José Ignacio Borunda
 
1740-1800

Abogado novohispano nahuatlato aficionado a la historia, nacido en Querétaro hacia 1740, que en pleno delirio interpretador, afectado por los descubrimientos de 1790 en la Plaza de Armas de la capital de la Nueva España, retomó gratuitas suposiciones que se remontaban a Carlos de Sigüenza y Góngora y otros, que imaginaban que Quetzalcóatl era Santo Tomás Apóstol, y creyó haber confirmado en etimologías y jeroglíficos tan extravagante especie, que el apóstol Santo Tomás había cristianizado personalmente aquellas tierras quince siglos antes de su descubrimiento por los españoles, y que además la Virgen de Guadalupe no está pintada sobre la tilma de Juan Diego, sino sobre la capa de Tomás, apóstol de México, &c. El trastornado Borunda escribió una alucinada Clave historial, en la que se inspiró el fraile dominico Servando de Mier Noriega para componer el famoso sermón que pronunció el 12 de diciembre de 1794 en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, ante el Arzobispo de México y el Virrey de la Nueva España, sermón que le valió ser desterrado diez años al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, Santander. (Ver el Dictamen de los canónigos José de Uribe y Manuel de Omaña, de 21 de febrero de 1795.)

Pieza encontrada el 13 de agosto de 1790 identificada con Coatlicue, madre de HuitzilopochtliPieza encontrada el 17 de diciembre de 1790, reloj solar azteca
Piezas prehispanas encontradas bajo la Plaza de Armas de la ciudad de México en 1790 que excitaron la imaginación de José Ignacio Borunda: la estatua identificada con Coatlicue, descubierta el 13 de agosto, ante la que se hacían crueles sacrificios humanos, que se colocó en el patio de la Universidad, y el reloj solar mexicano, descubierto el 17 de diciembre, que servía para señalar los sacrificios humanos en el día Nahui Ollin, y que se colocó al pie de la nueva torre de la Catedral

En 1790 Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla (1740-1799), segundo Conde de Revillagigedo, virrey de la Nueva España (1789-1794), dispuso que se saneara y excavara la Plaza de Armas de México, antes de empedrarla, apareciendo entonces varias reliquias prehispánicas bien interesantes: Durante años la estatua de Coatlicue estuvo en el patio de la Real y Pontificia Universidad de México el 13 de agosto de 1790 se descubrió la estatua en la que ya Antonio León y Gama vio a la diosa Teoyaomiqui y a su compañero Huitzilopochtli, y símbolos de Cohuatlycue, madre de Huitzilopochtli, «ante esta misma estatua se hacían los crueles sacrificios de cautivos que echaban al fuego» –hoy es conocida como estatua de Coatlicue–, que se colocó en el patio de la Real y Pontificia Universidad («el peñasco de la universidad»); y el 17 de diciembre de 1790 («día memorable por haber sido el mismo en que se tomó posesión de la ciudad por el rey de España el año 1521», recuerda León y Gama, pág. 10) se descubrió el reloj solar mexicano –también Cuauhxicalli 'cuenco de águilas', Piedra del Sol y Calendario Azteca–, que servía para señalar los sacrificios humanos en el día Nahui Ollin (León y Gama entiende que las imágenes de la estatua de Coatlicue están también representadas en la piedra solar, «por donde conocían diariamente los sacerdotes las horas en que debían hacer sus ceremonias y sacrificios») y que por su morfología no zoológica, reducida a reliquia científica, Durante 95 años la Piedra del Sol estuvo adosada a la torre nueva de la catedral de México prescindiendo de sus componentes religiosos y sacrificiales («por lo cual se debe considerar esta piedra como un apreciable monumento de la antigüedad mexicana, para el uso de la astronomía, de la cronología y de la gnomónica, prescindiendo de los demás usos que de ella hacían los sacerdotes gentiles para su astronología judiciaria», pág. 92), creyeron políticamente prudente asumir e incorporar al mismo pie de la nueva torre de la Catedral católica, donde se mantuvo hasta finales del siglo XIX («Borunda se mantiene firme en que la piedra de la torre es el verdadero Teomaxtli, o libro de Dios»). Se ha calculado que la primera pesa doce toneladas y la segunda veinticinco... «Borunda asienta que fueron, no conducidas, sino impelidas al sitio en donde está hoy México desde el Sur, ya por erupciones volcánicas, ya en fuerza del gran terremoto de la muerte de Jesucristo...», se lee en el Dictamen, &c. (Antonio de León y Gama –1735-1802– publicó en 1792 su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México se hallaron en ella el año de 1790, que reeditó ampliada Carlos María de Bustamante en 1832.)

«Naturaleza de los peñascos esculpidos. 1.º No son ya desanimadas memorias como las escritas desde el Siglo décimo sexto, faltas unas de sentido y alteradas otras, sino dibujadas por idioma de la Nación, tratada entonces de Mexicana, las que presentan tres bien abultados volúmenes figurados en roca opaca, que con su magnitud trina en ancho, grueso y largo, y con la gravedad específica o peso peculiar de su dureza, están dictando haberse elegido tales, tanto para recuerdo de los sucesos que mencionan, cuanto para que su natural permanencia advirtiese a los venideros el lugar de donde fueron impelidos. Ellos no producen con ácido, hervor en sus recientes quebraduras, aunque puedan haberlo apuntado en su tez o superficie, cubierta en más de dos y medio Siglos, por tierra de osamentas calizas en su naturaleza. La de los peñascosos volúmenes es igual a la de la mayor prominencia de la serranía de nuestro Sur, donde su núcleo desnudo, aparece más opaco como expuesto al viento, sol y lluvia, y que por muchos días conserva alguna irregular nevada. A tal roca se trata tambien de arenosa por su principal basa o principio compositivo comun al de la amoladera, que es la arena, de que [12] no sólo se manifiestan bancos o capas horizontales en el corte vertical de la misma serranía, sino que se anotó tambien nacionalmente en una de sus colinas o alturas de segundo órden, en lo interno, la amoladera, a la población, distinguida entre quienes no son naturales, por San Gerónimo, de barranca abundante en ella, cuyo compuesto es de arena en piedra.
Lugar de donde vinieron. De aquella altura expuesta y dominante a esta ciudad situada como a cuatro leguas por su visual dirección, resultan venidos estos y otros muchos peñascos sobre que se estableció su centro, dictándolos impelidos, tanto la igualdad de naturaleza con los permanentes en la elevación de la Serrania y los monumentos volcánicos que conserva, unos en sus haldas y basa y otros en sus cumbres, cuanto los geroglificos de los mismos peñascos; sin vestigio en costumbres nacionales, de máquina con que pudiera haberlos dirigido la industria, y habiendo costado más de un mil pesos a esta Santa Iglesia Catedral, la conducción del segundo hallado, desde el lugar de su invención, por espacio de... hasta el pié de una de sus torres, donde permanece, y cuando el estado de las máquinas tiene el adelantamiento a que no llegaron ni en el Siglo próximo anterior al nuestro.» (Borunda, Clave..., págs. 11-12 de la edición de 1898)

«Nuestro católico monarca el señor don Carlos 3º que en paz descanse, muy poderoso señor por su cédula de 22 de diciembre del año de 90 ordenó a instancia de la Real Academia de la Historia se solicitasen sujetos peritos que averiguasen la verdadera de este reino» (Fray Servando de Mier, en los primeros apuntes que entregó a su superior, al día siguiente del sermón del 12 de diciembre de 1794.) Y el licenciado José Ignacio Borunda, que era abogado de la Real Audiencia y de su ilustre Colegio, estimulado por aquellos descubrimientos y por la cédula real, ya en 1791 se había ofrecido a la Academia de la Historia:

«Que ni la que ha escrito es Clave historial sino para inteligencia de las figuras nacionales americanas, solicitada por la Real Academia de Historia, en real cédula de veintidós de diciembre del año de mil setecientos noventa, dirigida a esta Real Audiencia y sobre la cual se presentó el que responde al mismo tribunal en el de noventa y uno…» (Borunda respondiendo en la causa abierta a fray Servando)

Pero no debieron hacerle a Borunda mucho caso. Bajo el reinado de Carlos III se asiste a un cierto enfrentamiento entre la Real Academia de la Historia (dirigida desde 1764 por Pedro Rodríguez de Campomanes, institución que desde 1755 había asumido colegiadamente el cargo de «Cronista mayor de Indias», sin que mostrara de hecho mayor interés por las cosas de América) y Juan Bautista Muñoz (1745-1799), a quien Carlos III había nombrado en 1770 Cosmógrafo Mayor de Indias, que recibió en 1779 el encargo, con auspicios y auxilios públicos, de elaborar la Historia del Nuevo Mundo (que sirviera para contrarrestar las leyendanegristas obras del clérigo francés Guillermo Raynal, 1770, y del clérigo inglés Guillermo Robertson, 1772). Para este cometido Juan Bautista Muñoz se dedica a localizar por España las fuentes documentales necesarias, siempre de acuerdo con José de Gálvez, ministro de Indias; y ambos dos son quienes ejecutan el antiguo proyecto de reunir en una solo edificio toda la documentación relacionada con las Indias, decidiéndose en noviembre de 1781 que la inutilizada Casa Lonja de Sevilla pasase a convertirse en Archivo General de Indias: en 1785 se trasladó de Simancas a Sevilla el Consejo de Indias, y en 1790 Juan Bautista Muñoz podía ya redactar las Ordenanzas de la nueva institución.

Dos años antes la Real Academia de la Historia había nombrado a Juan Bautista Muñoz académico numerario («Doctor en teología por la Universidad de Valencia, Cosmógrafo Mayor de S. M. y Oficial de la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Gracia y Justicia de Indias; Académico de la Real Academia de Ciencias de Lisboa, de la Real Sociedad Médica de Sevilla, y socio Literato de la Bascongada. Admitido en 28 de setiembre de 1788», Memorias de la Real Academia de la Historia, tomo 1, Madrid 1796, pág. CXXXV) y en agosto de 1791 entregaba el historiador oficial de Indias un primer texto a la Academia, para su examen y censura: cuatro censores dedicaron diez sesiones extraordinarias semanales a revisar algunos escrúpulos que se habían suscitado, hasta que el Consejo, el 8 de enero de 1792, por Vía Reservada de Indias, les ordenó que cesasen la revisión, pues ya estaba la obra suficientemente vista, examinada y aprobada, hiriendo no poco el amor propio de más de un académico (Memorias…, tomo 1, Madrid 1796, págs. LXVIII-LXX).

Por cierto, este primer tomo de Memorias de la Real Academia de la Historia (1796), tras un recorrido por la vida de la institución desde su fundación en 1735, se abre con un ensayo de Francisco Manuel de la Huerta titulado: «Disertación sobre si la mitología es parte de la historia, y cómo debe entrar en ella» (págs. 1-34). Y en su pág. XXXIV, se reseña que, el 30 de enero de 1794, el ilustrado historiador del Nuevo Mundo, Juan Bautista Muñoz, había presentado y leído ante la institución su Discurso histórico-crítico sobre las apariciones y el culto de nuestra Señora de Guadalupe de México. A pesar de la delicadeza con la que Muñoz transita por este ejemplo de «si la mitología es parte de la historia», entre el clero comenzó pronto a preocupar que un historiador oficial del Estado comenzase a remover tales asuntos (todavía en 1820 el Cura del Sagrario de la Catedral de Méjico, José Miguel Gudiri Alcocer, publico una Apología de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe de Méjico, en respuesta a la disertación que la impugna).

Adviértase cómo un biógrafo de Juan Bautista Muñoz comete un anacronismo que le impide entender la sucesión de los hechos como realmente se produjeron:

«En fecha tan temprana como 1783, Larrañaga, archivero amigo de Muñoz, que estaba por entonces en Simancas, escribía al cosmógrafo para anunciarle el envío de unos Informes relativos a Nuestra Señora de Guadalupe de México. Un año más tarde, el 18 de abril de 1794, Muñoz leía ante la Real Academia, que por entonces juzgaba su Historia, su Memoria sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México. Esta Memoria había sido llamada originalmente por su autor Discurso histórico-crítico sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México. Muñoz estaba pasando por entonces una delicada situación de salud pero ello no le imposibilitó el entrar de lleno en un tema que por aquellos momentos generaba bastante polémica, a raíz del discurso del mejicano fray Servando Teresa de Mier sobre la Virgen de Guadalupe, que si bien no nos ha llegado el original, se ha reconstruido en sus ideas centrales…» (Nicolás Bas, El cosmógrafo e historiador Juan Bautista Muñoz (1745-1799), Universidad de Valencia 2002, pág. 177.)

Al margen de que en abril de 1794 la Academia ya no juzgaba la Historia del Nuevo Mundo de Muñoz (como reconoce la Memoria publicada en 1796 antes citada), ¡el sermón del dominico Mier tuvo lugar el 12 de diciembre de 1794! No fue Juan Bautista Muñoz quien entró en un tema polémico «a raíz del discurso del mejicano fray Servando», sino que fue el clérigo dominico, iluminado por el frustrado y extravagante licenciado José Ignacio Borunda, quien a partir del 12 de diciembre de 1794 removió el frágil equilibrio que la historia y la mitología podían mantener respecto de la Virgen de Guadalupe en momentos cruciales para la alianza entre en Trono y el Altar, reciente además la quiebra del Antiguo Régimen por la Gran Revolución (al ciudadano Luis Capeto, ex-Luis XVI, se le había aplicado la guillotina el 21 de enero de 1793, noticia que causó gran conmoción cuando llegó a México).

Al amanecer del 24 de agosto de 1794 un clérigo encontró «fijado en la esquina que llaman de Provincia, que lo es de este Palacio, y por consecuencia de los parajes más públicos de esta Capital, el papel sedicioso o seductor» que arrancó e hizo llegar inmediatamente al Virrey (el 12 de julio acababa de tomar posesión del cargo Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte, casado con María Antonia Godoy, hermana del Príncipe de la Paz) en el que se decía: «Los más sabios son los franceses. El seguirlos en sus dictámenes, no es absurdo. Por mucho que hagan las Leyes nunca podrán sofocar los gritos que inspira Naturaleza.» Inmediatamente comenzó la localización y detención de revolucionarios franceses o afrancesados, de manera que en septiembre y octubre de 1794 se abrieron procesos contra diez y siete sospechosos.

La búsqueda de conspiradores se realizaba desde diferentes instancias: la Inquisición en su terreno, el alcalde del Crimen por un lado, y por otro el alguacil mayor de la ciudad de México, Joaquín Romero de Caamaño, quien contó con la extraordinaria colaboración del licenciado Borunda, inicialmente como intérprete de la lengua francesa, pues algunos de los extranjeros detenidos no hablaban bien español, y después como verdadero detective imaginativo. El investigador mexicano Gabriel Torres acaba de publicar en 2005 sus divertidas indagaciones sobre la causa judicial contra el peinador de damas francés Vicente Lulié (Vincent L'huillier, conservada en el AHN, Madrid, Estado, legajo 4178, 2ª), que desde 1789 servía como 'ayuda de cámara' de Rafael Bachiller, asesor del anterior Virrey, Revillagigedo, de quien Branciforte (en carta a su cuñado Godoy de 4 de octubre de 1794) dice que no sólo ha consentido «mas también amparado a los autores del actual sacrílego fanatismo» revolucionario filofrancés.

Al peluquero francés se le incautaron hasta 35 documentos, papeles y cartas, en su mayor parte intrascendentes, al parecer, pero que sometidos a la lupa de Borunda resultaron probar toda una conspiración, que denunció en unas «Reflexiones que del extracto precedente resultan contra la persona a quien se encontraron los documentos de que proceden, y las hace el mismo licenciado Borunda, para que pueda servir de gobierno a su tiempo». Así, asociando Borunda la marca de un aspa advertida en uno de los pasaportes de Lulié con las indicaciones que el franciscano José Torrubia había ya publicado en 1752 en su Centinela contra francmasones, dedujo que:

«todo ello hace resultar sospechosa la certificación y aspa de franquicia, y que el individuo asentado en el pasaporte del año de setenta y nueve por Vicente L'huillier, o era el Morué advertido a su reverso, por correo de Burdeos a París, apropiado de la certificación de bautismo [...] sacada en el año de 68, o si es el contenido en ella, se hizo faccionario de la contraseña de la Aspa.» (apud Gabriel Torres, pág. 73)

Gracias a la dedicación analítica de Borunda (sólo en el caso Lulié «ocupé en este extracto y reflexiones, coordinación de documentos de letra extranjera, sin entender en otra cosa, trece días. Lic. Borunda») el alcalde Caamaño, tras interrogar al peluquero, pudo concluir que se trataba de un «individuo muy sospechoso, a más de otras advertencias que se han hecho en sus cartas, que corroboran la sospecha de haber sido un hombre muy nocivo al Estado y tal vez a nuestra santa religión». De resultas de estas causas, el 10 de diciembre de 1794 (dos días antes del sermón guadalupano de fray Servando) el Virrey Branciforte ordenó a los intendentes de las provincias de la Nueva España que arrestasen a los franceses, con embargo de bienes, y los enviasen a la cárcel de corte de México.

De manera que a finales de 1794 no sólo tenía ya dispuesto para su publicación José Ignacio Borunda un libro manuscrito titulado Clave historial, que había presentado a unos religiosos agustinos para su consulta, religiosos que al parecer le daban largas..., sino que se encontraba asolutamente entregado a la localización de peligrosos revolucionarios francmasones, que querían cortar la cabeza a los reyes y acabar con la religión... [Diez y seis años después el cura Hidalgo gritaría en Dolores: «No hay remedio: está visto que los Europeos nos entregan a los Franceses: veis premiados a los que prendieron al Virrey y relevaron al Arzobispo porque nos defendían, el Corregidor porque es criollo está preso; ¡adios religión! sereis Jacobinos, sereis impíos: ¡adios Fernando 7º! sereis de Napoleón. –No padre, gritaron los Indios, defendámonos: viva la Virgen de Guadalupe! ¡viva Fernando 7º! –Vivan pues, y seguid a vuestro cura, que siempre se ha desvelado por vuestra felicidad», en versión del propio Servando Teresa de Mier, publicada en 1813.]

Y a principios de diciembre de 1794 tuvo la suerte de que el padre dominico Servando de Mier (1765-1827), que andaba apurado preparando el importante sermón que debía pronunciar el día de la Virgen de Guadalupe, delante del Virrey y del Arzobispo, es decir, de las máximas autoridades del Trono y del Altar de la Nueva España, pues había recibido el encargo con poco más de dos semanas de antelación, sabedor de Borunda como gran innovador en el asunto, al haber incorporado a su relato los elementos que su imaginación había visto en las reliquias prehispanas encontradas bajo la Plaza de Armas en 1790, solicitase su ayuda.

Borunda encontró en fray Servando su mejor propagandista, y gracias a la causa que se formó tras el famoso sermón, pudo lograr Borunda que clérigos críticos (en la línea del Teatro crítico universal que Feijoo había dejado terminado medio siglo antes) pudiesen analizar, y hasta pitorrearse, de sus impresentables especulaciones de espontáneo y loco. Análisis y pitorreos que hubiesen quedado sepultados entre los documentos de los autos así formados si Juan Evaristo Hernández y Dávalos (1827-1893) no los hubiese exhumado en su Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 1821 (6 vols., México 1877-1882 –disponible en versión digital por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM–, tomo III, 1880, nº 1, «Causa formada al doctor Fray Servando Teresa de Mier, por el sermón que predicó en la Colegiata de Guadalupe el 12 de diciembre de 1794»), de donde a continuación reproducimos aquellos que se refieren más directamente a Borunda.

Al día siguiente del sermón en el que las ideas de Borunda fueron propagadas, disueltas entre otras, por la potente voz del predicador dominico, el arzobispo Alonso Nuñez de Haro y Peralta decretó lo siguiente pidiendo explicaciones a fray Domingo Gandarias, provincial de la Orden de Predicadores:

«México 13 de diciembre de 1794.– Por cuanto en la festividad de la milagrosa aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, que se celebró el día de ayer 12 del corriente diciembre en su Insigne y Real Colegiata; a presencia nuestra, y asistiendo también el excelentísimo señor virrey de este reino marqués de Branciforte, la Real Audiencia, y demás tribunales, predicó un sermón el padre doctor fray Servando Mier, de esta provincia de Santiago de Predicadores en que propuso por asunto: Que esta portentosa imagen no fue pintada en la capa o tilma del indio Juan Diego, como sostiene la constante y recibida tradición que de ella tenemos, sino que fue estampada en la capa de Santo Tomás apóstol desde los principios del primer siglo de la Iglesia viviendo aun en carne mortal la Santísima Virgen, sobre lo que vertió en el mismo sermón otras muchas proposiciones escandalosas, milagros supuestos, y especies ridículas y vanas; desde luego le suspendemos por ahora el uso y ejercicio de las licencias que tiene de predicar, y mandamos exhiba y presente ante nos el indicado sermón para examinarlo con la atención y cuidado que demanda la gravedad de la materia, y tomar las providencias que convengan, a cuyo efecto, y que así se le haga saber, se pondrá el correspondiente oficio al reverendísimo padre provincial de la expresada provincia. Así lo decretó y firmó su excelencia el arzobispo mi señor.– Alonso, arzobispo de México.– Una rúbrica.– Ante mí, doctor don Manuel de Flores.– Secretario.– Una rúbrica.»

Inmediatamente, el 14 de diciembre de 1794, «entre diez y once de la mañana» compareció ante el Arzobispo «su excelencia el reverendo padre maestro fray Domingo Gandarias provincial de ésta de Santiago de Predicadores», para entregar las licencias de predicar del padre doctor fray Servando Mier, y nueve hojas manuscritas por el padre Mier con los apuntes de su sermón.

Pero el día 23 de diciembre el Cabildo reunido en la Sala capitular de Santa María de Guadalupe, aunque juzga remediado el daño que pudo causar el sermón del día 12, «con todo el escándalo causado en el público, y continuos clamores de los habitantes de México por una satisfacción pública, nos estrechan a suplicar a vuestra excelencia se sirva condenar por falsas, impías y temerarias las proposiciones del expresado sermón por separarse de la tradición comúnmente recibida no solamente en la América sino también en una gran parte de la Europa…».

El Arzobispo decreta al día siguiente encargar un informe «a los señores doctores y maestros don José Patricio Uribe, y don Manuel de Omaña y Sotomayor canónigos penitenciario y magistral de Nuestra Santa Iglesia Metropolitana, a fin de que reconozcan y censuren dicho sermón, y nos expongan su dictamen». El 29 de diciembre de 1794 los censores Uribe y Omaña no se conforman con los apuntes entregados por Mier:

«Se hace increíble que el padre Mier habiendo de predicar en un día tan solemne, a presencia del auditorio más respetable, tomando por materia una cosa nueva e inaudita, tejida de términos del idioma mexicano que el padre ni entiende, ni sabe hablar, ni escribir, no hubiese extendido el sermón a la letra, ni hubiese formado otros muchos apuntamientos de las noticias e ideas que le ministraron los autores de esta nueva historia. Y aunque él dijo a su reverendísimo padre provincial que no se quedaba con cosa alguna, no es temeridad sospechar que el padre doctor hubiese puesto en poder de otros ya el sermón y ya otros papeles para decir que él no se quedaba con cosa alguna. Éste parece un efugio inventado para eludir las justas providencias de vuestra excelencia ilustrísima y para poder negar que él dijo muchas de las cosas que efectivamente expresó y que no constan de los apuntes. (…) Y siendo uno de ellos la averiguación de este punto, vuestra excelencia si lo estimare por conveniente, se servirá mandar que el padre doctor Mier declare bajo la sagrada religión del juramento si escribió, dictó otro sermón, apuntes, o papeles acerca de esta materia; si aunque no los tenga en su poder los ha roto, o destruido de algún otro modo, prestado, donado, o depositado en otro poder, expresando la persona. Importa mucho más y aún es de todo necesario para la censura de este sermón averiguar el origen y fuentes donde ha bebido el padre Mier la que llama Historia genuina, clara y manifiesta. No intentamos que el padre Mier se extienda en pruebas, discursos, o conjeturas de su asunto. Los hechos históricos (y mucho más los muy remotos de nuestra edad y prodigiosos) no constan, ni se asientan sino por monumentos, Escrituras o tradición. Deberá pues también el padre doctor Mier declarar sencilla y concisamente si la historia que ha producido la ha leído en algún autor impreso, o manuscrito; si por monumentos, deberá declarar quién le ha interpretado los monumentos y la etimología de las voces mexicanas, puesto que él ignora este idioma; y últimamente si por tradición, que diga cuál es ésta, si tiene las notas de universal, invariable, y constante; que diga por qué conducto ha llegado a su noticia; expresando últimamente si él es el autor original de estos pensamientos, o si los ha recibido de otros declarando qué personas sean.»

No dejó pasar el tiempo el Arzobispo, que decretó que se hiciera todo tal como lo pedían Uribe y Omaña, y ese mismo 30 de diciembre de 1794, «don Juan Mariano Díaz, notario mayor de nuestro provisorato de indios, a quien cometemos la práctica de esta diligencia y más que sean necesarias para este asunto» pasó al convento de Nuestro Padre Santo Domingo para hacerle una serie de preguntas, entre ellas las siguientes que, con sus respuestas, figuran en el acta correspondiente incorporada a la causa, apareciendo por primera vez el nombre de José Ignacio Borunda:

«Preguntado: si la historia que produjo en el citado sermón la ha leído en algún autor impreso, o manuscrito; dijo:
Que en cuanto a muchos fundamentos de que resultan las pruebas, e historia, los ha leído en autores impresos; pero que en cuanto al cuerpo de la misma historia se le ha instruido y a viva voz, y la ha leído en autor manuscrito, que se intenta dar a luz, dedicada a nuestro augusto soberano (que Dios guarde.)
Preguntado: cómo se titula el libro manuscrito que cita en su anterior respuesta, de qué trata, y quién es su autor; dijo:
Que no se acuerda bien del título, por haber atendido más a las notas que contienen la historia de su sermón; pero que le parece titularse: Clave Historial, y en la cual, con un aparato grande de erudición, con un profundo conocimiento de la lengua mexicana, y aún otomí, con concordancia de historias, alegorías, y tradiciones, explica, y descifra el peñasco que está en los patios de la universidad, y el que está al pie de la nueva torre de catedral, ambos excavados en el anterior virreinato; que con esta ocasión se deducen notas en que se trata de la venida del apóstol Santo Tomás a este reino, de la historia de Nuestra Señora de Guadalupe, de la de los Remedios, y se insinúa algo de otras imágenes de origen incógnito. Que esta obra se halla todavía en borradores, y que su autor es el licenciado don José Ignacio Borunda.
Preguntado: quién le interpretó el contenido de los dos monumentos que cita en su anterior respuesta; si sabe el idioma mexicano, o quién igualmente le interpretó la etimología de las voces mexicanas, que pronunció el citado día doce de diciembre; dijo:
Que se remitía a la respuesta antecedente; que apenas percibe el idioma mexicano, y las voces mexicanas que pronunció en el citado día se las interpretó el mismo autor Borunda, en cuya obra se hallan explicadas.
Preguntado: si el libro manuscrito de que ha hecho mención, tiene las notas, de universal, invariable, y constante; por qué conducto tuvo noticia de él, y si los particulares de los pensamientos que produjo y predicó fueron parto de su ente, o los recibió de otras personas, exprese quiénes sean estas; dijo:
Que no entendía la primera parte de la pregunta, que con tales notas como suenan no conocía sino la Sagrada Biblia; que en cuanto a la segunda parte de la pregunta, el libro es bien conocido en México; que sobre la tercera parte de la pregunta, ha satisfecho ya en la tercera respuesta. Y que todo lo declarado es verdad, so cargo del juramento que lleva fecho en que se afirma, y ratifica, habiendo leído sus respuestas, a las que agregó los borradores que menciona el reverendo padre declarante en su primera respuesta, que comprenden treinta y dos fojas, que igualmente rubricó conmigo, y entre ellos se comprende lo que tenía escrito para el sermón que de la misma Santísima Señora iba a predicar a la iglesia de Religiosas Capuchinas de esta capital, y lo firmó de que doy fe.»

José Ignacio Borunda, explícitamente implicado en la causa por fray Servando, quedaba «empapelado» al día siguiente:

«México 31 de diciembre de 1794.– Vista la anterior declaración; mandamos que se pase oficio al excelentísimo señor virrey pidiéndole se sirva mandar al licenciado Borunda que entregue todos los papeles y documentos que tuviere pertenecientes a la historia, que se enuncia, para instruir más este expediente; y que lo exhibido por el padre Mier y lo que exhibiere dicho licenciado pase a los señores censores. Así lo decretó y rubricó su excelencia el arzobispo mi señor.– Una rúbrica.– Ante mí doctor don Manuel de Flores.– Secretario.– Una rúbrica.»

Y ese mismo día el representante de la Iglesia se dirigía al representante del Estado:

«Excelentísimo señor. El sermón que el padre doctor fray Servando Mier dominico predicó en nuestra presencia el día 12 de éste en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe pasé a la censura de los señores doctores y maestros don José Uribe y Don Manuel de Omaña canónigos penitenciario y magistral de esta mi santa Iglesia. Éstos echando menos varias cosas de las que predicó aquél, me pidieron mandase que dicho padre declarase bajo de juramento, si tenía o no otros papeles, que dijese el origen y fuentes de la que llama historia genuina clara y manifiesta, y que entregase todo lo que tuviese perteneciente al indicado sermón.
En efecto ha entregado otros papeles, y ha declarado, que el cuerpo de la historia indicada lo ha tomado de un manuscrito que se intenta dar a luz por el abogado licenciado don José Ignacio Borunda vecino de esta ciudad, en que explica, y descifra, los peñascos que están uno en los patios de esta Real Universidad, y otro al pie de una de las torres de esta catedral, de que se deducen notas, en que se trata de la venida del apóstol Santo Tomás a este reino, de la Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, de la de los Remedios, y de otras imágenes de origen incógnito.
Y conviniendo mucho para la instrucción de este expediente la vista de la insinuada obra del licenciado Borunda y más papeles y documentos que tenga relativos a ella; suplico a vuestra excelencia se sirva mandar que los entregue todos por inventario, y que declare bajo de juramento que no le quedan otros pertenecientes a este asunto ni los tiene prestados ni en poder de otra persona.
Nuestro Señor guarde a vuestra excelencia muchos años. México 31 de diciembre de 1794.– Excelentísimo señor.– Alonso arzobispo de México.– Excelentísimo señor marqués de Branciforte.»

El 6 de enero de 1795 el representante del Trono le responde al representante del Altar:

«Excelentísimo e ilustrísimo señor.– Luego que recibí el oficio de vuestra excelencia ilustrísima de 31 de diciembre último mandé que el licenciado don José Ignacio Borunda, exhibiese la obra de que trata; y con efecto ha entregado el manuscrito adjunto en treinta y cinco fojas, titulado Clave general de jeroglíficos americanos, habiendo declarado bajo la religión del juramento que no tiene en su poder otros papeles relativos al asunto, y que los de las citas de su obra los prestó al religioso dominico fray Servando Mier, que predicó en nuestra presencia el día 12 del mismo diciembre en la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe.
Paso dicho manuscrito a vuestra excelencia ilustrísima para los fines que lo ha solicitado en su referido oficio, y espero me lo devuelva vuestra excelencia ilustrísima cuando haya servido a la censura que se hace del sermón del padre Mier.
Dios guarde a vuestra excelencia ilustrísima muchos años. México 6 de enero de 1795.– Excelentísimo e ilustrísimo señor.– El marqués de Branciforte. Una rúbrica.– Excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo.»

El proceso continua, el 20 de enero fray Servando «se retracta de la falsa doctrina que publicó en su sermón guadalupano confesando haber errado», pero los censores no se olvidan de Borunda:

«Excelentísimo señor.– Para que se instruya con la posible claridad y brevedad el expediente que se sigue sobre el sermón guadalupano que predicó el padre doctor Mier publicando en él el sistema que le enseñó el licenciado Borunda, juzgamos muy conveniente que vuestra excelencia ilustrísima mande que dicho licenciado declare bajo la sagrada religión del juramento si todo lo que ha escrito en su Clave historial relativo a la aparición de María Santísima de Guadalupe y a otras imágenes sagradas lo ha comunicado a otros de palabra o por escrito; si ha dado a otros copia de su clave, expresando quiénes sean; e igualmente si sabe que estos le hayan entregado o dado traslados a otros de dicha clave; y que se nos pase la declaración que hiciere sobre estos particulares.
La jurisdicción de vuestra excelencia ilustrísima en esta parte está expedita, porque se trata de averiguar si se ha difundido y en qué modo, un sistema escandaloso y perturbador de la piedad cristiana, que promueve nuevos milagros, no reconocidos ni aprobados por la silla apostólica, ni por la autoridad episcopal.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años. México 20 de enero de 1795.– Excelentísimo señor.– José Uribe. Una rúbrica.– Manuel de Omaña. Una rúbrica.– Excelentísimo e ilustrísimo señor doctor don Alonso Núñez de Haro.»

Y el día 22 de enero de 1795 el interrogado es José Ignacio Borunda, en su propia casa:

«En la ciudad de México a veintidós de enero de mil setecientos noventa y cinco años. Para cumplir con lo mandado en el superior decreto anterior, siendo presente en la casa de su morada el licenciado don Ignacio Borunda abogado de esta Real Audiencia y de su ilustre colegio, para que haga la declaración que piden los señores censores en su representación inmediata le recibí juramento que hizo por Dios Nuestro Señor y la señal de la Santa Cruz bajo el cual prometió decir verdad en lo que fuere preguntado. Y siéndolo con arreglo a los particulares de la citada representación dijo: Que ni la que ha escrito es Clave historial sino para inteligencia de las figuras nacionales americanas, solicitada por la Real Academia de Historia, en real cédula de veintidós de diciembre del año de mil setecientos noventa, dirigida a esta Real Audiencia y sobre la cual se presentó el que responde al mismo tribunal en el de noventa y uno; ni lo escrito han sido más que en borradores, sin que se haya sacado copia alguna, y los cuales ha manifestado no para enseñanza como se asienta, sino para que teólogos doctos e instruidos, le dijesen lo que les pareciere sobre los mismos apuntes, en los cuales no hay milagro alguno nuevo; y que a quienes manifestó dichos apuntes fue a los reverendos padres maestros fray Juan Antonio Chávez, y fray Fulano Lecuna religiosos de San Agustín e inteligente este último en el idioma de los mexicanos, quien aunque falleció el día primero del corriente, puede el otro reverendo padre maestro decir el juicio que éste formaba de los apuntes; que después que a dichos reverendos padres, los llevó, y entregó a uno de los dos señores censores doctor y maestro don José Uribe para que los viese, y quien después como de un mes que los tuvo en su poder, dijo al que declara no haber tenido tiempo para leerlos, y que no los publicase hasta que no los leyese dicho señor. Que como quince días antes del sermón de que se trata, ocurrió el padre doctor Mier al que declara, para que le dijese lo que supiera tocante a la misteriosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, y que habiéndole manifestado dichos apuntes, como a doctor teólogo y predicador notorio para que si calificase en calidad de tal alguna, o algunas de sus especies como adecuadas para panegírico lo formase según le pareciese, pero habiéndole advertido el que declara, que ellas requieren el tratado difuso que se manifiesta en los mismos borradores, los cuales envió a dicho padre doctor después del sermón para que manifestase los fundamentos, y por habérselos pedido al que declara, pues ni jamás ha visitado a dicho padre ni le conocía hasta que según tiene asentado paso a verle para lo referido; que no ha dado copia de los borradores, ni menos se han quedado con traslado de ellos los dos religiosos que antes cito ni otra alguna persona. Y que lo declarado es la verdad so cargo del juramento que tiene fecho en que se afirmó y ratificó haciendo presente a su excelencia ilustrísima y que quien aun en apuntes y borradores los ha manifestado a personas timoratas, y de literatura para que le digan el juicio, que formasen sobre ellos, se halla tan distante de fines siniestros, que antes por el contrario lo ha hecho con el de servir a nuestra santa madre Iglesia católica, a la monarquía, y al Estado y como que se solicita la averiguación de la verdad en la mencionada real cédula. Y finalmente, que también hace presente que a dichos señores calificadores, no asiste inteligencia en el idioma mexicano especialmente en los sentidos compuesto, y alegórico que contiene a más del vulgar, y los cuales son notorios, a las personas juiciosas que por muchos años, los han observado, y lo comprueban las citas de impresos que se apuntan, en los mencionados borradores.
Y lo firmó de que doy fe.– Licenciado José Ignacio Borunda.– Una rúbrica.– Juan Mariano Díaz, notario.– Una rúbrica.
México 22 de enero de 1795.– Vistas las anteriores respuestas del padre doctor Mier, y del licenciado Borunda, mandamos que pasen a los señores censores del sermón de aquél. Así lo decretó y rubricó su excelencia el arzobispo mi señor.– R.– Una rúbrica.– Ante mí doctor don Manuel de Flores, secretario, Una rúbrica.»

Tardaron un mes don José de Uribe, canónigo penitenciario, y don Manuel de Omaña, canónigo magistral de la Iglesia metropolotinana de México, en entregar el «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», que les había encargado el Arzobispo, y que rubricaron en México el 21 de febrero de 1795.

Supone este informe el máximo reconocimiento que pudieron recibir las extravagantes teorías de José Ignacio Borunda, «el sistema de Borunda», pues aunque las doctrinas del autor resultasen trituradas por la contundente crítica filosófica de los dos canónigos, bien sazonada de ironía, ha logrado que podamos recordar al menos a Borunda como causa de dictamen tan ejemplar, sin duda una de las producciones filosófico prácticas más acabadas de la Nueva España en el siglo diez y ocho. Basten aquí unos párrafos iniciales y finales que inviten al lector a la íntegra lectura de tal Dictamen:

«Por la declaración que ha dado el padre doctor fray Servando Mier, de orden de vuestra excelencia ilustrísima consta ya en forma lo que sabían muchos y presumían los más; esto es, que el padre Mier no ha hecho, sino publicar en el púlpito los pensamientos originales del licenciado don Ignacio Borunda, sobre la aparición de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. (...)
El predicador manifiesta claramente la persuasión en que se mantiene de ser verdaderas las ideas del licenciado Borunda en su libro manuscrito intitulado Clave historial, que intenta darlo a luz y dedicarlo a nuestro augusto soberano.
Pero en obsequio de la verdad y para que no se impute al licenciado Borunda la falta de que es culpable el padre Mier, debemos hacer presente: que dicho licenciado aunque le comunicó al predicador a repetidas instancias sus pensamientos, no tuvo parte en que los publicara en el púlpito; pues antes bien procuró en algún modo retraerlo de esto. (...) Por lo que no es nuestro ánimo culpar al licenciado Borunda, y protestamos sinceramente; que cuanto dijéremos sobre su sistema debe referirse a la obra y no al autor, a quien no pretendemos injuriar ni zaherir. (...)
Para calificar nosotros el sermón del padre Mier no necesitábamos hacernos cargo del sistema de Borunda, ni exponer el juicio que formamos de él. (...).
Trataremos, pues, antes de calificar el sermón, del ridículo y delirante sistema borundiano, indicando algunas reflexiones que demuestran: que los delirios de Don Quijote de la Mancha, variada la materia, no se concibieron sólo en el festivo celebro de Cervantes.
En efecto el licenciado don Ignacio Borunda nos parece un Don Quijote histórico mexicano, que imaginándose, como el manchego que se dolía tanto de ver enteramente perdida la caballería, no haber historia alguna fiel mexicana, haber sido todos sus historiadores unos ignorantes del idioma, tradiciones, religión y costumbres de las naciones del Nuevo Mundo, quiso él resucitar esta muerta y perdida historia. No extrañe vuestra excelencia esta alegoría, que por ridícula podría parecer menos propia del serio y grave asunto que tratamos; porque cuando hablamos de delirios y de hombres delirantes es necesario explicarnos de esta manera y usar tal vez de una clase de estilo, que según la máxima de Horacio suele ser muy eficaz y propio para el convencimiento.
        Ridiculum acri
        Fortius et melius magnas pleruntque secat res.
El licenciado Borunda hombre de muy buenas costumbres, aplicado y que no carece de talento, es por otra parte de un genio oscuro, tétrico y recóndito, que desde su juventud en el Real Colegio de San Ildefonso daba no pocos anuncios de una fantasía expuesta a perturbarse. Dedicado en estos últimos años al idioma mexicano, y proporcionándole algunas comisiones relativas a indios por su profesión de abogado, el trato con éstos, y los viajes a varios de sus pueblos, se creyó y a en disposición de hacer su primera salida y desagraviar al orbe literario de los entuertos históricos que ha recibido de cuantos historiadores de Indias han escrito hasta el día....»

«Si los resultados (para hablar con los propios términos del autor) de las interpretaciones borundianas son contrarios a lo que enseñan comúnmente los historiadores eclesiásticos y profanos, a las tradiciones eclesiásticas, y a una sana razón, no es necesaria la inteligencia de los sentidos compuesto y alegórico de la Clave de Borunda, que en su última declaración rehúsa que se llame Clave historial, y hubiera acertado si dijera que ni es historial, ni es clave. Ella no es otra cosa como hemos demostrado, que una confusa colección de ficciones, de absurdos, y de delirios, que contra la fe que se debe al común consentimiento de los historiadores de la América, inventando épocas, y sucesos desconocidos de todos los historiadores eclesiásticos, fingiendo monumentos proféticos, soñando milagros aunque viejos por la era que de ellos se supone, enteramente nuevos por inauditos, que carecen de toda calificación y aprobación superior, mezcla y confunde entre ridículas y vanísimas fábulas una respetabilísima tradición impugnándola y combatiéndola en puntos muy sustanciales. Por todo esto, y sin perjuicio ni ofensa de la jurisdicción y derechos del Santo Tribunal de la Inquisición, que debe también en nuestro juicio tomar conocimiento sobre la clave y el sermón, a vuestra excelencia ilustrísima pertenece no menos conocer, como ya fundamos, del segundo y de la clave, así por la incidencia del sermón, como por los milagros que en ella se asientan. Nulla etiam admit tendal, son las palabras del Santo Concilio de Trento, esse nova miracula… nisi eodem recognoscente et approbante Episcopo, qui simul ataque de iis aliquid compertum habuerit adhibitis in concilium Theologis et aliis piis viris, ea faciat quoe veritati, et pietati consentanea judica verit. Y para precaver toda alucinación o siniestra interpretación sobre la inteligencia de milagros nuevos, los que Borunda establece son tales, no sólo por inauditos hasta ahora y nuevamente publicados, sino también en todo el rigor material; porque si acaso lo fuesen eran milagros actualmente y del tiempo presente. Dice Borunda que la imagen Guadalupana, el Santo Cristo de Chalma y las otras de María Santísima que fueron del tiempo de Santo Tomás se conservan guardadas en cuevas y lugares subterráneos. Y bien, ¿no es milagro que actualmente se obra y se verifica, la actual conservación de imágenes en materias frágiles y deleznables, que cuentan más de mil y setecientos años habiendo estado guardadas cerca de mil y quinientos entre el polvo y la humedad que habrían destruido aun bronces y mármoles? Es pues incontestable, que toca privativamente a vuestra excelencia el reconocimiento de estos nuevos soñados milagros, y que calificándolos, como sin duda los calificará por falsos, es propio de su autoridad determinar lo que juzgue unas conforme a la piedad y a la verdad. A ambas juzgamos que en la presente materia es lo más conforme que vuestra excelencia ilustrísima mande que se retengan los papeles del licenciado don Ignacio Borunda, y que si no hubiesen de pasar a otro tribunal se guarden en el archivo secreto con la nota correspondiente de esta censura; convendrá no menos que vuestra excelencia haga saber y entender a dicho licenciado que por su superior autoridad se ha calificado por ridículo y vano en la mayor parte cuanto asienta tocante a los prodigios y milagros de la nueva Iglesia americana en tiempo de Santo Tomás, y especialmente lo que respecta a las novedades que establece sobre la imagen santísima de Guadalupe; que a consecuencia de esta superior calificación se le amonesta serene su fantasía y deponga las falsas ridículas ideas de su nueva clave, mandándosele con los apercibimientos que hayan lugar, que en lo de adelante ni escriba ni hable como ha escrito y hablado hasta aquí en orden a la imagen de Guadalupe, sino que sujete su dictamen y uniforme su creencia al dictamen y creencia común de los fieles acerca de lo que enseña la piadosa tradición.»

El dictamen califica los delirios de Borunda de manera terminante, y propone que no se le aplique más pena que archivar «en el más profundo secreto los manuscritos en que se ha sostenido la imaginaria identidad de Santo Tomás con Quetzalcohuatl, que así han trastornado la cabeza de Borunda, que por medio de éste han precipitado al padre doctor Mier en un profundo abismo, y que en lo sucesivo son capaces de formar mil caballerescos y novelistas historiadores».

José Ignacio Borunda falleció en la ciudad de México en 1800.

El cubano Reinaldo Arenas (1943) tituló 'Del conocimiento de Borunda' un capítulo de su novela El mundo alucinante (1969), incorporando los nombres de Boruda y Servando Mier al territorio de los profesores y consumidores de literatura.

Ex-Fray Servando Teresa de Mier sobre Borunda

El antiguo fraile José Servando de Mier Noriega y Guerra aprovechó su estancia en los calabozos de la Inquisición de México, entre 1817 y 1820, para escribir su propia «Apología del Dr. Mier» (incorporada décadas después a las ediciones de sus llamadas Memorias). Fallecidos hacía ya más de veinte años Uribe, Omaña y el propio Borunda, tiene interés entresacar algunos de los juicios que sobre Borunda escribió entonces ex-Fray Servando:

«Unos diez y siete días antes del de Guadalupe, el regidor Rodríguez me encargó el sermón para la fiesta del Santuario, y como orador ejercitado y que ya había predicado tres veces de la misma imagen con aplauso, presto inventé mi asunto, y lo estaba probando, cuando el padre Mateos, dominico, me dijo que un abogado le había contado cosas tan curiosas de Nuestra Señora de Guadalupe, que toda la tarde le había entretenido. Entré en curiosidad de oirle, y él mismo me condujo a casa del licenciado Borunda. Este me dijo: «yo pienso que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es del tiempo de la predicación en este reino de Santo Tomás, a quien los indios llamaron Quetzalcohuatl.» No extrañé esta predicación que desde niño aprendí de la boca de mi sabio padre. Cuanto he estudiado después me ha confirmado en ella, y creo que no hay americano instruido que la ignore, o que la dude.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Esto es en último resultado cuanto me dijo Borunda, y es también el análisis de mi sermón. Él prosiguió así: «yo, a más de serme el idioma nahuatl nativo, llevo más de treinta años de estudiar su sentido compuesto y figurado, de leer manuscritos, confrontar tradiciones, examinar monumentos, con viajes al efecto, ejercitarme en descifrar jeroglíficos, de que creo haber encontrado la clave; y lo que he dicho sobre la imagen de Guadalupe es el resultado de mis estudios. Todo está desenvuelto en este tomo de folio, titulado Clave general de jeroglíficos americanos, que he escrito en obsequio a la orden Real, con que a instancia de la Real Academia de la Historia se nos invivó a escribir sobre nuestras antiguallas, y con ocasión de los tres monumentos excavados en la plaza Mayor.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Me retiré a mi celda después de haber oído a Borunda. Dos o tres días medité todo lo que me había dicho, lo reduje a cuatro proposiciones, calqué algunas pruebas, y ya fijado el cuadro, volví para llenarlo a recoger las necesarias. Es verdad que cuantas se me daban eran ligeras; pero ya creía conforme a lo antecedente que lo substancial quedaba en el fondo de la obra. Pedí especialmente apuntes sobre la explicación de los jeroglíficos mexicanos que Borunda creía ver en la imagen, porque mis conocimientos sobre este género son muy superficiales; y él me los dictó, ya hablando, ya leyendo en su obra.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Cuando ya no faltaban sino dos o tres días para el sermón, habiendo logrado un borrador tal cual legible para mí, lo fui a leer a Borunda, quien lo aprobó. Lo leí igualmente a varios doctores amigos; nadie lo halló teológicamente reprensible; nadie creyó que se negaba la tradición de Guadalupe: todos lo juzgaron ingenioso, y algunos participaron de mi entusiasmo, hasta ofrecerme sus plumas para presentarse a mi favor en la lid literaria a que provocaba.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Confieso, sin embargo, que mi entusiasmo había caído con el tiempo, y que a haber habido dos días más para hacer otro sermón, no hubiera predicado el mismo. Pero la urgencia del tiempo, el voto de mis amigos, las pruebas incontrastables que decía tener Borunda, y algunas no muy despreciables que yo hallaba en el fondo de mi instrucción, y sobre las cuales entablaré luego mi defensa, me hicieron echar el pecho al agua.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Estos, contando los que en todo el discurso he venido apuntando, son los argumentos que yo había intentado superar en mi sermón. Borunda, por su estudio en las antigüedades indígenas, había visto en la historia de Guadalupe la de la antigua Tonantzi. Cualquiera otro hubiera inferido que aquélla era una comedia o novela calcada sobre ésta. Pero Borunda era incapaz de adoptar semejante consecuencia, porque era tan devoto de la Virgen guadalupana, que ante cualquiera estampa suya se echaba a llorar de ternura. Arbitró, pues, para salvar la tradición retrasar la época de la pintura hasta el tiempo de Santo Tomé, sin otro sacrificio de la tradición vulgar que la capa de Juan Diego, a que pensó sustituir con ventaja la capa del mismo santo. Yo vi lo mismo que Borunda; y creyendo como creía la tradición, no pude menos que adoptar su sistema.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Yo descubrí esta idea en el sermón, descifrando la imagen parte por parte, exhibiendo los términos y frasismos mexicanos que Borunda me había dictado. Esta será una imaginación; pero el medio es ingenioso, y no hay otro para poder sostener la pintura como milagrosa en sí misma.» (Apología del Dr. Mier, §. I.)

«Yo había enviado a pedir a Borunda su obra, y me envió sólo algunos pliegos del fin, que me llegaron en este intermedio. Los leí muy aprisa y por encima, así porque no me los quitasen en algún nuevo saqueo, como por haber hecho ya mi sumisión. Confieso que lejos de haber hallado las pruebas incontrastables que el hombre me había asegurado tener, hallé una porción de dislates propios de un hombre que no sabía Teología, y aun de todo anticuario y etimologista, que comienza por adivinanzas, sigue por visiones y concluye por delirios. El hombre había leído mucho, concebía y no podía parir, y lo que paría no podía hacerlo valer, por falta de otros conocimientos. A consecuencia fue tal mi abatimiento, que habiéndome llamado el provincial cinco días después de mi primera sumisión para decirme era indispensable dirigir otra al Cabildo de Guadalupe para que retirase su demanda, que forzado por el arzobispo había puesto contra su dictamen, le ofrecí en mi sumisión toda satisfacción, y aun la de componer e imprimir a mi costa una obra contraria a mi sermón.» (Apología del Dr. Mier, §. II.)

«Pues aunque nada hallaba en Borunda útil para mi defensa, los fundamentos que yo tuve en el fondo de mi propia instrucción para adoptar su sistema, y tengo ya expuestos, eran suficientes para mantenerme con gloria sobre la defensiva.» (Apología del Dr. Mier, §. II.)

«Y para hacerles ver mi sinceridad, contra la que injustamente sospechaban, les entregué, sin que me lo pidiesen, los apuntillos que tenía de Borunda sobre los jeroglíficos que él creía ver en la imagen, todos mis borrones aún en tiras de papel, y hasta el pedazo de sermón que tenía para las Capuchinas. Tanto era el candor con que yo procedía, muy ajeno de imaginar que en eso había Uribe de ir a fijar su censura. Ya me habían dicho que era maligno; pero no lo creía tanto.» (Apología del Dr. Mier, §. III.)

«Llegándoseme a preguntar de Borunda, en lugar de decir que él me había instruido en aquellos términos e ideas, dije haberlas tomado de su obra, porque aunque no la había visto, sabía que las contenía. Viendo fraguado el rayo, quise más bien recibir yo todo el golpe, que hacerlo resentir sobre un infeliz padre de familia, que si me había sorprendido y engañado, era con buena intención. Borunda pagó mal la mía, porque en España vi en los autos una esquela a Uribe, en que procuraba echar el cuerpo fuera, cuando ni yo había imaginado en mi vida tal sistema, ni me hubiera atrevido a predicarlo sin sus pruebas incontrastables. Aún se atrevía a llamar a mi sermón rudis indigestaque moles, cuando confiesan los censores que sin la clave de mi sermón, que contenía la quinta esencia de la obra de Borunda, les hubiera sido imposible penetrar en su inextricable laberinto. Acaso por su lectura yo tampoco hubiera hallado salida; pero él hablaba mejor que escribía, y mi sermón era sólo análisis de lo que le oí.» (Apología del Dr. Mier, §. III.)

«El dictamen de Uribe, en su mayor parte, está sobre el género de la impugnación del padre Isla al cirujano, que es una burla continuada, sin decir un ápice de substancia. Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como Don Quijote sobre caballerías, y se ocupa en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones. Es necesario hacerse cargo que la obra de Borunda no está más que en borradores. No hay duda que hay pasajes muy ridículos, como también en nuestras leyes de partida hay etimologías ridículas. Esta es una pensión anexa a la profesión de etimologistas y anticuarios, sin que por eso dejen de hacer útiles descubrimientos, ni sus yerros de conducirnos a grandes verdades.» (Apología del Dr. Mier, §. III.)

«Pondré tres ejemplos, dos en el género serio y uno en el jocoso. Sea el primero sobre decir que Borunda adopta el desatino de Paw de una inundación en nuestro Continente.» (Apología del Dr. Mier, §. III.)

«Seguramente yo no soy un nahuatlato; y creí a Borunda que lo es, porque peritis in arte credendum est; por lo que había leído en Torquemada, Boturini y Clavijero, no me pareció tan irracional el modo borundiano de interpretar los jeroglíficos, y mucho menos me parece racional el método uribiano de refutarle.» (Apología del Dr. Mier, §. III.)

«Por este tono van las historias de las imágenes aparecidas del reino. Una de las sandeces de Borunda era que San Juan Bautista estuvo y predicó en América. Refutándole yo este desatino, me respondió con el texto de San Juan hic venit in testimonium, ut testimonium perhiberet de lumine, ut omnes crederent per illum. Pero su fundamento eran las relaciones de los indios acerca de San Juan Bautista de Tianguismanalco, donde dice Torquemada que los misioneros sustituyeron su estatua a la del Dios Telpuchtli, que quiere decir joven.» (Apología del Dr. Mier, §. IV.)

«Me puse a consecuencia a leer la obra de Borunda, que también se me pasó con los autos, y que en México no había visto. Eran unos borradores que en el traslado componían un tomo delgado en folio. Desde luego, nunca creí hallar errores, impiedades y blasfemias formales, aunque la falta de caridad de Haro no lo especifique, porque Borunda era un hombre piadosísimo, sino tal vez materiales, por su ignorancia teológica. Pero sólo hallé disparates, boberías y aun delirios entre algunos granos de oro.» (Apología del Dr. Mier, §. IV.)

Algunas referencias ordenadas cronológicamente

«Borunda (José Ignacio). Biog. Arqueólogo mejicano, nacido y muerto en la ciudad de Méjico (1740-1800). Algunos autores le llaman Manuel. Según los anticuarios mejicanos nadie como Borunda supo descifrar e interpretar los signos y jeroglíficos de los antiguos monumentos indios, mejicanos y de la América Central. Estudió leyes en su ciudad natal siendo después procurador de la Real Audiencia. En 1795 el arzobispo de Méjico Gonzalo Núñez de Haro le designó para que informara en la causa instruida contra el jesuita [dominico] P. Mier que en un sermón pronunciado en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, había negado la aparición de la Virgen en aquel lugar; Borunda, interpretando los jeroglíficos que se suponía que corroboraban la tradición, dio un informe favorable al acusado, por el que se enemistó con las autoridades eclesiásticas. Escribió: Disertación dirigida al Superior Gobierno de México, sobre las minas de azogue de la Nueva España, cuyo manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de Méjico. Otras dos obras de Borunda, las tituladas: Disertación sobre la predicación del Apóstol Santo Tomás en a América Septentrional, y Fragmentos para la formación de un diccionario geográfico etimológico de las provincias mexicanas, en las que exponía el método de interpretación de los jeroglíficos, se han perdido, desgraciadamente.» (EUI 1910, 9:212.)

«In 'Pierre Menard, Author of Don Quixote' [Borges] we encounter the game of attributions presented in the section of Don Quixote from which he takes his fragment enacted time and again in the form of footnotes and individual works by Menard (I am referring to the literal translations of literal translations, the transpositions, and so on, that he writes). The last chapters of Hallucinations [Reinaldo Arenas] repeat this movement, which consists in establishing moments in the narration that fold the text back upon itself. This appears in the form of a politician –Victoria Guadalupe– whose name synthesizes simultaneously Fray Servando's life and the novel; it appears also in the frantic writing of Apologías in which several characters engage and in Heredia's writing of a parody of the poem he has not yet written. Hallucinations seems to take root in a genre that appears to have a direct relationship to truth, that is, autobiographical accounts written by a historian. But in outlining Fray Servando's relationship to the Key to American Hieroglyphs by Borunda, we have discovered the same gesture as in 'Menard': a refusal to admit a single producer for the text by pushing back the attribution of its authorship to an earlier text that also calls itself into question. (We should add here that Borunda's Key to American Hieroglyphs does not have an authorship clearer than Cid Hamete Benengeli.)» (Alicia Borinsky, «Rewritings and Writings», Diacritics, vol. 4, nº 4, invierno 1974, pág. 28.)

«El extraño José Ignacio Borunda sacó de su genio melancólico una Clave general de jeroglíficos americanos, donde revela más imaginación que sabiduría, tan incendiaria aquélla que inflamó al célebre fray Servando Teresa de Mier.» Roberto Moreno Espinoza, «La historia antigua de México de Antonio de León y Gama», Estudios de historia novohispana, nº 7, 1981, pág. 56.

«En ocasión de su reciente visita a la Universidad de Vanderbilt, el escritor cubano, Reinaldo Arenas, accedió a que los participantes de un seminario sobre la novela latinoamericana contemporánea le hicieran unas preguntas acerca de su libro El mundo alucinante. La entrevista que presentamos a continuacion fue grabada el 15 de abril de 1982.
Pregunta: Ha despertado gran interes en este seminario un cotejo que hemos hecho del texto Memorias de Fray Servando Teresa de Mier con la estilización que del mismo nos da Ud. en su novela, especificamente el capítulo titulado 'Del conocimiento de Borunda.' A partir de ese cotejo, y teniendo en cuenta la carta del autor implícito al comienzo de la novela en la que nos confiesa haber tratado de localizar a Fray Servando por todos los sitios, revolviendo bibliotecas infernales... &c., la pregunta que nos hacemos todos es: ¿qué proceso de consulta o de investigación previa se ha impuesto Ud. antes de escribir esta novela?
Respuesta: Antes que nada debo confesarles que yo descubrí a Fray Servando, el personaje real de ese personaje un poco irreal que he descrito en El mundo alucinante, por casualidad. Es la esperanza y la ventaja que uno tiene de que cuando menos podemos imaginar encontramos precisamente lo que más deseamos. Pues bien, yo estaba preparando un trabajo muy aburrido en la Biblioteca Nacional donde trabajaba. Todos los viernes (en 1964) se daban en aquella biblioteca unas charlas sobre algún escritor latinoamericano. Yo escogí para mi trabajo a Juan Rulfo porque me sentía más identificado con él. Para documentarme sobre Rulfo y sobre la literatura mexicana empece a leer una antología o una historia de la literatura mexicana. La historia era malísima, pero traía una nota que decia textualmente: 'El verdadero creador de la literatura mexicana es Fray Servando Teresa de Mier, un fraile mexicano que recorrió a pie toda Europa huyendo de la Inquisición y realizando aventuras inverosimiles.' ¡Eso era todo lo que decía! Quedé yo muy intrigado por saber quién era ese creador de la literatura mexicana que había recorrido a pie toda Europa huyendo de la Inquisición y realizando aventuras inverosímiles. La historia esa lo dejaba a uno en completo suspenso. ¿Cuáles eran esas aventuras? ¿Qué tenían de inverosimiles? [...]
Pregunta: Volviendo al Capítulo V de su libro, ¿qué le impresionó acerca de esa conversación entre Fray Servando y Borunda? ¿Qué, específicamente, le permitió esa invención delirante por la que se caracteriza ese pasaje?
Respuesta: Antes que nada debo aclarar que estoy refiriéndome a un texto que no he leído hace muchos años y del que no me acuerdo muy bien. Pero lo que me pareció que Fray Servando sugería ahí era la desmesura con que se enfrentaba al conocer a ese personaje que era real. Vemos que Borunda lo llena a Fray Servando de esa sapiencia de barbería; le empieza a dar una amalgama de códices yucatecos, toltecas, chichimecas y cosas interminables a Fray Servando que sólo había ido a buscar un simple dato. Lo que yo trato de presentar es ese mundo de desmesura que nos caracteriza, a través del personaje de Borunda que maneja una erudición sin contención pero que, dentro de su inmensa verborrea dice cosas profundas. Porque una de nuestras funciones dentro de ese mundo latinoamericano es la de ir buscando la médula esencial que muchas veces existe dentro de aquella faramalla, de aquel bosque lleno de ramajes. Yo le pongo al personaje de Fray Servando esa función cuando dice, a pesar de todo ese discurso interminable 'Ya yo sabía lo que tenía que hacer.' O sea, él descubre detrás de toda aquella verborrea de Borunda la esencia, la realidad de que había un mundo autóctono mexicano que era lo que a él le interesaba reflejar.» (Mónica Morley & Enrico Mario Santí, «Reinaldo Arenas y su mundo alucinante: Una entrevista», Hispania, vol. 66. nº 1, marzo 1983, págs. 114-118.)

«El que fray Servando hubiese apelado a la autoridad de la Piedra del Sol para justificar sus afirmaciones indica que había aceptado las teorías de José Ignacio Borunda, viejo jurista criollo, cuyo estudio de Athanasius Kircher le había alentado a leer los jeroglifos inscritos en la Piedra, en el sentido de que encarnaban una 'filosofía arcana' en que indiscutiblemente estaba revelada la fundación de México-Tenochtitlan por Santo Tomás. El que Mier no se tomara la molestia de consultar el manuscrito de Borunda sugiere que ya se había inclinado a aceptar la identificación de Santo Tomás como Quetzalcóatl. Sin embargo, no se sabe con claridad cuándo decidió incorporar la imagen guadalupana en el marco de la misión apostólica.» (David Brading, «Patriotismo y nacionalismo en la historia de México», Actas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, 1995, pág. 9.)

«The entry into Borunda's cave (chapter 5) is the approach to the unconscious. Borunda, "algo asi como una gran pipa que se movía y hablaba, pero más gorda" (Arenas, El mundo alucinante 33), is a grotesque Lacanian phallus who lays down the Law even as he introduces Servando to an assortment of texts that he claims to be subversive. According to Borunda, the apostle St. Thomas, who was known to the Indians as Quetzalcoatl, spread Christianity in Mexico hundreds of years before the arrival of the Spaniards: "...lo cual es muy lógico, pues Jesús dijo a sus Apóstoles predicad por todo el mundo, y la América, desde luego, forma parte muy principalísima del mundo. Por lo tanto La Guadalupe no hizo su aparición en la sucia capa del indio Juan, ¡quiá! iba a aparecer en esa asquerosa tilma, sino que vino en la mismísima capa de Quetzalcoatl, y cuando digo Quetzalcoatl estoy hablando de Santo Tomás que de ningún modo pudo desobedecer las órdenes del mismo Jesús."» (Adolfo Cacheiro, «El mundo alucinante: History and Ideology», Hispania, vol. 79. nº 4, diciembre 1996, pág. 764.)

«La fama de orador de Mier hizo que fuera propuesto para hablar en las honras fúnebres de Hernán Cortés el 8 de noviembre de 1794. El 12 de diciembre del mismo año, en presencia del virrey y del arzobispo, pronuncia en la Basílica el sermón sobre la tradición de la Virgen de Guadalupe, en el que niega la leyenda de la aparición de Tepeyac, en 1531, tras la que la Virgen habría dejado su imagen en la capa del indio Juan Diego. Mier se inspiró en las conclusiones del licenciado José Ignacio Borunda, quien sostenía que el culto de Guadalupe se transmitió en la capa del apóstol Santo Tomás, que habría predicado en el Nuevo Mundo poco después de la muerte de Cristo. Borunda sostenía que la figura mítica de Quetzalcóatl y Santo Tomás eran la misma persona. El culto mariano, por su parte, era devuelto a la advocación prehispánica y telúrica de Tonantzin. Esta hipótesis, que en último extremo arranca de la versión histórica que discute el protagonismo de los españoles como divulgadores del Evangelio en América, que ya comenzara a exponer Huamán Poma de Ayala en su Nueva corónica y buen gobierno (1600), forma parte de una larga tradición de cuestionamiento de la historiografía peninsular. Ya había sido expuesta por Fernando de Alva Ixtlilxochitl (1575-1648), así como por otros autores más próximos, como Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y Mariano Fernández de Echeverría y Veytia (1718-1779)», Eduardo San José Vázquez, Las luces del siglo, Universidad de Alicante 2008, págs. 138-139.

«El licenciado Ignacio Borunda, el excéntrico erudito que enredó a fray Servando de Mier en sus elucubraciones sobre la Virgen de Guadalupe, es el personaje a través del cual pretendo acercarme a un fenómeno excepcional de la política novohispana durante la guerra entre España y la Convención Francesa (1793-1795). La participación de Borunda en una de las causas que se formaron en contra de los franceses residentes en el virreinato ofrece una valiosa oportunidad para detenerse a examinar las pruebas y acusaciones en que éstas se fundaron, como también para discutir la importancia que se ha concedido a las supuestas opiniones “revolucionarias”, magnificadas en aquellos años por obra del miedo y sostenidas después por una historiografía liberal empeñada en hacer de la Revolución Francesa la causa primera de las emancipaciones americanas. El “enredo detectivesco” que estudiaré en este artículo se desprende de la causa judicial del peluquero francés Vicente Lulié, que había sido comprendido entre los individuos supuestamente adictos a las máximas revolucionarias. En el curso de este proceso el ingenioso “Quijote histórico mexicano” –pues tal título mereció Borunda de un calificador severo– dejó de lado sus preocupaciones guadalupanas para convertirse en detective voluntario del gobierno virreinal, esforzándose por encontrar espías y francmasones a través de métodos deductivos tan insostenibles como los empleados en su Clave general de jeroglíficos. En este caso, Borunda no hará gala de los bellos rasgos del “patriotismo criollo” que muchos autores han señalado como el sustrato intelectual de un “protonacionalismo” mexicano. Por el contrario, lo veremos combinar su complejo pensamiento deductivo con prejuicios misoneístas y xenófobos, que tal vez caracterizaban mejor al letrado común de esa época. El presente artículo podrá servir para sacar a la luz una andanza olvidada del licenciado Borunda, pero en realidad, esto no será mas que un pretexto, o un primer paso, como ya se ha dicho, para explorar la persecución de franceses y supuestos “revolucionarios” durante el gobierno del virrey Branciforte y, a la vez, para mostrar los límites inesperados de la política represiva. Dado que me es imposible desentrañar las características neurológicas del pensamiento borundiano, espero poder entender, en cambio, las circunstancias históricas en las que éste se produjo. Así, será posible derivar de un caso particular como el que nos ocupa, una interpretación sobre el clima político de esa época, caracterizado a mi parecer no tanto por la efervescencia política, las conspiraciones y los conatos revolucionarios, como por ese miedo constante que, alimentado por el gobierno y el clero, se esparció por las ciudades, alarmó a los incautos, generó delatores y propició, en fin, sobresaltos de persecución y paranoia casi delirantes.» Gabriel Torres Puga, «Centinela mexicano contra francmasones: un enredo detectivesco del licenciado Borunda en las causas judiciales contra franceses de 1794», Estudios de Historia Novohispana, nº 33, julio-diciembre 2005, pás. 57-58.

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