Filosofía en español 
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Espinosismo

Sistema panteísta de Benito Espinosa o Spinosa, judío de Amsterdam, que nació en 1632 y murió en 1677. Sus padres, deseando que fuese rabino, le pusieron a estudiar la Biblia y el Talmud, en cuyo estudio hizo grandes progresos; pero habiéndosele suscitado grandes dudas, no solo sobre la Biblia, sino sobre toda religión, ponía en apuros a sus maestros, y fue expulsado del judaísmo. Entonces se dice que abrazó el luteranismo, pero no quedó satisfecho, y por último fue a parar al ateísmo. Los rabinos le hicieron desterrar de Amsterdam, y se retiró a una casa de campo, donde ganaba su vida puliendo cristales de anteojos. Allí escribió todas sus obras, y murió de tisis a la edad de 45 años.

Espinosa propuso su sistema bajo una forma geométrica, por interminables argumentaciones metafísicas, presentando como una teoría científica sus monstruosas ideas acerca de Dios y sus atributos, del alma humana, la libertad, la virtud y el vicio, y la autoridad política. Según él, no hay más que una sola sustancia, única, eterna, necesaria, dotada de infinidad de atributos, y entre ellos dos capitales, que son el pensamiento y la extensión. Todos los cuerpos que hay en el universo, no son otra cosa que modos o modificaciones de aquella sustancia, en cuanto extensión, así como las almas y demás espíritus son modos de la misma sustancia en cuanto pensamiento. A dicha sustancia se da el nombre de Dios: sus modos son las existencias individuales que emanan necesaria y perpetuamente de la naturaleza absoluta de Dios (natura naturans) y constituyen la naturaleza actual (natura naturata). Esta no tiene realidad más que por su unión con la sustancia, y sin Dios la naturaleza no es más que un ser sin sustancia (atomismo). (Véase tomo I, pág. 796)

En otros términos, Dios, sin la naturaleza, no existe más que la naturaleza sin Dios, o más bien, según el lenguaje de Espinosa, no hay más que una naturaleza, causa y efecto, sustancia y modo, naturante y naturada. La sustancia y sus atributos en la abstracción de su existencia solitaria, es la naturaleza naturante: el universo material y espiritual, abstractamente separado de su causa inmanente, es la naturaleza naturada, y todo ello es Dios.

De aquí se deduce como consecuencia rigurosa la negación de la inmaterialidad, de la trascendencia y de la personalidad del alma y de la diferencia objetiva del bien y del mal, &c. De aquí nace también la negación de la personalidad de Dios, de la creación del mundo, de la libertad humana, de la inmortalidad, &c. De aquí, en una palabra, el panteísmo espinosista. Este panteísmo está demostrado de tal manera, que el nombre de espinosismo en la actualidad es sinónimo de panteísmo, como lo era en otro tiempo de ateísmo. Los panteístas modernos enlazan toda su doctrina con el mismo sistema de Espinosa.

En política apoya la omnipotencia del Estado, que da al individuo la seguridad, la justicia, la propiedad. La obediencia de los ciudadanos debe ser pasiva y absoluta, y al mismo tiempo el filósofo holandés, poniéndose en contradicción consigo mismo, establece la libertad más absoluta de pensar y manifestar las ideas. Es la teoría moderna del liberalismo radical, que se resume, dice el Cardenal González, «por una parte en despotismo cesarista y omnipotente por parte del Estado hasta en las materias religiosas (jus in sacra), y por otra en libertad absoluta del individuo para pensar, decir, enseñar cuanto en mientes le venga.» Pero el liberalismo espinosista se convierte en una concepción determinista y hasta mecánica, toda vez que la libertad es un nombre sin sentido real y verdadero en la teoría de Espinosa. [266]

Basta por ahora esta ligera reseña del sistema de Espinosa, que será expuesto con mayor extensión en los artículos Panteísmo y Spinosismo. No se necesita grande esfuerzo para demostrar lo absurdo e impío de semejante sistema. Vese en él que su base fundamental consiste en dar realidad a las abstracciones, tornando todos los términos en sentido falso y abusivo. Porque es necesario no perder de vista que el ser en común, la sustancia en general no existen, ni hay en realidad otra cosa que individuos y naturalezas individuales. Todo ser, toda sustancia y toda naturaleza son cuerpo o espíritu, y no puede confundirse una cosa con otra. Espinosa, sin embargo, tergiversó lastimosamente todas estas ideas, jugando con las palabras sustancia, ser, unidad, identidad, modos, &c. Este sistema bien estudiado y examinado no ofrece sino un tejido de contradicciones y de equivocaciones imposibles de deshacer. El sentimiento de nuestra conciencia basta sin otros medios, ni grandes esfuerzos de razonamiento, para convencernos que dicho sistema es tan erróneo como absurdo. Cada uno de nosotros conoce y percibe fácilmente que existe con absoluta separación e independencia de todos los demás individuos, y que no es una simple modificación de la manera de ser común y general: conoce que sus afectos, sentimientos, sensaciones y deseos son suyos propios y peculiares, y que no participa en nada, de los que son peculiares y propios de otro individuo. La relación de semejanza que existe entre algunos seres y que se clasifica entre los de una misma especie, no establece de ningún modo la idea de unidad entre ellos, ni la convierte en un todo de que cada uno viene a constituir una parte, como se deduce del sistema de Espinosa.

Es preciso afirmar y sostener que hay muchas sustancias de un mismo atributo, y muchas también de diferentes atributos, o sea muchas sustancias que se distinguen esencialmente, y otras que se distinguen accidentalmente. Dos hombres, por ejemplo, son dos sustancias de un mismo atributo: tienen la misma naturaleza y la misma esencia y son dos individuos de la misma especie: pero no son uno mismo en número, sino que son distintos y absolutamente independientes y extraños el uno al otro. Espinosa confunde la identidad de naturaleza o especie, que en realidad no es más que una semejanza, con la identidad individual o numérica, que es la unidad: además confunde la distinción que debe mediar entre los individuos con la diferencia que separa las especies. Y de esta equivocación en el modo de juzgar parten todos los errores de su sistema. Un hombre y una piedra son dos sustancias de atributos en un todo diferentes, cuya naturaleza y especie no son las mismas, ni se asemejan absolutamente nada la una a la otra, pero esto no quita que tengan el atributo común de sustancia, porque ambos subsisten con separación de todos los demás seres: ninguno de ellos necesita de supuesto, porque no son accidentes ni modos, y nada serían en la naturaleza si dejaren de ser sustancias,

Respecto a las cuestiones teológicas, Espinosa las confunde, tergiversa y desfigura en su Tratado teológico político. El objeto que se propone en este tratado es establecer la relación entre la religión y la razón (la teología y la filosofía), y entre el Estado, la Iglesia y la escuela. El eje en torno del cual gira todo el sistema es este principio: «El objeto único y exclusivo de la religión (judía y cristiana) es producir la moralidad (razonable).» Espinosa trata de demostrar este principio con la exégesis y la crítica de la Biblia, y por esto ha llegado a ser el padre de la hermenéutica racionalista y de la crítica bíblica negativa. Apoya su proposición capital en el estudio de las profecías y de la Ley de los hebreos y en la idea del milagro. El resultado de su estudio sobre los milagros es que son absolutamente contrarios a la razón: y de las profecías dice que son una interpretación de la revelación divina, no por la acción de una causa personal extra o supra mundana, sino en virtud de la fuerza de la imaginación, en vista del mejoramiento moral de los hombres, y no en vista de las verdades puramente especulativas; como serían, la naturaleza y atributos de Dios, sus relaciones con el mundo, &c. «Porque la verdad (dice en su Ethica geometrico more demonstrata) no es comprendida más que por la razón, al paso que todo lo que es falso e imaginario tiene su origen en la imaginación.» Esto lo aplica igualmente a la doctrina de Cristo, aunque Espinosa admite que a diferencia de los Profetas del antiguo Testamento, la voluntad de Dios se reveló inmediatamente en Cristo, no con palabras y signos, sino en su espíritu; de donde resulta que con razón puede decirse que la sabiduría divina revistió a Cristo con la naturaleza humana; que la voz de Cristo es la voz de Dios, que Cristo ha llegado a ser el camino de la salud. Esto es lo que explica más adelante en este sentido; que Cristo concibió verdaderamente la revelación, es decir, que la comprendió con su razón (conocimiento filosófico), y para cortar de una vez toda mala inteligencia, Espinosa declara en su carta 21, que no puede formarse una idea de la doctrina de la Iglesia sobre la Encarnación de Dios, y que esta doctrina le parece tan insensata como si se pretendiese que el círculo se convirtiese en un cuadrilátero.

En general, según Espinosa, no es necesario [267] para la beatitud, es decir, para el conocimiento adecuado de Dios y el amor intelectual de esta ciencia, conocer a Cristo según la carne; es preciso tener otra idea diferente de este Hijo eterno de Dios, es decir, de la sabiduría de Dios, que se ha revelado en todas las cosas, sobre todo en el espíritu humano, y en Jesucristo sobre todo. (Aquí se ven los gérmenes de la cristología moderna.)

El resultado final de todo este estudio es que el único objeto de la Escritura es enseñar la obediencia hacia Dios, y que esta obediencia únicamente consiste en el amor al prójimo. Los dogmas teóricos de la Escritura, que se refieren al conocimiento de Dios o al de las cosas naturales, no pertenecen a la esencia de la religión: no son objeto de la fe están entregados a la apreciación libre de cada cual. El que verdaderamente es obediente, tiene por esto mismo la fe verdadera y santificante, aun cuando se separase tanto de la verdad como la tierra está del cielo. La fe no exige principios verdaderos sino principios piadosos, es decir, que conduzcan a la obediencia. Por consiguiente, la fe verdadera y católica no descansa en ningún caso en dogmas capaces de producir una discusión entre los hombres honrados, sino en dogmas que establecen de una manera absoluta la obediencia hacia Dios, en el sentido indicado, y sin los cuales esta obediencia sería necesariamente imposible.

Así la relación entre la religión y la filosofía es muy sencilla. Siendo el objeto de la primera la obediencia y el de la segunda la verdad, toda la religión se reasume en la fe, y no hay absolutamente ningún enlace ni parentesco entre los dos: constituyen dos dominios distintos, que no se contradicen, conciliándose en su resultado final, el amor práctico hacia Dios.

Espinosa habla también de una religión nacida de un procedimiento puramente filosófico, que se confunde con la misma filosofía y encierra el germen de todo lo que queda, cuando se desembaraza la religión positiva de aquello que no es esencial; teniendo por consiguiente la ventaja sobre esto de ser accesible a todos los hombres sin exigir ninguna creencia en los milagros, en las historias, en las ceremonias, ni en las recompensas en otra vida, porque se recompensa por sí misma. Así la religión positiva no es necesaria mas que para las masas, porque sólo hay poca gente que practique la virtud puramente por razón: y porque no se puede demostrar por solo la razón que la obediencia conduce a la salud.

La conclusión del tratado es una explicación de las relaciones del Estado con la religión y la filosofía. Partiendo del axioma que los defensores del poder supremo tienen el derecho de todo lo que pueden, y sólo gozan por consiguiente el derecho de determinar lo que es justo y bueno en el Estado, Espinosa les reconoce el derecho de interpretar la Sagrada Escritura a su albedrío, y en general de arreglar el culto exterior y las prácticas de la religión como lo hagan en interés del Estado. En cuanto a los filósofos, Espinosa reivindica para ellos la libertad de pensar lo que quieran y decir lo que piensen, con tal que no se oponga al derecho existente y no provoque la rebelión contra las leyes del Estado.

Tal es, en compendio, este sistema subversivo y anárquico, al cual se deben como a su fuente todos los extravíos y errores de la filosofía alemana, de la exégesis bíblica racionalista y del moderno liberalismo. — G. M. G.