Alférez
Madrid, 30 de abril de 1948
Año II, números 14 y 15
[página 3]

Sobre el estilo

...todas las cosas estaban mezcladas; después, la inteligencia, viniendo, las ordenó
(Anaxágoras)

No es preciso entrar en grandes disquisiciones sobre el estilo para percibir que el cristiano, por el mero hecho de serlo, ha de estar dotado de una estructura humana peculiar. Esa estructura está configurada por las especiales líneas de fuerza que nutren –que deben nutrir, en todo caso– y orientan en su vida la multitud de modos operativos concretos que demanda de él la diaria circunstancia. El estilo se manifiesta entonces como principio dinámico y fuerza escultora apta para improntar, como en la arcilla el ímpetu del dedo, la sutil huella de unos movimientos dotados siempre de semántica. Trátase, pues, de una virtud capaz de conferir esencial diversidad a actos materialmente iguales. Materialmente, la fracción de un trozo de pan en la posada, camino de Emaús, era idéntica a otras mil. Sin embargo, la pareja de discípulos discernió allí el estilo del Verbo, que no es sólo palabra, sino también gesto, ademán, silencio incluso. Desde entonces hay en el mundo la posibilidad de un estilo genérico cristiano.

Pero en él caben diferencias específicas. En la Iglesia, heredera total de ese estilo que empezó a hacerse consciente a los fieles en la tarde del día de Emaús, existe, netamente establecida, la diferencia jerárquica de los pastores y la grey, que en el diario producirse de ambos estamentos determina una serie de matices diversos. Los cuales, si respecto de lo genérico cristiano son a manera de subestilos suyos, por otra parte no carecen de la autonomía suficiente para erigirse a su vez en gamas operativas propias, dotadas de fronteras respectivas. Y adviértase que todo esto no se refiere tanto a las acciones en sí, a su qué, cuanto a su cómo, que es lo valioso y expresivo desde el punto de vista de esa mímica espiritual que sirve de base a los estilos.

Todo esto viene a cuento de un curioso fenómeno que a veces se vislumbra en el estilo de algunos pastores y de algunos miembros de la grey. Respecto de los primeros, el mismo afán de eficacia en el apostolado puede dar lugar a un error, que consiste en plegarse demasiado a la, por así llamarla, mímica del seglar (entiéndase esto en un sentido amplio), para no parecer excesivamente extraño a los seglares mismos. Tal actitud, que por supuesto nada tiene que ver con las claudicaciones éticas y por el contrario se instala en sus antípodas, es decir, en el celo pastoral, se adopta, al parecer, en virtud de una táctica, consistente en otorgar concesiones a la profanidad instaurando entre el pastor y el seglar una nivelación de estilos que sea capaz de producir entre ambos una igualdad estimada como favorable a los fines apostólicos de aquél, pero que puede acarrear, en el celoso disfrazado, una violentación del propio estilo, haciéndole incurrir en una piadosa inautenticidad. Este podría ser un lado del fenómeno doble a que aludimos.

El otro lado se refiere a posturas correspondientes, pero inversas, por parte de algunos miembros de la grey. Son posturas que suelen vislumbrarse en algunos seglares católicos y activos que, movidos por idéntico celo saludable, se pasan al campo de lo que a su vez, llamaríamos mímica clerical, atraídos, sin duda, por el estilo peculiar del pastor, sin darse cuenta de que incurren en la adopción de una externa investidura carente de la justificación interna que dan la ordenación y el ministerio, a cambio de lo cual abandonan el propio estilo seglar, incurriendo en otra inautenticidad no menos pía.

Si hubiera que buscar un parangón de ese doble fenómeno, de ese recíproco tender el contrario a su contrario –la famosa «enantiodromía» descubierta y delatada por Heráclito–, quizá sirviera el caso de una similar y doble deserción nacida a veces de la inquietud ilusionista que anida en el alma, barroca, cuyo estilo, de tanto aspirar íntimamente a la fusión, puede incurrir en total confusión de los entes dispares, el bosque, por ejemplo, y el palacio. ¿Quién no siente desazón al ver que mientras los paramentos, el ornato e incluso la planta de un edificio –piénsese en la Granja– se, embarcan en el capricho formal de la Naturaleza, como aspirando a dar frondosidad botánica a la piedra, enfrente ocurre que el bosque se somete, por el contrario, a rigurosa geometría, pretendiéndose introducir un canon en la fronda, convirtiendo la fuente en palaciega escalinata y la botánica en racional arquitectura?

Sólo que en el terreno de los estilos artísticos estas mezclas son de menor trascendencia significativa que en la zona humanísima de las mímicas antes señaladas. Pero la oratoria sagrada, por ejemplo, no es tan sólo un género literario, y de ahí que pueda ser mayor la desazón de verla moldeada según normas preceptivas de la retórica profana con expresiones y matices de la mímica seglar; y por el lado opuesto, también puede ser desazonante el estilo de homilía pastoral en la oratoria de seglares cuyo verbo y ademán parecen empeñados en transfigurar en sacra vestidura la civil chaqueta, o acaso en púlpito el estrado.

Lo correlativo de ambas tendencias da qué pensar. Se trata de pequeños matices, por supuesto; pero esos matices pueden ser importantes, por el valor caracteriológico de que están dotados los fenómenos de expresión, como manifestaciones externas que nos remiten, necesaria e inmediatamente a lo interno. Hacer pequeñas trampas con el estilo es un error. El estilo siempre hay necesidad de depurarlo, pero el error consiste, precisamente, en confundir lo que es depuración con lo que, empezando por ser alteración corre el riesgo de deslizarse por el resbaladizo de la adulteración. En el fondo de todo esto late el problema de la autenticidad; pero la autenticidad no se resuelve sólo en planos éticos, sino ante todo en instancias de conocimiento, pues exige siempre ordenación, lo cual es función de aquella inteligencia que Anaxágoras adivinó como remedio de las cosas mezcladas.

Angel Álvarez de Miranda


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