ABC
Madrid, 31 de diciembre de 1998

Regreso a los veinte años
Julián Marías

Acabo de tener una experiencia inquietante:he vuelto a revivir impresiones, reacciones, ideas de mis veinte años, ya tan lejanos. Mi hijo Javier ha comentado en un inteligente artículo el reportaje que en setiembre de 1934 hizo Leni Riesenstahl del Congreso del Partido Nacional Socialista Alemán, en la ciudad de Nuremberg. Me ha permitido ver el vídeo en que está registrado magistralmente, y que entonces no conocí. Pero todo aquello me era familiar, y he revivido un fragmento de lo que fue el mundo en tan remota fecha.

Hitler ganó las elecciones y estableció su poder en Alemania en enero de 1933; yo no había cumplido los diecinueve años, pero tengo presente la viva repulsión que me provocó todo aquello. La lengua y la cultura alemanas me eran familiares. Había estudiado alemán en el Instituto del Cardenal Cisneros con el admirable profesor Manuel Manzanares. Había leído ya a bastantes autores, sabía de memoria versos de Goethe, Schiller, Geibel, Heine, y de los recientes Rilke y Stefan George; había iniciado la lectura de los filósofos: Leibniz –en su francés y su latín filosóficos–, Kant, Fichte, Husserl, Scheler, pronto Dilthey y Heidegger. A algunos de ellos había de traducirlos desde aquellos años.

He contado alguna vez –me disculpo por recordarlo– la aversión que sentí por la lengua alemana a causa de las mentiras, las vilezas de la propaganda nacionalsocialista desde el comienzo. Me parecía que aquella lengua admirada y querida estaba siendo mancillada, profanada. Al cabo de bastante tiempo encontré de nuevo el libro en que había estudiado alemán en el bachillerato; releí los textos «limpios», inocentes, que me habían complacido, y esto me reconcilió con la lengua. Fenómeno muy extraño e interesante.

En el vídeo Triunfo de la voluntad se asiste a lo que fue aquello. La inmensa manipulación y fanatización de un gran pueblo, sin duda el más culto e intelectualmente creador de aquel tiempo. Las masas, degradadas en su perversión –el hombre-masa, descrito poco antes por Ortega–; el uso habilísimo de la escenografía: música, trompetas, tambores, estandartes, cruces gamadas, desfiles, despersonalización. Arengas, en que la lengua se degradaba hasta la mera consigna, el tópico, la identificación de Alemania con Hitler, Hitler con Alemania, ambos con el partido.

Todo ello adusto, sin asomo de alegría, hostil, una movilización general de todas las energías de un pueblo hacia el poder, la violencia, la guerra. El reportaje podría titularse «Declaración de guerra». Es evidente que se trataba de eso y no de otra cosa. ¿Cómo es posible que los demás países europeos no lo vieran? En los primeros tiempos de Hitler dije muchas veces:los países que se llaman democráticos, sobre todo Francia e Inglaterra, han carecido de valor y generosidad. Han rechazado mucho tiempo justas y civilizadas peticiones de Alemania, oprimida por el Tratado de Versalles y sus largas consecuencias; y cuando Hitler ha exigido con desplantes, malos modos y la política del «hecho consumado», han cedido y se han plegado a lo indebido.

Los que son jóvenes no perciben en las actitudes de Hitler en este Congreso las referencias a las matanzas de Berlín en junio de aquel mismo año, una oscura historia de disidencia dentro del partido, que llevó a Ortega a prohibir la publicación de su iluminador «Prólogo para alemanes», destinado a una reedición de La rebelión de las masas, y que no se publicó hasta 1957, ya muerto Ortega.

Todo en ese vídeo es «triunfal»; todo es terriblemente triste; se ve cómo tantas personas pudieron dimitir de esa condición para poner su vida a unas cartas ajenas y marcadas. La jactancia con que se anuncian «milenios» de poder hace recordar que once años después Alemania estaba llena de escombros, como media Europa, e Hitler, suicidado en Berlín.

Todo aquello fue posible; se lo pudo ver, y fueron legión los que no lo vieron. Es asombrosa la incapacidad de ver que se tiene delante.

En 1934 faltaban todavía cinco años para la guerra –no puedo olvidar el titular del periódico español en que leí el anuncio de su comienzo: «Polonia ataca a Alemania»–. Faltaba todo lo peor: la persecución interna y externa, los campos de exterminio, la perversión de «tofass», las ideas que hacen digna la vida humana. Pero ya eran visibles las inevitables consecuencias: bastaba prolongar las líneas de ese reportaje para encontrar la historia de los años siguientes. Y eso no se vio, no se pudo o no se quiso ver.

Claro que un poco más al Este existía una realidad muy semejante, que tampoco se quiso ver –que no se quiere ver–. Cuando en 1939 se firmó el pacto germano-soviético, mi comentario fue: «Ahora todo va a ser más difícil, pero están juntos los que deben estarlo.» Hemos visto tantas veces los desfiles en la Plaza Roja de Moscú –y en todos los lugares a que ha llegado ese poder–, que vemos la profunda afinidad con el nacionalsocialismo. El gran invento siniestro de este siglo ha sido el «totalitarismo», que nunca había existido antes: la convicción de que «todo» es políticamente relevante y asunto del poder público.

La fascinación, la manipulación, la despersonalización han tenido versiones muy próximas. La idolatría hitleriana ha tenido sus antecedentes en la de Lenin, Stalin y sus continuadores. Se han dicho de ellos cosas tan semejantes, que lo único increíble es que muchas de ellas se sigan diciendo.

Pude cruzar mis años de adolescencia y de primera juventud expuesto a los mismos influjos que mis coetáneos. No pocos de ellos sucumbieron a una u otra tentación –o a las dos sucesivamente–. He revivido ahora mi estado de ánimo cuando tenía veinte años justos. Encuentro ahora que fue salvadora la doble repugnancia que me hizo apartarme entonces, y ya siempre, de las dos tentaciones. ¿Por qué? He tenido siempre pasión por la verdad. Quizá en eso está la clave. No he podido sentir estimación ni simpatía –no digamos entusiasmo– por nada que no me pareciera verdadero.

Aventuro una sospecha. Acaso se trata de algo tan elemental que casi siempre se pasa por alto: tomar en serio la evidencia. Cuando «veo» algo, no puedo resistirme a ello, renunciar a ello, volverle la espalda. No está en mi mano desentenderme de lo que veo como verdad. Esto me lleva a la decisión de «hacer» lo que, con la misma evidencia, me parece que «hay que hacer». Y, por supuesto, esto tiene su reverso negativo.

Lo cual, ciertamente, no nos libra siempre del error. Pero si se toma en serio la evidencia, si se la pone a prueba, el riesgo es menor; y además una nueva evidencia viene a rectificar la que un momento lo pareció, y el resultado es el enriquecimiento con dos verdades.

Julián MARIAS


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