Mundo Gráfico
Madrid, 13 de noviembre de 1912
 
año II, número 55
página 3

Miguel de Unamuno

Un postulado de sentido común español

Que aquí –y al decir aquí, quiero decir España y no Europa, y menos la Tierra– que aquí, digo, está todo irremisiblemente perdido, es una verdad tan evidente y tan de sentido común, que no hay, afortunadamente, que demostrarla. Basta con que sea enunciada.

Aquí no hay nada, y menos que nada, enseñanza pública. Cuando un muchacho sale sabiendo leer es o por casualidad o porque se lo ha aprendido él sólito. Por lo cual, abundan tanto los niños prodigios, como escasean los viejos prodigiosos. Empezamos siendo unos genios y acabamos siendo unos mentecatos. ¡Cosas de España!

Si yo fuera lo que no soy, un hombre moderno, y estuviese menos lleno de mí mismo y más de ciencia objetiva, podría ponerme a investigar –¿no se dice así?– en qué consiste tan evidente fenómeno.

Pero como no soy un hombre moderno, y, además, tengo la desgracia de no saber en qué consista la modernidad de los hombres, vele ahí por qué no puedo inquirir las causas de que aquí el que aprende a leer o lo haga solito o por casualidad.

Siempre es bueno tener un principio fundamental, un axioma, una verdad evidente de qué partir y de que todas las demás dependan. Sin eso no hay ciencia sólida posible. Y en el estudio del estado espiritual de nuestra patria, esa verdad primera de que todas  las demás derivan, es que aquí está todo por hacer, porque todo está irremisiblemente perdido; o mejor dicho, no ganado aún. ¿Demostración? Ya dejamos sentado que los axiomas no se demuestran.

Aunque ese paréceme que sea más bien que un axioma un postulado, como aquel de Euclides de que desde un punto fuera de una recta no puede trazarse más que una sola perpendicular a dicha recta. Sí, el nuestro es un postulado, y un postulado de sentido común, lo cual realza su valor.

¿O acaso no será más bien eso de que aquí todo está irremisiblemente perdido, y todo por hacer, un juicio sintético a priori?

¿Y qué es eso de un juicio sintético a priori? –me preguntará algún lector que no haya pasado por Kant.– Y aquí haré lo que aquel sabio francés, que al preguntarle otro: —«¿Y qué es el tiempo?» –le replicó: —«¿Lo sabe usted? ¿Sí? ¡Pues hablemos de él! ¿No lo sabe usted? ¡Pues hablemos de otra cosa!»– Si es que usted, lector mío, tiene la desgracia de no haber pasado por Kant, e ignora lo que un juicio sintético apriorístico sea, hablemos de otra cosa, porque yo escribo también para los que no han pasado por Kant.

Quedamos, pues –porque siempre es bueno quedarse en algo,– en que aquí está todo por hacer y todo irremisiblemente perdido.

¿Pero… irremisiblemente no quiere decir sin remisión? Entonces no hay arreglo posible. Y como esto no puede ser, por definición, quitemos el irremisiblemente.

Yo aprendí a leer –mal, por supuesto,– por casualidad, como todos los españoles. ¿Pero es que eso que aprendí yo por casualidad no se lo puedo enseñar a otros? ¡No! Sólo se enseña a otros lo que de otros se ha aprendido; la enseñanza exige un principio de continuidad. El autodidacto es un maestro detestable, y rara vez el que hizo por sí un descubrimiento se da maña para enseñárselo a los demás. Y es porque le falta pedagogía, esto es, método.

Lo que nos falta es, en efecto, pedagogía. Y por falta de pedagogía es por lo que, acaso, está aquí todo perdido.

¿Y qué es pedagogía? –me diréis.– Y yo, por mi parte, os retrucaré la pregunta, repreguntándoos a mi vez: y bien, sepamos, ¿qué es pedagogía?

Porque yo, la verdad, no sé que sea en sí y por sí –esto de en sí y por sí me parece que está muy bien, aunque sea mío,– la pedagogía, pero sé, en cambio, y no es poco saber, creo, qué es lo que llaman por ahí de esa manera.

Lo que por ahí llaman pedagogía es una colección de moldes de quesos, de todas formas y tamaños, que cuando uno carece de leche para cuajarla y hacer con ella queso, de nada le sirven los tales moldes, y en cambio, cuando tiene leche y cuajo, puede hacer queso con cualquier molde improvisado y hasta a mano. Como no sea que estimemos que lo importante en el queso es su forma, o séase su idea. Tal vez lo ideal del queso consista en su elemento estético, si es esférico o de bola, como una rueda, piramidal, tetraédrico, etc., etc.

Lo importante es la forma; esto es, la idea. Un pueblo o un hombre que no elaboran ideas no son ni pueblo ni hombre. ¿Quién duda de que Platón, Descartes, Newton o Kant, han influido más en la cultura –o mejor dicho Kultura,– que Alejandro Magno, Colón, Napoleón o cualquier otro hombre de acción? ¿A quién se le va a ocurrir que el descubrimiento, conquista y colonización de América por los españoles sea un acto cultural? No, lo cultural es el pensamiento de aquel que nos exponga el contenido ideal, si es que le tuvo, de aquel acto del descubrimiento, conquista y colonización de América por los españoles.

El hombre debe vivir por la idea y para la idea, y los que no vivimos ni por la idea ni para la idea, no somos modernos; esto es: culturales, y apenas si somos hombres.

Ya decía el gran D. Fulgencio –de quien doy amplia noticia en mi novela Amor y Pedagogía– que el fin del hombre es la ciencia y el de la ciencia catalogar el universo para devolvérselo a Dios en orden. Cuando hayamos producido la ciencia perfecta e ideal, puede el linaje humano acabar en paz y hundirse en la nada o en la materia, satisfecho de su obra.

En resolución: que aquí está todo perdido, aunque acaso no irremisiblemente; que tenemos que principiar por el principio, y que este principio por donde tenemos que principiar es el de los moldes, formas o ideas; que lo que no es idea no es cultura ni cosa que lo valga.

¿Y qué vamos á hacer los anacrónicos o inactuales, los que pertenecemos al pasado o acaso a un remoto porvenir o tal vez vivimos fuera de tiempo? Fuera de tiempo, de lugar y de cacho.

¡Me aterra pensar en ello, os lo aseguro!

Miguel de Unamuno

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