Crónica
Madrid, 22 de enero de 1933
año V, nº 167
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Estudiantes
La primera clase en el nuevo
Pabellón de Filosofía y Letras
de la Ciudad Universitaria

El nuevo edificio de Filosofía y Letras de Madrid
El nuevo edificio, recientemente inaugurado, de la Facultad de Filosofía y Letras, en la Ciudad Universitaria.
Estudiantes
El primer día de clase en la nueva Facultad de Filosofía y Letras. Un alegre grupo de muchachas y muchachos, estudiantes, posando para Crónica en la escalera del edificio recién inaugurado.
Estudiantes
Los estudiantes tomando el autobús que hace el servicio desde la Plaza de la Moncloa hasta la Ciudad Universitaria, en el primer día de clases en la nueva Facultad de Filosofía y Letras (Fots. Videa)

Ha nevado en la noche.

La mañana ha aparecido lisa y clara, ribeteada de blanco. Poca gente sobre la nieve todavía, en esta ancha y vacía Plaza de la Moncloa: algún bracero, alguna devota... Hay, olvidado en el cielo, un fantasma de Luna, y el Sol, teñido de rosa, comienza a resbalar por los aleros.

Hay que madrugar, ¡ahora sí que hay que madrugar!, para acudir a la Universidad. Tanto, casi, como para una partida de sport. Y eso parece esta mocedad que se agrupa y vocea junto al primer autobús, recIamando su puesto: una alegre partida de esquiadores.

La Sierra azul, con un festón de nieves blancas, se dibuja apenas en un horizonte lavado de nubes. ¿Es que vamos allí? La gran parada de los autobuses, rojos, azules, amarillos, blancos, recoge el bando de muchachos en el borde de los paseos. Y ellos, los estudiantes, los asaltan, gritando en el regocijo del primer asombro:

—¡Oye tú, un autobús de dos pisos!

—¡A ver si os caéis, vosotros, que sois de pueblo!

Otros prefieren formar, para la marcha a pie, pequeñas caravanas.

—¡Un kilómetro y medio, total...!

Y lucen sus chaquetas de sport, sus sweaters de colores, ellas, sus medias noruegas, dobladas sobre el recio calzado suizo.

El pabellón, cuadrado y rojo, hace brillar sus cien ventanas como cien ojos que vigilan esta primera entrada en las clases nuevas. Al lado, otros cuerpos del edificio, en construcción todavía, tienen colgados los andamios y dejan circular el aire frío en los calados cúbicos de su esqueleto de cemento.

—¿Se dará clase?

—¿Han cambiado las horas?

—¿Traéis los cuadernos?

Se ríe, se saluda con grandes efusiones, como en un largo viaje; se consulta, ansiosamente, las carteras.

—¡El latín! ¡Me dejé en casa el ejercicio de latín!

Muy pocos conocen el edificio nuevo. Los otros miran por las ventanillas, esmeriladas de frío, señalando pabellones en construcción.

—¿Es este?

—¿Es aquel?

—Todavía más Iejos?

No decimos que haya idilios que se reanuden en esta vuelta de las vacaciones. En la nueva mocedad universitaria, son pocos los idilios. Mucha camaradería, mucha amistad... No sé cuál de esos pensadores, fáciles de consultar porque sus máximas están en las hojas de todos los calendarios, ha dicho que la amistad excluye el amor.

—¡Anda éste, qué jersey más elegante!

—¡Con que te has dejado bigote! Oye, ¿te abriga?

Una parada. La rampa, el pabellón. Se vacían los autobuses como por encanto, a un viento de curiosidad, y los pasillos se llenan de voces.

—¡Oye tú, qué alegre!

—¡Oye tú, qué bonito!

Luego viene la inquietud de encontrar las clases en aquel laberinto de galerías, brillantes de color y de luz.

—¿Es la ocho?

—Es la once.

Se consulta en los planos colocados en las carteleras –¡oh, todo tan moderno!– y al entrar en las aulas, al olor fresco de la pintura nueva, de la madera nueva., al brillo de estos cristales, de estos barnices, de estos niquelados impecables, alguien exclama –él sabrá por qué–:

—¡Lo difícil que va a ser aprobar aquí...!

Dicen que luego, cuando esté instalado el comedor, habrá un té estudiantil cada quince o veinte días, y acaso, acaso... baile.

—¡Que rabien los que ya han terminado la carrera!

* * *

La nueva vida del nuevo estudiante español empieza hoy, con este pabellón, todo ventanas al sol, todo terrazas abiertas a la Sierra, todo luz cordial que choca y se fragmenta en espejos policromos de azulejería.

La vieja vida, que pronto pasará para no volver, queda encerrada en el caserón triste, en las galerías yertas, en los claustros grises, en aquel jardín muerto de frío y sombra de la vieja Universidad...

Matilde Muñoz


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