ABC
Madrid, 9 de julio de 1998

La perduración de Unamuno
Julián Marías

Llevo sesenta años escribiendo sobre don Miguel de Unamuno, desde 1938. Hace cincuenta y cinco que se publicó mi libro Miguel de Unamuno, que no ha envejecido a mis ojos –y, por sus reediciones, parece que tampoco a los de sus lectores–. La razón es que traté de «construir» la figura de Unamuno atendiendo a lo que me parecía más profundo y auténtico, lo que podía permanecer, más allá de los azares, las modas pasajeras, las tentaciones.

«Cuando me creáis más muerto, / retemblaré en vuestras manos» –escribió Unamuno, pensando en el temblor, siempre actualizado, de sus versos–. Unamuno cultivó todos los géneros; poesía, novela, teatro, libros doctrinales llenos de una filosofía rehuida y de preocupación religiosa, artículos sobre todos los asuntos imaginables: paisajes, ciudades, autores, política. Cada lector, incluso cada época, ha ido mirando la obra de Unamuno según diversas perspectivas, y las imágenes de él han ido cambiando. Yo señalé que lo más importante de su obra era lo más desatendido hasta entonces: la novela, en la que veía lo más innovador y creador literariamente y lo más importante filosóficamente: la «novela personal» como método de conocimiento, desde Paz en la guerra hasta San Manuel Bueno, mártir.

En tiempos de politización, cuando se ha puesto la política en el primer plano, obturando la visión de la mayor parte de la realidad, se ha insistido en la dimensión política de Unamuno, de la cual se deben conservar la valentía personal, el liberalismo y su apasionado amor a España, su condición tan profundamente vasca como española. Tal vez se debe tomar con precaución su propensión al apasionamiento, sus ocasionales arrebatos, de los cuales algunas veces se arrepintió y otras no tuvo tiempo para ello.

Ha habido un tiempo en que se ha sentido vivo interés por su dimensión religiosa, su afán de inmortalidad y resurrección, su vacilación y angustia. Ha sido el momento en que los incomprendidos, los toscos y cerriles, arremetieron contra él, en vida y después de muerto, con asombrosa falta de sentido religioso y de espíritu cristiano; en esa misma fase se buscó en Unamuno el planteamiento del núcleo último de la religión, se recibió de él un estímulo inapreciable para la reminiscencia de la dimensión religiosa de la vida humana.

Esta fase, si no me engaño, ha pasado. Se ha entrado en una etapa de trivialización de la religión, de reducción de ella a cuestiones sociales y políticas, dejando fuera el núcleo radical que la constituye, las preguntas irrenunciables. Esto ha venido acompañado de una frecuente actitud de desdén por lo propiamente religioso, que se mira con hostilidad y sarcasmo; esto ha hecho que la estimación de Unamuno haya descendido, que no se lo invoque con el interés y fervor de decenios anteriores.

Añádase a esto que ha caído en manos de eruditos, afanosos por encontrar –o inventar– «escritos inéditos», mientras permanecen no leídos acaso los más importantes. Se da valor a anotaciones privadas, a cartas múltiples que Unamuno escribía –entre otras razones porque vivía en Salamanca y no en Madrid, y su medio habitual de comunicación era epistolar–. No se tiene en cuenta su época de exilio en Francia. Creo que su ausencia de mención a Heidegger, que tan poderosamente le hubiera interesado, se debe a que en 1927, cuando se publicó Sein und Zeit, estaba precisamente en Francia y no en Salamanca, donde hubiera descubierto y devorado el gran libro.

Como se ve, el azar, siempre decisivo en los asuntos humanos, ha tenido un papel evidente en la imagen de Unamuno, en sus formas de perduración, en sus eventuales eclipses.

Parece aconsejable tratar de ver en qué «consistió» Unamuno, qué fue lo más propio de él, dónde alcanzó un máximo de autenticidad. Ésta suele coincidir en un escritor con su calidad. Creo que el teatro nunca fue una gran creación de Unamuno, que no añade nada importante a lo que magistralmente realizó en sus novelas. Entre los millares de artículos que escribió, se impone una distinción entre los que brotaron desde dentro, por una necesidad vital, y los que significaron algo superficial, motivado por la actualidad, por la exasperación, en ocasiones por el malhumor, tan estéril casi siempre.

Hay que llegar al fondo de Unamuno, a lo que tuvo que ser, a lo que expresó para poder vivir, para intentar ser quien era. Entonces se descubre que es irrenunciable. Sus descubrimientos filosóficos, «involuntarios», si se entiende esta palabra, rehuidos, casi negados, son asombrosos. Se ve hasta qué punto anticipó lo que había de verse y poseerse después, con recursos de que no disponía, pero que palpó con extraño acierto. Se diría que Unamuno «miró» –y por tanto vio– lo que no supo conceptuar y expresar adecuadamente.

Hay que leer sus novelas como lo que son, sin imponerles las exigencias de las diversas modas que se han sucedido a lo largo de un siglo –no se olvide que la primera es de 1897–; y si se hace así se descubre que son una aportación capital a la filosofía, que significan nada menos que la incorporación de la imaginación a la razón –erróneamente desdeñada por las vigencias de su tiempo–.

Y en la selva poética de Unamuno hay que entrar con rigor, sin perder lo valioso, sin dejarse distraer por las frecuentes tentaciones y caídas. No todo lo que Unamuno anotaba en sus cuadernos es verdadera poesía que merece conservarse. Pero no se pueden perder aquellos momentos en que encontró lo más profundo de lo que era, más aún de lo que pretendía ser.

La dimensión religiosa de Unamuno es quizá lo más vivo de su obra, lo más problemático, lo que invita a ser leído desde una perspectiva que no había sido posible. ¿Cuál? La de la libertad. El Concilio Vaticano II proclamó la libertad religiosa como algo esencial, rectificación de un error «religioso» inveterado, de una imposición perpetuada durante siglos, una de las infidelidades cristianas al cristianismo.

Desde la libertad se puede y se debe leer a Unamuno, sin suspicacias, sin partidismo, con ojos abiertos y por tanto críticos. Se puede ver lo que aportó, lo que nos legó, y que es irrenunciable; lo que le faltó, lo que debió a sus limitaciones o a presiones del tiempo.

Unamuno tenía tal valor, realidad y claridad, que puede afrontar el examen y la lectura atenta. No puede temer que deje de interesar, de incitar, de enriquecer a sus lectores; no puede pasar y ser olvidado. Mientras sea leído, y más desde el fondo y hasta alcanzar el suyo, más asegurada tendrá su perduración.

Julián MARIAS


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