Marzo
Órgano de expresión nacionalsindicalista
Madrid, abril de 1958
nº 2, páginas [4-5]

Estudios

Amando Miguel Rodríguez

¿Hacia una sociedad sin clases?

Vimos ya el concepto de materialismo histórico y su crítica. Veamos ahora más detenidamente lo que resulta de aplicar este concepto a la sociedad y la Historia en la teoría marxista.

Toda la Filosofía de la sociedad y la historia marxista queda resumida en la frase del Manifiesto: «Toda la historia de la sociedad humana, hasta hoy, es la historia de la lucha de clases.»

Escribe Engels: «Toda la historia del pasado ha sido la historia de la lucha de clases, y estas clases sociales, en lucha unas con otras, son siempre los productos de las relaciones de producción y de cambio; en una palabra, el producto de las relaciones económicas de su época.»

Tenemos, pues, que el concepto de clase y su manifestación dialéctica, la lucha de clases, es la clave para comprender la sociedad y la Historia.

La clase social, para el marxismo, posee una realidad más sustante que la de los mismos individuos, ya que las ideas de éstos no son sino reflejo de las producidas por aquélla, que son, a su vez, producto de las relaciones económicas de producción y de cambio que están a su base. (Estas ideas mostrencas de la clase es lo que constituye la «ideología».)

Continúa Engels: «En todas las sociedades que conoce la Historia, el reparto de los productos, y con él la articulación social en clases, se regula sobre las cosas producidas, sobre la manera cómo son producidas y cómo se cambian esas cosas producidas.»

Así, pues, lo primario es la «infraestructura» o conjunto de relaciones económicas de producción y de cambio. A una infraestructura dada corresponde una clase social determinada que, a su vez, sustenta toda la superestructura ideológica. Y la Historia se mueve precisamente por esa lucha dialéctica entre una clase oprimida (antítesis) que se enfrenta a la clase opresora (tesis). Al vencer la antítesis o clase oprimida, se convierte, a su vez, en tesis del proceso siguiente.

El último eslabón de la cadena dialéctica es la clase proletaria explotada y oprimida por la clase burguesa-capitalista. De la lucha dialéctica inevitable entre ambas surgirá el triunfo (inevitable también) de la clase proletaria, que se apropiará de todos los medios de producción, y a través de la «dictadura del proletariado», transitoria, pero necesaria, acabará con los últimos restos de una sociedad oprimida clasista e inaugurará la época de una sociedad libre sin clases.

No explican los teóricos comunistas en virtud de qué la ley dialéctica va a terminar así. Simplemente se afirma el hecho: «Esta lucha ha llegado en la actualidad a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya liberarse de la clase que la explota y oprime (la burguesía) sin liberar al mismo tiempo y para siempre a la sociedad entera de la explotación, de la opresión y de la lucha de clases.»

Este utopismo diecinuevesco, que es la sociedad sin clases comunista se expresa ya en el Manifiesto: «La antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, es reemplazada por una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno es la condición del libre desenvolvimiento de todos.»

Para Engels el paso de la sociedad clasista a la sociedad sin clases comunista será el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad. Lenin dirá que en esa sociedad sin clases se cumplirá el lema comunista «De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades»{1}.

* * *

Estas son las líneas fundamentales del edificio. Pero el edificio, que parece tan sólido, no es más que fachada de estuco.

En primer lugar, diremos que el concepto de clase empleado por la teoría marxista es inaceptable. Primero, por su absolutivismo. Dice Cole (Studies in class structure) que para los marxistas «la clase no es simplemente una realidad social, sino la gran realidad social que trasciende a las demás y constituye la gran fuerza motriz de la Historia».

La clase social en la Sociología moderna es un término mucho más modesto: es un tipo de constituirse la estructura social occidental desde la Revolución Francesa a nuestros días; es un modo de agruparse los individuos en un determinado tiempo histórico y lugar geográfico y bajo una forma política determinada (el Estado Constitucional), caracterizado por un factor económico a su base, pero que tampoco es el único ni el definitivo.

El hecho de las clases sociales no puede explicarse de una manera tan simple como lo hace el marxismo. «El hecho evidente es que la estructura de clases de cualquier sociedad, y de una sociedad industrial en particular, es increíblemente complicada y no puede ser del todo explicada únicamente por factores económicos.» (Sabine: A History of Political Theory).

El esquema marxista de la lucha de clases puede ser aplicado más o menos satisfactoriamente a los movimientos revolucionarios de mediados de siglo en Francia que Marx estudió, pero no pueden ser elevados a categoría universal para comprender todos los movimientos sociales.

Lo cierto es que –y esto es lo importante– los supuestos actuales de una clase explotadora burguesa y una clase explotada proletaria no se dan; y si no se dan la tesis y la antítesis, mal se podrá dar la síntesis de una sociedad sin clases.

Dejemos a un lado el problema teórico de que, en rigor, la síntesis última, en caso de producirse, tendría que ser tesis de un proceso dialéctico ulterior y no estancarse. Pero sigamos adelante:

La estructura que suponía el marxismo (Marx y luego Lenin) para la clase burguesa-capitalista asentada sobre el monopolio de la fuerza de capital tendente a la concentración, no ha continuado. Y no ha continuado, entre otras muchas razones, por ésta tan sencilla que un marxista tiene que aceptar: Y es que la estructura económica que Marx tenía delante y que para él condicionaba todas las formas de vida social e histórica, se fundamentaba sobre el carbón. El carbón, efectivamente, imponía su dictadura sobre la localización de las industrias y, en definitiva, pues, de la riqueza.

Pero apareció la electricidad, y con ella la energía pudo trasladarse entonces a velocidades lumínicas. Habían surgido unas nuevas posibilidades insospechadas de desarrollo de economías atrasadas. La tendencia se continúa aún más con el petróleo y la energía atómica. Al lado de todo ello está el ingente desarrollo de las comunicaciones y los factores políticos de socialización de la vida económica, intervención de los sindicatos en el Estado, planeación de las economías, «welfare-state», fenómenos de cooperación, &c.

El resultado primario es que la concentración económica a que conducía dialécticamente la estructura capitalista se ha detenido y ha sido sustituida por un fenómeno más amplio de integración económica.

Para Mannheim (Libertad, poder y planificación democrática) si Marx previó que era inevitable la lucha de clases, ello era porque observaba una época de escasez, y esta época de escasez parece a punto de superarse.

El hecho fundamental es que no se produce la lucha de clases marxista, porque el supuesto de dos clases opuestas dialécticamente (burguesía versus proletariado) está cada vez más lejos de la realidad. Al contrario, sucede una multiplicación insospechada de las clases. Se produce, en definitiva, una marcha hacia una sociedad sin clases, pero en un sentido y con una significación completamente distintas de la utopía comunista.

El cambio es tan radical, que incluso parece superarse el concepto de clase social. En efecto, a la estructura de clases sucede una sociedad configurada en múltiples «estatus socio-económicos», profundamente interpenetrados, apoyados sobre una base funcional de división del trabajo y nivel ocupacional, educacional, &c., y no sobre insuperables calificaciones montadas sobre el volumen de ingresos. En el «estatus socio-económico» no sólo juegan situaciones infraestructurales, sino factores extraeconómicos de prestigio, cultura, patrones de conducta, de un modo más relevante y propio que en la clase social. En todo, caso, la superioridad de unos estatus sobre otros tiende a ser individual y no familiar: se funda, no sobre la herencia, sino sobre la capacidad personal.

Nada, pues, de la progresiva simplificación de la sociedad en dos clases antagónicas. A la inversa, hoy no cabe hablar de la burguesía como un todo, como un absoluto romántico, y menos aún del proletariado y mucho menos todavía de la paulatina absorción por éste de las «clases medias». El fenómeno es el contrario: el paso de ese «ejército industrial de reserva», esa «fuerza indiferenciada y abstracta» a los diferentes estatus que componen hoy la multiforme y ancha gama de las clases medias.

El nivel de vida general marca hoy un ritmo tan ascedente, que ha borrado los fuertes contrastes económicos y sociales que provocaron la lucha de clases. Si nivel de vida es, como dice Marías, aquel nivel a partir del cual se empieza a «vivir», la sociedad actual lleva la «modesta» pretensión de que «vivan» todos los hombres.

No hay que dejar de reconocer, sin embargo, que si hoy ya no se mantienen los supuestos de una clase capitalista explotadora y una clase proletaria explotada, ha sido, entre otras razones, porque estaba ahí como catalizador la doctrina, la realidad y el movimiento comunista. Esta ha sido su verdadera función dialéctica en la Historia.

Este es, pues, y no otro, el sentido de una desaparición de las clases, el único que históricamente cabe: su superación.

La sociedad sin clases que apunta nada tiene que ver, por tanto, con una sociedad masificada y uniforme: sin tensiones y contrastes la Sociedad se aniquilaría a sí misma. Porque la Sociedad exige, como principio de vida, la variedad y multiplicidad de sus conjuntos. El término justo está en superar el «status belli» de la lucha de clases sin caer en la indiferenciada sociedad anarco-comunista que suprime, exagerándola, toda normal dialéctica. «La estratificación según la posición social, no es dañina, sino, por el contrario, creadora y estimulante para la formación de las personalidades. La estratificación social se hace dañina únicamente cuando pierde su fluidez, se congela en rígida jerarquía que produce exclusiones y segregación, y hace que la presión de las clases altas se traduzca en opresión de las bajas» (Mannheim).

No cabe esperar una nivelación total, como sería la sociedad sin clases comunista; sí, en cambio, una sociedad en que las posibilidades de paso de un estatus social a otro, en función de la personalidad libremente desarrollada, sean cada vez mayores; en que cada grupo sienta que no va a ser devorado por los demás al sentirse representado en el orden de las decisiones que a todos atañen.

Lo curioso de todo esto es que a la pretendida sociedad sin clases, en el sentido de numerosos estatus interpenetrados y lábiles, se acercan mucho más los países occidentales que los comunistas. La Revolución Rusa ha conseguido muchas cosas: lo que no ha conseguido de ninguna manera es una sociedad sin clases. (En Rusia las diferencias de salarios son mucho mayores que en los Estados Unidos.) Incluso ha dado lugar a la aparición de una «nueva clase» más explotadora que la burguesa capitalista, formada dentro del grupo burocrático que sostiene el Partido y que controla absolutamente todos los resortes de la riqueza y el poder. (Véase el reciente libro de Milovan Djilas La nueva clase.)

Para Mannheim «la estructura social de la Unión Soviética no representa una sociedad sin clases, sino que es una estructura con una nueva forma de clase superior, organizada dentro de un partido totalitario y basada en las organizaciones de masas; el partido totalitario separa todavía con más rigidez al pueblo en clases sociales que las sociedades tradicionales».

Es sintomático que en los países en donde más se ha conseguido esta superación de la lucha de clases no tengan significación real alguna los partidos comunistas (Estados Unidos, Inglaterra, Países Bajos, Países Escandinavos, Suiza, Alemania, &c.). La ideología predominante en estos países es una curiosa mezcla de socialismo y conservadurismo, inexplicable en otras naciones en donde todavía perdura el lastre de una sociedad clasista.

En el plano internacional, la dialéctica leninista de países imperialistas-capitalistas y países coloniales-proletarios, empieza a ser superada a través de una serie de movimientos de integración económica. Se va hacia la unificación del mundo y a una repartición más justa de la riqueza, a exigir de cada uno según su capacidad y a dar a cada uno según sus necesidades. Pero, esta es la paradoja, en ningún país es menos lento este proceso que en los países comunistas.

Vamos irremediablemente, por y pese al comunismo, hacia una sociedad sin clases, en el sentido dicho. Se vislumbra un sistema que diríamos funcional de organizarse la sociedad. Esta es la «edad arquitectónica», de integración, de construcción en un estilo precisamente «funcional».

Se está produciendo en el mundo una Revolución mucho más profunda que la francesa y pese a la rusa. Es, por lo pronto, la primera revolución verdaderamente mundial. El fogonazo para la posteridad fue el terrorífico hongo de la primera bomba atómica sobre el Japón. La bomba de Hiroshima viene a representar, mutatis mutandis, lo que el degüello de Luis XVI, pero con la diferencia de que cien mil japoneses valen por lo menos cien mil veces más que el rey francés.

La energía atómica y la automatización liberan enormes cantidades de trabajo humano y van a hacer realizable por vez primera la posibilidad de formación personal y creación cultural para todos los hombres.

El marxismo se ha quedado chico para comprender la diagnosis actual. Ha dejado fuera al hombre y el hombre es animal de «polis». Y la «polis» es hoy el mundo.

Amando Miguel Rodríguez

{1} Esta exposición de la filosofía social marxista se refiere exclusivamente a la línea canónica marxismo-leninismo. No me refiero todavía a la «tercera vía» de la doctrina comunista.


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