Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 193-194

Virtud

Dícese que Marco Bruto, momentos antes de matarse, pronunció estas palabras: «Virtud, yo creía en ti, pero he visto que no eras más que un vano fantasma.» Bruto tenía razón si hacía estribar la virtud en ser jefe de partido y asesino de su bienhechor, de su padre Julio César; pero si hubiera hecho consistir la virtud en hacer beneficios a los que dependían de él, no la hubiera llamado fantasma ni se hubiera matado por desesperación.

«Yo soy muy virtuoso, dice una sabandija teológica, porque observo las cuatro virtudes cardinales y las tres teologales.» Un hombre honrado le pregunta: «¿Qué son virtudes cardinales?» La sabandija le contesta: «La fuerza, la prudencia, la templanza y la justicia».

El hombre honrado.– Si eres justo ya lo reúnes todo; la fuerza, la prudencia y la templanza sólo son cualidades útiles. Si las tienes, tanto mejor para ti; pero si eres justo, tanto mejor para los demás. No es suficiente ser justos, es menester ser además bienhechores. ¿Cuáles son las virtudes teologales?

La sabandija.– La fe, la esperanza y la caridad.

El hombre honrado.– ¿Creer acaso es una virtud? O lo que crees te parece verdadero, y en este caso no hay ningún mérito en creer; o te parece falso, y en este caso, es imposible que lo creas. La esperanza no es tampoco virtud, como no lo es el temor; creemos o esperamos cuando nos prometen o cuando nos amenazan. ¿Entiendes por caridad lo que los griegos y los romanos entendían por humanidad y por amor al prójimo? Esta clase de amor no es nada sino obra: la beneficencia es, pues, la única virtud verdadera.

La sabandija.– Sería yo verdaderamente un tonto si me desviviera por servir a los hombres sin esperar recompensa. Todo trabajo requiere su salario. No practicaría actos de honradez, a no estar seguro de que he de alcanzar el paraíso.

El hombre honrado.– Entonces sois un granuja, porque si no esperarais ir al paraíso y no temierais ir al infierno, no haríais ninguna obra buena. Seguid mis consejos y creedme; sólo hay dos cosas que merecen que las amemos con desinterés y por sí mismas: Dios y la virtud.

La sabandija.– ¿Qué oigo? ¿Es que sois fenelonista?

El hombre honrado.– Lo soy. [194]

La sabandija.– Pues voy a denunciaros al juez de la curia eclesiástica de Meaux.

El hombre honrado.– Denúnciame.


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