Nuestro Tiempo
Madrid, enero de 1908
 
año VIII, número 109
páginas 37-45

Eloy Luis André

Salvajismo y humanismo
 

Felicito a los espíritus jóvenes que sienten un renacimiento español y aspiran a propagarlo. Sí; hay que renacer primero para engendrar después. La regeneración, para los viejos, para los anémicos, entecos o podridos. Un matrimonio de amor con la verdad exige fe en nuestra virtud fecundadora y en nuestra ubérrima fortaleza. Que renazcan nuestras ansias, que broten a la vida en campo de fértil espiritualidad: cuajaran primero en flor que nos deleite, después en fruto que nos bendiga. Hay que nacer, hay que sentir la vida, con íntima plenitud. Sólo así podremos irradiarla en acción esplendorosa y fecunda y convertir en jardín este yermo espiritual en que vivimos.

El primer canto que debes escuchar, joven lector, en tu alma y en tu cuerpo, debe ser fruto de la orquestación sinfónica de tu organismo y de tu mente. Debe ser una armonía que brote del acorde de tus sueños y de tus sanos apetitos. Fúndelos en tu persona: verás cómo adentro, en inesperada danza, tus ideales y tendencias, abrazadas como gentil pareja, preludian el próximo himeneo de tus creaciones.

Jóvenes, sí; pero jóvenes que prohíjen infantes. Infantes que al abrir los ojos al mundo, al recibir en ellos el primer beso del sol y en sus pulmones la primera caricia del aire del arroyo, berreen como salvajes, no giman con desmayado lloriqueo. Jóvenes, sí; pero con paternalismo mental y moral en las entrañas. Niñez e infancia siempre en nuestro carácter; pero con un respetable coeficiente de salvajismo en él. Ruiseñores libres en la selva, no canarios enjaulados en jaula ciudadana. Si sentís la Naturaleza y sabéis vivir con ella, en ella aprenderéis el sentimiento de la vida, ese sedante que da plenitud y reposo a cerebros estrujados despiadadamente.

Se ha dicho que el niño que llevamos dentro es el que ha de justificarnos. Yo os profetizo que el salvaje que en nosotros alienta es el que ha de redimirnos. El salvajismo español con sana robustez nos hará cambiar de piel, y no como las culebras. A esos procedimientos dérmato culturales, que algunos boticarios de la cultura española llaman europeización, africanización, corriente central del pensamiento europeo, [38] hay que oponer el tratamiento interno para ahogar el microbio histórico que nos depaupera. Porque no basta echar llaves y cerrojos a sepulcros cuyas cenizas alientan el alma de los vivos. Hay que someter éstos a poderosa incineración mental, a canibalesca y brutal acción de luchas para que en el campo queden victoriosos los únicos que saben labrarlo, convirtiendo en estiércol fecundador los restos mortales de nuestra podredumbre.

Salvajes antes que españoles, porque el españolismo ha de premnizarse por el salvajismo que le anima.

La historia que aprendisteis es la historia de una perenne esclavización ciudadana de carácter eclesiástico, jurídico y comercial. La primera flor de la cultura hispana fue enterrada en el surco abierto en nuestra propia tierra por exóticos arados. España fue tierra de promisión para pueblos expansivos y emigradores. Cuando ella quiso verlo, arrojó sus ovarios al continente americano. Allí superfetaron, por desgracia o por fortuna, nuestros ideales; pero aquí quedó algo de la fertilidad de nuestra raza, de nuestro espíritu, lo netamente español, lo que no es cartaginés, ni fenicio, ni romano, ni judío, ni árabe, ni germano, lo propiamente ibero celta. ¡Quién sabe si en el Mediodía de Europa la tercera península occidental, la tierra donde para los griegos se ponía el sol, Hesperia, hubiese sido aurora de un nuevo sol para los hispanos si aquella cultura, de la cual Estrabón nos habla, hubiese podido dar con espontaneidad y con sosiego su abundantísima cosecha! Arte griego, derecho romano... ¿por qué no humanismo español? Porque su salvajismo primitivo, el punto de partida de la evolución de su cultura fue ahogado en germen; porque se le embadurnó con codiciosa vestimenta; porque se domeñó y castigó su independencia con brutales y seculares imposiciones. Esta tierra de promisión para el imperialismo externo ahogó el espíritu imperialista genuinamente español y sacó a flor de cada alma de nuestra corte el odio a toda soberanía, determinando también una forma de individualidad explosiva por percusión y gaseosa como la dinamita, que sólo es inofensiva cuando no encuentra resistencia. Por eso, hay que volver atrás, y el atavismo tiene que ser enorme trayectoria parabólica hacia las lejanías y raíces de nuestra historia. Así, el fraile y el guerrero que llevamos dentro, según dicen, tendrán en su propio adentro el salvaje hispano, por el cual alientan y viven ambos, y todos alentamos y vivimos.

Pero tal y tan poderoso es este coeficiente de salvajismo de la comunidad española, que es el secreto que explica el enorme caudal de reservas de vida y de acción para momentos terribles, en que la crisis parece mortal y la agonía se presenta indefectible. Nuestra genialidad [39] mental de ahí arranca; de ese ímpetu inicial, de ese aire de superioridad y despreocupación, de una virginidad mental acusada en múltiples derroches de ingenio, de la rebeldía de la voluntad, de la simplicidad de los sentimientos.

En uno de los capítulos de mi Histrionismo español sostuve la teoría de que nuestra vida social, en apariencia civilizada, en realidad es salvaje. Este salvajismo es más bien tonal, cualitativo, que primitivo o inicial. No es incompatible con los estados superiores de cultura, con la civitas, sino que lo considero como coeficiente emocional de todo estado de nuestra comunidad. Así como en la historia de la Psicología se registran tres direcciones capitales: la intelectualista, la voluntarista y la sentimentalista, que traducen tres temperamentos mentales distintos (Herbart, Schopenhauer y Horwitz), así también podemos distinguir en la historia de la civilización tres modalidades: la representativa (pueblo griego), la activa (romano y anglo-sajón) y la emotiva (pueblos ibero-americanos y africanos septentrionales). Y así como la experiencia mental no puede reducir a uno todos los elementos psíquicos, la experiencia histórica no puede ahogar en un mimetismo sistemático la genialidad de un pueblo, con los modelos de vida, de sentimientos y de acción de otros. Hablar de europeización es convertir a una idea abstracta y vaga, en fórmula de vida concreta y real. Y de la africanización lo mismo digo. Toda pedagogía social debe sacar la forma y la materia del sujeto de la educación. Querer imponer formas o cambiar materias, son apriorismos estúpidos y peligrosos. No podemos dar al ladrillo la resistencia del granito, ni al sillar de piedra las regularidades de un adobe.

Y no soy yo solamente quien introspecciona a España como una comunidad salvaje. Havelock Ellis, en uno de los números de este año de la Contemporary Review, dedica un artículo a The Hispanish People, donde desarrolla ampliamente el asunto. El concepto que Martín Hume sostiene de la individualidad española, no contradice el fundamental del salvajismo español. Unamuno, en parte, Ganivet y otros pensadores españoles, ven lo mismo en el alma de su pueblo.

No debemos considerarnos en este estado como inferiores, sino como primitivos, como capaces de aportar al caudal común de la cultura humana, una nueva, una relevante nota de humanismo, de humanismo cordial y no abstracto filosófico o intelectualista.

Toda la ética social moderna vuelve a Rousseau sus miradas, y no al pacto precisamente, sino al perfume de naturaleza, al rumor de selva, que en las páginas russonianas se percibe. El homo selvático, que del homo urbanus sale, es una transubstanciación de naturaleza y de persona, más bien que una transformación de vestimenta. [40] He considerado siempre que los tres elementos que han de dar forma cultural a nuestro salvajismo, son: la puericultura, la viricultura y la agricultura, es decir, el hogar campestre con sana y numerosa prole y suficiente tierra para mantenerle. No es que se me presente esto como un ideal de vida, sino como una condición inicial de robustecimiento. Yasnaya Poliana hoy, la ciudad ideal; mañana, ciudad radial y no conglomerada.

Tal vez, cuando nutramos mejor el cuerpo, en sosegada, pero afanosa labor, veremos nuestras intimas rebeldías, con plenitud bastante, para acabar con este régimen de cobardía externa, mantenida con tenacidad por los caudillos de una raza guerrera y dominadora. Este ideal de guerra y de dominio transferido a la propia individualidad, la agrandaría en provechoso ascetismo. Y tal crecimiento íntimo, siendo natural y grande, llegaría a enraizar en nuestra índole, en nuestros hábitos seculares que como savia vital, cuajan el alma en la historia y caracterizan en identidad. Brotarían, además, afuera, aflorarían a nuestra sociedad, que al recibir los primeros aromas y al saborear el primer fruto de una transgresión ascética al salvajismo, sería en nuestra individualidad representativa un modelo, el modelo indígena y no el exótico, el hombre de adaptación supremamente logrado por el esfuerzo propio.

El caso es que nuestro pueblo, por tener archicivilización dermática, externa, carece de cultura histológica interna. Es un niño con rugosidades en la piel, con carroña secular, que una poderosa y violenta friega puede hacer desaparecer. Esta capa hirsuta, es la de los seudocivilizados, la de los ciudadanos gastados por la lucha excesiva o por el hastío crónico. En esto me fundaba, cuando en otra parte sostenía, de acuerdo con mi maestro Unamuno, que en España hay dos castas sociales perfectamente definidas: la de los degenerados y la de los ingenerados.

Por ser la estructura de la población española, esencialmente aristocrática, gastado lo que un tiempo fue mejor, se impone una renovación espontánea, planeando cuidadosamente todos los proteísmos orgánicos y espirituales de nuestra comunidad. La reversión al campo, la ruralización de los urbanos ciudadanos y la urbanización de los campesinos; he ahí un programa de reconstitución interna, de terapéutica general. Al campo el estiércol, la basura, la podredumbre urbana, a purificarle, si es posible, a alimentarlo, en caso de muerte. A la ciudad las manos trabajadoras, los cerebros vírgenes, las voluntades audaces, la domus moderna, aportadora de nuevos ideales o recintos entenebrecidos por la historia de comadrescas intrigas o de brutales ambiciones. [41]

La psicología del niño y del salvaje tiene en su comparación una gran analogía. Letourneau, Baldwin y Romanes, bastan para comprobarla con sus investigaciones. El niño español y el campesino, es decir, el salvaje nativo y el salvaje en plenitud, son las dos individualidades básicas que atesoran las riquezas del genio español en reserva. Pongamos cuidado en cerrarle la puerta de la visión panorámica de una historia que fascina la imaginación, pero que no amaestra la vida para su adaptación al vivir presente. Empecemos a estudiar aquélla por la época de la decadencia. El que es pequeño, tiene verdaderas ansias de engrandecer. Amaestremos nuestros niños y nuestros adultos sanos, no en la leyenda, sino en el ideal. Idealicemos la miseria para reducirle por voluntad y consolidarle en grandeza por gracia. Más bien debemos decir que la vida es madre de la historia, que no la historia maestra de la vida. Porque sólo lo que vive en plenitud amaestra ejemplarmente a lo que empieza a vivir en pequeñez.

Hagamos de la historia un depósito de vida latente y no un museo de vidas muertas. Nos interesa lo humano y no lo individual. Sí; el homo como fundamento, como base, como raíz, punto de partida y término del cives: pero un hombre concreto, un hombre real, los hombres, no el hombre. No demos la nota pesimista en este ensayo con espíritus vacilantes como el de Havelock Ellis, que parece lamentarse al ver que «no nos hemos consagrado todavía seriamente a los problemas de la civilización.» Sin duda para él serán los de cuatro o seis grandes ciudades europeas o mundiales. Nosotros, en nuestro salvajismo inicial y originario, en nuestro punto de partida, para una nueva etapa histórica, renegamos de plantear y resolver problemas que enervan la vitalidad del homo a expensas del estetismo ramplón, igualitario, monótono y automático del cives, cuya ratio es el oro, y cuya voluntas es el gendarme. Antes que ser ladrillo liso, colocado en inmenso paramento, preferimos vivir como las plantas, al aire libre, recibiendo también con libertad todas sus brisas. Por eso el salvajismo ha de evolucionar a humanidad, por medio de la cultura, mientras que la civilización puede retrotraerse a barbarie por disipación. Al ahogar la razón las emociones, verdaderamente humanas, se automatiza en instinto brutal de ataque y de defensa. Esta civilización, preocupada tan sólo de poseer mucha tierra, muchos mercados y muchos dividendos, es hoy solamente ser pictórico que tiene la obsesión de robustez. Esa misma obsesión acabará por debilitar, primero su vida afectiva, y después su voluntad. No planteemos problemas de la civilización, que bárbaramente acostumbran a resolver los civilizadores, sino problemas de humanidad, que fraternalmente lográsemos resolver los salvajes, acometiendo con ímpetu contra ese tinglado de alambrillo y percalina. ¡Son cuentas de vidrio para los ojos! [42] ¡Cuidado con cambiarlo por el oro de vida espiritual que nuestras entrañas atesoran!

* * *

El humanismo puede considerarse como sistema moral, como tendencia o como modo de concepción de la vida, una concepción de carácter inmanente, de índole kantiana, en cuanto considera al hombre como un fin en si. Ver lo que hay de semejante y de diferente en los hombres actuales; ver lo que hay de común, de eterno y de perenne en las generaciones pasadas; escudriñar cómo las raíces del ideal se clavan en la historia y sustentan el árbol de esperanzas del porvenir; determinar el poder de elasticidad y resistencia del lazo que ata en solidaridad nuestras mentes y voluntades, y la fuerza de calor con que se funden nuestros corazones, es hacer doctrina humanitaria, humanizante. Los que concebimos la vida como crecimiento y expansión como acción redundante que brota de plenitud, sabemos que hay que cultivarla como planta de inestimable valor, poniendo en su cuidado todo nuestro saber y nuestras ansias de dicha, que ésta se encuentra precisamente en los afanes que estimula. La vida del hombre en su primera etapa es la del animal centiens, la del infans. Ontogenética y filogenéticamente, podemos caracterizarla como la de un animal superior. Del animal cetiens, glosando a Linneo, sale el vir, y de éste al homo sapiens... ¡vivere et pervinere! Es decir, que el saber ha de transcender a vida humana, en cuyo seno ha de germinar el ideal, el ansia de pervivir. Toda evolución moral y cultural es un proceso de humanización y de liberación, un proceso determinado por dos propulsores poderosos de orden afectivo: la simpatía y el sentimiento ideal, según Höffding: la simpatía, base del amor de hombre a hombre, de la charitas, en su sentido genuinamente ético, y el sentimiento ideal, unificador, integrante. En otras palabras, la cordialidad es la fuente del verdadero amor de humanidad, cordialidad, que casa ideas y aúna voluntades. La vida afectiva es, por tanto, el primer principio humanizante. Sobre la cordialidad expansiva, fundente, se basa el reino de la libertad, así como sobre la razón cohesiva, aplastante, descansa la autoritas. Son dos perspectivas vitales que exigen distinto ojo para ser vistas, el del matemático y el del poeta. Humanismo es, pues, la forma, el modo de vida del reino humano, de un reino cuyo rex es el corazón de cada hombre y el de todos, rítmicamente movidos por los impulsos de solidaridad natural, para lograr en todos y en cada uno el desenvolvimiento más rico y armonioso que posible sea. Dice Höffding, que «tal sociedad es tanto más perfecta cuanto más independiente y original es cada uno en ella, y cuanto más estrecho y sólido es el lazo que une mutuamente a todos». El reino de la humanidad en [43] extensión es una integración de pequeños mundos humanos, una constelación celestial de miríadas, de individualidades capaces de gozar y padecer, y naturaleza es la misma, en la relación de hombre a hombre, que en la comunión fraternal de los hombres todos. Lo humano es, pues, en cierto sentido eterno e infinito, en cada humanidad histórica, o concreta. El homo sum del poeta latino, encierra el ideal de humanidad, pero un ideal presente, un ideal de radiación, no un ideal futuro o de proyección. Este ideal será, en todo caso, la visión clara de un presente por venir, que del presente actual ha de derivar por espontánea causalidad. Es decir, que todo ideal de humanidad es la tendencia de la realidad humana actual a devenir realidad humana posible. Hasta los mismos ideales han de ser inmanentes en la propia humanidad.

Si el humanismo es materia primera, pero perenne de toda visión real de la vida y de toda acción humana, en cada etapa mental de la humanidad, no ha significado siempre lo mismo.

En la evolución histórica del humanismo, podemos distinguir el clásico, el del Renacimiento, el rusoniano y el de la Enciclopedia; y en el humanismo ideal, es decir, en la tendencia a idealizar la vida real, las dos fases abstractas de Sócrates y de Kant, y la eternamente viva de Jesús, a la cual vuelve los ojos el humanismo contemporáneo. Nos llevaría muy lejos este ensayo, si en él hubiéramos de desenvolver las vicisitudes del humanismo histórico y desentrañar la esencia del humanismo ideal. Pero advertiremos que en el histórico, el clásico y el del Renacimiento, que son congéneres, tienen carácter artístico, plástico y hedónico. El concebir la vida, según el horacianismo y el maestro salmantino fray Luis de León, tiene más de florista que de jardinero. Es un humanismo d'aprés diner, calmoso, linfático, marmóreo; ver la vida, compadecer artísticamente a los desgraciados, embriagarnos con el perfume de goce que ella encierra, y hacer tranquilamente cada uno su camino. Es poco generoso este humanismo, humanismo de altiplanicie, de ribera de río manso o de villa romana. Sirve, a lo sumo, para el hombre de las zonas templadas. El hombre tórrido y el frígido, no lo entenderán seguramente.

El humanismo de la Enciclopedia, el de la liberté, egalité, fraternité, huele a libro, a imaginación raciocinante, entiéndase bien, a imaginación, no a razón. Es un humanismo abstracto, filosófico, intelectual.

La palabra filantropía, que es de su hornada, lo está diciendo. Este afecto que ella encierra, es el de aficionado, de compañero o de amigo; pero no el de hombre a hombre, no la humana cordialidad. Sale aquél de la cabeza y no puede llegar al corazón.

El de Rousseau es más bien pedagógico que ético, y por eso, por [44] significar un atavismo social, o tal vez una concepción más completa, un deseo de fundir en un solo amor el de la naturaleza y el de humanidad, no lo estudiaremos aquí. Sin embargo, puede servir esta concepción de nexo perfecto entre un salvajismo inicial y un humanismo cultural, como después veremos.

Entre las formas del humanismo ideal, la de Sócrates y la de Kant tienen carácter abstracto e imperativo: tan sólo la de Cristo puede considerarse, aun profanamente, como la voz del Maestro, que con unción nos llama. Sócrates y Kant buscan en la necesidad del propio conocimiento y en la finalidad intrínseca de la naturaleza, el humanismo ideal. Cristo nos dice: yo soy el camino, la verdad y la vida, es decir, que en él encontraremos la originalidad de nuestra ruta, el método para el propio conocimiento y la fórmula para el propio vivir y convivir. Es esta una doctrina que tiene su raíz inicial en el corazón, en el amor concreto y vivo, en el amor de la humanidad; visión clara, intuitiva, transcendental de la naturaleza de aquélla y de sus destinos, e integración en sencillas fórmulas de afecto, a presión de cordialidad insinuante y paternal. ¡Reino humano! Reino de hombres unidos por el amor humano-ideal, bajo el imperio eterno de Cristo, del hombre-Dios, modelo de vida y mártir de todo vivir, maestro de enseñanzas más bien pragmáticas que orales.

Cristo ha planteado el problema concreto de la humanización. Humanizar al hombre es lograr hacer esplendente su naturaleza, que es su verdad, integrándole socialmente con otras semejantes, que es su vida. Humanizar al hombre es desviarlo de toda civilización caduca, y de toda barbarie disfrazada. Humanizar al hombre es cultivar sus sentimientos e ideas de humanidad, para que, en actos nobles y generosos, se ostente su carácter.

Para eso hay que reintegrarlo a la naturaleza, a la selva, para que a su contacto se purifique. Humanizar al hombre es hacerlo expansivo, pero no dominador. No hay esclavos ni señores en el reino de la humanidad. ¡Reino, no rebaño! De todo salvajismo actual, han de brotar las tendencias virtuales de la cultura ideal humanizante, que para ser conscientes, han de reflejar en el panorama interior de la persona el diagrama infinito de los propios esfuerzos y de las propias luchas para llegar al término, o para colaborar a la llegada de nuestros sucesores.

Todo humanismo, aun con criterio puramente ético y social, arreligioso (si es posible que exista sin religiosidad), es un ascetismo perdurable en cada vida individual y en cada momento de ella. Ser cada vez más hombres, vivere sub especie humanitatis, es perseguir un ideal, que en cada aspiración infinitésima se está realizando: seamos perfectos, que lo demás vendrá por añadidura. ¿Qué es lo demás? [45]

Este ascetismo, este ejercicio moral engendra las nuevas virtudes cardinales del humanismo; la fuerza de almas, la grandeza y la generosidad, y también la solidaridad con dos tendencias en equilibrio: cordialidad y tolerancia.

Todo proceso de humanización es obra de amor y de trabajo, o de trabajo mutuo para comprender ambos términos. Preciso es que el amor sea universal y concreto al mismo tiempo, y que el trabajo tenga un carácter colectivo y social, una forma religiosa, algo que ate mutuamente a todos, en sacrificio y esfuerzo por todos, para lograr el bienestar de todos. Tal es el carácter que Henry Lloyd le asigna, constituyendo con él un evangelio nuevo, con marcado sabor de humanidad.

El ideal del humanismo es lograr, por el esfuerzo personal y colectivo, un presente igual, fraternal y libre para todos, por medio de un liberalismo educativo. Es un ideal evolutivo y progresivo, que tiende a sacar del niño mitad civilizado y mitad salvaje el hombre, y del hombre la persona libre. Es un ideal de liberación más bien que de libertad, un liberalismo que habla de libertad y al corazón, que es practicista, un liberalismo, ante todo y sobre todo, social, de tendencias más que de dogmas, de ideales más que de ideas. Así, en todo salvajismo presente descubramos la nota de individualidad, lo característico, lo temperamental. Seamos, antes salvajes originales, para lograr luego sobre basamento de originalidad, la nota de hombres cultos. Tal originalidad no se logra ni se descubre si no a fuerza de imitación; pero de imitación de procedimientos, no de prosecución de fines.

No nos cultivemos para ser europeos, sino para ser hombres. No recabemos de eso que abstractamente llamamos europeización, más que aquello que precisemos para descubrir mejor la roca de nuestra espiritualidad, hoy sepulta bajo la monserga de mucha retórica y de no poca ignorancia. Tal vez el mal mayor de la España culta son el cientificismo aparatoso, que es un profesionalismo de repetidores que saben ávidamente traducir y la intolerancia dogmática de una estratificación mental subestancada en viejos procedimientos de investigación y rutinas de concepción. De las fuerzas de los innovadores y de las resistencias de los rutinarios, procuremos lograr una energía sincera, cordial y prudente para ver en nuestra alma colectiva lo que hay, agrandando en riqueza originaria con esfuerzo capitalizable. Sólo así podremos aportar a la cultura universal, caracteres típicos y diferenciales, enriquecidos por la solidaridad de aspiraciones y capaces de integrarnos mejor en la humanidad ideal que soñamos.

Eloy Luis André

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