Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 30 de mayo de 1918
 
año I, número 18
página 15

José Antón Oneca

Los libros

La reconstrucción de la Historia de España desde el punto de vista nacional. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia, por D. Julián Juderías y D. Jerónimo Becher

El Sr. Juderías, con un bagaje bien provisto de idiomas –posee diez y seis–, ha recorrido las literaturas extranjeras y nos ha proporcionado multitud de informaciones sobre problemas de palpitante actualidad. A diferencia de tantos otros, a quienes basta asomarse a la cultura francesa para abominar de todo lo propio sin tener ojos más que para lo extranjero, en el Sr. Juderías ha arraigado hondamente un patriotismo que, en vez de traducirse, como es uso, en apologías inconscientes de nuestro pasado, ha sido en él motor de trabajo, produciendo varias monografías de tan alto interés histórico como España en tiempos de Carlos II, el Hechizado y Gibraltar. Apuntes para la historia de la pérdida de esta plaza, de los sitios que le pusieron los españoles y de las negociaciones entre España e Inglaterra referentes a su restitución, 1704-1796. Ambas corrientes de sus estudios han derivado fatalmente a su obra capital La leyenda negra, donde con los materiales aportados por su erudición políglota y vivificados por su amor a España, realiza una inapreciable labor de vulgarización, señalando los errores que empañan el concepto de España y su historia en el extranjero.

El discurso de que tratamos es la consecuencia lógica de aquel libro, y muy bien pudiera ir como apéndice en la tercera edición. En la primera se ponía de manifiesto la negra leyenda que ensombrece nuestra historia, impidiendo que los rayos de la verdad encendiesen en nuestros espíritus el patriótico coraje necesario para luchar por nuestra rehabilitación. En la segunda presentaba frente a este catálogo de errores el de nuestros verdaderos elementos de gloria. El discurso académico es la moraleja extraída de las anteriores premisas. Para evitar que la fatídica leyenda siga ocultando nuestra gloriosa historia es preciso La Reconstrucción de la Historia de España desde el punto de vista nacional.

El momento no puede ser más oportuno. Hablamos constantemente de renovarnos, y para ello urge reafirmar la conciencia de nuestro pasado histórico. «Donde no se conserva piadosamente –ha dicho Menéndez y Pelayo– la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora.»

Las naciones en guerra nos aleccionan, pues las ambiciones y los ideales que en ella se debaten han sido tomados de la historia.

«En la historia –dice el Sr. Juderías– es donde podemos hallar el origen de la gran mayoría de los problemas cuya solución se ha confiado a las armas, lo mismo el planteado por el imperialismo inglés, descrito o, si se quiere, profetizado por Froude y por Seeley –que intentaba probar que el mundo debe ser inglés–, como el porvenir del imperio germánico, magistralmente bosquejado por Mommsen, por Treitschke y por Sybel; como el afán de Francia de llevar sus fronteras hasta el Rhin; como el deseo de Italia de reivindicar el imperio de Venecia; como el afán de expansión de los eslavos; como las aspiraciones más o menos precisas de pueblos recién incorporados a la vida política europea como Serbia, Bulgaria, Rumania y Grecia que, revolviendo sus archivos, descubrieron en ellos un momento, durante el cual dominaron a sus vecinos, y fueron más poderosos que ellos, y tuvieron un monarca a quien sus historias otorgaron el calificativo de Grande.»

En España, por el contrario, nuestra labor histórica ha sido más bien contraproducente. A ello han contribuido el hecho de que los españoles seamos más abundantes en hazañas que en escritores, como decía Mariana, y un extraño sentimiento de hastío hacia lo propio, que es característico del alma nacional. Podría añadirse a estas razones que apunta el Sr. Juderías, la de que, a partir del siglo XVIII, una gran parte de nuestros intelectuales ha estado embrujada por el fatal bebedizo de la ideología francesa que se filtra por los Pirineos; y Francia e Inglaterra han visto siempre nuestra historia deformada y empequeñecida por un odio secular, que si fue en un tiempo recelo y emulación por nuestra grandeza, hoy es sólo menosprecio para nuestra decadencia.

Parece que ahora comenzamos a vernos afortunadamente libres de él, por lo mismo que desdichadamente estamos libres de toda grandeza y poder. En cambio se proyectan las lobregueces de una nueva leyenda negra sobre Alemania. El demonio del Mediodía llamaron en el siglo XVI a Felipe II, y como el demonio del Norte aparece el kaiser para los pueblos engañados de la Entente. La intolerancia, el abuso de autoridad, la barbarie y la incultura son viejas calumnias enmohecidas por el uso que de ellas hicieron contra nosotros. Afortunadamente, Alemania vencedora ha logrado cortar con su espada la leyenda comenzada a tejer para aprisionarla; a ser vencida hubiese caído sobre ella para enterrar en vida su prestigio de nación fuerte y culta, y quizá al cabo de los años hubiese llevado el demonio de la duda al seno del mismo pueblo alemán convirtiéndolo, como en nuestro caso, en inconsciente menospreciador de sí mismo.

Termina el Sr. Juderías haciendo votos por que «nuestra historia salga de su letargo ennoblecida y dignificada»; por que no sea sólo esa historia la de los pueblos peninsulares, sino también abarque la de los pueblos americanos «carne de nuestra carne, sangre de nuestras venas y alma de nuestras almas»; por que una a la historia de las guerras y los tratados la relación de las conquistas de la inteligencia; por que sea, en fin, una voz del pasado, desfigurada por extraños gramófonos interesados en que llegue hasta nosotros, desentonada y enronquecida, sino porque sea la voz sonora robusta y enérgica de la España pretérita, la voz que ha de inspirarnos confianza en el presente y la que ha de infundirnos la esperanza en un porvenir mejor».

En vez de hacer una monografía de especialista ha preferido el Sr. Juderías hacer un verdadero discurso que fuese tónico de optimismo para el auditorio. Desde Menéndez y Pelayo viene acreciéndose la corriente de revisión de valores históricos, que ya no son apenas objeto de controversia; pero ahora urge traducir esas ideas de la ciencia a la vida, predicando la fe en la raza al pueblo, hasta ahora engañado por los «gárrulos sofistas» de la secta, y cimentar sobre la historia un porvenir simétrico al pasado. Ya en este propósito de apostólica divulgación han sido inspirados los dos nobles discursos leídos en la recepción del nuevo académico.

José Antón

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