Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1967
tomo 4
páginas 620-621

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset (Foto Alfonso) La vida y la obra de don José Ortega y Gasset, nacido en Madrid en 1883 y fallecido en la misma ciudad el 18 de octubre de 1955, no pueden ser entendidas, tanto en sus años de presencia como en los de ausencia de la patria, sin tener en cuenta las circunstancias españolas de la primera mitad de siglo. Como él mismo dijo: «Lo que yo hubiera de ser tenía que serlo en España, en la circunstancia española» (VI, 348). Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid el año 1904, se traslada después a Alemania –«huyendo del achabacanamiento de mi patria, como un escolar medieval»–, afincándose al cabo espiritualmente en Marburgo, donde oye a Cohen y a Natorp. El idealismo lógico, sedicente neokantiano, será el nivel histórico desde el que y contra el que va a ir haciéndose y definiéndose la filosofía de Ortega. Vuelto a España, gana en 1910 la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid, que ejercerá ininterrumpidamente hasta su salida de España en 1936, junto con una plural actividad pública.

Como movilizador de la vida cultural española, hace crítica literaria y de arte, promueve las traducciones y, sobre todo, funda el año 1923 la Revista de Occidente, de gran importancia como editorial y como publicación periódica. En ella da a conocer el pensamiento alemán contemporáneo y ofrece tribuna a lo más novedoso del pensamiento y la literatura hispana de la época.

Como escritor, se muestra modelo insuperable de la exposición de ideas dentro de los géneros del ensayo y el artículo corto («El Espectador», 1923-24). Dotado de una imaginación muy plástica, en lugar de dirigirla hacia la ficción, la puso íntegra al servicio de las ideas, vistiéndolas de espléndidas metáforas. De la metáfora dirá que constituye «una forma de pensamiento científico» (II, 387 ) y que «representa, en lógica, la caña de pescar o el fusil» (II, 391). Claridad, agudeza, garbo, creación de neovocablos y, a la vez, repristinación de castizos decires, son, con el uso constante de la metáfora, los rasgos más sobresalientes de su prosa. El corte de la frase es conciso y eufónico, y la selección de los detalles le revela un maestro en la combinación de lo grave con lo festivo. Usa de las palabras más por lo que sugieren que por lo que definen, lo cual le hace bordear a veces peligrosamente la retórica.

Predispuesto por tradición familiar a interesarse por lo público (su padre, José Ortega Munilla (v.), académico, fue durante muchos años director de El Imparcial, uno de los diarios más influyentes de la época), heredero del ideal europeizador de la llamada generación del 98 –aunque ligeramente más joven que sus más conspicuos representantes y de la «Institución Libre de Enseñanza», que se remontaba al krausismo, Ortega desempeña también un papel de primer orden como orientador de la sociedad española y, más adelante, incluso de la sociedad occidental. Durante la Primera Guerra Mundial pone en pie la «Liga de educación política» (discurso «Vieja y nueva política», 1914), de escasa eficacia inmediata. El año 1921 da su visión del «problema de España» en un libro cuyo título es también su más conciso resumen: España invertebrada. Partiendo de que «la acción recíproca entre masa y minoría selecta... es el hecho básico de toda sociedad y el agente de su evolución» (III, 103), diagnostica el morbo hispano como «carencia de minorías egregias e imperio imperturbado de las masas» (III, 128). Y propone como remedio a esta decadencia secular «el reconocimiento de que la misión de las masas no es otra que seguir a los mejores» (III, 126), exhortando a éstos a un «apetito de todas las virtudes».

En La rebelión de las masas, aplicando los mismos principios, pronostica a todo el mundo occidental una crisis social incipiente que por entonces (1926) apenas nadie advertía. Caracteriza certeramente al hombre-masa por la «libre expansión de sus deseos vitales», su «radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia», la decisión de «no apelar de sí mismo a ninguna instancia superior», el juzgarse perfecto, el empleo de la acción directa, el desinterés por la ciencia pura, &c. Los hechos ocurridos en torno a la Segunda Guerra Mundial (en parte todavía perdurantes) vinieron a confirmar la previsión de Ortega, haciendo de su libro uno de los más leídos y traducidos al terminar la contienda.

En la crisis política que precedió al advenimiento de la República (1931) se manifestó –como otros muchos intelectuales– partidario de la abolición del régimen imperante («Delenda est monarchia!»). Creador de la «Asociación para la protección de [621] la República», diputado, pronto le defraudó el rumbo demagógico que tomaba el nuevo régimen y se desligó de la política («¡No es eso, no es eso!». Rectificación de la República). Fueron aquellos los años de máxima vigencia pública de Ortega. En las famosas conferencias En torno a Galileo (1933), que hicieron de la filosofía, por un momento, un espectáculo de moda, enuncia su teoría de las generaciones.

Exiliado al comienzo de la guerra civil, Ortega queda en lo sucesivo fuera de la escena pública española y se convierte, por fuerza de las circunstancias bélicas subsiguientes, en un cosmopolita errante malgrè lui. Su tono como escritor se vuelve más grave, su estilo más austero y ágil y su pensamiento más abstracto y sistemático, ciñéndose cada vez más a la filosofía.

Ya en las Meditaciones del Quijote, en 1914, había apuntado las ideas con las que iba a ir construyendo, ladrillo a ladrillo, al azar siempre de las circunstancias, su nunca rematado sistema filosófico. Allí aparecía incidentalmente la famosa frase «yo soy yo y mi circunstancia» (I, 322), elevada por él del plano biológico al ontológico, de la que diría años más adelante, al echar una ojeada retrospectiva en el prólogo a sus Obras, que condensaba «en último volumen» su pensamiento filosófico (VI, 347). En conexión con ella había esbozado también allí el germen de lo que sería el perspectivismo. La perspectiva es un componente necesario de la realidad, y entre las perspectivas no hay ninguna privilegiada. La verdad absoluta –inasequible al hombre– habría de ser la integración jerárquica de la totalidad de las perspectivas. Por tanto, la realidad (entendiendo por tal lo que últimamente se opone a mi vivencia) ya no puede ser entendida dentro de la disyunción tradicional de sujeto y objeto, yo y no yo. La realidad lo es sin mí, pero es ella lo que es. Frente al idealismo (yo sin cosas) y al realismo (cosas sin yo, yo entre las cosas), Ortega propondrá como solución radical al problema del conocimiento: «yo con las cosas». Así la vida (en el sentido biográfico, esto es: consciente y responsable), pasa a ser la «realidad radical».

Estas ideas –que funcionan en la obra de nuestro filósofo como los motivos musicales en una sinfonía– son acrecentadas y enriquecidas el año 1923, en El tema de nuestro tiempo, con el «raciovitalismo». Aquí toma la vida no tanto por el lado ontológico, cuanto por el axiológico. Frente al racionalismo o «beatería de la cultura», que domina desde hace siglos la cultura, debe reconocerse a la vida como un valor «autónomo» (Goethe, Nietzsche), pero sin incurrir por ello en un vitalismo irracionalista (Rousseau) o primitivismo. «No menos que la justicia, que la belleza o que la virtud, la vida vale por sí misma.» De donde una ética de la ilusión frente a la usual del deber. Lo mejor no se lo ha de hacer por imposición heterónoma, sino por deseo íntimo (como el deporte) en fuerza del imperativo vital que nos impulsa a «ser [mejor] lo que se es».

En los ensayos de El espectador, al conjunto de una exquisita elaboración literaria y de su fina sensibilidad para todos los valores, puso en marcha esa «razón vital», espumando en lo real los aspectos apolíneos y mostrándose goloso aristócrata del espíritu. Hasta a la misma muerte la incorporó al cuadro como un matiz conveniente para el acorde total; representa el fámulo que desaloja de obras conclusas el taller del escultor.

Para el homenaje a Cassirer (1935) compone otro pequeño libro que hace hito en la trayectoria de su pensamiento: Historia como sistema. «El hombre no tiene naturaleza, sino historia» (VI, 41), la cual es «el sistema de las experiencias humanas que forman una cadena inexorable y única» (VI, 43). Para entenderla se necesita una razón adecuada: «la razón histórica», a la que debe ceder la antorcha olímpica de ahora en adelante la razón fisicomatemática, vigente desde el advenimiento de la «nueva ciencia» en el siglo XVII.

Los escritos de los años siguientes manifiestan su creciente interés por los temas sociales e históricos, que las crisis políticas y bélica hacían ingratamente actuales. Desde 1945, regresado de la Argentina, Ortega vive administrativamente en Lisboa, cordialmente en Madrid y espiritualmente en Alemania, donde el estudiante de antaño es acogido ahora como maestro. Durante estos años pronuncia conferencias de gran resonancia, prologa libros ajenos (Brehier, Yebes), pero no publica ya ninguno propio de importancia. De los dos de que en 1940 se decía «parturiento» (V, 379), Aurora de la razón histórica y El hombre y la gente, únicamente el segundo apareció póstumo. «Los hechos sociales constitutivos –se dice en él– son usos» (VII, 76), caracterizados por ser impersonales (lo que «se» dice, hace, valora), irracionales para cada individuo y por ejercer presión, no obstante, sobre él. De ahí que al individuo oponga Ortega la «gente». Los otros dos libros póstumos de mayor interés filosófico (La idea de principio en Leibniz, Origen y epílogo de la filosofía) revelan la visión orteguiana –organización y valoración– de la historia de la filosofía, pero ya no añaden nada sustancial a la suya propia.

Por haberse dirigido siempre Ortega, fuese cualquiera el tema, a lo «principal» y fundamentalmente por no haber respetado las usuales diferencias de los géneros literarios según los temas, se ha pretendido reducir a unidad su proteica actividad definiéndole enterizamente como filósofo, aunque para ello fuese necesario cambiar el concepto mismo del profesor en la medida en que no se le acomodase. En verdad, su figura fue plural y el intento de unificarla la violenta y, en definitiva, la empobrece.

El deseo –ampliamente conseguido– de crear un público amplio interesado por la filosofía, además del estrictamente académico, la avidez por los temas nuevos, la presión íntima del escritor que a veces desbordaba en él al frío intelectual y cierto incompromiso con las cuestiones vidriosas (baste decir que eludió cuidadosamente tomar posición ante opciones básicas como la existencia de Dios personal, inmortalidad del alma, ley natural, &c.) determinaron que no llegase a presentar nunca su sistema relativamente rematado. Pero su método y estilo mental inspiran actualmente a numerosos intelectuales en el mundo intelectual español e hispanoamericano.

En todo caso, prescindiendo de la categorización que le corresponda y tomando en su cruda realidad plural, Ortega y Gasset representa (no obstante cierta desmesura en las afirmaciones y escasa sensibilidad, para los aspectos no «apolíneos» de la existencia) la aportación más valiosa de la España de los últimos tiempos a la cultura universal.

Bibliografía: Charles Cascales, L'humanisme d'Ortega y Gasset; J. Ferrater Mora, Ortega y Gasset. Etapas de una filosofía; Gonzalo Fernández de la Mora, Ortega y el 98; P. Garagorri, Ortega. Una reforma de la filosofía; Julián Marías, La escuela de Madrid; Idem, Ortega y Gasset, vol. I, Circunstancia y vocación; S. Ramírez, La filosofía de Ortega y Gasset.

Carlos-Amable Baliñas Fernández
Doctor en Filosofía, Catedrático Numerario del
Instituto Nacional de Enseñanza Media
«Arzobispo Gelmírez», de Santiago de Compostela.


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