El Panorama
Madrid, 16 de agosto de 1838
año I, número 21
páginas 328-330

Kant

Kant

Muy poco tiempo hace que las obras de este célebre filósofo alemán son conocidas en España, y aun actualmente solo corren en manos de algunos aficionados a sus doctrinas que le han proporcionado una celebridad europea, y de las que se ha formado un sistema de filosofía crítica, que cuenta muchos partidarios y ha dado origen a muchas opiniones y sectas célebres en nuestros días.

Nació Kant en Koenigsberg el 22 de abril de 1724. Hijo de un pobre artesano fue destinado a aprender el oficio de su padre; pero quiso su buena suerte que el doctor Schulze lo viese y admirado de sus buenas disposiciones, le hizo entrar en el colegio que él dirigía por los años de 1732. Kant, a pesar de su corta edad, llamaba ya la atención de todos por su reflexivo talento, por su juicio recto y por su extremada sensibilidad: su madre, que murió teniendo éI solos trece años y de la que conservó siempre una tierna memoria, había procurado inculcarle siempre los mas sanos principios de religión y de moral.

Trabó Kant amistad en el colegio con Runken que fue después uno de los profesores más célebres de Leyde. Ambos cifraban sus placeres en el estudio de los autores clásicos, que Runken como más rico compraba , y Ieían juntos formando útil competencia en descubrir sus bellezas y en aprender los rasgos que más les chocaban: en esta lucha de talento tomaba nuevas fuerzas su amistad. A los 16 años entró Kant en la universidad, en donde no tardó en conquistar el afecto de todos los profesores y condiscípulos por su ingenio, aplicación constante y amable carácter. Fue su primera obra una Teoría de la electricidad que formó después de haber leído las obras de Newton en la que confesó el mismo profesor de física Teste, que había hallado muchas cosas que aprender.

Cuando salió a los 21 años de la universidad se vio obligado a proporcionarse por sí mismo y sin ningún apoyo su subsistencia. Principió dando algunas lecciones y últimamente logró entrar como preceptor en casa del conde de Hiellesen a dos millas de Koenigsberg en donde pudo entregarse con descanso al estudio. Pasados nueve años volvió a Koenigsberg en donde publicó un opúsculo titulado Historia natural del Cielo ó mecánica celeste que llamó mucho la atención del mundo sabio.

Sin embargo, cada día sentía más la necesidad de procurarse una existencia menos precaria, adquiriendo posición social. Solicitó una plaza de profesor en una escuela latina de Koenigsberg; pero a pesar de su instrucción y renombre prefirieron a un hombre obscuro; Kant lo sintió mucho pero no por eso perdió el valor.

Se examinó de maestro en artes, cuyo grado le fue conferido con universal aplauso, tan lucidos fueron sus ejercicios; y en 1766 obtuvo la plaza de sub-bibliotecario del castillo de Koenigsberg que no conservó mucho tiempo, habiéndose disgustado de ver que solo concurrían a la biblioteca los ociosos.

Como era Kant de temperamento débil, y de salud poco robusta, se dedicó a remediar estas faltas con una vida activa y ordenada, componiendo para su uso un tratado de higiene que dio origen más adelante a su famosa obra la Anthropologia.

Tenía una memoria prodigiosa y un talento particular para encontrar relación entre las cosas más separadas, al parecer, por la naturaleza. La rectitud de su juicio era extremada como lo prueba su obra Las tres Criticas. A todas estas cualidades reunía una hombría de bien a toda prueba y una pureza de costumbres sin igual. Sin embargo, su rigorismo no degeneraba en austeridad, pues miraba las conveniencias sociales, la buena educación y una conversación agradable como partes integrantes de la moral.

Reunía también Kant a tales prendas un gusto exquisito que debió al cultivo de las bellas letras. Prefería entre todos los poetas alemanes a Klopstock y sobre todo a Wieland. Gustaba mucho de Pope y entre los prosistas eran sus favoritos Hume, Gibbon, Robertson, Montesquieu y JJ. Rousseau.

Era su vida en extremo arreglada. Levantábase a las cinco menos cuarto para estar a las cinco en su gabinete, donde preparaba su trabajo, tomaba una taza de té y fumaba. Después de haber trabajado hasta la siete bajaba a dar sus lecciones hasta las nueve, hora en que se entregaba a sus profundos estudios , y a despachar su correo, que procuraba siempre disminuir, porque le gustaba más recibir cartas que escribirlas. A las doce y tres cuartos se vestía para recibir visitas que tenía diariamente. Su mesa era frugal, no comiendo más que una vez al día sin beber nunca vino puro. Los miércoles tenía gran reunión, a la que concurrían las personas más distinguidas de ambos sexos a gustar los encantos de su talento y de su conversación.

Cualquiera calculará que siendo tan exacto en todo no faltaría nunca a las cátedras y cursos de que estaba encargado. Sin libros y solo con notas muy sencillas hablaba siempre de un modo claro y conciso y a veces con mucha poesía. La lógica, la metafísica, la moral, la geografía y la física formaban la base de sus lecciones. Todos sus esfuerzos se dirigían a propagar los principios morales que inculcaba con las dotes oratorias mas perfectas. Profesaba a sus discípulos un afecto paternal y no podía concebir estudios ni ciencias sin libertad. Sus lecciones eran seguidas por todas las personas de más alta inteligencia y de su escuela han salido Abicht, Bergh, Fichte, Fries, Herder, Jacob, Jacobi, Kiesametter, Maimon, Schelling, Schund, Schulze y Hegel. Todo lo que era Kant como hombre lo fue como ciudadano.

En 1794 dejó de tener cátedras particulares, pero continuó las públicas hasta 1797 en que dejó totalmente la enseñanza para dedicarse a ordenar los preciosos materiales que había recogido en tantos años.

Desde 1799 principió su salud a desmejorarse visiblemente, y en 1800 dio una caída que aumentó sus males. Desde entonces no pudo salir mas a pie y se quejaba de que le parecía largo el tiempo. El 8 de octubre de 1803 tuvo una gran indigestión; se desmayó al levantarse de la mesa y permaneció muchas horas privado de sentido. Perdió por consecuencia de este accidente el sueño y el apetito: adelgazaba diariamente y se debilitó su vista de tal modo que no podía escribir su nombre. El 7 de febrero perdió el habla, que volvió a recobrar el 10, pero por poco tiempo. En la noche del 11 al 12 tomó una cucharada de cierta bebida y dijo: «Está bien.» Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Algunas horas después se colocó en su lecho en la actitud de un hombre que se prepara a un acto solemne. A poco cubrió su rostro la palidez de la muerte y al medio día ya Kant había dejado de existir.

C. de T.

 


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