ABC
Madrid, 31 de julio de 1997

Los escritores del 98
Julián Marías

Lo mejor que se puede hacer con un escritor es leerlo. Se lleva ya bastante tiempo hablando de lo que significó la fecha de 1898, lo que era España inmediatamente antes y las consecuencias de aquel año decisivo. Hay que decir que gran parte del trabajo que se va acumulando es inteligente y oportuno. Pero cuando se habla concretamente de los autores de la llamada –con razón– generación del 98, hay que recordar que fueron esencialmente escritores, hasta el punto de que por serlo, por su vocación y talento literarios, devolvieron a España muchas cosas, entre ellas nada menos que el sentido para la teoría. Y me pregunto en qué medida son leídos actualmente, y por quién.

Conviene ante todo tener presente la lista completa de las grandes figuras. Se piensa desde luego en Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Antonio Machado. A veces se olvida, inexplicablemente, a Manuel Machado, admirable poeta, unido a su hermano por entrañable cariño y no menos estimación mutua. Como la política, cuando se extravasa de su nobilísima función propia, lo confunde y envenena todo, ha intervenido en oscurecer y perturbar la imagen de estos escritores.

Se olvida reiteradamente a Ramiro de Maeztu, que al principio era uno de «los tres» del 98. Se relega a Benavente, que tuvo un papel sumamente importante y aportó mucho al teatro. Rara vez se tiene en cuenta a Ganivet, figura irrenunciable de la generación. Por una injustificada preferencia por ciertos géneros literarios, no suele pensarse en tres figuras capitales de la generación: Ramón Menéndez Pidal, Manuel Gómez Moreno y Miguel Asín Palacios, inseparables de los demás y tan «escritores» como ellos. He recordado alguna vez haberle preguntado a don Ramón por qué había empezado a escribir realmente bien desde los ochenta años; me contestó, con una sonrisilla tímida: «Es que no me atrevía.» La superstición de que la erudición o la ciencia están reñidas con la literatura ha hecho estragos. Creo, por el contrario, que si un filósofo no es buen escritor, en esa medida no es buen filósofo, y por razones filosóficas muy profundas. Y, por supuesto, si se habla de los autores del 98 hay que empezar por Rubén Darío, que lo fue de pleno derecho.

Si queremos que no se tome su nombre en vano, hay que leerlos. A algunos se los ha leído por razones bastardas, es decir, insinceramente y en falso, y la presunta «devoción» ha ido decayendo. Cuando en un escritor se busca lo que no hay, o en todo caso es marginal y desdeñable, ni se lo entiende ni se lo estima. La moda interviene también eficazmente. Mi mujer y yo, después de la guerra civil y durante bastantes años, nos peleamos con muchos por defender el valor de Valle-Inclán, que nos parecía maravilloso; después algunos lo «descubrieron» –sobre todo el teatro y lo que podía reducirse a los elementos negativos del «esperpento». Unamuno tuvo una fase de entusiasmo y frecuente lectura, hasta que empezó a estorbar su espíritu inequívocamente religioso y su interés por las dimensiones más profundas de la vida.

Añádanse a esto los equipos de «disuasores», concentrados muy especialmente contra Azorín –probablemente el más amplio y rico de todos ellos, y el más generoso–. Ganivet ha quedado un poco lejos, ya que su muerte el mismo 1898 truncó su convivencia con el resto de su generación cuando ésta alcanzó existencia histórica. En cuanto a los más propiamente intelectuales, sus obras, extensas, densas y que reclaman cierta dosis de atención, han hecho que muchos posibles lectores se aparten de ellas, sin darse cuenta de lo que se pierden. Y si se entra en los más afines y posibles continuadores, se dividen en dos grupos: los que los admiran, se nutren de ellos y los hacen seguir vivos, y aquellos otros que temen que «les hagan sombra» y los oscurezcan. Si se añade la pereza –es comodísimo no tener que leerlos–, y algunas manías «particularistas», el daño queda hecho.

Estoy tratando de invitar a leer de verdad a los autores del 98. Esperaría de ello un fabuloso enriquecimiento de la sensibilidad española, de la capacidad de estimación literaria, de las ideas veraces sobre nuestro país, su historia, su realidad física, su cultura entera; y, claro es, sus posibilidades.

Para ello hace falta, ante todo, que sea posible. Los editores deben hacer examen de conciencia y preguntarse si imprimen, reimprimen, distribuyen y difunden estos centenares de libros prodigiosos, que honran a un país, a una época y, por supuesto, a una lengua. Temo que solamente una fracción de ellos sea accesible al lector normal, a quien no se le puede pedir que los busque en las bibliotecas. Si estos libros estuviesen realmente en circulación el año que viene, esto contribuiría al incremento cultural de España más que todos los congresos imaginables y el incienso de todas las «fundaciones» personales. Y no sólo no costaría nada, sino que sería un excelente negocio, porque las ventas podrían ser extraordinarias.

Hay también unos cuantos libros –no demasiados– que han ayudado de verdad a entender a estos autores y la época en que vivieron. Hay otros que se han dedicado a confundir o deformar las cosas, y los lectores actuales podrían juzgarlos y ponerlos en su lugar pertinente.

La mayor y mejor parte de la obra de Velázquez está en el Museo del Prado, al alcance de todos. Compárese el número de los que la conocían antes con el de visitantes de la exposición que se celebró hace pocos años. Milagros de la publicidad, que suele utilizarse para el envilecimiento colectivo, para la degradación de multitudes. También puede tener una aplicación más noble.

Los libros de todos los autores que he nombrado están ahí. Se podría intentar averiguar en qué medida son conocidos, y por quiénes. Tengo la impresión de que los jóvenes los han leído muy poco, y a varios de ellos nada. Imagino el deslumbramiento que los esperaría el día que hicieran ese descubrimiento. Temo que los desanimen los que temen que la consecuencia sería el desdén por su supuesta y proclamada genialidad. Hay que contar con todo.

Si ahora se leyera de verdad a estos autores, hasta es posible que algunos sintieran curiosidad por averiguar de dónde venían y empezasen a remontar, aguas arriba, hacia el pasado. Tal vez se encontrarían con Galdós, Clarín, Valera, Zorrillo, Bécquer, Larra, y más allá. No es improbable que tropezaran con el siglo XVIII, leyeran a don Ramón de la Cruz, a Moratín, a Jovellanos, a Cadalso, a Feijoo. Y, puestos en el disparadero, a lo mejor entraban en el Siglo de Oro –«decadencia incluida»–, y desde allí medio milenio atrás, en una lengua que es comprensible desde sus comienzos. Para esto encontrarían guías en los del 98, que se nutrieron de todo esto, lo que contribuye a explicar quiénes fueron.

¿Se me permite soñar con lo que serían los españoles antes de llegar al fin de este siglo?

Julián MARIAS


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