Doctrina de las categorías

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Génesis procesal de las categorías aristotélicas
 

La «hipótesis» acerca del origen procesal de las categorías aristotélicas puede servir, al menos, de «prueba de posibilidad» de un origen no lingüístico de la doctrina aristotélica de las categorías. Origen no lingüístico que no excluye el reconocimiento de una necesaria cooperación lingüística. No se trata de insistir nuevamente en la etimología de la palabra kathegorein («acusar»), y en la constatación de que «categoría» (acusación) puede ponerse en correlación con «apología» (defensa).

La hipótesis procesal a la que nos referimos va más allá. Las categorías, según esta hipótesis, derivarían de la predicación que tiene lugar en el juicio, pero no en el juicio como acto del entendimiento, «el juicio mental» (intelectual), sino en el juicio procesal, en el juicio como proceso que el juez, o el tribunal, instruye al acusado. En consecuencia, aquello que los predicados se propondrían definir serían las características capaces de identificar al sujeto –al súbdito–, al «justiciable», entre otros sujetos. Al «categorizar» no estaríamos, por tanto, meramente, aplicando predicados a un sujeto, sino que supuesto dado ya este sujeto, trataríamos de insertarlo, a fin de «identificarlo», en un sistema de ejes mutuamente independientes. Y no porque tales «ejes» pudieran existir independientemente los unos de los otros, sino porque los valores que se determinen en cada eje fueran esencialmente independientes de los valores que pudieran darse en otros ejes. [63] (Esta posibilidad sería debida a que un valor dado en un eje podría combinarse, de un modo sinecoide, o entrar en composición –symploké– no ya con valores fijos de otros ejes, sino con valores sustituibles, variables.) Supongamos que el tribunal interroga a un sujeto desconocido («sin identificar») acusado de robo o de homicidio. Las preguntas tendrán que ser de este tenor:

(1) ¿Quién eres y cómo te llamas? –como individuo de una clase o grupo–: sustancia.

(2) ¿Cuántos años tienes, cuánto pesas, cuánto mides?: cantidad.

(3) ¿Cuál es la disposición de tu carácter –envidia, odio, violencia– en función de lo que se te acusa?: cualidad.

(4) ¿A qué distancia estabas de la víctima, qué parentesco o vecindad tenías con ella?: relación.

(5) ¿Dónde estabas en el momento del delito?: lugar (ubi).

(6) ¿En qué momento del día o del año?: cuando.

(7) ¿En qué situación te encontrabas (de pie, echado, &c.)?: situs.

(8) ¿Actuaste por tu mano?: acción.

(9) ¿Qué te hizo a ti la víctima [se estaría considerando a la acción como si fuese una reacción]?: pasión.

(10) ¿Cómo ibas vestido?: hábito. (Algunos comentaristas intentan dotar a esta categoría de un aspecto «más profundo y metafísico», traduciendo por «estado»; pero la mayoría de los comentaristas escolásticos se inclinó por la traducción literal. Por ejemplo, Suárez, Disputaciones metafísicas, Disp. 39, sección ii, 2.) Precisamente es esta categoría de hábito la que podría, por sí sola, ponernos sobre la pista de la génesis procesal de la tabla aristotélica. ¿Cómo podría entenderse, si ponemos entre paréntesis al sujeto humano –refiriendo las categorías predicativas al sujeto como «ente cualquiera»– que junto a las categorías «ontológicas», cósmicas, como cantidad o cualidad, aparezca una categoría tan «a ras de tierra», como la que responde a esta pregunta por el indumento?

Insistimos en que las respuestas (valores) que puedan ser dadas a propósito de cada pregunta son independientes a priori de las respuestas o valores que puedan ser dados en las otras: el lugar puede ser el mismo para dos sujetos, siendo distintos los tiempos; el hábito puede ser distinto según los tiempos o situaciones. Es decir, la independencia esencial (no existencial, porque el lugar se da siempre junto con un tiempo, &c.) se nos hace presente en este sistema de «ejes categoriales». Al mismo tiempo, la composición o concurrencia existencial de esos valores es la que determina la identidad del sujeto y lo constituye como tal. (Esta independencia esencial, junto con la concurrencia existencial, constituye una expresión precisa de una symploké, en el sentido platónico.)

Según esto, las categorías aristotélicas, funcionalmente consideradas, perderían su sentido si se tomasen hipostasiadas como «modos o figuras del Ser». Sólo tendrían sentido por respecto al sujeto, en conexión con otros sujetos (y luego, con las cosas en general), es decir, con los fenómenos. Por un lado, canalizan el progressus hacia lugares en los cuales el sujeto pueda quedar clasificado («enjaulado») como en una retícula taxonómica que pudiera serle sobreañadida, a efectos, no meramente especulativos, sino de nuestro control práctico de su realidad; por otro lado, hacen posible el regressus desde estos lugares de la retícula –que ahora comenzarán a ser componentes combinatorios– hacia el propio sujeto, que quedará constituido, en el contexto de otros sujetos y objetos, por la composición de los hilos categorizados, como un nudo en la trama y la urdidumbre. Aludimos así a la función arquitectónica (sistática o sistemática) de las categorías. En ella residirán sus pretensiones ontológicas (no meramente taxonómicas), que Aristóteles habría formulado en su «cuarto antepredicamento», en el que establece la transitividad de los predicados genéricos, a través de los específicos, al sujeto. En la circulación, según este regressus y progressus, constitutiva de los predicados, podría cifrarse las leyes formales que delimitan el núcleo mismo de la Idea funcional de categoría (en sentido aristotélico). En general, cabe decir que una Idea de Categoría no hipostasiada (no metafísica) exige que pongamos las categorías siempre en función de los fenómenos (organizados como términos, sujetos u objetos) a los cuales las categorías se aplican. {TCC 443-449 / → TCC 456-474}

 
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Pelayo García Sierra · Biblioteca Filosofía en español · http://filosofia.org/filomat

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