ABC
Madrid, 22 de enero de 1998

Dos amigos
Julián Marías

En esta época de conmemoraciones de figuras más o menos ilustres, de estadísticas y encuestas tantas veces engañosas, parece aconsejable no olvidar a los vivientes con los que se puede contar y que acaso constituyen parte esencial de nuestros recursos. Dentro de pocas semanas cumplirán noventa años Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo.

La prolongación de la vida, y de la actividad, y de la lucidez, es uno de los grandes avances verdaderos de nuestro tiempo. A veces digo: el que no tiene ochenta años es porque tiene noventa. Probablemente el grupo intelectual más fecundo de España es el conjunto de los miembros del Colegio Libre de Eméritos, del que son activísimos Lapesa y Laín.

A ambos se les deben obras memorables, que están ahí, a nuestra disposición, que nos orientan y enriquecen. A Lapesa, la más extraordinaria Historia de la Lengua Española, además una serie interminable de estudios lingüísticos y literarios. Ha sido maestro de tantos continuadores que representan la madurez de sus disciplinas.

En cuanto a Pedro Laín Entralgo, ha hecho algo asombroso, de lo que no muchos se dan cuenta, ha elevado el nivel y el alcance internacional de una disciplina, la historia de la medicina, que desde él es algo más profundo e interesante de lo que era. Libros como La historia clínica o La medicina hipocrática no tienen parangón. Pero además Laín ha enseñado y escrito con gran talento sobre cuestiones filosóficas, históricas y literarias, y su aportación a la cultura es irrenunciable. En muchos sentidos, su figura se aproxima a la de Marañón, sin exceptuar su temple amistoso y conciliador, su afán de convivencia.

El que Lapesa y Laín estén entre nosotros, vivos, lúcidos, despiertos, me produce profunda alegría. Pero lo que me parece todavía más interesante es su calidad humana. Llevo muchos años creyendo en las raíces morales de la inteligencia; Laín y Lapesa son verdaderamente inteligentes –no «listos»– a causa de su bondad. Están abiertos a la realidad, dispuestos a dejar que penetre en ellos y acogerla amistosamente. Por eso han dejado que se decante y deposite en sus obras y quede en ellas, de manera que podamos participar de su riqueza. Han sido durante tantos años, hasta hoy, maestros, con vocación de enseñar, y sus discípulos directos o indirectos son innumerables.

Acaso la razón principal de esto es un rasgo que los caracteriza. La fidelidad y lealtad a sus maestros, incluso a aquellos a quienes personalmente han superado. Por eso han sido artífices de algo que en España es precioso: la continuidad, que permite la madurez y el enriquecimiento, la superación de esas tentaciones que son el adanismo y la voluntad de empezar en cero.

Ambos nacieron en febrero de 1908, a una semana de distancia. Han llegado a una edad que en otras épocas era senectud, no sólo en activo, sino con mucho porvenir. Se espera mucho de ellos, como creadores intelectuales, como autores de libros, como orientadores, como promotores de la convivencia.

Yo propondría una actitud egoísta frente a ellos, aprovecharlos. Para ello, paradójicamente, hay que ser altruista, quiero decir generoso. La única manera de enriquecerse con la vida y la obra de los demás es conocerla y reconocerla, admirarla, estar dispuesto a ver su excelencia. En el caso de Lapesa y Laín, se trata de algo que parece especialmente obligado: seguir su ejemplo, parte esencial de su lección.

Siempre me ha irritado la cantinela que se ha repetido, con diversos pretextos, durante cuarenta años: «no hay maestros.» Los ha habido y lo que se ha intentado, y en parte conseguido, es que no se los viva como tales, que no se goce de su magisterio. No olvidemos que es el discípulo el que reconoce al maestro, no al revés: nadie dice: «Tú eres mi discípulo»; es este el que dice: «Tú eres mi maestro.» Por oscuros rencores, los incapaces de serlo han decretado su general inexistencia. Afirmemos el magisterio de Laín y Lapesa mientras están entre nosotros.

Son dos representantes significativos de una época durísima a la que han resistido sin dejarse corromper ni enmalecer. Ante la atroz discordia que ha afectado a sus vidas en una fase todavía temprana desde posturas distintas han afirmado la voluntad de paz, de convivencia, de reconciliación. Por eso nos pertenecen a todos, sin distinción; han sido edificadores, no destructores, y en ese sentido «edificantes».

Han nacido en la frontera de dos generaciones. En el rigor de mis cálculos históricos generales, estarían entre los más jóvenes de la generación cuya fecha natal central es 1901, es decir, la que suele llamarse «del 27». Sin embargo, tengo la impresión de que han «gravitado» hacia la siguiente, la mía, al otro lado de esa sutil frontera. Creo que se han sentido más cerca de los que son algo más jóvenes, de los que han tenido existencia pública después de la guerra civil. Acaso esto les presta un plus de juventud.

La presencia plena en nuestro mundo de Laín Entralgo y Lapesa es para mí consoladora. Nos podemos apoyar en ellos, contar con ellos para entrar en el vecino siglo XXI. No se trata de hacer un gesto de admiración, más o menos sincero. Menos aún, de hacerlos ingresar en ese «circuito» de las exaltaciones automáticas. Lo que me parece necesario es tomarlos en su realidad, recibir de ellos todo lo que nos dan, con el entusiasmo y la exigencia que reclaman los que están vivos.

Me complace mucho que lo que llamo «espesor del presente» sea singularmente dilatado en España, y llegue hasta los hombres del 98 y más allá; pero no vayamos a saltarnos el presente real el de los efectivamente vivos. Es cierto que eso parece una insolencia a los que aun en plena juventud, no están seguros de estarlo, pero no hay que hacer caso de ello. La riqueza de nuestras posibilidades depende en nuestra voluntad de aceptarlas y gozar de ellas.

Por si faltara algo, Pedro Laín Entralgo y Rafael Lapesa son amigos fraternales. Cada uno existe para el otro y se entienden dentro del marco de una España de la que están hechos y a la que aman con veracidad y exigencia y por eso con un entusiasmo a toda prueba. Hace muchos años definí el temple del liberalismo con doble fórmula: «Melancolía entusiasta» o «entusiasmo escéptico». Desde esa actitud, he sido amigo de los dos durante casi sesenta años. Lo cuento entre fortunas de mi vida por las que siento alegría y gratitud.

Julián MARIAS


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