Revista de España,
de Indias y del extranjero
 
tomo noveno, Madrid 1847
páginas 241-251

Facundo Goñi

Grandeza y decadencia
de la nacionalidad española {1}

El origen de la nacionalidad española parte naturalmente desde aquellos tiempos heroicos en que un puñado de españoles refugiados en las montañas de Covadonga acometieron la empresa de lanzar de nuestro suelo a los árabes a nombre de la religión cristiana. El islamismo la había subyugado y se enseñoreaba en nuestro territorio, y para lanzarle de él fue preciso oponerle el principio del cristianismo. Tal fue la idea moral que inspiró aliento y entusiasmo a los españoles en la dilatada lucha de ocho siglos, y la que sirvió de base a la nacionalidad española, verificándose así un fenómeno observado constantemente en todos los tiempos y países, a saber: que sólo un principio grande y fecundo ha impulsado a los pueblos en sus hechos más heroicos, y ha dado margen a todo crecimiento colosal de las sociedades.[242]

Pasando por alto los gloriosos hechos de aquella lucha de ochocientos años, a vueltas de la cual fue lanzado de nuestra patria el poder musulmán, vendremos a fijarnos en los últimos años del siglo XV en que nacieron las naciones de Europa. En este tiempo también apareció formada la nacionalidad española. Fernando e Isabel, con haber lanzado al otro lado del estrecho los últimos restos de los moros después de la toma de Granada; con haber unido por medio de su enlace a la corona de Castilla la de Aragón, y poco después la de Navarra, llegaron a constituir una nación grande y compacta, como no lo había estado ni había podido estarlo en los tiempos anteriores.

Con estos elementos entramos en el siglo XVI, desde cuyos principios comienza el período de nuestra mayor grandeza. En aquella época vino a ocupar el trono de España un príncipe austríaco, inaugurando así una nueva dinastía. Carlos V, heredero de la casa de Borgoña, y heredando el grande imperio de los Reyes Católicos, mientras que Colón hacía sus descubrimientos en la América y Hernán Cortés sus conquistas, se vio sin duda al frente de la primera potencia del mundo. De manera que al nacer la política internacional en Europa, la España se encontró en primer término dominando moralmente a las demás naciones. No nos detendremos a reseñar prolijamente las guerras que sostuvo Carlos V en el siglo XVI que estamos examinando. Baste decir que Carlos V aspiró a la monarquía universal, que mantuvo luchas repetidas durante su reinado con la Francia y con la Inglaterra, y que mientras ocupó el trono la suerte le fue constantemente propicia, y no cesó de aumentar y engrandecer sus estados. Así al tiempo de su abdicación, al retirarse a la vida privada en el monasterio del Yuste, pudo dejar a su hijo Felipe II nada menos que la España unida y compacta, Nápoles, Sicilia, [243] Milán, Cerdeña, los Países Bajos y los vastos dominios de las Américas.

Desde el año 1558 en que abdicó el trono Carlos V hasta el 1580 en que conquistamos a Portugal, coronando así la obra de nuestro engrandecimiento, se encuentra la época de nuestro mayor poder. Felipe II se vio dueño del imperio más grande que existiera en la tierra. Pero este monarca no pudo sostener la vasta mole de sus estados, y ya con su muerte, y aun pocos años antes, se inició el origen de nuestro descenso, no de un descenso rápido ni señalado, de un descenso lento, pero al fin descenso. El tratado de Vervins, celebrado en 1598, puede señalarse como el principio de la decadencia española. Por él cedió Felipe II a Enrique IV de Francia una multitud de ciudades que le había conquistado en las guerras sostenidas con sus predecesores, siendo esta la primera concesión que marcó el limite de nuestro poderío. Felipe II falleció cabalmente en el mismo año, es decir, en el penúltimo del siglo XVI, y le sucedió su hijo Felipe III, inaugurando por decirlo así el siglo XVII.

Volvamos ahora la vista por un momento al siglo que acabamos de examinar. En esta época se encontró la España compacta y redondeada en toda su demarcación peninsular, dueña en el centro de Europa de Nápoles, de la alta Italia y de los Países Bajos, dominando en las vertientes de los Alpes y en las orillas del Rin, y por último enseñoreándose sin rival en la vasta extensión del nuevo mundo. Nuestra nación fue entonces la mitad de Europa, y toda la América. Claro es que nada pudo hacerse en Europa sin nuestra anuencia y decisión, y la historia europea es en aquel tiempo la historia de España.

Pero con el siglo XVI pasó la pujanza de Carlos V y la fuerza de Felipe II, y bajo sus apocados sucesores caímos [244] en la debilidad, como es la ley de las cosas humanas.

El siglo XVII es ya un período de decadencia para la nación española. En la primera mitad de este siglo, durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, perdimos a manos de la Francia el Rosellón y la parte septentrional de la Cerdeña, y en la segunda mitad estuvimos a punto de perder la Cataluña durante la guerra con Luis XIII, que terminó al fin por la paz de los Pirineos en 1659, y vimos separarse de nosotros la rica joya de Portugal. Y para que nada faltase a este siglo de postración y de enflaquecimiento de nuestro poder, nuestros monarcas, o se abandonaban en las manos de sus favoritos como Felipe IV, o eran reyes imbéciles y hechizados como Carlos II. Tal fue para la España el siglo XVII, época de languidez y precursora de los días aciagos que habían de sobrevenir para nuestra nacionalidad.

Vino en efecto el siglo XVIII. A la expirante dinastía austríaca sucedió una nueva dinastía francesa. Felipe V fue llamado a la sucesion de España por el testamento de Carlos II, otorgado en su favor en fuerza de los amaños de Luis XIV. Pero apenas había pisado las gradas del regio solio, cuando se formó contra él una conjuración europea. En un principio fue reconocido por todas las naciones a excepción del Austria, la cual fundó su negativa en que usurpaba el derecho que tenía a la corona española su hijo el archiduque D. Carlos, y en que no podía por tanto ser valedero el testamento de Carlos II. Pero el Austria consiguió muy pronto llevar a su partido a las demás naciones a nombre del equilibrio europeo, inspirándolas el temor de que unidas en una sola familia las dos coronas de Francia y España, aspirase aquella a la monarquía universal; y en efecto, las demás potencias viendo peligros para la paz de Europa en este engrandecimiento de los [245] Borbones, se coligaron en contra de ambas naciones, y la España tuvo que sostener la larga guerra de trece años con la Europa coligada. Al cabo de largos desastres pudo conseguir la paz, si bien a costa de las más importantes concesiones. Después de haber perdido a Gibraltar durante la guerra, reunidos los plenipotenciarios en el congreso de Utrech, se obligó a Felipe V a la renuncia de todos sus derechos a la corona de Francia, y a que cediese a la casa de Austria nuestros dominios de Cerdeña, Milán, Nápoles y casi todas las ciudades que poseíamos en Flandes. Tal fue el golpe funesto que recibió nuestra nacionalidad en el tratado de Utrech, y las amargas condiciones con que logró establecerse en España la dinastía de los Borbones. Desde entonces perdimos ya nuestra influencia en Europa, se nos arrojó de todos los puntos que ocupábamos, quedamos sin campo de batalla donde presentar nuestros ejércitos, sin brazos para obrar y circunscritos a nuestro territorio peninsular, pero privados hasta de Gibraltar y Portugal que antes poseyéramos. Aquí terminó ya nuestro antiguo y brillante papel en las contiendas europeas. No descendimos absolutamente del rango de potencia de primer orden; porque si perdimos nuestra influencia en Europa como nacion continental, todavía mas allá del Océano, en el nuevo mundo, eramos la primera potencia, y el rey de España era aún el emperador de aquel hemisferio.

Así continuamos durante el primer tercio del siglo XVIII, sin grandes alteraciones diplomáticas que merezcan mencionarse. Una ocasión se nos presentó sin embargo años después para recuperar parte de nuestros dominios en Europa, pero el gobierno español cometió el grave yerro de no saber aprovecharla. Cuando antes de la mitad de este siglo fueron conquistadas varias posesiones italianas [246] por el infante D. Carlos, estas posesiones debieron adherirse a la monarquía española, en vez de ser entregadas a nuestros infantes. Bien lo comprendió el cardenal Alberoni, entendiendo que sólo aquel medio y la restauración de nuestra marina podía volver a levantarnos como potencia europea; pero cayó Alberoni sin haber podido llevar a cabo su pensamiento, y Felipe V y sus sucesores adulteraron aquella sabia política de su ministro.

Durante el reinado de Fernando VI se hizo algo por reanimar nuestra debilitada España, pero los proyectos de aquel prudente monarca terminaron muy pronto con su vida.

En 1759 ascendió al trono Carlos III. Separándose de la política cuerda de sus antecesores, incurrió en la falta de celebrar el pacto de familia, germen de grandes calamidades para nuestra desgraciada nación. Carlos III tuvo la indiscreción de aliarse con la Francia, obligándose a servirle de auxiliar contra sus propios intereses. Así el año 63 por auxiliar a la Francia sostuvimos contra la Inglaterra una guerra marítima que nos causó la pérdida de más de seiscientos millones. El año 79 volvimos a empeñarnos en otra segunda contienda contra la Inglaterra, y como auxiliares de la Francia, contienda que nos fue aún más desastrosa que la anterior y ha sido el origen de la pérdida de nuestros dominios en América.

Vino después el fatal reinado de Carlos IV. Habiendo invadido nuestros soldados el territorio francés, con motivo de los sucesos de la revolucion, provocaron una reacción de parte de los ejércitos republicanos, quienes se apoderaron de varias plazas de Cataluña, entre otras, de Figueras y de algunos pueblos de las provincias Vascongadas. Y para hacerles evacuar nuestro país, fueron precisos los funestos tratados de Basilea y de San Ildefonso. [247] Por el primero cedimos a la Francia la parte española de Santo Domingo en las Antillas, y quedamos obligados por el segundo a darla diez y ocho mil infantes, seis mil caballos y quince navios de línea, siempre que se hallase en guerra con otra nación. Pronto se vio la España empeñada, en consecuencia de aquella fatal estipulación, en una guerra con la Inglaterra que nos trajo la pérdida de la isla de la Trinidad.

Véase cuántos desastres sufrió nuestra nacionalidad en el siglo XVIII. La larga guerra de sucesion, la pérdida de todos nuestros dominios europeos, y de la importante plaza de Gibraltar, las dos guerras con la Inglaterra por efecto del pacto de familia y los funestos tratados de Basilea y San Ildefonso, que nos costaron las islas de Santo Domingo y Trinidad. En este estado de desgracia entramos en el siglo XIX. En el año cinco perdimos toda nuestra marina en el combate de Trafalgar, y enviamos poco después nuestros soldados a matarse en el Norte al mando del marqués de la Romana. Siempre víctimas y esclavos de nuestros compromisos, o mejor, de los desaciertos de nuestro gobierno: víctimas en el siglo anterior del pacto de familia y víctimas en el presente del de San Ildefonso.

Pero toda esta abnegación y estos sacrificios recibieron por único galardon y recompensa una invasión desatentada en nuestro país. Ya era imposible continuar en esta vía de sufrimiento. La España se levantó enérgicamente contra sus invasores, y luchó con heroísmo y con gloria hasta conseguir lanzarles de nuestro suelo. Desgraciamente en aquella época nos faltó de inteligencia lo que nos sobró de valor. Inútilmente nos sacrificamos en Basilea y en Talavera, en Rivieco y en Vitoria. Arrojado de nuestro suelo el coloso Napoleón, y desvirtuado con nuestras victorias el genio que llenaba de espanto a la Europa, [248] en vano llegó para nosotros el día de paz, que debiera serlo de la recompensa; porque no tuvimos quien nos representase dignamente y quien reclamase la parte a que nos habíamos hecho acreedores. En el congreso de Viena debíamos haber aspirado lo menos a nuestra reintegración peninsular; pero no se hallaban allá nuestros generales, que sólo habían sabido vencer sin aprovecharse de la victoria. Allí se hallaban sólo los generales ingleses; y así sucedió que después de tantos sacrificios y tanto heroísmo, quedamos en el mismo estado de decaimiento, sin más premio a nuestros esfuerzos que las nuevas heridas recibidas en la lucha.

Pero aún nos esperaban mayores pérdidas materiales y mayores quebrantos morales. En el año 20 vimos emanciparse una tras otra todas nuestras posesiones de América, perdiendo así nuestro predominio en el nuevo continente; y finalmente en estos últimos años, con motivo de nuestra regeneración política y de la guerra de sucesión de la pasada década, nos hemos visto colocados fuera de la comunión política de Europa, repudiada nuestra nación de las potencias del Norte y codiciada por las del Mediodía. Tal es pues la triste situacion de España; y he aquí cómo ha llegado a no ser ni aun señora de sí misma, la que fue en otro tiempo el imperio más poderoso del mundo.

De la precedente reseña aparece que desde el siglo VIII hasta el siglo XVI, fue formándose nuestra nacionalidad a costa de una lucha lenta y prolongada en la que sólo pudo sostenerla el principio religioso, principio que siempre ha caracterizado al pueblo español y que llegó a exagerarse perniciosamente en los siglos posteriores.

Formada nuestra monarquía a principios del siglo XVI, la hemos observado crecer rápidamente, animada siempre del mismo pensamiento, hasta alcanzar una dilatación atlética [249] en la que llega a tocar al apogeo de su prepotencia y grandeza.

El siglo XVII es ya una época de declinación. Durante su transcurso experimenta pérdidas notables, y en sus últimos años se halla ya enflaquecida y abocada a grandes quebrantos. En el siglo XVIII, sufre la mutilación de todos sus dominios de Europa, y queda relegada del continente y encerrada dentro de sus propios límites.

En el siglo XIX, desangrada y debilitada en una lucha heroica ve separársele todas sus antiguas posesiones de la América, y por último, y para colmo de su infortunio, sufre el entredicho y la excomunión de gran parte de las potencias que la dejan en un funesto aislamiento.

Pero en medio de nuestra postración y de nuestra soledad todavía podemos conservar aliento y grandes esperanzas. Las naciones tienen durante su vida sus épocas de elevación y decaimiento, que esta alternativa constituye la ley universal que rige al mundo. Si hoy nos hallamos en el término de nuestra desgracia, al período oscuro que atravesamos puede suceder el crepúsculo de un nuevo día. Si el principio religioso formó nuestra antigua España, y la hizo extenderse por el mundo al paso que su exageración le acarreó más tarde su declinación y su ruina, el principio de la independencia y de la unidad territorial, el principio proclamado en Madrid y en Bailén, puede ser la base de nuestra rehabilitación y el origen de una nueva época de esplendor. Por muy rebajados que hoy nos encontremos, todavía conservamos muchos y fecundos elementos de regeneración, como vestigios de nuestro pasado colosal poder.

Y en efecto, la España es todavía una nación de diez y seis millones de habitantes, que si no son ricos y opulentos, tampoco sufren la pobreza de la Irlanda y de otros [250] pueblos de Europa. La España es una nación de cuatrocientas leguas de costa sobre los dos mares, y está defendida continentalmente por el valladar de los Pirineos. La España tiene un clima privilegiado y un suelo fecundo en producciones vegetales y minerales. La fecundidad de sus Castillas, la feracidad de su Extremadura y las riquezas atesoradas en sus montañas, pueden competir con las de las más privilegiadas regiones de Europa. La España posee todavía a Cuba y a Puerto-Rico en el mar de las Antillas, y tiene las islas Canarias y las de Guinea en el camino de la India, y las Filipinas a las puertas de la China, y las Baleares situadas en la ruta del Egipto, y dominando al Mediterráneo, a ese mar que puede ser, día muy próximo, teatro de grandes luchas, y por último conserva los presidios importantes de la costa de África. La España, después de todo mantiene las tradiciones gloriosas de su independencia, y conserva marcadas en todo el mundo las huellas de su antigua superioridad. Sus artes y su literatura son todavía admiradas en Europa, su idioma y sus creencias, sus gustos y sus costumbres prevalecerán eternamente en la mitad de las Américas.

Todos estos son poderosos elementos para rehabilitarla y levantarla de su postración actual, para hacerla volver a figurar rejuvenecida y dignamente en la grande asamblea de las naciones.

¿Qué le falta pues a España para que todos estos elementos se organicen y se dirijan convergentes a la grande obra de su restauración? Sólo le falla lo que le ha faltado generalmente en toda la prolongación de su vida, sólo le falta gobierno y sabia dirección. Porque es un hecho, repetido demasiado frecuentemente en las épocas más críticas de nuestra historia, que la España ha carecido de inteligencia directiva, cuanto le ha sobrado de arrojo y generosidad. [251]

Siempre se ha estrellado nuestro pueblo por falta de previsión en quien debiera regularizar y aprovechar sus arranques impetuosos. Si pues la España alcanza la dicha de poseer gobierno y estabilidad, pocos años podrían bastarle para poder decir a las demás naciones con Mirabeau: «Los grandes nos parecen grandes porque les miramos de rodillas; para ser sus iguales no tenemos mas que levantarnos» .

Facundo Goñi.

{1} El presente artículo está extractado de una de las lecciones sobre nuestras relaciones diplomáticas, que ha pronunciado su autor en el Ateneo de Madrid, y que verán muy pronto la luz pública.

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