Voltaire, Diccionario filosófico [1764]
Sempere, Valencia 1901
tomo 6
páginas 72-73

Purgatorio
I

Es cosa singular que las iglesias protestantes digan, unánimemente de acuerdo, que los frailes inventaron el purgatorio. No cabe duda de que inventaron el ardid de sacar dinero a los vivos haciéndoles rezar por los muertos; pero el purgatorio es anterior a los frailes.

Quizás indujo a los doctos a incurrir en este error que el Papa Juan XVII instituyó, según se cree, la fiesta de los muertos hacia la mitad del siglo X. De esta institución deduzco que antes ya se rezaba por ellos, porque si desde entonces rezaron por todos, debemos creer que antes ya se rezaba por algunos; lo mismo que se inventó la fiesta de Todos los Santos, porque en tiempos anteriores festejaban a muchísimos bienaventurados. La diferencia que hay entre la fiesta de Todos los Santos y la fiesta de todos los muertos consiste en que en la primara invocamos nosotros, y en la segunda somos invocados; en la primera recomendamos a todos los bienaventurados, y en la segunda los desgraciados se recomiendan a nosotros.

Hay muchas gentes que están enteradas del modo cómo empezó a instituirse esta fiesta en Cluny, que entonces pertenecía al imperio alemán, y no necesitamos decir que San Obilón, abad de Cluny, tenía por costumbre sacar muchas almas del purgatorio diciendo misas y oraciones, y que un día un caballero o un monje, que regresaba de la Tierra Santa, fue arrojado por la tempestad en una isla pequeña, en la que encontró un ermitaño que le dijo que se veían cerca de allí grandes llamas y furiosos incendios, con los que atormentaban a los muertos, y que con frecuencia oía que los diablos se quejaban del abad Obilón y de sus frailes, porque todos los días libraban de allí alguna alma, y que era preciso rogar a Obilón que continuara tan piadosa tarea para aumentar de ese modo los días de los bienaventurados en el cielo y el dolor de los diablos en el infierno. Esto es lo que cuenta el hermano Girad, jesuita, en su obra Flor de los santos, tomándolo del hermano Ribadeneira. Fleury presenta de otro modo dicha leyenda, pero conserva lo esencial.

La referida revelación impulsó a San Obilón a instituir en Cluny la fiesta de los muertos, que en seguida adoptó la Iglesia.

Desde esa época el purgatorio proporcionó muchísimo dinero a los que tenían el poder de abrir las puertas de él. En virtud de este poder el rey de Inglaterra, Juan Sin Tierra, declarándose vasallo del Papa Inocencio III y entregándole el dominio de [73] su reino, obtuvo la emancipación del alma de uno de sus parientes que estaba excomulgado pro mortuo ex communicato pro quo suplicant consanguinei.

La cancillería romana estableció una tarifa para la absolución de los muertos, y habían en dicha ciudad muchísimos altares privilegiados; en los que cada misa que se decía en ellos, pagando seis liards, en los siglos XIV y XV, sacaba un alma del purgatorio.

En vano los herejes se esforzaban en demostrar que los apóstoles tuvieron derecho a desatar todo lo que estaba atado en la tierra, pero no debajo de la tierra, porque eran anatematizados como criminales que se atrevían a dudar del poder de las llaves, y efectivamente, debemos notar que cuando el Papa quería perdonar quinientos o seiscientos años de purgatorio lo hacía en virtud de su pleno poder: pro potestate a Deo acepta concedit.


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