Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso XV

Mapa intelectual, y cotejo de Naciones

§. I

1. No es dudable que la diferente temperie de los Países induce sensible diversidad en hombres, brutos, y plantas. En las plantas es tan grande, que llega al extremo de ser en un País inocentes, o saludables las mismas que en otros son venenosas, como se asegura de la Manzana Pérsica. No es menor la discrepancia entre los brutos, en tamaño, robustez, fiereza, y otras cualidades, pues además de lo que en esta materia está patente a la observación de todos, hay Países donde estos, o aquellos animales degeneran totalmente de la índole, que se tiene como característica de su especie. Produce la Macedonia serpientes tan sociables al hombre, si hemos de creer a Luciano, que juegan con los niños, y dulcemente se aplican a chupar en su propio seno la leche de las mujeres. En Guregra, montaña del Reino de Fez, son, según la relación de Luis Marmol en su Descripción de la Africa, tan tímidos los Leones, de que hay gran número en aquel paraje, que los ahuyentan las mujeres a palos, como si fuesen perros muy domesticados. [300]

{(a) Siguiendo la opinión común, dijimos en este número, que la Manzana Pérsica, que nosotros, hecho sustantivo el adjetivo, llamamos Pérsico, es venenosa en la Persia. Este es un error común, que viene muy de atrás; pues ya en Columela se halla escrito, como creído del Público.

Stipantur calathi, & pomis, quae barbara Persis
Miserat (ut fama est) patriis armata venenis.
[300]

Plinio poco posterior a Columela, estaba desengañado del error; pues en el libro 15, cap. 13, hablando de las Manzanas Pérsicas, dice: Falsum est, venenata cum cruciatu in Persis gignit. Mas no por eso dejó de pasar el engaño a otros Escritores que le mantuvieron, y aún mantienen en el Vulgo. Este error vino de la equivocación de tomar por Manzana Pérsica, o por su árbol, otro árbol o fruto llamado Persea, del cual dicen algunos Autores, que siendo venenoso en Persia, fue trasladado a Egipto por no sé qué Rey, para castigo de delincuentes; pero en el suelo de Egipto perdió su actividad. No sólo Plinio, mas Dioscórides, Galeno, y Matiolo, deshicieron la equivocación, hablando del Pérsico, y de la Persea, como plantas diversas. Plinio añade, que la Persea no se dominó así por haber sido transferida de la Persia, sino porque el Rey Perseo la plantó en Menfis}.

2. Si no es tanta la diferencia que la diversidad de Países produce en nuestra especie, es por lo menos bastantemente notable. Es manifiesto que hay tierras donde los hombres son, o más corpulentos, o más ágiles, o más fuertes, o más sanos, o más hermosos, y así en todas las demás cosas que dependen de las dos facultades, sensitiva, y vegetativa, comunes al hombre, y al bruto. Aún en Naciones vecinas se observa tal vez esta diferencia.

3. A las distintas disposiciones del cuerpo se siguen distintas calidades del ánimo: de distinto temperamento resultan distintas inclinaciones, distintas costumbres. La primera consecuencia es necesaria: la segunda defectible: porque el albedrío puede detener el ímpetu de la inclinación; mas como sea harto común en los hombres seguir en el albedrío aquel movimiento que viene de la disposición interior de la máquina, se puede decir con seguridad, que en una Nación son los hombres más iracundos, en otra más glotones, en otra más lascivos, en otra más perezosos, &c.

4. No menor, antes mayor desigualdad que en la parte sensitiva, y vegetativa, se juzga comúnmente que hay en la racional entre hombre de distintas regiones. No sólo en las conversaciones de los vulgares, en los escritos de los hombres más sabios, se ve notar tal nación de silvestre, [301] aquella de estúpida, la otra de bárbara; de modo, que llegando al cotejo de una de estas Naciones con alguna de las otras que se tienen por ocultas, se concibe entre sus habitadores poco menor desigualdad que la que hay entre hombres y fieras.

5. Estoy en esta parte tan distante de la común opinión, que por lo que mira a lo substancial, tengo por casi imperceptible la desigualdad que hay de unas Naciones a otras en orden al uso del discurso. Lo cual no de otro modo puedo justificar mejor que mostrando que aquellas Naciones, que comúnmente están reputadas por rudas, o bárbaras, no ceden en ingenio, y algunas acaso exceden a las que se juzgan más cultas.

§. II

6. Empezando por Europa, los Alemanes, que son notados de ingenios tardos, y groseros (en tanto grado, que el Padre Domingo Bouhursio, Jesuíta Francés, en sus Conversaciones de Aristio, y Eugenio, propone como disputable, si es posible que haya algún bello espíritu en aquella Nación) tienen en su defensa tantos Autores excelentes en todo género de letras, que no es posible numerarlos. Dudo que el citado Francés pudiese señalar en Francia, aun corrigiendo los siglos todos, dos hombres de igual estatura a Rabano Mauro (por más notorios los elogios de Alberto) Astro resplandeciente de su siglo, y el supremo Teólogo de su tiempo: estos epítetos le da el Cardenal Baronio. Fue Varón perfectísimo en todo género de letras; así le preconiza Sixto Senense. El Abad Tritemio, después de celebrarle como Teólogo, Filósofo, Orador, y Poeta excelentísimo, añade, que Italia no produjo jamás hombre igual a este; y no ignoraba Tritemio ser parto de Italia un Santo Tomás de Aquino. ¿Qué sujetos tiene la Francia que excedan al mismo Tritemio, venerado por Cornelio Agripa: a nuestro Abad Ruperto: al P. Atanasio Kircher, quien [302] según Caramuel, fue divinitus edoctus: al Padre Gaspar Scotti, y otros que omito? Ni se debe callar aquel rayo, o torbellino de la crítica, terror de los Eruditos de su tiempo, Gaspar Scioppio, que de la edad de diez y seis años empezó a escribir libros, que admiraron los ancianos. Señalamos en este Mapa literario de Alemania sólo los montes de mayor eminencia, porque no hay espacio para más.

7. Los Holandeses, a quienes desde la antigüedad viene la fama de gente estúpida, pues entre los Romanos, para expresar un entendimiento tardísimo, era proverbio: Auris Batava: Orejas de Holandés, tienen hoy tan comprobada la falsedad de aquella nota, y tan bien establecida la opinión de su habilidad, que no cabe más. Su gobierno civil, y su industria en el comercio , se hacen admirar a las demás Naciones. Apenas hay Arte que no cultiven con primor. Para desempeño de su política, y su literatura, bastan en lo primero los dos Guillermos de Nasau, uno, y otro de profunda, aunque siniestra política; y en lo segundo, aquellos dos sobresalientes Linces en humanas letras, aunque Topos en las Divinas, Desiderio Erasmo, y Hugo Grocio. Así que en esta, y otras Naciones se llamó rudeza lo que era falta de aplicación. Luego que se remedió esta falta, se conoció la injusticia de aquella nota.

8. Esto es lo que se vió también en los Moscovitas, cuyo discurso está, o estaba poco ha tan desacreditado en Europa, que Urbano Chevreau, uno de los bellos espíritus de la Francia de este último siglo, dijo que el Moscovita era el hombre de Platón. Aludía a la defectuosa definición del hombre, que dió este Filósofo, diciendo que es un animal sin plumas, que anda en dos pies: Animal bipes implume; lo que dio ocasión al chiste de Diógenes , que después de desplumar un gallo, se le arrojó a los discípulos de Platon dentro de la Academia, gritándoles: Veis ahí el hombre de Platón. Quería decir Chevreau, que los Moscovitas, no tienen de hombre sino la figura exterior. Mas habiendo el último Zar Pedro Alexowitz introducido [303] las Ciencias, y Artes en aquellos Reinos, se vio que son los Moscovitas hombres como nosotros. Fuera de que ¿cómo es posible, que una gente insensata se formase un dilatadísimo Imperio, y le haya conservado tanto tiempo? El conquistar pide mucha habilidad; y el conservar, especialmente a la vista de dos tan poderosos enemigos, como el Turco, y el Persa, mucho mayor. No ignoro que es la Moscovia parte de la antigua Escitia, cuyos moradores era reputados por los más salvajes, y bárbaros de todos los hombres, y con razón; pero esto no dependía de incapacidad nativa, sino de falta de cultura: de que nos da buen testimonio el famoso Filósofo Anacharsis, único de aquella Nación, que fue a estudiar a Grecia. Si muchos Escitas hubieran hecho lo mismo, acaso tuviera la Escitia muchos Anacharsis.

§. III

9. En saliendo de la Europa, todo se nos figura barbarie: cuando la imaginación de los vulgares se entra por la Asia, se le representan Turcos, Persas, Indios, Chinos, Japones, poco más, o menos, como otras tantas congregaciones de Sátiros, o hombres medio brutos. Sin embargo, ninguna de estas naciones deja de lograr tantas ventajas en aquello a que se aplica, como nosotros en lo que estudiamos.

10. No es tanto el aborrecimiento de las Ciencias, ni tanta ignorancia en Turquía, como acá se dice; pues en Constantinopla, y en el Cairo tienen Profesores que enseñan la Astronomía, la Geometría, la Aritmética, la Poesía, la lengua Arábiga, y la Persiana. Pero no hacen tanto aprecio de estas Facultades como de la Política, en la cual apenas hay Nación que los iguale, ni sutileza que se les oculte. El Viajero Monsieur Chardin, Caballero Inglés, en la relación de su Viaje a la India Oriental, dice que habiendo conversado, en su tránsito por Constantinopla, con el Señor Quirini, Embajador de Venecia a la Porta, le aseguró este Ministro, que no había tratado [304] jamás hombre de igual penetración, y profundidad que al Visir que había entonces; y que si él tuviese un hijo, no le daría otra escuela de Política, que la Corte Otomana. Son primorosísimos los Turcos en todas las habilidades de manos, o ejercicios del cuerpo, a que tienen afición. No hay iguales Pendolarios en el Mundo; y este ha sido motivo de no introducirse en ellos el artificio de la Imprenta. Asimismo son los más ágiles, y diestros volatines de Europa. Cardano refiere maravillas de dos que vió en Italia, de los cuales el uno se convirtió a la Religión Católica, y vivió cristianamente, aunque continuando el mismo ejercicio, con lo cual desvaneció la sospecha introducida en el Vulgo de que tenía pacto con el Demonio. La destreza en el manejo del arco para disparar con violencia la flecha, subió en los Turcos a tan alto punto, que se hace increíble. Juan Barclayo en la cuarta parte del Satyricon testifica haber visto a un Turco penetrar con una flecha el grueso de tres dedos de acero; y a otro, que con la asta de la flecha sin hierro, taladró de parte a parte el tronco de un pequeño árbol. En el arte de confeccionar venenos son también admirables. Hácenlos no solo muy activos, pero juntamente muy cautelosos. El tenue vapor que exhala al desplegarse un lienzo, una banda, o una toalla, fue muchas veces entre ellos instrumento para quitar la vida, enviando por vía de presente aquella alhaja: ¡arte funesta, y execrable! Pero así como prueba la pervesidad de aquella gente, da testimonio de su habilidad en todo aquello a que tienen aplicación. [305]

{(a) Acaso lo que se dice de la fiereza de los Turcos, se debe limitar, o padece muchas excepciones. La Historia de Carlos XII, Rey de Suecia, nos los pinta en muchas ocasiones mucho más humanos, y generosos con aquel Príncipe, que lo que merecían sus extravagancias, desatenciones, y rodamontadas. A un Católico, natural, y habitador de Chipre, sujeto muy capaz, oí varias veces encarecer su cortesanía, y moderación con los de aquella Isla. Decía, que están mezclados en todas las poblaciones de ella tantos a tantos, poco más, o menos, Turcos con Cristianos, teniendo frecuentemente las habitaciones contiguas, sin experimentar de ellos los Cristianos la menor vejación, desprecio, befa, o falta de urbanidad.}.

11. Los Persas son de más policía que los Turcos. Tienen Colegios, y Universidades, donde estudian la Aritmética, la Geometría, la Astronomía, la Filosofía Natural, y Moral, la Medicina, la Jurisprudencia, la Retórica, y la Poesía. Por esta última son muy apasionados, y hacen elegantes versos, aunque redundantes en metáforas pomposas. En la antigüedad fueron celebrados los Magos de Persia, que era el nombre que daban a sus Filósofos. Tan lejos están de aquella inurbana ferocidad que concebimos en todos los Mahometanos, que no hay gente que más se propase en expresiones de civilidad, ternura, y amor. Cuando en Persia convida a otro con el hospedaje, o generalmente le quiere manifestar su deferencia, y rendimiento, se sirve de estas, y semejantes expresiones: Ruégoos que ennoblezcais mi casa con vuestra presencia. Yo me sacrifico enteramente a vuestros deseos. Quisiera que de las niñas de mis ojos se hiciese la senda que pisasen vuestros pies.

12. En la India Oriental no hallamos letras; pero sí más que ordinaria capacidad para ellas. Juan Bautista Tabernier, hablando de unos negros, o mulatos que hay en aquella región, llamados Camarines, de los cuales se establecen muchos con varios oficios en Goa a los mismos Religiosos que los enseñan. Persuádome a que la primera vez que los Portugueses vieron aquellos hombres atezados, creyeron que su razón era tan obscura como su cara, y se juzgarían con una superioridad natural a ellos, poco diferente de aquella que los hombres tienen sobre los [306] brutos. ¡Oh cuántas partes de la tierra, donde juzgamos la gente estúpida, sucedería acaso lo mismo! Pero queda oculto el metal de su entendimiento, por no examinarse en la piedra de toque del estudio.

{(a) El P. Papin, Misionero en la India Oriental, en una Carta escrita de Bengala a 18 de Diciembre de 1709 al P. Gobien, de la misma Compañía, que se halla en el tom. 9 de las Cartas Edificantes, habla con admiración de la habilidad de la gente de aquel País en las Artes Mecánicas, y aún en la Medicina. Entre otras muchas particularidades de que hace memoria, dice que fabrican telas de tan extraña delicadeza, que aunque son muy anchas, y largas, pueden sin dificultad enfilarse por un anillo; y que dándoles a uno de aquellos Obreros una pieza de muselina destrozada, o dividida en dos, juntan las partes con tanta destreza, que es imposible conocer donde se hizo la unión. En orden a la Medicina de aquella gente, son muy notables estas palabras del P. Papin: Un Médico no es admitido a la curación del enfermo, si no adivina su mal, y el humor que predomina en él; lo que ellos conocen fácilmente tentando el pulso. Y no hay que decir que es fácil que se engañen, porque esta es una cosa de que yo tento alguna experiencia.

2. El Padre Barbier, Misionero Jesuíta también en la India Oriental, refiere el extraordinario ardid conque un Indiano mató una horrenda Serpiente, que infestaba el territorio de Rangamati, más allá del Cabo de Comorin. Esta bestia tenía su habitación en una montaña, de donde descubría el curso de un Río vecino, y luego que veía navegar en él algún Batel, bajaba prontamente al Río, acometía el Batel, le trastornaba, y luego devoraba la gente que iba en él. Este estrago duró hasta que un delincuente, condenado a muerte, ofreció librar de él al País como le concediesen la vida. Aceptada la oferta, más arriba de donde habitaba el Dragón, y donde se lo ocultaba el Río, formó unas figuras de hombres de paja, llenando el interior de arpones, y grandes garfios; y poniéndolos en una especie de barco, la corriente los fue llevando hasta ponerse a la vista del Dragón: este se arrojó al agua, y a la presa que veía en ella: conque tragando los arpones, y garfios, se despedazó las entrañas (Cartas Edificantes, tom. 18.).}

§. IV

13. La mayor injusticia, que en esta materia se hace está en el concepto que nuestros vulgares tienen formado de los Chinos. ¿Qué digo yo los vulgares? [307] Aún a hombres de capilla, o de bonete, cuando quieren ponderar un gran desgobierno, o modo de proceder, ajeno de toda razón, se les oye decir a cada paso: No pasará esto entre Chinos; lo cual viene a ser lo mismo que colocar en la China la antonomasia de la barbarie. Es bueno esto para la idea que aquella Nación tiene de sí misma, la cual se juzga la mayorazga de la agudeza; pues es proverbio entre ellos, que los Chinos tienen dos ojos, los Europeos no más que uno, y todo el resto del mundo es enteramente ciego.

14. El caso es que tienen bastante fundamento para creerlo así. Su gobierno civil, y político excede al de todas las demás Naciones. Sus precauciones para evitar guerras, tanto civiles, como forasteras, son admirables. En ninguna otra gente tienen tanta estimación los sabios, pues únicamente a ellos confían el gobierno. Esto solo basta para acreditarlos por los más racionales de todos los hombres. La excelencia de su inventiva se conoce en que las tres famosas invenciones de la Imprenta, la Pólvora, y la Aguja Náutica, son mucho más antiguas en la China, que en Europa; y aún hay razonables sospechas de que de allá se nos comunicaron. Sobresalen con grandes ventajas en cualquiera Arte a que se aplican; y por más que se han esforzado los Europeos, no han podido igualarlos, ni aún imitarlos en algunas.

{(a) El P. Du-Halde en el tom. 2 de su grande Historia de la China, pag. 47 dice, que aunque la pólvora es antigua en la China, no usaban de ella sino para los fuegos de artificio, ignorando enteramente su uso en los cañones. Sin embargo añade, que a las puertas de Nan-kin había tres, o cuatro bombardas cortas, bastantemente antiguas, para hacer juicio de que algún tiempo tuvieron poco, o mucho conocimiento de la Artillería. Lo que es cierto es, que todos los cañones que hoy tienen, los deben a Artífices Europeos: conque si en la antiguedad conocieron el arte, enteramente lo habían perdido.}

15. Nada es digno de tanta admiración como el grande exceso que nos hacen en el conocimiento, y uso de la Medicina. Sus Médicos son juntamente Boticarios: quiero [308] decir, que en su casa tienen todos los medicamentos de que usan, los cuales se reducen a varios simples, cuyas virtudes tienen bien examinadas. Ellos los buscan, preparan, y aplican. En cuanto a la unión de los dos oficios, antiguamente se practicaba lo mismo en todas las Naciones; y ojalá se practicase también ahora. Son sumamente prolijos en el examen del pulso. Es muy ordinario detenerse cerca de una hora en explorar su movimiento. Pero es tal la comprensión que tienen, así de esta señal, como de la lengua, que en registrando uno, y otro, sin que los asistentes, ni el enfermo les digan cosa alguna, pronuncian qué enfermedad es la que padece, qué síntomas la acompañan, el tiempo en que entró, con las demás circunstancias antecedentes, y subsecuentes. [309]

{(a) En orden a la Medicina de los Chinos, el P. Du-Halde dice que su teórica es muy defectuosa, sus principios físicos inciertos, y obscuros, su ciencia anatómica casi ninguna; pero no les niega el conocimiento de muchos remedios muy útiles. Por lo que mira al conocimiento del pulso, confirma lo que hemos dicho en el número citado. Pondré aquí el pasaje, aunque algo largo, traducido literalmente, porque algunos lectores han dificultado el asenso a los que hemos escrito sobre esta materia. Está en el tom. 3 pág. 382.

2. «Toda su ciencia consiste en el conocimiento del pulso, y en el uso de los simples, de que tienen gran cantidad, y que, según ellos, están dotados de virtudes singulares para curar las enfermedades. Ellos pretenden conocer por sólo el movimiento del pulso el origen del mal, y en qué parte del cuerpo resida. En efecto, los que entre ellos son hábiles, descubren, o pronostican muy exactamente todos los síntomas de una enfermedad; y esto es lo que hizo principalmente tan famosos en el Mundo los Médicos de la China».

3. «Cuando son llamados para algún enfermo, apoyan lo primero el brazo sobre una almohada: aplican luego los cuatro dedos a lo largo de la arteria, ya blandamente, ya con fuerza. Detiénense largo tiempo a examinar las pulsaciones, y a notar los diferencias, por imperceptibles que sean; y según el movimiento más, o menos veloz, o tardo; más, o menos lleno, o disminuido; más uniforme, o menos regular, que observan con la mayor atención, descubren la causa del mal; de suerte, que sin hacer pregunta alguna al enfermo, le dicen en qué parte del cuerpo siente el dolor, en la [309] cabeza, o en el estómago, vientre, hígado, o bazo; y le pronostican cuándo le aliviará la cabeza, cuándo recobrará el apetito, cuándo cesará la incomodidad.

4. «Yo hablo de los Médicos hábiles, y no de otros muchos que no ejercen la Medicina sino para tener de qué vivir, y que carecen de estudio, y experiencia. Pero es cierto, y no se puede dudar, después de tantos testimonios como hay, que los Médicos Chinos han adquirido en esta materia un conocimiento, que tiene algo de extraordinario, y asombroso.

5. «Entre muchos ejemplos que pudiera alegar en prueba, no referiré más que uno solo. Un Misionero cayó enfermo en las prisiones de Nan-kin. Los Cristianos, que se veían en riesgo de perder su Pastor, solicitaron a un Médico de fama para que le visitase. Rindióse a sus instancias, aunque con alguna dificultad. Vino a prisión, y después de considerar bien al enfermo, y tentado el pulso con las ceremonias ordinarias, al instante compuso tres medicinas, que le ordenó tomase una de mañana, otra una hora después de medio día, y otra a la noche. El enfermo se halló peor la noche siguiente, perdió el habla, y los asistentes le creyeron muerto; pero a la mañana se hizo una mutación tan grande, que el Médico, pulsándole, dijo que estaba curado, y que no necesitaba ya sino guardar cierto régimen durante la convalecencia: en efecto, por este medio fue perfectamente restablecido».

6. Los que saben que el Padre Du-Halde escribió su grande Historia de la China sobre gran multitud de Memorias, las más exactas, y justas, venidas de aquel Imperio, y que el Venerable Padre Contancin, que vino a París, después de treinta y un años de estancia en la China, la revisó toda dos veces antes de darse a la Prensa, harán de este testimonio el aprecio que es justo.}

16. Bien veo que esto se hará increíble a nuestro Médicos; pero las varias relaciones que tenemos de la China (algunas escritas por Misioneros ejemplarísimos), están en este punto tan contestes, que sin temeridad no se les puede negar el asenso. Aún cuando a mí me hubiera quedado alguna duda, me la habría quitado el Ilustrísimo Señor D. José Manuel de Andaya y Haro, dignísimo Prelado de esta Santa Iglesia de Oviedo, que me confirmó esta noticia con las experiencias que tenía de un Médico Chino, que trató en Manila, Capital de las Filipinas, y de quien su Ilustrísima me refirió maravillas, así en orden al [310] pronóstico, como en orden a la curación. Persuádome a que algunos Médicos de la Corte tendrán el libro de Andrés Cluviero, Proto-Médico de la Batavia Indica, de Medicina Chinesium, impreso en Ausburg, de que da noticia el Diario de los Sabios de París del año de 1682, donde podrán ver más por extenso esta noticia.

17. Siendo tan sabios los Médicos de la China en la práctica de su arte, no son menos sabios los Chinos en la práctica que observan con sus Médicos. Si el Médico después de examinados el pulso, y la lengua, no acierta en la enfermedad, o con alguna circunstancia suya (lo que pocas veces sucede), es despedido al punto como ignorante, y se llama otro. Si acierta (como es lo común), se le fía la curación. Trae luego de su casa un costadillo de simples, cuyo uso arregla en el cuándo, y en el cómo. Acabada la cura, se le paga legítimamente, así el trabajo de la asistencia, como el coste de los medicamentos. Pero si el enfermo no convalece, uno, y otro pierde el Médico, de modo, que el enfermo paga la curación cuando sana; y el Médico su impericia cuando no le cura. ¡Oh si entre nosotros hubiese la misma ley! Ya Quevedo se quejó de la falta de ella, sin saber que se practicase en la China. Y aunque lo hizo como entre burlas, pienso que lo sentía muy de veras.

18. Generalmente podemos decir a favor de la Asia, que esta parte del mundo fue la primera patria de las Artes, y las Ciencias. Las letras tuvieron su nacimiento en la Fenicia: de allí vinieron a Egipto, y Grecia: como el conocimiento de los Astros a una, y otra parte vino de Caldea.

§. V

19. Por lo que mira a Africa, no tenemos más que echar los ojos a que allí nacieron un Cipriano, un Tertuliano (y lo que es más que todo) un Augustino: a que en la pericia Militar más superiores fueron un tiempo los Africanos a los Españoles, que hoy los Españoles a los Africanos. Menos sangre les costó a los Cartagineses [311] algún día la conquista de toda España, que después acá a los Españoles la de unos pequeños retazos de la Mauritania. El suelo, y el Cielo los mismos son ahora que entonces, y por tanto capaces de producir iguales genios. Si les falta la cultura, no es vicio del clima, sino de su inaplicación. Fuera de que acaso no son tan incultos como se imagina. El Padre Buffer, en el librito que intituló Exàmen des prejugez vulgaires, copió la arenga de un Embajador de Marruecos al gran Luis Decimocuarto, la cual está tan elocuente, y oportuna, como si la hubiera formado un discreto Europeo.

§. VI

20. El concepto que desde el primer descubrimiento de la América se hizo de sus habitadores, y aún hoy dura entre la plebe, es, que aquella gente, no tanto se gobierna por razón, cuanto por instinto, como si alguna Circe, peregrinando por aquellos vastos Países, hubiese transformado todos los hombres en bestias. Con todo sobran testimonios de que su capacidad en nada es inferior a la nuestra. El Ilustrísimo Señor Palafox no se contenta con la igualdad; pues en el Memorial que presentó al Rey en favor de aquellos vasallos, intitulado Retrato natural de los Indios, dice que nos exceden. Allí cuenta de un Indio que conoció su Ilustrísima, a quien llamaban Seis oficios, porque otros tantos sabía con perfección. De otro que aprendió el de Organero en cinco, o seis días, sólo con observar las operaciones del Maestro, sin que este le diese documento alguno. De otro que en quince días se hizo Organista. Allí refiere también la exquisita sutileza conque un Indio recobró el caballo, que acababa de robarle un Español. Aseguraba este, reconvenido por la Justicia, que el caballo era suyo había muchos años. El Indio no tenía testigo alguno del robo. Viéndose en este estrecho, prontamente echó su capa sobre los ojos del caballo, y volviéndose al Español, le dijo, que ya que tanto tiempo había era dueño del caballo, no podía menos de saber de qué ojo era tuerto; así que lo dijese: el Español, sorprendido, y [312] turbado, a Dios, y a dicha, respondió que del derecho. Entonces el Indio, quitando la capa mostró al Juez, y a todos los asistentes, que el caballo no era tuerto, ni de uno, ni de otro ojo; y convencido el Español del robo, se le restituyó el caballo al Indio.

21. Apenas los Españoles, debajo de la conducta de Cortés, entraron en la América, cuando tuvieron muchas ocasiones de conocer que aquellos naturales eran de la misma especie que ellos, e hijos del mismo padre. Léense en la Historia de la Conquista de México estratagemas militares de aquella gente, nada inferiores a las de Cartagineses, Griegos, y Romanos. Muchos han observado que los criollos, o hijos de Españoles, que nacen en aquella tierra, son de más viveza, o agilidad intelectual, que los que produce España, lo que añaden otros, que aquellos ingenios, así como amanecen más temprano, también se anochecen más presto; no sé que esté justificado.

22. Es discurrir groseramente hacer bajo concepto de la capacidad de los Indios, porque al principio daban pedazos de oro por cuentas de vidrio. Más rudo es que ellos quien por esto los juzga rudos. Si se mira sin prevención, más hermoso es el vidrio que el oro; y en lo que se busca para ostentación, y adorno, en igualdad de hermosura siempre se prefiere lo más raro. No hacían, pues, en esto los Americanos otra cosa que lo que hace todo el mundo. Tenían oro, y no vidrio: por eso era entre ellos, y con razón, más digna alhaja de una Princesa un pequeño collar de cuentas de vidrio, que una gran cadena de oro. Un diamante, si se atiende al uso necesario, es igualmente útil que una cuenta de vidrio: si a la hermosura, no es mucho el exceso. Con todo, los Asiáticos venden por millones de oro a los Europeos un diamante que pesa dos onzas. ¿Por qué esto, sino porque son rarísimos? Los habitadores de la Isla Formosa estimaban más el azofar que el oro, porque tenían más oro que azofar, hasta que los Holandeses les dieron a conocer la grande estimación que en las demás regiones se hacía de aquel metal. Si en todo el mundo hubiese [313] más oro que azofar, en todo el mundo sería preferible este metal a aquel. Aportando el año de 1605 el Almirante Holandés Cornelio Matelief al Cabo de Buena Esperanza, le dieron aquellos Africanos treinta y ocho carneros, y dos vacas por un poco de hierro, que no valía de veinte sueldos arriba; y lo bueno es, que quedaron igualmente satisfechos de que habían engañado a los Holandeses, que estos de que habían engañado a los Africanos. Tenían sobra de ganado, y falta de hierro. Si acá hubiese la misma sobra, y la misma falta, se compraría el hierro al mismo precio.

23. El Padre Lafitau, Misionero Jesuíta, que trató mucho tiempo aquellos Pueblos de la América Septentrional, a quienes por estar reputados por más bárbaros que los demás, llaman Salvajes, encarece en gran manera su gobierno, y policía, comparándolos en todo con los antiguos Lacedemonios. Es también (lo que se admirará más) gran panegirista de su elocuencia: llegando a decir que hay tal cual entre ellos, cuyas oraciones pueden correr parejas, y aun acaso exceder a las de Cicerón, y Demóstenes. En las memorias de Trevoux (año de 1724 art. 106) se halla la relación del Padre Lafitau. Puede ser que en esto haya algo de hipérbole; pero no tiene duda que se hace muy diferente juicio de las cosas miradas de cerca que de lejos. [314]

{(a) Lo que dice el P. Sebastián Rasles, Misionero en la Nueva Francia, parte de la América Septentrional, de la habilidad de los Ilineses, que es una de las Naciones de la Nueva Francia, es cosa de asombro; y puede persuadirnos a que nada tiene de hiperbólico lo que de la gente de aquellas partes refiere el Padre Lafitau. Es costumbre deliberar sobre los negocios más importantes al público en los convites. El Padre Rasles se halló en uno de ellos, que costeaba el Jefe principal de una población de trescientas cabañas, con cuya ocasión refiere como testigo lo siguiente: «Luego (dice) que arribaron todos los convidados, se sentaron en orden, unos en la tierra desnuda, otros sobre esteras. Entonces el Jefe se levantó, y empezó su arenga. Yo os confieso que admiré su afluencia, la exactitud, y fuerza de las razones que propuso, el aire elocuente [314] que les dió, la elección y delicadeza de las expresiones conque adornó su discurso. Estoy persuadido a que si yo hubiese escrito lo que nos dijo de repente, y sin preparación alguna, convendríais sin dificultad en que los más hábiles Europeos, después de mucha meditación, y estudio, no podrían componer un discurso más sólido, ni más bien colocado». (Cartas Edific. tom. 23)

2. Lo que testifica el Padre Chome de la Lengua de los Guaraníes, Nación de la América Meridional, donde ejercitó el ministerio de Misionero, creo infiere más que mediana capacidad en aquella gente. «Confiésoos (dice) que después que me hice algo capaz de los misterios de esta Lengua, me admiré de hallar en ella tanta majestad, y energía. Cada palabra es una definición exacta de la cosa que quiere exprimir, y da una idea clara, y distinta de ella». Añade luego, que no cede en nobleza, y armonía a ninguno de los Idiomas que él había aprendido en Europa.}

24. Padece nuestra vista intelectual el mismo defecto que la corpórea, en representar las cosas distantes menores de lo que son. No hay hombre por gigante que sea, que a mucha distancia no parezca pigmeo. Lo mismo que pasa en el tamaño de los cuerpos, sucede en la estatura de las almas. En aquellas Naciones que están muy remotas de la nuestra, se nos figuran los hombres tan pequeños en línea de hombres, que apenas llegan a racionales. Si los considerásemos de cerca, haríamos otro juicio.

§. VII

25. Opondráseme acaso que las absurdísimas opiniones que en materia de Religión padecen los más de los Pueblos de Asia, Africa, y América, mucho más la carencia de toda Religión, que se ha observado en algunos, nos precisan a hacer bajísimo juicio de sus talentos.

26. Respondo lo primero, que aunque los errores en materia de Religión son los peores de todos, no prueban absolutamente rudeza en los hombres que dan asenso a ellos. Nadia ignora que los antiguos Griegos, y Romanos eran muy hábiles para Ciencias, y Artes. Con todo, ¿qué gente más fuera de camino en cuanto al culto? Adoraban [315] Dioses adúlteros, pérfidos, malignos. Roma, que como dice San León, dominaba a todas las Naciones, era dominada de los errores de todas. En empezando el hombre a buscar la Deidad fuera de sí misma, no hay que hacer cuenta de la mayor, o menor capacidad, porque anda también fuera de sí misma la razón. Para quien camina a obscuras, es indiferente el mayor, o menor precipicio, porque no los ve para medirlos, y aún no sé si en empezando a errar, se descamina más el que más alcanza; porque en punto de Religión, supuesto el primer yerro, fácilmente se confunde lo misterioso con lo ridículo, y afecta la sutileza hallar algunas señas recónditas de divinidad en lo que más dista de ella, según el jucio común.

27. Respondo lo segundo, que no podemos asegurarnos de que la idolatría de varias Naciones sea tan grosera como se pinta. En orden a los antiguos Idólatras ya algunos eruditos esforzaron bien esta duda, proponiendo sólidos fundamentos para pensar que en el simulacro no se adoraba el tronco, el metal, o el marmol, sino algún Numen, que se creía huesped en ellos. Verdaderamente parece increíble que un estuario, como le pinta graciosamente Horacio en una de sus sátiras, enarbolada la hacha con una mano, asido un tronco con la otra, perplejo sobre si haría un Príapo, o un Escaño, considérase en sí mismo la autoridad que era menester para fabricar una Deidad.

28. Lo mismo digo de los Idolos animados: ¿Cómo he de creer que los Egipcios, que fueron algunos siglos el reservatorio de las Ciencias, tuviesen por término último de la adoración unas viles sabandijas, y aún los mismos puerros, y cebollas, como dice de ellos Juvenal, con irrisión irónica, que les nacían en sus huertos? ¡O sanctas gentes, quibus haec nascuntur in hortis Numina! Más razonable es pensar, que aquella Nación, que era genialmente inclinada a representar todas las cosas con enigmas, y símbolos, adorase en aquellas viles criaturas alguna mística significación que les daban, y que el culto fuese respectivo, y [316] no absoluto. Lo mismo que de aquella Nación, se puede discurrir de otras, así en aquel tiempo, como en este.

29. Confírmame en este pensamiento lo que leí de la superstición que reina en la Isla de Madagascar. Adoran sus habitadores un Grillo, criando cada uno el suyo con gran cuidado, y veneración. En una expedición que hicieron cuatro Bajeles Franceses el año de 1665 para la India Oriental, entraron de tránsito en la Isla de Madagascar. Sucedió que un Francés curioso, advertido de la extravagante superstición de aquellos Isleños, preguntó a uno de los que entre ellos eran venerados por sabios, qué fundamento tenían para adorar a un animal tan vil: respondió este, que en el efecto adoraban el principio (esto es, en la criatura el Creador); y que era menester determinar la adoración a un sujeto sensible para fijar el espíritu. ¿Quién esperaría un concepto tan delicado en aquel País? No niego que la respuesta no le redime de supersticioso; pero le pone muy lejos de insensato. Si reconviniésemos a los antiguos Egipcios, creo nos responderían en la misma substancia.

30. En cuanto a los Pueblos que carecen de Religión, es harto dudoso que haya alguno tal en el mundo. Los Viajeros, que los aseguran, es de creer que, o por falta de suficiente trato, o por no entender bien el idioma, no penetraron su mente. Clama toda la naturaleza la existencia del Creador con tan sonoros gritos, que parece imposible que la razón más dormida no despierte a sus voces.

§. VIII

31. Apenas, pues, hay gente alguna que examinado su fondo, pueda con justicia ser capitulada de bárbara. No negaré por tanto que no haya entre determinadas Naciones alguna desigualdad en orden al uso del discurso. Sé que este depende de la disposición del órgano, y en la disposición del órgano puede tener su influjo el clima en que se nace. Pero si se me pregunta qué Naciones son las más agudas, responderé, confesando con ingenuidad, [317] que no puedo hacer juicio seguro. Veo que las Ciencias florecieron un tiempo entre los Fenices, otro entre los Griegos, otro entre los Romanos, otro entre los Arabes. Después se extendieron a casi todos los Europeos. Entre tanto que a cada tierra no le tocaba el turno de la circulación, eran tenidos los habitadores de ella por rudos. Después se vió que no entendían, ni adelantaban menos que los que tuvieron la dicha de ser los primeros. Acaso si el mundo dura mucho, y hay grandes revoluciones de Imperios (porque Minerva anda peregrina por la tierra, según el impulso que le dan las violentas agitaciones de Marte), poseerán las Ciencias en grado eminente los Iroqueses, los Lapones, los Trogloditas, los Garamantes, y otras gentes, a quienes hoy con desdén, y repugnancia admitimos por miembros de nuestra especie; de modo, que por la experiencia apenas podemos notar desigualdad de ingenio en las Naciones.

32. Mucho menos por razones físicas. Muchos han querido establecer esta desigualdad a proporción del predominio de las cualidades elementales que reinan en diferentes Países. Comúnmente se dice que los climas húmedos, y nebulosos producen espíritus groseros; al contrario los puros, secos, y despejados. Aristóteles se declaró a favor de las tierras ardientes. Lo mismo probaría que los Holandeses, y Venecianos son muy rudos; pues aquellos viven metidos en charcos, y estos habitan el mismo golfo a quien dieron nombre. Lo segundo, que los Negros de Angola son más agudos que los Ingleses. Y no sé que ningún hombre razonable haya de conceder ni una, ni otra consecuencia. Pero no es menester detenernos en esto; pues ya en el primer tomo (Disc. 16 §. 13 y 14) mostramos largamente que no puede inferirse desigualdad en el discurso del predominio que tiene en el temperamento ninguna de las cualidades sensibles. Por lo cual es preciso confesar que el influjo que el País natalicio puede tener en esto, viene de más oculta causa, inaccesible a nuestro [318] conocimiento, o por lo menos no comprendida hasta ahora.

33. Cuando digo, que por la experiencia apenas podemos notar desigualdad de ingenio en las Naciones, debe entenderse en cuanto a las cualidades esenciales de penetración, solidez, y claridad; no en cuanto a los accidentes de más veloz, o más tardo, más suelto, o más detenido; porque en cuanto a esto es visible que unas Naciones exceden a otras. Así es claro que los Italianos, y los Franceses son más ágiles que los Españoles. Y dentro de España hay bastante diferencia de unas a otras Provincias. En esta de Asturias se notan por lo común genios más despejados, por lo menos para la explicación, que en otros Países, cuya experiencia basta para disuadir aquella general aprensión de que los Países muy lluviosos producen almas torpes; siendo cierto que a esta tierra el Cielo más la inunda que la riega, y con verdad podríamos llamar:

Nimborum patriam, loca foeta furentibus Austris.

34. Pero si entre las Naciones de Europa hubiese yo de dar preferencia a alguna en la sutileza, me arrimaría al dictamen de Heidegero, Autor Alemán, que concede a los Ingleses esta ventaja. Ciertamente la Gran Bretaña, desde que se introdujo en ella el cultivo de las letras, ha producido una gran copia de Autores de primera nota. Sólo el referir los que dió a las dos Religiones Benedictina, y Seráfica, sería muy fastidioso. Pero no callaré que cada una de estas dos Religiones le debe tres estrellas de primera magnitud. La primera el Venerable Beda, el famoso Alcuino, y el célebre Calculador Suiset. La segunda Alejandro de Alés, el Sutil Escoto, y su discípulo Guillermo Ockham. Con esta reflexión de Cardano (de Subtilit. lib. 16 de Scient.) que entre los doce ingenios más sutiles del mundo, gradua en cuarto, y quinto lugar al Sutil Escoto, y al Calculador, de quienes dice: Barbaros ingenio nobis haud esse inferiores, quandoquidem sub Brumae caelo, divisa toto orbe Britannia duos tam clari ingenii viros emiserit.

35. Tampoco callaré, que en un tiempo en que en las [319] demás Naciones de Europa apenas se sabía qué cosa era Matemática, tuvieron las dos Religiones dichas ilustrísimos Matemáticos Ingleses. En la Seráfica fue celebérrimo Rogerio Bacon, que por razón de sus admirables, y artificiosísimas operaciones fue sospechoso de Magia; y dicen algunos Autores, que fue a Roma a purgarse de esta sospecha. El vulgo fingió de él lo mismo que de Alberto Magno; esto es, haber fabricado una cabeza de metal, que respondía a cuanto le preguntaban. No fue menos famoso en la Benedictina Oliverio de Malmesbury, de quien Juan Pitseo refiere, que alcanzó el arte de volar, aunque no con tanta facilidad, que pasase de ciento y veinte pasos. Mas al fin, ninguno otro hombre llegó a tanto.

36. En las cosas físicas dió Inglaterra más número de Autores originales, que todas las demás Naciones juntas. Y así los Franceses, con ser tan celosos del crédito de los ingenios de su Nación, confiesan a los Ingleses la ventaja del espíritu filosófico. Sin temeridad se puede decir que cuanto de un siglo a esta parte se adelantó en la Física, todo se debe al Canciller Bacon. Este rompió las estrechas márgenes en que hasta su tiempo estuvo aprisionada la Filosofía: este derribó las columnas que con la inscripción Non plus ultra habían fijado tantos siglos ha la ciencia de las cosas naturales. El doctísimo Pedro Gasendo no fue otra cosa que un fiel discípulo de Bacon, que lo que este había dicho sumariamente, lo repitió en sus excelentes escritos Filosóficos, debajo de otro método más extendido. Lo que dijo Descartes de bueno, de Bacon lo sacó. Después de Bacon son también grandes originales Roberto Boyle, y el sutilísimo Caballero Newton, dejando a Juan Locke, al Caballero Digby, y otros muchos. Pero la viveza de sus ingenios tiene la desgracia que reparó su mismo Bacon; pues una vez que se apartaron de la verdadera senda, tanto más velozmente se han extraviado, cuanto más vivamente han discurrido. Aunque no falta en Inglaterra (después que la afeó la herejía) un Tomás Moro, célebre en las Ciencias, y aún más célebre por su católica constancia. [320]

37. También diré que en los Filósofos Ingleses he visto una sencilla explicación, y una franca narrativa de lo que han experimentado, desnuda de todo artificio, que no es tan frecuente en los de otras Naciones. Señaladamente en Bacon, en Boyle, en el Caballero Newton, y en el Médico Sydenham agrada el ver cuán sin jactancia dicen lo que saben, y cuán sin rubor confiesan lo que ignoran. Este es carácter propio de ingenios sublimes. ¡Oh desdicha, que tenga la herejía sepultadas tan bellas luces en tan tristes sombras!

38. Para complemento de este Discurso, y en obsequio de los curiosos, pongo aquí la siguiente Tabla, sacada del segundo tomo de la Spécula Físico-Matemático-Histórica del Padre Premonstratense Juan Zahn, donde se pone delante de los ojos la diversidad que tienen en genios, vicios, y dotes del alma, y cuerpo las cinco principales Naciones de Europa. El citado Autor (que es Alemán) la propone como arreglada al sentir común de las Naciones. Pero yo no salgo por fiador de su verdad en todas sus partes, y en especial le hallo poco verídico en lo que dice de los Españoles; pues no son en el cuerpo horrendos, ni en la hermosura demonios, ni en la fidelidad falaces; antes bien en los cuerpos, y hermosura son airosos, y en la fidelidad firmes.

 AlemánEspañolItalianoFrancésInglés
En el cuerpoRobustoHorrendoDébilÁgilDelicado
En el ánimoOsoElefanteZorraÁguilaLeón
En el vestidoMonoModestoLúgubreProteoSoberbio
En costumbresSerioGraveFácilOstentadorSuave
En la mesaEbrioFastidiosoSobrioDelicadoGuloso
En la hermosuraEstatuaDemonioHombreMujerÁngel
En la conversaciónAhullaHablaDeliraCantaLlora
En los secretosOlvidadizoMudoTaciturnoHabladorInfiel
En la cienciaJuristaTeólogoArquitectoAlgo de todoFilósofo
En la fidelidadFielFalazSospechosoLigeroPérfido
En los consejosTardoCautoSutilPrecipitadoImprudente
En la ReligiónSupersticiosoConstanteReligiosoCelosoMudable
MagnificenciaEn las fortificacionesEn las armasEn los TemplosEn los PalaciosEn las armadas
En el matrimonio el marido esSeñorTiranoCarceleroCompañeroVasallo
La mujer esAlhaja domésticaEsclavaPrisioneraSeñoraReina
El criado esCompañeroSujetoObsequiosoCriadoEsclavo
Enfermedades que padeceGotaTodasPesteInfección venéreaEl Lupo
En la muerte esDesembarazadoGenerosoDesesperadoViolentoPresuntuoso

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 299-321.}


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