| Obras de Feijoo | Teatro crítico universal | Tomo primero |
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Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero Noticia de la Vida, y Obras del M. I. y R. P. D.
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§. IEl curso de los estudios, que en España hacen los Profesores de Artes y Teología, era una esfera muy limitada para un hombre del espíritu y talentos del P. Feijoo; y así extendió su aplicación a otros conocimientos superiores a los comunes de su tiempo. No es infrecuente tachar a los hombres grandes de que se distraen en los estudios amenos, con perjuicio, y atraso de los útiles. Esta tacha, producida de ordinario por la envidia, no podía comprehender a nuestro Catedrático. Bastará para desengaño leer sus Discursos 11, 12, 13, y 14 del tom. 7, que publicó en el año de 1736, a los 60 de su edad, pues los escribía en el de 1735. [III] Manifiesta en ellos los abusos, que se padecen en la enseñanza de la Dialéctica, Lógica, Metafísica, Física, y Medicina, y en esto mismo acredita el profundo conocimiento, que tenía de estas Facultades; y que el haberle extendido a otras materias, en lugar de estorbarle, le había hecho penetrar de raíz las superfluidades en el método de estos estudios. Los conocimientos humanos tienen entre sí un encadenamiento tan estrecho, que es difícil sobresalir en una materia, sin enterarse de otras. Luis Vives, aquel insigne Crítico Español del siglo XVI a quien respetó el mismo Erasmo, así en el Tratado de corruptione artium, & scientiarum, como en el de tradendis disciplinis, abrió el camino para descubrir el atraso de las ciencias, e indicar los medios de enseñarlas con más método e instrucción de los Estudiantes. Escribió en latín su Obra, y así fue poco leída del común de nuestros Nacionales. Con más provecho de éstos el P. Feijoo puso en lengua vulgar las observaciones acomodadas a nuestro tiempo. El Canciller Francisco Bacon después de Vives adelantó el plan de perfeccionar los conocimientos humanos con admiración de todos. Mucho debió nuestro Benedictino a su lectura, que se halla también recomendada por su gran amigo el Doct. D. Martín Martínez. Conocía bien el P. Feijoo las oposiciones que trae consigo toda reforma, porque la mayor parte de los hombres gusta más de ir según el uso, que detenerse a examinar por dónde se debe caminar; y así pone la siguiente protestación en su plan de los Estudios de Artes. «Cuanto dijere en los Discursos que se siguen (así se explica el P. Feijoo) {(a) Teatr. Crít. tom. 7, disc. 11} no quiero que tenga otra fuerza o carácter, que el de humilde representación hecha a todos los Sabios de las Religiones, y Universidades de nuestra España. No se me considere como un atrevido Ciudadano de la República Literaria, que satisfecho de las propias fuerzas, y usando de ellas, quiere reformar su [IV] gobierno; sino como un individuo celoso, que ante los legítimos Ministros de la enseñanza pública comparece a proponer lo que le parece más conveniente, con el ánimo de rendirse en todo y por todo a su autoridad y juicio. No hay duda en que el particular, que violentamente pretende alterar la forma establecida de gobierno, incurre la infamia de sedicioso. Pero asimismo el Magistrado, que cierra los oídos a cualquiera que con el respeto debido quiere representarle algunos inconvenientes, que tiene la forma establecida, merece la nota de tirano. Mayormente cuando el que hace la representación no aspira a la abrogación de leyes, sí sólo a la reforma de algunos abusos, que no autoriza ley alguna, y sólo tienen a su favor la tolerancia. Aun si viese yo, que mi dictamen en esta parte era singular, no me atreviera a proferirle en público; antes me conformaría con el universal de los demás Maestros y Doctores de España: así como en la práctica de la enseñanza los he seguido todo el tiempo, que me ejercité en las tareas de la Escuela, por evitar algunos inconvenientes, que hallaba en particularizarme. Pero en varias conversaciones, en que he tocado este punto, he visto que no pocos seguían mi opinión, o por hacerles fuerza mis razones, o por tenerlas previstas de antemano. Así con la bien fundada esperanza de hallar muchos, que leyendo este escrito, apoyen mi dictamen, propondré en él las alteraciones que juzgo convenientes en el ministerio de la enseñanza pública. Y porque la materia es dilatada, la dividiré en varios discursos.» En el discurso 11 empieza su plan de reforma por las Súmulas o Dialéctica, asegurando, que en dos pliegos y medio redujo cuanto hay útil en ellas, al tiempo de leer su Curso de Artes a los discípulos. No se detienen como debieran los que cuidan de la enseñanza pública, en buscar todos los medios de facilitarla y apartar las superfluidades: pues en este único cuidado consiste el mejoramiento de los estudios. En prueba de su pensamiento hace ver la inutilidad con [V] el ejemplo de la reducción de los silogismos, porque nunca se usa casi de ella en la práctica de la Escuela: y lo mismo sucede con las modales, exponibles, apelaciones, conversiones, equipolencias, &c., en el ejercicio literario de los estudios. Y así infiere «que convendría instruir sólo en estas reglas generales, y no descender a tanta menudencia, cuya enseñanza consume mucho tiempo, y después no es de servicio». De todo da varios ejemplos, para demostrar, que la utilidad de la Dialéctica o Súmulas se logrará con poquísimos preceptos generales, que pueden ser reducidos a dos pliegos, ayudados de la viva voz del Catedrático y de un buen entendimiento o lógica natural; sin la cual la artificial sirve sólo en el concepto de nuestro Sabio, para embrollar y confundir. En el discurso 12 trata de reformar la Lógica y Metafísica por los mismos medios de cercenar lo inútil. De la primera intenta desterrar las muchas cuestiones inútiles en los proemiales y universales; concluyendo en que todo lo perteneciente al arte de raciocinar, se les diese a los discípulos en preceptos seguidos, explicados lo más claramente que se pudiese, sin introducir cuestión alguna sobre ellos. Añade: «Todo esto se podría hacer en dos meses, o poco más. ¿Qué importaría que entretanto no disputasen? Más adelantarían después en poquísimo tiempo, bien instruidos en todas las noticias necesarias, que antes en mucho sin ellas. La disputa es una guerra mental; y en la guerra aun los ensayos y ejercicios militares no se hacen sin prevenir de armas a los Soldados.» En la Metafísica nota, que los cursos de Artes, que se leen comúnmente en las Aulas, se extienden fastidiosamente en las cuestiones, de si el Ente trasciende de las diferencias; si es unívoco, equívoco o análogo, y otras aun de inferior utilidad; absteniéndose del objeto propio de la Metafísica, que comprehende todas las sustancias espirituales, especialmente las separadas esencialmente de la materia. De suerte que en estos cursos metafísicos se omite lo [VI] esencial, que podría guiar a otros estudios, y se gasta el tiempo en sutilezas inútiles en el progreso de las Facultades mayores. El discurso 13 analiza lo que sobra y falta en el estudio de la Física, haciendo hincapie en la experiencia, y en que el mismo Aristóteles, a quien se sigue comúnmente en las Escuelas de España, recurrió a ellas, reprehendiendo, como muy nociva, la ignorancia de los demás Sistemas Filosóficos. Para confirmar su nuevo plan trae ejemplos de los que han tratado de perfeccionar este estudio en España sobre el mismo método. En el discurso 14 se extiende por su conexión con los conocimientos Filosóficos, a tratar del estudio de la Medicina. En él refiere habérsele elegido por individuo honorario de la Real Sociedad Médica de Sevilla; da noticia de los progresos de ésta, y de la fundación de la Academia Médica Matritense en 1734, habiendo aprobado sus Estatutos el Consejo, atento siempre a adelantar las Ciencias. Concluye en que el rumbo para acertar en esta facultad, es el de la observación y experiencia, como ya lo había propuesto Cornelio Celso siglos ha. En estos dos libros abiertos estudió el gran Hipócrates los principios, de donde sacó sus aforismos, e historias de las enfermedades. En el tiempo mismo que nuestro Autor inclinaba a mejorar el estudio de la Medicina, florecía el Doctor D. Martín Martínez, Individuo que fue de la misma Sociedad de Sevilla, y Médico de Cámara de S.M., el cual en sus Obras echó los fundamentos del verdadero estudio de la Física, Medicina, y Anatomía en el Reino, enseñando a tratar a los Españoles en la lengua materna con pureza y elegancia estas materias. Nuestro Autor logró con la amistad del Doct. Martínez un gran defensor {(a) Véase la Carta defensiva, que sobre el tom. 1, escribió el Doctor Martínez en primero de Septiembre de 1726, que va impresa en el tom. 2, del Teatr. Crit.} contra las impugnaciones, que suscitó la novedad de las materias del [VII] Teatro Crítico, luego que empezó a publicarse el primer tomo en 1726. No fueron menores las que padeció el mismo Martínez por sus Obras. Es muy digno de leerse el elogio, que hace de él nuestro Feijoo por estas palabras {(a) Feijoo Cart. 23, tom. 2}: «La memoria que V.E. me hace del Doct. Martínez, no sólo renueva, pero agrava mi dolor en asunto de su muerte; porque aquella expresión de V.E. este glorioso Ingenio fue víctima, que la ignorancia consagró a su obstinación, o murió, como se dice, en el asalto; si no yerro su inteligencia, significa, que el villano desquite, que abrazaron algunos de aquellos, cuyos errores impugnaba Martínez, de oponer injurias a razones; hizo tan profunda impresión en su noble ánimo, que le aceleró la muerte. Y aunque no ignoraba yo cuánto se ensangrentaron en él la envidia y la ignorancia, estaba muy lejos de pensar, que hubiese inspirado tanta aflicción en su espíritu lo que sólo merecía su desprecio. No menos distante me considero de la gloria, que V.E. me atribuye de haber conseguido el triunfo, a que no pudo arribar Martínez; siendo a mi parecer la única distinción que puedo arrogarme, el que si Martínez murió en el asalto, yo me mantengo sin herida alguna en la brecha.» Prosiguió en el octavo tomo del Teatro, como lo había ofrecido en el anterior, el plan de reforma de los estudios. En el discurso primero demuestra los abusos introducidos en las disputas verbales; porque en ellas no se tira a indagar la verdad por lo común, sino a defender la propia opinión: en lo cual hace consistir el primero, poniendo por el segundo abuso los dicterios de que se suele usar: y por tercero el que resulta por falta de explicación, naciendo ésta de la confusión de las ideas. Este tercer abuso puede con facilidad remediarse, simplificando el estudio de Artes. El sofisma, nacido del mal estudio de la Dialéctica de nuestras Escuelas, le numera por el cuarto abuso de las [VIII] disputas verbales; no siendo menor el quinto, que se toma del empeño de conceder o negar en las conversaciones, o en los actos literarios precisamente; cuando sería más fácil confesar llanamente la duda, cuando la hay, o adherir al dictamen ajeno, si es fundado. La obstinación nunca puede habitar junto con la verdadera ciencia. En el discurso 2 amplifica la materia de los sofismas, concluyendo con la necesidad que hay de desterrar de las Escuelas y tratados las explicaciones vagas, indeterminadas, o equívocas que los producen; «las que frecuentísimamente enredan de tal modo a los disputantes, que no sólo las imposibilitan de aclarar la verdad; mas aun estorban que uno a otro se entiendan». En el 3 demuestra la inutilidad del dictado de las Aulas, y propone por más conveniente, que las Artes y Teología se enseñen por libros impresos. Todo el discurso 4 trata del uso de la autoridad en la enseñanza de las Ciencias, siguiendo en gran parte las huellas del célebre Obispo Melchor Cano en su incomparable Obra de Locis Theologicis, cuyos pasajes, según costumbre, copia en latín. Este ejemplo de citar no debe seguirse, por la mayor utilidad, que resulta de dar traducidas en la lengua materna, en que se escribe, las pruebas de nuestra opinión; poniendo al pie las palabras originales, si se reputan por precisas. En la Carta 22 del tom. 1 propone la inutilidad del Arte magna de Raimundo Lulio; y añade, que así en lo que este Autor tiene de Metafísica, como de Lógica, es inferior a la Lógica y Metafísica de Aristóteles; conviniendo con el Canciller Bacon y el P. Rapin, que semejante método no puede formar hombres sólidos, y que por lo mismo no se ha adoptado su estudio. Repitió en la Carta 13 del tomo 2 su juicio sobre Raimundo Lulio con más extensión. Esta crítica no dejó de atraer, como sucede con todos los desengaños, impugnaciones, pero sin gran suceso. De este punto se dará alguna mayor noticia en su lugar. [IX] No todos convendrán acaso con la opinión del P. Feijoo {(a) Feijoo Cart. 6, tom. 2}, quien sostiene, que la elocuencia es naturaleza y no arte. De esta manera viene a tachar como ocioso el estudio de la Retórica. Es cierto que se puede dar un hombre de tal juicio y tino mental, que explique sus pensamientos con propiedad de voces; mueva oportunamente las pasiones, y persuada eficazmente: pero también es innegable, que Demóstenes, Cicerón, y Fr. Luis de Granada, cuya elocuencia sirve de modelo, conocieron muy bien los preceptos retóricos: pues los dos últimos trataron exprofeso esta materia, y el primero era tan correcto en el modo de escribir, que de sus Oraciones decían oler al aceite, por el demasiado estudio que ponía en limarlas. Fueron los preceptos de la elocuencia a la verdad sacados por comparación de las Obras de los mejores Oradores. Lo mismo ha sucedido con las demás Artes y Ciencias; y nadie duda, que con todo eso es necesario su estudio, porque los elementos, o principios de cada Arte o Ciencia no son otra cosa que un tejido de verdades, o conjeturas deducidas de las observaciones, hechas por muchos hombres doctos en aquella materia. Todas las Ciencias y Artes permanecerían atrasadas, si quedasen fiadas a las combinaciones privadas de cada particular, y se creyese que un ingenio naturalmente sobresaliente podía atinar con las propias reglas. No a todos se ofrecen las mismas cosas; la vida es breve, y los preceptos de toda ciencia largos, y muchos de ellos dudosos, que requieren el estudio de varios, para perfeccionarse, como asegura Hipócrates de la Medicina, y todos los Profesores lo reconocen en sus respectivas Facultades. Igual juicio que de la Retórica forma de la Crítica {(b) Feijoo Cart. 18, eod. tom.}, asegurando, que lo que se llama Crítica no es tampoco arte, sino naturaleza; y defendiendo, que consiste en el recto uso de un buen entendimiento. [X] La Crítica dirige el juicio, o discernimiento de las materias: exige comparación de principios, de opiniones, de sujetos, y de cosas. Todo esto requiere estudio en los originales, y combinación continua de ideas. Ésta forma la verdadera Crítica. El hábito científico no se adquiere por otros actos, ni medios, que los que subministra la Crítica, o artes de discernir lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo dudoso, y lo seguro de lo opinable. Cada Arte, o Ciencia requiere su particular criterio; y sólo se pueden alcanzar por puro raciocinio las máximas generales, o Crítica por mayor; mas no la individual y aplicativa de cada ciencia, pues esta Crítica aplicativa apenas se distingue de la ciencia misma, o sea hábito científico. Es muy segura la ilación del Autor, que bien entendido, no discrepa de los principios que van apuntados. «Las prendas intelectuales, sean las que fueren, nunca harán un buen Crítico, si faltan otras dos, que pertenecen a la voluntad. ¿Cuáles son éstas? Sinceridad y magnanimidad. Si falta la primera, el interés de partido, Comunidad, República, Patria, &c., tal vez el personal, arrastra al Escritor a escribir lo que no siente, o por lo menos a callar lo que siente. Si falta la segunda, por convencido que esté de alguna verdad opuesta a la opinión común, por no estrellarse con innumerables contrarios, abandona aquélla por ésta.» Lo que se dice del Escritor se puede aplicar a los demás facultativos en el uso y ejercicio de sus profesiones, aunque no escriban sobre ellas. Con lo antecedente queda demostrada la solidez de principios, el despejo de entendimiento, y el amor a la verdad, que formaban el carácter de este grande Español; y que su conocimiento de la Retórica, de la Crítica, de la Dialéctica, Lógica, Metafísica, Física, y Teología, no se angustiaba en la esfera común y reducida de su tiempo. Era superior a los más, y nada inferior a los mayores de su siglo. Esta fue la causa de estrechar, como se ha visto, su correspondencia con el célebre D. Martín Martínez [XI]. La semejanza y armonía de las ideas es la que asegura la verdadera amistad, y sólida estimación. Todo lo demás se debe mirar como urbanidad, y buena crianza en el trato, por la mutua obligación de los hombres a tolerarse lo que no sea reprehensible. Sin el conocimiento de otras varias nociones sobre los estudios regulares, no podría haber sobresalido ninguno de estos dos grandes hombres, que deben respetar los Literatos Españoles por lumbreras de nuestra Nación. El retiro del Claustro facilitó al P. Feijoo el tiempo para escribir, después de haber acabado la carrera de sus estudios en en Lerez, Salamanca, y Oviedo; eligiendo por su residencia continua el Colegio de Benedictinos, llamado de San Vicente de esta última Ciudad, donde escribió todas sus Obras. El trato de nuestro Benedictino era ameno y cortesano, como lo es comúnmente el de estos Monjes, escogidos, por su corto número, de familias honradas y decentes. Era salado en la conversación, como lo acredita su afición a la Poesía, sin salir de la decencia. Esto le hacía agradable en la sociedad, además de su aspecto apacible, su estatura alta, y bien dispuesta, y una felicidad de explicarse de palabra con la propiedad misma que por escrito. La viveza de sus ojos era un índice de la de su alma. Su principal Obra, con haber escrito otras, fue el Teatro Crítico, en que se propuso desterrar varios errores populares, y hacer familiares entre nosotros los mejores conocimientos de los modernos. Por esta razón escribió en lengua Castellana, siguiendo el consejo del gran Fr. Luis de León. Salió pues al público el primer tomo en 1726, el cual dedicó, estando en Madrid a 26 de Agosto, a su General Fr. Josef de Barnuevo. D. Luis de Salazar y Castro animó con una carta la empresa del Autor. Todos saben la pureza de estilo, y la buena crítica del Príncipe de los Genealogistas Españoles. El estilo del Teatro es fluido y armonioso, y el método de tratar las materias ordenado y geométrico. Nunca [XII] anticipa las especies, que deben inferirse, o aclararse con otras. Esta distribución de la materia da gran claridad a todos los Discursos del Teatro. Una u otra vez se hallará declinar este estilo en asiático; pero sin decaer en bajo, ni obscuro. La lectura continua de las Obras Francesas le hizo interpolar algunos galicismos. Cicerón con la lección de los originales Griegos, y el estudio que hizo en Rodas, no se libró de incurrir en helenismos. Es forzoso que la lengua, en que haya mejores libros, gane al cabo la superioridad sobre las demás, como sucedía a la Española en el tiempo de Carlos I y Felipe II. De esta objeción, y tacha, que a su estilo propusieron algunos, se hace cargo en la Carta {(a) Feijoo Cart. 32, eod. tom.}, que trata de la introducción de nuevas voces. La palabra gala, embargo, sobrecargo, y otras están tomadas de nuestra lengua, y adoptadas en toda la Europa por más expresivas. ¿Qué mucho que hagamos nosotros lo propio en las Ciencias naturales, matemáticas, máquinas, y artes mecánicas, que florecen más en los Países extranjeros? No siempre recurre a los originales el Autor del Teatro Crítico; pero toma los hechos en los modernos de mejor nota. Como sus asuntos de ordinario eran poco conocidos en España, aun cuando les saca de Diccionarios, Diarios, y Actas de Academias, les da mucha mejoría, aplicándolos a nuestro uso. De ese modo contribuyó el Teatro Crítico a dar a conocer muchas Obras modernas de fuera. La Historia, la Antigüedad, la Cronología, la Geografía antigua, los Ritos, y la Etimología deducida de las lenguas muertas, requieren precisamente la lectura de los originales; pero éste no era el objeto de nuestro sabio Benedictino, ni el blanco de sus estudios. Por esa razón se valía en los puntos incidentes de los Autores modernos de más aprecio. No es fácil en un hombre reunir la Enciclopedia, o ciencia general de todo. No hay alabanzas menos apreciables que las que salen de lo cierto. Por la serie de las materias se vendrá en conocimiento [XIII] de la extensión de la Obra. Sería útil reducirlas a resumen, dividiéndolas en clases, cuando no hubiese de preceder esta Noticia al primer tomo del Teatro, en que va puesta la lista de los Discursos, y Cartas. La más general materia del Teatro es la Física, Matemática, y Medicina. Muchas supersticiones y creencias vanas están combatidas en todo el progreso del Teatro Crítico, y entre ellas algunas que tenían mucha aceptación en varias Provincias del Reino. La historia natural se recomienda en muchas partes y discursos de esta Obra: estudio que en los últimos tiempos había decaído entre nosotros, y floreció en el de Carlos I, y Felipe II. De las lenguas modernas se ensayó el Autor del Teatro en formar paralelos, como de la Española y Francesa, indicando las causas, de que sin ceder un idioma a otro, fuese menos abundante, por razón de cultivarse por sus naturales menor número de Artes o Ciencias. Con los conocimientos humanos se aumenta la necesidad de las voces, para irlas introduciendo según se multiplican las ideas. En el Discurso del Amor de la Patria, y pasión nacional propone el Teatro Crítico los orígenes de muchos yerros en nuestras acciones, y de parcialidad en nuestros escritos. El amor de la patria; esto es, el bien del público, es una laudabilísima virtud: se muestra demasiado escéptico el P. Feijoo, para no creer que las acciones grandes llevasen por norte precisamente esta idea. Pero al mismo tiempo advierte los daños que trae al común el espíritu de partido del paisanismo, y otro cualquiera de esta naturaleza. En la Balanza de Astrea se ve un Discurso lleno de excelentes consejos para los que siguen la carrera de la Toga: advierte la incorruptibilidad de los Jueces en nuestra España; se queja del abuso y poder de las recomendaciones, o lo que se llama empeños. En el Discurso de la Resurrección de las Artes demuestra juiciosamente, que se venden como descubrimientos [XIV] nuevos muchos, que constan de los escritores antiguos. Con éstos suelen coincidir los modernos sin copiarles, y en unos mismos pensamientos u observaciones. La historia literaria de cada facultad es indispensable a los Profesores de ella, para comprehender con facilidad el estado actual de sus adelantamientos, y libertarse de la nota de plagiarios, y de omisos por ignorarles. Como corolario de esta doctrina vindica en las Glorias de España a nuestros Nacionales de la tacha, que se nos oponía de la desaplicación a la buena literatura; citando muchos ejemplos para indemnizar la Nación de este cargo. Tal vez pudiera con más examen de la historia literaria añadir otras pruebas; pero no debe negarse, que han padecido mayores estorbos entre nosotros todos los que han querido salir de la esfera de los conocimientos regulares, y que no pocos de los que se han distinguido más, lo lograron en sus viajes fuera del Reino. Las Naciones se pulen, e instruyen con las peregrinaciones literarias, como lo hacen actualmente los Ingleses. En las Reflexiones sobre la historia se muestra el Autor del Teatro demasiadamente desconfiado de los monumentos históricos, y fidelidad de los historiadores por el ejemplo de algunas contradicciones que en ellos se advierten. Es certísimo que en la historia se han pretendido introducir en todos tiempos muchas fábulas, y que para ello intervienen pasiones e intereses; pero las más veces son descuido e inadvertencias. Un mismo suceso se refiere de distinto modo por varios testigos oculares: con todo eso, no sería juicioso inferir, que el hecho fuese falso por esta variedad de circunstancias, conque se refiere. Sería más natural distinguir el hecho, en que todos convienen, y dándole por cierto, dejar las circunstancias a la verosimilitud, y a la combinación del historiador. Pero no convendría deducir una incertidumbre sobre la historia con este motivo, a que se inclina el Marqués de S. Aubin, cuyo dictamen traduce a la letra nuestro erudito Escritor. Los Discursos que tratan de la Fisionomía, destierran [XV] un gran número de preocupaciones, que reinaban entre nosotros, y en otros Pueblos cultos: con lo cual queda también reprobada la Quiromancia, la Astrología judiciaria, los Saludadores, y otras invenciones de siglos ignorantes. No somos nosotros los que solamente hemos padecido este contagio: también ha cundido en otras Naciones, que no ha mucho tiempo se han ido desengañando. La inutilidad de los libros de empresas, máximas, y aforismos políticos, que inundaron en el siglo pasado la Europa, está demostrada en el Discurso de los libros políticos. En efecto, ¿qué podrán adelantar estas máximas generales, que no alcance un buen entendimiento? El curso de los negocios públicos, y las meditaciones de las actuales circunstancias son las que forman el juicio político de aquellos hombres propios a manejar los negocios. Serán siempre útiles los tratados de policía y de economía aplicados a cada País en particular, según su estado y su constitución. Es muy útil el conocimiento de lo que se propone en el Discurso sobre la importancia de la Ciencia física para la moral. En los Discursos de la honra, y fomento de la Agricultura, y de la ociosidad desterrada, emprendió el Autor del Teatro dos asuntos muy ventajosos al público, y dio en ellos a conocer su amor al buen orden político, y a la prosperidad de la Nación. En estos Discursos incidentemente apuntó la necesidad de moderar los días festivos en España; y con efecto hicieron las razones del P. Feijoo tanto efecto, que el gran Papa Benedicto XIV asintió a esta reformación con gran utilidad del Estado; y el mismo concepto formó de los Discursos de nuestro Sabio sobre la reformación de la Música de los Templos. Descender a los demás puntos subalternos de los Discursos del Teatro exigía mayor tiempo, y no traería el provecho que cada uno podrá sacar de su original lectura. Luego que el Autor acabó de dar al público los ocho tomos del Teatro Crítico, publicó en 1740 uno de [XVI] Suplemento a las materias contenidas en los antecedentes, que en esta edición va incorporado en sus respectivos lugares. En el Suplemento se añaden aquellas autoridades o citas, conque el P. Feijoo apoya sus opiniones, o rebate las objeciones que se le iban haciendo. En la advertencia al Suplemento previene, que enmienda sus yerros para dar buen ejemplo: «porque son muy pocos los Autores (continúa Feijoo) que conocen los propios, y muy raro el que, aunque los conozca, los confiese.» Y añade: «No de todos los que enmiendo debo a mí mismo el desengaño. Algunos en materia de noticias históricas me dio a conocer la caritativa admonición de uno u otro docto amigo, por lo que me considero muy obligado de encomendarlos a Dios». Vino a gastar quince años desde 1725 a 1740 nuestro Crítico en la composición de su Teatro, que concluyó a los 64 de edad. Aunque publicó después este infatigable Escritor cinco tomos con el título de Cartas Eruditas, en nada se diferencian del objeto del Teatro, sino en tratarse las materias en muchas de ellas con menos profundidad: así porque el Autor se hallaba con más débiles fuerzas para el estudio, como porque el estilo epistolar no requería tanta exactitud como los discursos. En la Carta 36 del tomo primero da noticia de la Obra, que Tomás Brown, Médico Inglés, escribió contra los Errores populares; haciendo ver la diferencia de la del Teatro, y cita otras, que coinciden en el título, con el fin de que los lectores no le acusen del plagio, que la emulación figuraba sólo por la fachada o título de ella. Sobre los sistemas Filosóficos; sobre los Terremotos, y otras materias Físicas; sobre el descubrimiento de la circulación de la sangre; sobre los Curanderos, y secretos medicinales; sobre los descubrimientos y sistema del gran Médico D. Francisco Solano de Luque; sobre varias supersticiones; sobre la instrucción en materia de Religión a los que viajan a Países forasteros, y otros puntos de controversia; sobre un sistema de historia general de las [XVII] Ciencias, y otros puntos importantes, versa la materia de estas Cartas Eruditas: y en el tercer tomo se interna en materias políticas de erección de Hospicios, y exterminio de Ladrones, abreviando sus causas. En el tomo último de Cartas trató de cuál debe ser la devoción con la Virgen, y con los Santos, alusiva al célebre Tratado de la devoción regulada de Luis Muratori, y a lo que escribió el Cardenal Vicente Petra, que aunque anteriores al año de 1756, en que se escribió esta Carta, no se citan en ella. En este mismo tomo advierte a los Misioneros las reglas del arte de la predicación. Con este motivo, hablando de sí mismo, confiesa que su robustez no le ayudaba para dedicarse a este sagrado ministerio; porque «la debilidad del pecho era totalmente incorregible; siendo tan connatural a mi nativo temperamento, que aun en la adolescencia y juventud padecí el mismo defecto». En la Carta 14 del mismo tomo da noticia de las cinco que escribió sobre el terremoto de primero de Noviembre de 1755, impresas por su amigo D. Juan Luis Roche; las cuales van añadidas en esta última edición. Concluyóse la Obra de las Cartas eruditas en 1760, en que publicó el Autor su quinto tomo dedicado al Rey N. Sr. En dos Cartas {(a) Feijoo Carta 22, y 23 del tom. 5} de este tomo se muestra el P. Feijoo nada afecto al estudio de la lengua Griega, prefiriendo el de la Francesa. Esta última entre nosotros es tan fácil de adquirir, que apenas hay sujeto de mediana educación que no la entienda. Nada puede embarazar su estudio el unir algunas nociones del Griego a lo menos. Francisco Valles debió a este conocimiento sus progresos en la doctrina de Hipócrates; y hoy lo acredita el Doctor D. Andrés Piquer. ¿Martín Martínez de Cantalapiedra cómo podría haber escrito su Tratado sobre interpretar la Escritura sin este auxilio? Benio Arias Montano sobresalió a todos los de su tiempo [XVIII] por el conocimiento del Griego y del Hebreo. Él hizo familiar el estudio fundamental de las Sagradas Escritura en toda la Europa. ¿Qué habría adelantado D. Antonio Agustín en sus Obras Civiles, y Canónicas sin el consumado estudio del idioma Griego? ¿Por cuánto número de años no han estado ocultos los Manuscritos Árabes del Escorial, hasta que D. Miguel Casiri, de la Academia de la Historia, Intérprete de S.M. para la lengua Árabe, nos ha formado el catálogo? Lo mismo sucede con los Manuscritos Griegos, y Hebreos, que sin uso han estado ocultos en la misma Biblioteca, hasta que el Doct. D. Francisco Pérez Bayer, con el auxilio de ambos idiomas, se ha dedicado a publicarles. D. Juan de Iriarte, Bibliotecario de S.M. ha hecho un excelente catálogo de los Manuscritos Griegos existentes en la Biblioteca del Rey, por su pericia en esta lengua. ¿Qué no se debe al Dean de Alicante D. Manuel Martí, y al diligente D. Gregorio Mayans por sus estudios en la buena literatura, y cultivo de las más puras fuentes de la elocuencia Griega y Romana? Otras Obras se imprimieron de nuestro sabio Benedictino, cuya lista se va a dar; pues aunque son de menor importancia, es justo se sepa la extensión de sus estudios. Manifiesto del Ilustrísimo Sr. D. Juan Avello Castrillón, Obispo de Oviedo, contra el P.D. Carlos Castañeda, sobre la fundación del Seminario de Misioneros de Contrueces, que aunque salió a nombre de aquel Prelado, lo escribió el P. Feijoo. Sermón predicado el día de la Dedicación de la Capilla de Rey Casto en la Santa Iglesia Catedral de Oviedo. Carta de un Médico de Sevilla al Doct. Aqüenza, impugnador de los Discursos de Medicina del Teatro Crítico. Dejó manuscrito un Discurso sobre la adoración de las Imágenes completo. Otro: Explicación del sentido de las proposiciones que se tildaron de orden de la Inquisición en el Discurso sobre [XIX] la importancia del conocimiento de las Ciencias naturales para el estudio de la Teología Moral. Esta explicación fue aprobada de treinta y tres Doctores Salmantinos. Algunas Pláticas de año nuevo, y del primer Lunes de Cuaresma. Otras Pláticas, que parece fueron hechas para cuando los Padres Generales de la Congregación visitan los Monasterios. Quedó imperfecta una Carta, que tiene por título: Convicción de un Idólatra. Otras Obras de las que emprendió en los últimos años dejó también empezadas, por haberse debilitado la memoria, y el oído; y ya las fuerzas no le podían lisonjear en su avanzada edad la costumbre de escribir. §. IIAntes de entrar en la enumeración de las Obras apologéticas, a que le obligaron sus impugnadores, convendrá añadir las poesías que escribió a varios asuntos, y son las siguientes. Desengaños, y conversión de un pecador, que andan impresas bajo del nombre de D. Jerónimo Montenegro: Romance. Décimas a la conciencia, en metáfora del Reloj. Décimas en los funerales, que el Principado de Asturias hizo a Luis Primero. Enfermedad, entierro, y testamento del Amor por repetidas ofensas, hecho a ruego de un desengañado, que se le pidió al Autor bajo del asunto propuesto: Romance. Décimas contra el falso milagro que se publicó en el Puerto de Santa María de haberse aparecido S. Francisco de Paula sobre la Sagrada Hostia un día de la Octava de Corpus de 1747, ocasionándole el error de la reflexión que hizo en el vidrio del viril la Imagen del Santo colocada en el Retablo. Décimas: Instrucción política que se usa, y de que Dios nos libre, y nos guarde. [XX] Décimas a una Señora Ministra. Romance hecho a instancia de un Amante dejado por una Señora, que se entró en Religión. Décimas a las Monjas de S. Pelayo de Oviedo, célebre Monasterio de la Orden de S. Benito, por no haber dejado celebrar de Pontifical la noche buena al P. Andrade, Abad del Monasterio del Villanueva de Oscos. Romance contra otro, que ni era romance ni latín, que sacó un Poeta, que ni era Poeta ni Orador, contra el Autor, y empezaba así: Señora, unos Pasquines que Otro, en que el Autor se vindica justísimamente de dos Caballeros, que sacaron unas Coplas contra él, cuyas personas no nombra, por ser distinguidas. Liras a una despedida, compuestas en este género de metro para demostrar que en cuanto usa la Poesía Española cabe naturalidad y ternura. Retratos de dos hermanas del Principado de Asturias, que hizo el Autor a petición de un Caballero, que pretendía casarse con una de ellas: Romance. Retrato de la otra hermana: que es la segunda parte. Otro a una Dama, que se queja del mal natural de su Galán. Quintillas a una Dama muy linda, a quien cierto Pretendiente irritado dijo que era una peste. Quiso el Autor transformar este improperio en elogio, con la ocasión de reinar entonces la peste de Marsella, que fue en 1721. Soneto al impugnador del Teatro Crítico en dos tomos impreso en Salamanca, que era el P. Soto Marne. Romance, en que se descubre el Autor de un Entremés Satírico, que salió en Oviedo contra el Autor. Empieza así: ¿Quién es el Autor de tanto Al mismo aplica el Autor la Fábula de Marsias en una Décima. Una u otra poesía de poca monta se omite en este Catálogo, y todas hacen ver la invención de aquel docto Religioso, y su facilidad en escribir tanto en verso como en prosa. Esta fecundidad de ingenio, ni lo chistoso de su conversación jamás alteraron la pureza y decencia de sus costumbres. En su trato era tan afable, que aun en la crecida edad a que llegó, se reprimía, como él mismo lo confiesa en la Carta sobre el estado de la senectud del tomo último, para no molestar la sociedad con sus amigos. Esta Carta es una lección moral, digna de leerse por todos los que llegan a edad avanzada. §. IIINo pudo ser tan templado en las Obras apologéticas este célebre Benedictino, con proporción a la humanidad y bondad de su genio. El torrente de émulos, que se levantaron contra el Teatro Crítico, le obligó no sólo a valerse de la poesía, para combatir una u otra vez a sus impugnadores, como se ha visto en el catálogo de las Obras poéticas; ejercitó también su pluma en prosa con bastante fuerza. Hacíale demasiada impresión la contradicción ajena. Es verdad que sufrió muchas de sus impugnadores, tan faltas de fundamento, cuanto cargadas de sátiras y personalidades descompuestas. Ensayóse muchas veces por necesidad en este género de escritos, que no dejan de ser harto difíciles, si han de hacerse leer agradablemente, rebatir con propiedad al adversario, poner en claro la opinión propia, y dejar en salvo las personas, como el decoro debido lo pide. En la época en que se puso en estado de escribir, y dio a conocer el P. Feijoo, empezaba la Nación a salir de sus preocupaciones, y dedicarse a la buena literatura. Pero eran muy pocos los que todavía se alistaban en las banderas de la sana crítica, y que alcanzaban el provecho que de ella resulta. Era mucho mayor el número de los que se [XXII] obstinaban en sostener las ideas vulgares, y en negarse a la ilustración, que iba viniendo. Es menester mucha perspicacia para despojarse uno mismo de sus alucinaciones, cuando las ve apoyadas de la multitud. En el año de 1725 se estrenó el P. Feijoo, defendiendo la Medicina Escéptica del Doct. D. Martín Martínez, contra la Centinela Médico-Aristotélica del Doct. D. Bernardo López de Araujo, que murió Médico de Cámara en nuestros días. El Doct. Araujo quisiera desterrar toda duda o escepticismo en la Filosofía y Medicina, gobernando los principios filosóficos por las tradiciones de los Aristotélicos, sin recurrir a la razón y a la experiencia, descansando en la autoridad, o jurando in verba Magistri, como decía aquel gran Crítico el Obispo Melchor Cano. En esta primer Apología demostró con una solidísima erudición nuestro Benedictino la imposibilidad de adelantar las Ciencias naturales, y en especial la Medicina, mientras se mantuviesen los estudios filosóficos, y el modo de tratar las materias en el método antiguo de los Aristotélicos, que intentaba sostener el Doct. Araujo. La moderación y la templanza de este Discurso Apologético hace ver, cuánta mayor superioridad tienen aun los grandes hombres, cuando sostienen causas ajenas. La ilustración actual de la Medicina de España se debe a la solidez de razones, conque el P. Feijoo y el Doct. Martínez a un tiempo mismo hicieron ver la necesidad, de que los Profesores Médicos se instruyesen en el conocimiento de los Sistemas Filosóficos antiguos y modernos. Sufrieron una inundación de contradicciones las Obras del Doct. Martínez de parte de los mismos a quienes intentaba ilustrar su Autor. Tal es la condición de los hombres, que prefieren no pocas veces la costumbre a la evidencia del desengaño, que resulta de principios más bien combinados. Las Obras del Doct. Martínez durarán para siempre entre nosotros, como monumentos del talento del gran [XXIII] hombre que las produjo; al paso que de las de sus contradictores sólo se conservará la memoria en las apologías, como un trofeo que ellos mismos presentaron en el combate de la Filosofía Aristotélica, y de la Medicina Galénico-escolástica de España, vencidas de la escéptica del Doct. Martínez: superior no sólo por la bondad de la materia, sino por la elocuencia, orden, y pureza de idioma, que reinan en sus Obras; pues hasta en el modo de escribir las materias logró el Doct. Martínez desterrar el latín semibárbaro de los tratados Físicos y Médicos subrogando en su lugar un Castellano puro: modelo que han imitado los demás Médicos de estos tiempos, con gran provecho de nuestro idioma y de la Nación. §. IVHecho a vencer en combates ajenos, apenas en 1726 salió del primer tomo del Teatro Crítico, cuando nuestro ilustre Escritor vio descargar sobre sus discursos un nublado de impugnaciones, que le obligaron a pensar en sí mismo. La variedad de los asuntos presentaba un campo abierto a la lucha. Por otro lado el mal método y las preocupaciones no eran menores en los demás estudios, que en el de la Física y Medicina; y de consiguiente era forzoso, que no cediesen los Profesores menos hábiles en la obstinación de combatir toda novedad, opuesta al estado actual de la literatura. Debe también confesarse, que un Autor polígrafo no puede tratar con igual solidez todos los puntos. Cualquier descuido en tales circunstancias abre camino a los impugnadores, para ganar aceptación y aura popular; especialmente cuando lisonjea al vulgo, deseoso siempre de sostener sus métodos, por imperfectos y perjudiciales que sean: pues a proporción es más fácil pasar plaza de docto, y los hombres suelen admirar más lo que entienden menos. La mitad de la ciencia consiste en el desengaño de las opiniones recibidas sin examen en todo género de materias. ¿Cómo se puede esperar que los profesores que [XXIV] han adoptado como dogmas tales opiniones, se despojen de ellas, para empezar a estudiar de nuevo? De ahí nacen las grandes oposiciones, que padece toda reformación de estudios. El odio, la sátira, y la contradicción son los primeros estorbos que encuentra. No pocas veces la autoridad y el poder impiden los progresos de los verdaderos y sólidos principios. Cógese al fin el fruto a beneficio del público: mas no es el gran hombre, que establece la reformación, quien saca para sí las ventajas. Adquiere una fama póstuma, que hace respetar su nombre de los venideros; y sólo las almas grandes se dejan llevar de este generoso deseo de gloria, para no acobardarse en las oposiciones que sufren de todas partes, y en especial de aquellos, que deberían agradecerles la ilustración que les dan. Es un empeño ordinario de los hombres sostener sus opiniones, aun conocido el yerro. Esto da no pocas veces presa a los impugnadores. En una Obra enciclopédica como la del Teatro Crítico, y su continuación de las Cartas Eruditas, no era posible que su Autor dejase de caer en algunos descuidos. Para sostener la reputación en ellos se nota en las Apologías del P. Feijoo alguna mayor adhesión a las propias producciones, de la que conviene a un buen Crítico. La sinceridad no sólo es conforme a la inocencia de las costumbres; es indispensable en un Sabio. De todas las impugnaciones que sufrió el Teatro Crítico, tiene el primer lugar el Antiteatro Crítico, que empezó a salir en principios del año de 1729, pocos años después que en el de 1726 se publicó el primer tomo del Teatro. Tres tomos se impugnan en los tres del Antiteatro. El estilo, a confesión de su Autor D. Salvador Josef Mañer, no corresponde al de la Obra impugnada; mas es preciso confesar, que abunda toda esta impugnación de buenas noticias en lo que mira a Geografía, Física, y Matemática. No deja de notarse acrimonia y soltura en el modo de impugnar; mas era el abuso que reinaba por aquel tiempo en esta especie de escritos. [XXV] Empeñóse la disputa bastantemente, luego que en el mismo año de 1729 publicó el P. Feijoo su Ilustración Apologética. En su prólogo no se trata con mayor moderación la persona de Mañer: explícase así el Apologista. «En cuanto a la calidad del Autor, uno me decía, que el nombre era supuesto, porque no había tal D. Salvador Josef Mañer en el mundo, o por lo menos en la Corte; pues habiendo solicitado noticias de él, no las había hallado. Otro me avisaba que conocía a dicho Mañer, pero le conocía por un pobre Zoilo, que nunca había hecho, ni podría hacer otra cosa, que morder escritos ajenos: recurso fácil y trivial, para que en el concepto de ignorantes hagan representación de escritores aquellos, a quienes Dios negó los talentos necesarios para serlo.» Llegando al juicio de los dos primeros tomos de Antiteatro, continúa así en el mismo prólogo. «En esta Apología se verá, que el Antiteatro no es más que una tramoya de teatro; una quimera crítica; una Comedia de ocho ingenios; una ilusión de inocentes; un coco de párvulos; una fábrica de aire sin fundamento, verdad, ni razón.» La Ilustración está escrita con orden, mucha exactitud, y un estilo bien organizado y conciso, muy propio para esta difícil especie de Obras. Tal vez habría acortado la disputa nuestro Sabio Apologista, si hubiera hecho mayor concepto de su competidor. En 1731 publicó Mañer la impugnación al tercer tomo del Teatro Crítico, y la Réplica satisfactoria a la Ilustración Apologética, pretendiendo notar a su adversario 998 errores. Si se repara en el prólogo del tomo segundo del Antiteatro Crítico, se encontrará que el calor era igual en D. Salvador Mañer. Nada aprovecha más a las letras que el uso moderado de la crítica; y nada es más opuesto a su progreso, que el alejamiento de la voluntad con la sátira. «Los 998 errores (decía Mañer al Lector), que numero en la frente de esta Obra, no es para igualarme en la [XXVI] vanidad y jactancia a mi opositor, que en la fachada de su Apología se lisonjeó poniendo hallarse en mi Antiteatro más de 400; ajustando aquesta suma su confianza y fantasía; pero los que aquí se le señalan con la mayor puntualidad se ajustan en los guarismos de los márgenes con aritmética precisa a los cálculos de su resulta.» Tal vez el deseo de aumentar el número de los errores atribuidos al Teatro Crítico, hace caer al impugnador en exageraciones. Hubiera sido más ventajosa al progreso de las letras esta contienda literaria, procediéndose en ella con más templanza. Había sido uno de los Aprobantes de la Ilustración Apologética el Rmo. P. Fr. Martín Sarmiento, Benedictino, y Discípulo del Autor del Teatro Crítico, el cual en su Censura descubrió los parologismos, que notó en el Antiteatro. De aquí nació incluirle Mañer en la Réplica satisfactoria. Débese a esta disputa, que tomase con motivo de ella la pluma el P. Sarmiento, escribiendo su Demostración apologética en 1732, en defensa de los tres primeros tomos del Teatro, de la Ilustración Apologética, y de sus Aprobaciones. La erudición y doctrina, que reina en los dos tomos de la Demostración, es superior a toda alabanza; y no puede negarse, que dejó sólidamente afianzada en el concepto de los imparciales la utilidad del Teatro Crítico, y el mérito de su Autor. El orden que guarda el P. Sarmiento en la Demostración es el mismo de los Discursos del Teatro. ¿Cuánto podría escribir de propia invención quien, siguiendo el método de otro, ameniza, y aclara la materia con la copia de doctrina que se lee en aquella Obra? En 1734 publicó Mañer su Crisol Crítico, replicando en dos tomos a la Demostración Crítica del P. Sarmiento. Este fue su principal objeto: en el prólogo refiere las dificultades que costó obtener en el Consejo la licencia para imprimir el Crisol. No fuera inútil trabajo reducir toda la impugnación [XXVII] de D. Salvador Mañer por el orden de los Discursos de los tres tomos del Teatro Crítico, a una especie de notas perpetuas; quitando todo lo que puede ser satírico, o quisquillas de las que acompañan frecuentemente las disputas literarias de esta naturaleza. Concluyó con estos cinco tomos su impugnación D. Salvador Josef Mañer; y enfriada la disputa, fue en lo sucesivo uno de los veneradores del P. Feijoo. Los hombres cuerdos llegan por sí mismos a reparar sus defectos. No lo fue a la verdad la empresa del Antiteatro: perdónese el modo por lo que se ganó en la substancia. Un Autor, que padece impugnaciones, reconoce las faltas de que se le culpa, mejora el método, repara en la causa de sus descuidos, trata con más puntualidad las materias, abandona el tono decisivo, y se dispone a recibir con mayor moderación la crítica ajena; porque él mismo se la hace a sí propio de antemano. Salió en 1735 una nueva Obra con el título de Teatro Anticrítico Universal en dos tomos, su Autor D. Ignacio Armesto y Osorio, en que pretende ser árbitro en los puntos controvertidos por D. Salvador Mañer con los P.P. Feijoo y Sarmiento. Era a la verdad de moda entonces impugnar el Teatro Crítico, y un medio de despacharse esta especie de escritos. El prurito de contradecirle movió a muchos al estudio de materias, que a no ser por esta causa les serían siempre desconocidas. El fruto consiguiente fue el de promoverse el buen gusto generalmente en la Nación desde entonces, y enseñarle a tratar en la lengua materna todo género de asuntos científicos. Este efecto sólo bastaría para hacer inmortal la fama del Teatro Crítico. Antes de concluir este párrafo, será preciso dar alguna noticia de la vida de D. Salvador Mañer, el cual no sólo se distinguió por la impugnación de los tres primeros tomos del Teatro Crítico. Nació Salvador Josef Mañer en la Ciudad de Cádiz el siglo pasado, coetáneo casi con el P. Feijoo a corta diferencia, a lo que se infiere de la serie de su vida. [XXVIII] Pasó a la Ciudad de Caracas en la Provincia de Venezuela de corta edad, a mejorar su fortuna, atraído de la facilidad de tener allí un tío, que podía darle la mano, y estrechado de un encuentro, que no le permitía permanecer en su Patria por entonces. En Indias se aplicó más al estudio, que al comercio, ni a otra de las industrias, conque los Indianos procuran hacer caudal. Los hombres de ingenio convienen en ser por lo común desinteresados. Corría el principio del siglo, y en él las disputas de la sucesión de Carlos II. Un papel anónimo relativo a esta materia, y nada conforme a la causa pública, le atrajo muchas calamidades, que duraron por largo espacio de años. Venido a la Corte, vivió en ella con estrechez; y empezó a escribir para mantenerse, estando su principal talento, e inclinación descubiertos hacia las materias políticas, e intereses de los Príncipes. Cabalmente promovía estos conocimientos a tiempo que en la Nación carecía de muchos de ellos. El Sistema político de la Europa le produjo la protección del Sr. D. Josef Patiño, aquel Ministro conocedor, y honrador del verdadero mérito. Discerniendo el que había en Mañer, le hizo buscar, y le dio el empleo de Visitador de las Fábricas de Madrid y sus cercanías, y con él un sueldo de 500 a 600 ducados, que aunque moderado, le puso en estado de dedicarse enteramente a escribir, habiendo asegurado ya con esta especie de pensión su subsistencia. A Mañer se debe la introducción del Mercurio histórico, y otro número grande de traducciones. No se puede negar, que divulgadas estas Obras, han contribuido mucho a la pública ilustración, que se advierte en la Nación. Valiose del anagrama de Mr. Le-margne, para despachar más bien las Obras que traducía. Salió el primer Mercurio en 8 de Julio de 1738, y continuó en la traducción, e impresión de esta Obra periódica [XXIX] hasta primero de Febrero de 1745, en que D. Miguel Josef Daoiz alcanzó privilegio por servicio pecuniario para continuar la venta, e impresión del Mercurio. No sólo aseguró una razonable estimación con la incesante publicación de Obras, llegó a formar caudal más que mediano: hasta que lleno de años pensó en retirarse al Hospital General con sus efectos, como lo hizo en 22 de Febrero de 1745, privado ya de la intervención del Mercurio. Por diferencias con su Administrador D. Luis Mergelina, sobre que publicó un Manifiesto impreso, dejó la residencia del Hospital en 6 de Abril de 1749, y poco después la Corte. Acercándose a su Patria, y a la común de los buenos Cristianos, fijó su residencia de seglar en el Monasterio de la Breña, uno de los de S. Basilio de la Provincia que llaman de Tardon: en el cual lleno de mérito, y de desengaños falleció en 21 de Marzo de 1751 en edad de más de 70 años. El Catálogo de sus propias Obras impresas y manuscritas, formado por su íntimo amigo D. Antonio María Herrero, Médico de la Real Familia, Secretario perpetuo de la Real Academia Médica-Matritense, y sujeto acreditado por su erudición, es el siguiente. Catálogo
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{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas I-XLVI.} |
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Biblioteca Feijoniana | Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) Teatro crítico universal (1726-1740) |
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