La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo cuarto
Discurso primero

Virtud aparente


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§. I

1. Casi a un paso andan fugitivas de los ojos humanos la virtud, y la maldad. Aquella se oculta debajo del velo de la modestia: esta se esconde tras del parapeto de la hipocresía. El vicioso pinta en el semblante la virtud, el virtuoso la despinta.

2. Es en el Mundo mucho mayor el número de los hipócritas de lo que comúnmente se piensa. No hay vicio tan transcendente. Todos los malos son hipócritas. Parece paradoja. ¿No hay hombres (me dirás), que hacen gala del vicio? Respondo, que sí; pero no de todo vicio. Descubren aquella parte del alma que no pueden esconder, y con la jactancia se defienden de la confusión. Ponen corona al vicio, porque no desautorice la persona. Aunque es peor la maldad arrogante que la tímida, esta es despreciada, aquella temida. Una pasión muy dominante rompe todos los reparos de la cautela, y en esta situación, no pudiendo el delincuente evitar con el disimulo el odio, procura granjear con la soberbia el medio. Es esta una nueva hipocresía, con que desmiente su propia conciencia. Feo es el delito a sus ojos, y quiere con la gala que le viste, deslumbrar los ajenos. Para que el común no insulte al que es conocido por malo, no hay otro arbitrio, que sacar al público la culpa armada de osadía.

3. Pero observa bien a esos mismos, y hallarás que al mismo tiempo procuran esconder otros vicios que tienen, y ostentar virtudes de que carecen. Confesarán, que son incontinentes, pródigos, ambiciosos, osados: pero blasonarán de agradecidos a sus bienhechores, [2] constantes en sus amistades, fieles en sus promesas. Es cierto que el vicio de la ingratitud es comunísimo en el Mundo. Con todo no hallarás hombre alguno, que sobre este capítulo no se justifique. Lo mismo digo de la mendacidad, de la perfidia, y otros vicios. Luego, si bien se mira, no hay vicioso alguno que no sea hipócrita. No hay que pensar que el vicioso descubierto no tenga más manchas, que las que están en la superficie. No habrá virtud que no atropelle, cuando ésta le sirva de estorbo, ó el vicio opuesto de instrumento para el logro de la pasión que le domina. ¿Piensas que el muy lascivo, por más que preconice su inocencia en materias de justicia; si le falta el propio, no se valdrá del dinero ajeno para comprar el deleite torpe? ¿Que el ardiente ambicioso, por más que clamoree su gratitud, no volverá la espalda al bienhechor, cuando esta ruindad sea obsequio, respecto de aquel que puede elevar a otro grado superior su fortuna?

4. De suerte, que es rarísimo el perverso, que además de aquellos vicios sobresalientes que descubre a más no poder no adolezca de otro, ó de otros, que pretende ocultar. Y en caso que no reinen en él otras pasiones que aquellas que por muy vehementes se vienen a los ojos, éstas bastan para hacerle caer en las culpas que son objetos de otras pasiones distintas, cuando éstas las considere medio forzoso para el logro de aquellas. Ciertamente Alejandro no era de índole cruel; con todo tuvo acciones crueles, como fueron la muerte de su amigo Clito, y la del Filósofo Calístenes. Eran sus pasiones dominantes la vanagloria, y la soberbia. Víctima de aquella fue Clito, porque prefería a las acciones de Alejandro las de su padre Filipo; y de esta lo fue Calístenes, porque persuadía a los demás que no adorasen a Alejandro, como hijo de Júpiter.

5. A veces se ostenta el vicio por política, en atención a que se saca de él algún emolumento. Tal hombre se finge vengativo sin serlo, porque el temor de la venganza retire a los demás de la ofensa. Esta es más frecuente, cuando la maldad es meritoria con los que mandan. Si [3] fuera amante de la Justicia Seyano, nunca gozara el favor de Tiberio; ni siendo continentes, y modestos, arribaran al valimiento de Nerón, Tigilino, y Petronio.

6. Es de creer, que por el motivo de complacer a Príncipes malvados haya habido políticos, que hipócritas al revés, fingiesen vicios que no tenían, y (lo que es peor) para comprobarlo llevasen reluctante la voluntad a los propios desórdenes que aborrecían. Cuando se hace mérito del delito, en vez de aquella hipocresía propiamente tal, que contrahace la virtud, se estudia en otra hipocresía inversa, que finge la maldad.

7. Empero estos mismos afectarán parecer veraces, fieles, constantes, agradecidos. Nunca habrá alguno que no disimule los vicios opuestos a aquellas virtudes constitutivas de los que llamamos hombres de bien. Y así, en orden a estas virtudes, son innumerables los hipócritas.

8. No niego yo, que acabe muy bien estar los hombres dominados de unos vicios, y no de otros; porque esto depende en gran parte del temperamento, el cual radica unas pasiones más que otras. Este se deja llevar sin freno de la incontinencia, pero aborrece el hurto: aquel se entrega a la glotonería, y embriaguez, pero mira con horror la perfidia. Es así; pero su ojeriza a estos vicios no durará, sino entretanto que no los haya menester para desahogar su pasión en los otros. Catilina, en sus primeros años no mostró otras pasiones que las de incontinente, ostentoso, y pródigo; pero habiéndole reducido estos vicios a pobreza, y no pudiendo por esta razón continuarlos, tomó el designio de tiranizar la República para salir de la indigencia. Así se hizo ambicioso, feroz, cruel, despiadado, pérfido.

9. Soy de dictamen, que nadie se fíe mucho de estos, que se llaman hombres de bien, si los ve muy poseídos de algunas pasiones. Aquel vicio que los tiraniza, tiene para ellos razón de último fin, a quien ordenan todas sus atenciones; ó de ídolo, a quien, si la ocasión lo pide, sacrifican todos los demás respetos. No pretendo que no haya alguna excepción: puede el horror natural a un vicio [4] superar la inclinación que hay a otro. Mas yo en todo caso entregaré mi confianza a aquel, que por el santo temor de Dios en todas materias tiene cuidado de su conciencia, antes que a aquel, que sólo por disposición natural del temperamento, ó por punto de honra practica aquellas virtudes que se llaman propias de hombres de bien. El temperamento depone su resistencia cuando lo pide la otra pasión que le arrastra. La honra no influye cuando se cree que la ruindad no ha de ser conocida: el temor de Dios siempre obra.

10. Es caso bien notable el que refiere la famosa Madalena Escudery en sus Conversaciones Morales de un hombre, que expuso la vida en tres desafíos por un amigo suyo; pero habiendo este después pedídole en empréstito una corta cantidad de dinero que necesitaba, se la negó. ¿Quién creyera, que el que en repetidas ocasiones arriesgaba por su amigo la vida, le faltase en cosa de tanta menor importancia? Es el caso, que era tan intrépido como avaro, ó tenía por menos preciosa la vida que el dinero. Encontróse su amistad con su pasión; y la avaricia como más poderosa, hizo cejar la fineza.

11. La mayor ceguera que los hombres padecen en sus confianzas, es la de fiar de aquellos a quienes experimentaron infieles con otros. Este es un error que todos condenan, y en que casi todos caen. Entrego mi secreto al que me captó la gracia, revelándome el ajeno. Doy mi amistad al que en obsequio mío abandonó el amigo que antes tenía. Esto depende del amor propio, y concepto superior que hacemos de nosotros mismos. Cada uno juzga en sí propio un atractivo más poderoso, en virtud del cual tendrá fijamente atado a su corazón aquel, que con los demás ha sido infiel. Piensa que es fuerza singular de su mérito la que le hizo abandonar al bienhechor, ó al amigo. Tan lleno está de sí mismo, que no cabe en su imaginación ni aún el recelo de que en otro hallará mérito más alto, a quien haga de su amistad el mismo sacrificio. Los Príncipes, y Grandes, como la costumbre de ser adulados los hace más presuntuosos, son los que con más [5] frecuencia caen en este lazo. ¡Oh cuántas veces se ve en las Aulas premiada con la elevación la alevosía! Aquella máxima de que agrada la traición, más no el traidor, está recibida de todo el Mundo en la teórica; pero tiene poquísimos Sectarios en la práctica. Desagrada el traidor a quien desagrada la traición; pero el que se interesa en la traición, mira con buenos ojos al traidor. Esto se compone con dar a las cosas otro nombre. A la traición se llama obsequio, y al traidor amigo. Juntamente se interpreta, que intervino algún fin honesto; y en caso de no poder discurrirse otro que el de la conveniencia, se alaba la habilidad de elegir el mejor partido. Grande excepción de esta regla fue Isabela de Inglaterra. Un infiel Español la vendió por precio señalado una Plaza en los Países Bajos; y habiendo pasado, por evitar la pena merecida, a vivir en sus Dominios, se le ofreció como hombre hábil que era para la guerra, a servirla en cualquier empleo. Respondió la Reina: Andad, que cuando haya menester hacer alguna traición, yo me serviré de vos.


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§. II

12. Los hipócritas perfectos son pocos. Llamo hipócritas perfectos aquellos, cuya superficie toda es devoción, y el fondo todo iniquidad: aquellos, según el dicho del Satírico:

Qui Curias simulant, & bacchanalia vivunt.

No hay que admirar que sean pocos éstos, no obstante ser el camino de la hipocresía el más breve que hay para el Templo de la Fortuna. Son pocos los que tienen la robustez de espíritu necesaria para una vida tan trabajosa. Concíbase cuanto se quisiere ardua la virtud, más penosa es la fingida, que la verdadera. Es menester un continuo estudio inseparable de un continuo afán: una vigilancia infatigable en reprimir las irrupciones de la alma, que sin intermisión pretende campear hacia afuera. No hay pasión que como fiera atada no forceje por romper las prisiones, [6] en que la pone el disimulo. No late menos la facultad animal del corazón en el semblante, que la vital en la arteria. Su movimiento interno es como el del reloj, que tiene afuera voz que le publica, y mano que le señala. No hay palabra, no hay acción, que si no se rige con contrario ímpetu, no siga el impulso de aquella animada máquina. Solicitan importunamente a los ojos la curiosidad y la lascivia: brama por desahogarse en la voz y en el ceño la impaciencia: la chocarrería oída con gusto provoca a la risa: llama la injuria a la venganza: la lengua y el oído están mal hallados con el silencio: no hay miembro, que a su pesar no se haya de dejar regir hacia la representación de compostura: son infinitas las cuerdas de que se compone la armonía de un exterior modesto, y todas deben estar violentamente tirantes: a las puertas de todos los sentidos dan continuas aldabadas los apetecidos objetos. ¿Qué fuerza hay bastante a resistir tantos impulsos, ó manejar a un tiempo tantas riendas?

13. Añádase a esto el susto de ser cogidos en la trampa. En cuantos ojos la circundan, otras tantas espías enemigas temen. Bien conocen la dificultad de conservar siempre inaccesible el alma a la observación ajena. Por más que se cierren las ventanas, quedan en imperceptibles descuidos innumerables resquicios. Cuando logren engañar la multitud, no faltan espíritus transcendentes que distinguen en cualquiera parte que se halle, lo natural de lo artificioso. Por más que la afectación remede la realidad, una y otra tienen sus notas, bien que inexplicables, perceptibles: un carácter especial que se sujeta a la inteligencia, y se niega a la voz. El mismo cuidado de ocultar el alma la hace visible, porque es visible la cautela; y es visible también que los corazones inocentes no usan de este estudio. Todo hombre muy circunspecto se hace sospechoso. El que está asegurado de su conciencia, obra y habla con abertura. Ni le aprovechará al hipócrita ponerse a imitar aquella nativa franqueza. Nunca acertará con el punto debido. Siempre los que tienen conocimientos distinguirán entre el original, y la copia. Así yo creo, [7] que hasta ahora no hubo hipócrita que acertase a engañar a todo el Mundo.

14. ¡Oh cuánto más barato les saldría a los hipócritas tomar el camino de la virtud verdadera, que seguir el de la fingida! Aquella concede al espíritu muchas treguas, y le dispensa muchas dulzuras. La ficción de la virtud le obliga al continuo afán en tierra, si un momento se descuida en arrimar el hombro.

15. Dirásme, que con el tiempo se llega a hacer hábito de la ficción, y entonces ya en fingir no hay dificultad. A la verdad dudo, que la costumbre pueda tanto. Donde el arte lidia con toda la naturaleza, no pienso que llegue el caso de que aquella logre cabal el triunfo; antes juzgo que siempre esta quedará con algún residuo de fuerzas para repetir sus asaltos. Sucede tal vez al más consumado hipócrita lo que a la gata, convertida en dama, de la Fábula de Esopo. Estaba con muy estudiada compostura a la mesa, cuando se apareció en la sala un ratón, y llevada de aquel natural impulso que precede a toda advertencia, a toda fuerza se arrojó con escándalo de los circunstantes a la presa apetecida.

16. Pero dado caso que el largo ejercicio de fingir venza toda dificultad, no por eso es menor el yerro del hipócrita. Con menos trabajo se hará familiar la virtud, y en menos tiempo que la ficción. Aquella es según la inclinación del hombre en cuanto racional, y sólo le contradice como sensitivo; esta, así a lo racional, como a lo sensitivo, es violenta. En el país de la virtud es la alma en parte doméstica: en el de la ficción, totalmente peregrina. Luego más fatiga tendrá en connaturalizarse la ficción, que la virtud.


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§. III

17. Hay no obstante cierto linaje de hipócritas, que viven sin fatiga, y engañan con facilidad; porque las apariencias que tienen de virtud, en parte se [8] deben al estudio, y en parte al temperamento. Carecen de unos vicios, y esconden otros: ó pocas virtudes que tienen, sirven de capa a mayores vicios que ocultan. Así se puede decir que los hipócritas perfectos, de que acabamos de hablar, no se mueven sino a fuerza de remo. Los que ahora vamos a examinar son ayudados del viento.

18. Verdaderamente el público usa de un interrogatorio muy diminuto en las informaciones que hace de la virtud ajena. El que se justifica sobre ciertos determinados capítulos, sin tropiezo pasa por un gran lleno de virtudes. Emilio (quiero darle este nombre) es reglado en la mesa, modesto en la conversación: no tiene más comercio que el preciso con el otro sexo: asiste al Templo frecuente, y devoto. No ha menester más para que respete su virtud todo el Pueblo. Sin embargo yo sé que este mismo Emilio con pleitos injustos oprimió algunos vecinos suyos. Véole solicitar honores y riquezas por todos los medios posibles. Cualquiera leve injuria que reciba, la estampa con caracteres indelebles en la memoria. Aunque está bien surtida su casa, no parecen pobres a la puerta. Asiste a la murmuración, y con mucho más gusto si cae la nota sobre sujetos de mérito sobresaliente, que le puedan disputar la estimación pública. Favorece pretensiones injustas de sus aliados, ó dependientes. Cuando se trata de alabar, ó vituperar a otros, la parcialidad es el único móvil de su lengua. No aprecia la virtud de otros; y si por algún camino le incomoda, cuando está de su parte la desautoriza. Noto sus cultos hacia los poderosos, y sus sequedades con los humildes. En fin, apenas se ve movimiento en este hombre que no vaya directa, ó indirectamente hacia el interés propio, aunque se ofrezca atropellar en el camino el derecho ajeno.

19. Con todo, el vulgo le tiene por justo, religioso, y devoto. Aquellas pocas virtudes hacen espaldas a un grueso escuadrón de vicios. Tiene anidadas en el pecho la ambición, la avaricia, la soberbia, la envidia, el odio; pero nada de esto se le entra en cuenta. La falsa brillantez, que en la superficie producen su continencia y templanza, [9] deslumbra los ojos del público. Parece que este sólo tiene por delincuentes los deleites corpóreos, y toda la maldad la reduce a la acción de dos o tres sentidos. El demonio no es glotón, ni lascivo, ni es capaz de otro alguno de aquellos vicios, cuya ejecución depende de las potencias materiales; mas no por eso deja de ser en lo moral la peor de todas las criaturas.

20. La injusticia de este dictamen es más visible en el otro sexo. Una mujer con ser casta, juzga que tiene llenos todos los números de la virtud; ó con poseer esta virtud sola, juzga que le son lícitos todos los demás vicios. Así, teniendo bien hechas las pruebas en esta materia, puede ser arrogante, envidiosa, impaciente, soberbia. Y aún hay mujeres, a quienes la seguridad de su fama en punto de pureza hace insufribles y feroces. ¡Oh cuán molestas son estas a los pobres maridos! Véndenles a muy alto precio la lealtad, como si no se la debieran de justicia. No falta quien escriba, que por este motivo dio libelo de repudio Paulo Emilio a su primera Esposa, la noble, casta, hermosa, y fecunda Papyria. Plutarco cuente de un Romano, a quien, culpándole sus amigos de haberse divorciado con una mujer casta, de bellas dotes de alma y cuerpo, descalzó uno de sus zapatos, y mostrándole, les dijo: ¿Veis qué bien hecho, nuevo, y hermoso está? pues acaso por eso mismo me aprieta, y lastima el pie. Quería decir, que las buenas prendas de su mujer la hacían orgullosa, y por tanto insufrible.

21. Confieso que no puedo sufrir la gran distinción que se hace en el mundo entre los vicios que pertenecen a una misma especie, sólo en atención a los diferentes medios de que se usa en su ejecución. Es no sólo ladrón, sino hombre ruin y vilísimo, el que entrando clandestinamente en la casa ajena, roba el dinero y la alhaja. ¿Por qué no merecerán los mismos epítetos el que en una demanda injusta, usando de la trampa, usurpa lo ajeno; el Mercader que pide sobre el justo precio; el que engaña en la calidad de lo que vende; el Oficial que se paga en más de lo que merece su trabajo; y más que todos el [10] Juez que admite el soborno? ¿Qué diferencia hay de aquel a estos? Todo es hurto, y Dios todo lo ha de castigar del mismo modo, sin atender al medio de que se usó, sino a proporción del perjuicio que se hizo al prójimo. Sin embargo, innumerables de estos pasan por muy buenos Cristianos. No sólo eso; pero si rezan muchos Rosarios, oyen Misa todos los días, y tienen la insolencia de frecuentar los Sacramentos, aunque no restituyan un maravedí de cuanto usurpan, son venerados como ilustres dechados de virtudes.

22. No obstante que estos parezcan unos monstruos compuestos de virtud y maldad, nada hay en ellos que no sea muy conforme a la naturaleza. Virtudes y vicios tienen un mismo origen; esto es, el temperamento de los sujetos. Así como no hay tierra tan infeliz que sólo produzca plantas venenosas, tampoco hay complexión tan viciada que sólo radique inclinaciones perversas. En ningún individuo es la naturaleza tan enemiga de la razón, que en todo se le oponga. Apenas se hallará hombre, cuyo apetito no sea limitado en cuanto a las especies de los objetos. Este es solicitado de la gula; pero ningún atractivo tiene para él la incontinencia. Aquel arde en ansias de ser rico; pero no hay para él otro placer que la posesión de un tesoro. Al otro le domina la soberbia y vanagloria; y como logre las adoraciones que busca, ninguna otra pasión le inquieta.

23. A esto se añade, que como el vicio es tan feo, ninguno deja de aborrecer aquellos vicios que simbolizan con sus inclinaciones, y de amar por consiguiente las virtudes opuestas. De aquí es, que los hombres comúnmente vivimos recíprocamente escandalizados unos de otros. Miramos el delito ajeno en su propio color y figura; el propio en la infiel imagen, que hace de él nuestro apetito. En aquel vemos lo horrible; en este lo delectable. La pintura que hace la pasión del vicio, es como la que hizo Apeles del Rey Antígono. Faltábale a aquel Monarca un ojo, y el ingenioso Pintor formó la imagen de perfil, mostrando el rostro sólo por la parte [11] que carecía de defecto. Así ladea el vicio propio, descubriéndole por la parte donde está el deleite, y ocultándole por donde está la torpeza. Al ajeno se le da positura totalmente contraria.

24. Contemplo algunas veces, no sin movimientos de risa, cómo el avaro está haciendo ascos del incontinente, y el incontinente mira con horror, y abominación al avaro. Todo consiste en que aquel no padece los estímulos de la carne; y éste no adolece de la hidrópica sed del oro. Cada uno de estos es de bronce por un parte, y de vidrio por otra; pero excusándose cada uno con su fragilidad propia, no advierte que el otro, por donde peca tiene la misma disculpa. Si hiciésemos sobre esto la reflexión debida, no seríamos tan severos Jueces de nuestros prójimos. La ojeriza se convertiría en compasión, y lo que ahora enciende el odio, daría asunto a la caridad.

25. Es error común el aplicar sólo a determinadas especies de pecados la disculpa de la fragilidad humana. Esta, como transcendente en todas las pasiones, interviene en todo género de deslices. No hay vicio, que no tenga su natural fomento en la complexión del individuo. Los desórdenes que más distan de la parte racional, tienen su patrocinio en la sensible. Confieso, que no puedo comprender cómo en nuestra naturaleza caben genios tan aviesos que se complacen en hacer a otros mal, sin que de ello les resulte algún sensible bien. Con todo es cierto que los hay, y también es cierto que obran así, porque están dominados de esa villana inclinación. Pues ves ahí la fragilidad. Si su maligno proceder no les produjese algún deleite considerable, no se aventuraría a padecer el odio público.

26. Pero es bien se note, que aquellos hombres compuestos de vicios y virtudes, de quienes hemos hablado, aún en lo que parece por afuera, no son lo que parecen: bien se mira, no son propiamente virtudes, sino puras carencias de los vicios. Ves a Crisanto abstraído de todo comercio con el otro sexo. ¿Juzgas que es virtud? No, [12] sino insensibilidad. Ningún estímulo le incita; y así haz cuenta de que no tiene otra continencia que aquella que es propia de un tronco. Si él se abstuviera por el temor de Dios, no tuviera tan poco cuidado con su conciencia en otros capítulos. Ves a Aurelio muy parco en comida y bebida. ¿Juzgas que es templanza? No, sino falta de apetito. Sucédele lo que a un febricitante, que no come más, porque no puede. ¿No le ves engullir cuánto puede, de hacienda y de dinero? Cree, pues, que si tuviera tan voraz el estómago como el corazón, fuera otro Heliogábalo.

27. Estos son hipócritas por complexión. Hace en ellos el temperamento lo que en otros el estudio. No es virtud la suya, sino una imagen de la virtud; pero imagen que formó, no el arte, sino la naturaleza.

28. Algunas veces oí decir, que en la Corte Romana, cuando se trata de la Canonización de algún Santo, lo que más prolijamente se examina, es el punto del desinterés; y una vez bien justificado éste, por todos los demás se corre con más velocidad. Prescindiendo de si es, ó no es así, me parece muy conforme a razón este modo de proceder; por dos motivos. El primero, porque el desinterés no depende, ó depende muy poco, y remotisímamente del temperamento; y así se debe juzgar, que cualquiera hombre desinteresado lo es por virtud, y no por naturaleza. El segundo, porque esta virtud supone, ó infiere otras muchas. La razón es, porque como el dinero sirve a todos los vicios, siendo medio para el desahogo de todas las pasiones, es señal de que no está dominado de ellos quien no ama, y busca el dinero. Así la codicia es un vicio imperado de todos los demás vicios. El incontinente busca el dinero para saciar el torpe apetito: el guloso para la detemplanza: el ambicioso para lograr el ascenso: el vengativo para destruir a su enemigo; y así de los demás. Luego el que no ama el dinero, se debe hacer juicio de que carece de todos aquellos vicios. Téngase, pues, por regla segura de que el mejor índice de la virtud es el desinterés. [13]

29. No obstante, los que tienen por único fin la estimación, y aura popular, sin ser virtuosos, son desinteresados. Es la vanagloria un vicio puesto en los confines de la virtud. Los antiguos Gentiles le creyeron dentro de sus límites. Ciertamente, en orden a la utilidad pública, produce los mismos efectos. El amante del aplauso en la guerra obra como el valeroso, en el Tribunal como el íntegro, en la fortuna próspera como el justo, en la adversa como el magnánimo. Es de creer, que más Héroes dio a Grecia y Roma la ambición de fama, que la virtud verdadera.

30. Son los idólatras del aplauso unos espíritus no buenos, pero grandes. Enamorados de la hermosura de la gloria humana, ó no adolecen de otras pasiones, ó se desdeñan de sujetarse a ellas. También en la república de los vicios hay distinción de clases, y algunos se atribuyen, aunque sin razón, la ventaja de nobles. Esta presunción produce la utilidad de no mezclarse con otros más villanos. Uno de estos es la codicia; y así se guardará bien el vanaglorioso de caer en esta torpeza.

31. Estoy persuadido a que si se averiguase exactamente el origen de cuantas acciones heroicas se hallan en los Anales profanos, se contarían entre ellas muchas más hijas del vicio, que de la virtud. Más batallas ganó la ansia del premio, que el amor de la Patria. ¡Oh cuántos triunfos se debieron a la emulación y la envidia! A Alejandro; y Pompeyo, cuando batallaba, más presentes tenía las victorias de César, que las Tropas del Enemigo. Muchos hicieron cosas grandes por mucho más criminales fines. Fabricaban del obsequio escala para la tiranía. ¡Cuántos sirvieron a su República, para que al fin su República los sirviese; y la hicieron primero vencedora, para hacerla después esclava! Esto era común en los más celebrados hombres de la Grecia. Por esta razón en Atenas llegaron a ser los servicios insignes a la República tan sospechosos, que por ley del Ostracismo eran castigados con destierro, como delitos. [14]

32. Lo mismo que en el servicio de la República pasa en los obsequios hechos a particulares. Frecuentemente se atribuye a la fidelidad, y al amor, lo que el subordinado hizo sólo por su interés. En cesando la dependencia, se descubre el verdadero motivo.

33. De modo, que si se hace bien la cuenta, se hallará que el mundo está lleno de hipócritas, unos que mienten algunas determinadas virtudes, otros que las mienten todas. El Emperador Federico Tercero decía, según refiere Eneas Silvio, que no había hombre alguno que no tuviese algo de hipocresía.

34. No se puede aprobar tan severa, y universal sentencia. Pero sería conveniente, a mi parecer, que todos los Príncipes participasen algo de la desconfianza de Federico, pues son los que menos los conocen. Raro hombre hay que se descubra enteramente delante de ellos. Los mismos que se franquean entre los iguales, son hipócritas en presencia de los superiores. Apenas hay quien, para ser visto de quien le manda, no afeite el alma, y dé colores postizos a su espíritu, como las Rameras al rostro para salir en público. Momo echaba menos en la fábrica del hombre una ventana por donde se le descubriese el pecho. Yo me contentaría con que fuese puerta, de la cual él tuviese una llave, y otra el superior. Mas todo esto es hablar de fantasía. Lo que la razón dicta es, que las obras de Dios son perfectas.


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§. IV

35. Sintiera mucho, que porque voy descubriendo todos los embozos del vicio, se juzgase que soy del número de aquellos genios suspicaces, que procuran siempre dar siniestra interpretación a todas las acciones ajenas. Los que me han tratado saben bien, que no adolece mi ánimo de esta enfermedad verdaderamente maligna, y algunos me han notado el contrario defecto de una crítica demasiadamente piadosa. Acaso las experiencias de los engaños que he padecido, por mi facilidad en creer las apariencias de virtud, me hicieron más obvias estas [15] pocas reflexiones, las cuales, sin embargo, en mí siempre se quedan en mera teórica; porque en llegando a la práctica sobre los particulares, prevalecen sobre ellas, ya el genio, ya la advertencia de que en lo moral es mejor llevar la pluma por una senda tan delicada, que hiriera la hipocresía sin lastimar la caridad, y de tal modo descubriera el artificio de los hipócritas que no despertase la cavilación de los sencillos.

36. También confesaré, que así como el tiempo me hizo ver en algunos sujetos muchos vicios que no creía, me descubrió en otros grandes virtudes que no imaginaba. Así, equilibrado el juicio por la parte de la experiencia, y de la razón, es fácil que el genio incline con su peso la balanza al lado de la piedad.

37. Una cosa bien notable he observado; y es, que más fácilmente se ocultan las grandes virtudes, que las pequeñas. Esto consiste, ya en que es raro su uso, ya en que comúnmente no es conocido su precio. La asistencia al Templo, la modestia exterior, el silencio, el ayuno, son virtudes que no pueden menos de incurrir en los ojos de todos, porque diariamente se ejercitan, y todos las conocen. Hay otras virtudes de más nobles fondos, y que el vulgo no conoce, porque andan en los sujetos que las tienen, como señoras que caminan incógnitas, sin el ostentoso equipaje de las exterioridades. Hay hombres (ojalá fueran muchos) que debajo de un trato abierto, de un comercio libre, de una vida común que no se resiente poco ó mucho de los melindres de la mística, alientan dentro del pecho una virtud valiente, una piedad sólida, impenetrable a las más furiosas baterías de los tres enemigos de la alma. Sirva de ejemplo el que puede serlo para todo, y para todos, un hombre a quien siempre he mirado con devota ternura, y con profundo respeto, el justo, el sabio, el discreto Inglés Tomás Moro.

38. Si se mira por la frente la vida de Tomás Moro, sólo se ve un Político hábil, metido dentro del mundo, manejando dependencias del Rey, y del Reino, [16] dejándose llevar del viento de la fortuna, sin pretender los honores, mas también sin resistirlos; en la vida privada abierto, urbano, dulce, festivo, y aún chancero, aprovechando muy frecuentemente en alegres sales el esparcimiento del ánimo, y la delicadeza del ingenio siempre inculpable, mas sin el menor resabio de austero. Su aplicación por la parte de la literatura fue indiferente a la sagrada, y a la profana: en una, y otra adelantó mucho. Su grande estudio en las lenguas vivas de Europa, representa un genio acomodado al siglo. En sus obras(exceptuando las que compuso el último año de su vida dentro de la prisión) más parte tuvo la política que la piedad. Hablo del asunto, no del motivo. En la descripción de la Utopía (escrito verdaderamente ingenioso, agradable, y delicado) dejó correr tanto la pluma hacia el interés temporal de la República, que parece miraba la Religión con indiferencia.

39. ¿Quién en esta imagen de Tomás Moro conocerá aquel glorioso Mártir de Cristo, aquel generoso Héroe, cuya constancia no pudieron doblar contra su obligación, ni las amenazas, ni las promesas de Enrico Octavo, ni la dura prisión de catorce meses, ni las persuasiones de su propia consorte, ni la triste expectación de ver reducidos a una mísera mendicidad todos los suyos, ni la privación de todo su consuelo humano, quitándole los libros; en fin, ni el cadalso delante de los ojos? Tan cierto es que los quilates de las almas grandes sólo se descubren en la piedra de toque de las grandes ocasiones, y a manera de los pedernales, sólo manifiestan sus luces al excitativo de los golpes.

40. El mismo Tomás Moro era prisionero de Estado, que Gran Canciller de Inglaterra; el mismo en la fortuna adversa que en la próspera; el mismo maltratado, que favorecido; el mismo en la Cárcel, que en el Solio; sino que la adversidad hizo visible todo su corazón, del cual la mayor, y mejor parte estaba antes oculta. Solía dar este grande hombre a sus propias virtudes un aire de humanidad, que a los ojos del vulgo les mitigaba el resplandor; aunque [17] cuanto se retiraba de los vulgares la luz, tanto se aumentaba hacia la parte de los perspicaces el reflejo. Sucedió una vez, cuando era Gran Canciller, que un Caballero que tenía pendiente de su arbitrio el éxito de cierta pretensión, le regaló con dos botellas de plata. Como no cabía en su integridad admitir el regalo, ¿qué haría Tomás Moro? ¿Encenderse contra el pretendiente, como injurioso a su reputación? ¿Corregiré a lo menos la delincuente audacia de querer hacer venal la autoridad del ministerio? ¿Manifestar siquiera entre los domésticos las delicadezas de su desinterés, mostrándose escandalizado de la tentación? Nada de esto hizo; porque nada de esto era correspondiente a la nobleza y particular carácter de su espíritu. Recibió con buen semblante las dos botellas. Dio al punto orden a un criado para que las llenase del más precioso vino que tenía en su bodega, y de este modo se las volvió a remitir al Caballero, acompañadas del recado urbano, de que se holgaba mucho de lograr aquella ocasión de servirle, y que cuanto vino tenía en su casa estaba muy a su disposición. Como que entendía (¡discretísima rudeza!), que solo para este efecto se le habían enviado las botellas. De este modo juntó la entereza con la dulzura, la corrección con la cortesanía, y cuanto le quitó de estrépito a su integridad, tanto le minoró a aquel Caballero la confusión.

41. Que la constancia heroica con que mantuvo el partido de la Religión cuando llegó el caso, no fue efecto de algún esfuerzo peregrino, sino de una virtud doméstica, y que en todo obró según las habituales disposiciones del ánimo, se infiere de que siempre, hasta el mismo suplicio, conservó aquella graciosísima festividad de su genio. No se lo oyeron menos chanzas, ni con menos aire entre las cadenas, que antes le habían oído en los salones. Cuando se estaba viendo su causa, y muy cerca de darse la sentencia por aquellos inicuos Jueces, que teniendo ya sacrificadas sus conciencias a la voluntad del Soberano querían también lisonjearle con aquella inocente víctima, llegó el Barbero a quitarle la barba, que tenía algo crecida; [18] y estando para poner las manos a la obra: Tente (le dijo Tomás Moro) que el Rey, y yo estamos litigando ahora a quien de los dos toca esta cabeza; y si le toca al Rey, no es razón que cargue yo con el gasto de la barba. Estando para subir al cadalso le pidió a uno que estaba cerca, por hallarse débil, que les sirviese de arrimo para montar los escalones, diciéndole: Ayúdame a subir, que para bajar no te pediré ayuda. ¡Oh virtud eminente! ¡Oh espíritu verdaderamente sublime, que subía al cadalso con tan festivo desahogo como si se sentase a un banquete! Miren esta grande imagen las almas apocadas, para aprender que la virtud verdadera no consiste en melindrosas circunspecciones.


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§. V

42. ¡Cuántos antípodas morales de Tomás Moro hay en todo género de Repúblicas! En el Occidente, como en el Oriente, hay muchos de aquellos ridículos espantajos, que llaman Santones; sino que los de acá no se mortifican tanto a sí, y mortifican más a otros. Con una seriedad desapacible, que llega a ceño; una conversación tan apartada de la chanza, que toque en el extremo de la rustiquez; un celo tan áspero, que degenere a crueldad; una observancia tan escrupulosa del rito, que se acerque a superstición; y la mera carencia de algunos pocos vicios, sin más coste están hechos estos misteriosos simulacros de la más alta perfección. Simulacros los llamo, porque todo su valor consiste en la configuración extrínseca. Simulacros los llamo, porque no los informa espíritu verdadero, sino aparente. Simulacros los llamo, porque tienen dureza de mármoles, o insensibilidad de troncos. En la ética que los rige, están borradas la dulzura, la afabilidad, la compasión del catálogo de las virtudes. Aún he dicho poco. Aquellos dos caracteres sensibles de la caridad, señalados por San Pablo, conviene a saber, la paciencia, y la benignidad, son tan forasteros a su genio, que antes los miran como señas, si no de relajación, por lo menos tibieza. Figúranse Santos, [19] sin tener de Santos más que la figura, ó la figurada; y quieren pasar por Beatos, faltándoles los constitutivos de tales, que expresa el Evangelio; esto es, blandura, misericordia, y mansedumbre: Beati mites, beati misericordes, beati pacifici.

43. No niego que entre los mismos Santos canonizados por la Iglesia, y aún entre los que canoniza la Escritura, se encuentran algunos cuyo celo parece muy austero, y rígido. Pero son tan pocos, que se debe creer se hallaron en particularísimas circunstancias, en atención a las cuales dirigía entonces la prudencia por aquel rumbo. Esto basta para que en lo general no puedan servir de regla.

44. También es cierto que la virtud toma un género de tinte del genio de los sujetos en quienes existe, y por eso en diferentes individuos muestra diversos colores. Sin embargo, se debe distinguir en esa misma mezcla lo que es genio, y lo que es virtud. Hay hombres de genio duro, colérico, desapacible, que juntamente son virtuosos; mas ni por eso es dura, colérica, desapacible su virtud; antes esta, cuanto es de su parte, y atenta su índole propia, es correctiva de aquellos defectos. El mal está en que los defectos del genio, refundiéndose al juicio, pervierten el dictamen; y el dictamen pervertido estorba que la virtud enmiende los defectos del genio. El virtuoso, que es de genio impetuoso, fuerte, y desabrido, puesto en el mando, fácilmente cree que se halla en las circunstancias en que la prudencia aconseja el rigor. El de genio excesivamente blando, y amoroso, nunca juzga que llega el caso de usar de la fuerza. Uno, y otro salvan su conciencia, y de uno, y otro paga los errores el Público; mas con mucha distinción, según la diversidad de empleos, y destinos. El muy blando es más nocivo en el fuero externo; el riguroso en el interno. En orden a las criminales ejecuciones externas, que son perjudiciales a la República, es perniciosa la demasiada clemencia. Para la enmienda interna de las almas, es no sólo inútil por lo común, mas aún nocivo el rigor; porque el miedo del castigo temporal no hace penitentes, sino hipócritas: quita sólo la obra externa, y reconcentra la mala [20] intención dentro del alma, produciendo otro nuevo pecado en el odio que ocasiona contra el Juez severo.


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§. VI

45. He notado, que para la conversión sincera de los corazones ha hecho grandes milagros la benignidad, en ocasiones en que por otra parte se experimentaba inútil el rigor. Dos ejemplos ilustres me ocurren ahora, que en diferentes siglos se vieron en el Teatro de la Francia. El primero es el de Pedro Abelardo, aquel sutilísimo Lógico, y famoso Heresiarca del duodécimo siglo. Fueron raras las aventuras de este hombre. Por lo común experimentó contraria la fortuna. Padeció muchas persecuciones, entre ellas algunas injustas. Pero ni las justas, ni las injustas pudieron quebrantar su ánimo, ó mitigar la contenciosa vivacidad de su espíritu. Después de innumerables debates fueron condenados sus errores en el Concilio Senonense, a que asistió San Bernardo. Apeló al juicio del Papa Inocencio Segundo; éste confirmó la decisión del Concilio, añadiendo, que se quemasen sus libros, y él fuese cerrado en prisión perpetua. Tenía Abelardo infinitos enemigos, de los cuales muchos no lo eran por celo de Religión, sino por otros respetos muy diferentes. Aumentaba su calamidad el que apenas había quien no declamase contra él, e instase sobre la ejecución de la sentencia. En este deplorable estado de Abelardo, sólo un hombre tuvo generosidad bastante para declararse por padrino suyo. Este fue aquel Santísimo, y Sapientísimo Varon San Pedro Venerable, Abad del gran Monasterio de Cluni. Este solicitó, y obtuvo del Papa el perdón de Abelardo. Este le reconcilió con San Bernardo, que fue lo mismo que indultarle contra el odio público. Este le ofreció,

Nota

«Heloisa, discreta, hermosa, y noble Francesa, fue en su juventud amante, y amada de Abelardo, con tanto exceso, que el amor rompió todas las líneas del honor. Cuentan los Historiadores una cosa singularísima de [21] esta mujer; y es, que deseando Abelardo casarse con ella, sin embargo de quererle tanto, repelió la propuesta, y eligió antes ser concubina, que esposa, alegando por motivo, que no quería que con su matrimonio se privase la Iglesia del gran lustre que la podía dar el supremo ingenio de Abelardo; aunque últimamente, a importunos ruegos, y amenazas de sus parientes consintió. Hízose después Religiosa, y vivió con grande edificación. Mantuvo siempre la correspondencia con Abelardo, muy tierna y cariñosa sí; pero también muy contenida dentro de los límites de la virtud, y el decoro. Luego que tuvo noticia de la muerte de Abelardo, pidió el cadáver a San Pedro Venerable para darle sepultura en el Convento donde era Prelada, y el Santo Abad condescendió a su ruego. Consta por las Epístolas de Abelardo, que Heloisa, por su virtud y entendimiento, fue generalmente amada, y respetada de todos. Dice, que los Obispos la querían como hija, los Abades como hermana, y los Seculares como madre.»

contra todos los reveses de la fortuna, el asilo de su Monasterio Cluniacense. Y este, en fin, recibiéndole en sus brazos, como amoroso Padre, le dio en dicho Monasterio el Hábito de Monje. Admirable fue el efecto que hizo en Abelardo la generosa benignidad de San Pedro Venerable. No sólo fue Monje, pero Monje ejemplarísimo, y un dechado insigne en todo género de virtudes, de que da irrefragable testimonio el mismo San Pedro Venerable, en la carta escrita con ocasión de su muerte a la Abadesa Heloisa, que está toda llena de altos elogios de la virtud de Abelardo. Dice en una parte, que no se acuerda de haber visto hombre alguno tan humilde como él. En otra, que su entendimiento, su lengua, y su operación siempre se empleaban en objetos divinos. En otra, le compara al Gran Gregorio, por estas palabras: Nec (sicut de Magno Gregorio legitur) momentum aliquod praeterire sinebat, qui semper aut oraret, [22] aut legeret, aut scriberet, aut dictaret. En el Cronicón Cluniacense se confirman, y aún, si puede ser, se aumentan estos elogios, pues dice, que desde que tomó el Hábito de Monje siempre fueron divinos sus pensamientos, sus palabras, sus obras: Et deinde mens ejus, lingua ejus, opus ejus semper divina fuere.

46. De modo, que a este hombre, a quien no pudieron jamás doblar, ni cuantos Varones sabios había en Francia en continuas disputas contra él, ni la fuerza del Magistrado Secular, movida varias veces por sus enemigos, ni los Prelados Eclesiásticos, ni la autoridad de un Concilio, ni el celo y doctrina de un San Bernardo: A este hombre, digo, rindió el dulce, compasivo, y amoroso espíritu de San Pedro Venerable. Fueron grandes la estimación y ternura con que este Santo miró siempre a Abelardo después de su conversión: conócese esto en dos Epitafios que hizo para honrar su sepulcro. Pondré aquí parte de uno y otro, para que se vea cuan alto concepto tenía hecho de la insigne sabiduría de este hombre

Primer Epitafio

Gallorum Socrates, Plato maximus Hesperiarum
Noster Aristoteles, Logicis, quincumque fuerunt,
Aut par, aut melior, Sudiorum cognitus orbi
Princeps, ingenio varius, subtilis, & acer.

Segundo Epitafio

Petrus in hac petra latitat, quem mundus Homerum
Clamabat, sed jam sydera sydus habent.
Ergo caret Regio Gallica Sole suo.
Ille sciens quidquid fuit ulli scibili, vicit
Artifices, artes absque doncente docens.

47. El segundo ejemplo, aun más ilustre que el primero, se vio en los Hugonotes de la Diocesi de Lizieux, en Normandía, en tiempo de Carlos Nono. Era Obispo de [23] aquella Iglesia el piadoso, y docto Dominicano Juan Hennuyer, que había sido Confesor de Henrico Segundo, cuando al Gobernador de Normandía vino orden del Rey para que pasase a filo de cuchillo todos los Hugonotes de aquella Provincia. Opúsose a la ejecución del orden Real, por lo que miraba a los de su Diocesi, tan eficazmente el Venerable Prelado, y tantas, y tales cosas supo decir al Gobernador, proponiendo entre otras, que antes daría su garganta al cuchillo, que consintiese la muerte de aquellos Herejes, a quienes siempre miraba como ovejas suyas, aunque descaminadas, que el Gobernador suspendió la ejecución; y el Rey, movido de la constancia, y celo del piadoso Obispo, revocó enteramente el Decreto, en orden a los Hugonotes de aquel Obispado. Colmó la mano Omnipotente de bendiciones el paternal amor que el señor Hennuyer profesaba a sus ovejas, y la piadosa acción de salvarles a todo trance las vidas. ¡Cosa admirable! En ninguna de las demás partes de Francia, donde corrieron arroyos de sangre Hugonota ejecutándose a la letra el Real Decreto, se extinguió la herejía, y sólo a la Diocesi de Lizieux hizo Dios este gran beneficio. Tal impresión hizo en los corazones de aquellos Calvinistas la experiencia de las paternales entrañas de su Prelado, que todos, todos, sin reservar uno, se convirtieron a la Santa Fe Católica. Así triunfa la benignidad de los más rebeldes corazones, cuando la maneja un santo celo, y una prudencia consumada {(a) Dijimos, que Juan Hennuyer, Obispo de Lizeux, fue Dominicano. Afírmalo Moreri sobre la fe de los dos hermanos Santa Martas. Pero en el suplemento de Moreri de 1732. con buenos fundamentos se prueba, que fue Eclesiástico Secular}.


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§. VII

48. Volviendo al asunto (pues todo lo introducido en el S. antecedente fue digresión) digo, que entre aquellos genios ásperos y saturninos, de que hemos hablado antes, está metida la peor casta de todos los [24] hipócritas. Hablo de los censores de ajenas costumbres con capa de celo. Estos son unos poderhabientes del Infierno, ó un quid pro quo de los diablos, porque su ocupación es apuntar los pecados de los hombres. Gente tan maldita, que están mal con sus prójimos, y bien con los vicios de sus prójimos. Dicen que aman a aquellos, y aborrecen a estos, pero es al revés. Todo es tirar al prójimo mordiscones, relamiendo al mismo tiempo en sus pecados. No hay noticia para ellos tan alegre como el que fulano, y citano hicieron tal, y tal picardía. Esta es su comidilla, porque encuentra nuevo pábulo su maledicencia. ¡Qué exclamaciones no hacen sobre el asunto! ¡Qué hipérboles no gastan en exagerar la maldad! Y después que se han ensangrentado bien en el miserable que ha caído en sus manos, se extiende el nublado a toda la República. Está perdido el Pueblo. Nunca se vio tal. Dios lo remedie. Es su texto cotidiano el ¡O tempora! ¡O mores! de Cicerón. La materia de sus conversaciones es propiamente materia, porque toda es podredumbre. No hablan sino de torpezas, y desordenes. Tienen por su cuenta la gaceta de Satanás, donde se dividen los capítulos por barrios, v. gr. tal calle, a tantos de tal mes. Por un expreso que trajo una Verdulera se sabe, que Monsieur de tal tiene muy adelantadas sus negociaciones con Madama de tal, pues aunque al principio encontró algunas dificultades, proponiendo después más ventajosos partidos, fue en fin admitido a audiencia secreta, &c. Así se va discurriendo por otras partes en párrafos distintos; y el último es, como se acostumbra, el de la Corte, en esta forma, u otra equivalente: Su Majestad de Plutón con toda la familia, aunque no dejan de sentir los excesivos calores que reinan en aquel País, con todo se hallan muy gustosos, por la abundante caza de todo género de pescados que encuentran hacia todas partes, &c. [25]

{(a) Los que ponderan la generalidad de los vicios de algún Pueblo, hacen en él un gravísimo daño, que es remover a muchos algún estorbo, que los retraiga de caer en los mismos vicios. Hablando (por ejemplo) del vicio de la incontinencia, dice uno, que la Ciudad en este capítulo está enteramente perdida; que es una horrenda disolución, y desenfreno lo que pasa; que ya con algún recato, ya sin él, apenas hay hombre contenido, apenas hay mujer casta: y realmente este es el vicio sobre que frecuentemente se hacen tales declamaciones. Óyenlas algunos que no tenían hecho tal concepto, y que se contenían ya por el miedo de la deshonra, ya por temer la repulsa de esta, ó aquella mujer. A éstos, que sólo, o principalmente son continentes, ya por la vergüenza de ser notados, ya por la de ser ignominiosamente repelidos, se les quita todo, ó el principal impedimento que tenían para arrojarse a empresas torpes. Si todos (dice cada uno hacia sí) ó casi todos los hombres del Pueblo delinquen en esta materia, levísima es la nota que yo puedo padecer, siendo uno de tantos. Si todas, ó casi todas las mujeres son impúdicas, muy rara será aquella a quien mi solicitud no halle condescendiente.

2. Algunos con bonísimo celo caen en este absurdo, por no prevenir el inconveniente. Varias veces he oído a Predicadores fervorosos gritar que está el Pueblo lleno de escándalos: que apenas hay casa, que por todas cuatro esquinas no esté ardiendo con el fuego infernal de la lascivia. Ruego encarecidamente a todos los que ejercen tan santo ministerio (y Dios me es testigo de la santa intención con que lo hago) que se abstengan de semejantes declamaciones, porque es mayor el daño que el provecho que se sigue de ellas.}

49. Es en estos la capa del celo abrigo de la maldad. Otros hipócritas lo son a costa suya: porque para parecer virtuosos es menester abstenerse de muchas cosas, a que los inclina el apetito. A estos todo el gasto les hace la honra del prójimo. Bien es verdad que admite sus excepciones esta regla; porque hay algunos tan malignos, que para herir sobre seguro la fama ajena, violentan muchas veces la inclinación propia. Abstiénense de la ejecución externa de aquellos vicios que advierten en otros, para poder censurarlos con libertad. ¡Pasión infeliz! ¡Detestable hipocresía!. [26]


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§. VIII

50. Restamos hablar sobre dos capítulos, por los cuales muy frecuentemente el vicio es adorado como virtud. El primero es la semejanza exterior de deteminados vicios con determinadas virtudes. Como cada virtud está colocada entre dos extremos viciosos, muchos de éstos toman el color de aquella. Así frecuentemente la prodigalidad pasa por liberalidad, la temeridad por valor, la terquedad por constancia, la astucia por prudencia, la pusilanimidad por moderación, y así de otros.

51. Es segundo es la materialidad de la acción, prescindida de la torpeza del fin. Si se explorasen los motivos que intervienen en infinitas operaciones, al parecer rectas, se hallarían estas muy torcidas. Es harto común ser un vicio estorbo de la obra externa, que pertenece a otro vicio. Este es continente precisamente, por no expender su dinero: aquel, porque le amedrenta cualquiera sombra. En el primero es hija la continencia de la avaricia, en el segundo de la pusilanimidad. Este se humilla porque pretende; aquel, por no exponerse a una querella. En el primero nace la humildad de ambición, en el segundo de cobardía. Mucho pudiera decirse sobre estos dos capítulos; pero por hallarse tocada con bastante extensión la materia de ellos en varios libros, lo dejamos aquí, contentándonos con este ligero apuntamiento.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo cuarto (1730). Texto tomado de la edición de Madrid 1775 (por D. Blar Morán, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo cuarto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 1-26.}


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