La América, crónica hispano-americana
Madrid, 12 de noviembre de 1864
 
año VIII, número 21
páginas 5-7

Necrológica

Don José Joaquín de Mora

Juntos rompimos la marcha los colaboradores de La América ya hace más de siete años, para auxiliar a su fundador estimable en la digna tarea de estrechar por medio de la imprenta las relaciones de nuestra patria con las naciones a que dio ser en el Nuevo Mundo: varios se nos incorporaron posteriormente, algunos han desaparecido por desgracia de nuestro lado: no en la lista de colaboradores, pues el director del periódico les consagra un perpetuo recuerdo, estampando con letra bastardilla sus nombres ilustres. D. Buenaventura Carlos Aribau, D. Rafael María Baralt, D. Pedro Calvo Asensio, Don Agustín Durán, D. Alfonso Escalante, D. José Giménez Serrano, D. Nicomedes Pastor Díaz pasan como revista de presente en nuestra literaria falange, y D. José Joaquín de Mora la empieza a pasar de igual modo. Continuadores fueron de los que en pasadas edades se esforzaron por fomentar las luces entre sus compatriotas; continuadores suyos serán los que ahora cursan las escuelas y comienzan a cultivar su instructivo trato en las obras de su entendimiento generador y de su laboriosidad fecunda. Materialmente desaparecieron de entre nosotros; pero en espíritu nos acompañan todavía, y jamás se apartarán de los que no son aún nacidos, y a su tránsito por el mundo sientan sed de ciencia y acudan a satisfacerla diligentes en los raudales, que de día en día corren más copiosos, a causa de los progresos del saber humano, de la libertad para difundirlo con la pujanza de la prensa, y del fácil curso abierto a su propagación portentosa. Nosotros alcanzamos tiempos mejores que nuestros antepasados, nuestros venideros los alcanzarán mejores que nosotros; pero así como recordamos con veneración profunda que ellos echaron la semilla que da ópimos frutos, conmemorados serán también respetuosamente los que ahora siembran afanosos, para que sus hijos y sus nietos cosechen sin tasa; y lugar muy privilegiado ocupará ciertamente bajo tal concepto el varón modesto y sabio, de cuya vida y de cuyos escritos voy a dar una idea sucinta, por no permitir otra cosa la premura del tiempo y la carencia de importantes datos de adquisición dificilísima a todas luces, como relativos a los muchos años que estuvo fuera de su patria, y principalmente en la antigua América Española.

A 10 de enero del año 1783 nació D. José Joaquín de Mora en Cádiz y de familia acomodada. Su padre era abogado de gran nota, y fiscal a la sazón del tribunal militar de aquel distrito. Aun reinaba Carlos III, de feliz memoria, y en prosperidad se veía todo, lo mismo la instrucción pública y la industria que la agricultura y el comercio; emporio del ultramarino era Cádiz siempre, bien que ya estuvieran habilitados otros puertos españoles para el tráfico libre con nuestras colonias. Allí concurrían muchos extranjeros, y sin embargo ni el idioma francés tan extendido ahora, se cultivaba generalmente. Lo poseyó Mora con perfección desde los primeros años, a la par que aprendía a saborear las bellezas de los clásicos latinos, y notablemente familiarizado estaba con la lengua inglesa, cuando su padre le envió a proseguir los estudios a la Universidad de Granada. Desde luego dióse a conocer por la comprensión fácil y la aplicación suma, y sobresalientemente hizo la carrera de leyes y se recibió de abogado. Su vocación era la de la enseñanza, y ya el año de 1806 figuraba como catedrático de filosofía, cabiéndole en suerte ser maestro del ilustre don Francisco Martínez de la Rosa.

No limitaba al desempeño de la cátedra sus afanes: hombre de iniciativa, y naturalmente colocado por su privilegiado entendimiento y su instrucción ya muy notable a la cabeza de la juventud ilustrada, sin tregua luchaba contra el atraso intelectual y las rancias preocupaciones, y del extranjero hacía traer obras, que por entonces no tenían expedito curso. Así vino a ser aquella Universidad muy principal foco de luces, y establecimiento literario de los más adelantados de España. De los jóvenes que se distinguían allí junto a Mora aún vive D. Domingo Ruiz de la Vega; le precedieron en la tumba D. Francisco Javier de Burgos, el abate D. José Sicilia, D. Narciso Heredia, conde de Ofalia, y otros de no tan elevada suficiencia.

Por falto de juicio tuviera Mora a quien a la sazón le anunciara que había de trocar muy en breve los libros por las armas, no teniendo la inclinación mas remota a la carrera de la milicia; pero el año de 1808 llegó al mes de mayo: Napoleón puso de manifiesto el propósito firme de amarrar a los españoles a su coyunda: Madrid lanzó el heroico grito de independencia: a una lo repitieron enardecidas y se armaron indignadas las provincias españolas: todos sintieron el fuego del patriotismo dentro del alma; y bajo su mágica influencia hasta los ciudadanos mas pacíficos se hicieron batalladores, y hasta los más pusilánimes se trasformaron en valerosos. Sin más que ceder al general impulso, Mora sentó plaza de soldado, y se uniformó y armó a sus expensas. Como tal hizo la campaña a las inmediatas órdenes de los generales, y había obtenido el nombramiento de alférez de caballería, cuando cerca de Ciudad-Real cayó prisionero, y conducido fue al cabo a Francia; tras de resistir con muy noble tesón a los halagos de los enemigos, que prendados de su extraordinaria cultura le ofrecieron posiciones brillantes. Nada tuvo por mejor que ser fiel a la santa causa de la independencia de su patria, y se resignó a la suerte de vivir lejos de ella, y sin libertad para más angustia.

Por dicha el estudio tiene eficaz virtud para endulzar las situaciones más amargas, y Mora experimentólo de plano, dedicándose con más afán que nunca al cultivo de las bellas letras, su predilecta afición de siempre, aún cuando su anhelo de sabiduría le indujo hasta la vejez más adelantada a penetrar lo posible de todos los conocimientos humanos. Bien rico de ciencia tornó el año de 1814 a los patrios lares con ilusiones que se desvanecieron pronto. Después de visitar en Cádiz a su familia, por vez primera vino a la corte, apenas cumplidos los treinta años. Se lisonjeaba naturalmente de hallar a su país en vías de progreso, como que las Córtes españoles por un lado y el gobierno del monarca intruso por otro, se habían esforzado en destruir los elementos de horrible atraso, arraigadísimos aquí de antiguo, y hallóse tristemente con la reacción más absurda y horrenda, atropellando a cuantos sobresalieron durante la memorable lucha contra el antes invicto emperador de los franceses, para dotar de un código fundamental a los españoles. Aquel fue sin duda uno de los períodos más interesantes de la vida de D. José Joaquín de Mora; perfectamente lo han dado a conocer D. Antonio Gil de Zarate y D. José de la Revilla, ambos partícipes de sus sinsabores y penalidades en aquellos días funestos y oprobiosos; y de tan buenas fuentes voy a tomar los datos para sonrojo de los encomiadores de sistemas desacreditados y de restauración ya imposible.

Inapelable y terribilísimo fallo ha pronunciado ya la severa historia contra los que inspiraron a Fernando VII a su vuelta de Francia el célebre manifiesto del 4 de mayo, y después, y para agravamiento de culpa, le condujeron a obras en disonancia con sus espontáneas y solemnes promesas. De resultas inauguróse una política falsa en sus bases, errónea en su objeto, incierta en su final desenlace y vigilante en ahogar con su férreo brazo las ideas civilizadoras y los sentimientos nobles y generosos. Toda voz quedó muda y paralizado todo movimiento progresivo: entonces la suspicacia política y la teocrática formaron íntimo consorcio, para no consentir que se expresaran libremente ni aún las tiernas emociones del alma, revestidas con las galas de la poesía, pues todo había de pasar por el apretado tamiz de la censura ignorante y ridícula de un fraile o de un leguleyo, que en cada palabra, en cada trozo, en cada pensamiento, creían hallar especies depresivas de la religión y del trono. Pero existían jóvenes entusiastas, en cuyos oídos resonaron los acentos vivificantes y difundidos desde la gaditana tribuna, a sus pies vieron caer la máscara hipócrita que encubría a los antiguos opresores del entendimiento humano, y su espíritu se inflamaba con las aspiraciones a más elevado y sublime orden de cosas. Presintiendo que situación tan violenta y tirante no podía ser duradera, se preparaban afanosamente con el estudio para tiempos de mayor animación y vida, y organizaron una reunión bajo el título de Academia de literatura. De D. Antonio Gil de Zarate fué el pensamiento, y las sesiones se celebraban en su casa. Allí se traducían los autores clásicos latinos, franceses e italianos, y aún los ingleses por algunos; allí se leían y se analizaban los mejores poetas y prosistas españoles; allí cada cual presentaba las obras de su ingenio propio, no en demanda de aplausos, ni con el designio de formar una compañía de alabanzas mutuas, sino para juzgarlas con rigor provechoso y sin pensar todavía en dar a luz tan imperfectos ensayos. Casi todos aquellos jóvenes murieron prematuramente; a algunos de ellos menciona Gil de Zarate en la biografía que dejó escrita de sí propio y no se ha dado aún a la estampa. Oportuno es citar aquí a D. Isidro Ramón Fernández, muy aventajado en las ciencias naturales y filosóficas y poseedor de un estilo claro y elegante; a D. Manuel Ruiz y Belluga, dotado de superior talento, y que sin duda figurára entre los hombres más distinguidos de la primera mitad del presente siglo, a no haber sido alevosamente asesinado el año de 1821, volviendo a su casa de noche; a D. Manuel de Sampelayo, excelente humanista, orador fácil y pensador profundo; a D. Mariano Mestre y Romeu, poeta dulce y galano, que en la administración llegó a desempeñar altos destinos; a D. José de la Revilla, bien conocido por sus lecciones de literatura española, por varios escritos en que luce y campea toda la pureza del habla castellana, y por su gran participación en la reforma de los estudios. Gil de Zárate sobrevivió a todos, y así les pudo consagrar el tributo do sus lágrimas y de amistoso recuerdo: «Entre esta juventud dióse a conocer D. José Joaquín de Mora. Hijo de la poética Andalucía, había ya visitado las márgenes del Támesis y del Sena, y enriquecido con variados conocimientos, no tardó en granjearse celebridad constituyéndose en centro y guía de todos cuantos se sentían con amor a las tareas literarias. Lejos de existir entonces, como ahora, esos mil periódicos donde el joven ansioso de gloria halla campo para ejercitar su naciente ingenio, enmudecía la prensa, y sólo de vez en cuando daba el Diario de Madrid testimonio de que aún existía en España quien se ocupase en hacer versos, con necias composiciones, cuya ridiculez ha quedado en proverbio. No pudo el Sr. Mora sufrir por más tiempo semejante vergüenza, y después de esfuerzos inauditos, que ahora no se concebirían, logró crear la Crónica científica y literaria, único periódico que llegó a ver la luz entonces, donde hicimos muchos nuestras primeras armas literarias, mas cuyo principal adorno fueron las composiciones de su entendido y laborioso editor; sobre todo aquellas fábulas, que, llenas de gracia y ligereza, le colocan al nivel de los Iriartes y Samaniegos.»

Tras de estas palabras elocuentes y pronunciadas por Gil de Zarate en solemne ocasión literaria, pálido y descolorido fuera cuanto se adicionase ahora, para encarecer el mérito de quien a todo riesgo alzaba la antorcha de la ciencia entre las tinieblas de la ignorancia. Al considerar que la oscura e inofensiva Academia de literatura excitó los recelos de la policía, y se hubo de disolver muy pronto, y que la Crónica científica y literaria siguió con vida, se penetra de sobra la serie de obstáculos y de tropiezos que embarazó al Sr. Mora en su empresa laudable, y a la par suben de punto la admiración hacia su voluntad bien templada y la gratitud por sus esfuerzos fructuosos, que bastarían a asegurarle imperecedero renombre. Si no hubiera espíritus llenos de abnegación y resueltos al sacrificio por el triunfo de la libertad y la justicia, la tiranía se perpetuara en el mundo y constituyera toda su historia, como se patentiza entre los musulmanes, que fatalistas por esencia doblan la cerviz a toda coyunda.

Seis años duró el despótico gobierno de Fernando, a que dieron el tono las comunidades religiosas, hasta el extremo de lograr que la inquisición execrable fuese restablecida en España. No admite duda que la promulgación de la Constitución de 1812 causó general entusiasmo, y entre la juventud ilustrada muy principalmente, pues se prometía venturas para su amada patria de la variación radical de sistema en la gobernación del Estado. A nadie ocurría ni por asomo que los conspiradores buscaran abrigo a la sombra del solio para invalidar las reformas y mantener en vigor los abusos. Y sin embargo, así aconteció desde los principios, y de aquí se derivaron las demasías de los liberales exaltados, que las más veces fueron inocente instrumento de fingidos patriotas asalariados por la corte, y las reuniones tumultuarias en los cafés de Lonrencini y de la Fontana de Oro, y todos los horrores de las discordias civiles, así en los talados campos como dentro de las intranquilas poblaciones. Periodistas hubo y diputados, que a impulsos de ferviente patriotismo trabajaron por el triunfo de las ideas liberales: entre los primeros contóse D. José Joaquín de Mora, dedicando a la política el buen ingenio y la instrucción vasta, que antes había aplicado a la literatura. De varios periódicos fué redactor asiduo y eminente durante aquellos días de prueba con la intención deliberada de que prevaleciesen las sanas doctrinas. Afligido vio el tropel de sucesos tan de bulto como el Congreso de Verona y la invasión francesa de cien mil hombres, sin la cual venciera al cabo el liberalismo, y sus adalides reformaran la constitución de voluntad propia, y no deshonrándose con ceder a intimaciones arrogantes, de soberanos extranjeros.

Más estrechamente que nunca se aliaron el despotismo y la teocracia, y produjeron una situación de verdadera ignominia a la clara luz de la historia. Bien se puede afirmar que los españoles más distinguidos quedaron a la sazón fuera de juego, unos dentro de calabozos, otros escondidos para eludir las persecuciones, otros emigrados por no avenirse a vivir en continuo sobresalto. Mora se refugió en Londres, y desde luego proporcionóse una existencia holgada con el producto de su trabajo. En repúblicas se constituían por aquel tiempo los virreinatos y las capitanías generales de la América española: de la antigua metrópoli no les podían ir libros por estar absolutamente rotas las relaciones entre los dominadores y los emancipados; y editores extranjeros empezaron a satisfacer esta necesidad imperiosa con gran lucro. Ackermann se anticipó desde la capital de Inglaterra a todos. Su empresa alimentaron el respetable e ilustradísimo teólogo y literato D. Joaquín Lorenzo Villanueva, el ilustre hacendista D. José Canga Arguelles, el buen matemático D. José Nuñez Arenas, y particularmente Urcullu y Mora. A principios de cada año publicaba este con el título de No me olvides una colección variada de composiciones: periódicamente daba a luz un Museo universal de ciencias y artes: de Walter Scott traducía el Talismán y el Ivanhoe; de Robinson las Memorias de la revolución de Méjico y de la expedición del general Mina; de Shoberl los dos volúmenes de la Descripción abreviada del mundo que comprende la descripción de Persia. Además de cosecha propia compuso un Catecismo de gramática latina; en dos tomos los Cuadros de la historia de los árabes desde Mahoma hasta la conquista de Granada; en un volumen las Cartas sobre la educación del bello sexo, y suponiéndolas escritas por una señora americana con la dedicatoria del editor A las señoras de la sociedad de beneficencia pública de Buenos-Aires. Dignísimo es tan precioso libro de estudio y de aplauso por la elevación de sus ideas, al demostrar el influjo de las mujeres en la condición de los pueblos, en la sociedad y en la felicidad de las familias, y las diferencias entre la suerte de las mujeres en los pueblos meridionales y septentrionales de Europa, y al establecer las máximas de la mejor educación moral, intelectual, doméstica, artística, física y religiosa de las que son hijas y han de ser esposas y madres. Diversas canciones escribió Mora que puso en música el caballero Castelli: entre el Bolero a dúo, No me olvides, El pescador y la mariposa, se hallan tres himnos, el primero a Bolívar, y los otros respectivamente a Victoria y a Bravo, esto es, a tres generales de los que más contribuyeron al triunfo de la independencia americana.

Y no mueve a estrañeza que Mora la mirase con buenos ojos: como varón de superior entendimiento muy cultivado por el estudio, sabía que era quimérico el designio de volver a sujetar a aquellos pueblos al vasallaje, y que más provechoso que el antiguo dominio sería para la nación española el oportuno reconocimiento de la independencia, ya efectuada irrevocablemente, porque los vínculos del parentesco subsisten siempre, aunque los hijos se emancipen de la autoridad de los padres, por haber llegado a mayores. También halagaban a Mora las ideas liberales, proscriptas de su patria y triunfantes en el Nuevo Mundo, y así aceptó gustoso la comisión de ir a establecer un periódico a Buenos-Aires, a donde hizo rumbo en 1827 en unión de su esposa y sus hijos: luego estuvo en Chile, y allí fué director del Liceo y propagador fecundo de la enseñanza, y por último en el Perú y como secretario particular de uno de sus presidentes, con quien visitó la república de Bolivia.

Obras de texto publicó allí muy estimables con los títulos siguientes: Cursos de lógica y ética según la escuela de Edimburgo, y curso de derechos del Liceo de Chile, bajo cuya denominación están comprendidos el Derecho natural y el de gentes y el romano. En región tan poética por esencia no podía estar ociosa e inerte su musa; a aquel tiempo corresponden sus leyendas españolas, con el objeto de aplicar la versificación castellana a un género de narración tan distante de la humilde trivialidad del romance, como del altisonante entonamiento de la epopeya. Cuán felizmente llevó su idea a cabo, lo revelarán algunos pasajes, cuyo traslado me parece conveniente para que del alto mérito de las leyendas se tenga más puntual noticia que la que puede resultar de lo que se diga en su elogio. Una de esas deliciosas composiciones se titula Zafadola, y de allí copio algunos versos pareados.

Zafadola (que así apellidan todos
los escritorts árabes y godos
al rey de quien hablamos) no era de esos
jefes erguidos, inflexibles, tiesos,
que tienen por desdoro la sonrisa,
y que, para ponerse una camisa,
llaman al mayordomo de semana.
Aunque fiel a la secta musulmana,
no castigaba cual mortal insulto
que cada cual se abandonase al culto
de su elección. Cristianos y judíos,
sin ser encarcelados por impíos,
ni temer ya la hoguera, ya la soga,
uno en iglesia y otro en sinagoga,
adoraban en paz al Infinito
con himno vario y con diverso rito.
No hubo alguacil en Rueda ni escribano;
él a la puerta del lugar, temprano,
cada día fijaba su pretorio,
y sin papel sellado o repertorio,
con provecta intención y ánimo puro
sacaba al litigante de su apuro.
Si alguien en el tributo se atrasaba
él por la puerta sin llamar entraba,
y «hombre, decía, ¿juzgas tú que pueda,
si no me pagan, gobernar en Rueda?
Paga con dos mil santos, si no quieres
que salgan a la plaza tus enseres.»
Y si el contribuyente respondía
que estaba miserable, y no tenía
trigo en granero, ni dinero en arca,
sonriendo apacible el buen monarca;
«Pues bien, aunque no está muy rico el trono,
le decía, esta vez te lo perdono;
pero, si no me guardas el secreto,
quince días de cárcel te prometo.»
Su gusto principal, y era buen gusto,
fue siempre aligerar el peso injusto,
la torpe humillación, la dura carga,
que a la clase infeliz la vida amarga,
del magnate opresor la altivez fiera
doblar con fallo pronto y ley severa
y desterrar la frase privilegio
como cosa de magia o sortilegio.
No señores, decía, no más frases;
de las categorías y las clases
debemos olvidar hasta los nombres;
todos nacemos unos, todos hombres.
La Providencia bienhechora y sábia
dictó esta regla a la feliz Arabia;
que allí se heredan reses y ganados,
no títulos, derechos, ni dictados.
Quien del común nivel salir pretenda,
deje a su actividad libre la rienda,
trabaje, pene, agote el tiempo, sude,
verá cuan pronto la opinión acude
y en torno de él levanta aplauso y grito.
¿De qué sirve a los godos el prurito
de fijar en exóticos blasones
barras y cruces, tigres y dragones,
de raza antigua la gloriosa escena?
Esa gloria no es propia que es ajena;
el que quisiere gloria que la gane.
Fuerza es que de este mal mi reino sane,
si hemos de ser amigos. Por supuesto,
con este sabio y liberal repuesto
de máximas y leyes, conseguía
fijar la paz, el orden, la alegría
en sus estados ricos, aunque cortos.
Los cristianos estaban medio absortos,
viendo en un moro tales procederes.
Moros, cristianos, hombres y mujeres
en paz gozaban plácida ventura;
tanto que un sabio y respetable cura
subió al púlpito y dijo: «No seamos
ingratos a los bienes que gozamos:
bendigamos las manos que protejen»
y se puso a cantar, Salvum fac regem.

Todas las leyendas son notables; pero, si alguna merece preferencia, yo se la daría sin vacilaciones a la titulada Don Opas, dividida en cuatro partes. Allí abundan bellas descripciones y excelentes retratos, y siempre en la narración hay soltura y donaire, y la crítica resalta por lo juiciosa, y descuella especialmente la nobleza de alma del autor de tan buen poema; todo lo cual se patentiza bastante en las siguientes octavas de felicísima estructura y de animación portentosa.

A media milla del pomposo Tajo
se extiende largamente una llanura
de antiguos robles y de monte bajo,
que alta cerca de piedras asegura.
Allí en el borde de eminente tajo,
de tétrica y sencilla arquitectura
se alza un castillo, cuya mole inmensa
no es tanto habitación como defensa.

Quién habita el castillo es un misterio
que nadie puede penetrar. El uno
habla de un personaje en cautiverio,
otro de un mago a guisa de Mambruno;
hay quien dice que un santo monasterio,
huyendo del monarca que importuno
no perdona abadesa ni novicia,
logra ocultarse allí de su noticia.

Un moscón de la infame policía,
a fuerza de artificio y de conato,
logró colarse en la mansión umbría
siguiendo los impulsos de su olfato.
Vuelve a Rodrigo lleno de alegría–
«¿Qué noticias?» le dice el rey –«Boccato
di cardinale» el bicho le responde,
«Una divinidad, hija de un conde.»

De bellas frases en profuso acopio
le retrata las gracias de Florinda
(Florinda o Cava viene a ser lo propio)
talle esbelto, pie breve, mano linda,
mirada que adormece como el opio,
labio que a juegos amososos brinda,
pelo rubio, albo diente, seno erguido,
andar airoso, gesto comedido.
. . .

No sé cómo (la historia no lo dice)
pudo llegar al lado de la bella
sin asustarla, en traje de infelice
a quien persigue rigorosa estrella.
Al verla su opinión no contradice
lo que oyó; sus deseos sólo en ella
se cifran, por saciarlos abandona
el placer y el afán de la corona.

La larga historia del amor primero
en una joven tierna y recogida,
la saben mis lectores, yo no quiero
molestarles con cosa tan sabida.
Al idioma falaz y lisonjero
de la pasión cedió desprevenida
Florinda; pero no con tanto exceso
que cediese el honor. Cuenta con eso.

Cuando él calcula que llegó el momento
de aventurar un golpe decisivo,
y emplea artificioso su talento
en lenguaje amoroso y persuasivo,
halla, en vez de blandura, alejamiento
y en vez del anhelado, tono esquivo,
Rodrigo enfurecido se propasa,
y ella le dice «Fuera de mi casa.»
. . .

Por más que en pecho mujeril se encienda
maléfica pasión y estalle en ira,
pronto la rabia, a que soltó la rienda,
cede el lugar al miedo, y se retira.
De esta verdad ejemplo fué en la tienda
de Aureliano la reina de Palmira;
llora Zenobia heroica, fuerte y brava,
¿Porqué no ha de llorar también la Cava?

Llora la Cava y lánguida se arroja
sobre un cojín turbada y sin sentido
como era natural. Que el llanto afloja
el sistema nervioso es bien sabido.
En esta situación... doblo la hoja.
El rey era un garzón alto y fornido,
y en tal lance la moza más membruda...
En fin, que la forzó no tiene duda.
. . .

El mayor enemigo del reposo
del hombre, el que persigue y atormenta
con preferencia al hombre virtuoso
es la fama, que ya como tormenta
retumba con estrépito horroroso,
ya con industria cautelosa y lenta,
labrando en las tinieblas honda mina,
el crédito más sólido arruina.

Siempre mira al través de un microscopio,
que las cosas más chicas engrandece;
lo que es más imposible y más impropio,
más fácil y probable le parece.
Forman sus epítetos vasto acopio,
que de una boca en otra boca crece.
Dar la noticia cual se sabe, es mengua:
no hay pintor más fecundo que la lengua.

Y lo que más me ofende y más me irrita,
es que si en la anedocta que se cuenta
hay nombre de mujer, en nada hesita;
a la infeliz mujer cubre de afrenta.
El ser que más amparo necesita,
el que nos dá la vida y alimenta,
el ser que nos consuela y nos halaga,
ese en toda ocasión es quien la paga.

El primero que oyó los pormenores
de aquella torpe y bárbara violencia,
la refirió añadiendo: –«Pues, señores,
no hizo Florinda mucha resistencia.»
El tercero le agrega: –«Son amores
muy antiguos.» –El cuarto en reticencia
pérfida dice: –«Ayer cierto sujeto
me contó... pero no; guardo el secreto.»

Así corrió y asi pasó el Estrecho
rápida la noticia trasformada,
y así el moro la toma en su provecho,
y al padre se la endosa en embajada;
y así del padre en el cuitado pecho
se clava aquella flecha envenenada;
y así, con sus ribetes de oratoria,
se escriben las gacetas y la historia.

«La Cava fué manceba de Rodrigo.»
Levanta alguno el falso testimonio,
y el escritor, amigo u enemigo,
mira ya este baldón cual patrimonio
de la historia. Si yo lo contradigo,
responde un necio. –«El cardenal Baronio
lo dice claramente en sus Anales.»
¡Que! ¿no saben mentir los cardenales?

Por el honor de mi país, me corro
de esta falta de crítica. Confieso
que a Florinda no vi ni por el forro,
ni es mi raza la suya; mas por eso
¿dejaré de acudir a su socorro
cuando de la calumnia sufre el peso?
¿Dirán por que me empeño en que fue casta?
¿No fué mujer Florinda? Pues me basta.

Tan al vivo se retrató Mora, bajo el aspecto moral e intelectual en sus leyendas admirables, que de su texto sólo se podría sacar puntual noticia de su manera de pensar acerca de política y filosofía y de toda ciencia, inclusa la práctica del mundo. No se publicaron hasta su vuelta a Europa, después de residir once años en las ya citadas repúblicas americanas. De su estancia fructuosa a todas luces se conserva allí grata memoria, y particularmente en Chile, donde se dedicó a la enseñanza, de suerte que fueron discípulos suyos cuantos hoy figuran al frente de los públicos negocios; y tampoco habría exageracion alguna en decir que a la influencia de Mora se debe el que aquella república supere en buen orden y progreso a todas sus hermanas, como que dio el tono a su legislación judicial y administrativa. Aún hace poco tiempo que en muestra de gratitud recibió el título de miembro honorario de la facultad de filosofía y humanidades de Chile.

Desde el año de 1838 al año de 1843 vivió Mora nuevamente en Londres, siempre dedicado a las tareas literarias, y a los cuatro lustros de ausencia volvió a pisar el suelo nativo. Durante algún tiempo dirigió en Cádiz el colegio de San Felipe, sucediendo a varones tan eminentes como D. Alberto Lista y D. Antonio Alcalá Galiano. Por entonces hizo entre otras publicaciones la del Libro de la Escuela o catecismo de conocimientos útiles destinado a la primera enseñanza con el objeto plausible de que adquieran los niños, a la par que los simples elementos de lectura, algunos conocimientos sencillos y fáciles de que puedan sacar utilidad práctica en lo sucesivo. De Mora es también el prólogo de los tomos formados con los artículos escritos por D. Alberto Lista para el periódico gaditano titulado El tiempo y sobre materia literaria. A Madrid vino después de asiento, y con su actividad de costumbre fue redactor de La España, sobre asuntos económicos hizo preciosos trabajos, en el Ateneo explicó varias asignaturas, atrayendo numerosa concurrencia, y bajo su dirección publicó Rivadeneira las obras de fray Luis de Granada, con un discurso preliminar muy notable. Justamente premió la Real Academia Española su mérito insigne, admitiéndole en la vacante del célebre publicista D. Jaime Balmes, finado prematuramente el año de 1848 y antes de que allí pudiera ocupar la bien ganada silla. Sobre el prurito de innovación y de mudanzas en el lenguaje versó el discurso de recepción de Mora, y de su importancia se puede juzgar a derechas por el siguiente índice razonado. –Ese prurito nace de la ignorancia y de la presunción. –Origen y vicisitudes de las lenguas. –Donde quiera que hay lenguas hay lenguaje perfecto en su estructura, si bien mas ó menos rico. –¿A cuál de las clasificaciones gramaticales pertenecían los neologismos con que se enriquecieron los idiomas en tiempos remotos? –Se contradice la idea de un lenguaje universal. –Las palabras que más de cerca pertencen a la gramática son las que esquivan la acción del neologismo. –Opinión de Schiegel sobre el medio de indagar el origen de los idiomas. –Diferentes causas de alteración en las lenguas. –Comparación de las lenguas antiguas y modernas por su mayor o menor facilidad en admitir el neologismo. –Razones que militan en favor de la pureza del lenguaje. –Se deplora el vicio moderno del neologismo y galicismo. –Elogio de Balmes. Con razón dijo el señor Gil de Zarate en su respuesta: «Por otra parte, la Academia al admitirle en su seno ha dado una prueba de que conoce y aprecia tan gloriosos trabajos; y si por acaso alguno de los que están presentes ha podido ignorarlos hasta ahora, habrá bastado el discurso que acaba de pronunciarse para convencerle de que este cuerpo en su acertada elección no ha hecho más que un acto de justicia.» Además expuso que le acreditaba de buen académico el tal discurso, esto es, de hombre entusiasta del bellísimo idioma castellano, de conocedor de todos sus primores y ansioso de trabajar infatigable para conservarle en toda su integridad y restablecer el habla pura y castiza de nuestros mayores. Durante catorce años consecutivos demostró Mora que estos elogios no los dictaban el buen afecto ni la ruin lisonja, sino la más recta imparcialidad y la más inflexible justicia. Hasta mientras estuvo en distintas ocasiones de cónsul general de España en Londres se aplicó asiduamente a las académicas tareas: su recomendabilísima colección de sinónimos castellanos, ya dados a la estampa, obra es de entonces; y en la nueva edición del Diccionario vulgar y en la próxima a conclusión del de Sinónimos de nuestra lengua, también aparecerán abundosos frutos del celo constante y de la inteligencia elevada de filólogo tan distinguido.

Como economista ocupaba un lugar eminente y pertenecía a la escuela moderna por convicción profunda. Sus ideas se hallan perfectamente emitidas y sustentadas en la Memoria sobre puertos francos y en el libro De la libertad de comercio. Por de pronto no la quería absoluta para nuestra patria, a causa de la imposibilidad de sacar de contribuciones directas los productos que del sistema prohibitivo, absurdo a sus ojos; pero desde luego ansiaba que estuviese en ejercicio la facultad ilimitada de exportar e importar todo género de productos naturales y fabriles con los derechos más bajos, compatibles con las necesidades del fisco, y sin otras obligaciones, requisitos o diligencias que las absolutamente indispensables para exigir el pago de aquellas exacciones. De continuo clamó por la erección de puertos francos y por la abolición de las aduanas interiores y de las rentas estancadas, y vigorosamente sostuvo que se debía establecer la libertad de comercio, aunque no fuera mas que por estirpar el contrabando, cuya inmoralidad pinta a maravilla y muy de bulto.

Un grueso volumen forman las poesías de Mora; allí las hay líricas, didácticas y festivas, y pone las demás bajo las denominaciones oportunas de fábulas, epístolas y sonetos; bien quisiera yo dar una muestra de todas, para que se vieran su maestría y su buen gusto en géneros tan diferentes; pero eso ocuparía mucho espacio, y me he de limitar a trascribir la titulada Irresolución y puesta en quintillas, que no pueden temer el cotejo con las mejores castellanas:

En la soledad hojosa
de un bosque al anochecer,
pensativa y afanosa,
batallando está una hermosa
entre el amor y el deber.

Si va donde amor la llama,
sus pasos deber reprime
el deseo que la inflama
con acerba voz comprime
temor de perder la fama.

Sabe que ansioso la espera
quien fe eterna le ha jurado;
mas la obligación severa
de su pecho atormentado
la inclinación exaspera.

Venció amor, no hay más temer
lo que diga la opinión,
echa a andar; mas sin querer,
deja hablar a la razón,
y cede amor al deber.

Otra vez amor insiste,
y otra deber reconviene;
turbada, anhelosa, triste,
se adelanta y se detiene,
y ora cede, ora resiste.

En pensar lo que ha de hacer
pasa el tiempo sin sentir,
aunque es sentir padecer;
ya es tarde para acudir
y tarde para volver.

Batallando sin valor
entre amar y obedecer,
reflexiona con dolor
que está ofendido el deber
y descontento el amor.

Si fuera posible coleccionar cuanto ha escrito Mora en periódicos y revistas dentro y fuera de España, se formarían muchos tomos de sustanciosa lectura: aun con lo que más se conoce suyo, de sobra hay para admirar que tuviese tiempo de aprender, meditar y escribir tanto. Ninguna cuestión le cogía desprevenido: sobre cualquier asunto espresaba dictámenes juiciosos: de ser enciclopédica su ciencia en las columnas de La América hay testimonio bien patente. Sus Revistas del extranjero llamaron la atención de cuantos siguen el curso de los sucesos en todas las partes del globo: con criterio siempre liberal trató las cuestiones de Italia y de Hungría, de Polonia, de Méjico y de Dinamarca. Su cuerpo envejeció con los años: su espíritu se mantuvo en perpetua y prodigiosa lozanía: diariamente se dedicaba muchas horas al trabajo, se distraía en largos paseos, y por la noche platicaba con algunos amigos de materias científicas y literarias. Así vivió con salud buena hasta el 6 de febrero del presente año, último día que salió por su pie a la calle. Desde entonces cayó enfermo: por desgracia buscó en San Juan de Luz el deseado alivio sin fruto durante el último verano: allí estuvo próximo a la muerte; y sólo cedió la dolencia lo bastante para que viniera a exhalar el postrer aliento a su amada patria. Aquí pasó de esta vida a la eterna el 3 de octubre, con profundo sentimiento de cuantos gozaban de su ameno trato, y de cuantos sin tener esta honra se ilustraban con las sazonadas producciones de su bien cultivado entendimiento, cuyo general y justo homenaje mitigaría a ser posible la aflicción de su desconsolada familia.

Antonio Ferrer del Río

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