ABC
Madrid, 15 de agosto de 1996

Verano de 1934
Julián Marías

Acaba de morir, a los noventa y dos años, un amigo que empezó a serlo hace sesenta y dos: Emilio Gómez Orbaneja, uno de los hombres más verdaderamente inteligentes y «civilizados» que he conocido. Con él se va de este mundo el último de los que entraron en mi vida en aquella fecha, en aquel verano en la Universidad Internacional de Verano en Santander, que tan honda huella había de dejarme. En el tomo I de mis memorias, Una vida presente, lo he evocado con algún detalle; pero no se trata de mi vida personal, que no tiene interés público, sino de lo que significó aquel momento y aquella Universidad, creada el año anterior, y que fue barrida por el viento siniestro de la Guerra Civil, cuando apenas había pasado de ser un ensayo y una promesa.

Es increíble el número y calidad de las personas a quienes conocí entonces. Había sido rector de la Universidad don Ramón Menéndez Pidal, pero entonces lo era el gran físico Blas Cabrera; el que de hecho la regía era el secretario general, Pedro Salinas, con sus dos «adjuntos», Emilio Gómez Orbaneja y José Antonio Rubio Sacristán. Allí conocí a don Miguel de Unamuno, a Gerardo Diego, a Dámaso Alonso, a Jorge Guillén, a Lorenzo Luzuriaga, a Olga y Gisela Bauer, a Huizinga, a Maritain, a Schrödinger, a Wolfgang Köhler, a tantos otros. Allí estaba el que había sido ministro de la República y ya no lo era, don Fernando de los Ríos, rodeado de la estimación y el respeto de todos, exponente de refinamiento y simpatía.

Con la mayoría de estas personas me unió desde entonces amistad perdurable; algunas se alejaron en el espacio, y poco después los avatares de la historia provocaron una dispersión que en algunos casos tuvo remedio y en otros fue definitiva, a veces con la intervención de la muerte, como en el caso de Unamuno.

Lo que merece recordarse es que todavía en ese momento España estaba en concordia, a pesar de los esfuerzos por romperla de algunos, que aún no lo habían logrado. El verano de 1934 fue seguido, a los pocos meses, por el otoño, con dos nombres funestos: Asturias y Barcelona. En ambos lugares se rompió la convivencia, se negó la «legalidad» que tantas veces se iba a invocar después en vano, muy principalmente por los que la habían desconocido o destruido, se produjeron heridas difíciles de cicatrizar.

En el Santander de 1934 se encontraron con los que he nombrado otros a quienes conocía de tiempo atrás: Ortega, Morente, Zubiri, Gaos –los que habían sido y seguirían siendo mis maestros– y jóvenes condiscípulos, y algunos que lo fueron aquel verano y se quedaron formando parte de mi vida.

Las diferencias eran muchas, y no eran negadas, porque imperaban las dos condiciones: la libertad y el respeto. Cada uno tenía derecho a ser quien era –más aún, el deber de serlo–, y eso era aceptado por los demás. De aquel verano memorable nació mi amistad con Salvador de Madariaga, que había de mantener a lo largo de su prolongada, difícil y fecunda vida esa actitud, a la que siempre fue fiel; amistad que tuvo su culminación cuando lo recibí en la Real Academia Española al cabo de cuarenta y tres años, el 2 de mayo de 1977, precisamente cuando se reanudaba la convivencia rota o deficientemente remendada.

Los españoles a quienes he nombrado tuvieron diferencias, muchos de ellos tomaron partido, sintieron impulsos de hostilidad cuando su voluntad de convivencia fue puesta violentamente a prueba. Pero creo que, casi sin excepción, se mantuvieron fieles a lo que aquel verano había significado. No dejaron que la discordia penetrara hasta lo más profundo de sus personas.

En aquel momento, todo era posible. La unidad, coherencia y libertad de España se podían haber salvado. Todavía no está claro, no consta suficientemente, por qué no fue así. Mi impresión personal es que faltó, por una parte, lucidez; por otra, valor. Se produjeron demasiados casos de ofuscación, de no ver más que lo más aparente, lo que la propaganda mostraba y subrayaba, lo que se empezó a considerar como «propio». La parcialidad de la visión –el tener en cuenta una pequeña parte de la realidad– condujo al partidismo, y éste, en muchos casos, al fanatismo.

También faltó la entereza, la capacidad de decir «no» a lo que se afirmaba o proponía, sobre todo cuando se hacía desde el mismo «lado», sin querer ver a los otros. Muchas veces he dicho que es un acierto de nuestra lengua el que el sentido primario de la palabra «valor» sea lo valiente y no lo valioso; porque si falta el valor se hunden todos los valores.

Frente a los que creen que todo estaba ya perdido, que la discordia se había consumado, que la Guerra Civil era inevitable, pienso que en aquel verano todavía existían casi intactas las mejores posibilidades españolas, que se contaban entre las más altas de toda nuestra historia. España acababa de iniciar una ruptura que hoy parece poco considerada, con cierta falta de previsión aún por parte de hombres egregios de quienes se podría haber esperado. Cierta dosis de precipitación, de frivolidad, de malhumor, hicieron que se entrara en un camino peligroso e inseguro, cuyas consecuencias hubieran debido preverse –que se vieron a los pocos días–, pero debieron ser evidentes unos cuantos días antes. Tal vez hubo lo que Descartes quería siempre evitar: precipitación y prevención.

Pero en 1934 no se había producido la discordia, no había hecho más que anunciarse, dar síntomas inquietantes, que no fueron tomados en cuenta. Quedaban pocos meses: aquel otoño fue la negación de los supuestos de la convivencia. A mis veinte años tuve conciencia de la variación, del riesgo, de la aparición de lo negativo, de la aceptación del mal. Pero todavía no perdí la esperanza, y al cabo de tantos años creo que las cosas tenían aún remedio.

Lo tuvieron hasta la demencia generalizada y casi aceptada por la mayoría de 1936. Y siempre, sucesivamente, ha habido posibilidades de remedio –precario pero precioso– una vez y otra.

Cuando por fin, hace veinte años, se ha acometido la gran empresa de nuestra reconstrucción y definitiva reconciliación, mi esperanza ha estado a punto de consolidarse. Pero me sobrecoge el temor de que vuelvan a faltar la lucidez y el valor. Se quieren confundir demasiadas cosas; se quiere falsificar el pasado, lo cual significa directamente falsear y comprometer el futuro. Predominan las complacencias, los temores, el no atreverse a decir la verdad, la aceptación de lo que intelectual o moralmente es inaceptable.

Sería imperdonable que se cayese en todas las trampas que se habían ya tendido en el verano de 1934 y que empezaron a funcionar pocos meses después, ensayo general del desastre más grave de nuestro tiempo. Lucidez y algún valor pueden impedir a tiempo que se pierda otra serie de posibilidades que no son las mismas pero me siguen pareciendo maravillosas.

Julián MARIAS


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