Ante el fallecimiento de

Julián Marías Aguilera

Valladolid 17 junio 1914 / Madrid 15 diciembre 2005

El jueves 15 de diciembre de 2005 falleció en Madrid, tras una larga enfermedad y a los 91 años de edad, el filósofo español Julián Marías:

  1. Fallece Don Julián Marías, www.javiermarias.es
  2. Fallece el filósofo Julián Marías, EFE
  3. Fallece el académico y filósofo Julián Marías, Europa Press
  4. Muere a los 91 años el filósofo y escritor Julián Marías, Reuters
  5. Muere el filósofo y escritor Julián Marías a los 91 años, Tele 5
  6. Muere Julián Marías, ABC
  7. Murió el filósofo y escritor Julián Marías, Cadena 3 Argentina
  8. Muere el filósofo Julián Marías a los 91 años de edad, Estrella Digital
  9. Muere el filósofo Julián Marías, La Nueva España
  10. Gustavo Bueno destaca su «acción infatigable» Europa Press
  11. Miguel Delibes enaltece el magisterio filosófico de Julián Marías Terra
  12. Julián Marías. ¡Por mí que no quede! Agapito Maestre
  13. Aguirre anuncia un premio de humanidades 'Julián Marías' LD
  14. Javier Marías: «España ha sido bastante cicatera con mi padre» Tele 5
  15. Savater destaca su importancia a la hora de «acercar» la filosofía EP
  16. Salvador: ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral Terra
  17. Julián Marías encarna espíritu transición, según nieto Ortega Terra
  18. Ha muerto Marías: Cebrián descansa en paz Eulogio López
  19. La filosofía como vida Gustavo Bueno
  20. En la senda del pensamiento de Ortega José Luis Molinuevo
  21. La universidad ausente Helio Carpintero
  22. Un eslabón solitario del pensamiento español Germán Cano
  23. Muerte de la nación y olvido de los libros Jorge Urrutia
  24. La palabra certera Víctor García de la Concha
  25. Civilidad del pensamiento español Antonio Garrigues Walker
  26. Sólo admiración y agradecimiento Esperanza Aguirre Gil de Biedma
  27. Don Julián Santiago Castelo
  28. Adiós a Julián Marías Manuel Martín Ferrand
  29. En la muerte de Julián Marías Libertad Digital
  30. Un hombre que deja huellas Ricardo Roa
  31. Humanismo vital Andrés Ortiz-Osés
  32. La visión responsable Helio Carpintero
  33. Un notable eslabón de la filosofía orteguiana José Luis Abellán
  34. La segunda muerte de Julián Marías Daniel Martín
  35. Julián Marías, in memóriam Emilio Ruiz
  36. Julián Marías: geometría sentimental Rafael Pérez Ortolá
  37. Adiós al gran maestro Mariano Grondona
  38. Sobresaliente ensayista... Lorenzo Gomis
  39. Una filosofía no definitiva Miquel Escudero
  40. El gusto de pensar Domingo Ródenas Moya
  41. Marías, valor y esperanza Miguel Escudero
  42. El humo ciega tus ojos Luis Ignacio Parada
  43. Julián Marías y la realidad de España Joaquín Calomarde
  44. Una vida presente Ignacio Sánchez Cámara
  45. La mesura del pensador Carlos Seco Serrano
  46. Una idea de España Francisco José Martín
  47. Volvemos a estar en casa Antonio Piedra
  48. Julián Marías Francisco Javier Elena
  49. Julián Marías: el jardinero fiel Manuel Barrios Casares
  50. El español confiado Manuel Gregorio
  51. Julián Marías o la sensatez Pío Moa
  52. A don Julián Marías, filósofo liberal español Fernando R. Genovés
  53. Todo un sospechoso hasta el fin César Alonso de los Ríos
  54. Muerte de mi amigo Carmen de Zulueta
  55. Julián Marías y la vida perdurable José Luis Sánchez García
  56. Julián Marías con Gijón al fondo Ramón Avello
  57. Fue todo un maestro Javier Gómez Cuesta
  58. Marías en el Doña María Francisco Correal
  59. Marías: maestro Antonio Castellano
  60. Esquela ABC

Fallece Don Julián Marías

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página principal de www.javiermarias.es el jueves 15 de diciembre de 2005


Fallece el filósofo Julián Marías

Agencia EFE, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 12:00
Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1996

efe/j.l cerejido Académico. Fotografía de archivo, tomada el 5 de junio de 1996, del filosofo y escritor Julián Marías, que murió hoy en Madrid a los 91 años Madrid. El académico y escritor Julián Marías ha fallecido en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Real Academia Española, institución de la que era miembro y en donde ocupó el sillón «S» desde 1964. Nacido en Valladolid en 1914, Marías era doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid. Fue fundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades (1948-1950) e impartió docencia en varias universidades de Estados Unidos, entre ellas Wellesley College, Harvard, Yale e Indiana. Fue director del Seminario de Estudios de Humanidades y también miembro de la Real Academia de Bellas Artes y doctor honoris causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca.

Entre sus obras sobre filosofía y pensamiento destacan: Historia de la Filosofía; Introducción a la Filosofía; Miguel de Unamuno; Antropología metafísica y La perspectiva cristiana. Cabe mencionar entre sus libros varios títulos dedicados al tema de España, tales como La España real; La devolución de España; España en nuestras manos; España ante la historia y ante sí misma; España inteligible: razón histórica de las Españas y 25 años del reinado de Juan Carlos I.

Julián Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.


Fallece el académico y filósofo Julián Marías

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 12:00

Julián Marías Madrid. El académico y filósofo Julián Marías ha fallecido en Madrid a los 91 años, según informaron a Europa Press fuentes de la Real Academia Española, institución de la que era miembro y en donde ocupó el sillón «S» desde 1964. Nacido en Valladolid en 1914, Marías era doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid. Fue fundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades (1948-1950) e impartió docencia en varias universidades de Estados Unidos, entre ellas Wellesley College, Harvard, Yale e Indiana. Fue director del Seminario de Estudios de Humanidades y también miembro de la Real Academia de Bellas Artes y doctor honoris causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca.

Entre sus obras sobre filosofía y pensamiento destacan: Historia de la Filosofía; Introducción a la Filosofía; Miguel de Unamuno; Antropología metafísica y La perspectiva cristiana. Cabe mencionar entre sus libros varios títulos dedicados al tema de España, tales como La España real; La devolución de España; España en nuestras manos; España ante la historia y ante sí misma; España inteligible: razón histórica de las Españas y 25 años del reinado de Juan Carlos I.

Julián Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.


Muere a los 91 años el filósofo y escritor Julián Marías

Agencia Reuters, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Madrid. El filósofo, académico y escritor Julián Marías murió el jueves en Madrid a los 91 años de edad, informaron medios.

Marías, autor de más de 50 libros de pensamiento y sillón «S» de la Real Academia Española de la Lengua desde 1964, fue también senador por designación real en la primera legislatura de la democracia, entre 1977 y 1979.

Considerado uno de los principales continuadores de la obra del gran José Ortega y Gasset y de Xabier Zubiri, entre otras muchas distinciones recibió en 1996 el Premio Príncipe de Asturias de las Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli.

Entre sus muchas obras escribió La educación sentimental (1992) o el Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida (1995).

Este doctor en Filosofía que fue miembro de la Academia de Bellas Artes, era un gran admirador del cine y realizó críticas cinematográficas.

Marías, nacido en Valladolid el 17 de junio de 1914, era el padre del también escritor y periodista Javier Marías.

«Es una figura no solo en la cultura española sino en la cultura occidental, ha sido un gran filósofo y pensador», declaró a Radio Nacional de España Elio Carpintero, catedrático de Psicología de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, conocedor y discípulo de la obra del filósofo.

«Tuvo una extraordinaria lucidez a la hora de contemplar los problemas filosóficos y de la sociedad», añadió, tras calificar a Marías de «figura honesta y sin compromiso».

Carpintero destacó su labor en la primera legislatura, cuando se estaba elaborando la Constitución y expresó su preocupación porque figurara la idea de que España era una nación. «Sus palabras hacían ver un problema que está ahí latente y que nuestra sociedad tendrá que saber resolver», agregó.


Muere el filósofo y escritor Julián Marías a los 91 años

Informativos Tele 5, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00
Un larga enfermedad ha acabado con la vida del filósofo y escritor Julián Marías. El pensador ha muerto en su domicilio familiar de Madrid a los 91 años de edad, informaron fuentes familiares

Julián Marías Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, en la carretera de Colmenar. Será enterrado este viernes en el cementerio madrileño de la Almudena. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979. Nacido en Valladolid, en 1914, el pensador es autor de numerosas obras, entre las que destacan Historia de la Filosofía, Idea de la metafísica, La escuela de Madrid, Antropología filosófica y España inteligible.


Discípulo de Ortega y Gasset

Muere Julián Marías, el filósofo que protegió la llama del pensamiento liberal en el siglo XX

ABC, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Julián Marías Julián Marías, filósofo, académico, ensayista y colaborador asiduo de ABC, falleció en Madrid a los 91 años víctima de una enfermedad cardiovascular

Madrid. Julián Marías hizo suya la frase de José Ortega y Gasset, de quien fue su mejor discípulo, de que la claridad es la cortesía del filósofo. Y así, valiéndose de una vocación temprana, vertebró sus ideas en torno a la defensa de la libertad y a una inagotable preocupación por la condición humana.

Filósofo, sociólogo y ensayista, Julián Marías nació en Valladolid el 17 de junio de 1914. A los cinco años se trasladó a Madrid con su familia, ciudad en la que estudió el Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense, por la que se licenció y posteriormente obtuvo el doctorado. «En mi casa –decía él mismo– recibí una actitud de respeto y de interés por el pensamiento y la literatura, pero con la Filosofía no tropecé hasta que entré en la Universidad».

Modelo intelectual. En efecto, su propósito era cursar estudios científicos, pero a los dieciséis años sintió una gran preocupación por las cuestiones esenciales y una irrefrenable atracción por la literatura y la historia. De esta manera, improvisó el Bachillerato de Letras, compaginando su aprendizaje en el laboratorio de Biología con las clases de Introducción a la Filosofía de Zubiri, el hombre que le puso en contacto con los grandes pensadores clásicos: Aristóteles, Platón, San Agustín o Descartes.

A los dieciocho años conoció a José Ortega y Gasset, a cuya cátedra de Metafísica acudía diariamente con apasionado interés. Su maestro constituyó para él «un modelo de intensidad intelectual, de un rigor de pensamiento, de una belleza de expresión, que nos parecía la forma más perfecta que se podía alcanzar». Con él fundó en 1948 el Instituto de Humanidades de Madrid, del que Marías fue director.

La idea de la autenticidad, verdadera esencia de su pensamiento, se vislumbra ya en sus primeras publicaciones del año 34 en la revista «Cruz y Raya». Su primer libro, «Historia de la Filosofía», apareció en 1941. En él proclama su absoluta e irrenunciable fidelidad a los principios intelectuales de Ortega y Gasset. «Lo hice a sabiendas, con plena conciencia y desde entonces me dediqué a organizar una modesta vida privada, cuyo principio se podía resumir en decir con frecuencia no».

Vendrían después obras como «Introducción a la Filosofía», «Filosofía española actual», «Ortega y la idea de la razón vital», «El método histórico de las generaciones», «La escolástica en su mundo y el nuestro», «Antropología Metafísica» y «Breve tratado de la ilusión».

Encarcelado por una falsa acusación. Tras el paréntesis de la Guerra Civil –en la que fue encarcelado durante tres meses por una falsa acusación y liberado en agosto de 1939– tuvo dificultades para publicar sus artículos y se le impidió impartir clases como profesor de Filosofía y Letras. A principios de los cincuenta y tras ser «vetado» para acceder a la cátedra que Ortega dejó vacante, Marías impartió cursos como profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico, entre otras muchas. Como conferenciante expuso su pensamiento en los más importantes centros culturales del mundo, al tiempo que reflexionaba sobre la actualidad desde las páginas de ABC, del que ha sido uno de sus más asiduos y fieles colaboradores.

En octubre de 1964 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, para ocupar el sillón «S», que había dejado vacante Wenceslao Fernández-Florez. Ocho meses después, el 20 de junio de 1965, leyó su discurso de ingreso sobre «La realidad histórica y social del uso lingüístico», que fue contestado por Rafael Lapesa. Su gran amigo Pedro Laín Entralgo solía referirse a Marías en su triple condición de maestro de la libertad, pensador de la circunstancia y escritor de casta, «que viene enseñando a los españoles a vivir como hombres libres».

En 1931 conoció en la Universidad a la que sería su mujer desde 1941, Dolores Franco Manera, con quien tuvo cuatro hijos: Miguel, Fernando, Javier y Álvaro. «Mi mujer fue lo más importante de mi vida. Con su muerte desapareció mi proyecto vital de tantos años, lo que le había dado su sentido. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa». Esta frase, tantas veces repetida tras el fallecimiento de su esposa en 1977, mostraba su desesperación ante esta desaparición de la que sólo le consolaba su convencimiento de que la vida no termina con la muerte: «Si así fuera, la felicidad sería un engaño».

De hecho, una de sus mayores satisfacciones fue la presentación en 1998 de la cuarta edición de «España como preocupación», escrito por Dolores Franco. El libro reflexiona sobre el ser de España a través de lo que de ella dijeron nuestros grandes escritores, desde Cervantes hasta Ortega, haciendo especial referencia a los hombres del 98. Marías aseguró entonces que tenía especial interés en que esta obra se reeditara para que la lean los jóvenes en una época «en la que se está haciendo la caricatura de la historia española de este siglo; una caricatura vergonzosa, una calumnia de España».

En 1971 fue elegido correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Fue además miembro de la «Hispanic Society of America», de Nueva York; del «Institut International de Philosophie», de la «International Society for the History of Idees», y del «Council of Scholars» de la Biblioteca del Congreso de Washington.

Senador real. El 15 de junio de 1977 Don Juan Carlos le nombró senador real y en enero de 1979 fue elegido presidente de la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES). En el verano de 1980 fue nombrado catedrático «honoris causa» por la Universidad de la ciudad de Buenos Aires y cinco meses después tomó posesión de la recién creada cátedra «José Ortega y Gasset de Filosofía Española», de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. En diciembre de 1982, Julián Marías fue el primer intelectual en lengua castellana nombrado miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por el Papa Juan Pablo II.

De su imprescindible bibliografía –es autor de más de cincuenta libros– cabe citar los siguientes títulos: «Introducción a la Filosofía», «Historia de la Filosofía», «Nuevos ensayos de Filosofía», «La Escolástica en su mundo y en el nuestro», «Estructura social», «Ortega y la idea de la razón vital», «El existencialismo en España», «Idea de la Metafísica», «Biografía de la Filosofía», «Ortega, circunstancias y vocación», «Nuestra Andalucía», «La España real», «La devolución de España», «Método histórico de las generaciones», «Los españoles», «La imagen de la vida humana», «El oficio del pensamiento», «Justicia social y otras injusticias», «La mujer en el siglo XX», «Cinco años de España», «Problemas del Cristianismo», y «Ser español», entre otros.

Libro de memorias. En diciembre de 1988 presentó el primer tomo de sus memorias, «Una vida presente», que recoge su vida de 1914 a 1951 y que definió como «una narración vital que pretende poseer la vida y comunicarla, y un compendio de gratitudes». En 1989 completó las memorias con la publicación de otros dos volúmenes. Entre los galardones que ha recibido destacan el premio Fastenrath por «Miguel de Unamuno»; el Kennedy del Instituto de Estudios Norteamericanos, de Barcelona; el Juan Palomo por «Antropología metafísica», el Gulbenkian de Ensayo, el de la Academia del Mundo Latino; el Ramón Godó de Periodismo, el León Felipe de Artículos Periodísticos, el del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid y el Mariano de Cavia, que recibió en 1985 por su artículo «La libertad en regresión», publicado en la Tercera de ABC.

En abril de 1988 fue galardonado con el premio Castilla y León de las Letras, Ese mismo año le fue concedido el premio Bravo, que otorga la Conferencia Episcopal. El 16 de diciembre de 1990 ingresó en ]a Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con el discurso titulado «Reflexión sobre el cine». El filósofo ocupaba plaza en la sección de Artes de la Imagen.

En 1991 inauguró en París la cátedra Miguel de Cervantes, creada por el Comité de Lengua Española de la UNESCO, con una conferencia sobre el autor del Quijote. Ese mismo año presentó su nuevo libro «Cervantes clave española» en la Universidad de San Juan de Puerto Rico y formó parte del Comité de Expertos de la Exposición Universal de Sevilla. Obtuvo en 1996 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Marías, que se consideraba miembro de lo que él mismo denominó Escuela de Madrid, ha presentado de forma sistemática los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía de la razón vital. Presidente de la asociación Fundes-Club de los 90, en 1993 publicó «Literatura y fantasma», una recopilación de ensayos y artículos, todos ellos sobre asuntos literarios. El 1994 se le dedicaron diversos homenajes con motivo de su 80 cumpleaños, entre ellos tres mesas redondas en el Instituto de España, donde Julián Marías enfocó su trayectoria como escritor, como filósofo y como humanista. ABC Cultural le dedicó entonces unas páginas especiales a un pensador esencial.


Murió el filósofo y escritor Julián Marías

Cadena 3 Argentina, Buenos Aires, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Julián Marías El filósofo y escritor Julián Marías ha muerto en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Academia de la Lengua. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979.

Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, y serán enterrados el viernes, en el cementerio madrileño de la Almudena, aunque la hora está por precisar.

Marías, quien ocupa el sillón «S» de la Real Academia de la Lengua desde 1964, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.

Alumno de José Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, fue profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico. Tuvo cuatro hijos, uno de ellos, el conocido novelista Javier Marías.

Es autor de más de 50 libros, entre los que se encuentran La educación sentimental (1992) o el Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida (1995), en el que hace un recorrido por la desorientación moral de la época actual.

Gran aficionado al cine, durante muchos años destacó también en la labor periodística, sobre todo en sus asiduas colaboraciones en el diario ABC.

En los últimos años, Marías había manifestado su decepción porque «la filosofía se haya abandonado». «Hasta en Alemania, que era un país con una interesante trayectoria filosófica, se ha perdido la vocación por la filosofía. Y eso que la sociedad contemporánea la necesita más que nunca», decía. Por eso, asumía, con cierto sentido del humor, que «los filósofos somos cuatro gatos sin ninguna importancia social».


Muere el filósofo Julián Marías a los 91 años de edad

Estrella Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00
Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964

Estrella Digital/Efe. Madrid. El filosofo y escritor Julián Marías murió hoy en Madrid a los 91 años, informaron a Efe fuentes de la Academia de la Lengua. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979. Los restos mortales del filósofo, que falleció en su domicilio de Madrid, serán trasladados a un Tanatorio al norte de la ciudad y mañana serán enterrados en el cementerio de La Almudena, uno de los más antiguos de la capital de España.

Julián Marías, filósofo, sociólogo y ensayista, nació en Valladolid, España, el 17 de junio de 1914. A los cinco años se traslada a Madrid con su familia, donde estudió el Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y después se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense donde tuvo como profesores a Zubiri y a José Ortega y Gasset.

Conoció a este último en 1932 y fue su discípulo y amigo durante veintitrés años. Fue cofundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades de Madrid, del que más tarde fue director.

Es el gran continuador e impulsor de la obra de Ortega y ha ampliado y actualizado la idea orteguiana de la «razón vital». Es también un gran estudioso de Unamuno.

Entre 1935 y 1936 fue redactor de los «Cuadernos» de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Colaboró, asimismo, en la revista «Cruz y Raya», en la que en 1934 aparecieron sus primeros trabajos.

Tras el paréntesis de la guerra civil española, en la que fue encarcelado durante tres meses por una falsa acusación y liberado en agosto de 1939, pasó dificultades para publicar sus artículos y se le impidió trabajar como profesor de Filosofía y Letras.

En 1941 pudo publicar su primera obra, Historia de la Filosofía, en la «Revista de Occidente», a la que siguió La Filosofía del padre Gratry, el libro Miguel de Unamuno, varias traducciones de clásicos y una antología, El tema del hombre.

A principios de los cincuenta, y tras ser «vetado» para acceder a la cátedra que Ortega dejó vacante, Julián Marías imparte cursos como profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico.

En octubre de 1964 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua, para ocupar el sillón «S», que dejó vacante Wenceslao Fernández Florez. El 20 de junio de 1965 leyó su discurso de ingreso que versó sobre «La realidad histórica y social del uso lingüístico», y fue contestado por Rafael Lapesa.

En 1971 fue elegido correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Julián Marías es además miembro de la «Hispanic Society of America», de Nueva York; del «Institut International de Philosophie», de la «International Society for the History of Idees», y de la «Council of Scholars» de la Biblioteca del Congreso de Washington.

El 15 de junio de 1977 el Rey don Juan Carlos le nombró senador real, y en enero de 1979 fue elegido presidente de la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES).

En el verano de 1980 fue nombrado catedrático «honoris causa» por la Universidad de la ciudad de Buenos Aires, y el 19 de noviembre de ese año, tomó posesión de la recién creada cátedra «José Ortega y Gasset de Filosofía Española», de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

En diciembre de 1982, fue nombrado miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por el Papa Juan Pablo II el 20 de mayo de 1982. Julián Marías fue el primer intelectual en lengua castellana designado miembro de esta institución.

Es autor de más de cincuenta libros –entre ellos–: Introducción a la filosofía; Historia de la filosofía; Nuevos ensayos de filosofía (1968), La Escolástica en su mundo y en el nuestro; Estructura social; Ortega y la idea de la razón vital; El existencialismo en España; Idea de la Metafísica; Biografía de la Filosofía; Ortega, circunstancias y vocación; Nuestra Andalucía; La España real; La devolución de España; Método histórico de las generaciones; Los españoles; La imagen de la vida humana; El oficio del pensamiento; La España posible en tiempos de Carlos III, editada en 1963 y reeditada en 1988; Justicia social y otras injusticias; La mujer en el siglo XX; Cinco años de España; Problemas del Cristianismo; y Ser español, en 1987.

En diciembre de 1988 presentó el primer tomo de sus memorias, Una vida presente, que recoge su vida de 1914 a 1951. En 1989 completó las memorias con la publicación de otros dos volúmenes.

El 16 de diciembre de 1990 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con el discurso titulado Reflexión sobre el cine. El filósofo ocupa plaza en la sección de Artes de la Imagen.

El 23 de abril de 1991 inauguró en París la cátedra Miguel de Cervantes, creada por el Comité de Lengua española de la UNESCO, con una conferencia sobre Miguel de Cervantes, con ocasión del aniversario de su muerte. Ese año presentó su nuevo libro Cervantes clave española en la Universidad de San Juan de Puerto Rico y formó parte del Comité de Expertos de la EXPO de Sevilla, puesto que ejerció hasta julio de 1991.

Candidato al Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, en las ediciones de 1987, 1990, 1991, 1992 y 1993, lo obtuvo finalmente en 1996. En 1992 fue candidato al Premio Menéndez Pelayo y presentó la obra La educación sentimental.

El 26 de junio de 1994 publicó, con motivo de sus ocho décadas de vida, el artículo Ochenta años en el rotativo argentino La Nación en el que colabora desde 1948. Ese año, y también con motivo de su aniversario, se celebraron en Madrid varios homenajes, entre ellos tres mesas redondas en el Instituto de España, donde Julián Marías enfocó su trayectoria como escritor, filósofo y humanista.

El 9 diciembre de 1997 presentó en Madrid la obra Sobre el Cristianismo en la que recopiló una serie de ensayos en los que aborda los problemas y desafíos de la Iglesia Católica en el tercer milenio. Al año siguiente recogió en dos volúmenes titulados El curso del tiempo el mundo y sus cambios en los últimos 20 años.

Uno de los últimos actos a los que ha asistido el ensayista fue a la LX Feria del Libro de Madrid en junio de 2001 a la presentación del libro que sobre su vida y obra editó la Diputación de Valladolid, y de la que es autor el catedrático Helio Carpintero. Anteriormente, enero de 2001, el escritor participó en Madrid en el ciclo de conferencias sobre «Veinte siglos de vidas en España». Además de los mencionados galardones en junio de 1994 fue designado por el Ayuntamiento de Madrid Hijo Adoptivo de la Villa.

Sus obras están traducidas al inglés, alemán, portugués, holandés y griego.

Era viudo desde 1977. Estuvo casado desde 1941 con Dolores Franco Manera a quien conoció en la Universidad. Tiene cuatro hijos: Miguel, Fernando, Javier y Alvaro.


Muere el filósofo Julián Marías

La Nueva España, Oviedo, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:47

Fotografía de archivo, tomada el 8 de noviembre de 1996, del filosofo y escritor Julián Marías al recibir el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de manos de Don Felipe en el teatro Campoamor de Oviedo. Marías murió hoy en Madrid a los 91 años El filósofo y escritor Julián Marías murió hoy en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Academia de la Lengua. Amigo y discípulo de Ortega y Gasset, seguidor y estudioso de su obra y su «razón vital» era un intelectual liberal que «miraba a la vida» y que escribió más de sesenta libros.

Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, en la carretera de Colmenar, y serán enterrados mañana, viernes, en el cementerio madrileño de la Almudena, aunque la hora está por precisar.

Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979.

Nacido en Valladolid, en 1914, el pensador es autor de numerosas obras, entre las que destacan Historia de la Filosofía, Idea de la metafísica, La escuela de Madrid, Antropología filosófica y España inteligible. EFE


Julián Marías

Gustavo Bueno destaca su «acción infatigable»
y el «mérito» de su trabajo

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 16:28

Oviedo. El filósofo Gustavo Bueno destacó hoy «la acción infatigable y el mérito del trabajo» realizado por Julián Marías (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1996), fallecido hoy en Madrid. El pensador valoró positivamente la influencia que Marías ejerció a través de su obra, especialmente con la Historia de la filosofía y aseguró tener «un recuerdo afectuoso» del fallecido a quien conoció personalmente y visitó en su casa en el año 1942.

«Su primer impacto lo logró con su obra 'La historia de la filosofía', de gran influencia. Fue un libro muy idealista lo cual para muchos era un mérito, pero de aquello no queda prácticamente nada», dijo Bueno.

El pensador se refirió asimismo a la influencia de Ortega en la obra de Marías, a quien definió, no obstante, como «un Dios menor». «La obra de Julián Marías no es la de Ortega. Marías es un expositor, un divulgador, muy trabajador que dominaba el lenguaje», dijo Bueno.

De entre las aportaciones más valoradas de la obra del filosofo fallecido, Bueno destacó su planteamiento sobre «la España inteligible» que consideró como «algo muy apreciable».

Gustavo Bueno también mencionó la desvinculación de Marías del mundo universitario durante la etapa franquista. «Tuvo la suerte de no estar en la Universidad en aquella época y ejercer, pese a ello, una influencia importante con su obra». Recordó asimismo que sus libros se vendieron «más que nunca con Franco».

Insistió en la influencia que tuvo la obra del filosofo fallecido durante generaciones. «Mantuvo un estilo que para muchos hoy sigue vigente, pero que para mí habría que revisar, aunque evidente no despreciar», concluyó Bueno.


Miguel Delibes enaltece el magisterio filosófico de Julián Marías

Terra Actualidad, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:00

El escritor Miguel Delibes expresó su pesar por la muerte del pensador Julián Marías, fallecido hoy en Madrid a los 91 años, de quien enalteció su faceta de maestro, «lo que él quiso ser de muchacho y la España oficial le negó reiteradamente», manifestó a través de un comunicado remitido a Efe.

«En una época en la que no era fácil encontrar un intelectual que se expresara con maestría, con belleza y espontaneidad, hubo uno excepcionalmente dotado que fue Marías Aguilera. Contra viento y marea, el académico ahora fallecido extendió su fama y defendió su nombre por España, Europa y América Latina», añadió Delibes.

El novelista definió a Marías como «un ensayista cabal» y «un orador completo», cuyo continente y contenido de sus discursos «rimaba a la perfección sin necesidad de guiones ni notas complementarias». Ensalzó también su capacidad para el «verbo fácil y expansivo», así como su condición de «crítico convincente» y de «orientador de mentes jóvenes inclinadas a la filosofía».

Recordó también Miguel Delibes la generosidad de quien mediada la década de los setenta le propuso para ingresar en la Real Academia de la Lengua dentro de una candidatura, la del novelista vallisoletano, que también avalaron Vicente Aleixandre y Pedro Laín Entralgo.

«La noticia de la muerte de Julián Marías me ha afectado profundamente. Hace cincuenta años Julián ya significaba mucho para mí, desde mis escapadas estivales a Soria hasta su referencia personal que duró muchos años», afirmó el autor de El hereje.

Miguel Delibes concluyó que «no es esta ocasión de ensalzar su figura, sino de llorar su muerte, de expresar mi sentimiento a los que lamentan como yo su pérdida».


Julián Marías

¡Por mí que no quede!

Libertad Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:34
por Agapito Maestre

España está de luto. Ha muerto un maestro del pensamiento español. Un filósofo. Ha muerto un hombre ejemplar. Esto no es, sin embargo, una necrológica, sino el recuerdo de una obra viva para salvar a una nación, España, de su desaparición. Hoy, sin duda alguna, la obra de Marías es una referencia fundamental, una lección de ética política, para salvar el suelo y el espíritu sobre el que edificamos todos los españoles nuestros proyectos: España. Hoy, ante el cuerpo sin vida de Marías, los españoles de bien, los españoles, deben entonar la oración de Eugenio d'Ors: «Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha.» Marías nos deja una obra clave para salvar la circunstancia más grave, trágica, que vive España desde la Guerra Civil: la muerte de la nación española.

Por eso, precisamente, en nombre de la obra de Marías, esgrimiendo su argumentación precisa y su espíritu reconciliador entre todos los españoles, deberíamos abrir una iniciativa, una acción de moral ciudadana, para que ésta reciba el premio Cervantes, el mismo que en vida de su autor le negaron los mezquinos burócratas del Ministerio de la (In)cultura. Las cuentas estarían saldadas: si se reconociera a la obra, hoy más viva que nunca, lo que se negó a su autor. El reconocimiento nacional de la obra de Marías sería no sólo una señal significativa, una renovación del entusiasmo democrático, sino una afirmación de que España aún no ha sido vencida. España existe.

En la hora de su muerte sería un ingrato, un desagradecido, si ocultara la lección de inmortalidad que me dio una tarde de enero de 2003: «La gente admite con una frivolidad increíble que cuando alguien muere se acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie.» Ha muerto Julián Marías, pero su obra no ha hecho sino comenzar para quien aquella tarde, después de una conversación con el filósofo, escribió temblorosamente: «La filosofía no es para Marías un antídoto, un consuelo, porque la vida no es un veneno.» Fue un grandioso vitalista.

Escribí, sí, estas palabras, después de elegir una obra de Marías, Antropología metafísica, para palpar su originalidad filosófica. Aquí se muestra Ortega más allá de Ortega. Palabras elevadas y metáforas intelectuales desaparecen. La hipocresía del pensamiento es acorralada, en cierto sentido vencida, porque no recurre jamás a justificación alguna de nuestros terrores y deseos. El pensamiento está encarnado. El pensamiento está vivo. El pensamiento se iguala con la vida. La filosofía es, pues, expresión de vida, faz de la genuina existencia, pues «en el rostro –la persona en cuanto se proyecta hacia delante– rezuma la intimidad secreta en que esa persona arcana consiste».


Fallece el escritor Julián Marías

Aguirre anuncia un premio de humanidades que llevará el nombre de Julián Marías

Libertad Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:37
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, aseguró este jueves que el académico y escritor fallecido esta mañana Julián Marías «fue injustamente tratado por los dos bandos después de la Guerra Civil» y citó, por ejemplo, que nunca llegó a ser catedrático de ninguna Universidad y tampoco recibió el Premio Nacional de Ensayo. Aguirre anunció un premio de humanidades con el nombre del escritor.

LD (Europa Press). Aguirre, que ha realizado estas declaraciones en el Tanatorio de La Paz, donde se encuentra Julián Marías, recordó que este intelectual «ha sido una de las figuras más importantes del pensamiento para la filosofía y la literatura» y que «iluminó sobre diversas cuestiones de una manera brillante». Asimismo aludió a su carácter bondadoso y destacó que fue discípulo de Ortega e incluso crítico de cine.

Por todo ello, Aguirre afirmó que «se debe producir una restitución de su memoria» y avanzó que la Comunidad de Madrid creará un premio de humanidades que llevará su nombre con una importante dotación económica que tenga como objetivo impulsar estas materias a las que él dedicó su vida. Por otra parte, señaló que se ha pensado poner el nombre de Julián Marías a uno de los últimos colegios que está poniendo en marcha la Comunidad de Madrid, posiblemente el de Vallecas.

Finalmente, Esperanza Aguirre dijo que Julián Marías tuvo una vida «muy fecunda» y confesó su «admiración» hacia él al tiempo que recordó que cuando fue ministra de Educación le pidió formar parte de una comisión de Humanidades. «Madrid nunca le ha olvidado», concluyó.


Javier Marías: «España ha sido bastante cicatera con mi padre»

Informativos Tele 5, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:39
Agencias. El escritor Javier Marías, hijo del fallecido Julián Marías, cree que España «ha sido bastante cicatera y tacaña» con su padre, un filósofo que ha sido «una persona importante» en la vida intelectual española del siglo pasado

Javier Marías ha hablado con la prensa en las puertas del tanatorio de La Paz, donde está instalada la capilla ardiente con los restos morales de su padre, el filósofo y también escrito Julián Marías. Según el hijo del fallecido, en España «viene siendo algo tradicional e histórico el que a personas de gran valía no se les valore institucionalmente o se les haya hecho poco caso».

Según Marías, su padre nunca ha obtenido ningún premio nacional, «ni siquiera el de Ensayo que se da todos los años, y qué decir de otros como el Nacional de Literatura o el Cervantes. Nunca ha tenido ese reconocimiento oficial».

«Yo no soy quién para valorar la figura intelectual de mi padre porque no soy imparcial, pero sí que ha sido una persona importante en la vida intelectual de España del siglo pasado y de éste», ha afirmado el escritor.

Aquel artículo que interesó a Adolfo Suárez. Julián Marías fue una figura intelectual de gran relevancia durante el franquismo. De hecho, mientras se elaboraba la Constitución este filósofo escribió una artículo de tal peso que incluso el presidente Adolfo Suárez lo llamó para consultarle algunas cuestiones.

Javier Marías ha recordado que su padre sufrió «durante muchos años» las represalias franquistas. A este mal gesto se unió la falta de reconocimiento oficial por parte de los gobiernos democráticos que se han ido sucediendo. Sin embargo, según Javier lo que más le importaba a su padre eran sus lectores de «dentro y fuera de España».

España, cicatera y tacaña. Visiblemente afectado por la muerte de su padre, Javier Marías ha recordado también la figura del filósofo desde un punto de vista más personal y ha dicho que ha sido una persona «con la que he tenido mucho que hablar. He nacido en una casa llena de libros y se da la circunstancia de que a mí esos libro me han gustado» y han debido influir en su carrera de escritor.

«El sabía mucho de literatura, no sólo escribía de filosofía, de asuntos sociológicos o políticos, también escribió libros de literatura», ha recordado Marías. El escritor, que reconoce que no puede ser imparcial, ha querido destacar que su padre «era muy agudo a mi modo de ver en toda su obra literaria, y tiene un libro excelente sobre el Quijote, del que este año no se ha hablado nada».

Como escritor, Julián Marías le aconsejaba a su hijo que «uno tiene que escribir siempre lo que quiere, sin importarle los resultados, sin tener en cuenta si lo que uno hace le gusta o no a los demás».

En suma, Julián Marías fue uno de los grandes intelectuales del siglo XX, y, aunque a su hijo Javier le importa poco «lo institucional», «se podría decir que España, a nivela institucional, ha sido bastante cicatera y tacaña con él».


Julián Marías

Savater destaca su importancia a la hora de «acercar» la filosofía «al gran público»

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:23

Madrid. El filósofo Fernando Savater, afirmó hoy que Julián Marías fue «una de esas personas que acercó la filosofía al gran público», algo que siempre intentó, a través de libros muy «accesibles» como, por ejemplo, La biografía de la filosofía. «Fue un adelantado en acercar la filosofía de forma clara y accesible a la gente», subrayó.

En este sentido, lamentó que haya sido una de las personas de su «importancia y peso intelectual» que «menos reconocimiento ha podido conseguir». Además, agregó que ha sido también «muy importante» en la «formación intelectual» de nuevas generaciones de pensadores, incluido él mismo.

Savater argumentó que ese poco reconocimiento puede deberse a que estuvo represaliado tras la Guerra Civil, en una situación de «marginación» por parte de los ganadores de aquella guerra y, añadió que, como «no era una persona de izquierda militante pues tampoco ha tenido reconocimiento por el otro lado, se ha quedado un poquito a medio camino».

Finalmente, apuntó que Marías tiene muchos libros «interesantes», si bien señaló como uno de «los más manejados», La historia de la filosofía, que él mismo leyó «mucho» en la universidad, por lo que es un libro al que le tiene «mucho cariño», y recordó que escribió mucho también sobre los conflictos autonómicos, Cataluña, temas religiosos y tiene una «famosa antología sobre la unidad de España».


Julián Marías

Salvador: Ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral

Terra, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005

El vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, buen amigo desde hace 18 años de Julián Marías, afirmó hoy que el filósofo fallecido «ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral» y fue un intelectual «al que le debe mucho España».

«Ha sido una de las personas que más claro ha tenido el concepto de España, de lo que es este país, de lo que se le debe a España en el mundo y de lo que España podía ofrecer», dijo, en declaraciones a Efe, Salvador, quien se enteró de la noticia del fallecimiento cuando viajaba hacia Alcalá de Henares para asistir a la investidura de Antonio Mingote como doctor honoris causa.

Salvador señaló que, en los últimos tiempos, desde que Julián Marías dejó de ir a la Academia de la Lengua, lo visitaba en su casa y pasaba largos ratos «charlando con él. Estaba muy lúcido, aunque cada vez se iba deteriorando más».

«Ha muerto en soledad; cuando uno tiene más de noventa años se muere de eso, de la edad. Pero estuvo muy activo hasta el final, y hasta hace un año, aproximadamente, ha estado publicando artículos en la prensa», agregó.

Con su extensa obra, Marías se ha ganado un puesto destacado en la producción ensayística del siglo XX, y «en futuras historias de la literatura y del pensamiento de ese siglo habrá un capítulo que será Julián Marías y otros», afirmó Salvador, para quien el filósofo fallecido hoy «ha estado siempre en primera línea, ha publicado infinidad de libros y ha ayudado a ordenar el pensamiento en España. Muchos hemos aprendido filosofía en su Historia de la Filosofía».

Julián Marías prestaba gran atención «a todas las cosas de actualidad y a las cuestiones políticas». Era también gran aficionado al cine y «ha sido un espectador de cine muy inteligente», que aconsejaba de manera acertada sobre las películas que había que ver.

«Para mí era una figura admirada mucho antes de tratarlo en la Academia», afirma Salvador, quien, como curiosidad, recuerda que cuando él entró en la RAE, hace 18 años, Marías apoyaba la candidatura de su oponente. A pesar de eso, «luego nos fuimos acercando y haciendo amigos. Hemos tenido una relación intelectual muy viva y un gran entendimiento. Pensábamos lo mismo acerca de muchas cosas».

Pero, «fundamentalmente, Julián Marías ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral». «Ha sido un perseguido» durante décadas en España, afirma Gregorio Salvador, quien recuerda que, cuando terminó la Guerra Civil, el filósofo decidió no exiliarse, «mantuvo vivo el pensamiento en España».

«Estuvo a la contra. Le impidieron doctorarse, tuvo que hacerlo en el extranjero; nuestro maestro mayor en filosofía no tuvo una cátedra en la universidad durante el régimen franquista, y finalmente le dieron una extraordinaria en la transición», añadió Salvador.

Después del cambio de régimen, Marías siguió siendo «una persona molesta para la nueva situación, porque, por su independencia, estaba por encima de muchas cosas, y también porque creo que era alguien que avergonzaba a muchos de los que luego llegaron, y eso sucedía porque él había sabido estar en su sitio y otros quizá no».


Julián Marías encarna espíritu transición, según nieto Ortega

Terra, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:59

París, 15 dic (EFE). José Varela Ortega, vicepresidente de la Fundación José Ortega y Gasset y nieto del filósofo, afirmó hoy a EFE que el fallecido Julián Marías «encarna perfectamente el espíritu de la transición» española. Varela, catedrático de historia contemporánea de la madrileña Universidad Rey Juan Carlos, destacó la habilidad de Marías para «arrostrar y navegar» por la España Franquista «sin una palabra más alta que otra y sin el menor deseo de venganza, pensando siempre en la reconciliación de los españoles». Recordó que el filósofo fallecido hoy sufrió la represión Franquista pero «nunca hizo bandera de ello». «Siempre mantuvo un espíritu de concordia en plena Guerra Civil», afirmó Varela, que participó en París en un coloquio sobre su abuelo. Discípulo fiel de Ortega y Gasset, Javier Marías colaboró estrechamente con la Fundación que lleva el nombre del fundador de la Revista de Occidente. Varela fue alumno de Marías y en varias ocasiones le visitó en su domicilio, aseguró. «Era una persona de una gran integridad moral, un intelectual de verdad en el mejor sentido de la palabra», aseguró el profesor. Indicó que Marías era «un discípulo de Ortega y Gasset de primerísimo nivel con libros imprescindibles para el conocimiento de la filosofía 'orteguiana'». «Tres o cuatro generaciones nos iniciamos con su Historia de la filosofía y es difícil encontrar un libro tan pedagógico, ameno e inteligible», aseguró. Precisó que Marías «es uno de esos españoles que se echará de menos, que vivió hasta el final de una manera muy lúcida».


Ha muerto Marías: Cebrián descansa en paz

Hispanidad, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005
por Eulogio López

El hoy fallecido Julián Marías es el prototipo de hombre de la postguerra (de la postguerra de la II Guerra Mundial). En 1962, cuando Jesús Polanco y Juan Luis Cebrián disfrutaban las mieles del servilismo al Régimen, Marías firmaba con otros intelectuales un documento, el primero desde que terminara la Guerra Civil, contra la falta de libertades. El discípulo de Zubiri y de Ortega nunca aceptó la dictadura.

Luego llegó la transición, los modelos ideológicos cambiaron. Se impuso la generación progre, la representada por Juan Luis Cebrián, y resultó que Julián Marías fue condenado por El País y sus medios al ostracismo. Sus artículos ya no eran bien recibidos, su militancia antifranquista y su verbo claro y pluma aún más sincera desapreció del discurso cultural imperante, y especialmente de los medios «democráticos». La razón era muy simple: Julián Marías era, antes que ninguna otra cosa, católico, sin apellidos. Como diría Clive Lewis, pertenecía «al mero cristianismo». Y lo que resultaba más insoportable para los polancos o cebrianes: era católico a fuer de demócrata. La ecuación que constituye el basamento de toda la progresía quedaba en el aire: o cristiano o demócrata, pero ambas cosas, nunca jamás. Y como no se le podía quitar el sombrero de demócrata ni estaba dispuesto a ocultar su sombrero de cristiano, pues, qué remedio, había que condenarle al silencio.

En cierta ocasión, veinte años atrás, acudí a su domicilio para hacerle una entrevista. Le pregunté qué es lo que más deseaba en el mundo (uno es capaz de formular preguntas así de profundas, oiga usted) y me contestó que, tras la muerte de su esposa, lo que más anhelaba era morirse. Lógico, ¿no? Para un tipo de fe, la muerte es el más esperado de los acontecimientos. Sólo quien ama la vida puede desear la muerte. La progresía ya puede descansar tranquila: Marías ha dejado de ser un incordio viviente que contradecía sus postulados... y hasta sus prejuicios.

Es una gran noticia la de hoy: Marías está donde quería y Cebrián ya puede descansar tranquilo, en paz.


La filosofía como vida

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Gustavo Bueno

La representación que tengo de Julián Marías es amable, no sólo por su pensamiento y su obra, sino por su persona. Es una figura inexcusable, y no solo de la filosofía. Decía Henri Bergson que todos tenemos dos filosofías, la de Espinosa y la nuestra propia. Marías elaboró la suya durante toda su vida. Otra cosa es tratar de enjuiciar en qué tipo de filosofía se movía y qué alcance puede tener para las generaciones futuras. Eso es algo difícil y opinable. Estuvo perseguido por el franquismo y su influencia fue tremenda durante aquella etapa. Significó un gran paso adelante y una novedad completa con la filosofía de aquellos años. Bajo la influencia de Ortega y Zubiri, adoptó una perspectiva distinta. Todos lo leíamos en los cuarenta. Recuerdo un conjunto de ensayos muy interesantes, con una crítica filosófica distinta a la de la escolástica, que es la que se usaba por aquel entonces. Luego se mantuvo en la escuela del cristianismo, lo que le daba una perspectiva particular y esto era lo que le diferenciaba de Ortega.

En la Transición tuvo gran influencia sobre todo en su condición de senador y, también, con sus artículos y obras políticas. La impresión que tengo, sobre todo en los últimos años que di clase en la facultad, es que a los estudiantes no les interesaba Marías, lo veían como de otra generación. Quizás encontraban ciertos rasgos en su forma de pensar que les resultaban arcaicos. Esa no es mi opinión, era un escritor perfectamente dueño de sus palabras. Pero no fue un pensador de la importancia de Ortega. En cuanto al alcance histórico, ha sido una figura menor, pero sin embargo de primera fila, y en este orden se seguirá leyendo.


En la senda del pensamiento de Ortega

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por José Luis Molinuevo

Es el año 1943 y Ortega está en el exilio de Portugal. Su hijo José le transmite la petición de Julián Marías para que escriba un epílogo a la segunda edición de su Historia de la Filosofía, que ya llevaba un prólogo de Zubiri. Se hará justicia a la importancia y variedad de la obra creadora de Julián Marías. Pero en este momento luctuoso quizá no sea del todo inoportuno llamar la atención sobre un, ahora, modesto libro. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Es un pequeño homenaje de «salvación» orteguiana.

No fue uno de los manuales de historia de la filosofía al uso, tan denostados, «remediavagos» los llamaba Ortega. Sino que se benefició en su escritura de uno de los escasos momentos en los que la filosofía española estuvo a la altura de su tiempo, con Morente, Zubiri y el propio Ortega. Y también permitió después a sucesivas generaciones de españoles acceder en tiempos difíciles a los autores de las fuentes. Cosa distinta de la investigación sobre las fuentes de los autores, aspecto que no llegaba a entusiasmar a Don Julián.

Además de esto, el libro pudo haber sido el detonante de la última y más ambiciosa empresa de Ortega. Aquella de la que hablaba constantemente, y que demostraría, de una vez por todas, que su obra era un pensamiento sistemático de expresión circunstancial. Ortega está entrando en el invierno de su vida, como Europa está pasando el invierno de la época. Con la crisis de la fe en la razón que tendría que dar lugar a algo nuevo, al igual que la crisis de la fe en el mito dio origen a la filosofía. Pero advierte Ortega y Gasset que de la crisis de la razón nos retiramos a la vida, para encontrar en ella su razón.

Lee la «Historia de la Filosofía» de Julián Marías y comienza a redactar el epílogo solicitado. Sin embargo, «...al manuscribir las primeras líneas de este epílogo vi que no podía, que no debía reducirse a las páginas sino que había llegado la hora –en mis sesenta años– de soltar las crines y los frenos a las cuádrigas del pensamiento –aunque no fuese más que para demostrar una vez más–, lo que veintiséis siglos de pasado meditabundo habían hecho ver de sobra en Occidente: que la filosofía es la forma que toma la juventud floreciendo y madurando en el hombre viejo».

El libro sobre la vida de la razón, que debería convertirse en la razón de la vida del último Ortega, llevaría, según éste, un título feo, «Epílogo». La investigación sobre los orígenes del pensamiento le conduciría a los orígenes del suyo, probando una originalidad regateada. Comienza una larga gestación. En el verano de 1945 escribe Ortega a Julián Marías que piensa separar una parte del libro proyectado, publicando otro con el título El origen de la filosofía. Temas y libro se quedan una vez más «trasconejados», como gustaba decir a Ortega, en los avatares de su vida. Paulino Garagorri hizo una edición de los inéditos con el título Origen y Epílogo de la Filosofía. Posteriormente la incorporó Julián Marías a su Historia de la Filosofía. Yo mismo hice una edición de las notas de trabajo de Ortega con el título de «Epílogo», prologado por su hija Soledad.

Julián Marías se quedó entonces sin el epílogo a su Historia de la Filosofía. Pero fue sacrificado generosamente para alimentar la última filosofía de Ortega. Sería deseable que su muerte no significara un epílogo definitivo a su filosofía, para seguir nutriendo la filosofía española.


La universidad ausente

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Helio Carpintero

La figura de Julián Marías se irá agigantando con el tiempo porque ha sido un extraordinario pensador, un hombre comprometido con la sociedad y los problemas de su tiempo, y que vivió y sufrió una situación, desde que comenzó su carrera como escritor y filósofo al concluir la Guerra Civil, de exilio dentro de España. Estuvo marginado en la Universidad y eso no le hizo perder su preocupación, en todo momento, por mantener e impulsar la tradición del pensamiento que había heredado de sus maestros, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, la generación del 98 y la que había dejado toda la tradición liberal española. Además se esforzó por mantenerla viva durante el franquismo, promoviendo así lo que luego denominó «la devolución de España»: la recuperación de la democracia, la verdad y el pensamiento libre, de la mejor tradición intelectual en nuestro país. Durante la transición estuvo directamente implicado en la tarea de la redacción de nuestra Constitución, en la que intervino de una manera activa y pública, introduciendo sus puntos de vistas acerca de cómo mejorar el boceto de Constitución. Siempre ha estado implicado en la realidad histórica e intelectual de nuestro país.

Algo que nunca dejó, incluso durante la dictadura. Al acabar la guerra, como él cuenta en sus memorias, estuvo en Madrid y colaborando especialmente con el filósofo Julián Besteiro durante los últimos tiempos de la guerra. Luego, él mismo, estuvo en la cárcel unos meses, y al salir estuvo totalmente apartado de la universidad y de la vida oficial durante un largo periodo de tiempo. Ni siquiera pudo escribir en los periódicos. Hacia la década de los 50, después de haber pasado un tiempo enseñando en Estados Unidos, pudo incorporar su firma a algunos medios españoles, pero siempre como un escritor absolutamente independiente y al margen de todas las instituciones oficiales.

Él ha ejercido su magisterio como profesor, sobre todo en las universidades americanas y otras extranjeras, especialmente en Argentina, donde es un nombre admirado y extraordinariamente respetado, mientras que aquí no pudo tener una cátedra. Sólo con el gobierno de Adolfo Suárez, que hizo una recuperación de las figuras más importantes que no habían entrado en la universidad, se le reconoció y se le nombró catedrático de la Uned en una cátedra recién creada que se llamó Ortega y Gasset y que se extinguió a los pocos años, cuando él se jubiló. De forma que su presencia física en la Universidad española ha sido muy pequeña pero es verdad que innumerables estudiantes han estudiado su «Historia de la filosofía» un libro que han estudiado, desde 1941 hasta hoy en día, muchas generaciones .


Un eslabón solitario del pensamiento español

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Germán Cano

Cuando uno se acerca a la obra de Julián Marías, lo primero que piensa es hasta qué punto en su caso y en el de otros compañeros de su generación el relevo de la cultura española perdió con el franquismo un imprescindible eslabón generacional. De algún modo su figura es testimonio del erial cultural que desertizó España tras desprenderse de la tradición precedente. La llegada de Marías a la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid coincidió con la mejor época de la Universidad española y con un plantel de maestros difícilmente repetible: Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Zubiri, Gaos, García Morente y, sobre todo, Ortega y Gasset. Aunque la relación con todos fue fecunda, fue sin duda el último quien guió sus pasos a través de su gran tema: la teoría de la razón vital y la estructura empírica de la existencia. Esta orientación se complementaba con un buen conocimiento de la fenomenología, la filosofía de los valores o el existencialismo. Aranguren calificó a Marías como «el discípulo por antonomasia de Ortega», y no le faltaba la razón. «En realidad –decía el maestro– se ha hecho usted discípulo mío después de dejar yo de ser profesor, en estos años de ausencia mía y de reconcentración y de madurecimiento de usted». De este encuentro surgirán obras como «Ortega I: Circunstancia y vocación» (1960) y «Ortega II: Las trayectorias» (1983). En este sentido, su trayectoria, se antoja más ortodoxa y menos original, por ejemplo, que la de María Zambrano. En esta labor de principal «heredero» del espíritu orteguiano cabe cifrar, la principal contribución de Marías al pensamiento español. Sin embargo, no es menos cierto que supo desarrollar esta fidelidad al maestro y escapar de la mera repetición escolástica profundizándola y desarrollándola con otras influencias importantes, por ejemplo, la de Unamuno. De él aprendió la importancia del compromiso vital, de «carne y hueso», con la verdad y la preocupación «agónica» por el tema de la muerte, una cuestión que no se ajustaba al talante más jovial de Ortega. No hay que olvidar que esta filiación orteguiana y sus antecedentes liberales le causaron no pocos problemas, como el «suspenso» de su tesis doctoral en 1942. En esa época Marías, considerado por Franco «un enemigo del régimen», fue considerado persona «non grata» para la Universidad, sobre todo después de que en 1940 publicara «Historia de la filosofía» que se abría con un prólogo de Zubiri y terminaba con un capítulo sobre Ortega. Una marginación que empezó a desvanecerse, pero que en los últimos años se transformó en silencio. En 1964 llegó a ser miembro de la Real Academia Española; entre 1977 y 1979 fue senador por designación real, y en 1980 accedió a la cátedra extraordinaria de la cátedra «José Ortega y Gasset» de la Uned. Hasta ese momento, Marías se había curtido como profesor, impartiendo docencia en universidades extranjeras (Harvard, Los Ángeles, Yale, Buenos Aires, Puerto Rico...), y como escritor, desarrollando una incesante actividad como articulista y conferenciante. Su amor hacia el séptimo arte encontró un hueco en la prensa, donde publicaba sus reflexiones. Hace veinte años, el hispanista Harold Raley tituló su libro sobre Marías «La visión responsable», un rótulo que describe su posición. De forma similar a la tentativa «raciovitalista», el planteamiento filosófico de Marías surge como un intento de reforma filosófica radical que toma como pretexto el insuficiente planteamiento fenomenológico de la relación yo-mundo. Asimismo, esta indagación no puede separarse de la dimensión hermenéutica de la razón histórica. El hombre no es sólo una realidad temporal por estar inmerso en el tiempo, sino, ante todo, porque, en cuanto se compone de su «circunstancia», está constituido por una forma muy precisa de temporalidad, la histórica. En la medida en que la vida se nutre de sus propios actos, el hombre ha de responder de ella, se hace responsable de sí, y contrae la ineludible obligación vital de saber a qué atenerse en sus decisiones. En otras palabras, no tiene sentido una filosofía que no esté de algún modo a la altura de su tiempo. A partir de ahí se entiende la importancia que en esta reflexión tienen categorías como la «responsabilidad», o incluso la preocupación por España como problema, tema sobre el que volvió una y otra vez como muestran sus libros «Ser español», «España inteligente: razón histórica de las Españas» o «Los españoles».


Muerte de la nación y olvido de los libros

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Jorge Urrutia

La relación de los pensadores de estirpe orteguiana con la literatura fue siempre grande. Tal vez Julián Marías es, de todos ellos, no quien más comentarios de obras hiciese pero sí quien más teorizase, aunque no falten en su bibliografía páginas sobre Pérez Galdós, Bécquer, Rosales o los autores llamados del 98, entre otros. En 1973, estando él de profesor en Indiana University, una editorial solicitó a varios intelectuales respuestas a unas preguntas sobre literatura y educación, con destino a un libro que se publicó al año siguiente. Que Marías dio importancia a sus respuestas resulta evidente cuando las encontramos en «Literatura y generaciones» volumen, que publicara en 1975 la colección Austral.

Empieza Marías afirmando que el estudio de la literatura es importante porque ésta ha constituido «el factor decisivo que ha determinado el interés por ciertos temas» y constituye el «gran instrumento de interpretación de las formas de vida». La exploración del espacio interestelar, por ejemplo, importa poco a la gente porque carece de literatura. Si conocemos la historia griega se debe a que posee una amplia literatura y, en cambio, el período visigótico permanece oscuro, pese al gran número de documentos conservado. La literatura cumple una función mítica, esencial para la construcción de las naciones y prescindir de su enseñanza sería el camino más rápido para obtener una masa sin memoria histórica. Conviene observar que España es un país cuya cultura ha sido fundamentalmente literaria y la literatura ha sido su modo de integrarse en el ser europeo y occidental.

Marías entiende que la construcción del yo es una operación literaria: «Ni yo puedo convivir con los demás sin imaginarlos (...) ni puedo vivir sin inventarme como personaje». La literatura es, pues, un instrumento de humanización. Cuando al pensador se le pregunta sobre los efectos de la desaparición de la enseñanza de la literatura, asegura que atentaría gravemente contra el concepto de nación, el arraigamiento cultural en Europa y a la ruptura de los valores individuales y colectivos.

Pese a lo dicho, no cae Marías en el error de contemplar la literatura como una manifestación secundaria que importaría sólo por su contenido, como si de un mero soporte traslaticio se tratara. Al hablar del estudio de las fuentes literarias, afirma: «Lo que en definitiva interesa es qué hace el autor con esas fuentes». Defiende un estudio de la obra literaria, que se base en los procedimientos literarios, en los modos de manipulación de los temas y en la construcción del texto. A Marías le preocupa cómo se conforma la significación y pide que se integre el estudio del autor en lo que llamaríamos el campo literario pero, también, en la preocupación por el lector, apuntando en su libro «La estructura social» (1972) un esbozo de teoría del receptor. Más allá del acuerdo que las opiniones de Marías puedan suscitar, lo que el cronista lamenta es que una reflexión de este tipo, con polémica incluida para todas sus trascendentes implicaciones, no exista en España en una época en la que sufrimos la generalización de un pensamiento político enclenque, provinciano, ágrafo y carente de respuesta intelectual.


La palabra certera

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Víctor García de la Concha

La muerte de Julián Marías ha sido un mazazo. Todos los académicos estábamos ligados a Julián Marías, pero había algunos, como Antonio Colino, que era un amigo de la infancia. O Emilio Lledó, que también estaba muy unido a él, y para el cual era un referente de la filosofía en España. Destacaba su Historia de la filosofía, que no por ser un libro de juventud dejaba de ser un gran libro. Lamento que la universidad española haya sido injusta con él y que no fuera reconocido hasta muy tarde, casi hasta la Transición. Pero a pesar de que era un hombre sin cátedra en la universidad, sí tenía una cátedra abierta en las principales universidades y medios culturales de todo el mundo.

Con Marías desaparece una etapa de la cultura española. Como buen orteguiano estaba abierto a la cultura y el pensamiento, como refleja la hondura de sus trabajos. Y también desaparece un académico singular. Me sorprendieron siempre sus intervenciones en los plenos. Cuando se discutía la acepción de una palabra, él, con una frase certera, daba en la diana. Este hecho era un reflejo de su forma de pensamiento. Sus discursos, que nunca llevaba escritos, poseían una gran claridad, eran un fluir del pensamiento. Eran tan diáfanos que parecía que lo tenía escrito, pero no estaban redactados. Esta impresión la daba por su gran asimilación de la cultura.


Civilidad del pensamiento español

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Antonio Garrigues Walker
Presidente de la Fundación Ortega

Primero, y ante todo, lamento la pérdida de un gran ciudadano, una de las gentes más buenas y más válidas que uno ha conocido. Y después, muchos otros sentimientos que se mezclan y superponen. Sin duda, prevalece el agradecimiento a una labor tenaz y constante para mejorar la civilidad, la calidad y la modernidad del pensamiento español.

En este país no sabemos dar las gracias adecuadamente, y a Julián Marías nadie se las dio. Él nunca reclamó, como hacen tantos otros, ese agradecimiento. Pienso que ahora tenemos entre todos la obligación de valorar su obra, revivir sus mensajes y reconocerle como uno de nuestros grandes pensadores. En la Fundación José Ortega y Gasset nos comprometemos desde ahora mismo a llevar a cabo esta tarea y confiamos en contar con la colaboración de muchos.

Sólo debo añadir, desde mi concepción liberal, que Julián Marías representó al liberalismo y a la sociedad civil en un grado de excelencia. Ha sido y seguirá siendo uno de nuestros ejemplos más admirables.


Sólo admiración y agradecimiento

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Esperanza Aguirre Gil de Biedma
Presidenta de la Comunidad de Madrid

La noticia de la muerte de Julián Marías me ha llenado de profunda tristeza. Hace algo más de un año, cuando Julián Marías cumplió noventa, tuve la suerte de que me recibiera en su casa, adonde fui para felicitarle por su cumpleaños y para expresarle, una vez más, mi admiración y mi respeto por su ingente obra intelectual y por el inmenso ejemplo de integridad moral que siempre nos ha dado. Allí, en su casa, encontré a un Julián Marías ya bastante débil de piernas, con problemas de vista, pero esplendorosamente vivo y brillante de memoria y de juicio. La verdad es que salí de aquella larga entrevista que mantuvimos en su despacho, lleno hasta el último rincón de montones de libros y papeles, con la sensación de haber estado junto a un gigante de la vida intelectual española de los últimos setenta años.

Julián Marías, con los problemas físicos lógicos a su edad, me había dado una exhibición de sus infinitos conocimientos sobre historia, literatura, filosofía y también sobre cine, sostenidos todos en una memoria prodigiosa para las citas, las referencias y las fechas. Hay un famoso verso que Jorge Guillén dedicó a don Ramón Menéndez Pidal –del que, por cierto, también puede considerarse discípulo a Marías–: «Buscad sus pares, pocos». Así quería expresar su admiración por la obra de otro de los grandes de la auténtica cultura española de todos los tiempos. Pues bien, creo que a Julián Marías se le pueden dedicar también esas palabras del poeta. Pocos, muy pocos, pueden presentarse ante la Historia con una obra intelectual tan cumplida, tan llena, tan profunda y tan preocupada por explicar lo que pasa y lo que nos pasa.

Nunca fue Marías un pensador encerrado en su torre de marfil, nunca se limitó a cultivar la filosofía pura –y eso que fue uno de los primeros, si no el primero, en conocer a fondo la obra clave de Heidegger, que es el filósofo por excelencia del siglo XX–. Siempre procuró iluminar a sus infinitos lectores con sus reflexiones sobre la realidad cotidiana, española y no española. Unas reflexiones siempre llenas de inteligencia, por supuesto; de amplitud cultural –su cultura era absolutamente universal–; de profundidad y de rigor intelectuales. Y, sobre todo, siempre llenas de sentido común –ese sentido común que ahora echamos tanto en falta en nuestra vida pública–, de bondad y de generosidad.

Una bondad y una generosidad que en Marías han sido proverbiales durante toda su vida. Probablemente es el intelectual español al que peor ha tratado el «establishment» político y universitario en los últimos tiempos, hasta el punto de que para la Universidad española es hoy una falta imperdonable que Marías no haya enseñado nunca en sus aulas. Sin embargo, Julián Marías jamás ha dedicado ni una sola línea a quejarse. Todo lo contrario. Represaliado, de verdad, al final de la guerra, siempre hizo gala de un optimismo vital admirable y, a base de un trabajo y un esfuerzo inmensos, supo encontrar la manera de llevar a cabo, incluso en aquellos años de represión, una obra intelectual absolutamente impar.

Hoy, a la hora de su desaparición física, quiero testimoniar mi admiración por la magnífica persona que ha sido Julián Marías y mi agradecimiento por la monumental obra intelectual que ha llevado a cabo durante toda su larga vida dedicada al estudio, la reflexión y el trabajo intelectual, una obra que va a permanecer entre nosotros y que nosotros vamos a continuar leyendo y apreciando.


Don Julián

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Santiago Castelo

Para los redactores de ABC Julián Marías era, sencillamente, don Julián. Casi toda su vida estuvo ligado a esta Casa, desde que, siendo un joven intelectual, quiso, en los trágicos meses de enero a marzo de 1939, poner la voz de su cordura en los editoriales de aquel ABC de Madrid, secuestrado por la República. Agonizaba ésta y aquel muchacho de apenas veinticinco años intentaba agilizar la capitulación de Madrid, llamando a la concordia y queriendo evitar aún más derramamientos de sangre.

Vuelto ABC a sus legítimos dueños, la liberalidad de Juan Ignacio Luca de Tena fue llamando a sus publicaciones a los perseguidos por el nuevo régimen. Desde José María Massip a José Carlos de Luna, desde Ramón Pérez de Ayala a Azorín; desde Miguel Pérez Ferrero a Lorenzo López Sancho. Y a Julián Marías. Hasta ahora.

A mí me tocó, en los últimos veinte años, la honrosa tarea de hablar con él cada semana. Don Julián era un pozo de sabiduría, de inteligencia, de sagacidad, de patriotismo, de religiosidad. A simple vista parecía huraño y hasta antipático, pero bajo esa especie de coraza anidaba un hombre con una ternura emocionante, con una bondad de niño, con unas ingenuidades increíbles. Asombraba su sentido del periodismo. Si le llamaba pidiéndole una Tercera de urgencia, ya sabía de antemano que me iba a decir que no. Alegaba sus muchos quehaceres, refunfuñando, sus libros, sus conferencias... Al cuarto de hora él mismo te telefoneaba para decir cuándo tenía que ir el motorista a recoger el artículo. Y era una pieza impecable.

España ha perdido a uno de sus pensadores más eminentes. La Casa de ABC y quienes trabajamos en ella, a un colaborador excepcional, a cuyo lado siempre se aprendía algo.


Adiós a Julián Marías

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Manuel Martín Ferrand

Desde que Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro se enzarzaron en su brillante y fecunda polémica sobre la esencia y la realidad de España, ha sido Julián Marías el más notable y constante, el más esforzado, de todos los intelectuales atentos al sentido y el significado de una Nación que es grande aún en la pequeñez de algunos, bastantes, de sus protagonistas. Ayer, cumplidos los 91 años de edad, se fue de este mundo con la elegante discreción con la que supo vivir, después de dejarnos una obra literaria y filosófica a la que muchos debemos agradecimiento porque nos sirvió de guía para adentrarnos en el mundo del pensamiento y entrar, de puntillas, por la puerta que abre su Historia de la Filosofía.

Marías fue alumno de José Gaos, Manuel Gómez Morante [sic], Xavier Zubiri y, sobre todo, de José Ortega y Gasset –la «Escuela de Madrid»–, y de este último, además de discípulo, continuador. Supo pensar nuestra Historia y destilar de ella, sin caer en los aspavientos de un nacionalismo españolista, sus rasgos fundamentales e identitarios. Su Consideración de Cataluña, por ejemplo, cuarenta años después de su escritura, sigue siendo válida y cabal para entender las raíces y la naturaleza de uno de nuestros mayores problemas actuales. También con valor de actualidad nos deja todo su pensamiento cristiano, luminoso y crítico, del que nunca abdicó ni consintió en transacción alguna.

Era un gran liberal, defensor de las libertades y predicador de la búsqueda de la excelencia que, de hecho, es la sustancia principal de una ideología conservadora. Por eso, en la hora de la verdad, debe caer sobre el PP la vergüenza de no haberle concedido, en sus ocho años de instalación en La Moncloa, el Premio Cervantes. Como demuestran los hechos y los jurados que se van sucediendo, ése es un premio con el que el Gobierno de turno favorece a sus amigos. Cuando manda el PSOE, claro está, se lo otorga a los más meritorios entre sus próximos y, cuando manda el PP, en virtud del complejo más viejo de la derecha española, también se lo atribuyen a los próximos al socialismo. Por eso el autor de «Cervantes clave española», uno de sus últimos libros, se quedó compuesto y sin un premio que sin él en la nómina de sus favorecidos pierde mucho de su sentido.

Para quienes escribimos en ABC, Marías es una referencia obligada. La obra publicada en estas páginas, especialmente en las Terceras, le convierte en uno de los maestros que, en más o en menos, a todos nos ha orientado, especialmente en el sentido de buscar en el pasado las raíces y la continuidad de nuestra cultura, de nuestra conducta individual y social, y de abandonar la obsesión por la ruptura que, sea cual fuere su modalidad, tanto complace a quienes no quieren, quizá porque no pueden, ser españoles. Se nos ha ido uno de los pocos filones de rigor intelectual que nos quedaba en explotación.


En la muerte de Julián Marías

Libertad Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
Editorial

La muerte de Julián Marías no sólo supone la desaparición física de uno de los españoles que más importantes contribuciones ha brindado a la historia de la Filosofía, sino también la de uno de los más lúcidos defensores del futuro y de la razón histórica de España como nación.

La obra –y ejemplar vida– de este inmortal pensador, católico y liberal, que hizo de la orteguiana «razón vital» el eje de su filosofía, es tan fructífera y diversa que no podemos dejar de lamentar tener que referirnos breve y exclusivamente a una de sus múltiples facetas. Su respeto a la verdad, a la libertad y a la dignidad de la persona se plasmó en toda su obra y, muy especialmente, en su inteligible análisis de nuestra nación, a la que ha defendido intelectual e incansablemente de quienes, como los nacionalistas, sacrifican la verdad histórica –y también la libertad y el individuo– a sus delirios colectivistas.

Es precisamente en estos momentos históricos, en los que España sufre una de sus más descaradas y graves amenazas a sus continuidad nacional, cuando es más necesario tener presente la obra de Julián Marías. Con guías que son aplicables tanto para la vida individual como para el acontecer colectivo, Marías nos puso en guardia contra la mentira, la insaciabilidad y el empobrecimiento vital que entraña la negación de España.

Los españoles podemos estar agradecidos a este intelectual ejemplar, pero sobre todo necesitados de tener presente una obra que, afortunadamente, sobrevive a su autor. Marías, por su parte, confiado y arropado en la Fe, habrá cerrado los ojos soñando el inminente y anhelado reencuentro.


Un hombre que deja huellas

Clarín, Buenos Aires, 16 de diciembre de 2005
por Ricardo Roa
Editor General Adjunto de Clarín

Ha muerto el filósofo Julián Marías, pero no ha muerto el debate que desató su figura. Representó esa tradición española en el campo del pensamiento de no encerrarse en una torre de marfil para dialogar sólo con una elite de entendidos. Al contrario, como su maestro Ortega y Gasset, hablaba con un lenguaje claro, porque la palabra puede oscurecer y escribía permanentemente en los medios. Fue un precursor en eso: en llevar el debate, la reflexión intelectual a los medios. No transmitía un saber concluido sino un camino para reflexionar y argumentar.

Una tradición insistente lo condenó como un colaboracionista intelectual del franquismo. Su vida fue más compleja. Estuvo encarcelado por el régimen después de acompañar a los republicanos durante la Guerra Civil. Y al recuperar la libertad, le prohibieron enseñar. El veto llegaría bastantes años después incluso a estas tierras, como recuerda en su columna Alberto Amato: considerado un enemigo por el ala dura de la Iglesia, la UCA impidió aquí que pronunciara una conferencia. De todos modos, ya había recuperado en España los espacios para escribir en periódicos y vivir sin amenazas en esos años autoritarios, aunque nunca adhirió al pensamiento fascista. Era un liberal extraño, católico pero sin esa obsesión fascista del complot y de la vida como una guerra permanente.

Fue uno de los redactores de la Constitución que hizo posible la transición en España. Y como Ortega, visitó muchas veces la Argentina. Saludó con alborozo el retorno a la democracia en 1983 y las crisis sucesivas lo movilizaron a redactar más y más artículos sobre este país, desde un ángulo conservador y mesurado. Tuvo una producción intelectual enorme: escribió más de 50 libros. Pensando en la Argentina había dicho: «hay que ser implacable con la mentira». Es todo un consejo, que hoy es un consejo póstumo, pero vigente para siempre.


Humanismo vital

El Diario Montañés, Santander, viernes 16 de diciembre de 2005
por Andrés Ortiz-Osés

Julián Marías fue el discípulo predilecto de José Ortega y Gasset, con quien fundó el Instituto de Humanidades en 1948, siendo un miembro clave de la llamada Escuela de Madrid. Entre sus obras destacan su famosa Historia de la filosofía; Introducción a la filosofía; Biografía de la filosofía; El método histórico de las generaciones; La filosofía en sus textos; Antropología metafísica... Puede consultarse a modo de síntesis su antología titulada El tema del hombre. Sin embargo, el autor ha cultivado también temas literarios, sociales y políticos, así como fenómenos culturales tan actuales como el cine o la idea de España en Europa.

Mas la clave de la obra de Julián Marías está en la filosofía, que el autor recoge de Ortega y Gasset con su mezcla de razón y vitalismo, el llamado raciovitalismo que emerge en Europa en la primera parte del siglo XX bajo el influjo poderoso de Nietzsche, Dilthey, Simmel o Unamuno. Se trata de una crítica del racionalismo positivista decimonónico, así como de una apertura a la vida vivida, es decir, a las vivencias y experiencias, así como al arte y la religión, las creencias y afectos, la existencia y la convivencia, la angustia y la muerte. Una tal filosofía vitalista se relaciona, como es obvio, con la cercana filosofía existencial de Heidegger e incluso con el existencialismo posterior.

La originalidad de Julián Marías y de la Escuela de Madrid está en proponer a la filosofía continental europea una visión del mundo más latina, más hispánica o mediterránea, basada no en la categoría de la razón pura sino de la razón impura. Por eso a veces se le ha tildado de cierto irracionalismo, aunque en realidad se trata de compensar el abstraccionismo clásico con la categoría sudista del Sentido: el cual es una razón más concreta y cromática, situada y encarnada. Por ello en esta filosofía hispana no se habla tanto del Ser, como en Heidegger, sino del Estar y de la estancia, de la situación y circunstancia, de la radicación del Ser en la vida humana, como dice el propio Marías.

Esta radicación de todo en la vida da un tono radical a la filosofía orteguiana que Marías recibe, aunque se atempera no sólo con la edad sino con los acontecimientos especialmente bélicos. Esta atemperación o moderación filosófica se percibe bien en Marías no sólo por su talante moderado sino por su posición católica. En efecto, la persona y obra de Marías representa el cruce entre el liberalismo orteguiano y el catolicismo cultural, lo que ofrece una mezcla mediadora e interesante en este país de extremismos tradicionales. Julián Marías ha cultivado una fenomenología vital o existencial abierta al Sentido humano del mundo: podríamos hablar entonces de cierto Humanismo vital o existencial, que el autor comparte con otros miembros de la Escuela de Madrid como María Zambrano, Xabier Zubiri, Pedro Laín Entralgo o José Luis Aranguren.


La visión responsable

El País, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Helio Carpintero

Julián Marías es un nombre clave en la cultura del siglo XX. Es un pensador profundamente arraigado en la tradición cultural española, cuyas reflexiones alcanzan a ámbitos variados y extensos que van desde la filosofía, el pensamiento cristiano, o el hispanismo americano, a la historia española, la erudición literaria y el ensayismo cinematográfico... Como antes Unamuno y Ortega, él también ha acertado a ser un filósofo en la plaza, es decir, en el periódico, la conferencia, o el ensayo. Su voz y su pluma han sido –y estoy seguro de que seguirán siendo– una luz para innumerables lectores que buscan la verdad de las cosas. Toda su obra nace de una profunda convicción: que el filósofo y el intelectual deben ofrecer «una visión responsable» de la realidad. Ha de procurar que en sus palabras aparezca aquello que de verdad es, con su fundamentación y base, es decir, responsablemente.

Marías ha sido un raro ejemplo de autenticidad, éxito y fracaso. Una temprana vocación filosófica le llevó a estudiar filosofía en Madrid con Ortega, Zubiri, García Morente y Gaos, en los años de la II República. Pronto creyó que en la manera de mirar que ofrecía aquella Escuela de Madrid, y singularmente Ortega, se hallaba el mejor método para pensar las cosas. Y hasta el último día ha puesto en juego aquellos conceptos para comprender. En una de sus notas, escrita por Ortega tras su vuelta a Madrid, comenta que en la Historia de la filosofía de Marías, prologada por Xavier Zubiri y con epílogo del propio Ortega, estarían los tres nombres «entreverados y mixtos», hechos un lío, sin «saber ya si somos cada cual de los otros dos discípulos o maestros».

Su fidelidad creadora hacia aquella filosofía que Ortega iniciara hacia 1914 le cerró la universidad de la España de posguerra. Licenciado en Filosofía en 1936, pasó la guerra en Madrid, colaborando con Besteiro en los tiempos finales del conflicto, e iba a mantener una inquebrantable adhesión a sus raíces intelectuales y morales. Su famosa Historia de la filosofía (1941) terminaba con la exposición del sistema de Ortega, y enseguida, en 1943, publicó un estudio riguroso y positivo sobre Unamuno, dos pensadores cuestionados por el franquismo. En todos sus escritos está viva la exigencia de libertad, de respeto al pasado, de democracia, y de un cristianismo personal limpio de contaminación política.

A lo largo de su obra corre una honda preocupación por España, por la diversidad de sus grupos y la coherencia de su historia. En España inteligible (1985), ofrece su visión de una nación con vocación europea desde la reconquista, ligada a una cosmovisión humanista y personalista de inspiración cristiana, y constructora de una fraternidad de países en Hispanoamérica fundada en la lengua común y en ciertas ideas básicas sobre lo humano.

Cuando llegó la hora de la transición democrática, por la que tanto había laborado, prestó su apoyo sin fisura a un proceso que veía como una «devolución de España» a las manos de los propios españoles, a quienes les había sido enajenada. Y mantuvo con denuedo la idea de nación española y su inclusión en el texto de la Constitución, en unos inolvidables artículos aparecidos en su día en este mismo periódico.

Marías ha sido un ejemplo de intelectual independiente, honrado y valiente. No ha cedido a las modas ni a los favores del poder; más bien al contrario, ha salido una y otra vez en defensa de aquellas causas que consideraba justas. Peleó por una Constitución que deseaba más perfecta y más vivaz; defendió el pensamiento de Ortega frente a aquellos ataques ultraconservadores que buscaban su condenación por parte de la Iglesia católica; alzó su voz reiteradamente contra los totalitarismos de todos los signos, empezando por el franquista, y nunca transigió, en razón de su idea personal del hombre, con la aceptación del aborto o el secuestro político de la libertad.

Habrá que estudiar sus contribuciones más rigurosamente filosóficas al sistema de la «razón vital» orteguiana, especialmente en el ámbito que llamó «antropología metafísica». Su innovadora idea del hombre como una cierta estructura empírica de la vida humana complementa y enriquece la comprensión de ésta, y la enlaza con su visión de la persona y el mundo personal, de claras raíces unamunianas. Habrá que repensar otras aportaciones suyas al conocimiento de la estructura social, las vigencias sociales o la dinámica de las generaciones, donde se hace visible una admirable capacidad analítica aplicada a las sociedades, el cine, la literatura o las gentes.

Marías ha sido un extraordinario pensador visual. Precisamente en su capacidad de mirar y de decir lo que ha visto, reside, a mi juicio, el fundamento de ese futuro promisor que creo que a su pensamiento le está reservado.

Helio Carpintero es catedrático de Psicología y autor de la biografía Julián Marías (Diputación de Valladolid).


Un notable eslabón de la filosofía orteguiana

El País, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por José Luis Abellán

La desaparición de un filósofo se convierte siempre en noticia, porque somos tan escasos que el mero hecho de dejar de existir uno de ellos lo convierte en realidad noticiable. Es como la desaparición de un individuo de una especie a extinguir, que es quizá lo que somos. Esta discutible aseveración se convierte en axioma si el filósofo es Julián Marías, uno de los protagonistas del área de la filosofía española en la segunda mitad del siglo XX.

La desaparición de Marías es, desde luego, la constatación una vez más de que el tiempo pasa y con él muchas de las circunstancias que tuvieron vigencia en otro momento. Aparte de dejar constancia de nuestra tristeza, es hora también de hacer balance. Marías deja una obra de indiscutible valor filosófico, y aunque toda su obra es testimonio muy valioso de una época que ya ha pasado, hay obras suyas que permanecerán inmarcesibles a ese paso del tiempo: su Antropología metafísica, por ejemplo, es un hallazgo definitivo que se sustrae a esa terrible dinámica del tiempo a la que hemos aludido.

A mí me parece, con todo, que en esta hora de la defunción hay que resaltar, por encima de todo, su fidelidad al que fue su maestro indiscutible. Es, por lo demás, curioso y aleccionador que se marcha de este mundo a los 50 años justos de la muerte de Ortega y Gasset, cuando conmemoramos el legado de este gran filósofo del siglo XX. Ambos permanecerán siempre unidos en la memoria histórica, pues así lo exige un mínimo sentido de la justicia.

Desde que, en 1936, Ortega y Gasset sale de España para instalarse –provisionalmente, al menos– en el exilio encontrará en Julián Marías un defensor a ultranza, por lo que el discípulo pagó un precio muy alto; entre otras cosas, su ausencia de la universidad oficial y la necesidad de ganarse la vida con ocupaciones azarosas e intermitentes de muy diversas ofertas, y de modo especial con contratos aleatorios en universidades norteamericanas.

La dictadura de Franco vio en Ortega y Gasset un peligroso enemigo por sus convicciones de «catolicismo», de la misma forma que lo vio también en los escritos de Unamuno. A ambos se les acusaba de envenenar la conciencia católica de la juventud española, y se emprendió una campaña clásica contra Ortega con el fin de conseguir que sus libros fueran condenados por la Iglesia católica. Tres jesuitas y un dominico capitanearon la campaña, que al fin fracasó porque tres intelectuales católicos se opusieron tenazmente; eran Pedro Laín Entralgo, José Luis Aranguren y Julián Marías. Muy en especial este último, que escribió entonces un libro memorable: Ortega y tres antípodas. Un ejemplo de intriga intelectual (1950). Allí dice, entre otras cosas, que «esa hostilidad era primariamente política, pero tomaba ante todo aspecto clerical. Conviene no olvidar que lo político y lo eclesiástico aparecían en aquellos años estrechamente unidos, cuando no identificados. El brazo eclesiástico es el que se movilizaba sobre todo en los temas que tenían una vertiente intelectual, y así se realizó la destrucción de la enseñanza de la filosofía en la universidad, y en especial en la admirable facultad de Madrid».

Aun así, no dejó de haber tensiones entre el maestro y el discípulo, pues Marías era fervientemente católico, lo que no le impedía ser orteguiano a ultranza. Al mismo tiempo, Marías intentó siempre, a lo largo de su dilatada existencia, mostrar que la cultura española se había repuesto del dramático trance de la Guerra Civil, defendiendo los valores de nuestra cultura; en ese afán hablaba de la presencia de Ortega entre nosotros. La verdad es que Ortega había vuelto a España, tras un exilio de nueve años, pensando que con su presencia ayudaría a una recuperación democrática de la dictadura, pero de hecho no recibió más que ominosos silencios y desdenes ostensibles. Por eso se indigna cuando Marías dice en 1953 que Ortega está en España y le contesta: «Si usted pudiera imaginar representarse mi estado de ánimo, se daría cuenta del efecto que me ha producido leer en su escrito una cosa evidentemente falsa. Nadie sabe mejor que usted que lo que he hecho es intentar estar en España, pero que ese intento ha fracasado».

Estas mínimas discrepancias no deben minusvalorar la importancia de la labor realizada por Julián Marías para salvar la salud de la filosofía, defendiendo siempre a su maestro contra encarnizados enemigos, en una época en que no era fácil hacerlo. A los católicos antiorteguianos se sumaron entonces marxistas radicales que despreciaban la filosofía pequeño-burguesa y reaccionaria de un filósofo demi-mondain, que coqueteaba con posiciones totalitarias. Marías no se dejó tentar ni por unos ni por otros; se mantuvo fiel a un maestro, de cuyos planteamientos extrajo conclusiones propias y originales, en una esforzada actitud de independencia intelectual.

A la hora de su muerte ésta es la imagen que debemos transmitir: la de un filósofo serio, responsable, consecuente consigo mismo, con aportaciones propias y originales, cuya trascendencia es hora de empezar a valorar.


La segunda muerte de Julián Marías

Estrella Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Daniel Martín

Ayer, jueves 15 de diciembre, cuando comenté a un par de amigos que Julián Marías había muerto, me contestaron: «Ahora no caigo en quién era» y «¿pero no había muerto ya?». Realmente, Julián Marías, el alumno que a partir de su maestro Ortega construyó un sistema propio de ideas, había desaparecido hacía mucho del panorama social e intelectual español. Total, si era una filósofo –liberal nada menos–, algo que para nada encaja con el mundo actual, tan práctico, y la España del siglo XXI, tan prehistórica en su ignorancia, capaz de matar a ideas y personas por el simple hecho de ser diferentes.

Aunque español, Marías era un hombre vital. Para él, la filosofía era biografía, vida. En el 2001 acudí a una conferencia que dio sobre Enrique Jardiel Poncela en el Teatro Español de Madrid. Marías entró en el escenario como un anciano, encorvado y tembloroso, dando pequeños pasos con aire de ir a caerse de un momento a otro. Por fin se sentó, carraspeó y comenzó a hablar. En ese momento se transfiguró en una persona decenas de años más joven y embelesó con sus palabras y su entusiasmo a un público asombrado ante aquel derroche de energía arrebatadora. En cuanto hablaba, recuperaba las fuerzas, porque vivía para y por sus ideas.

Otra anécdota demuestra algo parecido. Hace unos pocos años, un amigo de Julián Marías le invitó a comer en el también desaparecido restaurante 'Guría' donde, según el amigo, servían el mejor bacalao a la vizcaína de Madrid. Marías, ya enfermo, no quiso tomar primer plato con el fin de cuidar y reservar fuerzas para el bacalao, que devoró con deleite y fruición. A la pregunta del amigo sobre si quería algo de postre, Marías, sin dudar, dijo: «Estaba tan rico que me comería otra ración de bacalao». Y así fue, para regocijo de los presentes y, en mayor medida, del filósofo.

Marías es uno de los grandes filósofos españoles y mundiales del siglo XX. Y, coherente con sus ideas, hizo de su filosofía un modo de vida, y de su vida un modo de filosofía. Vivió, disfrutó, padeció como cualquier otro, al tiempo que construía un monumento intelectual incomparable: una infinitud de libros, artículos y reflexiones, algunas tan lúcidas como aquella frase que ya ha acogido la sabiduría popular: «Lo que más me inquieta es que en España todo el mundo se pregunta: ¿Qué va a pasar? Casi nadie hace esta otra pregunta: ¿Qué vamos a hacer?».

Por esas vitalidad y lucidez resulta más irónico y más trágico que Julián Marías, que murió ayer, llevase lustros «desaparecido» de España y naciones adjuntas. Recibió muchos premios, es cierto, a modo de homenaje «póstumo», y es que en España enterramos como nadie. Pero lo que es escucharle, leerle, consultarle, apenas se hizo, y la memoria de su nombre –de su pensamiento mejor ni hablar– se diluyó en el olvido que tanto caracteriza al alma española, tan vitalista a su modo, ese que no filosofa.

Y si fuese por ignorancia o pura dejadez –como en los casos de Quevedo, Góngora, Gracián, Jovellanos, Galdós, &c.– apenas importaría porque eso forma parte del espíritu de los tiempos y de la raza hispánica. Pero en el caso de Marías, el olvido, el asesinato intelectual de su obra, de sus ideas, la ignorancia y la molicie no han sido las únicas culpables. Sus ideas liberales, la mala suerte de haber vivido –y sido marginado– en España con Franco vivo, y el empeño de pensar y ser independiente ayudaron sin duda a que se le apartase y recluyese en ese panteón de chichinabo donde los españoles dejamos sobrevivir, mínimamente, a otros nombres como el de Mihura, Ortega, Madariaga o Jardiel, que ya vaticinó que no hay nada tan peligroso en España como ser intelectual y de derechas.

Hoy, quizás mañana, se hablará de Marías con respeto, desidia y, en algunas pocas ocasiones, admiración o rencor. Pero sólo para rendir tributo póstumo a una persona a la que ya se «eliminó» hace tiempo de los libros de texto y las fuentes de pensamiento. Se rendirá homenaje a la persona, y su obra seguirá sepultada en el ocaso de la propia España, mientras en otros países aprenden de su sabiduría. Aquí, tan perdidos como estamos mirándonos el ombligo, seguiremos dudando de la propia existencia de don Julián Marías.

P.S.: Sirva la siguiente frase, del libro La España Real, publicado en 1976, para demostrar cuánto hemos perdido ignorando a Marías: «Las regiones de España no tienen el mismo grado –ni el mismo modo– de regionalidad. Imponer a muchas de ellas un alto grado de autonomía sería tan artificial –tan violento– como negarlo a las que lo desean, apetecen, necesitan. Por eso, la estructura regional de España, que debe establecerse cuanto antes, superpuesta a la provincial, no puede ser rígida, ni homogénea. Crear una serie de unidades análogas, puramente formales, sin contenido en muchos casos, con la tentación de convertirse en minúsculos «Estados» que reprodujesen miméticamente las estructuras nacionales, no llevaría más que a tres consecuencias: 1) un inmenso despilfarro; 2) la multiplicación de una de las plagas mayores de nuestro tiempo, la burocracia; 3) los reinos de taifas, el enquistamiento de cada región en sí misma». Demasiado tarde, me parece, para escucharle.


Julián Marías, in memóriam

El Norte de Castilla, Valladolid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Emilio Ruiz

La muerte de Julián Marías era algo tan esperado, como, en modo alguno, deseado. Decir ahora que España ha perdido a uno de sus grandes pensadores, sería tanto como reconocer toda una vida dedicada a esclarecer que es el hombre y la libertad en toda su amplitud, y, por encima de todo, y a cualquier precio, la búsqueda incesante de la verdad.

La filosofía es siempre una tarea humana, intrínsecamente unida a la circunstancia de la vida real, teniendo siempre un carácter radical.

La relación de Julián Marías con Soria se remonta al año 1946. Cuando llega a Soria se sabe muy poco de él. Sus primeros pasos, guiado por Ortega y Gasset, los da en el Museo Numantino, acompañado por José Tudela y luego será la Dehesa de San Andrés, sus árboles centenarios, su «despacho predilecto».

«Soria ha sido para mí un lugar de convivencia. Su tamaño reducido, la posibilidad de llegar a todas partes en unos minutos de marcha, el hecho de conocer, al menos de vista a tantas personas, y ser conocido de ellas –ahora lo he comprobado– la facilidad de trato, de conversación, todo esto permitía un tipo de relación humana imposible en las grandes ciudades. Es asombroso el cúmulo de recuerdos que han ido almacenando mis hijos desde su primera niñez: un tesoro difícil de conseguir y que ahora estiman y reviven». Julián Marías pasó los últimos veranos en Soria, todavía con fuerzas suficientes para ver el paisaje de Castilla, hecho Soria, que tanto le entusiasmaba, él que había vivido plenamente, ya desde aquel lejano 1972, cuando dieron comienzo los cursos de verano, alumnos de Europa, de EEUU, de Méjico, de Suecia, de Soria y lo más ilustre del profesorado español.

Enseñar y aprender fue siempre, en todo momento, su gozo y su ilusión. «Ayudar y orientar». Quizá sea este principio lo que resume su vida de total independencia e inconformidad, su trayectoria vital.

Por supuesto, su vida personal, creo que es imposible entenderla sin el recuerdo de Lolita, su entrañable y querida Lolita. Y en medio de tantos recuerdos siempre Soria. «En ella se puede asistir a lo que está pasando en España y gran parte del mundo; y se puede prever lo que podría ser el porvenir si no se renuncia a lo que es inexorablemente la vida humana».

Entre sus muchas vivencias y horas entrañables en su compañía me viene ahora a la memoria su amistad con Miguel Delibes y su relación con Valladolid, donde nace el 17 de junio de 1914; sus conferencias en la Universidad de Verano, en Fuente Dorada; los recuerdos de su niñez, sus primeros pasos, la Banca Jover donde trabaja su padre y su amor por los perros, el Campo Grande donde da sus primeros pasos siempre inconfundibles para ir ofreciéndonos desde su primer libro, Juventud en el mundo antiguo. Crucero universitario por el Mediterráneo, año de 1934, toda una línea de continuidad hasta completar su extensa obra, sin un ápice de servilismo. Esto es todo lo que se ha llevado al otro mundo y lo que nos ha dejado a nosotros, una herencia nada desdeñable, desde la Historia de la Filosofía,