Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 12 de febrero de 1918
 
año I, número 3
páginas 5-6

Quintiliano Saldaña

Nueva política

Se puede hablar de política como jefe de un partido: dogmatizando, definiendo. Se puede hablar, también, como apóstol: propagando ideas –nuevas o seculares–, defendiendo causas y programas de gobierno. Se puede hablar, en fin, más modestamente, desde el plano especulativo; sin dogmatizar ni defender doctrinas –sin autoridad y sin pasiones–, exponiendo.

Así vamos a hablar nosotros de política.

Política conservadora

Arte de gobernar con propósito de servir a la tradición nacional, atesorando adquisiciones, eso es política conservadora, en síntesis. Gobernar es conservar. ¿Con qué propósito? Con el de enriquecer el caudal de experiencias de la raza, recogiendo los resultados de las pruebas políticas: creaciones, reformas, aboliciones. En este sentido, decir política conservadora es lo mismo que decir: política científica, esto es, política experimental.

La política conservadora –lazo evolutivo, viviente, entre el pasado y el porvenir político– sirve a la tradición, pero no se sirve de la tradición para nutrir su credo; eso es el tradicionalismo. El Pasado, que tiene un gran valor como símil, como ejemplo, como enseñanza –historia magistra vitae (Cicerón)– no tiene casi ninguno como realidad transcendental «El presente es resultante del pasado y material del porvenir» (Leibnitz), pero la política no es solo problema de contenido, sino de forma, y, en el kaleidoscopio del gobierno, los problemas políticos cambian de forma cada vez. Así, política conservadora debe ser política consciente, documentada, pero no política rutinaria como aquélla: «ante todo la tradición».

Si la política no es problema de forma exclusivamente, no es posible vida política sin partidos, ni partidos sin programa positivo de gobierno, con un contenido ideal, ético y jurídico, con doctrinas sociales: los célebres «principios». Otra cosa fuera política amoral, neutra en doctrina, tolerante en costumbres, más acá del escándalo –la llamada «ética formalista»–; indiferente ante la vida económica de las relaciones sociales (regulación del trabajo y la riqueza); insensible a las iniquidades de la suerte (beneficencia, protección social); abúlica para con el desorden; inolfativa en higiene...; partidaria del lassez faire, lassez passer, en todo, como hasta ahora.

Por eso, política conservadora es arte de gobernar conservando, de la constante renovación social, lo que es conforme a sus principios –los que sean, y así en cada país los conservadores tienen un programa–. Política conservadora es política de selección.

La política no puede ser distinta, esencialmente, de lo que son todas las actividades del mismo título y sentido; la cirugía, conservadora, por ejemplo. La política, como la cirugía, debe proponerse conservar, pero conscientemente; nada más lo que merezca conservarse. Y esto ha de entenderse en absoluto: desde lo más alto a lo más bajo en el Estado y en la sociedad. Nada debe de haber sagrado, intangible –en lo humano– para un político consciente, que se proponga conservar sólo lo que merezca quedar en pie; si es que los conservadores no quieren verse relegados a prestar servicio en los museos... Y esto se ha de hacer fuertemente, atacando la entraña, pero con suavidad de procedimientos. La experiencia ha enseñado al partido conservador, que debe ser más cauto en la valoración de las esencias constitucionales.

Política renovadora

Si tiene principios, la política ha de servir a ellos en el poder; no ya seleccionando de lo que aporte la evolución natural, para encauzarlo en costumbres y fijarlo en leyes, sino colaborando altivamente con esa misma evolución, en el sentido de adelantar o retardar su curso, y dirigir sus cauces hacia la mira de los principios políticos, las llamadas «esencias doctrinales». Así, todo credo político actual es, frente al porvenir, un programa de reformas. ¿Cómo se han de hacer las reformas? He aquí la segunda nota diferencial: para los radicales, rompiendo violentamente con el pasado (revolución); para nosotros, continuando la vida jurídica y social, pero poniendo un sentido, una dirección y una mayor celeridad a la sustitución social orgánica, y, por partes, célula a célula, como procede la naturaleza (renovación).

Esta delicada misión de renovar, de inspirar iniciativas, de crear estímulos, de aportar elementos, de reformar, de revisar valores –misión generadora y misión crítica–, está encomendada por la naturaleza a las juventudes, dentro de los viejos solares políticos, donde trabaja la carcoma. Si los jóvenes se han de limitar a repetir viejos dogmas políticos, a cortejar a jefes y pedir destinos, en vez de estudiar los nuevos problemas político-sociales, económicos, jurídicos, militares, diplomáticos y aun de higiene, no vale la pena que se reúnan con frecuencia para dar vivas, con más o menos [6] fundamento sentimental. Hacen falta conciencia política –saber lo que se debe renovar y cómo–; hace falta altruismo: anteponer la causa a los intereses.

Programa de renovación

Un programa de política científica no es lo mismo que un programa de gobierno. Este es el desarrollo de los «principios», en el plano de las posibilidades actuales, sociales y políticas; aquél, es el catálogo de los «desiderata», de los ideales, más o menos realizables algún día (capítulo final de un libro de derecho político, administrativo, civil, penal, mercantil, &c.), en proporciones teóricas, lo contrario del llamado derecho usual. Un programa de política científica es una utopía política razonada. Pero no olvidemos, que los programas actuales de gobierno fueron un día utopías... y que las utopías políticas modernas serán programas.

Que nuestro primer canon sea de consagración. Afirmemos, frente al colectivismo utópico, la santidad de la propiedad privada, en fórmula de acumulación del trabajo personal, lícito, que se llama el capital. No hay regularidad posible en la vida económica nacional si no es gracias a esos acumuladores de fuerza social, que triunfan de la discontinuidad productiva y funcional de la naturaleza. El capital es respetable porque significa premio a la inteligencia y al esfuerzo, estímulo al trabajo, la virtud cívica sustancial. Pero el capital transmitido se convierte, a veces, en todo lo contrario; en estímulo para el ocio, premio a la incapacidad y a la bendita holganza hidalga, timbre de grandezas... Por eso el Estado moderno establece impuesto de transmisión, más alto cada día. En el proyecto Villaverde, se elevaba aún más. Axioma: Fuera de las excepciones de estado (viudedad, orfandad), de edad (menores), de salud y constitución (hijos escrofulosos o incapaces para el trabajo): Que el capital sea de quien le ganó.

La primera fuente de riqueza –la tierra– está, como nuestros hijos, en manos extrañas; ¿o es que los extraños a la tierra y a los hijos, son los propietarios y los padres?... Un error histórico lo explica: la primera bandera de dominio que ondea sobre la tierra virgen, no pende del astil del azadón –instrumento de trabajo– sino del puño de la espada, arma de combate. Desde entonces, la tierra está peor que el caballo y el perro: tiene dos amos. Uno, que con la uña del arado torcido, para chupar su sangre, araña en el barbecho. Otro, que hunde la quilla de la fanega, en el granero del labrador, para arrebatarle el fruto... Pero la luz se hace y los georgistas son más y mejores cada día. Tal vez un impuesto de arrendamiento –paralelo al de inquilinato– obligaría a vender o cultivar. Pensemos en ello. Axioma: Que la tierra sea de quien la cultiva.

A costa de un esfuerzo gigante y sostenido, hemos conquistado la libertad. No es uno solo ya quien nos gobierna, son muchos, y la ley emana de aquellos a quienes elegimos nosotros, de nuestros representantes. Sistema representativo, régimen democrático, gobierno del pueblo por el pueblo... ¡El ideal! Pero, reflexionemos. Ocurre que, por casualidad, todos los gobiernos tienen mayoría en las Cortes. ¡Cosa rara! Verdad es que ellos mismos son los que hacen las elecciones... ¿Será, entonces, que no hay «sinceridad electoral»? Indudablemente. Pero, ¿puede haberla? ¿No sería «política mortal» el consentir –convencidos de la santidad de un programa – que triunfe el error explotado por la codicia ajena? Así resulta que nos hacemos la ilusión de que elegimos, de que nos gobernamos... Axioma: Después de un breve gobierno militar, provisional, para asegurar el orden y la legalidad en las elecciones generales: Que los gobiernos salgan de las cámaras, no las cámaras de los gobiernos.

El Estado necesita servicios; ¡sacrifiquémonos! Verdad es que pudiéramos consagrar nuestra inteligencia y actividades a negocios particulares, con lo que se fomentaría la riqueza pública, aunque arriesgaríamos la propia. Pero, ¿qué sería el Estado sin nosotros? ¡Vamos al sacrificio! Y como pudiera ser que nadie viniera a ofrecernos un destino –reconociendo nuestros méritos– pidámosle y, si no le hay, que se cree para nosotros. Es incalculable lo que pierde el Estado por no tener buenos servidores. En conciencia, ¡vamos allá! No es egoísmo, si pretendemos una plaza en la administración de Hacienda, porque en el Banco de España ganaríamos otro tanto (pero nos harían trabajar). Además, el ideal es que el Estado subvencione decorosamente, para vivir, a todos los ciudadanos. A eso se va. Axioma (incongruente con el texto): ¡Que se arrienden los servicios públicos a Empresas que no tengan consejeros políticos de administración!

Hoy, como ayer, todos los días, la Prensa nos da cuenta de un nuevo atentado. La estadística aumenta cada año la cifra de este horrible tributo a la bestia. ¿Por qué hay crímenes? Atrevámonos a decirlo: porque castigamos ciegamente, en vez de prevenir. Porque abusamos de las penas –viejas espadas mohosas– en vez de extender sobre la sociedad, como una red telegráfica, las medidas de seguridad. Casas de trabajo para los vagos y sin profesión; prohibición de frecuentar establecimientos de bebidas a los alcohólicos; domicilio forzoso y vigilancia de la policía para los reincidentes; sentencia indeterminada para los jóvenes e incorregidos; educación forzosa –no simple instrucción obligatoria–, para los niños moralmente abandonados. Axioma: Que la ley dé a cada uno el lote de libertad que merezca, para el que esté capacitado, y que análogamente a la tutela civil, haya una tutela penal.

En suma: se precisa una reforma integral, en todos órdenes: económico, político y social. Así se conseguirá reducir el 50 por 100 de las enfermedades, el 50 por 100 de los tributos y el 50 por 100 de los delitos.

Esta es una parte del programa de nueva política, para hacer la palingenesia de España, que no se ha hecho, pero que se hará. Ahora o nunca.

Quintiliano Saldaña
 

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