía, en la concentración jocista del 25 de agosto del año pasado, dijo: «el hecho de rehusar una acción política significa, automáticamente, favorecer la situación vigente. El silencio y la omisión se convierten en verdaderas actitudes políticas.» [62]

Ahora bien, la acción política en pro de la justicia social ¿cómo llevarla a cabo? Más concretamente ¿con quién llevarla a cabo? Llegamos al punto candente de los católicos progresistas y de los posibles acuerdos de católicos y comunistas...

El Padre Arrupe dice a este propósito:

«Sí por católicos progresistas se entiende los que se baten contra las grandes injusticias sociales que existen aún en todas las partes del mundo, y sobre todo en los países en vías de desarrollo... estaremos siempre con ellos, siempre en la línea de las grandes Encíclicas sociales de León XIII a Juan XXIII...» «Sin embargo, más técnicamente, se llama «católicos progresistas» a los que, despreciando la doctrina social cristiana, buscan soluciones tomadas de ideologías anticristianas y materialistas...»

Estas palabras encierran una contradicción interna, y eluden, o sortean, una cuestión esencial que está hoy sobre el tapete, tanto en el plano general, internacional, como concretamente en España.

Los católicos, al abordar la lucha «contra las grandes injusticias sociales», no encuentran el terreno libre: llegan con cierto retraso; durante mucho tiempo han considerado –salvo casos excepcionales– que esas injusticias eran «la voluntad de Dios» y que no era cosa de ellos el destruirlas.

En la medida en que ciertos sectores católicos se abren a una actitud nueva ante el movimiento obrero, ante el movimiento socialista, ante la profunda transformación de la humanidad (que se inició en 1917 con el triunfo de la Revolución Rusa), en que toman conciencia de la envergadura histórica de la lucha emancipadora de las masas trabajadoras, de todas las víctimas de las «grandes injusticias sociales», se encuentran con que el ideal que anima a esas masas, que les guía en su acción, no es la «doctrina social católica». Es el socialismo. Esta situación de hecho determina en los católicos deseosos de «batirse contra las grandes injusticias sociales» la necesidad de buscar el entendimiento con los marxistas, con los defensores del socialismo. En la «Pacem in Terris», la Iglesia ha dado su aprobación a tales entendimientos, en ciertos casos. Y como es lógico, personalidades y grupos católicos avanzados buscan en ciertas tradiciones del cristianismo primitivo, que nació como una religión de esclavos y oprimidos, puntales ideológicos a una política de entendimientos con el movimiento obrero, con el marxismo.

Por ejemplo, en la revista católica de Florencia «Notas de cultura» inspirada por el grupo de La Pira y en particular por el profesor de filosofía Danilo Zolo (marzo de 1965) leemos lo siguiente:

«El que tome en serio el Evangelio tiene que estar, por íntima e incontenible vocación espiritual, contra todas las diferencias sociales que hieren la dignidad de la persona; tiene que luchar, con fervor religioso, por la abolición de las clases, por la instauración de un orden político en el que el bien común triunfe sobre la injusticia y sobre la explotación capitalista.»

A esta tesis católica, ¿cabría reprocharle que se inspira «en soluciones tomadas de ideologías materialistas»?

Las declaraciones del Padre Arrupe no disipan ciertas ambigüedades. Pero hay un hecho hoy insoslayable: prohibir o frenar los entendimientos entre los católicos y las fuerzas obreras animadas por ideales no religiosos, y en primer término los comunistas, significaría dificultar que los católicos puedan «batirse contra las grandes injusticias sociales».

Perspectivas españolas

En España, como se desprende de la participación de grupos católicos, al lado de los comunistas, en los diversos [63] movimientos de oposición al franquismo, en las comisiones obreras, en las huelgas y manifestaciones, en las protestas estudiantiles e intelectuales, &c., &c., (y así lo reflejan en sus testimonios los curas-obreros de Guipúzcoa), existe un progresismo católico más progresista, por lo general, que en los otros países de Europa. Hecho que destaca tanto más por las tradiciones reaccionarias del catolicismo español y por la persistencia de posiciones cerrilmente integristas entre no pocas altas jerarquías y en una parte del clero.

Entre las causas determinantes de este radicalismo progresista español está, de un lado, la agudeza de las contradicciones sociales, en el campo y la ciudad, que anuncian se marcha hacia una situación revolucionaria. El peso creciente de la clase obrera en la vida nacional es percibido por los católicos: el proletariado –escribe la revista de los jesuitas, RAZON Y FE (febrero 1965)

«constituye numéricamente la mayoría de nuestros hermanos y cualitativamente asume una importancia cada vez mayor...»

Las ideas revolucionarias y marxistas penetran e influyen en amplios sectores. Estos hechos presionan sobre los grupos católicos. Además, la Iglesia, por lo mismo que ha estado tan hondamente comprometida con un régimen hoy putrefacto, tiene que dar un viraje muy fuerte para prepararse a una nueva situación política.

A pesar de los límites tan estrechos de la experiencia que han vivido, en los informes de los curas-obreros se registran rasgos, hechos indicativos del crecimiento del movimiento obrero, del ascenso del proletariado a un papel de protagonista decisivo de la historia.

Es sintomático que, paralelamente a la denuncia del «anticlericalismo» y de la «descristianización» de las masas trabajadoras, los curas-obreros destaquen que, entre dichas masas, florecen cualidades morales y virtudes humanas que es muy difícil encontrar en otras capas de la sociedad.

«En la mayoría de ellos –escribe el jesuita González Durana– he sentido una actitud de ayuda mutua en el trabajo de la cual yo he sido parte favorecida en cuanto inexperto e inhábil en las tareas a mí recomendadas. Por otra parte, se ha de notar como características del alma obrera la espontaneidad de sus reacciones y la transparencia de su mundo interno... los obreros viven cerca del hombre de carne y hueso y descubren más fácilmente la propia dignidad personal en el pobre, que los técnicos y economistas cuyo mundo es el de las cantidades.»

La elevación de la conciencia de clase de los obreros, el surgimiento de organizaciones de masa creadas por ellos mismos como las comisiones, y el papel cada vez mayor que desempeñan, como fuerza de vanguardia del amplio movimiento obrero de masas, las organizaciones clandestinas del Partido Comunista, aparecen (si bien vistos desde fuera) en los informes de los curas-obreros. En sus conclusiones leemos:

«Este problema de la lucha de clases y reivindicaciones laborales se da en el terreno salarial pero comienza a llevarse más adelante... creemos haber observado que la lucha de clases se está planteando más bien en el terreno de las estructuras: empresa, sindicato, municipio, por limitarnos al nivel regional.»

El P. Sagües explica cómo, en la empresa donde trabajó, se ha formado

«una comisión de obreros elegidos libremente por sus compañeros con auténtica representatividad... Estando el jurado de empresa desprestigiado, esta comisión es actualmente el órgano por el que se canalizan todas las reclamaciones e iniciativas.»
«A pesar de que nuestra experiencia se desarrolló en la época de verano cuando el mundo obrero está más distraído de sus problemas reales, hemos sacado la conclusión de que hay mucho mar de fondo, grupos de diversas ideologías con militantes de valer que trabajan activamente, pero siempre en la clandestinidad... Hay entre los obreros [64] una minoría formada, con grandes cualidades humanas, que ha leído mucho... militan en la clandestinidad adivinándose la existencia de fuerzas ocultas que se mueven entre bastidores.»

En la parte final de su informe, los curas-obreros pasan revista a la actividad y perspectivas de las organizaciones católicas que trabajan entre los obreros. En este orden ponen de relieve insuficiencias, desconciertos, una cierta sensación de inferioridad, a pesar de las ventajas que la legalidad otorga a dichas organizaciones. Recogen duras críticas a las «soluciones» tradicionales, basadas en el «paternalismo», las «obras sociales» de la parroquia, &c., &c. A la llamada «línea institucional» (crear escuelas, cooperativas, &c.) se oponen muchos sacerdotes jóvenes que preconizan una «línea militante», o sea una participación más directa de los católicos en los movimientos y luchas que llevan a cabo los obreros en defensa de sus intereses propios.

Esta «línea militante» choca con fuertes resistencias en las jerarquías de la Iglesia, y ello provoca reacciones de desánimo y pesimismo entre católicos sinceros que comprueban la actividad dirigente de las fuerzas más revolucionarias, de los comunistas. Un católico dijo a los curas-obreros en San Sebastián: «Ellos están mejor preparados que nosotros, luchan más...»

Los curas-obreros subrayan el caso aleccionador de un grupo de católicos que han conseguido desempeñar un papel importante. ¿Cuál es el secreto del éxito obtenido por estos militantes obreros católicos? Dejemos de nuevo la palabra a los curas-obreros:

«Estos militantes se han mostrado decididos ante algunos problemas sociales lo que les ha valido un gran prestigio ante sus compañeros de trabajo. Están plenamente encarnados en el mundo obrero y tienen un gran sentido de la justicia y de la conciencia de clase.»

Que la «conciencia de clase» sea presentada por un grupo de sacerdotes como una virtud necesaria, como una cualidad que deben tener los obreros católicos, he ahí un índice demostrativo de los cambios que se están operando en el movimiento católico español; de las perspectivas que se pueden abrir en España para que católicos y comunistas, al lado de los trabajadores de otras tendencias, puedan luchar juntos, en los combates de hoy y en los combates de mañana.

No creemos sea necesario sacar aquí las conclusiones de este artículo. Ni siquiera se trata propiamente de un artículo. Simplemente, hemos querido presentar una serie de hechos, de testimonios interesantes, basados en la experiencia hecha (durante el corto espacio de dos meses) por un grupo de curas y religiosos que han trabajado en diversas fábricas de Guipúzcoa. Estos hechos, estos testimonios, los incorporamos a la discusión, al intercambio de opiniones, al diálogo que está en curso entre católicos y comunistas españoles, por medio de diferentes formas y en diversas publicaciones.

El eminente teólogo, P. José María González Ruiz, en su artículo de «Juventud Obrera», de febrero de 1965, titulado «Una repulsa irrazonada del marxismo es un pecado de ofensa al prójimo», escribe:

«El segundo nivel, donde puede y debe desenvolverse el diálogo católico-marxista, es el terreno sociológico, íntimamente conectado con el propio terreno religioso: el sentido humano del trabajo, la condenación del régimen capitalista, la supresión de clases preestablecidas, la construcción del socialismo.»

Estos testimonios sacerdotales salidos, excepcionalmente, de la dura realidad de las fábricas confirman hasta qué punto estos problemas (al menos en lo referente a la condena de las condiciones actuales) no admiten espera; no son cosas de mañana; están hoy en carne viva; exigen respuestas claras por parte de las fuerzas católicas deseosas de desempeñar un papel político y social positivo y de ejercer influencia entre una parte de las masas trabajadoras, en la situación democrática hacia la que avanzamos. [65] Y respuestas enfiladas a situar a la Iglesia en una colocación diferente a la que hoy ocupa con respecto a la lucha de clases, a las realidades políticas y sociales de España.

«No creen en la Iglesia de los pobres porque no ven más que la Iglesia de los ricos»,

escriben en su conclusión los curas-obreros de San Sebastián.

Dramática disyuntiva: ¿seguir siendo «Iglesia de los ricos»?, ¿pasar a ser «Iglesia de los pobres»? El conflicto entre estas dos vías no puede no engendrar tensiones y desgarraduras. Ni con llamamientos a la «unidad», ni con ambigüedades que sólo sirven para encubrir el continuismo de lo anterior, se puede escabullir un problema engendrado por los hechos mismos, por las fuerzas sociales que existen y se desarrollan en España.

 


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