El Pensamiento de la Nación
Madrid, miércoles 19 de agosto de 1846
número 133
páginas 513-524

Jaime Balmes

Vindicación personal

Vich 13 de Agosto de 1846

Por hoy me han de disimular mis lectores que hable de mi persona; y que despojándome del plural nosotros que en las discusiones políticas, se ha hecho común en el lenguaje periodístico, me valga solo del singular yo. No lo haga sin razón; pues que no se trata de asuntos públicos, no de opiniones políticas, no de intereses de partido, sino de cosas puramente personales: el singular yo, será mas propio que el plural nosotros; esta distinción no es inventada por el que esto escribe, sino por Chateaubriand.

Si hubiese podido dudar alguna vez de la justicia y santidad de la causa que sustento, mis dudas se habrían disipado ahora, al ver las armas con que se me combate: cuando se echa mano del ataque contra la persona, señal es que nada se puede responder a las razones del escritor. El Español, de algunos días a esta parte, sobresale en el empleo de tan triste recurso. Ya recordarán los lectores, que en concepto de un articulista del Español, era yo un sofista, «uno de aquellos hombres que aspiran a la singularidad, aunque sea a costa de la desdicha del género humano, que poseen grandes fuerzas intelectuales, a costa de todos los sentimientos del corazón;» recordarán también que al hablar de la temeridad de los carlistas en la cuestión dinástica, recordaba el Español aquello de las escuelas, fustibus est arguendum. De todo esto me hice cargo en el artículo del número anterior; pero entonces me hallaba yo muy lejos de creer que en las columnas del Español había de tener el argumento de los [514] palos una interpretación tan literal e inmediata, y que sin saber por qué había de salir un corresponsal de dicho periódico con la peregrina invención de que el que escribe estas líneas, probablemente por sus manejos electorales, había sufrido una paliza en un pueblo de la montaña de Cataluña. Al leer aquellas líneas, acompañadas de tanta grosería y calumnia, y que tanta indignación han causado a los hombres que estiman en algo la verdad y el decoro, yo que era el ofendido, no podía indignarme: solo sentía una impresión desagradable, semejante a la que se experimenta al presentarse a los ojos objetos que repugnan. Si mi posición, si el honor de la causa que defiendo, si el deseo de complacer a innumerables amigos, no me impulsase a contestar, no lo haría; volvería la cabeza con desdén, y seguiría mi camino.

El público sabe muy bien que jamás he llamado la atención sobre mi persona. No se hallan en los prólogos de mis obras aquellos preámbulos en que algunos hacen saber directa o indirectamente la edad que tienen, su posición personal, los desvelos que les ha costado su trabajo, y otras cosas semejantes: los cuatro tomos del Protestantismo llevan dos escasas paginas de prefacio, sobre el objeto de la obra. El Criterio salió sin una línea. Los cuatro tomos de la Filosofía fundamental no tienen mas que una página corta de prólogo, también sobre el objeto de la obra; y el tomo de las Cartas a un Escéptico, va precedido de una simple advertencia de editor, mas bien que de autor. Así hubiera continuado, y jamás hubiera ocupado al público hablándole de mi humilde persona, si no supiese que el hombre colocado en cierta posición está obligado a defender su honra, siquiera le sea necesario decir en su abono cosas que sin este motivo no hubiera dicho nunca.

Vamos a los hechos. El día 1.º de julio salí de Madrid en la silla-correo; llegué el 4 a Barcelona; permanecí allí cinco días, lo único necesario para corregir las últimas pruebas de las Cartas a un Escéptico que se acababan de imprimir, y algunas otras que tenía atrasadas del tomo 3º de la Filosofía fundamental. Vi en Barcelona a muy pocas personas, porque deseaba marcharme pronto para huir del calor; y el 10, tomando un carruaje, me fui en derechura a Vich, mi patria, donde no había estado hace cerca de cinco años, y donde tengo numerosos amigos que deseaban verme, como yo deseaba tener el gusto de verlos a ellos. Llegué a Vich el mismo día. En el mes que llevo de permanencia en esta no me he alejado nunca un cuarto de legua de las tapias de la ciudad, y he pasado alguna vez siete u ocho días sin salir de las puertas de mi casa habitación. Es falso, pues, que nadie me haya apaleado en un pueblo de la montaña, pues no he visto ninguno, ni me he movido de Vich desde mi venida de Barcelona. Ni en Vich, ni en sus alrededores me ha sucedido, no diré un atropello, pero ni siquiera un lance desagradable. Por el contrario, he recibido continuamente, y de hombres de todas opiniones, singulares muestras de afecto y consideración; y debo particulares atenciones y ofrecimientos a la autoridad, tanto civil como militar. Mal informado está el Español; no solo no me ha sucedido, sino que estoy seguro de que no me sucederá ningún atropello, ni me puede suceder. Tanto en Vich como en toda su comarca, estoy en buenas relaciones con hombres de todas opiniones políticas; y lejos de que haya de recelar malos tratos, contaría con vigoroso apoyo en todo lo que [515] se pudiese referir a la defensa de mi persona. Este es un país donde ignoro que tenga ni un solo enemigo personal: adversarios políticos tendré; enemigo personal no conozco ninguno. En un momento de peligro llamaría indistintamente a cualquiera puerta, y estoy seguro de que se me abrirían todas.

Dice el comunicante que «yo había emprendido hace algunos días una misión por los pueblos del distrito de Vich para hacerles admitir la candidatura de un tal Fonoller, furioso carlista que no ha querido jurar ni reconocer a la Reina Isabel, y que fue individuo de la junta de Berga.» Creo que ese tal Fonoller, de quien habla con tanto desdén el corresponsal del Español, será el señor conde de Fonollar, pues ya en otro periódico se había estampado la misma especie, añadiéndose entonces al señor marqués de Monistrol. Por lo que toca al marqués de Monistrol, no recuerdo haber tenido con él ninguna relación, y no le conozco ni aun de vista; y en cuanto al conde de Fonollar, ignoro absolutamente que ni él haya pensado en hacerse elegir por ningún distrito de este país, ni que los electores hayan pensado en nombrarle. Mis relaciones con este caballero han sido muy pocas: puedo asegurar que he hablado con él dos veces solamente en mi vida, porque me dispensó la honra de visitarme en Barcelona: la una fue en el pasado julio, la otra en marzo del mismo año; y por lo poco que le he conocido, puedo añadir que en vez de hallar en él un hombre furioso, solo he visto un caballero muy fino, despejado, tolerante, conocedor del siglo, y que manifiesta francamente sus opiniones; pero con nobleza, con prudencia y mucha templanza. No le oí ni una sola palabra de exageración. El señor conde de Fonollar tiene demasiada educación para haberme encargado a mi de propagar su supuesta candidatura; y yo conozco bastante mi posición para encargarme de tales cosas. Aunque no fuese por razones de otra clase, el decoro, y hasta el amor propio, serían más que suficientes para impedirme el que descendiese hasta hacer correrías por los pueblos recomendando tal o cual candidatura. Si no se hubiese ofrecido la necesidad de vindicarme, no hubiera ni aun cuidado de desmentir estas invenciones, que veía en algún periódico, y que leía con el mismo desprecio con que supongo las leería el público; pero ya que a ello se me obliga, sépase que no me mezclo en tales pormenores; que si me mezclase en asuntos electorales sería en otra esfera superior desde donde pudiese influir en la opinión nacional; y que ni aun estando aquí en Vich hablo de elecciones con nadie que no me hable de ello, y esto sin salir de mi casa. Pocos me han tocado esta conversación; y cuando se ha ofrecido, he dicho francamente mi modo de pensar, como lo digo en mis escritos. Conozco bien lo que me debo a mí mismo, para andar intrigando a la manera que lo supone el desventurado anónimo.

«Por lo visto, continua el corresponsal, el Sr. Balmes ha soltado la máscara, y decidíose por los carlistas extremos. Luego vayan Vds. a creer en sus palabras, mansas en apariencia, de conciliación y olvido de todo lo pasado, con que quiere embaucar a sus lectores. Es de advertir que el Sr. Balmes, el campeón del carlismo, había defendido, o al menos encomiado en algunas ocasiones muy públicas el sistema representativo.» Falta a la verdad el corresponsal del Español cuando esto asegura. Todo lo que he escrito sobre política y sobre cualquiera otra materia lleva mi firma: el público lo conoce todo; y sabe [516] si soy consecuente. En cuanto a otras ocasiones, he hablado en público en dos puntos, en Cervera y en Vich, en sermones o en discursos académicos; y apelo al testimonio de cuantos me han oído para que digan si jamás, jamás, me oyeron ni elogio ni vituperio del gobierno representativo, ni una palabra que se rozase con la política. Viven los testigos: enmedio de ellos escribo: que me desmientan si falto a la verdad.

«Y por esto, prosigue el corresponsal del Español, ha sido siempre muy mal mirado del clero, hasta tal punto, que cuando hizo oposiciones a una canonjía de su patria, los jueces dijeron públicamente, que aunque él era el que había hecho mejor oposición no querían dársela porque era negro.»

Los lectores juiciosos comprenderán cuán sensible me ha de ser el bajar a ese terreno de indignas personalidades, que me hieren a mi y a otros; pero se me fuerza a ello; está interesado en este negocio mi honor, y yo procuraré no cansar al público con esas cosas mas que una sola vez: lo demás lo remediaré con el desprecio, o lo castigarán los tribunales.

En circunstancias semejantes, cuando un hombre ha llegado a adquirir un carácter público, y mucho mas si esto no lo debe a ningún empleo, sino a sus actos puramente personales, tiene un deber de salir a la defensa de su persona: en esto se interesan sus mismas doctrinas. Los defensores de la verdad se han creído siempre con derecho, y a veces con obligación, de rechazar las calumnias, diciendo en su abono propio lo que fuese necesario para el honor de la verdad misma. Las imputaciones del corresponsal del Español merecen ser rechazadas con un breve resumen de mi vida: ya que él dice que los que leen mis escritos me conocen poco, es preciso que yo me dé a conocer, o que al menos indique las fuentes a donde los que gusten podrán adquirir todas las noticias que deseen sobre mi persona. Escritores respetables me habían rogado que les suministrase algunas noticias para escribir mi biografía: siempre me había negado: si fuese preciso podría citar nombres propios. Agradeciendo la buena voluntad, les contestaba, que esto no merecía la pena; pero las circunstancias han cambiado; yo la escribiré, yo mismo. Quiero que el público tenga noticia del hombre de quien habla con tan maligno misterio, ese anónimo que hiere con un velo en la cara, como lo hacen los aleves.

Citaré fechas, lugares, y nombres propios de personas respetables y que viven aún: quien escribe de este modo, y bajo su firma, merece algún crédito; y cuando menos su testimonio es preferible al de un anónimo. Los pormenores son precisos para que se vea que no temo las noticias que de mí puedan dar las personas que más me conocen.

Nací en Vich el 28 de agosto de 1810. Hice mis estadios de gramática latina, retórica y filosofía en el seminario conciliar; estudiando allí mismo un año de teología. En todo este tiempo no sufrí ninguna reprensión por mi conducta: hable la secretaría del colegio; hablen los profesores, de los cuales aun viven algunos: el doctor don José Aguilar, actual canónigo penitenciario de Gerona; el doctor Coma, actual canónigo magistral de Solsona; alguna breve temporada el doctor don Jaime Soler, actual canónigo magistral de Vich; y el doctor Tusell, actual cura párroco de San Boy de Llusanés. Nadie me vió en otro lugar que en mi casa, en la iglesia, en el colegio, en algunas casas de los regulares con quienes tenía frecuentes relaciones, y en la biblioteca [517] episcopal, donde se me hallaba mientras estaba abierta.

El año 26, el difunto obispo de Vich el señor don Pablo de Jesús de Corcuera y Caserta, me agració con una beca en el Real colegio de San Carlos de la universidad de Cervera. Es de advertir que este señor obispo era sumamente celoso, muy delicado en materias políticas, y sobremanera vigilante en todo lo concerniente al modo de pensar y a la conducta de los estudiantes. Lo sabe toda la diócesis de Vich: lo saben todos cuantos le conocieron en Sigüenza, cuando estaba de rector en el seminario; y precisamente hay en Madrid una persona que le había tratado mucho y se había formado bajo su dirección, mi amigo el respetable Padre Carasa, de la Compañía de Jesús. Pongo esos pormenores para que se vea que en tal nombramiento para colegial, y eso entre muchos otros pretendientes, supone buena reputación en el agraciado.

Pasé al colegio de San Carlos, y emprendí mi carrera de teología en la universidad de Cervera. Viven aun los dos rectores que hubo en el colegio: el doctor don Felipe Minguell, y el doctor don Vicente Pou. El primero está en Cervera; el segundo se halla emigrado en Francia, según creo. Estos señores podrían atestiguar si tuvieron que reprenderme ni una sola vez, ni por mi conducta, ni por mis opiniones; y si por el contrario no me dieron repetidas pruebas de afecto y aprecio. A la sazón la disciplina escolar era severa; había el tribunal que se llamaba de censura; jamás sufrí ni la más pequeña reprensión, ni amonestación. Muchos de sus miembros viven aún; unos se hallan en España, otros están emigrados. Mis catedráticos fueron el dominico P. M. Barri, ya difunto, y que durante toda la carrera me dio pruebas públicas de un afecto muy especial; el doctor Caixal, canónigo de Tarragona, que según creo se halla emigrado en Francia: lo fue por breve tiempo el padre dominico Xarrié, que se halla en Italia; el doctor Ricard, que se halla en Lérida; el doctor Gali, que según he oído se halla en el obispado de Salamanca. Todos podrían testificar si jamás les di, ni por mi conducta, ni por mis opiniones, motivo de queja.

Hice mi carrera, tomé los grados de bachiller y licenciado en teología con las notas que constan en la secretaría de la universidad. Las temporadas de vacaciones las pasaba en Vich, donde estaba en la biblioteca desde que se abría hasta que se cerraba, como es público en esta ciudad.

Concluida la carrera en 1833, hice oposición a una cátedra de teología en la universidad a mediados de octubre; y a principios de noviembre del mismo año hice la oposición a la canonjía magistral de la catedral de Vich, de que habla el anónimo del Español. Este asegura que «los jueces dijeron públicamente, que aunque yo era el que había hecho mejor oposición, no querían dármela porque era negro.» De semejante cargo podría yo desentenderme, porque mas bien hiere al cabildo que a mí; pero no quiero dejarlo sin respuesta. Los lectores juiciosos saben lo que en tales casos sucede en poblaciones de poco vecindario: estos asuntos llaman vivamente la atención, y como unos se interesan por uno, otros por otro, naturalmente se habla en pro y en contra, y corren pequeños chismes, que desprecia quien tenga miras elevadas. Yo era hijo de la misma ciudad; era más joven que mis contrincantes, y por esto llamaba la atención; y algunos se interesaban por mí hasta con calor. En este choque, no sé si alguien diría que yo era negro o blanco, [518] o de otro color , porque hace largo tiempo que tengo por regla de conducta, cumplir mis deberes y despreciar vulgaridades; pero lo que puedo asegurar es lo siguiente:

1.° Que ni entonces ni después oí nunca que ningún canónigo hubiese dicho que yo era negro ni blanco, ni tampoco ninguna palabra que pudiese ofenderme en lo mas mínimo.

2.° Que todos los canónigos me felicitaron con expresiones, de cuya sinceridad no me es posible dudar.

3.° Que posteriormente he seguido en buenas relaciones con todos, y éstas han sido siempre y son ahora de íntima amistad con el individuo que fue agraciado con la canonjía, el señor doctor don Jaime Soler. Igual intimidad he tenido siempre y tengo todavía con el otro contrincante el doctor don Jaime Pasarell, actual secretario del gobierno eclesiástico y catedrático del colegio.

En cuanto a ser lo que se añade, mal visto del clero, lo que puedo asegurar es lo siguiente:

1.° Que no conozco ni un solo eclesiástico en toda la diócesis que se halle indispuesto conmigo.

2.° Que así antes de la época de la oposición, como después, he estado en las mejores relaciones con todas las clases del clero, y en particular con los principales individuos del mismo, incluso el señor gobernador de la diócesis.

3.° Que lejos de sospecharse de mis doctrinas, se me concedieron por la autoridad competente, hace ya muchos años, licencias para leer libros prohibidos, cómo y cuando yo quise.

Estos son los hechos; los testigos viven aun.

Luego de concluida la oposición me ordené; y en esto, como en todo lo demás recibí particulares atenciones del Sr. Obispo; por cuyo consejo volví a la universidad, donde estudié cánones, desempeñando al mismo tiempo, en calidad de sustituto, la cátedra de Sagrada escritura, y recibiendo el grado de doctor, que se llamaba de pompa en lenguaje universitario. La función se verificó el 7 de febrero de 1835; la guerra civil estaba en su incremento; las pasiones ardían; y yo, como graduando, debía, según las leyes académicas, pronunciar un discurso en elogio del monarca reinante: y como a la sazón era gobernadora S. M. la Reina Cristina, era preciso hablar de esta augusta señora. El concurso era numeroso; las opiniones políticas muy encontradas, y se deseaba saber lo que yo pensaba de las cosas públicas. ¿Saben mis lectores lo que hice? ¿Creen que me entusiasmé por la Reina Gobernadora, y que le dispensé las lisonjas que a la sazón le prodigaban otros que ahora la insultan? No, no: lo que hice fue prescindir de toda política; y me ceñí a elogiar la apertura de las universidades; y aprovechándome de no se qué providencia sobre enseñanza de matemáticas, me detuve un poco en este punto, y acabé mi discurso sin ofender ni a cristinos ni a carlistas, porque no había hablado ni de unos ni de otros. Testigo el público y testigo muy especialmente el sabio franciscano el P. Pedrerol, que se halla actualmente en Igualada.

Concluido el curso de 1834 a 1835, me fui a mi casa, y no quise volver a la universidad: la guerra y la revolución iban arreciando; y yo preferí a la carrera universitaria la oscuridad de la vida doméstica. A fines del año 37 se planteó en Vich una cátedra de matemáticas; y como el cálculo y la geometría no son ni cristinos ni carlistas, y por otra parte la oscuridad del puesto no [519] llamaba la atención, no tuve inconveniente en encargarme de dicha enseñanza que continué por cuatro años. Y es de notar que habiéndose hecho una función solemne en la apertura del establecimiento, yo pronuncié el discurso inaugural, y no hablé ni una sola palabra de política. Los testigos viven, y en Vich están. De mi comportamiento en la enseñanza no soy yo quien debe hablar; todos los que me favorecieron con su asistencia saben que no hablé jamás una sola palabra de política. Mas de una vez sucedió que nos hallábamos interrumpidos en nuestros cálculos con las campanadas de alarma o el toque de generala: si era posible continuar, continuábamos; o si no nos levantábamos tranquilamente, y nos íbamos. Mis afanes se dirigían a sacar discípulos aprovechados; lo que conseguí, así en la parte elemental a que estaba obligado, como en la sublime que quise enseñar, sin embargo de no estar contenida en la asignatura.

Durante la guerra civil no me mezclé jamás en nada que tuviese relación con la política. Mis obligaciones, la biblioteca y mi casa; sin mas distracción que un rato de paseo que daba, o solo o en compañía de un amigo, que por lo común solía ser alguno de mis discípulos. En abril de 1840 publiqué las observaciones sociales políticas y económicas sobre los bienes del Clero. La impresión se hizo en Vich; y a pesar de la oscuridad del punto de publicación y del autor, hablaron de este escrito muy favorablemente los periódicos de Madrid de todos los colores, inclusa la Gaceta. En la Revista de Madrid se publicó también un artículo muy favorable, cuyas iniciales me dijeron que eran del Sr. Pidal, actual ministro de la Gobernación. No sé si es verdad; refiero lo que oí entonces.

Alentado con un éxito para mí muy inesperado, continué trabajando en el Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la civilización europea. Escritos los primeros cuadernos los enseñé al mencionado canónigo magistral de Vich, quien después de haberlos leído, me instó encarecidamente para que concluyese y publicase la obra; anunciándome con toda seguridad un éxito, de que entonces yo dudaba, y que después me ha confirmado la experiencia.

En el momento de terminar la guerra civil me fui a Barcelona, donde en medio de las revueltas de que era teatro aquella capital, y en los mismos días en que era asesinado y arrastrado un joven que llevaba mi apellido, imprimí y publiqué un folleto titulado: Consideraciones políticas sobre la situación de España.

Muchos que ahora la echan de valientes no se hubieran atrevido seguramente, y menos en Barcelona, a publicar semejante escrito, en que condenaba terminantemente la revolución, y en que manifestaba francamente mi opinión sobre todas las materias, encerrando allí en pocas palabras toda la sustancia de lo que después he desenvuelto en el Pensamiento de la Nación. No tenía ninguna defensa; y hasta mi estado podía prevenir contra mi persona: publiqué sin embargo el escrito, no obstante los consejos y hasta los ruegos de las personas que mas me querían. Todos sabemos lo que sucedió entonces: con algunas excepciones honrosas, los comprometidos echaron a correr cada cual por su lado. Bien atestiguado está en el Manifiesto de la Reina Cristina en Marsella, donde se lamenta del abandono en que se la dejó. Yo no defendí a la Reina Cristina, porque me ocupo muy poco de las personas; pero defendí los buenos principios religiosos y monárquicos; [520] defendí la necesidad de que fuese regente una persona real, no obstante de que se veían bien claras la tendencia de la revolución y la ambición de Espartero; y hablé con toda libertad en favor de los carlistas, haciendo justicia a sus convicciones, a sus intenciones y asegurando ya entonces lo que sostengo ahora, que no era posible consolidar un sistema político hasta que se hiciese entrar a ese gran partido como un elemento de gobierno: los carlistas acababan de sucumbir; y la revolución estaba pujante. Quien de tal modo se conduce ¿será un hombre sin principios?

Impreso el citado opúsculo, me volví a Vich, continuando en la enseñanza de matemáticas hasta mediados de 1841. Entonces me fui a Barcelona para comenzar la impresión del Protestantismo, al mismo tiempo que escribía en la Civilización, revista quincenal. A fines de abril de 1842 pasé a París para revisar la traducción de la misma obra en francés. Hice entretanto un viaje a Londres y regresé a España a principios de octubre del mismo año. Llegado a Madrid, me persiguió la calumnia, indicándome como complicado en no sé qué planes carlo-cristinos, a causa de ciertas relaciones que se me suponían en París con varios personajes, especialmente con el señor Martínez de la Rosa, con quien no había tenido otras que las que naturalmente tiene un viajero con los emigrados ilustres. El gobierno de aquella época tuvo acusaciones fuertes contra mí; pero debo decir en honor de la verdad que nadie me atropelló, que nadie me incomodó siquiera; y que habiéndome dirigido al Sr. Jefe político quejándome de alguna importunidad en un asunto del pasaporte, y exponiéndole lo que había oído que algunos decían, este caballero me trató con la mayor consideración, me aseguró toda su protección, me ofreció reprender al que me había importunado, lo que habría hecho, si yo no me hubiese negado a indicarle quién había sido el importuno; y me añadió que podía permanecer en Madrid todo el tiempo que quisiese, lo que no acepté porque estaba resuelto a irme pronto a Barcelona, a donde llegué a fines de octubre. Este caballero, a quien no había visto nunca, ni he vuelto a ver, era si mal no me acuerdo, el Sr. Escalante. Tengo satisfacción particular en tributar esta justicia a un adversario político.

A poco tiempo de haber regresado a Barcelona, se reprodujeron las mismas acusaciones; pero el gobierno debidamente informado, se abstuvo también de molestarme, y cuando al plantear la Sociedad se le denunció la fundación de esta revista como un proyecto político de intenciones subversivas, tomados nuevos informes, me dejó tranquilo, sin incomodarme en nada, guardándome siempre la consideración de que vió que me hacía digno mi inocencia. Mi conducta pacífica en los sucesos de 1843, y el haberme ceñido a escribir, pudieron confirmar a los gobernantes de aquella época en la convicción de que no era yo hombre que dijese una cosa y ejecutase otra.

Concluí la impresión del Protestantismo, a principios de 1844, y entonces me fui a Madrid donde fundé El Pensamiento de la Nación, cuya marcha conocen los lectores. Ellos saben si he cumplido o no lo que ofrecí en el prospecto. En cuanto a la consecuencia de mis doctrinas, baste decir que no hay en el Pensamiento ninguna idea política, inclusa la del matrimonio de la Reina con el conde de Montemolín, que no estuviese indicada en mis anteriores escritos.

He aquí la historia de mi vida: juzgue el público si he abandonado o no mis principios, [521] y si merezco las palabras siguientes que estampa el corresponsal del Español. «Para lavar esta mancha, o porque así conviene a sus intereses pecuniarios, o por ambas cosas a la vez, que es lo que creen sus conocidos, habrá emprendido la conducta que está observando.» No tengo ninguna mancha que lavar ni a los ojos del clero ni de nadie. Y por cierto que habría seguido una conducta bien torpe saliendo a lavar manchas de anticarlismo, precisamente cuando los carlistas acababan de sucumbir. Un hombre sin principios hubiera halagado a los carlistas cuando estaban pujantes y amenazadores, pero no cuando estaban desarmados.

Habla también el corresponsal del Español de los intereses pecuniarios. Es sensible descender a semejantes pormenores; pero ya que a ello se me obliga, lo haré, procurando no enfadarme. Ven acá, desventurado anónimo, ven acá; hombre envidioso, dime: ¿soy yo culpable de que el público se haya empeñado en comprar todas mis obras, agotando así en breve tiempo las ediciones? ¿soy yo culpable de que el Pensamiento de la Nación, poco tiempo después de fundado, ya se sostuviese abundantemente con las solas suscriciones, y de que a pesar de ser un periódico semanal, que con un solo ejemplar satisface la curiosidad de muchos lectores, tenga más suscrición que algunos diarios, y no necesite de nadie para nada? ¿soy yo culpable de que por estas causas mi fortuna mejore? Para la venta de mis obras nunca me valgo yo de la amistad que tengo con varios periodistas de Madrid, y de las que podría proporcionarme muy fácilmente con todos ellos; no les pido recomendaciones, y ni directa ni indirectamente procuro hacerme favorable a su juicio. Precisamente en las revistas literarias del Español, es donde se han publicado artículos muy favorables a mis obras: los articulistas saben muy bien que yo no tenía ninguna noticia de sus favores hasta que leía sus escritos impresos.

Los periódicos hablan o no hablan de mis obras, según lo creen conveniente, o según les place; sin embargo, ello es que todo se despacha. Voy a recordártelo, mi querido anónimo, para que estés al corriente del asunto de los intereses pecuniarios, y sepas que no necesitan de la política para nada.

El Protestantismo se acabó de publicar a principios de 1844, y está ya muy adelantada la venta de la segunda edición. En junio de 1845 se publicó el Criterio; en pocos meses se agotó la primera edición, y se va despachando rápidamente la segunda. De la Filosofía fundamental, cuyo tomo 4.° está en prensa, se hallan ya vendidos muchos ejemplares; y al publicar la elemental, que no tardaré mucho en tener concluida, ya verás, oh mi querido anónimo, como se despacha también. Yo te lo aseguro desde ahora, y te lo aviso de antemano, a fin de que aproveches el tiempo para decir al público que yo soy un monstruo salido del averno, y que así se abstenga de leer lo que escriba en adelante. Pero te aconsejo que no te canses; el público lo leerá a pesar de tus impotentes esfuerzos: ya me parece que te estoy oyendo que mis intereses van mejor: ¿qué quieres que haga yo en esto, desventurada criatura? ¿acaso debo yo desear que volvamos a los tiempos en que los autores se morían de hambre, siquiera se llamaran Cervantes o Camoens? No he acudido yo jamás al consejo de instrucción pública para que recomendase una obrita mía, titulada la Religión demostrada al alcance de los niños, y sin embargo hete aquí que ya estoy a la tercera edición, y me inclino a creer que no está [522] lejos la cuarta. Sí, no tengo más patrimonio que mi pluma; pero mi pluma es para mí un patrimonio honrosísimo, y muy suficiente para vivir con independencia; si tú te afliges por esto, yo no sé como remediarlo.

«Aquí no falta, dice el anónimo, quien considera al Sr. Balmes en política como el Lamennais español.» El pobrecito anónimo no ha leído probablemente las obras de Lamennais, y tal vez ni las de Balmes; si se hubiese enterado de las de uno y de otro, hubiera encontrado en todo diferencias profundas.

«Dios quiera, exclama el corresponsal, que algún día no lo sea en materias religiosas.» Esto indica sin duda un celo edificante, y merece dos palabras de contestación. Todas mis obras religiosas las he sujetado a la censura eclesiástica; nada me han hecho enmendar; pero me he mostrado siempre pronto a enmendar lo que hubiese digno de enmienda. Los primeros cuadernos del Protestantismo fueron sometidos a la censura del citado señor canónigo magistral de Vich, por disposición del Gobernador eclesiástico, el señor canónigo don Luciano Casadevall; el censor puede decir, si no me conoció siempre dispuesto a someterme a todo. Lo restante de la misma obra y demás escritos religiosos que he publicado en Barcelona, lo ha censurado el señor Dr. Riera, catedrático del Seminario conciliar y bien conocido por su saber y la pureza de su doctrina. Dicho señor nunca me ha hecho corregir ni una coma, pero él es testigo de que le he rogado varias veces que me observase lo que fuese digno de corregir; y que en llegando a un pasaje difícil, me ha sucedido recomendárselo especialmente, para que examinase si yo me había equivocado. Espero pues que no se verificará el siniestro pronóstico de que yo sea como Lamennais, y que en todo evento sabré cumplir la declaración que hice al fin del Protestantismo.{1} Esta obra se ha traducido y publicado en París y Roma, y no ha sufrido ninguna censura; y apelo al testimonio de todos los señores obispos españoles, para que digan si jamás me han dirigido ninguna censura y si antes bien no me han felicitado de palabra o por escrito casi todos ellos; el cardenal de Sevilla, el arzobispo de Tarragona, el de Santiago, el obispo de Pamplona, el de Palencia, el de Córdoba, el de Barcelona, el de Canarias, el de Tuy, el de Calahorra, el de Coria, el de Salamanca, dándome todos especiales muestras de predilección, y de que no les eran ingratos mis trabajos. Igual distinción he obtenido en el extranjero, y debieran oírlo en Madrid de boca del Sr. arzobispo de Burdeos, los señores obispos de Coria, Tuy y la Habana. El sabio obispo inglés Wisseman, me escribió en el mismo sentido. En París y en Bruselas he tenido ocasiones de conocer que los Nuncios de su Santidad se hallaban muy lejos de mirarme como un hombre peligroso, y que antes bien juzgaban con benignidad mis escritos. Nada puede prometerse el hombre de sus propias fuerzas; todo puede temerlo de su orgullo; pero antes de que me sucediese semejante desgracia, [523] espero que Dios me enviaría una muerte temprana{2}.

«He escrito esto, continúa el anónimo, para que lo tengan vds. presente al formar juicio de los escritos de Balmes, a quien vds. conocen poco, y de quien daré mas noticias en adelante.» El corresponsal puede ahora decir lo que quiera; en Madrid y en todas partes hay personas de todas clases que me conocen, y me han visto de cerca; yo mismo acabo de indicar con nombres propios, las fuentes donde se podrán recoger las noticias que se quieran. En cuanto a mis intenciones actuales, al tiempo apelo para justificarme en todo. No temo nada. Se han hecho alguna vez indicaciones de que se revelarían los manejos en favor del matrimonio con el conde de Montemolín; en algunas he creído ver alusiones a mí: repito que tampoco en esto temo nada. En España y en el extranjero y con hombres de todas opiniones, he manifestado en alta voz la mía, siempre que la ocasión se ha ofrecido. Hasta en los asuntos secretos tengo una regla muy sencilla, no hacer nada en secreto, que si la ligereza lo revelase, y la malicia lo difundiese, no lo pudiese sostener en público. Los que han amenazado repetidas veces más o menos embozadamente, pueden decir lo que quieran; desde luego aseguro, que o mentirán, o no dirán nada de que yo me haya de arrepentir. Si con tales medios se cree desalentarme, muy errados andan los que esto esperan. Cuando se acomete una grande empresa, es necesario contar con grandes dificultades; es necesario arrostrar la calumnia, de que no dejan nunca de echar mano los hombres inmorales, en la impotencia de su desesperación. Sostengo una gran causa y de su grandor y justicia y conveniencia abrigo una convicción profunda. Otros motivos podrían hacerme retirar de la política; pero no los peligros, no los insultos, no las calumnias; todo esto no es capaz de hacerme retroceder: mientras escriba de política, cuanto más arrecie la tormenta, más alto levantaré la voz; así lo he hecho hasta ahora; así lo haré en adelante.

Otros por cierto y abundantes medios hubiera tenido para medrar, pero no he dirigido ninguna pretensión al ministerio en provecho mío; no he subido jamás las escaleras del Real Palacio; no he adulado a nadie, ni insultado a nadie; he manifestado mi opinión, sin reparar si agradaba o disgustaba a determinadas personas, por elevadas que fuesen: he dicho la verdad a todos los partidos, agradable o ingrata; no he aconsejado ni alabado nunca ninguna tropelía, siquiera fuese contra mis adversarios políticos más decididos; y cuando el general Narváez desterró a los señores Corradi [524] y Pérez Calvo, no dejé pasar ocasión durante mucho tiempo, que no aprovechase para protestar contra semejante violencia. Mientras este general se hallaba en el apogeo de su poderío, le dije siempre la verdad con decoro, pero con una firmeza en que nadie me excedió; y todo bajo mi firma. Con esta conducta franca y leal, he conseguido influir en la opinión pública; sí, influir; ¿por qué no he de reconocer lo que es un hecho más claro que la luz del día? He llegado a influir en la opinión pública, y en esto, lo confieso, siento un vivo placer, porque nada conozco más grato que ejercer influjo sobre los hombres por el ascendiente de la verdad: nada conozco más grato que escribir una palabra y tener una seguridad profunda de que aquella palabra, dentro de pocas horas, volará a grandes distancias, y vibrará en millares de espíritus, para producir una convicción o excitar una simpatía, como una chispa eléctrica que, saliendo de un punto, conmueve la atmósfera hasta un remoto confín.

«Lástima, continúa el corresponsal, que tan buen talento gaste sus fuerzas de la manera que lo está haciendo, cuando tanta gloria podría dar a España, limitándose a cosas puramente científicas.» ¿Y qué? ¿por ventura se me puede exigir más de lo que estoy haciendo en medio de mis tareas políticas? ¿Por ventura el simple anuncio de las obras que se halla en la cubierta de este periódico, no es una prueba de que si no adelanto en las ciencias, por lo menos trabajo en ellas? En mi edad, y en mi situación, ¿ha hecho más por ventura el corresponsal del Español? Y a propósito de mis escritos políticos, ¿no es una tarea digna la de contribuir a dilucidar las grandes cuestiones que se agitan en España? ¿No están interesadas en eso la Religión, la sociedad, la ciencia misma? Si soy sofista ¿por qué no se me refuta? Y si discurro bien ¿por qué se me rechaza?

Pero acabemos, que ya esto se hace demasiado largo; y los lectores podrían fatigarse. Yo no tengo más armas que mi conciencia y mi pluma; y un corazón capaz de arrostrar los insultos y un sacrificio todavía más doloroso: el de soportar la calumnia. Días vendrán, y no están lejos, en que todos cuantos hemos figurado en política seremos puestos a prueba. Los graves acontecimientos a que está abocada la España por indeclinable necesidad, nos ofrecerán a todos abundantes ocasiones, para manifestar la consecuencia de principios, la lealtad de las intenciones, la firmeza de carácter, el desprendimiento, y quizás quizás el valor para arrostrar peligros. Entonces se verá lo que todos valemos y lo que somos; porque los acontecimientos, la prosperidad, el infortunio, las revoluciones, no mudan a los hombres, los descubren. Entretanto, si se continua calumniándome, y no me resuelvo a rasgar velos que quizás podría rasgar, y dejo a mis enemigos que se saboreen en derramar la hiel de su corazón, seguiré mi carrera compadeciéndome de los calumniadores y despreciando altamente sus calumnias. El anónimo corresponsal del Español con sus semejantes, puede continuar diciendo lo que bien le parezca: yo seguiré mi camino; ese desventurado que me calumnia con la cara cubierta, no me inspirará más que lástima, si le veo gozarse en su repugnante posición de arrastrarse de pecho por el polvo, acecharme cuando paso, y picarme el pie.

Jaime Balmes.

——

{1} «Ignoro si en la muchedumbre de cuestiones que se me han ofrecido, y que me ha sido indispensable ventilar, habré resuelto algunas de un modo poco conforme a los dogmas de la Religión que me proponía defender; ignoro si en algún pasaje de la obra habré asentado proposiciones erróneas, o me habré expresado en términos mal sonantes. Antes de darla a luz la he sometido a la censura de la autoridad eclesiástica; y sin vacilar me hubiera prestado a su mas ligera insinuación, enmendando, corrigiendo o variando, lo que me hubiese señalado como digno de variación, corrección o enmienda. Esto no obstante, sujeto toda la obra al juicio de la Iglesia católica apostólica romana; y desde el momento que el Sumo Pontífice, sucesor de San Pedro, y vicario de Jesucristo sobre la tierra, hablase contra alguna de mis opiniones, me apresuraría a declarar que la tengo por errada, y que ceso de profesarla.» (Tomo 4, cap. 73, último de la obra.)

{2} La traducción del Protestantismo hecha en Roma, y de la cual tengo en mi poder los dos tomos primeros, es una señal de que la obra está acogida favorablemente en la capital del Mundo cristiano; mayormente si se añade, que hace más de dos años que recibió un ejemplar de ella el Sumo Pontífice Gregorio XVI.

El célebre P. Perrone, de la compañía de Jesús, en un compendio de sus prelecciones teológicas que ha publicado el año pasado, y que está impreso en la imprenta de la Congregación de la Propaganda, en el resumen de la historia teológica comparada con la filosofía, dice lo siguiente: «Emprendió recientemente un nuevo camino el español Balmes, cuando en un continuado paralelo entre la religión católica y el protestantismo, demostró solidísimamente lo que aquella hizo en bien de la sociedad civil, y lo que este hizo en su daño. Novam inivit viam haud ita pridem Hispanus Balmes, dum catolicam religionem inter et protestantismum perpetua comparatione instituta, quid illa in civilis ipsius societatis bonum, quid iste in ejus perniciem contulerit, solidissime demonstravit.» (Praelectiones theologicae quas habebat Joanes Perrone e societate Jesu, ab eodem in compendium redactae Romae typis S. congregationis de Propaganda Fide 1845. Histori theologie cum philosophia comparata synopsis, pág. 48 parag. 79.)

Conservo también en mi poder los favorables juicios que han hecho de mi obra las principales revistas del mundo católico.


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