Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano
Montaner y Simón Editores, Barcelona 1887
tomo 1
páginas 219-220

Accidente

Filosofía. Es un término que se explica en su sentido filosófico de una manera negativa. Acontece con él algo semejante a lo que sucede con el término absoluto (V. Absoluto). Tomada la palabra accidente en su acepción vulgar se aplica a lo que sucede por casualidad o fortuitamente, y significa lo mismo que las palabras acaso, casualidad, contingencia y hado. Filosóficamente aparece su sentido negativo, cuando se define como accidental lo que no es inherente a la sustancia o a la naturaleza de las cosas. Algo de lo que la antigua Escolástica entendía por causas secundarias opuestas a las primarias o fundamentales, es lo que implica la idea de accidente. Y después, por extensión o amplificación de sentido, el accidente se estima como término opuesto a la idea de sustancia. Pero ni el análisis más perspicuo en la especulación, ni las observaciones más delicadas de la experiencia, pueden señalar taxativamente línea divisoria entre lo esencial y lo accidental. Perderíase el pensamiento y se diluyera la abstracción del filósofo en empeños utópicos como a su vez los métodos llamados empíricos (aun el de los residuos) se moverían en el vacío, si pretendieran caracterizar el accidente y lo accidental con alguna nota positiva, susceptible de alguna concreción real. Es que, aparte el sentido negativo, el accidente y lo accidental representan para el pensamiento del sujeto, algo que de momento le sorprende, que no concibe y explica dentro del cuadro o linderos de sus ideas sin que le sea lícito más que declarar el hecho de su pensamiento; porque otra vez lo tenido por accidental puede estar dotado de virtualidad, desconocida para el sujeto en aquel momento, suficiente para engranar dentro de la dialéctica real de los sucesos, de la cual debe ser un eco la ideal, según la cual concebimos como sujetos nuestra propia realidad y con ella la que nos rodea. Así parece indicarlo la teoría, más que hipótesis, hoy justificada, de la conservación de la energía, que con todos sus resabios empíricos, manifiesta un parentesco muy próximo con el antiguo aforismo: Mens agitat molem. Cuando las ciencias naturales declaran actualmente que la casualidad y el accidente son, más que ideas positivas, palabras de sentido negativo, que sólo expresan nuestra ignorancia respecto a determinados fenómenos y leyes, afirman lo que aquí indicamos. Así dice Vacherot (Le Nouveau Spiritualisme): «La ciencia afirma constantemente que la casualidad es una palabra vacía de sentido, que el orden existe por todas partes en el cosmos; porque en todas se revela la ley». Igual significación tiene la palabra accidente en el orden cronológico, oponiéndose a lo constante y periódico o sea como negación parcial del orden y de la periodicidad. Y decimos negación parcial, porque ya se reconoce hoy unánimemente por testimonio irrecusable de la experiencia y por pruebas fehacientes de la especulación racional que «dentro del mismo desorden existe un cierto principio de orden» y además que en las desviaciones de la ley de la continuidad se encuentra un ritmo periódico, de que son ejemplo las intermitencias de algunas enfermedades y la periodicidad de determinadas perturbaciones (Natura non facit saltum). En el orden real entendemos por accidente las causas extrañas que producen fortuitamente, por casualidad, sucesos que no se presumen, dada la naturaleza hasta entonces conocida del objeto. Pero del mismo modo que si un ignorante, que sólo conoce la apariencia exterior de la pólvora, sin saber nada de su fuerza explosiva, estimaría tal cualidad como fortuita y accidental, podemos nosotros, desconociendo determinadas cualidades o precedentes de fenómenos que se nos presentan por primera vez, considerar como accidental aquello que no lo es realmente. Así es que cuando Aristóteles define el accidente negación de la permanencia y del orden, ha de entenderse que es esta negación parcial y aún que subsiste como tal para el estado del conocimiento del sujeto. Supone este sentido de la palabra accidente, en lo que toca al orden ontológico o metafísico, un principio o pensamiento director, del cual es un eco el orden cósmico, que reconocen respectivamente las ciencias naturales todas en las esferas de la realidad que estudian. No hay necesidad, como presume el Panteísmo, de identificar el mundo con Dios para comprender el orden del cosmos. La unidad cósmica, expresión plástica de aquel principio de unidad que con carácter metafísico concibe el pensamiento, y que no explicaron satisfactoriamente ni Aristóteles ni Leibniz, no consiste en la unidad de sustancia de Espinosa, ni en la materia continua que suprime el vacío, ideada por Descartes, ni mucho menos en la unidad de los antiguos Eleatas, que hace desaparecer toda variedad, todo movimiento y toda vida: es la unidad final, teleológica, que sirve de fundamento y causa primera, merced a su inmanencia en el mundo, a todo cambio y movimiento, bajo el cual aparecen los fenómenos más extraños. Nihil mirari parece ser la ley de circunspección, que por igual se impone al científico y al pensador; la sublimidad de la paciencia resulta ser el requisito más indispensable para todo aquel que quiere manifestar sentido científico y espíritu filosófico en sus indagaciones; finalmente vivir y pensar sub specie ┼ôternitatis, como decía Espinosa, es la exigencia fundamental de todo pensador serio que, trabajando hondo y recio y tomando por lema la ley de su propia inteligencia: plus ultra, anhele sin impaciencias pueriles ni desmayos censurables disipar gradualmente las penumbras con que lo accidental sombrea la luz de la verdad. En suma, el accidente y lo accidental existen in mente, pero no in rê. Admitida esta existencia inteligible de lo accidental, se señala en Lógica los sofismas del accidente o per accidens (fallacia accidentis) y el opuesto que consiste en inferir de lo relativo a lo absoluto (à dicto secundum quid ad dictum simpliciter). En el primero se concluye de lo esencial a lo accidental y en el segundo inversamente. Cuando decimos: «el médico ha curado al enfermo, luego es un buen médico» caemos en un sofismo à dicto secundum quid, porque puede el médico, sin ser bueno, haber curado al enfermo por casualidad. Incurriremos por el contrario en el sofisma per accidens, si decimos: «éste es un buen médico, luego curará al enfermo», afirmación que no se puede tomar como absoluta, porque, aun siendo bueno, el médico es susceptible de equivocación o falta de acierto. Whately (V. Logique) cita este otro ejemplo: «todo lo que se lleva al mercado se come, se lleva carne cruda, luego se come la carne cruda», sofisma que consiste en concluir aplicando a un estado particular de la carne lo que no es verdad sino de la carne en general, sin distinguir si está cruda o cocida. Aun limitada la existencia del accidente al orden inteligible, no se puede desconocer que éste se traduce en el orden práctico, puesto que en último término vivimos según pensamos. Para la práctica de la vida y en lo que toca directamente al orden moral, el accidente es concebido como la concurrencia o coincidencia de casualidades finitas (causas extrañas, cuya naturaleza se desconoce por el momento) que producen efectos o fenómenos que no podríamos prever o presumir, dado el estado de nuestro pensamiento, y que producen sus obligadas consecuencias, lo mismo en la esfera del mal (accidente desgraciado, mala suerte, mala sombra, &c.) que en la del bien (accidente favorable, fortuna, buena suerte, &c.). Prueba la experiencia que la adversidad, la escuela de la desgracia, pone a prueba el temple de las almas puras, mientras que los vientos favorables de la fortuna inclinan a la molicie. Observación es ésta recogida certeramente por Cristo en su enseñanza evangélica, cuando simbólicamente dice que su doctrina va encaminada en especial a los pobres y que es más fácil que pase un cable por el ojo de una aguja que el que penetre un rico en el reino de los cielos. Pero, aparte esta verdad de hecho, que como tal es innegable en la parte de realidad que abraza la observación, patente es por demás que si la vida moral tiene como característica primaria ser vida consciente, que se sepa de sí y del fin que persigue a la vez que de los medios que pone en acción, en nada debe afectarla el accidente, ya favorable, ya adverso. Así es que ni la pobreza es signo indeleble de honradez, cuando a veces se observa que la miseria hace pecar a las almas más puras, ni la riqueza es garantía de inmoralidad, pues no faltan casos (y ojalá fueran más frecuentes) de gentes que emplean sus riquezas en obras meritorias. Como causas concomitantes o condiciones complementarias podrán ser objeto de análisis el accidente favorable o el accidente adverso; pero para la vida moral, para la vida consciente siempre resultarán medios advenedizos, de naturaleza desconocida, que el agente, con su devoción inquebrantable al bien, debe emplear en servicio exclusivo de la virtud, sin desalentar ante los reveses de la fortuna, ni enloquecer, olvidando sus deberes, ante los favores inconsistentes de la suerte.

 

Accidentes eucarísticos

Teología. Figura, color, sabor y olor que en la Eucaristía quedan del pan y del vino después de la consagración. Santo Tomás y todos los teólogos discípulos de Aristóteles llaman accidentes absolutos a los accidentes sin sujeto, porque sostienen que en la eucaristía los accidentes existen por un efecto del poder divino. Otros teólogos no admiten la teoría de los accidentes absolutos y quieren que en la eucaristía los accidentes conserven su substancia convertida sacramentalmente en cuerpo de Jesucristo.


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