ABC
Madrid, 21 de junio de 2001

Laín Entralgo: su magnitud real
Julián Marías

No es fácil comprender el conjunto de la obra intelectual de Pedro Laín Entralgo. Su larga duración de más de setenta años desde el final de la guerra civil hasta su muerte hace unos días; su amplitud y variedad que puede enmascarar su coherencia, la convergencia de sus muchas dimensiones; la clave su unidad en un proyecto intelectual de excepcional valor. En muchos sentidos Laín hace pensar en Gregorio Marañón, médico como él, atento a la realidad española y sus problemas, con una visión estrictamente personal de todo ello, con una formación digna de los más abarcadores y profundos humanistas de diversos siglos.

Laín Entralgo es el autor de una extraordinaria creación: la transformación de la historia de la medicina, que hasta él había sido una rama secundaria, casi trivial de la visión médica de lo real, en una disciplina rigurosa y profunda; no sólo su espléndido libro La Medicina hipocrática, sino su temprano libro Medicina e historia y la ingente serie de monografías sobre grandes médicos; sin contar las profundas visiones de la relación médico-enfermo y de la historia clínica.

Al mismo tiempo empezó el estudio apasionado y preciso de la realidad española, de sus problemas con su permanente dramatismo intelectual, de figuras que han sido clave de su historia; su temprano libro sobre Menéndez Pelayo, tan traído y llevado en los años que siguieron a la guerra civil, tan escasamente entendido, hizo que pasara de una mención «patriótica» a un conocimiento rico, matizado y utilizable. Son muchos los españoles ilustres estudiados por Laín, como Fray Luis de Granada y tantos más, que han dado concreción y relieve a una riquísima historia casi siempre mal poseída.

Estas preocupaciones llevaron a Laín al campo de la filosofía; nunca tuvo pretensión de filósofo, pero si se mira con atención su obra se descubre que es parte importante de la creación filosófica española de los últimos decenios, con la incorporación de gran parte de su tradición antigua y, por supuesto, de su renacimiento extraordinario en nuestro siglo desde Unamuno y Ortega, con la aportación absolutamente esencial para Laín de Zubiri, que puede parecer absorbente y acaso excesiva. La contribución de Laín a la filosofía es simplemente irrenunciable. No puede olvidarse La espera y la esperanza o sus estudios sobre la amistad.

Hay que añadir la profunda religiosidad de Pedro Laín, su significación dentro de un movimiento de pensamiento religioso, independiente, libre, a la altura del tiempo, que ha sido característica de la realidad española del siglo XX, tal vez vacilante o disimulada en los últimos decenios. Sería interesante discernir los pasos que el pensamiento español más independiente ha dado en la segunda mitad del siglo XX y sus avatares públicos desde diversas presiones y ocultamientos que han desdibujado su verdadera realidad y su importancia.

En la última fase de su larga vida, la obra de Laín recobró la unidad originaria de sus diversos flancos. El problema de la unidad del hombre, del sentido unitario de sus diversas dimensiones, de la realidad del cuerpo, algo decisivo para el profundo conocimiento de un médico excepcionalmente profundo y competente, y el carácter radicalmente personal de lo humano. Esto hace que varios volúmenes de la obra de Laín, publicados en la Editorial Galaxia Gutemberg del Círculo de Lectores, sean estrictamente «antropológicos», convergencia de la visión científica, empírica, de lo humano con el sentido predominantemente filosófico del análisis de la persona humana.

A última hora, esta amplia y muy significativa parte de la obra de Laín viene a iluminar el conjunto de su producción. Las innumerables páginas que escribió en los últimos años iluminan el ingente conjunto de sus escritos desde los años inmediatos a sus comienzos en la década de los cuarenta. El propio Laín ha vuelto a reunir e interpretar desde el nivel de su madurez la impresionante serie de estudios que había ido elaborando desde las diversas solicitaciones que las múltiples facetas de su personalidad le habían ofrecido y planteado.

Esta consideración permite una comprensión global de una obra cuya extensión y variedad podría llevar a una visión fragmentaria y en definitiva inadecuada de su pensamiento. Es particularmente interesante el que la maduración de Laín lo haya llevado a la conexión final de los muy diversos elementos que han compuesto su obra. Ese carácter unitario, vitalmente convergente, de su obra escrita descubre el sistematismo interno de un pensamiento cuyo último sentido filosófico trasparece al final de una larga carrera intelectual. Me parece esencial retener estos rasgos que no son añadidos por una consideración exterior a su obra, sino que aparecen si se la considera en serio y en su conjunto. Se puede leer la obra de Laín de tantos años, movida por tantos problemas concretos y aparentemente independientes, y se descubre lo que es una obra intelectual que responde a una persona concreta, a una vida muy larga, sometida a tantas presiones, solicitaciones, recursos; en una palabra, a una trayectoria ejemplar, realizada en condiciones particularmente complejas y dramáticas, que descubren el sentido de una etapa de nuestra historia que sería decisivo comprender y asimilar en su complejidad y en el sentido unitario que adquiere al verla realizada en una biografía.

Entender a Laín Entralgo requiere este esfuerzo de interpretación histórica. Precisamente ese esfuerzo es lo que permite entender un periodo de excepcional relevancia, que se desdibuja de manera inquietante por falta de rigor intelectual, de conocimiento preciso de los hechos y, sobre todo, de lo más necesario: la exigencia de implacable veracidad con lo real. Esta deficiencia es lo que pone más en peligro la posesión de nuestro inquietantes, apasionante y posiblemente fecundo siglo XX.

Julián MARIAS


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