La Época
Madrid, jueves 20 de abril de 1899
 
año LI, número 17.553
página 1

Joaquín Maldonado Macanaz

Dos leyendas

Unimos nuestro aplauso a los que un público selecto ha tributado en la capital de Francia a la ilustre escritora española D.ª Emilia Pardo Bazán.

No conociendo sino por extracto telegráfico el texto de la conferencia leída en francés por la autora de la Vida de San Francisco de Asís, no podemos aún juzgar de sus caracteres literarios; ni es ese, al presente, nuestro objeto. El tema parécenos bien escogido, digno del talento de la conferenciante, de interés actual, literario, histórico y social a un mismo tiempo. El paralelo entre «la España de hoy y la de ayer» ofrece un campo vastísimo en que ejercitar la crítica; las proposiciones emitidas, alguna vez nos parecen absolutas, pero todas ellas son con verdad interesantes y había que plantearlas ante un público extranjero o nacional. Esto supuesto, si se exceptúa al señor Menéndez Pelayo y dos o tres de nuestros escritores contemporáneos, nadie más competente para desenvolver en forma brillante y con vigor dicho paralelo que la Sra. Pardo Bazán.

Insistiendo en el tema que ella planteó; procurando nosotros analizar las cuestiones críticas que con decisión suscita, entendemos rendir homenaje al mérito de la autora y nos honramos, al propio tiempo, colaborando, en la medida de nuestras cortas fuerzas, en una investigación de innegable utilidad nacional.

La leyenda negra

De dos clases de leyendas relativas al pasado de nuestra patria y capaces de afectar a su presente y porvenir, se ocupó en la expresada conferencia, según los telegramas comunicados de París, la Sra. Pardo Bazán. Una es «la leyenda negra,» la que forjaron y tejieron con insistencia terrible desde el siglo XVI protestantes y enemigos de la hegemonía que entonces ejercía España; otra es «la leyenda áurea,» creada por la rica imaginación de este pueblo meridional, no contra la verdad o a costa de la misma, sino posponiendo lo real a lo ideal y exagerando las hazañas y glorias de nuestros ascendientes.

La «leyenda negra,» la que nos pinta crueles, avaros, codiciosos, tiénela con harto motivo por injusta, y así lo declara la conferenciante; la áurea júzgala causa (no sabemos si principal o única) de nuestras actuales desdichas; porque, aferrados a ella, hemos permanecido los españoles «estancados en el camino del progreso.»

Aunque conformes con la Sra. Pardo Bazán en que la «leyenda negra» formada y empleada contra nuestro país es injusta, hemos de añadir algún dato o razonamiento en apoyo de ese juicio, que se nos ofrece sin pruebas.

No hay que retroceder hasta la Edad Media para dar con el origen de dicha leyenda. En aquel período de la historia no existía la moderna «nación;» los diversos pueblos vivían aislados, y la solidaridad que entre ellos se establece y actúa, a partir del siglo XVI, era desconocida. La «leyenda negra» es producto de la rivalidad y de la hostilidad, la cual comienza, en lo político como en lo religioso, en el primer tercio del mencionado siglo.

Las modernas «naciones» de Europa, apenas constituidas, emprenden una lucha «de equilibrio,» pronto complicada con la que provoca la Reforma de Lutero; y en ambos casos, España ocupa preeminente lugar. Por católicos y por preponderantes fuimos odiados y calumniados en Alemania, Holanda y Francia; particularmente en el segundo de esos Estados, que sostuvo con el nuestro larga guerra de independencia. Y Holanda no era enemigo temible únicamente por sus grandes aptitudes para el comercio y el poder naval, sino también porque cultivaba con éxito las ciencias y las letras, y por ser en los siglos XVI y XVII refugio de los pensadores, de los humanistas y escritores perseguidos en otros países o que anhelaban por libertad.

Los principales capítulos explotados por los protestantes y los políticos enemigos de España hasta formar el todo de la «leyenda negra,» fueron la conquista española en América, la Inquisición española, la decadencia real que desde el siglo XVII se ocultaba bajo nuestra supremacía y las figuras históricas de los fundadores de la última, Carlos I y Felipe II.

Contra la conquista americana esgrimieron muy pronto nuestros adversarios las armas que les suministró un religioso español, el padre las Casas, con la más censurable de sus obras, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias; por supuesto, omitiendo el apoyo que a su predicación humanitaria dieron muchos españoles principales y el mismo Emperador, y prescindiendo de toda crítica.

Una vez iniciada en Holanda esa obra de denigración, no cesa hasta el siglo presente. Las colecciones de Viajes a través del mundo ofrecen excelente medio para propagar la calumnia, y así lo hace Teodoro de Bry, como más adelante los calvinistas franceses Frezier y barón de la Hontán. Contra Felipe II, y para vengar la participación que se le atribuyó en la tentativa de Baltasar Gerard, un hugonote francés, secretario del taciturno, escribe la apología del último, en la que se narran o inventan diversos hechos de la vida íntima de Felipe II, que sus enemigos y los de España difundieron y que aún persisten.

Contra la Inquisición, acaso el primer libro que se escribió fue el de un holandés perseguido por la de Goa y ciertamente uno de los de mayor fama. En fin, escritor holandés o refugiado en las Provincias Unidas, fue el primero que denunció al mundo, en un libro que tuvo gran circulación, la decadencia de esta Monarquía, ya en el reinado de Felipe III, numerando sus causas, entre ellas, la población escasa por la emigración a América y por la no comprobada de la esterilidad de la mujer española, comparada con la de otros países europeos.

Digno remate de la «leyenda negra» tejida en Holanda contra nuestro país en los siglos XVI y XVII fue el famoso Diccionario histórico, de Pierre Bayle, repertorio de todo cuanto malo o indigno se había hasta entonces escrito o inventado con aquel objeto.

No hay que decir que Inglaterra, protestante y rival de España, y los Estados Unidos, que aun en nuestros días siguen siendo por más de un motivo colonia de la Gran Bretaña, continuaron y agravaron la obra difamatoria por Holanda iniciada. Inglaterra añadió a las antiguas la rivalidad comercial y, justo es decirlo, el miedo envuelto en ira que a su Reina Isabel causó durante algunos meses la Armada que se tituló invencible. Sus colecciones de viajes, testigo los de Hawlick, continuaron falseando la historia de nuestro dominio en Indias, mientras que sus piratas saqueaban las costas y ciudades de aquella región. Todavía corre, atribuido sin causa bastante, a nuestro juicio, a los ilustres marinos D. Jorge Juan y D. Antonio Ulloa, un libro editado por el escocés David Barry, con el fin de preparar o de justificar el movimiento de independencia de la América del Sur, exagerando los abusos del clero y de los corregidores.

En los Estados Unidos vemos dos clases de escritores entre los que de España se ocupan. Unos, como Prescott, Ticknor, Irving, muéstranse, por lo general, imparciales y no desafectos a la nación que descubrió el Nuevo Mundo; otros, como Bancroft y Draper, se expresan con ligereza o con pasión, a fuer de protestante aquél, de anticatólico el segundo.

El escritor que mayor influencia ha ejercido en extraviar la opinión del público americano en contra de España ha sido Mr. Lothrop Motley con su historia de la Independencia de las Provincias Unidas, elocuente y de literario mérito, mas injusta y apasionada. Débense en no pequeña parte a ese libro y a ese autor los prejuicios y los errores del público norteamericano desfavorables a nuestro país durante la pasada guerra.

Para Lothrop Motley y para sus lectores norteamericanos, el español del siglo XIX sigue siendo «el demonio del Mediodía,» aquel soldado pequeño y moreno, osado y cruel a que se refiere Macaulay en un párrafo muy conocido y no dictado por hostil espíritu.

La leyenda áurea

Hasta la primera Revolución francesa, si tuvimos en Europa enemigos sañudos y cada vez más poderosos, tampoco nos faltaron amigos y simpatizadores. Baluarte del catolicismo, en Roma encontrábamos, con algunas alternativas, admiración para nuestros hechos, plumas de escritores eminentes como Pallavicini que los defendiesen e ilustrasen. Lo mismo en Austria, en los países del Rhin, en suma, en aquella mitad de Europa que, gracias a España, se mantenía católica.

Después de 1789 nos encontramos completamente aislados; rotos los vínculos dinásticos que nos unían con Francia, triunfantes en la misma principios radicales, lejanos del Austria y de Alemania, la leyenda negra no encontró ya valladar que la contuviera.

Entretanto, como afirma la señora Pardo Bazán, en la Península arraigaba y se difundía la leyenda áurea; esa mezcla de optimismo, de tradiciones y de vanidad que servía al menos para que viviésemos contentos en medio de nuestra decadencia y para que no perdiéramos toda esperanza en un porvenir de regeneración.

Mucho se ensaña (juzgando por los telegramas) la ilustre conferenciante con la segunda de las mencionadas leyendas. Atribúyela el estancamiento de la cultura, la falta de aptitud de nuestras eminencias políticas para comprender y seguir la realidad.

Contiene gran parte de verdad el ingenioso aserto de que muchos de aquellos políticos, creyéndose y llamándose liberales o revolucionarios, son positivamente tradicionalistas en historia y en literatura, rindiendo al optimismo y al pasado un culto idolátrico. En ello influye mucho, a nuestro parecer, la escuela romántica, tan extendida aquí desde 1830 a 1870. De la influencia que la misma ha ejercido en los estudios históricos, base a su vez de los políticos, puede juzgarse reparando que la Historia general del ilustre D. Modesto Lafuente, libro tan apreciable por muchos conceptos, es una epopeya en cuanto a su conjunto; un poema en el que la Providencia interviene incesantemente, mientras que en la forma y en los detalles dicho libro revela a cada página haber tenido origen en el período romántico.

Haber sido un pueblo, ¿no será, cuando menos, estímulo, auxilio para volver a ser? ¿No ofrece la contemporánea Italia, libre y una, algún ejemplo de tal risorgimento?

Estas dudas nos sugieren los asertos, tal vez sobrado absolutos, de la señora Pardo Bazán sobre la «leyenda áurea» y sus perniciosos efectos en la cultura española y en recientes sucesos. Sin ideal no viven los pueblos. El problema a resolver podrá consistir en determinar la conveniente proporción entre el ideal y la realidad. Hoy por hoy, sin dificultad convenimos con la distinguida escritora del Nuevo teatro crítico, en que la dosis de ideal que entra en la vida intelectual de los españoles cultos es excesiva, y que procede encorvar el arco en opuesto sentido para aproximarse a la recta.

Joaquín Maldonado Macanaz

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Leyenda Negra
1890-1899
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