Estética y Filosofía del arte

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Fetichismo en el arte

Con frecuencia se interpreta la sacralización del arte como un resultado de la reducción de las categorías artísticas a las religiosas. Sin embargo, hay que tener presente que la desacralización del arte procede de las propias categorías religiosas tal como tuvo lugar en las religiones terciarias –Moisés fundiendo el becerro de oro (que sin duda era una obra de arte); Arnobio o San Agustín considerando las obras de arte como frivolidades; León III de Bizancio, que inicia el iconoclasmo, en nombre de la verdadera religión–. Desde la perspectiva de las religiones terciarias se advierte una tendencia a desacralizar el arte, considerándolo un estadio inferior del espíritu que distrae y eclipsa la presencia verdadera de la divinidad o del numen (por ejemplo, lo divino puede aparecer en la naturaleza, en los bosques; no hay por qué encerrar a Dios en un templo, por artístico que éste fuera). En esta tradición iconoclasta habría que poner a Hegel, al menos en tanto considera al arte, como la forma inferior del Espíritu Absoluto, tendiendo a desplazar a las artes como asuntos del pretérito («La Estética de Hegel, decía Croce, equivale a los funerales del arte: lo entierra en un ataúd y le pone un epitafio filosófico»). Sin embargo, desde el punto de vista de la filosofía materialista de la religión hay que decir que los recelos contra el arte, derivados de las religiones terciarias (Dios invisible, infinito, irrepresentable…) pierden su fundamento en las religiones primarias en las cuales los númenes vivientes son corpóreos y, por tanto, pueden ser representados: los bisontes de Altamira son antes representaciones religiosas que «obras de arte»; la desacralización de estas figuras tiene que ver precisamente con la extinción de las religiones primarias y secundarias. Desde este punto de vista podría considerarse a las artes plásticas como los cadáveres de la religión primaria y secundaria. No tiene sentido propiamente «sacralizar» el arte en general, por vía religiosa. [351-372]

Sin embargo, sacrum no sólo dice numen, sino también mucho de lo que, desde De Broses, se llaman fetiches. Lo que es sacrum no tiene por qué circunscribirse a lo que es religioso. Descartado el criterio de Gayo («son sagradas las cosas consagradas a las divinidades superiores y son religiosas las que quedan para los manes»), puesto que también se habla de Via Sacra o de Sacer Oceanus, y si mantenemos lo que es religioso, en el ámbito del eje angular, habrá que concluir que los sacrum se extiende también por los ejes circular y radial. En 1760, el Presidente De Broses publicó su obra fundacional sobre «El culto a los dioses fetiches o paralelo a la antigua religión de Egipto con la religión actual de Nigricia». Pero lo más característico y nuevo de los «fetiches» (de fictum, a través del portugués feitiço) era la posibilidad de que su condición «sagrada» fuera de naturaleza impersonal, es decir, de no ser ni animales ni hombres; por tanto, en términos de los ejes del espacio antropológico, de no inscribirse en el eje angular, ni en el circular, sino en el eje radial. En resumen, cabría apuntar la posibilidad de asignar al borroso concepto de lo sacrum tres formas de polarización en el espacio antropológico: lo sacrum en el eje angular, se polarizaría como lo numinoso; en el eje circular, como lo santo; y en el eje radial lo sacrum se polarizaría como fetiche. La fetichización equilvadría entonces a la «cosificación» del sacrum (a veces, de lo numinoso o de lo santo); lo que aproxima notablemente este concepto de fetiche a la noción que de él dieron Marx («el fetichismo de la mercancía) o Freud (el fetichismo como proyección de la libido en una parte cosificada del cuerpo, como el vestido, un manojo de cabellos, o un retrato).

Según lo anterior, lo que llamamos «sacralización del arte» podría interpretrase, ante todo, como el proceso de fetichización de la obra de arte. El fetiche es, como hemos dicho, un sacrum identificado con un cuerpo individual que, por ello mismo, resulta ser idiográfico, en cuanto posee en sí mismo una virtud o prestigio que no puede ser disociada de su corporeidad individual. Y esta circunstancia es la que permite hablar de un fetichismo en el arte, particularmente en aquellos casos en los cuales la obra de arte (pongamos el Guernica de Picasso) se aprecia precisamente por su misma corporeidad individual, por su «identidad sustancial». Ahora bien, es técnicamente posible en nuestros días hacer una reproducción «clónica» del Guernica, que se encuentra en el Museo Reina Sofía de Madrid, indiscernible si se aplican los criterios ordinarios de la estética (salvo que, convertidos en físicos, los críticos de arte utilicen instrumental adecuado). Sin embargo, la reproducción clónica del Guernica no sería aceptada por el Museo Guggenheim de Bilbao; luego estamos aquí hablando, no de valores estéticos, sino sacros, y no de religión, sino de fetiche: el Guernica de Picasso como fetiche. (Advertimos que, según este criterio, el fetichismo en música está descartado, porque la «primera interpretación» de la Novena Sinfonía no puede ser recuperada jamás.) [373-384] {E}

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