Filosofía en español 
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Causalidad

Al investigar la naturaleza de la causalidad en cuya corriente entran necesariamente las ideas de causa y efecto, debemos guardarnos de admitir las falsas nociones que de ellas dan dos sistemas enteramente opuestos y falsos, que son el empirismo y el idealismo. Afirman los empiristas que la idea de causa envuelve la de eficacia, poder, fuerza, la cual de ningún modo podemos ver en los objetos atestiguados por la experiencia, pues que esta sólo nos da noticia de hechos sucesivos, sin que ofrezca a nuestra intuición la virtud del hecho anterior para producir el posterior, de manera que lo que realmente existe en la naturaleza, lo que tiene verdadera existencia objetiva, lo único real es el orden de sucesión de los fenómenos, no el orden de causalidad, que debemos considerar como un producto de nuestra imaginación, o como una vana ficción de nuestra mente. Este sistema incurre en un vicio radical, de no admitir como criterio de verdad más que los sentidos; de aquí nace todo su error, pues aquellos sólo atestiguan los hechos aislados, sin que nos den a conocer ni el orden de sucesión, como ilógicamente suponen los empiristas, ni el de influjo real de los unos sobre los otros, en el cual se funda la verdadera causalidad. La única facultad capaz de conocer el enlace o conexión de las cosas es la inteligencia, porque la relación no se conoce sin comparar los extremos de la misma, lo cual sólo se obtiene por el juicio, que es operación del entendimiento.

Kant, al contrario, quiso fundar las nociones de causa y efecto, y el principio de causalidad en elementos independientes de la experiencia, y echó por tierra la realidad objetiva de los mismos, sosteniendo que en los objetos experimentales no vemos ninguna [662] causa ni efecto, sino que estos conceptos nacen sólo de nuestra mente, y que el principio de causalidad lo pronuncia la misma en virtud de cierto instinto intelectual, sin ver el enlace entre el efecto y la causa; este sistema viene a caer, aunque por distinto camino, en el mismo error de los sensualistas, a saber: negar la realidad objetiva de la causalidad, pues lo que exclusivamente proviene de nuestra alma es enteramente subjetivo, sin que pueda darnos a conocer lo objetivo y real. Entre estos dos sistemas opuestos está la verdad de la filosofía escolástica, la cual hace derivar de la experiencia juntamente con la razón las ideas de que tratamos. Esta se halla de lleno en la verdad, pues los sentidos nos dan noticia de muchos fenómenos que se suceden unos a otros; nuestra inteligencia, conociendo su naturaleza, ve que tienen la existencia comenzada o producida, pero como ningún ser producido puede haberse dado la existencia a sí mismo, pues para dársela necesitaba ser, lo cual es contradictorio, debe haberla recibido de otro. Con esto tenemos ya un efecto y una causa particular, de los cuales separando por medio de la abstracción las condiciones individuales, llegamos al concepto genérico de un ser que da existencia a otro, o sea a la idea pura de causa y efecto. Falso es también el que la mente no vea el enlace entre el efecto y la causa, y que lo afirme sin fundamento alguno, puesto que en la noción misma de efecto se incluye la de producción, acción, tránsito del no ser al ser, cuyo tránsito es indispensable lo haya verificado algún ser existente, que es la causa, porque la nada nada puede obrar ni producir; así es que al pensar en el efecto inmediato, intuitivamente se nos ofrece la necesidad de una causa: sin demostración alguna asentimos al principio de causalidad, que por lo mismo es un axioma evidente por sí; esta milita contra Beguelin, el cual afirma que no podemos admitir el principio de causalidad sin incurrir en un círculo vicioso, por cuanto para demostrar su evidencia necesitamos apoyarnos en un principio anterior, el cual tenga la razón de causa respecto de la conclusión que es su efecto, y así admitimos las ideas de causa y efecto, y por lo tanto el principio de causalidad que es lo que debíamos probar. Este argumento cae por su base desde el momento que se considera que el citado principio tiene el carácter de axioma, y como tal no recibe la evidencia de un principio anterior sino que la tiene por sí mismo.

Para conocer la causalidad de la causa eficiente en acto primero, debemos investigar qué clase de dependencia tiene el efecto de la causa; no depende de ella como de una cosa que requiere indispensablemente para existir, pues podría esta ser sólo necesaria como una condición, no como algo que lo produjera con su influjo físico y acción real; de aquí que no porque un objeto sea necesario para la existencia de otro, debemos suponer que el primero es causa del segundo, y éste efecto del primero, sino cuando de tal modo sea necesario que por sí solo pueda producirlo, y lógicamente procedió el ocasionalismo cuando por considerar a las causas segundas como meras condiciones para la producción de determinados efectos, les negó toda causalidad. Metafísicamente necesario para la existencia de un efecto solo es Dios, pero físicamente necesarias, esto es, según el orden natural, lo son las causas segundas; igualmente Dios es el único que puede por sí solo producir algún efecto, mientras que las criaturas necesitan del auxilio divino para entrar en acción y para perseverar en ella; pero como influyen en la producción del efecto, no como una condición sin la cual no puede el efecto existir, sino con influjo positivo, real y físico, de aquí que sean las criaturas verdaderas causas eficientes. A pesar de esto, un sistema llevado de las causas ocasionales exagerando demasiado la acción de la causa primera en cuanto auxilia a las segundas, negó a estas toda actividad, afirmando que ellas de ningún modo obraban, sino que sólo daban ocasión a Dios para que produjera los efectos que en el mundo vemos. La falsedad de este sistema se evidencia considerando que estas causas mueven a Dios para que opere o no; si lo primero, tiene acción y por lo tanto sensibilidad; si lo segundo, no prestan ocasión a Dios para obrar, sino que él obra según el orden establecido por su voluntad. Si bien hemos dicho que las causas segundas necesitan del influjo divino, tanto para entrar en acción como para ejercer la misma, no somos partidarios del predeterminismo físico: lo que únicamente sostenemos es que siendo las causas segundas indeterminadas para obrar o no obrar, pues únicamente Dios es recto por su esencia, necesitan de un impulso externo para actuarse; así todos los agentes naturales se mueven movidos por otro, y en los intelectuales vemos que la voluntad es movida por el entendimiento, este por los objetos, y estos reciben su primer impulso de la causa primera. Sin embargo, esta moción se verifica de un modo muy diferente en los agentes unívocos y equívocos, los primeros, como no pueden menos de producir un efecto determinado, determinadamente son movidos por el agente extrínseco, mientras que los segundos son movidos a este o al otro acto según que ellos se determinen de este o del otro modo. No sólo necesitan del auxilio divino para vencer su indeterminación, sino que lo requieren [663] igualmente para el ejercicio de su actividad, porque como toda acción tiene cierto ser, y todo ser es producido y conservado por Dios, necesita el mismo estar influyendo sobre la acción mientras este persevere. La potencialidad e indeterminación que hemos dicho tienen las causas segundas, hace que ninguna sustancia creada sea inmediatamente operativa o que pueda obrar por sí misma, pues si esto se verificara, su acción pertenecería al género de sustancia, y entonces se confundiría con la esencia de la cosa, y así como es necesaria la esencia, necesaria sería la operación, puesto que la necesidad de operar incluye necesidad de ser, resultando necesario el ser de las criaturas, lo cual es a todas luces falso. La causalidad de la causa enciente en acto segundo es la acción, la cual unas veces tiene razón de entidad y otras no, pero siempre es un modo distinto, tanto de la causa como del efecto. Y a la verdad la causa, en cuanto tal, puede producir y haber producido muchos efectos, y estos, en cuanto tales, pueden depender de muchas causas; la acción es la que determina el uno y otro relativamente, y hace que la primera sea causa de este efecto, y que este dependa exclusivamente de esta causa: luego la acción es algo distinta de ambos, si bien solo no debe ser esta, pues considerada activamente se halla en la causa, y pasivamente en el efecto. Las condiciones que requieren las causas segundas para obrar son desigualdad entre la causa y el efecto, pues todo sujeto agente comunica al pasivo alguna perfección suya; si los dos sujetos son perfectamente iguales, no hay ninguna razón para que la perfección del agente pase al paciente, teniendo los dos igual exigencia a ella. Segunda, el sujeto operante debe hallarse contiguo a aquel sobre el cual obra, porque como la acción no es una entidad sustancial emanada del sujeto agente, no puede dicho agente emitirla y ella llegar por sí misma al paciente, sino que necesita el primero estar inmediato al segundo para tocarlo con su actividad y acción. Ni se nos replique que basta que esté presente al efecto con su virtud, pues como esta virtud no es sino un accidente de la causa, debe estar inherente a ella, y por lo tanto donde se halle la virtud allí se hallará la causa.

Además de la causalidad eficiente existe la causalidad material y formal, que consiste en el diferente modo cómo la materia actúa sobre la forma y la forma sobre la materia; no puede fundarse dicha causalidad, ni en la contigüidad ni en la compenetración íntima de dichos elementos; pues que de ello no resulta una sola entidad física, ni en la mutua acción por ser esta propia de la causa eficiente; sino en un género de unión, tal, que de él resulte una sola naturaleza específica y una sola sustancia. La materia influye sobre la forma sustentándola, y la forma sobre la materia reduciéndola a una especie determinada de cuerpo. Diferénciase la causa formal de la eficiente, en que la forma actúa el efecto concomunicándose todo a él, y por lo tanto es intrínseco el mismo, mientras que la eficiente comunica algo, pero no su totalidad real, y es extrínseco el mismo efecto; la material se diferencia de la eficiente en que esté totalmente destituida de actividad, si bien la supone, pues necesita ser dispuesta por ella para recibir la forma. La causalidad del fin consiste en la bondad del mismo, por lo cual solicita y mueve al agente a la operación, sin que necesite ser aprehendido para poder actuar sobre el agente; sin embargo no consiste en esta aprehensión la naturaleza íntima del fin, sino que ella es como una condición externa, indispensable para el ejercicio de su causalidad, y toda la eficacia, toda la virtud, toda la fuerza del fin para mover la causa eficiente, se halla en la bondad del mismo, la cual es independiente de toda aprehensión. Además de estas causas existe la ejemplar e ideal: esta no es más que la forma de una cosa existente fuera de la misma, y la primera aquella a cuya semejanza se hace algo; de aquí que muchos las quieren reducir a la quasi formal, pero como esta es intrínseca al objeto y aquellas extrínsecas no pueden de ningún modo confundirse; mejor podría la causa ejemplar reducirse a la eficiente, puesto que realiza una noción real y física, la cual veremos fácilmente contemplando el modo con que un artífice ejecuta su obra: l° forma la concepción intelectual que es la causa ejemplar, después la voluntad se adhiere a ella y se determina a la operación, y entonces impera el entendimiento para que según la forma preconcebida dirija, impulse y mueva convenientemente las potencias inferiores y los miembros corporales; pues ella, como potencia ciega que es, no puede mover los mismos, de modo que estos se ajustan al ideal, resultando la obra de arte: por consiguiente verdadera acción tiene la causa ejemplar, y como tal puede reducirse a la eficiente.

C. Tormo