Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 88-90

Religión
IV

En la época en que el culto de un Dios supremo quedó reconocido por todos los sabios en Asia, en Europa y en África, fue [89] cuando nació la religión cristiana. El platonismo ayudó en gran manera a la inteligencia de sus dogmas. El Logos, que en Platón significa la sabiduría, la razón del Ser Supremo, se convirtió en nosotros en el Verbo y en la segunda persona de Dios. La metafísica profunda y superior a la inteligencia humana fue el santuario inaccesible en el que se envolvió la religión.

Por no repetirnos no volveremos a explicar el modo cómo María fue declarada Madre de Dios con el transcurso del tiempo, ni cómo se estableció la consubstancialidad del Padre y del Verbo, ni la protección del Pneuma, órgano divino del divino Logos, dos naturalezas y dos voluntades resultantes de la hipóstasis, ni la manducación superior, que nutre al alma y al cuerpo con la sangre del Hombre-Dios, adorado y comido bajo la forma del pan, porque ya nos ocupamos de todos esos misterios sublimes.

Desde el segundo siglo empezaron a expulsar a los demonios en nombre de Jesús, porque antes los expulsaban en nombre de Jehová. San Mateo refiere que habiendo dicho los enemigos de Jesús que expulsaba a los demonios en nombre del príncipe de los diablos, él le contestó: «¿Si expulso a los demonios en nombre de Belcebú, en nombre de quien los expulsan vuestros hijos?»

No se sabe en qué época los judíos reconocieron a Belcebú por príncipe de los demonios, siendo como era un dios extranjero; pero nos refiere Josefo que habían en Jerusalén exorcistas nombrados para expulsar los demonios del cuerpo de los poseídos, esto es, de los hombres que sufrían enfermedades singulares, que entonces se creían que las proporcionaban los genios maléficos.

Expulsaban, pues, los demonios pronunciando continuamente la palabra Jehová, cuya pronunciación hoy se ha perdido, lo mismo que se han olvidado otras ceremonias. El exorcismo que se practicaba pronunciando dicho nombre con otros nombres de Dios, todavía estaba en uso en los primeros siglos de la Iglesia. Orígenes, disputando contra Celso, le dice: «Si al invocar a Dios le llamamos Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, conseguiremos muchas cosas pronunciando esos nombres, cuya naturaleza y cuya fuerza son tales, que los demonios se someten a los que las pronuncian; pero si se le aplica otra denominación, como por ejemplo, dios del mar alborotado, dios suplantador, estos nombres no tendrán ninguna virtud: El nombre de Israel, traducido al griego, no tiene ningún poder; pero pronunciado en hebreo, con las otras palabras necesarias, se verificará el conjuro.»

El mismo Orígenes dice estas palabras notables: «Existen nombres que poseen naturalmente virtud, como son los que [90] usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y quimérico, como sostienen los estoicos y los epicúreos, ni los nombres de Sabaoth y Adonai se establecieron para seres creados; porque pertenecen a una teología misteriosa que hace referencia al Creador; y de esto proviene la virtud de estos nombres cuando se usan y se pronuncian siguiendo las reglas.»

Hablando Orígenes de este modo no manifiesta su opinión particular, no hace más que referir la opinión universal. Las religiones conocidas entonces admitían la magia, distinguiendo la magia celeste de la magia infernal, conociendo además la necromancia y la teurgia; todo era en ellas prodigio, adivinación, oráculo. Los persas no negaban los milagros de los egipcios, ni los egipcios los de los persas. Permitió Dios que los primitivos cristianos creyeran en los oráculos atribuidos a las sibilas, y les dejó vivir en algunos errores de poca importancia, que no corrompían el fondo de la religión.

Es cosa muy chocante que los cristianos de los dos primeros siglos tuvieran horror a los templos, a los altares y a los simulacros, y así lo refiere Orígenes; pero todo cambió en cuanto quedó establecida la disciplina de la Iglesia y adquirió ésta una forma constante.


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