ABC
Madrid, 23 de marzo de 2000

La magnitud de Juan Pablo II
Julián Marías

En 1981 vi por primera vez en Roma a Juan Pablo II y hablé brevemente con él. Acababa de publicar el volumen IV de la serie La España real, tenía un ejemplar, Cinco años de España, pensé ofrecérselo al Papa y se lo di con una dedicatoria latina. Leyó el título y comentó inmediatamente: «¡Ah! Cinco años de esperanza.» Me sorprendió la rápida reacción. Mi impresión de él se resumió en una frase: «Tiene los pies en el suelo y lo levanta todo.»

A lo largo de muchos encuentros, en los diez años en que fui miembro del Consejo Internacional Pontificio de Cultura y en otras ocasiones, esta primera visión se fue confirmando.

Poco a poco, fue resultando evidente un rasgo capital, que caracteriza a ese hombre: su magnitud. Su realidad es asombrosa; apenas es creíble lo que ha hecho en un par de decenios. Lo que podemos llamar su «eficacia» apenas es creíble: gestión de la Iglesia, viajes, discursos, atracción de muchedumbres incontables, atención a la complejidad del mundo, intervención en el examen de sus problemas, escritos doctrinales de extraña profundidad.

No parece caber en el espacio de una vida, todavía en plena actividad, tan excepcional «rendimiento», si vale la expresión. Y lo más sorprendente es que parece conservar la calma, el sosiego, darle a cada cosa su tiempo. Tengo un recuerdo personal de un detalle significativo. A raíz de uno de los encuentros anuales con el entonces reducido Consejo de Cultura, nos anunció: «Esto va a tener dos partes: primero vamos a hablar, luego vamos a comer.» Nos llevó a su comedor personal y almorzamos animadamente. Yo pensaba que un almuerzo con un Papa sería algo rígido; fue todo lo contrario. Vivo, espontáneo, sencillo, locuaz, con voluntad de vencer la timidez de algunos, con comentarios personales y que rozaban la intimidad, con referencias teológicas, sin eludir hablar del atentado de que había sido víctima, y del que aún mostraba las huellas.

Ha sido frecuente en los medios de comunicación hablar de Juan Pablo II como «un Papa político». Su influjo en la marcha del mundo ha sido y es considerable; pero es una descripción profundamente errónea. Creo que es «un Papa religioso», que es precisamente lo que tiene que ser. Esta es su raíz, el centro de organización de toda su inmensa actividad. Un libro suyo está dedicado casi exclusivamente a su vocación sacerdotal, sin apenas alusión a su Pontificado.

Se habla de él con frecuencia como «conservador», quizá «reaccionario», la verdad es aproximadamente la contraria: desde el siglo XVII, ha sido el primer Papa que se ha sentido «en su casa» en la filosofía de su tiempo. Familiarizado con ella desde su juventud, con un conocimiento muy amplio, nutrido del pensamiento fenomenológico, mi impresión es que, a pesar de su falta de tiempo, que se imagina angustiosa, no ha dado por terminada su formación filosófica, y se pueden percibir avances y profundizaciones que permiten esperar innovaciones.

Con todo, considero del mayor interés el tratamiento, en diversas encíclicas, de cuestiones rigurosamente religiosas y desde una perspectiva teológica. El comentario de la parábola del hijo pródigo, Dives in misericordia, es un texto decisivo sobre la paternidad humana, a la luz de la cual se intenta comprender la Paternidad divina. Otro tanto podría decirse de las encíclicas sobre el Hijo y el Espíritu Santo.

Creo percibir una inmediatez e intimidad en los escritos estrictamente religiosos, en medida mayor que en los que tratan de cuestiones más «temporales», sociales o económicas. Acaso en ellos se puede ver la huella de asesores, de comisiones de expertos. Sospecho a veces alguna adición o corrección personal de Juan Pablo II, por ejemplo, en Sollicitudo rei socialis la referencia a la parábola de los talentos, que refuerza la visión personal y religiosa, más allá de las consideraciones acerca de la vida colectiva.

Figura de extraordinaria riqueza y complejidad, Juan Pablo II no se puede reducir a algunas facetas que no agotan su realidad. No es fácil hacer una semblanza completa, entre otras razones porque una persona, aunque sea finita, es en cierto sentido indefinida, y por ello inagotable. En este caso, no admite simplificaciones.

Su huella en el mundo en que le ha tocado vivir es ya honda y amplísima, y no se la puede dar por conclusa. Uno de los rasgos de ese carácter personal es la constante capacidad de innovación, y por tanto de sorpresa. Sería un error peligroso dar a este hombre polaco por «visto» y concluso. Hay que seguir esperando y confiando.

No se puede desconocer el hecho de que este Papa suscita, al entusiasmo, una dosis de impaciencia, irritación y hostilidad. Ha habido muchas gentes que han vivido con la esperanza de asistir a una debilitación del cristianismo, por lo menos del catolicismo, a una disolución o resquebrajamiento, sin advertir que ha pasado por incontables crisis mucho más graves. Hace dos decenios, la aparición de Juan Pablo II hizo que se desvanecieran esas esperanzas. En aquel momento no se podía ni imaginar lo que habían de ser los últimos veinte años.

Se ha pasado a lo que los matemáticos llaman «otro orden de magnitud». Pero esta dimensión de la vida no se puede plantear en estos términos. El concepto de magnitud se puede aplicar a la figura humana de Juan Pablo II, instrumento de las transformaciones a que estamos todavía asistiendo.

En mi libro La perspectiva cristiana he insistido mucho en la vertiente humana, histórica y social, del concepto del pléroma, la «plenitud de los tiempos», que no podemos escrutar desde Dios, y que marcó la Encarnación y el advenimiento del cristianismo. Podemos examinar las condiciones del mundo para que se llegara a la situación que humanamente lo hizo posible, no antes, acaso tampoco después. Podemos considerar la realidad histórica y los requisitos que reclama para que algunas cosas se realicen.

Esta consideración sería aconsejable para entender el sentido de la figura de Juan Pablo II. Ahora lo encontramos una vez más sumido en un avispero, en uno de los lugares más complicados y peligrosos del mundo, buscando afanosamente la paz que se escapa una vez y otra. Pero no nos engañemos: está realizando una peregrinación a los lugares originarios del cristianismo, buscando las huellas en este mundo inquieto de las raíces del cristianismo antes de su plenitud, de su realización entre dificultades, problemas y tentaciones. Una vez más, sorprendemos a este hombre sumido en la dimensión rigurosamente religiosa que le pertenece y que es el único planteamiento fecundo.

Julián MARIAS


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