La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Satisfacción al Escrupuloso

Satisfacción al Escrupuloso


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§. I

No respondiera yo a V.md. si otro no hubiera respondido debajo del irónico título Blanda, suave, y melosa curación del Escrupuloso, y de sus flatos espirituales. Porque mi intento en este Escrito más es desaprobar aquella respuesta, que dar la mía. Abomino aquel defensorio, y detestaré cuantos se le parezcan. Quien de aquel modo defiende al Rmo. P. M. Feijoo, le injuria; porque se hace sospechoso de amparar causa injusta, quien con dicterios la patrocina.

El honor de V.Rma. pedía esta protesta pública. El papel de V.md. no pedía respuesta pública, ni privada; pues todos sus reparos estaban propuestos, y satisfechos en otros Escritos anteriores. Pero ya que tomé la pluma, daréles un nuevo repaso.

El primero que V.md. le hace es: Que ha disparado piedras, y flechado sátiras contra el Astrólogo, contra el Poeta, contra el Médico, y contra el Músico. Este cargo es en todas sus partes injusto. Del Astrólogo no ha dicho sino que su Arte no tiene fundamento alguno. Esto lo dijeron muchos Padres de la Iglesia, y probó latamente poco ha la misma conclusión el Venerable Padre Séñeri, en el primer Tomo del Incrédulo sin excusa; con que no se puede decir de su Rma. que ha flechado sátiras contra el Astrólogo, sin hacer el mismo juicio de aquéllos; y hacer de aquéllos este juicio, no es propio de un escrupuloso. Contra el Poeta sólo escribió, que hay muy raro que lo sea bueno (éste es el dictamen de cuantos entienden algo del Arte); pero esto a nadie ofende; pues a cualquiera que se precie, o con razón o sin ella, de ser buen Poeta, le queda a su arbitrio juzgar que él es ese raro. Dijo también, que las canciones que se componen para las Iglesias, no tienen el espíritu de devoción, y gravedad que pide la materia. Este es un hecho [85] constante, en que nadie pone duda. Al Médico representó su incertidumbre. Si ésta es sátira, más satírico es V.md. que su Rma. pues no sólo confirma lo que él dijo; esto es, que la Medicina de presente es incierta; pero añade (fol. 4.) que nunca saldrá de este infeliz estado. Con que V.md. concurre con su Rma. a desconfiar a los enfermos, y de más a más desalienta en su aplicación a los Médicos. Al Músico manifestó, que muchas de sus composiciones sagradas tiene el aire de teatrales. Lo mismo, aun con términos más fuertes que él, dijo el Ilustrísimo Montalván en una de sus Pastorales (fol. 63.), y nadie le ha tenido por satírico. Haga, pues, V.md. escrúpulo (que seriamente debe hacerle) de decir al Público, que su Rma. ha flechado sátiras, y disparado piedras.


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§. II

Hace Vmd. el segundo cargo, preguntándole: ¿Qué fruto se puede sacar de haber manifestado la incertidumbre de la Medicina? Esta pregunta debió excusarse, pues ya está satisfecha, o preocupada, y puesto de manifiesto el fruto que se saca de conocerse aquella incertidumbre, en el Discurso de la Medicina, num. 64, y 65; y en la respuesta al Dr. Martínez, desde la pag. 3 hasta la 5 inclusive. Lea V.md. uno y otro Escrito, que yo hago escrúpulo de gastar el tiempo en repetir, para responder a quien sólo por hacer que hacemos, arguye con lo que ya está respondido. No obstante se dirá algo luego.

¿Y con qué conciencia carga V.md. sobre la de su Rma. la posible resolución de alguna en no llamar al Médico, estando gravemente enfermo, habiendo su Rma. instruido a todos de la máxima opuesta en aquella cláusula: Confieso, que en los males de manifiesto peligro es prudencia acudir a su socorro? Déjese V.md. de escrúpulos vanos, y acúsese de esta calumnia. Es verdad que después la retracta: ¿pero para qué escribió antes lo que había de retractar después? ¿No hay otro modo de llenar papel?

Dice V.md. Que de proponer la incertidumbre de la Medicina a los sanos, se sigue el que se ahoguen en desconfianzas [86] cuando estén enfermos. Esto es tomar la especie sólo por la parte que quema, y de esto también se debe hacer escrúpulo. Es cierto que el enfermo estara más contento si juzga, aunque sea con error, que el Médico tiene ciencia infalible para curarle. Pero los males que se siguen de este error, tomado en común, pesan mucho más que la privación de aquel consuelo en el enfermo. Síguese, que el mismo enfermo, asegurado de que tiene afianzada en el Médico la salud del cuerpo, cuida menos de la del alma. He visto varios ejemplares de enfermos, que por dar crédito a las promesas del Médico, retardaron las diligencias cristianas para morir: de modo, que o no las hicieron, o las hicieron atropelladamente.

Este es el inconveniente (verdaderamente gravísimo) que se sigue en el enfermo de juzgar infalible el Arte Médico; en los sanos, o algo enfermizos se sigue el de estragarse con medicinas frecuentes, en que gastan juntamente el dinero y la salud. En los Médicos que padecen este error, se sigue el ser temerarios en recetar, y estudiar mucho menos, sobre la fe de que lo poco que estudiaron ya los puso en paraje de curar todo lo que es curable. Coteje V.md. estos males con el desconsuelo que ocasiona al enfermo la desconfianza del Médico, y verá cuál pesa más.

Y si V.md. lo mira bien, ese desconsuelo necesariamente le ha de tener el enfermo, que V.md. supone con dolencia grave; y lo que es más, el mismo Médico ha de ser el instrumento, porque debe en conciencia advertirle el peligro: y esto formalísimamente es hacerle dudar si la medicina alcanzará a la cura. Con que venimos a parar, en que el mismo Médico debe introducir en el enfermo aquella desconfianza que V.md. tan terriblemente abomina.

Después de revolcarse mucho en el injusto cargo que queda disuelto, habla V.md. con el Crítico de este modo: Pero, en fin, Padre mío, ¿he de llamar Médico? Sí. ¿Y a quién? ¿Al ingeniosísimo Martín Martínez? Y inmediatamente prosigue: Mucho tarda en responder V.Rma. Hijo mío, muy azorado está V.md. Estando su Rma. distante [87] cerca de ochenta leguas, ¿cómo ha de responder, y mucho menos llegar allá su respuesta en el instante en que acaba V.md. de escribir la pregunta? Pero ya V.md. viendo su tardanza, se responde a sí mismo, y después se replica a su propia respuesta. Mas como ni la respuesta, ni la réplica son del caso, viene en fin a parar en las circunstancias que él señaló para la elección de Médico, para hacerle la objeción de que en algunas de ellas no pueden hacer juicio los vulgares. Señor mío, pues V.md. trasladó esa objeción de la Carta defensiva del Doctor Martínez donde está propuesta con más viveza que en su papel de V.md. pudo trasladar la solución de la respuesta a aquella Carta, pues leyó uno y otro escrito. De paso le diré, que los que ponen a los Médicos en crédito, aun para con el Vulgo, son los que entienden qué es ígneo, y qué es sistema. El Vulgo tiene por gran Médico, al que tiene por gran Médico el que no es Vulgo.

Si V.md. repitió el argumento del Doctor Martínez para introducir el chiste de las Monjas, hizo bien, porque de hecho está sazonado. Pero sírvase V.md. decir de mi parte a esas, y a las demás Monjas, que en lo que no entendieren del libro, consulten a los Frailes: con eso se librarán de cuestiones.

En la circunstancia de ser el Médico buen Cristiano pone V.md. la dificultad del informe. Este reparo ya le hizo el Dr. Martínez, y le satisfizo: traslado a su respuesta. ¡Válgate Dios por tanto trasladar lo que estaba dicho, y más bien dicho! ¡Y no se hará escrúpulo del tiempo que en esto se malogró!

Repítese luego sobre la circunstancia de que no sea de temperamento muy ígneo, que el Vulgo no entiende qué significa ígneo. Tengo dicho: y a lo que añade, que el Crítico se reiría al poner esta partida, aseguro a V.md. que la puso con mucha seriedad; pero yo con dificultad contuve la risa al ver la objeción.

Después se le opone: Que la partida de no ser el Médico [88] jactancioso, es excusada, porque está incluida en la de ser buen Cristiano. Algo atrasado hallo a V.md. en la inteligencia de la propiedad de las voces. Buen Cristiano, señor mío, no significa un complemento de virtudes cabalísimo sin algún defecto; porque siete veces al día cae el justo. Añade V.md. que si la jactancia del Médico puede servir para avalorar desmayos, y descaimientos del enfermo, ¿qué inconveniente puede tener? Respondo que ninguno, sino que al enfermo se lo lleve el diablo. Si el Médico, a fuer de jactancioso, promete curarle, cuando no puede, y el enfermo le cree, en fe de que no ha de morir descuidará de la alma: moriráse sin creer que se muere; y ahí es un grano de anís el inconveniente que tiene.

Entra tras de esto el cuento de las Monjas, que es cuento, y en pos de él, se le dice que un Médico con las prendas que le busca, sólo se hallará en las ideas de Platón. Esto sí que es ser satírico contra los Médicos. ¿Dónde estaba V.md. cuando escribió tan denigrativa proposición contra este Gremio venerabilísimo? De las siete partidas que señala al Médico bueno, las de no ser adicto a sistema alguno filosófico, no ser amontonador de remedios, no ser de temperamento muy ígneo, y corresponder por lo común los sucesos a los pronósticos, es evidente que se hallan en muchos Médicos. Lo de no ser jactancioso, dice V.md. que se incluye en lo de ser buen Cristiano; y digo yo, que con más razón se incluye en lo mismo el observar exactamente las señales de las enfermedades: porque siendo buen Cristiano se aplicará al cumplimiento de tan esencial obligación. Las cuatro primeras calidades, como se ha dicho, se hallan en muchos: con que la idea Platónica es, que entre esos muchos haya uno que sea buen Cristiano. ¡Oh admirable escrupuloso! ¡Oh tierna, y delicada conciencia! Yo, señor mío, no soy escrupuloso; pero si hiciera un juicio tan temerario, y tan maligno, al punto me iría a echar a los pies del Confesor. [89]


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§. III

Reprehende V.md. (éste es el tercer cargo) que el Crítico alabe a Martínez, y a Literes. ¿Y por qué? Porque están vivos. Señor mío, alabar sólo a los muertos es propio de envidiosos. Bien sé que el Eclesiástico me dice: Ante mortem ne laudes hominem quemquam. Pero también sé que S. Jerónimo me lo explica de este modo: Ne beatum dicas quemquam hominem ante mortem {(a) S. Hieron. lib. 2. in Isai. cap. 3.}. Y S. Efrén: Ante obitum neminem praedicaberis {(b) S. Efrén, apud Alapid.}. Si el Texto debiese entenderse materialmente, como V.md. le entiende, haría mal David en alabar a Abigaíl: Ocías en elogiar delante de todo el Pueblo a Judith; y aun el Apostol erraría en aquel Panegírico que hace a los de Corinto: Laudo autem vos fratres, quod per omnia mei memores estis, & sicut tradidi vobis, praecepta mea tenetis: pues todos estos estaban vivos cuando fueron elogiados.

Dice V.md. que alaba sobrada y aun más que sobradamente a aquellos dos sujetos. Pero luego añade, que no duda que entrambos serán muy dignos y muy beneméritos de los elogios que les estampa. Discurra V.md. cómo puede componerse ser los sujetos muy dignos de los elogios, con ser los elogios sobreexcesivos a los sujetos; y en ajustando esa contradicción, nos veremos.

¡Oh, que otros se resienten de que alabe a éstos! El resentimiento no puede ser razonable cuando a los demás no les niega el mérito para iguales elogios; y si el resentimiento es injusto, vuélvase V.md. contra los que se quejan con malicia, no contra el Crítico que alaba con verdad. ¿Por ventura le constituyó a V.md. la envidia por su Abogado? Si es así, representa al Príncipe que no premie a los beneméritos, porque lo sienten los mal intencionados.

¡Oh, que de sus elogios se ha seguido que saliesen sátiras contra alguno de los elogiados! Señor mío, los aplausos de David irritaron la cólera de Saúl. ¿A quién culpará V.md. [90] al espíritu maligno, que agitaba a Saúl, o a los que inocentemente alabaron a David? Véole a V.md. precisado, para guardar consecuencia, a culpar a éstos, y no a aquél.

Estampa V.md. de nuevo las mismas sátiras. Alabo la santa intención del Escrupuloso. Lo peor es, que una de ellas no lo es, y el Escrupuloso le fuerza el sentido para que lo parezca, con la reflexioncilla de que dicen algunos que aquella proposición es muy pícara. Señor mío, si la araña hace veneno del jugo de la flor, no se infiere que el veneno esté en la flor, sino en la araña. La otra especie que se puede llamar satírica, salió en nombre de un Barbero, y aun para ser ella quien es, se prohijó a demasiadamente honrado padre. A este paso puede V.md. andarse a recoger dicterios de Cocheros, y Lacayos, para imprimirlos en solfa de escrúpulos.


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§. IV

El último cargo es sobre el Discurso a favor de las mujeres, donde V.md. para decir algo, debía responder a las razones con que el Crítico prueba su igualdad en el entendimiento con los hombres. Pero pues no lo hizo, no pudo; y así, en esta parte substancial de la cuestión se metió tras del común parapeto, de que los PP. y los hombres de mejor juicio dicen esto, o aquello de los vicios de las mujeres; a lo cual, sobre que no tiene que ver con el entendimiento, ya está respondido en el Teatro Crítico, {(a) Teat. Crit. Tom. 1, Disc. XVI, num. 5.} sin que V.md. responda, ni pueda responder al juicio común de la Iglesia que las llama sexo devoto. Vamos a ver los inconvenientes que pueden seguirse de lo que su Rma. ha escrito en común a favor suyo.

Dice V.md. Que las alaba de lindas, y dóciles, y de igual entendimiento con los hombres. Añadiendo: Que estos almíbares se los dicen en coplas los que las pretendan. Extraños fantasmas se le representan a V.md. ¿Vió V.md. hata ahora algún enamorado tan delirante, que requebrase a [91] alguna mujer con elogios comunes a todo el sexo? El que pretende, elogia a aquella que pretende; y tanto más se lo estimará ésta, cuanto más esté persuadida a que el común del sexo no merece aquellos elogios; porque con la representada singularidad se toma un baño de Fénix, símil de que frecuentemente se usa en las coplas de galanteo.

Si V.md. en sus ideas Platónicas halla algún hombre que quiera casarse con todo el sexo femenino, ése no dudo que pondrá en coplas todo lo que su Rma. a favor de las mujeres estampó en aquel Discurso.

La autoridad del Crisóstomo ya se le puso a V.md. de pe a pa en otro papel; y se le mostró que no dice lo que V.md. supone.

Pide V.md. una definición Conciliar que declare, que las mujeres tienen tan buen entendimiento como los hombres. También en el otro papel se le dio esta definición Conciliar que V.md. no esperaba, juntamente con autoridades de PP. que afirman lo mismo. Pero doy que ningún Concilio lo diese: ¿por ventura en las materias naturales no podemos afirmar cosa alguna, sino lo que declararon los Concilios? Responda V.md. a las razones con que prueba la igualdad de entendimiento, si se halla con fuerzas para ello: porque la absoluta de que los hombres de mejor juicio sienten lo contrario, se niega con la misma facilidad que se afirma.

Supuesto que sea verdadera la pretendida igualdad, no hay inconveniente en que las mujeres la conozcan. Dice V.md. Que se desvanecerán. Por esta regla a nadie se podrá alabar la prenda que verdaderamente tiene; de hecho V.md. está muy mal con que se alabe a nadie. El riesgo de la vanidad en el caso presente está muy remoto: porque las alabanzas que en común se dan a la especie, o al sexo, no son las que trastornan la cabeza al individuo. Si fuese así, se debería borrar de los escritos de San León el Grande aquella majestuosa advertencia: Agnosce, o homo dignitatem tuam. O por lo menos, no haría bien la Iglesia en cantarla todos los años en público. Yo creo, que los Médicos no estarán más [92] vanos ahora que antes, aunque V.md. los llama Gremio venerabilísimo, epíteto superlativo que no sería desproporcionado a todos los Obispos de la Iglesia, juntos en un Concilio.

Prosigue V.md. mostrando otro riesgo: En que las Mujeres se estimen a sí mismas. ¿Cuál es? Que de ese modo admitirán más gustosas los inciensos que los hombres las tributan; y cegadas con aquellos humos, estarán más fáciles a rendirse, para pagar los rendimientos de los hombres con sus propios rendimientos. ¡Raro modo tiene V.md. de entender las cosas! Todo es al revés de como V.md. piensa. Nadie estima más los obsequios, y está mas pronto a retribuirlos, que quien se juzga más lejos de merecerlos. Si las Mujeres se estiman mucho, recibirán como tributo debido a su mérito cuanto a los hombres les dictare la lisonja; de este modo se juzgan exentas de la paga. Por esta razón los hombres viciosos no buscan a las que están en la aprehensión de sus prendas desvanecidas, si no son capaces de captarlas con altos ofrecimientos. Allí la adulación no aprovecha: es menester buscar otro rumbo; y aun he oído decir, que las mujeres vanas sólo las hace caer en la red quien halla modo de quitarlas la vanidad.

Añade V.md. Que el que los maridos estimen a sus esposas, no evita los adulterios; pues muchos maridos que han estimado mucho a sus mujeres, han encontrado en ellas unas correspondencias infames. Es verdad; pero son, y siempre serán muchas las que se venguen de los maridos que las desprecian, que las que ofendan a los maridos que las estiman. ¿Ha dicho su Rma. por ventura, que estimando los maridos a las mujeres, no habrá adulterio alguno en el mundo? Excusaránse muchos, no todos. ¿Pues a qué viene esa objeción?

Concluye V.md. objetando: Que el representar a los maridos que las mujeres son hermosas, dóciles, sencillas, y discretas, no persuadirá al marido que la suya tiene estas prendas, si por experiencia conoce que le faltan. Es muy cierto; [93] ¿pero cuándo ha pretendido el Crítico persuadir tal cosa? ¿Ha escrito por ventura, que todas las mujeres tienen aquella colección de prendas, ni aun alguna de las cuatro señaladas? El decir que las mujeres son iguales en entendimiento a los hombres, ¿es decir que todas son discretas? Antes lo contrario: pues entre los hombres los discretos son los menos. Siendo, pues, las discretas las menos, lugar les queda a los maridos para tener las suyas por tontas. Lo mismo digo de la prenda de la hermosura. Lo que su Rma. únicamente ha procurado persuadir es, que no las desestimen por aquel concepto común de que su sexo es inferior en entendimiento al nuestro, y que son animales imperfectos, &c. ¿Qué tiene que ver esto con aquello?

Señor mío, crea V.md. que con lo que ha escrito el P. M. no ha tentado, ni dado empellones a las mujeres. Los que andan a dárselos, adulan al individuo, y dicen mil ignominias del sexo, para que dé más valor a la estimación de una el desprecio de las otras. Si V.md. se escandaliza de su Rma. porque ha probado que su entendimiento es igual al nuestro, escandalícese, en primer lugar del P. Bufier, Escritor célebre de la Compañía, que escribió al mismo intento, y los Sabios Jesuitas, Autores de las Memorias de Trevoux que celebran aquel escrito, y manifiestan ser del mismo sentir que el P. Bufier. {(a) Memor. de Trev. tom. 15, fol. 1303.}

He respondido a V.md. en limpio, sin mezclar aquellas frases burlescas, aquellas irrisiones afectadas, aquellas preguntas irónicas (de que V.md. usa tanto) con que se suele trampear la falta de solidez en los Discursos, y con que se hace apreciar un escrito entre los ociosos. Examinen los discretos quién tiene razón; y más que no halle la gente de tararíra materia en mi Papel para reír.

Yo perdono a V.md. cuanto murmurare de mí. Pero lo que a V.md. le estará mejor, será prestar paciencia, si le mortifica el ver, que unos por muy honradores, otros por [94] poco inteligentes, celebran lo que el P. M. ha escrito. Mi ánimo no era responder a V.md. sino manifestar al Público la suma displicencia que me ha ocasionado la blanda, suave, y melosa curación. Pero ya tomada la pluma, la dejé correr hacia esta parte, por no imprimir cuatro o seis renglones solos.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Satisfacción al Escrupuloso [1727], reimpreso junto con la Justa Repulsa..., texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), páginas 84-94.}


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