La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta XXVI

Respuesta al Rmo. P.M. Fr. Raimundo Pascual en asunto de la doctrina de Raimundo Lulio


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1. Muy Señor mío: Recibí la de Vmd. juntamente con el Libro, que la acompañaba, del P.M. Cisterciense Mallorquín, en defensa de su Raimundo Lulio. Y porque Vmd. solicita saber qué siento del Autor, y de la Obra, pasé luego a reconocerle, para que necesité muy poco tiempo; porque la Obra no es larga, y el Autor se explica con claridad, y despejo. Esto es lo primero que de él puedo decir. Y lo segundo, y principal, que si tomara otra mejor causa entre manos, tiene Pluma para manejarla tan bien como el que mejor. ¿Mas en defensa de Lulio qué puede hacer el hombre de más habilidad?

2. En cuanto a la Obra, como no instituyo Libro, sino Carta, no pienso seguir al Autor Cisterciense paso a paso, sino reducir a dos puntos capitales el asunto, porque a dos puntos capitales se reduce la Obra del Cisterciense. El primero es, descartar, como indignos de fe en la materia, los Autores contrarios a Lulio: Y el segundo, ponderar la excelencia del Arte Luliana. Veré, pues, lo primero, con qué justicia se hace sospechosa la fe de aquellos Autores; y lo segundo, examinaré los méritos del Arte Luliana.

3. El primer descartado en esta causa soy yo, por no haber visto el Arte de Lulio, como he confesado yo mismo. ¿Pues qué? ¿No se puede hacer juicio prudente de la utilidad, o inutilidad del Arte de Lulio, sin verla, únicamente por el testimonio de Autores graves, y desapasionados [273] que la vieron? ¿La fe humana no tiene lugar en esto, como en otras muchas cosas? Alegué los testimonios de diez Autores, todos graves, todos muy doctos, todos Críticos distinguidos, todos libres de toda sospecha de mala fe, y que hablan del Arte de Lulio, como testigos de vista. Con muchos menos, y de menos autoridad pronuncia el Tribunal más recto la sentencia contra el reo en materias gravísimas; y sería la más extraña impertinencia del mundo acusar a ese Tribunal de injusto, porque no vio por sus ojos el delito.

4. Bien conoció la fuerza de este argumento el Autor Cisterciense, y que por consiguiente era menester para eludir su fuerza, tachar los testigos que produzco a mi favor. En efecto lo intenta; pero con inútiles esfuerzos, porque todo se reduce a decir, que los Autores, que alego, vieron sólo superficialmente, y sin hacer el debido examen el Arte de Lulio. Digo, que todo se reduce a decirlo, porque no da de ello la más leve prueba; ni para decirlo tuvo otro motivo, que ser sus desposiciones opuestas a su intento. El lo dijo: pero creo que sin esperanza de que ningún hombre de razón se lo creyese. Porque en efecto, ¿quién le podrá creer, que unos Autores graves, doctos, algunos entre ellos Críticos famosos, y de alta reputación en la República Literaria procediesen tan imprudentemente, tan temerariamente, que sin el debido examen profiriesen sentencias tan acerbas contra el Arte de Lulio, cuales son las que he exhibido en la Carta trece de mi segundo Tomo Epistolar? Así el creerlo, como el decirlo, sería, y es una grave injuria contra el merecido crédito de aquellos Autores.

5. Pero el de Wadingo es el que más padece en ella. Conoció muy bien el docto Cisterciense, que el testimonio de Wadingo, atendidas todas las circunstancias, era el que más perjudicaba a su causa; porque sobre la opinión de Autor fidelísimo, sincerísimo, doctísimo, que generalmente obtiene en la República Literaria, se añade la notable circunstancia de haber sido Religioso Franciscano, a [274] quien por consiguiente sólo la fuerza de la verdad podía impeler a declararse contra Lulio.

7. La fuerza, que al testimonio de Wadingo da esta circunstancia, pretende debilitar el docto Cisterciense: ¿Pero con qué? Con una reflexión general, y vaga, que va a Dios, ya dicha, y nada significa. Salga (dice Disert. 2, num. 61.) salga, que ya es hora al Teatro el célebre Analista Wadingo, quien por ser Franciscano se tiene por testigo fuera de toda excepción, (aquí entra la reflexión vaga que he dicho) como si entre sujetos de una misma profesión no cupieran emulaciones, inadvertencias, preocupaciones, &c.

7. Esto es hablar, nada más. Y perdóneme el docto Cisterciense, si le digo, que la voz emulaciones está aquí muy fuera de su lugar. ¿Por qué capítulo, o motivo podía Wadingo ser émulo de Lulio? Floreció éste cerca de tres siglos y medio antes que aquel; y aun más distantes que en el tiempo lo estuvieron de toda concurrencia, que pudiese ocasionar emulación de uno a otro. ¿Qué tenía Wadingo que partir con Lulio? ¿Pudo estorbar éste a aquel, u disputarle los honores de su Orden? ¿Pudo ponerle algún óbice a la gran fama de insigne Escritor, y hombre doctísimo, que tan justamente adquirió en el mundo: o a otra alguna cosa, capaz de lisonjear el deseo de Wadingo? Añado, que este Escritor fue un Religioso muy ejemplar, y por consiguiente muy exento de toda sospecha de emulación, que le hiciese faltar a la verdad. Leí algunos años ha su vida impresa al principio de sus Anales, y me acuerdo de haber hallado en ella, que su Religión le encargó la reforma de algunos Conventos, que habían decaído algo de su antigua observancia: comisión, que en ninguna Orden se da, sino a sujetos de muy distinguida virtud. Por consiguiente se le hace muy grave injuria en atribuirle una emulación viciosa, indigna, no sólo de un gran Religioso, mas aun de todo hombre honrado. ¡Pero, oh fragilidad humana! A estas extremidades lleva el tesón de defender una mala causa.

8. Mas ya el Cisterciense da a conocer bastantemente lo [275] mucho que desconfió de este motivo de recusación, pues declinando al extremo opuesto, procura figurar a Wadingo favorable en parte a Lulio. Para este efecto, después de admirar mi inadvertencia, por no haber notado la contradicción, que hay en Wadingo sobre el asunto, dice, que esta contradicción está entre las palabras que trasladé de Wadingo, y las que omití, contenidas dentro del mismo pasaje, en aquella parte donde interpuse los puntillos; esto es, entre las palabras per tot saecula latere, y las abstinendum itaque. Yo no sé si tácitamente pretende acusar esta omisión mía de falta de buena fe, o que el Lector, aunque él no lo expresa, lo entienda así. En todo caso, por si fuese menester indemnizarme sobre este artículo, digo, que yo en esto no hice más, que lo que ordinariamente ejecutan los que citan pasajes largos de otros Autores; que cuando alguna porción, envuelta en las demás de su contenido, no les hace al caso, por evitar la prolijidad omiten esa porción, substituyendo por ella los puntillos, para que el Lector entienda, que allí se omite algo del pasaje.

9. Cuanto a la contradicción, que el Cisterciense pretende hay en el pasaje de Wadingo, digo, que no hallo tal contradicción. Las palabras omitidas adonde puse los puntillos (que tampoco el Cisterciense las propone íntegramente; antes bien no sólo en una, mas aun en dos partes las trunca), son como se siguen.

10. Revelationes certe Scientiarum a Deo fiunt ad Fidei incrementum, vel Ecclesiae fulcimentum, quae ab hac non vidimus hucusque prodiise. Dixerim itaque, nec totam, nec praecipuam aliquam doctrinae partem a Deo inmediate infusam; sed mirabiliter & coelitus fortasse, illuminatum intellectum hominis rudis, & literarum expertis, ut tot & tanta, quae eius superabant captum, ampliori & singulari ultra alios capacitate comprehenderit. Mirum etenim, & supra naturam videtur hominem Idiotam tot & tan varia argumenta tractasse, ac quali quali methodo confinxisse. Certe nec ipse (ut aliqui ei imponunt) aliquando dixit universam suam Scientiam infusam esse; sed Artem dumtaxat generalem [276] sibi Dominum in monte ostendisse, & hanc dono spirituali a Deo datam, non quod ipsam Artem immediate Deus dictaverit, sed quod dono quodam spirituali intelectum illuminaverit & excitaverit ad eandem compaginandam: in qua etiam errores irrepere potuisse agnoscit eosdemque humiliter, ut infra dicemus, exponit corrigendos Sacrosanctae Matris Ecclesiae censurae, sed, & ipse eandem haud semel correxit & immutavit. Abstinendum igitur, &c.

11. Para ver si hay contradicción en este pasaje de Wadingo se ha de distinguir lo primero lo que afirma de lo que duda. Lo que afirma es, que Dios no infundió a Lulio inmediatamente, ni toda su doctrina, ni lo principal de ella. Lo que duda es, si tuvo ilustración mediata; esto es, si Dios con una luz como genérica le ilustró el entendimiento, de modo, que le hizo capaz de tratar con tal cual método tantos asuntos diferentes, lo que no pudiera hacer sin esa luz un hombre Idiota, cual era Lulio. Digo, que esto lo duda, porque cuanto dice sobre este punto, todo va debajo de aquel quizá (fortase). Pero añado, que aunque afirmase lo que duda, ninguna contradicción habría entre esto, y la desestimación que antes, y después de esto muestra hacer de la doctrina de Lulio. La razón es clara, porque esa iluminación no se extendió a más, que a darle a Lulio más capacidad para tratar aquellas materias, que la que el mismo Lulio sin ella, y sin estudio alguno tuviera. ¿Pero ese exceso de capacidad, sobre la de un mero Idiota, basta por ventura para hacer recomendable su doctrina? Es claro que no; porque pudo saber lo que no sabe un mero Idiota, siendo muy poco lo que supo.

12. Lo segundo se ha de distinguir lo que Wadingo dice del Arte de Lulio, de lo que refiere que dijo de ella el mismo Lulio. Lo que él sintió del Arte está explicado en otros pasajes, que yo cité. Pero en aquella parte que omití, y a quien substituí los puntillos, sólo dice lo que de ella refiere el mismo Lulio, como se ve claro desde aquellas palabras certe nec ipse; y aquí es donde echo menos la buena fe del Cisterciense, que truncando el pasaje de [277] Wadingo, dejó fuera aquellas líneas donde se expresa, que lo que en él se dice del Arte de Lulio, que Dios con algún don especial le iluminó para formarla, es afirmado por el mismo Lulio, y no por Wadingo. Todo lo contrario quiere dar a entender el Cisterciense para salvar la contradicción en que pretende cayó Wadingo, y desautorizar con esto su Crítica.

13. Es cierto, que Lulio dijo, que Dios le iluminó para formar su Arte. ¿Pero estamos obligados ni Wadingo, ni yo a creerlo? No por cierto: así como no se consideraron obligados a ello muchos hombres sabios, que hablaron con soberano desprecio de dicho Arte. Ni de esto se sigue, que Lulio mintiese, sino que se equivocó creyendo ser luz divina lo que era producción de su proprio entendimiento; lo que sucedió varias veces a otros siervos de Dios. Ni aun parece que el mismo Lulio estaba muy satisfecho de esa iluminación, si es verdad lo que afirma Wadingo, de que corrigió, e inmutó su Arte no una vez sola.

14. Finalmente, todos los que tienen el Arte de Lulio por inútil, es preciso nieguen, que para su formación intervino iluminación alguna, ni perfecta, ni imperfecta, ni mediata, ni inmediata. Y lo primero digo de los que, concediéndole alguna utilidad, la juzgan menos conducente para las Ciencias, que la Lógica de Aristóteles. Ad quid perditio haec? ¿Para qué una iluminación, que nada nos mejoró? Y aun extendiendo esta reflexión a toda la doctrina de Lulio, ¿para qué una iluminación, que nada sirvió hasta ahora a la Iglesia de Dios? Cuatro Concilios Generales, y creo que cerca de ciento Provinciales, se celebraron después de la muerte de Lulio, sin que en ninguno de ellos se hiciese memoria alguna de Lulio, ni de su doctrina.

15. Igualmente echo menos la buena crítica, y la buena fe en otro cargo, que como muy substancial me hace el docto Cisterciense; y es no haber leído, y examinado por mí mismo los Autores, que, como Lulistas, o Panegiristas de Lulio, citaron los dos Apologistas Capuchinos, a quienes yo respondí en la citada Carta. ¿Pero es posible, [278] que me haya hecho cargo de veras? Apenas puedo creerlo. Porque lo primero sabe muy bien, que esos Autores, sujetos por la mayor parte obscuros, y de ningún nombre, apenas se hallarán juntos en Biblioteca alguna del mundo, sino, cuando más, uno aquí, y otro acullá. En mi Biblioteca, y en la de este Colegio, protesto que ni uno hay de todos ellos. Puede ser que en Mallorca haya esa gran provisión, que yo en ninguna manera envidio, o envidiaré a los Mallorquines, hasta tanto que vea, que ellos sacan del estudio de Lulio los grandes provechos, que prometen a todo el mundo.

16. Lo segundo: si los dos Capuchinos Apologistas de Lulio no leyeron esos libros, pues ellos mismos confiesan, que no hicieron más que trasladar el catálogo de ellos, que hallaron en Ibo Zalzinger; ¿cómo se me puede imponer a mí sino por modo de chanza esa obligación? Si ellos, sin leer esos libros, en fe del testimonio de sus Autores se metieron a Apologistas de Lulio; ¿por qué yo sin leerlos no podré declamarme contra Lulio? Cuando, digan ellos lo que quisieren, me sobran fundamentos para combatir a todo Lulista, los que se pueden ver en mi citada Carta, y a los cuales, ni han respondido los dos Capuchinos, ni ahora responde el Padre Cisterciense, ni podrá responder algún otro, porque son ineluctables.

17. Vuelvo a decir, que no es posible, que de veras me haya hecho este cargo el Padre Cisterciense. No ignora él la general desestimación, que padecen los Autores Lulistas en todas partes, a excepción de Mallorca; y esto es lo que mata a los Mallorquines. Siendo así, ¿cómo pudo pensar él, ni nadie, que hay toda la máquina de Autores Lulistas, que componen el largo catálogo de Zalzinger, ni el diezmo de ellos en Oviedo, ni en Ciudad alguna de España? ¿Y qué? No teniéndolos a mano los buscaría yo por las Naciones, los compraría, y me quebraría la cabeza en leer tanto legajo? Mucho menos bastaba para que me tuviesen por el hombre más extravagante del mundo, y especialmente no necesitado para cosa alguna ese gasto, ni esa fatiga, pues [279] para rebatir a los Lulistas, no es menester, ni uno, ni otro.

18. Toda esa colección de Autores, en la forma misma que la proponen los dos Padre Capuchinos, está tan llena de nulidades, que bien lejos de persuadir lo que ellos intentan, conduce a creer lo contrario; o por lo menos no resulta de tanto Autor media dragma de peso de autoridad a favor de Lulio. Muchas de esas nulidades propuse en la citada Carta, desde el número 38, hasta el 64, y sólo de dos se hace cargo el docto Cisterciense para responder, aunque efectivamente no responde; en las demás no toca: recopilarelas aquí, añadiendo algun más a las que allí expuse.

19. Lo primero los Padres Capuchinos no vieron esos Autores, sino con los ojos de Ibo Zalzinger, que verisímilmente no estarían muy limpios de toda niebla, siendo Lulista apasionadísimo. Esto lo confiesan ellos mismos a la página 31, donde dicen, que el catálogo, que acaban de hacer, es extracto del Docto Ibo Zalzinger: Con que se puede decir, que todos esos testigos en alguna manera se reducen a uno.

20. Lo segundo, la cualidad de extracto es nuevo capítulo de nulidad, cuando el extracto se hace por la parte interesada. Muy raro pleito dejaría de ganar el litigante, si la sentencia se diese por el extracto que él mismo hiciese de los Autos.

21. Lo tercero, de los mismos Autores citados, muchos, o los más son declarados Lulistas. De lo que alega contra esta nulidad el Padre Cisterciense hablaremos más abajo.

22. Lo cuarto, muchos de los citados son Mallorquines. Otro capítulo de recusación por la bien fundada sospecha de pasión por su Compatriota Lulio.

23. Lo quinto, las alabanzas excesivas, y verdaderamente intolerables, que algunos de los Autores alegados dan a Lulio, muestran claramente, que escribieron inducidos de una pasión ciega. ¿Quién podrá sufrir a Adrián Turnebo haber dicho, que el Libro de la Teología Natural de Raimundo Sabunde, que contiene la práctica del Arte [280] magna de Raimundo Lulio, es la quinta esencia de Santo Tomás: mucho menos sabiendo, que Turnebo, aunque doctísimo Humanista, ni una pizca tuvo de Teólogo? El Médico Aubri llama a Lulio Maestro de la Sabiduría, Príncipe de la Inteligencia. En una declaración de ciertos Doctores, que dicen tienen los Mallorquines, se pronuncia, que el Arte de Lulio, no sólo es buena, y útil, mas necesaria para mantener la Fe Católica. La voz necesaria, cuando no se restringe, se entiende de necesidad proprie & simpliciter, tal como saben Gramáticos, y Lógicos. ¡Santo Dios! ¿Que la Fe Católica dará consigo en el suelo, si no la sostiene el Arte de Lulio? El Señor Jacobo dice, que quien está en el centro del Arte de Lulio ve todas las cosas con perfección, y que muy fácilmente puede estudiar todas las Ciencias. Cristóbal Suárez de Figueroa atribuye al Maestro Fr. Luis de León el dicho, tres Sabios hubo en el mundo, Adán, Salomón, y Raimundo, que es lo mismo que decir, que estos tres fueron Sabios con eminencia sobre todos los demás.

24. Pretende satisfacer a este cargo el docto Cisterciense, diciendo que esos elogios no se han de entender con el rigor que yo quiero, sino con las explicaciones que él les da. Pero yo no quiero que se entiendan sino según el sentido obvio, y natural, que presenta la letra; y por el cual se califica la verdad, o falsedad de las sentencias; pues con explicaciones voluntarias no hay desatino que no se pueda trasmutar en verdad; ni verdad, que no se pueda trasmutar en desatino.

25. Lo sexto, de una gran parte de los Aprobantes de Lulio, que se alegan, no se especifica la cita. Setenta y seis he contado de éstos, entre quienes de cuarenta y nueve, o cincuenta, ni aun se nombra el Libro, u Obra en que manifestaron su dictamen. Del resto se nombra el Libro, pero sin expresar el capítulo, disertación, sección, artículo, página, &c.

26. Lo séptimo, de los que tienen especificada la cita muy raro habla sobre el punto cuestionado; esto es, la [281] importancia, o inutilidad del Arte de Lulio. Unos le califican de Santo, y Mártir, sin meterse en la doctrina. Otros meramente le defienden de errores contra la Fe. Otros en general le califican de ingenioso, y sabio. Otros, aun sobre estos capítulos: suspenden el dictamen. Nada de eso se disputa, sí sólo de si el Arte de Lulio es útil, o inútil.

27. Lo octavo, algunos de los Autores, que se alegan a favor de Lulio, son testigos contra producentem. Tales son Wadingo, Don Nicolás Antonio, y los Jesuitas de Amberes.

28. Lo nono, hay en el catálogo muchos Autores obscuros, y de ningún nombre, aunque los Apologistas tal vez suplen esta falta con sus gratuitos elogios. Y adonde no lo hicieron los dos Capuchinos, v.gr. con el Médico Aubri, suple el Maestro Cisterciense. ¿Y qué nos dice el Médico Aubri? Lo que basta para que el Médico Aubri no creamos cosa alguna. Dice en la Disertación 3, num. 22. que este Médico se gloriaba de saber el secreto de la Medicina universal, y verdadera para toda suerte de enfermedades las más desesperadas. Y en el num. 81, que él mismo publicaba, que sabía la Crisopeya, o Arte de convertir los demás metales en oro. Apenas hay hombre cuerdo, que ignore, qué juicio se debe hacer de Autor, que se atribuye estos grandes secretos. Lo mejor es, que habiendo dicho esto en el número 81, en el 82 dice: Los verdaderos Filósofos prácticos guardan para sí estos secretos; y para mí es prueba constante, que mienten los que fanfarrones se jactan de ellos. Raro olvido, y rara contradicción de un número a otro inmediato; sino es que un Lulista, respecto de otro Lulista, tenga privilegio para ser creído, aun cuando para no creerle haya el motivo que basta para no creer a todos los demás. Lo que alega a favor del Médico Aubri, que cita las personas que curaba, sus nombres, y lugares de su habitación, exhibiendo las cartas de gratulación por las curas de los que le habían consultado, nada prueba. Podría hacer muy bien todo esto, aunque de ciento que le consultasen matase los ochenta, pues éstos no habían de [282] resucitar a acusarle de los homicidios; y los que sanaban, creían que le debían la salud, aunque ésta fuese mera obra de la naturaleza, como sucede ordinarísimamente respecto de otros Médicos.

29. Lo décimo, sin razón se cuentan, como Autores aprobantes de la doctrina de Lulio (para completar el número designado), once Reyes, que dieron Privilegios a la Universidad de Mallorca. ¿Quién hasta ahora ha pensado, que dar Privilegios a una Universidad sea aprobar todas las doctrinas, que en ella se enseñan? De ese modo se aprobarían simul & semel doctrinas opuestas, y encontradas; siendo cierto, que es comunísimo enseñar en la misma Universidad doctrinas que pugnen inveritate & falsitate, v.gr. Hay in Divinis distinción formal ex natura rei. No hay in Divinis distinción formal ex natura rei. Aun si en la Universidad de Mallorca no se enseñase otra doctrina, que la de Lulio, vaya que los Privilegios de los Reyes se pudiesen interpretar tácita aprobación de esa doctrina; pero ésta, a lo que entiendo, sólo tiene una Cátedra destinada a su enseñanza, y hay otras muchas, en las cuales para nada se acuerdan de Lulio.

30. Finalmente, ¿por qué se han de contar como aprobantes del Arte de Lulio los nueve Religiosos, cuatro Dominicanos, y cinco Franciscanos, que habiendo de orden del Cardenal Alamano examinado la doctrina de Lulio, la dieron por Católica? ¿Es por ventura ésa la cuestión? Nada menos. Lo que se disputa sólo es, si el Arte de Lulio es útil, o inútil. Añado, que la declaración del Catolicismo de Lulio, que tanto se ostenta, hecha por aquellos nueve Religiosos, sólo cayó sobre tres proposiciones suyas, que se examinaron a ruego de algunos amigos, y parientes del mismo Lulio.

31. Expurgado de este modo aquel gran catálogo, que produjo Ibo Zalzinger, no se hallan en él sino siete pasajes copiados, que favorezcan a Lulio en el punto cuestionado. De éstos los tres sólo se pueden verificar en Mallorca: ¿y qué sé yo si allí se pueden verificar? Otro es de [283] Euvaldo Vogelio, a quien nunca oí nombrar. Cítase éste en un libro, intitulado de Lapidis Physici conditionibus. Si es, como suena, a favor de la Piedra Filosofal, ¿qué aprecio merece su testimonio? Añado, que no se especifica, ni capítulo, ni página, &c. Otro es el que sólo se nombra Señor Jacobo, a quien tampoco conozco. Este es el que dijo el insigne desatino de que quien está en el centro del Arte de Lulio ve todas las cosas con perfección.

32. Los dos restantes son el Padre Atanasio Kircher, y el Padre Sebastián Izquierdo, Autores conocidos, y el uno muy famoso. Pero la aprobación que éstos dan al Arte de Lulio, es tan limitada, tan diminuta, que bien lejos de probar, que su Autor fue ilustrado para formarla, prueba lo contrario; pues el primero sólo califica, la idea en general. Y el segundo tacha la Arte defectuosa por cinco capítulos substanciales, como se puede ver en su Pharus Scientiarum, disput. 23, quaest. 4, número 43. Con que bien echada la cuenta, lo que resulta es, que los Apologistas de Lulio no presentan sino dos Autores conocidos, y no recusables, que aprueban su Arte muy diminutamente (y aun el Padre Izquierdo se puede decir que la reprueba), habiendo yo presentado diez, todos conocidos, y famosos, que absolutamente la condena como inútil.

33. Vuelvo ahora al artículo que quedó suspenso arriba, de lo que alega el docto Cisterciense contra la recusación, que hice del testimonio de los Autores Lulistas, a favor de Lulio. «Alega lo primero, que los Lulistas, aunque es notoria la inclinación a su Maestro, son hombres como los demás, y no son de otra casta sus entendimientos; y no parece verisímil, que sujetos de tan diferentes Naciones, y estados, que ya desde la muerte del B. Raimundo han seguido, y abrazado su doctrina, hubiesen procedido tan engañados, que ninguno hubiese reparado la futilidad, y trampantojo de su Arte; y esto mucho más, cuando por su estado, profesión, empleos, y circunstancias deben reputarse por hombres de razón, e ingenuidad, no concurriendo en ellos algún vínculo, o [284] motivo, como sucede en los que frecuentan la Escuela común, en orden a los Maestros de ella, para abrazar la doctrina de Lulio.»

34. Todo esto no es más que una neblina, que a dos soplos se desvanece. Un ejemplito lo hará todo. Demos que a una Comunidad Religiosa, o a una Religión entera (como ha sucedido muchas veces) le dispute un Prelado Eclesiástico algún Privilegio, o prerrogativa, cuyo derecho aseguran todos los individuos de aquella Religión. Para que el Prelado no pueda legalmente recusar su testimonio, ¿valdrá alegar, que son hombres como los demás, y que por su estado, profesión, empleos, y circunstancias deben reputarse por hombres de razón, e ingenuidad? ¿Quién lo dirá? Ni vale la excepción, que aquí son todos de un estado, y los Lulistas de diferentes; porque la comunidad de estado, por tanto induce el motivo de recusación, en cuanto induce la comunidad de interés: con que siempre que haya comunidad de interés, entra el motivo de recusación. Esta comunidad de interés la hay en todos los Lulistas, porque todos son interesados en que el mundo no tenga la doctrina que siguen por errada, o por inútil. Así no hace al caso el que no los ligue aquel vínculo, o motivo de respeto, que interviene en los que frecuentan la escuela común en orden a los Maestros de ella. ¿Qué importa eso, si los liga otro vínculo más fuerte, que es el del interés, o amor proprio?

35. Lo de que ninguno de los que han seguido, y abrazado la doctrina de Lulio reparó la futilidad de su Arte, se dice muy voluntariamente. Consta de muchos, que en la Religión de San Francisco se dieron con gran tesón al estudio del Arte de Lulio; y aunque encaprichados por algún tiempo de ella, conociendo después su inutilidad, la abandonaron. Y el que hayan sido muchos, y muchísimos los que en la Religión Seráfica se dieron con ardor a ese estudio, se lo persuadirá cualquiera que sepa, que en dicha Religión fue la opinión reinante, que Lulio escribió su Arte ilustrado superiormente para este fin. Supongo, que [285] algunos pocos llevaron adelante su capricho. Bien puede conjeturarse, que parte de éstos lo harían por evitar el rubor de confesar, que hasta entonces habían procedido engañados, pasión harto común en nuestra fragilidad. Otros persistirían por error. Pero ni la persuasión de éstos, ni unidas con ella, ya la confraternidad considerada en Raimundo Lulio, ya su predicada iluminación, fueron capaces de hacer doblar la Religión Seráfica hacia el estudio de este Tercero de su Orden. Lo cual sin duda pendió de haber advertido, que los más adictos al Arte de Lulio no adelantaban más en alguna Ciencia (creo, que ni tanto), que los que seguían el camino trillado de la Lógica de Aristóteles.

36. Pero avancemos más para ver cuán apartado de la verdad va el docto Cisterciense en decir, que ninguno de los que siguieron la doctrina de Lulio reparó en la inutilidad de su Arte. No sólo hicieron esto varios particulares, mas aun Universidades enteras. Los dos Capuchinos, Apologistas de Lulio, nos testifican en su Apología, que hubo un tiempo Escuela pública de la doctrina de Lulio en las tres Universidades de París, Barcelona, y Valencia. ¿Hayla el día de hoy en alguna de ellas? No por cierto. Luego tres Universidades enteras, después de oída, y entendida la doctrina de Lulio, la abandonaron. ¿Y ésta es la pretendida constancia de los instruidos en esa doctrina?

37. El símil con que el docto Cisterciense pretende confirmar, que no es recusable el testimonio de los Sectarios de Lulio a favor de su doctrina, es enteramente fútil. Si valiera, dice, contra los Lulistas este reparo, no valiera a favor de Santo Tomás de Aquino el testimonio de ningún Tomista, &c. En honor de Santo Tomás hay elogios indisputables, como que fue un gran Santo, y que fue un Santo Doctísimo. En elogios, que nadie le disputa, cesa todo motivo de recusar el testimonio. En orden a su doctrina hay cosas que se disputan, y pueden disputarse; v.g. si tal sentencia, u opinión suya es verdadera, o falsa. Y en orden a esto es recusable el testimonio de los Tomistas por [286] los que siguen Escuela, u opinión contraria. Y éste es el caso en que estamos respecto de Lulio. Lo que se añade del testimonio de los Apóstoles, y de los Cristianos a favor de la doctrina de Cristo es muy fuera del caso; pues este testimonio es irrecusable, no por la razón única de ser los que le dan Discípulos de tal Escuela (aunque de parte de los Apóstoles, podría serlo, no por la generalidad de Discípulos, sí por las especiales circunstancias de tales Discípulos) sino por las razones invencibles con que apoyan la verdad de su doctrina.

38. Tampoco vale cosa la reflexión de que sólo los Lulistas pueden dar testimonio seguro del valor de la doctrina de Lulio, por ser los únicos, que con una singular aplicación la han examinado. Lo uno, porque también los Tomistas, con mucho mayor aplicación (por lo común) que los de otras Escuelas, procuraron profundizar la doctrina de su Jefe, sin que por eso se creyese Escoto obligado a ceder a su testimonio, en orden a varias sentencias de Santo Tomás. Lo segundo, porque es increíble, que habiendo habido Escuela pública de la doctrina Luliana en las tres Universidades de París, Valencia, y Barcelona, no floreciesen en ellas algunos sujetos, que penetrasen bien la doctrina de Lulio. Luego habiéndola abandonado aquellas tres Universidades, hubo en ellas sujetos, que, habiéndola examinado bien, dieron de ella un mal informe. De otro modo sería una inconstancia muy torpe la de aquellas Universidades.

39. Y antes de pasar adelante, no puedo menos de decir algo de una exclamación muy intempestiva, que hace el Docto Cisterciense, sobre que yo dije, que citar los Lulistas a favor de Lulio, es lo mismo que si a favor de la Astrología Judiciaria se alegasen los que la profesan: a favor de la Cábala los Cabalistas; y a favor de la Piedra Filosofal los que están infatuados de esta simpleza. Dice, que esta cláusula mía escandaliza. ¿A quién? Será a los Lulistas, porque el cotejo les duele. Y ni el cotejo debiera dolerles, si le entendiesen. Un símil no debe tomarse, sino por aquella [287] parte en que se hace la comparación. En el que yo he propuesto no comparo las Artes de la Judiciaria, Cábala, y Crisopeya con la Arte Luliana; sí sólo la fuerza, o valor que tiene el testimonio de los profesores de aquéllas, con el valor del testimonio de los profesores de ésta a favor de ella. Tomado de este modo (que es como se debe tomar, y como manifiesta la misma letra), el símil es exactísimo; y lo sería aun cuando la Arte Luliana fuese excelentísima, y disparatadas las otras tres; porque su verdad se reduce a la regla general de que nadie es testigo legítimo en causa propria. Supongamos que ocurren dos litigantes a un Tribunal: uno, cuya pretensión es justa; otro desnudo de todo derecho. Cada uno dice que tiene justicia. A la verdad la tiene Pedro, y no Pablo. Pero en cuanto al testimonio, que cada uno da de ella, van iguales. Esto es, no debe hacer más fuerza el de Pedro a favor suyo, que el de Pablo a su favor; porque la regla general de no deber ser nadie admitido como testigo en causa propria, igualmente comprehende a los dos. Verdaderamente es cosa admirable, que un Padre Maestro Lulista, que está con su Arte de Lulio continuamente manejando combinaciones, no haya entendido, la que yo digo en aquella cláusula, estando tan clara; esto es, que en ella no se combina Arte con Arte, sino testimonio con testimonio.

40. Así, perdóneme el Padre Maestro si le digo, que aquella melindrosa exclamación, que después de decir, que se juzga tan honrado por Lulista, como yo por lo que soy, hace por estas palabras: Y ahora (ay miserable de mí) me veo contado en la clase de los Astrólogos Judiciarios, cuya profesión en gran parte está condenada: de los Cabalistas, que no son de mejor talento; y de los Alquimistas, &c. digo, que esa melindrosa exclamación es muy intempestiva. Aliéntese el Padre Maestro: Quiescat vox tua, a ploratu, & oculi tui a lacrimis; que no le ponen ahora en esa clase, por lo que llevo dicho.

41. Pero doy que le pusieran. ¿Pues qué? ¿Esa es una cosa nunca vista, ni oída? Pensaba yo que los Lulistas ya [288] tenían hechos callos, o por lo menos los tenía el Padre Maestro para semejantes invectivas. No leyó en mi Carta lo del Padre Mariana, que dice, que las doctrinas de Lulio más parecen deslumbramientos, y trampantojos con que la vista se engaña, y deslumbra, burla, y escarnio de las Ciencias, que verdaderas Artes, y Ciencias. ¿No leyó asimismo lo que dice el Marqués de San Aubin, que la Lógica de Raimundo no es más que una jerigonza, una colocación de voces en un orden arbitrario, que nada tiene de real? ¿No leyó lo del Sabio Modenés Ludovico Antonio Muratori, que en el Arte de Lulio reconoce no sé qué espíritu de fanatismo, y que no hay en ella cosa que exceda a cualquier vulgar ingenio? ¿No leyó lo de nuestro sapientísimo crítico Don Juan de Mabillon, que en orden a la inutilidad hace el paralelo, que ahora tanto le escandaliza, del Arte de Lulio con la Astrología Judiciaria, y la Piedra Filosofal? Me parece que esto se ve claro en aquellas palabras suyas: Con más fuerte razón se debe exceptuar (de los estudios de los Monjes) la Arte Química, la Piedra Filosofal, la Arte de Raimundo Lulio, que de nada sirve, la Astrología Judiciaria, la Quiromancia, &c. Pues habiendo leído todo esto, y mucho más, que al propósito hay en la citada Carta; ¿para qué son ahora esos melindres, y aspavientos?

42. De todo lo que he escrito en aquella Carta, y en parte de lo que apunto en ésta, consta sobradamente, que en el argumento ab auctoritate estoy muy superior a los Lulistas. ¿Y no me basta esto para fijar mi dictamen, sin ser necesario examinar el Arte de Lulio? Sin duda. Por ventura, para hacer juicio prudente de que son Artes vanas la Judiciaria, la Quiromancia, la Crisopeya es necesario revolver los libros, que tratan de esas Artes? No basta para esto saber, que ése es el concepto, que de ellas hacen muchos hombres sabios, y que rarísimos sujetos de sobresaliente fama, y sabiduría las apadrinan? Pues ése es el caso en que estamos respecto de Lulio. Yo produzco contra ella diez sabios muy conocidos en el Orbe Literario. Produzco el testimonio de tres Universidades, que después de oída, [289] y examinada la doctrina de Lulio, la desterraron. Produzco el común, y general concepto, que de ella se hace en la Religión de San Francisco; la cual, sin embargo de mirar a Lulio como hijo suyo, no la admitió en sus Escuelas, lo que viene a ser una tácita, o virtual reprobación de ella. Por lo menos se sigue, que no miran esa doctrina como derivada de especial iluminación; pues en ese caso deberían preferirla a la del Sutil Escoto; y cuando no eso, darle siquiera parte en sus Escuelas, teniendo en cada Colegio un Lector, que la enseñase. ¿Qué hay de parte de Lulio contra el grave peso de tanta autoridad? Lo que se dijo arriba, que todo casi es nada.

43. A tanta autoridad he agregado también una fuertísima razón, tomada de lo poco que han adelantado los Lulistas en las Ciencias con toda su decantada Arte, y doctrina de Lulio. Dice el Docto Cisterciense (Disertac. 3 número 7.) que por medio del Arte (de Lulio) sabido, puede cualquiera con mayor brevedad, y facilidad, de la acostumbrada perfeccionarse en cada Ciencia. Si esto fuese verdad, nos mostrarían los Lulistas dentro de su gremio algunos gigantes de enormísima estatura en todas, o en muchas ciencias, de modo, que podríamos decir de ellos todos los de las demás Escuelas lo que dijeron los Exploradores Israelitas de los habitadores de la Tierra de Promisión: Ibi vidimus monstra quaedam filiorum Enac de genere giganteo, quibus comparati quasi locustae videbamur. (Num. 13) Pero bien lejos de eso, es tan claro como la luz del mediodía, que no hay dentro de la clase de los Lulistas hombre alguno tan grande en ninguna Ciencia, que en la misma no podamos señalar muchos, sin comparación, mayores de los que siguen otras Escuelas.

44. Este es un argumento terrible contra los Lulistas, y contra su decantada facilidad, y brevedad, que la doctrina de Lulio presta para adelantarse en las Ciencias. De modo, que miradas las cosas a esta luz (y es como deben mirarse) lo que naturalmente se sigue es, que la doctrina Luliana, en vez de facilitar, estorba, o dificulta la perfección [290] de las Ciencias. Digo, que éste es un argumento a que no responderán jamás los Lulistas. Yo le propuse en la citada Carta. Allí le leyó el Docto Cisterciense; y habiendo tenido bastante tiempo para buscar la solución, no pudiendo dar con ella, aunque lo intentó; porque lo que dice al asunto en la Disertación 3, desde el número 11 al 17, sólo descubre la inutilidad de sus conatos para responder. En los números 12, y 13 se divierte en unas generalidades, que ni dicen cosa, ni son del caso, y en los 14, y 15, donde se esfuerza a dar alguna satisfacción, clarísimamente muestra, que ninguna tiene que dar.

45. Todo lo que dice en el número 14 es lo que se sigue: Esto supuesto (lo que supone son las generalidades expresadas) digo, que hacerse un hombre grande en estas facultades (Teología, y Jurisprudencia, &c.) depende de la aplicación a ellas; y como puedan haber dejado los Lulistas de aplicarse a algunas, bien pueden dejar de ser grandes en éstas, sin que por eso deje de ser muy conducente el Arte para todas. Yo confieso, que de los que he visto, los más se han aplicado determinadamente más a una facultad que a las otras, y los que a muchas, o todas se han extendido, lo han hecho con gran brevedad; pero me duelo, que de muchos no se encuentra algunas de sus Obras para hacer ver su adelantamiento. ¿Decirnos esto es más que decir nada?

46. Por una parte quiere dar a entender, que si los Lulistas no han hecho progresos considerables en las Ciencias pendió de la falta de aplicación a ellas. Esto es totalmente increíble, si ellos están persuadidos a lo que nos quieren persuadir, de que su Arte facilita mucho el adelantamiento, y aun la perfección de las Ciencias. Se aplican a ellas infinitos, que con gran dificultad, y trabajo pueden ascender a alguna altura; y sólo los Lulistas, que con mucha facilidad pueden colocarse en la cumbre, se están ociosos en el llano. Por otra parte dice, que los más que ha visto, se han aplicado más a una facultad que a las otras; y los que a muchas, o todas, las han logrado con brevedad. Pues bien. O en alguna determinada, o en muchas, o en [291] todas, muéstrenos algún Lulista, u de su tiempo, u de los tiempos, y siglos anteriores, que sea comparable a los muchos de otras Escuelas, que le mostraremos eminentísimos en cualquier Ciencia que se quiera designar. Y concluye con que se duele, que de muchos no se encuentren algunas de sus Obras para hacer ver su adelantamiento. Por la cuenta, no sólo se encuentran de algunos, mas de ninguno se encuentran; y si se encuentran de algunos, dígannos cuáles. ¡Válgame Dios! ¡Qué gente tan dejada son los Lulistas! Son pocos los que se aplican a las Ciencias; y de esos pocos dejan sepultados los preciosos monumentos por donde habían de dar a conocer al Mundo lo mucho que adelantaron en ellas.

47. El num. 15 empieza así: También confieso ingenuamente, que los Lulistas, en cuanto tengo noticia, no han dejado tantos, y tan grandes volúmenes como muchísimos Autores de la Escuela común; pero bien sabe el Padre Maestro, que en esto no consiste el ser un hombre grande en la Ciencia, sino en que lo mucho, o poco que escribe esté fundado en sólida doctrina, y proceda científicamente; esto es, por demostración en lo que trata.

48. Yo no me meto, ni hablo palabra de si los volúmenes escritos por los Lulistas son muchos, o pocos, grandes, o chicos. Lo que he dicho, y digo es, que con muchos, o pocos, grandes, o chicos, nos señalen los Lulistas respecto de cualquier Ciencia, escogiendo la que quisieren, alguno de los suyos tan famoso en el Orbe literario o como muchos que les señalaremos de otras Escuelas, respecto de esa misma Ciencia. A esto se debe satisfacer. Todo lo demás es andar arriba, y abajo buscando mosquitos para presentarlos a quien busca faisanes.

49. Pero vaya: quiero estrecharme a los términos en que se pone mi contrario, y atacarle dentro de las líneas en que procura atrincherarse. Digo que convengo en que un solo libro pequeño, en que el Autor proceda por demostraciones sobre materia en que los demás no pasaron de probabilidades, basta para constituirle grande, y [292] grandísimo. ¿Pero hay algún Lulista que llegase a esto? Si mostraren al Mundo no más que un pequeño cuaderno compuesto por algún Lulista en la forma dicha, convendré en que es más sabio, que Santo Tomás. En efecto, los elementos de Euclides: que componen un pequeño libro, pero todo demostrativo, hicieron el nombre de su Autor inmortal en el Mundo. Menos papel ocupan los Logaritmos del Escocés Juan Nepero, que floreció en el siglo pasado; con todo bastaron para que por ellos se dijese Sapientiores sumus Antiquis. Lo dicho dicho. Parezca el más pequeño libro de algún Lulista, que proceda por demostraciones en materia en que los demás no arribaron a más que a argumentos probables, y estamos compuestos. Pero éstas son baladronadas, como las del Médico Aubri, imitador en ellas de Helmoncio, de quien fue Sectario, que ofrecía curar a todos, y de todo por medio de su Alkaest, o remedio universal; constando por otra parte de su misma confesión, que no acertó a curarse a sí mismo, ni a su mujer, ni a una hija suya. Véase el Tercer Tomo del Teatro Crítico, Discurso 2. num. 34, donde de paso noto una rara equivocación (si no fue ignorancia) del Cisterciense, que a la página 114 toma por lo mismo el Archeo, que la Medicina universal. Archeo en el Idioma Helmonciano no significa el remedio de las enfermedades, antes bien la causa de ellas. No sé cómo pudo ignorar esto, si leyó el libro del Médico Aubri.

50. En el número siguiente, prosiguiendo en el empeño de responder a mi argumento, me acusa de incauto en haber improperado a los Lulistas Españoles el ser tan desconocidos, que no hizo memoria de ellos Don Nicolás Antonio en su Biblioteca, y para el desengaño me remite al Tomo segundo de su Biblioteca antigua, lib. 9, cap. 3. donde dice hace honorífica mención de muchos Lulistas Españoles. Respondo, que no dije tal generalmente, o en común de los Lulistas Españoles, sí sólo de dos, Lobet, y Montalvo. Véase mi citada Carta, num. 37. De Lober ya confiesa el Cisterciense, que no hace memoria Don Nicolás [293] Antonio. De Montalvo dice, que éste es nombre, no de la persona, sino de su patria: que su apellido era Dagui; pero yo busqué con todo cuidado este apellido en los índices de apellidos de los Autores, así de la Biblioteca antigua, como de la nueva, y protesto, que no le hallé. Con que creo que en esto se equivocó el Cisterciense, como en otros muchísimos puntos.

51. Lo de que en el lugar que éste me cita del segundo Tomo de la Biblioteca antigua hace Don Nicolás Antonio mención honorífica de muchos Lulistas Españoles, es verdad en cuanto al substantivo de mención, pero no en orden al adjetivo de honorífica. Hace el Bibliotecario en aquel lugar enumeración de algunos Autores, que escribieron sobre el Arte de Lulio; pero es enumeración simple, sin una palabra que suene a aprobación, o reprobación, elogio, o vituperio de ninguno de ellos. Y así la honorificencia la pone el Apologista Cisterciense de su casa. Pero una particularidad, que no es para omitir, noto en aquel catálogo; y es, que en él están comprehendidos como Lulistas Juan Enrico Alstedio, Enrico Cornelio Agripa, y Jordán Bruno. De los cuales, el primero está condenado en el Expurgatorio de España por Hereje entre los de primera clase. El segundo, puesto en la misma clase, así en el Expurgatorio de España, como en el Indice Romano, hecho de orden del Concilio Tridentino. Y sobre el tercero véase Moreri, verbo Brunus (Jordanus), donde se hallará, que este mal hombre atacó las verdades más constantes de nuestra Santa Fe; y que se dice, que por impío fue quemado en Roma el año de 1600. No hace memoria de su persona, ni de sus Escritos nuestro Expurgatorio. No tendrían acá noticia de ella, ni de ellos; lo que ha sucedido respecto de otros muchos Herejes.

52. No es esta nota imtempestiva para la contienda en que estoy. Es el caso, que los Lulistas pretenden, que nadie escribió con más luz que su Jefe para persuadir las verdades Católicas; y parece que no fue muy eficaz en orden a este fin la pluma de Lulio, pues a tres amantes de [294] sus principios no pudo con ella arrancar de sus errores. Yo no sé si con buen derecho pretendió salvar de igual nota a Raimundo de Sabunde, cuya Teología Natural al contrario pretendía yo estar condenada en nuestro Expurgatorio; porque en su segundo Tomo, pag. 176, col. 2, se leen estas palabras: RAYMUNDUS DE SABUNDE, eius Theologia Naturalis, seu liber creaturarum de homine, & natura eius, a Raymundo de Sabunde ante duo saecula conscriptus, nunc autem latino stylo oblatus a Ioanne Amos Comenio. Amstelodami apud Petrum Vandemberg.

53. Pretende, digo, el P. Cisterciense, que por estas palabras no se condena absolutamente el Libro de Raimundo de Sabunde, sí sólo la edición que de él hizo en Amsterdam Juan Amos Comenio; pero a mí me parece lo contrario. Lo primero, porque la letra expresa claramente, que se condena aquel mismísimo libro, que dos siglos antes había escrito Raimundo de Sabunde, a Raymundo de Sabunde ante duo saecula conscriptus: luego no sólo la edición que dos siglos después se hizo en Amsterdam. Lo segundo, porque a Juan Amos Comenio no se le atribuye alguna alteración de la substancia de aquel libro, sí sólo haberle impreso puesto en la lengua Latina. Lo tercero, porque en la Regla 13 del Expurgatorio se declara, que los libros prohibidos en una impresión quedan prohibidos de otra cualquiera, mientras no constare de la corrección.

54. Lo que alega el Cisterciense, que vio ese libro en tal, o cual Librería, no hace fuerza, pues pudo introducirse en ella con ignorancia invencible de la prohibición; ¿porque quién hay que aunque haya repasado todo el Expurgatorio diez veces, retenga en la memoria todos los libros, que en él se prohiben? Y finalmente, aunque le concedamos graciosamente haber librado de la Inquisición a Sabunde, ahí le quedan otros tres Lulistas, con quienes no podrá ejercer la misma obra de caridad.

55. Pero volviendo a la acusación, que me intenta, sobre haber dicho yo, que los Lulistas Españoles son tan obscuros, o tan de ningún nombre, que no hace memoria de [295] ellos Don Nicolás Antonio, no sólo me quejo de la injusticia que me hace en atribuirme a que dije de los Lulistas Españoles indefinidamente, lo que expresamente particularicé a dos, Montalvo, y Lobet; mas también de que esta acusación en el lugar donde la introduce es totalmente importuna. Lo que allí cuestionamos es, si entre los Lulistas hubo algunos tan eminentes en las Ciencias, como muchos de la Escuela común, que fueron insignes en ellas. ¿Qué hace al caso para esto el decir, que los Lulistas Españoles no son tan despreciables, que no haga Don Nicolás Antonio memoria de nueve de ellos? No hay medio, y aun grandísima latitud entre no ser Autores totalmente despreciables, o arrinconados, y ser famosos en el Orbe literario? Pero éste es un ordinarísimo recurso del Cisterciense, cuando se ve apretado, divertir la conversación a alguna fruslería inconducente. A cuyo fin nos introdujo también en su Libro tantos elogios, que dan los Lulistas, no sólo a Lulio, mas también unos a otros, como si no supiésemos lo mucho que estos Señores procuran honrarse recíprocamente.

56. Lo mejor es, que pecando él tanto por el lado de gastar muchísimo papel en lo que nada hace al caso de la cuestión, quiera imputarme a mí este vicio. Sobre lo cual será bien ponderar un graciosísimo pasaje suyo.

57. Había yo en el num. 44 de mi citada Carta, notado de no merecido un elogio, que, según refieren los dos Apologistas Capuchinos, dieron ciertos Doctores de París a la Arte de Lulio, diciendo, que era, no sólo buena, y útil, mas aun necesaria para defender la Fe Católica. Opuse a esto, que la voz necesario, cuando no se restringe, se entiende del necesario proprie, & simpliciter; y tomada en este sentido la proposición, se siguen de ella grandes abusos, que están muy a los ojos. Y luego añadí: Pero aun explicada de la necesidad impropriamente, o secundum quid tal, no es admisible; ¿porque qué efectos se han visto hasta ahora del Arte Lulista en orden a la conservación de la Fe? Y en caso que se hayan visto algunos, no quiero, [296] ni puedo creer, que no se lograsen más ventajosos, substituyendo a la doctrina de Lulio la de San Agustín, o Santo Tomás.

58. No pudo leer esto sin indignación el Padre Cisterciense; y la indignación fue tal, que le hizo prorrumpir en voces tan poco correspondientes a su buena crianza, modestia, hábito, y carácter, que sólo puede creerlas el que las lee en su proprio Escrito. Después de transcribir las dos últimas líneas de aquel pasaje mío inmediatamente, así a secas, y sin llover, me dispara estas palabras en impersonal: ¿Quién le mete en estas comparaciones? Hable formal, y al caso, pues esto no es sino tocar un reclamo para conmover a todo el Mundo, que tanto venera la doctrina de estos Santos.

59. ¿Quién no ve en estas palabras representar al vivo un Maestro de Niños, que está con la férula en la mano amenazando a un chicuelo, y reprehendiéndole, porque dijo alguna bachillería? Señor Maestro (iba a decirle, disculpándome, y prometiendo la enmienda, como haría el párvulo corregido). Pero no. Hablemos como se debe hablar, que nos oye todo el Mundo. Carísimo hermano, y señor mío, ruégole encarecidamente, que no ocupe tanto la memoria en recordar su profesión de Lulista, y su Discipulato de Zalzinger, que enteramente se olvide de que es Monje Benito, y Monje Benito de la extremamente Venerable Congregación Cisterciense. Digo esto, no sólo por avisarle de la obligación a una modesta cortesanía, que un tan santo, y tan noble Instituto inspira; mas también para advertirle, que de hablarme con ese modo magistral, insultante, y soberano, no sacará mi carísimo hermano otra cosa, que dar que reír a los que lo lean. Pero vamos al caso.

60. Digo, que ni haciendo aquella comparación me metí en lo que no debiera, ni dejé de hablar formal, y al caso. Los que se meten en lo que no deben, y no hablan formal, ni al caso, sino impertinentísimamente son los Lulistas, que a su Jefe quieren coronar con elogios, no sólo [297] indebidos, sino extravagantes; v.g. los que dicen, que su doctrina es una quinta esencia de la de Santo Tomás; los que claman, que el que está en el centro de ella, ve todas las cosas con perfección; y en fin (dejadas otras cosas), los que nos intiman, que el Arte de Lulio es, no sólo buena, y útil, mas aun necesaria para defender la Fe Católica. Es verdad, que ahora el Apologista Mallorquín contradice sobre esto último lo que dijeron de dos Capuchinos Valencianos. Con que yo no sé a quién crea. Lo que se me hace más verisímil es, que los Lulistas inconsideradamente echan estas gloriosas de su Jefe; y después, cuando les dan en los ojos con la extravagancia, no hallan otro recurso, que dar pasos hacia atrás, o negando, o interpretando violentamente los dichos.

61. En lo que dice mi carísimo hermano, que hacer aquella comparación, es tocar un reclamo para conmover a todo el Mundo, que tanto venera la doctrina de San Agustín, y Santo Tomás, le aseguro, que está muy engañado. El Mundo se estará muy quieto, y los que saben quiénes son San Agustín, y Santo Tomás, y que la conservación de la Fe sería la misma, aunque no hubiese habido Lulio en el Mundo, se reirán grandemente a cuenta de los que me movieron a hacer aquella comparación.

62. Lo que me dice mi carísimo hermano, para representar algo tolerables los monstruosos elogios de Lulio, que éste en Bona, Ciudad de la Africa, convirtió sesenta Filósofos a la Fe de Cristo, en caso que lo crea, le protestó, que no es formal, ni al caso. Porque pregunto: ¿los convirtió con los preceptos, y reglas del Arte sobre que disputamos? Gran dislate, si lo dicen. Pues lo demás no es formal, ni al caso. Quizá responderán, que el Arte, dirigiendo a raciocinar con acierto, sirvió para proponer a aquellos Infieles los argumentos, con tal eficacia, que los convenciesen. ¿Pero si el Arte fuera capaz de hacer esas maravillas, o fuera creíble que las hiciese, no se aprovecharían de ella muchos de los innumerables Misioneros, destinados a la conversión de los infieles? Lo que se debe [298] creer es, que si fue verdadera esa prodigiosa conversión, Lulio se valdría para ella de aquellos fuertes argumentos, que persuaden las verdades de nuestra Santa Fe, y de que con insignes frutos se valieron tantos varones Apostólicos antes que hubiese Lulio en el Mundo.

63. ¿Pero sería verdadera esa conversión de tantos Filósofos? Sus dificultades tiene el caso. La primera, que se juntasen tantos Filósofos en Bona. La segunda, que, convertidos tantos Filósofos, que serían todos los sabios del País, no los llevase tras sí a la verdadera Religión.

64. Todo lo que hasta ahora he propuesto puede convencer a mi hermano el Cisterciense, si es algo dócil, de que yo no necesité examinar el Arte de Lulio para conocer su inutilidad. Lo cual recopilado se reduce a estos cuatro capítulos.

65. El primero, la autoridad de diez sabios, famosos Críticos indiferentes en la cuestión, los cuales soberanamente desprecian el Arte de Lulio, cuando los contrarios no pueden alegar a favor de ella, ni aun dos de igual valor.

66. El segundo, que la Religión de San Francisco no introdujo el Arte de Lulio en sus Aulas, lo cual hiciera sin duda, si la creyera tan útil como predican los Lulistas, estimulándole a ello la hermandad del Hábito. ¿Y quién duda, que si la Arte de Lulio fuese, no digo más sino tan útil, como la Lógica de Aristóteles, por el honor de la Religión debieran preferir el Cristiano, y Religioso al Filósofo Gentil? Es verdad, que la Religión Seráfica permite a uno, u otro de sus individuos defender en públicos Escritos a Lulio, y predicar la excelencia de su Arte; pero si éstos no pueden persuadirlo a los mismos Religiosos Franciscanos, ¿cómo quieren que los creamos los demás?

67. El tercero, haber repelido la doctrina Luliana, después de conocida, las tres Universidades de París, Barcelona, y Valencia.

68. El cuarto, no haber producido hasta ahora la doctrina Luliana algún hombre, en ninguna de las Ciencias, igual a muchos eminentísimos en ellas, que se formaron en [299] otras Escuelas; lo cual enteramente convence de falso lo que dicen los Lulistas, de que su Arte es el mejor instrumento, que hasta ahora se ha hallado, para lograr con brevedad, y perfección todas las Ciencias. Y este argumento se pone en el supremo grado de urgentísimo, con la advertencia de que no nombrándose en el prolijo Catálogo de Zalzinger más que once Lulistas de primera clase, que especifico en el número 73 de mi citada Carta (aunque se admita en el número el Padre Izquierdo, que no debiera entrar), ninguno se halla en todos ellos, que fuese eminente en alguna Ciencia. Explicaráme este ejemplo. ¿Si yo viese los individuos de una República todos aplicados a adquirir riquezas, los más con las industrias ordinarias; pero algunos mediante algún artificio, de que particularmente se hubiesen encaprichado, teniéndole por más conveniente que todos los comunes, y triviales para hacerse ricos; y examinados los caudales de unos, y otros, hallase, aun a proporción del número, mucha más riqueza en los primeros, que en los segundos, y que entre éstos ninguno había opulento, no debería hacer juicio de que acertaban el medio los primeros, y le erraban los segundos? La aplicación está corriente.

69. Todo esto, por más que le amargue a mi hermano el Cisterciense, es formal, y al caso; pues prueba con la mayor evidencia, que sin ver el Arte de Lulio, puede hacer recto juicio de su inutilidad.

70. Mas ya que mi hermano tantas veces me ha inculcado la necesidad de ver ese Arte, no porque lo haya creído, ni porque la lectura de su libro me haya movido a ello, le intimo ahora, que ya he visto el Arte, y algo más que el Arte, y le tengo en mi Librería, sin haber hecho diligencia alguna para lograrle; porque ha tres años, de su proprio motivo, me envió de Monserrate un Monje Catalán un libro, en que, no sólo está el Arte parva, mas también otros Tratados de Lulio, cuales son el Libro de los Correlativos, el Tratado de Venatione meddi inter subiectum, & praedicatum: el de Conversione subiecti, & predicati [300] per medium: el de Substantia, & accidente; y el de Demonstratione per aequiparantiam: todo impreso en Palma, Capital de Mallorca, el año de 1744. ¿Y qué resultó de la inspección que hice de dichos Escritos de Lulio? Que peor está que estaba. Porque dejando aparte aquellas tablas combinatorias de algunos conceptos generales; v.g. bondad, magnitud, potestad, virtud, duración, contrariedad, en las cuales el Padre Izquierdo, como insinué arriba, halló cinco defectos substanciales; todo el resto es un montón confuso de proposiciones inconexas, las más que nada explican, muchas falsas, no pocas absurdas, puestas en un lenguaje, que el Padre Wadingo pronunció ser, no sólo bajo, desigula, y feo, mas aun a cada paso bárbaro, verum & pasim barbarus. Esto se verá por algunos ejemplos.

71. En el primer capítulo, que intitula de Deo, nos dice lo primero: Deus est discurribilis per principia, & regulas. La voz discurribilis ¿en qué Diccionario se hallará? Lo segundo: In Deo no est aliqua contrarietas. ¿Esto no lo sabía todo el Mundo antes que lo dijese Lulio? Lo tercero: In Deo differentia correlativorum. Esto de los correlativos es cierta greguería Luliana, que toca a uno de los Tratados arriba expresados, y en que hay infinito que notar. Lo cuarto: In Deo est concordantia. Lo quinto: In Deo non est quantitas, nec tempus, nec ullum accidens. Y esto es todo lo que nos dice de Dios en una hoja de octavo. Con la advertencia, de que las pruebas suelen echar a perder con su ineptitud, y confusión lo que pueden tener de verdad las proposiciones.

72. El segundo capítulo es de Angelo, donde después de definirle: Angelus est espiritus corpori non coniunctus, no nos da más nociones de él, que las que expresan estas dos proposiciones: In Angelo est maioritas, la que prueba de que es más semejante a Dios que el hombre. Y in Angelo est differentia; y la prueba es, nam suus intellectus, memoria, & voluntas differentes sunt inter se.

73. El tercer capítulo es de Coelo, y en este caso nos da la [301] venerable noticia, de que el Cielo es dotado de instinto, y apetito natural, in ipso sunt instinctus & appetitus naturalis; lo que, en cuanto a la primera parte, cada uno entenderá como pudiere, que yo no quiero detenerme en adivinanzas.

74. El cuarto es de Homine, donde nos da una definición del hombre, que debemos estimarle mucho: Homo est animal homificans, que construida la voz bárbara homificans, quiere decir, el hombre es un animal, que hace, o puede hacer hombres. Y estaba tan satisfecho de esta definición suya; que en la parte, o sección siguiente, que intitula de Aplicatione Artis, cap. 3. cuyo título es de Quaestionibus secundae figurae, la cuestión tercera, que allí propone, es; ¿Utrum ista definiio sit magis ostentiva dicendo sic homo, est animal homificans vel homo est ens, cui proprie competit homificare: quam ista, homo est animal rationale mortale? Y con gran serenidad responde, que mejores son aquellas definiciones que esta. Et dicendum quod sic. Y en la prueba, que da para esto, muestra claramente, que ignoraba que la definición debe constar de género, y diferencia.

75. Pero en esto de definiciones tiene raras especiosidades. V.gr. define la Potencia Imaginativa, cui proprie competit imaginari: la Sensitiva, cui proprie competit sentire: la Vegetativa, cui proprie competit vegetare: la Elementativa (que así la llama), cui proprie competit elementare: la Justicia, habitus, cum quo iustus agit iuste: la Prudencia, habitus, cum quo prudens utitur prudenter: la Caridad, habitus, cum quo habens propria bona, illa facit communia. ¿No es una bella definición de la caridad aquella en que no se hace mención alguna de su primario objeto motivo, y terminativo, que es Dios, o la Bondad Divina? La Gula, habitus cum quo gulosus est incarceratus in posterum in infirmitate, & paupertate. ¡Que jerigonza! Como si no hubiera hartos golosos ricos. Pero de definiciones diremos después mucho más. Ahora veamos cómo resuelve algunas cuestiones.

76. En el capítulo, que intitula de Quaestionibus novem [302] subiectorum, a la cuestión ¿Quid est Deus? Dice se ha de responder: Deus est ens qui tantum agit in se ipso quantum ipse est. A la inmediata: Quid habet Deus in se ensentialiter? Prescribe se responda: Habet suos correlativos sine quibus non posset habere immensas, & aeternas rationes. Estas respuestas las da así secas, sin explicación alguna, pasando inmediatamente a otra cosa.

77. En el capítulo de Quaestionibus Coeli, de seis cuestiones, que propone, la primera es: ¿Utrum Coelum moveat se ipsum? La respuesta es: Respodendum est, quod sic; ut sua principia habeant correlativa substantialia, & propria per suas constellationes. ¿No es buena prueba de aquella respuesta disparatada esta algarabía? Pues así lo deja, sin explicar nada.

78. La tercera cuestión es, ¿utrum Angelus moveat Coelum? Respuesta: Respondendum est, quod non; quia si moveret, iam tiva correlativorum Coeli essent inferius & bilia superius. El tiva, y el bilia son expresiones Lulianas, que los Lulistas pretenden se reciban como misteriosas, sólo porque son bárbaras, o terminaciones de voces bárbaras; v. gr. en el Libro de los Correlativos, pag. 26 y 27, possificativum, possificabile, a que se sigue la hermosura de las voces possificans, y possificabilitas. Pero aun explicando, como ellos quieren, el tiva, y el bilia en la prueba de aquella respuesta, dicha prueba no deja de ser un disparatorio de primera clase.

79. La cuarta cuestión es, ¿utrum Coelum habeat animam motivam? La respuesta: Dicendum est quod sic. Y la razón: Nam aliter sensitiva, & vegetativa non haberent animas motivas, nec elementa haberent motum. Esto ya se entiende, pero tal es ello. Asiente Lulio a la absurda, y desterrada sentencia de que los Cielos son animados, que llevaron algunos Antiguos, a quienes siguió el Rabino Moisés Maimónides; y porque esto no se pueda interpretar de las inteligencias motivas de los Cuerpos Celestes, acabamos de ver, cómo en la tercera cuestión niega, que los Angeles muevan el Cielo. La prueba parece toma del universal [303] influjo de los Cielos, juzgando que éstos no pueden influir en plantas, y animales, que gozan de alma vegetativa, y sensitiva, sin que ellos tengan una, y otra. De que se puede inferir, que no tiene al Cielo por causa equívoca, sino unívoca; y siéndolo, podrá definirse el Cielo animal coelificans, como el hombre animal homificans. También si el Cielo es vegetativo, se puede esperar, que vaya creciendo hacia nosotros, y algún día se vean los hombres en el Cielo, sin dejar la Tierra.

80. En el capítulo de Quaestionibus Angeli no propone más de dos cuestiones, que son: ¿Angelus de quo est? Et cuius est? Da dos respuestas. La primera: Respondendum est, quod est de se ipso; sua enim essentia non potest esse punctualis nec linealis. ¿Puede responder mejor, ni con más claridad? La segunda es, que est de suis correlativis spiritualibus, scilicet de suis tibis vilibus, & are, ex quibus est compositus. La inteligencia de éstas, que parecen voces de Cábala, pertenece al Tratado de los Correlativos, de que diremos cosas admirables en adelante, dándonos Dios vida, si saliere algún nuevo defensor de Lulio, como es posible; porque aunque los Lulistas ven, que cuanto más lo urgan, peor lo ponen, no tratan de escarmentar. Y para entonces dejamos otras cuestiones tan bellamente deducidas como las pasadas. Y volvamos a las definiciones, que como éstas son las basas de las Ciencias, por las de Lulio se puede conocer su gran sabiduría. Propondré algunas muy curiosas, con que nos regala en el capítulo, que intitula de centum formis; y todo él consta de definiciones sin explicación alguna.

81. Primera: Entitas est causa, ratione cuius ens causat aliud ens. Segunda: Unitas est forma, cui proprie competit unire. Error Metafísico, que puede inducir error Teológico. A la unidad compete no unir, sino identificar. En la Esencia Divina, y Atributos, y en estos entre sí hay unidad; pero no unión, sino entidad. Tercera: Natura est forma, cui proprie competit naturare. ¿Qué más dijera el mismo inventor de las definiciones? Cuarta: Simplicitas [304] est forma, quae magis distat a compositione, quam aliud ens. Quinta: Compositio est forma aggregata ex pluribus essentis. Muy bien vendrá esta definición a la composición de partes integrales.

82. Sexta: Plenitudo est forma a vacuitate remota. Esto sólo quiere decir, que lo lleno no está vacío, lo cual no es más que perogrullada. Séptima: Diffusio est forma, cum qua diffundens diffundit diffundibile. Octava: Digestio est forma, cum qua digerens digerit digestible. ¡Notables secretos nos revelan estas definiciones! Nona: Punctuitas est essentia puncti naturalis existentis minoris partis corporis. Décima: Corpus est substantia punctis lineis, & angulis plena. ¿Y si el cuerpo es esférico, tendrá ángulos? Undécima: Umbra est habitus privationis lucis. Si es hábito, será cosa positiva.

83. Duodécima: Proportio est forma cui proprie competit proporcionare. Décimatercia: Dispositio est forma, cui proprie competit disponere. Décimacuarta: Misericordia in aeternitate est idea, in praedestinatione autem creatura. ¡Embolismo! Décimaquinta: Fortuna est accidens inhaerens subiecte: & fortunatus est homo dispositus ad illam. Mala Filosofía, y peor Teología. Décimasexta: Ordinatio est forma, cui proprium est ordinare. Décimaséptima: Perfectio est forma cui, proprie competit perficere in subiecto perfecto. Décimaoctava: Alteratio est forma nata in alterato.

84. Decimanona: Inventio est forma, cum qua intellectus invenit inventum. Vigésima: Similitudo est forma, cum qua assimilans assimilat sibi suum assimilatum. ¡Qué hermosura! Si es posible mejorar, parece que cada vez va mejorando. Vigésimaprimera: Musica est ars inventa ad ordinandum multas voces in uno cantu. ¿Pues qué? ¿No hay también música de una voz sola, como la del clarín? ¿No cabe, y se ejecuta la modulación con una sola voz? Vigésimasecunda: Logica est ars, cum qua Logicus invenit naturalem conjunctionem inter subiectum, & praedicatum. ¿Y no hace más que eso la Lógica? Es verdad, que la Lógica de Lulio aún no llega a eso, como vemos en muchas de las proposiciones, [305] que hemos repasado, donde el predicado de forma no es adaptable al sujeto.

85. Vigésimatercia: Navigatio est ars, cum qua Nautae per mare sciunt navigare. Otra que bien baila. ¿El ejercicio de navegar es el arte de navegar? ¡Qué bien viene aquí el predicado al sujeto! Vigésimacuarta: Conscientia est forma, cum qua intellectus affligit animam de commissis. Tampoco aquí es adaptable el predicado al sujeto, porque se confunde un efecto particular de la conciencia con la conciencia misma, la cual esencialmente no es otra cosa, que aquel dictamen de la razón, el cual intima lo que hic, & nunc se debe obrar, u omitir.

86. ¿Para qué más? ¿No basta, y sobra ya? Esto es el Arte de Lulio, que tanto se matan sus Sectarios sobre que se lea, para hacer recto juicio de ella. ¿No fuera mejor callar? Si la colección de los Tratados de Lulio, que tengo presente, no se hubiese impreso en la Capital de Mallorca cinco años ha, con aprobación, y permiso de los Superiores, y juntamente no correspondiese a las noticias, que anteriormente tenía del Arte de Lulio, creyera que esta colección se había compuesto por algún enemigo de Lulio, y de los Lulistas para hacerlos irrisibles. Sin embargo, el Colector, que por otra parte me honra con el epíteto de Eruditísimo, en la admonición al Lector me capitula como de inconsiderado, por haber impuesto al Arte de Lulio la nota de inútil, en quien insinúa tener alguna esperanza de que en viéndola mudaré de dictamen. Los fundamentos, que tuve para condenarla antes de verla, quedan expuestos arriba, y cualquiera Lector razonable conocerá, que son gravísimos. Ahora que ví el Arte estoy enteramente convencido de la inutilidad de ella. Si los Lulistas dieren en porfiar, y quisieren presentar algún otro Campeón en la palestra, les aseguro, que me quedan bastantes fuerzas reservadas para el nuevo combate, pues hasta ahora me pareció justo no usar más que de las precisas.

87. Advierto a Vmd. que yo podría impugnar al Cisterciense sobre varios puntos particulares, que toca, y en [306] que tiene poca razón. Pero dejo de hacerlo: lo uno, porque son inconducentes a la substancia del asunto. Lo otro, porque no quiero extender este Escrito más allá de los términos de Carta: que eso de componer un Libro entero para impugnar otro Libro, se debe dejar para los que no pueden darse el baño de Autores de otro modo. Nuestro Señor guarde a Vmd. &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 272-306.}


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