La Nueva España. Organo provincial de la
Falange Española Tradicionalista y de las JONS
Oviedo, martes 18 noviembre 1952
página quinta

El catedrático señor Montero Díaz, inauguró ayer
en la Universidad el curso de conferencias
dedicado a estudiar a «Clarín»

Disertó acerca de su pensamiento filosófico

Del ciclo de conferencias sobre «Clarín», organizado por la Facultad de Filosofía y Letras, en el primer centenario del nacimiento de Leopoldo Alas, fue la interesantísima que ayer dio en el paraninfo el ilustre catedrático de Filosofía y Letras de la Universidad Central, don Santiago Montero Díaz. La expectación en Oviedo fue grande y a ella respondió plenamente el ilustre conferenciante, con el análisis de la Filosofía de «Clarín» estudiada en sus propias producciones.

Primeramente habló el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo, don Emiliano Díaz Echarri, no para hacer la presentación del señor Montero Díaz, porque –dijo el señor Echarri– era sobradamente conocido en nuestra Universidad, sino para expresarle el agradecimiento de todos por haber aceptado ocupar la cátedra de la ovetense para dar la primera lección sobre Leopoldo Alas en este ciclo, y para recordar la profundidad de investigación del señor Montero Díaz y la galanura con que se expresa.

Anunció, al paso, que las conferencias de este ciclo que han de darse en este mes de noviembre serán los días 21, 24 y 27.

El señor Montero Díaz, luego de agradecer las deferencias que con él ha tenido y tiene nuestra Universidad, comenzó por hacer un estudio en síntesis de la filosofía en España durante el pasado siglo, pronunciándose contra el tópico que niega su importancia en el movimiento filosófico mundial; y si bien no haya ido en cabeza el movimiento filosófico español, conviene estudiarlo monográficamente para valorizarlo con justeza, porque España vivía profundamente las tradiciones escolásticas y, si con resistencia al enciclopedismo, no estuvo ausente de las inquietudes ni le faltaron ilustres representantes de las escuelas extranjeras. Si no ha sido gigantesco, sí ha sido pulcro, honrado, sensible, renovable y polémico, como lo demuestra con nombres, y así en movimiento ascensional, entró en el siglo XX el pensamiento filosófico en España.

Él va a estudiar a un escritor; pues si los escritores, en el sentido formalista no son filósofos, cooperan y dejan huellas permanentes. Goethe es un ejemplo, pero entre nosotros lo son Feijoo y Leopoldo Alas, por ejemplo. Alas, por otra parte, tenía gran vocación, quizá frustrada, a la filosofía, y así se desprende de sus libros, en que aparece como un ideal constante, con un gran conocimiento del tecnicismo y de la historia filosófica, de tal manera que ningún otro escritor del siglo XIX le superó en sentir los temas filosóficos con inquietud.

El señor Montero Díaz anuncia que la exposición que ha de hacer estará basada en los textos de Alas, por lo que «Clarín» será el autor y él el constructor, sin adulterar el pensamiento ni el sentido de las frases de «Clarín». Considera a éste, en primer término, como ecuánime, pues que ni ha sido benévolo ni ha sido duro, mientras buscaba lo que encontró en sus últimos veinte años: posición a su pensamiento filosófico.

Estudia la primera posición de Alas, su krausismo, sin perjuicio de que elogie a Balmes. Esto, que se puede ver en sus «Solos», es no obstante rectificado como iniciación de lo que había de constituir lo permanente en Alas, en la cuarta edición del 1891, ya apuntado diez años antes, y así rebasaba su primera posición juvenil con un krausismo con resonancias claramente religiosas.

Caracterízase la segunda posición de Leopoldo Alas por el abandono del krausismo a causa de su insatisfacción, apuntando la necesidad de ir en busca de Dios por un sistema de razonamientos y no sólo por la mística; y en esta posición, ya definitiva, se manifiesta claramente a Menéndez Pelayo. Comienza aquí un estilo humorístico y polémico influenciado por Luciano de Samosatra, y, en paralelo con éste, «Clarín» truena contra toda la filosofía y aparecen en sus libros las ridiculizaciones de todas las escuelas que consideraba deleznables: positivismo, materialismo, escepticismo, polarizándose contra todas las doctrinas negativas. Y cuando «Clarín», prescindiendo de los personajes de sus novelas, se manifiesta en sí mismo, personalmente, aclara de manera total su posición crítica contra el evolucionismo, el materialismo, el positivismo y contra el librepensador, mereciendo el ataque violento que culminó en Pompeyo Gener. Este había sido calificado por Alas incluso como antipatriota, haciendo «Clarín» una calurosa defensa espiritualista y de la metafísica.

Entra el ilustre conferenciante en el punto interesante de su conferencia, preguntando qué es lo que quería «Clarín», para concluir en que Leopoldo Alas nunca se había desprendido de su idea de creyente y sentía a lo vivo el problema religioso. De las propias palabras de éste deduce el señor Montero Díaz cómo Alas estaba vinculado por entero a las tradiciones españolas y sentía la trascendencia al realismo, muy próximo en su pensamiento a Santo Tomás, en pos de la estética de la trascendencia, repugnando el agnosticismo, pues que no se puede pensar como creyentes y vivir como ateos. Considera que para Alas el pináculo de la moral es la santidad, y ante el problema de la muerte la estima como la metafísica y la presencia de Dios para el hombre.

Consecuentemente, Leopoldo Alas ha tenido una juventud inquieta, pero se deduce del estudio desarrollado por el señor Montero Díaz que había sido motivada por una inquietud cuya meta era buscar una verdad, y su verdad crítica ha sido la de un creyente.

Todo lo apoyó en las propias palabras de «Clarín» a través de sus obras, aun en los personajes más discutidos y repudiados, a los que invistió de ropajes de crítica, pues que se apoyaban en doctrinas filosóficas acomodaticias a sus propias conveniencias, y contra las que Alas se declaró sucesivamente, no sólo en sus «Cuentos», sino en sus personalísimas trascendencias filosóficas.

El señor Montero Díaz mantuvo interesado al auditorio pendiente de su atinado análisis de «Clarín» y entusiasmado con la elegancia de su exposición, por lo que aplaudió calurosa y prolongadamente al ilustre conferenciante.


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Santiago Montero Díaz 1950-1959
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