Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 86-88

Religión
III. Cuestiones para la religión

El hombre empezó por conocer un sólo dios, y luego la debilidad humana inventó la existencia de pluralidad de dioses; y he aquí cómo justifico mi creencia:

Es indudable que existieron pequeñas poblaciones antes de edificar grandes ciudades, y que los seres humanos se subdividieron en pequeñas repúblicas antes que se reunieran para formar grandes imperios. Es, pues, natural que una aldea, asustada por los truenos y por los rayos, afligida por la pérdida de las cosechas, maltratada por la aldea inmediata; al conocer su debilidad, creyera que existía en todas partes un poder invisible, y se figurara que existía un ser superior a nosotros, del que provenía el bien y el mal. Me parece imposible que dijera: Existen dos poderes; porque lo mismo podía haber dicho que existían muchos. En todos los géneros se empieza por lo sencillo, después se llega a lo compuesto, y con frecuencia retrocedemos a lo sencillo cuando tenemos mayores conocimientos. Esa es la marcha del espíritu humano.

¿A qué ser podían invocar? ¿Al sol o la luna? No me parece verosímil. Veamos lo que les sucede a los niños, que son muy parecidos a los hombres ignorantes. No les llama la atención ni la hermosura, ni la utilidad del sol, ni lo que nos favorece la luna por las noches, ni las variaciones periódicas de su curso; se acostumbran a todo eso sin fijarse en ello. No adoramos, no invocamos, no deseamos apaciguar más que a lo que tememos, y todos los niños ven el cielo con indiferencia, pero cuando ruge el trueno, tiemblan y se esconden. Indudablemente los primitivos hombres obraron lo mismo que los niños. Sólo pudo haber entonces una especie de filósofos que, fijándose en el curso de los astros, consiguieran que los hombres los admiraran y los adorasen; pero los simples cultivadores, que eran completamente ignorantes, no sabían lo suficiente para adoptar un error tan noble.

La aldea, pues, al principio se concretaría a decir; Existe un poder que truena, que graniza, que mata a nuestros hijos; apacigüémoslo; ¿pero cómo hemos de apaciguarlo? Hemos observado que calmamos la cólera de los que están irritados, haciéndoles algunos presentes; pues hagamos presentes a ese poder. Necesitamos también designarlo con un nombre; y el primero que les debió ocurrir fue el de jefe, de señor: este poder se llamó, pues, mi señor. Probablemente esta es la razón de que los egipcios llamaran a su dios Knef; los sirios, Adoni: los pueblos [87] inmediatos, Baal, o Bel, o Melch, o Moloc; los escitas Papée; todas esas palabras significan señor, dueño.

De este modo, cuando se descubrió la América se encontraron allí infinidad de poblaciones pequeñas que todas ellas tenían su dios protector. Hasta los mejicanos y los peruvianos, que eran grandes naciones, sólo tenían un dios único: una adoraba a Manco Capack y la otra al dios de la guerra. Los mejicanos llamaban a su dios guerrero Vitziliputzli, como los hebreos llamaron a su señor Sabaoth.

No fue por la razón superior y cultivada por lo que los pueblos empezaron a reconocer una sola divinidad; si hubieran sido filósofos hubieran adorado al Dios de toda la naturaleza y no al dios de una aldea; hubieran estudiado las relaciones infinitas que median entre todos los seres, que prueban que existe un ser creador y conservador; pero no estudiaron, sólo sintieron. Cada pueblecillo conoció que era débil y que necesitaba tener la protección de un ser fuerte; y creyó que ese ser tutelar y terrible residía en un busque cercano, o en una montaña, o en una nube; creyó que existía un solo ser superior, porque cuando iba a la guerra no tenía más que un jefe y creyó que era corporal, porque le era imposible representárselo de otro modo. No podía dudar de que el pueblo vecino también tuviera su dios; y por eso Jepté dijo a los habitantes de Moab: «Poseéis legítimamente lo que vuestro dios Chamos os hizo conquistar; y debéis dejarnos gozar lo que nuestro dios nos consiguió con sus victorias» {(1) Libro de los Jueces, cap. XI, ver. 24.}

Son muy notables estas palabras que pronunció un extranjero delante de otros extranjeros. Los judíos y los moabitas habían expulsado a los habitantes del país; aquéllos y éstos sólo contaban con el derecho de la fuerza, y el jefe de los unos dijo al jefe de los otros: Tu dios ha protegido tu usurpación; consiente, pues, que mi dios proteja la mía. Jeremías y Amos preguntan: «¿qué razón tuvo el dios Melchom para apoderarse del país de Gad?» Estos pasajes demuestran que la antigüedad creyó que cada país tenía su dios protector. Todavía encontramos huellas de esta categoría en las obras de Homero.

También es natural que habiéndose despertado la imaginación de los hombres, y habiendo adquirido conocimientos confusos, multiplicaran sus dioses y tuvieran por protectores los elementos, el mar, los bosques, las fuentes y los campos. Cuanto más se dedicaron al estudio de los astros, más se llenaron de admiración, ¿y cómo no habían de adorar al sol, cuando adoraban la divinidad de un arroyuelo? En cuanto dieron el pri>mer paso por este camino, el mundo se encontró lleno de dioses: y [88] desde la adoración de los astros descendieron los hombres hasta la adoración de los gatos y de las cebollas.

Con el transcurso del tiempo la razón se fue perfeccionando; y fueron apareciendo filósofos que comprendieron que ni las cebollas ni los gatos, ni los astros celestes, pudieron establecer el orden admirable de la naturaleza. Todos los filósofos, babilónicos, persas, egipcios, escitas, griegos y romanos, admitieron la existencia de un Dios supremo, remunerador y vengador.

Al principio no se atrevían a decirlo a los pueblos, porque el filósofo que se hubiera atrevido a despreciar las cebollas y los gatos ante las viejas y los sacerdotes, hubiera sido apedreado; y al que hubiera afeado a los egipcios que se comieran sus dioses, se lo hubieran comido.

¿Qué hicieron, pues? Orfeo y sus secuaces instituyeron los misterios en los que los iniciados juraban, pronunciando juramentos execrables, no revelarlos: y el principal de esos misterios consistía en la adoración de un dios único. Esa gran verdad se fue infiltrando en la mitad del mundo; y el número de los iniciados llegó a ser inmenso: verdad es que la antigua religión seguía subsistiendo; pero como era contraría al dogma de la unidad de Dios, la dejaron subsistir. Los romanos reconocían el Deus optimus maximus, y los griegos llamaban Zeus a su dios supremo. Sus demás divinidades no eran más que seres intermedios; colocaban a los héroes y a los emperadores en la categoría de dioses, que era una categoría equivalente a la nuestra de bienaventurados; y no consideraban a Claudio, a Octavio a Tiberio ni a Calígula como creadores del cielo y de la tierra. En una palabra, está probado que desde la época de Augusto, todos los que profesaban una religión reconocían un Dios superior y eterno y varios órdenes de dioses secundarios, cuyo culto se llamó después idolatría.

Las leyes de los judíos nunca favorecieron la idolatría, porque admitían la existencia de los ángeles, de seres celestes de orden inferior; sus leyes no designaban culto a esas divinidades secundarias. Verdad es que los judíos adoraban a los ángeles, esto es, se arrodillaban ante ellos cuando los veían; como eso sucedía pocas veces, no tenían ceremonias ni culto legal establecido para ellos. Los querubines del arca no recibían homenajes. Créese que los judíos, desde la época de Alejandro, adoraron públicamente un solo dios, como la multitud innumerable de los iniciados lo adoraban secretamente en sus misterios.


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