Antonio de
Guevara


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Antonio de Guevara (1480-1545)

Antonio de Guevara Fray Antonio de Guevara es un clásico de la filosofía escrita en lengua española. En junio de 1999 quedó dispuesta la Edición digital de las obras de Antonio de Guevara, el autor español que más influencia alcanzó durante el siglo XVI, el entonces más traducido y reeditado. De esta manera todo el mundo puede ahora disponer de forma libre y sencilla de las obras de este cántabro universal. Ofrecemos también una Bibliografía y una selección de referencias y estudios sobre Antonio de Guevara.


Transcurren las últimas décadas del siglo XV. La unidad política de España está a punto de asumir una nueva expresión a través del matrimonio de la princesa Isabel de Castilla y del príncipe Fernando de Aragón. El matrimonio no ha sido resultado del azar, o de un «capricho romántico». A Aragón, que después del auge económico del siglo XIII y principios del XIV atraviesa un periodo de decadencia demográfica (la peste de 1333, 1347, 1351) y económica (la competencia de Génova), le interesa la unión con Castilla, como único modo de librarse del cerco de Francia. En Castilla hay también un poderoso partido aragonés, encabezado por el Arzobispo de Toledo, y apoyado por las grandes familias judías castellanas. Castilla, después de los Trastámara, ha desarrollado una notable riqueza económica (lo que implicaba obviamente la transformación de muchos labradores propietarios en jornaleros o yunteros); desarrolla importantes empresas artesanas y comerciales, fortalece su marina y ésta ejerce su hegemonía en la «ruta de Flandes» frente a los mercaderes de la Hansa. El reino de Castilla representa el 73% de la población peninsular, mientras que la población del reino de Aragón ronda el 12%. El contrato matrimonial de 5 de enero de 1469 estipula que Fernando ha de residir en Castilla: parece que, de momento, «monta» más Isabel que Fernando. Cuando Isabel es proclamada Reina de Castilla y Fernando Rey de Aragón, y sobre todo, cuando ambos alcanzan el trono, la unidad de España está ya a punto de ser alcanzada.

Son los años 1480, en los que nace, en un pueblo de las montañas cantábricas, Antonio de Guevara. Cuando los Reyes Católicos toman Granada, y sobre todo, cuando prosiguiendo el proceso de reconquista ante el Islam, y buscando «coger a los moros por la espalda» deciden apoyar la ruta del Poniente, que Colón les viene proponiendo, y tiene lugar el gran descubrimiento, Antonio de Guevara ha cumplido doce años y gracias a los buenos oficios de un tío suyo puede educarse en la Corte: «A do me crié, crescí y viví algunos tiempos más acompañado de vicios que no de cuidados.» Diversas vicisitudes le llevan a tomar el hábito franciscano, pero no pierde el contacto con la corte. Durante su adolescencia y su juventud va conociendo, por tanto, los grandes acontecimientos que tienen lugar tanto en el interior de España (la muerte de Isabel, la del Príncipe don Juan, la de Felipe el Hermoso, la del rey Fernando) como los grandes episodios de la conquista (Hernán Cortés, Pizarro).

Carlos I ha llegado a España: es el sucesor de los Reyes Católicos, el Rey de España. Recién llegado, y estando en Barcelona, recibe la noticia de su nombramiento como Emperador del Sacro Romano Imperio. En las Cortes de Santiago, el 31 de marzo de 1520, Don Pedro de la Mota, a la sazón Obispo de Badajoz, pronuncia un famoso discurso en el que traza la idea del Imperio que Carlos V va a representar. Discuten los historiadores sobre la naturaleza de esta idea: ¿es un Imperio europeo, que no interesa a Castilla (muy pronto estallará la rebelión de los Comuneros) o es un Imperio hispánico, centrado sobre el Nuevo Mundo, como ya se lo había dicho Hernán Cortés y reconoce de la Mota al subrayar en su discurso que el Imperio del Rey de España, no sólo «comprendía la grandeza de España», la «mayor parte de Alemania» y la «mejor parte» de Italia, sino también, «otro Nuevo Mundo de oro, fecho para él, que antes de nuestros días nunca fue nascido»?

Antonio de Guevara ha cumplido cuarenta años. Su fama de orador, escritor y humanista es ya muy grande en la Corte. En 1521 Carlos I le nombra predicador de su casa. Pero no sólo predica. «En estos tiempos pasados vi la corte del emperador Maximiliano, la del Papa, la del rey de Francia, la del rey de romanos, la del rey de Inglaterra, y vi las Señorías de Venecia, de Génova y de Florencia, y vi los Estados y casas de los príncipes y potentados de Italia; en todas las cuales cortes vi grandes cosas que notar y otras dignas de contar.» Escribe, pero «por manera que le han de creer como a hombre que vio lo que escribe, y experimentó lo que dice». Ejerce de cronista, participa en el Consejo, y sobre todo, con gran probabilidad, le escribe al Emperador los discuros decisivos que Carlos V ha de pronunciar, primero ante las Cortes de Monzón como respuesta al desafío de Francisco I (junio de 1528) y después, en Roma, ante el Papa Paulo III en 1536, con motivo de su coronación como emperador.

Guevara organiza y reexpone las ideas centrales del Imperio hispánico. No ha de ser un Imperio depredador, sino un Imperio que busca el bien de los súbditos y, entre ellos, el bien de los indios. A fin de cuentas, Guevara sabe que el Imperio y la Corte se debe a sus pueblos; sabe que sus protestas tienen mucho de justas; ha adoptado incluso, para escribir ciertas cartas, la perspectiva de quien participa en los asuntos de los Comuneros de Castilla, rebelados contra el Emperador; ha escrito un célebre diálogo entre el «villano del Danubio» y el Emperador Marco Aurelio, que Carlos I se ha hecho leer y en donde fácilmente podría cualquiera percibir una analogía entre Marco Aurelio y Carlos V, y entre los villanos del Danubio y los indios del Nuevo Mundo.

Lo cierto es que en 1529 obtiene el permiso de la reina para marchar a Guadix, de cuya silla había sido nombrado Obispo. Mantuvo sin embargo constante contacto con el Emperador: acompañó a Carlos V en la empresa de Túnez en los años 1535 y 1536, actuó como predicador en el funeral de la Emperatriz en Toledo en 1538. En 1537 había sido proclamado Obispo de Mondoñedo, y allí, relativamente alejado de la Corte (en la que pasaba regulares estancias, vigilando la edición de sus libros) pudo incorporar muchas de las preocupaciones que en Europa se suscitaban, a raíz de la reforma protestante, en torno a cuestiones espirituales y místicas.

Es allí cuando escribe su Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea, que publica en 1539. No es propiamante este libro una requisitoria contra todo lo que contiene la vida de la Corte (se trata más de hacer de la Corte aldea, que de la Aldea corte), como tampoco sus libros espirituales expresan una suerte de escepticismo contra la vida mundana, o desengaños literarios o retóricos de quien vuelve los ojos a la aldea o al cielo. Más bien cabría decir que Antonio de Guevara es un filósofo del Imperio católico, un hombre cuyo espíritu es tan grande como el Mundo, y, por ello, su entusiasmo y su asombro es tan desbordante que se hace capaz de admirar tanto al emperador como a los comuneros, tanto a la corte como a la aldea, tanto a los sabios como a los ignorantes, tanto al Cielo como a la Tierra. «Porque si en alguna cosa, por ínfima que fuese, hallásemos contentamiento, en ella y no en otra pondríamos nuestro paraíso. De vivir como vivimos todos tan descontentos querríamos probar a qué sabe el ser rey, a qué sabe ser caballero, a qué sabe ser escudero, a qué sabe ser casado, a qué sabe ser religioso, a qué sabe ser mercader, a qué sabe ser labrador y aun pastor; y al fin, después de todo probado, no fácilmente se sabrían determinar cuál de aquellos estados habían de elegir. El que es loco con cualquiera cosa se contenta, mas el que es cuerdo no fácilmente se arroja ni determina; porque, si en el estado pequeño es la pobreza muy enojosa, también en el estado alto es la fortuna muy sospechosa.»

Este es Antonio de Guevara, una viva representación de los hombres más ilustres que surgieron en la edad de oro del Imperio español. Un hombre que llega a distanciarse hasta tal punto de su propia subjetividad, que sus pensamientos más profundos los atribuye a veces a otros filósofos que en ocasiones son incluso inventados por él mismo. Su obra sólo es concebible en el contexto de un Imperio universal como lo era el Imperio español.

El montañés Antonio de Guevara necesitaba la plataforma del Imperio para expresar su filosofía, que fue escrita en un español magnífico. Estas ideas solamente podían entonces conformarse desde España, y por ello, los otros reinos europeos, que tomaban como modelo al Imperio español, tuvieron necesariamente que traducir las obras de Guevara a sus respectivos idiomas: se ha calculado que las obras de Guevara se publicaron durante los siglos XVI y XVII más de 600 veces por todo Europa.

 

 

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