ABC
Madrid, 3 de agosto de 2000

Carmen Martín Gaite
Julián Marías

Me ha causado gran tristeza la inesperada y prematura muerte de Carmen Martín Gaite. En los últimos años nos habíamos visto sin demasiada frecuencia, pero durante un decenio casi completo nuestra relación había sido habitual y de gran cordialidad. Sentí por ella gran admiración intelectual y literaria, y un profundo afecto que nunca desapareció. Dirigí entre 1960 y 1969 el Seminario de Estudios de Humanidades, que se reunía semanalmente en la Casa de las Siete Chimeneas; era una pequeña institución de investigación y mínima docencia a un grupo de jóvenes becarios. Me acompañaban en la dirección de las secciones Pedro Laín Entralgo, Enrique Lafuente Ferrari, Rafael Lapesa, José Luis Aranguren y Melchor Fernández Almagro.

Por gestión de mi amigo Waldemar Nielsen, la Ford Foundation decidió sostener este pequeño grupo, que trataba de revivir, a escala reducida y privada, lo que había sido el Instituto de Humanidades, fundado por Ortega y por mí en 1948. La Ford Foundation necesitaba hacer su donación a una institución española, y propuse la Sociedad de Estudios y Publicaciones, vinculada al Banco Urquijo, la cual recibía los fondos. Los becarios no fueron siempre los mismos, con diferente asiduidad y duración, pero entre ellos se cuentan algunos de los nombres más ilustres de la cultura actual: Gonzalo Anes, Helio Carpintero, Eduardo Martínez de Pisón, Miguel Martínez Cuadrado, María Cruz Seoane, María Riaza; algunos murieron, como Alfredo Carballo, José Luis Cano; otros han seguido diversas carreras, con frecuencia ilustres.

Entre ellos estaba Carmen Martín Gaite, todavía joven llegada de Salamanca, en una fase de su vida en que se combinó su capacidad de investigación con su actividad literaria, que fue su vocación permanente. Durante este tiempo realizó dos trabajos de gran importancia: su libro El proceso de Macanaz (Historia de un empapelamiento) y su tesis doctoral, Usos amorosos del siglo XVIII. Me dedicó su libro de relatos Ataduras, porque me divertían sus cuentos, y había reunido «los más decentes que había escrito». Tuvo interés en que asistiese a su doctorado, y lo hice por mi afecto y estimación, aunque en aquellas fechas era para mí un sacrificio poner los pies en lo que había sido mi Facultad de Filosofía y Letras. La tesis era excelente, y en aquel decenio dio Carmen muestras valiosas de una región de sus capacidades que no tuvo plena realización.

En el Seminario nos concentramos sobre todo en el siglo XVIII y la época romántica, que nos parecía clave necesaria para comprender la España actual. La publicación, por la Sociedad de Estudios de Humanidades, de mi libro La estructura social (Teoría y método) nos proporcionó un instrumento de trabajo; pronto escribí La España posible en tiempo de Carlos III (1963), para interpretar el admirable manuscrito que descubrí y que resultó ser obra de Antonio de Capmany en 1773. Las grandes figuras de la época fueron estudiadas en el Seminario: Feijoo, Isla, Moratín, Ponz, Cadalso, el P. Juan Andrés, Macanaz, la curiosa institución del «cortejo», el lenguaje literario y político del siglo XVIII y el temprano XIX, tantas cosas. Algunos de aquellos becarios se han nutrido de él y han guardado un recuerdo imperecedero de aquella cercana convivencia. Otros han procurado olvidarlo.

Carmen Martín Gaite, nacida en 1925, era todavía joven. La recuerdo con dos rasgos capitales: melancolía y entusiasmo. Tenía una expresión habitualmente triste –su vida privada se proyectó sobre su expresión–, pero de vez en cuando, cuando sonreía o acaso reía, su rostro se iluminaba, resplandecía, descubría lo que era su otra posibilidad. Las dos componían una figura atractiva, entrañable, a la que era difícil olvidar.

Los orígenes salmantinos de Carmen hacen que su literatura tenga rasgos muy personales y que encuentro particularmente valiosos: su comprensión de la vida cotidiana, que es una constante de sus novelas y relatos, y un carácter «provincial» –no «provinciano», por supuesto–, escaso en la literatura de los últimos decenios.

Su trayectoria ulterior estuvo marcada, en parte condicionada, por sus compañeros de grupo, por las personas de su edad aproximada, que siguieron trayectorias divergentes. No siempre se tiene en cuenta este factor; sobre todo, su desigual importancia en cada biografía. Hay escritores o estudiosos inmediatamente condicionados por sus «afines»; en otros casos han mantenido mayor independencia: sus «mundos privados» han sido otra cosa, resultado de azares o de una selección personal, de sentirse «cómodos» e interesados con personas que no son en modo alguno «colegas».

Si alguien quiere comprender a fondo lo que ha sido Carmen Martin Gaite, deberá atender a este aspecto. Yo no podría hacerlo: me falta conocimiento, fuera de unos cuantos años que su muerte me ha hecho revivir.

Ha sido uno de los escritores de mayor interés en los últimos decenios. Tenía una capacidad, y sobre todo una vocación intelectual que no han sido frecuentes entre los «escritores» de su grupo. En ella coincidieron, en diversas proporciones, ambos aspectos, y creo que conviven de un modo armonioso y que pudo ser muy fecundo. Sus libros «eruditos» eran literarios, no sólo bien escritos, sino definidos por esa actitud. No sería difícil encontrar en su obra puramente literaria un trasfondo «intelectual», quiero decir una voluntad de entender los entresijos de la vida humana o de sus formas delicadas y no demasiado visibles, eso que llamamos la vida cotidiana. Se piensa demasiado en la vida pública, sin advertir que la privada es siempre más importante y más interesante; y la dimensión de lo cotidiano es capital, envolvente de tantas cosas que se pasan por alto.

Espero que no se olvide a Carmen Martín Gaite. He querido señalar a sus futuros estudiosos algunas perspectivas que se podrían ensayar. Pero se trataba sobre todo de decir adiós a una amiga no demasiado próxima pero profundamente estimada y querida, y recordar un momento –bastante largo y que ha dejado huella– en que nuestras vidas fueron convergentes, a pesar de sus profundas diferencias en todos los aspectos imaginables.

Julián MARIAS


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