La Nueva España. Organo provincial de la
Falange Española Tradicionalista y de las JONS
Oviedo, viernes 28 noviembre 1952
página cuarta

Del ciclo de conferencias en el centenario de Clarín

«Clarín, crítico de su tiempo»,
por el decano de la Facultad de Filosofía y Letras,
D. Emiliano Díaz Echarri

Con la afluencia de público que es la característica ambiental de estas conferencias en el ciclo organizado con motivo del centenario de Clarín, ocupó ayer la cátedra el decano de la Facultad de Filosofía y Letras, ilustrísimo señor don Emiliano Echarri, para tratar de «Clarín, crítico de su tiempo». Aunque él –dice– tiene la costumbre de adoptar en sus conferencias el término medio entre la lectura y la improvisación, ante el revuelo que hay alrededor de las lecciones de este ciclo sobre Leopoldo Alas, quiere sujetarse, por esta vez, a la lectura, para que no haya torcidas interpretaciones en sus palabras.

Cree que si la obra de Clarín merece revisión de juicio como escritor, mucha más lo merece como crítico, por ser, en este aspecto, casi desconocido, ya que hasta ahora apenas se trató de Clarín en este aspecto. Aparte de lo que de él se diga como novelista enjuiciándole peyorativamente en lo moral, nadie puede discutir que es un escritor desenvuelto, de empaque y de estructura perfecta del castellano. Baquero Goyanes le considera como escritor de elegancia, soltura y pureza de lenguaje. Mas, si como novelista se le enjuició, se rehusó, empero, hacerlo en este otro aspecto de crítico a través de sus Paliques, Solos, campañas, escritos que ni se leen ni se comentan, ni aun en los libros consagrados a la Historia, y los que lo hacen, es tan débilmente, que no pueden ser tomados en consideración, y eso que lo mereció tanto como Valera o Menéndez Pelayo.

Clarín, en su tiempo, con un artículo escrito entre partida y partida de billar, que dejaba, por diez duros, en la Librería de Martínez, elevaba o sepultaba; sin embargo, en medio siglo transcurrido, la Historia no se ha querido preocupar de Clarín crítico. Sería injusto dar por entero la razón al Padre Blanco señalando a Clarín como mediocre en el campo de la crítica, porque si se le buscaba por Echegaray, Pérez Galdós, María Guerrero y tantos otros, en su retiro de Carreño, no era por miedo, sino por aprecio a sus obras, a sus críticas. Aunque muchas veces en la obra crítica de Clarín hubiese intrascendencia y compromiso por necesidad de vivir, cuando se trata de su crítica meditada a fondo, ya es muy otra cosa.

Señala el estudio que Alas hizo de Galdós, al que escruta desde todos los ángulos, y merece que se aconseje la lectura de esta crítica a los que dudan de su solidez de criterio. Niega también el señor Echarri que Clarín se «metiese» exclusivamente con los principiantes; y del modo que ahora se intenta reivindicar a Clarín en el aspecto religioso, es hora que se deshaga también la leyenda de que era sectario y partidista como crítico.

El señor Echarri, para demostrar este juicio que le merece considerar la necesidad de desmentir tales extremos, pone ejemplos terminantes, analizando puntos de crítica de Alas en Galdós, Pereda, Pardo Bazán &c., en que no siempre les es favorable, ni mucho menos, y considera como característica de Clarín la ecuanimidad, independencia y espíritu de justicia. Incluso muchas veces no queda contento con Valera, y aun tampoco lo está de sí mismo. En cambio, aun cuando Cañete no era santo de su devoción, tiene para éste elogios. Jamás Clarín se ensañó con los muertos. Él, sin duda, no tuvo tanta suerte. A este respecto, el señor Echarri recoge unas frases de Bonafoux, que dijo: «Yo he sido el primero en alegrarme de la muerte de Clarín...»

Estima el ilustre decano de la Facultad de Filosofía y Letras, señor Echarri, que quizás Clarín haya tendido a fustigar a políticos, como Silveia, Cánovas del Castillo, Alejandro Pidal, a los que consideraba intrusos en la república de las letras.

Estudia el conferenciante el método crítico de Clarín, que siguió el de la preceptiva tradicional, coincidente en éste aspecto con Menéndez Pelayo, aunque se diferenciasen en tantas cosas. Era partidario de la metodología crítica y del sistema estético en el estudio, estimando que no debía confundirse el arte con la moral. Como crítico, Clarín era uno de los más cultivados de su época; era hombre que estaba al día, al extremo de que le llegaban libros de todas partes, y en sólo dos meses recibió doscientos, que él leía, pues dominaba el latín, el griego, el francés, el inglés y quizá algún idioma más. Sorprende la firmeza de su criterio estético, deducido por la razón y contrastado por la experiencia. El señor Echarri estudia el proceso del olvido en que se tiene a Clarín crítico, y se adentra en la hora y circunstancias de la época de Clarín (como estima que debe hacerse para analizarle), en un momento, mitad del siglo XIX, en que cesa el romanticismo y aparecen escuelas diversas y centenares de poetas. En aquel momento surge Clarín, que quiere ser crítico; y va a Madrid, donde estudia estética, lenguas y Filosofía; comienza su vida de escritor, de crítico, hasta que, al fin, en «Azotacalles de Madrid», surge Clarín en un periódico hecho por asturianos principalmente.

Hace aquí el señor Echarri una viva y acertada pintura del momento en que Clarín se define. De entonces se le admira, se le teme, se le ataca y se le odia. En realidad, él sólo perseguía sanear el ambiente; no resiste a los seudopoetas, seudonovelistas, seudo comediógrafos... Callan Menéndez Pelayo y Valera, y Clarín empuña el látigo y comienza a fustigar, hace su programa y él mismo explica cómo lo cumple. Hunde y eleva, según se trate de un mediocre o de un valor real. ¿Por qué, entonces, no se hacen de ese Clarín crítico estudios definitivos?

Y el señor Echarri, después de no dar importancia a los que, fustigados por Clarín, le detractaban, apunta el factor decisivo: Fray Francisco Blanco García.

Aquí, el conferenciante quiere fijar lo que ha dicho en la iniciación de la conferencia: que si con sinceridad, considera La Regenta en lo moral francamente reprochable e insultante para la Iglesia católica y para sus ministros, lo sostiene ahora; estima que si Clarín creyó triunfar con esta obra, sufrió un gran error, porque no se ofende a la religión impunemente. El golpe se lo dio, precisamente, un sacerdote: el agustino Padre Blanco, que joven entonces (tenía veinte años cuando apareció La Regenta), ya estaba escribiendo la Historia de la Literatura, en la que, más tarde, habría de salir con una tremenda y definitiva andanada contra Clarín, sin distinguir entre La Regenta y Palique, ante el ultraje al hábito que viste y ala Iglesia católica. En injusta la medida del Padre Blanco –dice el conferenciante–, pero pregunta qué haría cada uno de los que le escuchan si estuviesen en el caso del Padre Blanco.

Clarín se dio cuenta de la calidad del enemigo y se ve impotente para reaccionar si no es con frases de mal gusto, insultando a otras figuras de la Orden agustiniana, pero sin vena de humor, que le había cortado de un zarpazo al Padre Blanco, y el contenido del libro de éste es y será lo que prevalezca sobre Clarín. Lee el señor Echarri algunos párrafos del Padre Blanco contra Clarín y contra su obra, y termina –hecha una alusión favorable a lo dicho en consonancia con el Padre Blanco por el señor Roca Franquesa– considerando que Clarín ha sido un buen crítico, noble, que desenmascaró o elevó justamente. Que su crítica ha sido seria, constructiva y no reconocida, porque Clarín debe ser estudiado ética y estéticamente. Sus juicios como crítico están vigentes, y el conocimiento del siglo XIX será incompleto para el que quiera conocerlo sin leer a Clarín crítico.

El señor Díaz Echarri (que dio una admirable lección de Clarín desde su punto de vista, juzgando a aquel como crítico de su época), sin renunciar a su repulsa a la novela de Clarín en el campo de la moral y de la ortodoxia católica, ha tenido fervorosos elogios, admiración indudable para el gran crítico del pasado siglo, Leopoldo Alas Clarín, contribuyendo de este modo al sentido de homenaje que se le intenta tributar. Ha sido un análisis profundo, expuesto elegantemente, que le ha merecido al señor Echarri muchas felicitaciones y una calurosa ovación.


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