José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo
 
1742-1796

José Patricio Fernández de Uribe y Casarejo (1742-1796) Clérigo católico novohispano, nacido en la ciudad de México en 1742, catedrático de Retórica, de Filosofía y de Sagrada Escritura en la Real y Pontificia Universidad de México, de la que fue Rector en 1779, Cura del Sagrario y Canónigo Penitenciario de la Catedral Metropolitana de México, Cruz de la Orden de Carlos III, falleció en la ciudad de México el 12 de mayo de 1796, gozando de un gran prestigio como teólogo, predicador e historiador. Se le recuerda sobre todo por haber sido autor principal del «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», que elaboró junto con Manuel de Omaña y Sotomayor. En 1821 se publicaron en Madrid –por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M.– tres tomos con los Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, de José Patricio Fernández de Uribe.

José de Uribe, que era como firmaba habitualmente, procedía de una familia modesta, criolla de segunda generación, de pequeños comerciantes. Pudo ingresar en el Colegio de San Ildefonso, de los jesuitas, donde curso gramática y filosofía: en 1753-1754 estudió retórica con el joven jesuita Francisco Javier Clavigero. En 1757 se matriculó en la universidad, graduándose de bachiller en Teología en 1760 y de licenciado en Teología en 1764, nemine discrepante, doctorándose al año siguiente gracias al mecenazgo de Antonio del Villar Lanzagorta, comerciante de origen vasco. A principios de 1767 (el año en el que se produciría la expulsión de los jesuitas, ejecutada en México a principios de 1768) estaba Uribe, formado con los jesuitas, bajo la protección del arzobispo Francisco Antonio Lorenzana, destacado antijesuita. Ese mismo año se ordenó como sacerdote, dedicándose unos años a la actividad pastoral propia de un presbítero, hasta ser nombrado Cura del Sagrario de la Metropolitana.

En 1774 fue Uribe uno de los firmantes del elogioso parecer que figura impreso al inicio de los famosos Elementa Recentioris Philosophiae (Imprenta de José de Jauregui, México 1774, 2 vols.) de Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos (1745-1783), sacerdote de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri. «Brioso, con el fervor de la juventud, dotado de extraordinario talento, rico de variada erudición, entusiasta por temperamento, justamente satisfecho por haber frecuentado las aulas europeas y por haber tratado con eminentes sabios, alentado por el feliz éxito de los asuntos que le llevaron a Madrid y a Roma, así como por los amplios privilegios que obtuvo en favor de su comunidad y Colegio de San Francisco de Sales, de San Miguel, llamado entonces el Grande; honrado con la borla de Doctor por la Universidad de Pisa, anhelante de feliz porvenir para la juventud, y celoso de la prosperidad de su amada patria, puso manos a la obra...» (Emeterio Valverde Téllez, «Influencia del Padre Gamarra en los estudios filosóficos», 1904, pág. 60.). Un grupo de profesores de filosofía y teología de la Real Universidad de México propusieron que el texto de Gamarra fuera oficialmente aprobado por la institución, iniciativa que no fue aceptada por la mayoría del claustro, receloso ante recientes filosofías [«Elementos de filosofía moderna», figura en la traducción al español del primer tomo de Gamarra, realizada por Bernabé Navarro, UNAM, México 1963], por lo que los defensores de esa obra dentro de la Universidad, entre ellos Uribe, decidieron firmar nominalmente el parecer ensalzatorio que antecede al texto. [Vicente Muñoz Delgado publicó en 1981, Cuadernos Salmantinos de Filosofía, VIII:149-174, un interesante artículo sobre los recelos que, en 1778, se produjeron en la Universidad de Salamanca ante este manual de Gamarra.]

El 14 de diciembre de 1777 pronunció un sermón en el santuario de Guadalupe, que junto con una Disertación histórico-crítica (publicados ambos textos en 1801), ofrece un acercamiento crítico a los documentos conservados sobre la cuestión guadalupana, como forma de responder a los impugnadores de tradición ya entonces bien arraigada. En 1778 elogia a Antonio de León y Gama en el breve dictamen aprobatorio de su Descripción ortographica universal del eclipse de sol del día 24 de junio de 1778 (México 1778).

El 10 de febrero 1779 toma posesión como Rector de la Real y Pontificia Universidad, nombrado por el virrey Antonio María Bucareli (que falleció en junio, predicando Uribe tal sermón funerario que se consagró en México como gran orador). Una de las primeras cosas que hizo fue intentar reorganizar la biblioteca de la institución. En noviembre de 1779, aunque el claustro deseaba renovarle para un nuevo periodo, se excusó alegando sus deberes parroquiales. Su sucesor en el rectorado, Pedro del Villar, también prebendado de la catedral, era buen amigo suyo e hijo del Antonio del Villar, el comerciante vizcaíno que le había patrocinado el doctorado en 1765. De manera que en 1780 obtuvo Uribe en propiedad la cátedra de Retórica de la universidad.

En 1783 logró entrar en el Cabildo metropolitano como medio racionero, y en 1785 ascendió a Canónigo penitenciario, gracias a su habilidad como Durante 95 años la Piedra del Sol estuvo adosada a la torre nueva de la catedral de México negociador ante las autoridades civiles y su talento como administrador. Al descubrirse en 1790, en las obras de saneamiento y empedrado de la Plaza de Armas de la capital de la Nueva España, dos interesantes reliquias prehispanas, la estatua de Coatlicue y la Piedra del Sol, intervino Uribe para que ésta fuera entregada a la Catedral, donde quedó colocada en la torre nueva durante noventa y cinco años, hasta que en 1887 Porfirio Díaz decidió su traslado al Museo Nacional. La incorporación de esta pieza a la Catedral suponía abstraer el uso que de ella habían hecho los «sacerdotes gentiles», en tanto que calendario para sus sacrificios, incluidos los cruentos humanos, en la línea que Antonio de León y Gama mantuvo al presentarla más como «instrumento científico» que como monumento religioso. Abstracción que no era tan sencillo realizar con la estatua morfológicamente zoológica de Coatlicue, que fue depositada en la universidad: «el peñasco de la universidad», dirá Uribe de ella en el Dictamen, no sin cierto desprecio (absolutamente justificado, en tanto que ante ese «peñasco» se realizaban los cultuales sacrificios humanos aztecas).

«Poco tiempo había pasado de su conducción [de la estatua de Coatlicue a la Universidad] cuando con motivo del nuevo empedrado, estándose rebajando el piso antiguo de la plaza el día 17 de diciembre del mismo año 1790, se descubrió a sola media vara de profundidad y en distancia de 80 al poniente de la misma segunda puerta del real palacio, y 37 al norte del portal de las Flores, la segunda piedra, por la superficie posterior de ella, según consta del oficio que en 12 de enero de este año de 1791 remitió al señor intendente uno de los maestros mayores de esta N. C. D. José Damian Ortiz, comunicándole la noticia de su hallazgo. Esta segunda piedra, que es la mayor, la más particular e instructiva, se pidió al Excmo. señor Virrey por los señores doctor y maestro D. José Uribe, Canónigo penitenciario, y prebendado doctor D. Juan José Gamboa, comisarios de la fábrica de la santa iglesia Catedral: y aunque no consta haberse formalizado este pedimento por billete, o en otra manera jurídica, ni decreto de donación; se hizo entrega de ella de orden verbal de S. E. a dichos señores comisarios, según me ha comunicado el señor corregidor intendente, bajo de la calidad de que se pusiese en parte pública, donde se conservase siempre como un apreciable monumento de la antigüedad indiana.» (Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790 [1792], segunda edición, dala a luz Carlos María de Bustamante, México 1832, págs. 10-11.)

Sus buenas relaciones con el rector Gregorio de Omaña y Sotomayor, nombrado por el Virrey (el Conde de Revillagigedo), le facilitaron obtener en 1792 la titularidad de la cátedra de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología.

El 24 de diciembre de 1794 el Arzobispo Alonso Nuñez de Haro encargó a José Patricio Uribe, en tanto canónigo penitenciario, y a Manuel de Omaña y Sotomayor, en cuanto canónigo magistral (hermano del rector de la Universidad), un informe sobre el famoso sermón que el dominico fray Servando Mier había pronunciado el 12 de diciembre en la colegiata de Guadalupe.

El «Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794», rubricado el 21 de febrero de 1795 y que parece que es obra principalmente de Uribe, es una pieza magnífica que prueba la potencia crítica y la superioridad, dentro de la lógica interna católica, que sobre las extraviadas especies sostenidas por fray Servando Mier y su inspirador, el licenciado José Ignacio Borunda, podían mantener clérigos con potente formación filosófico crítica y sentido común que seguían la estela iniciada, medio siglo antes, por el padre Feijoo en su Teatro Crítico Universal.

Llama la atención la contundente ironía con la que está escrito todo el Dictamen, y sus continuas referencias al Quijote. De resultas del alucinante episodio del sermón del dominico, no exento sin duda de componentes políticos, fue fray Servando Mier apartado al monasterio que los dominicos tenían en las Caldas de Besaya, en Santander, a muy poca distancia por cierto de Buelna, en Asturias, de donde procede la ilustre familia de los Mier.

El 12 de mayo de 1796 falleció José de Uribe en la ciudad de México (mientras, fray Servando, que se había escapado de las Caldas de Besaya, había sido reducido de nuevo y se encontraba entonces en el convento de San Pablo en Burgos). Nos informa Iván Escamilla González que se conservan localizados tres retratos de Uribe: el que aquí aparece reproducido, en atuendo de canónigo penitenciario, conservado actualmente en el Museo Nacional del Virreinato; otro en el salón general de actos del Colegio de San Ildefonso (su antigua escuela); y el tercero, peor conservado que los dos anteriores, en el antiguo Colegio de San Ignacio.

Un cuarto de siglo después de que Mier pronunciase el sermón que hizo posible se elaborase el magnífico Dictamen crítico, y más de veinte años después del fallecimiento del canónigo Uribe, disponiendo el antiguo dominico de mucho tiempo, preso como estaba en los calabozos de la Inquisición de México, escribió entre 1817 y 1820 una «Apología del Dr. Mier» y una «Relación de lo que sucedió en Europa al Dr. D. Servando Teresa de Mier de julio de 1795 a octubre de 1805» (a finales de 1820, preso entonces en el Castillo de San Juan de Ulúa, en Veracruz, escribió un «Manifiesto apologético», resumen de las dos obras anteriores, que creía se habían perdido), en los que se despacha a gusto contra José de Uribe. La «Apología» y la «Relación» fueron publicadas en ciudad de México en 1865, y en Monterrey en 1876 por su paisano el médico regiomontano José Eleuterio González Mendoza (1813-1888) (a) Gonzalitos, bajo el título Biografía del benemérito mexicano D. Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra, Juan Peña editor, Monterrey 1876, 368 páginas. Estas obras de Mier, bien curiosas y entretenidas, han conocido bastantes ediciones, casi siempre bajo el rótulo de Memorias, por lo que servirá ofrecer aquí sólo unos párrafos que muestren el recuerdo ponzoñoso que Mier reconstruyó entonces de Uribe (citamos por la edición de 1876):

«Viendo que pasaban días, y la cosa proseguía, escribí al Canónigo Uribe, en cuyo poder supe que estaban los autos para la censura, sobre el mismo tono que hable al Doctor Leyva; y me escribió que me rogaba por el amor que me tenía, no dijese a nadie que mi retractación había sido forzada. Este conjuro tan tierno como pérfido, pues al mismo tiempo estaba pidiendo un Edicto contra mí, e instando para que el asunto pasase a la inquisición, que aunque solicitada del Arzobispado no quiso admitirlo por no pertenecer a la fe, me entretuvo algún tiempo.» (Servando Mier, pág. 75.)

«El día infraoctava de Corpus, se me embarcó, convaleciente de fiebre, y bajo partida de registro en la fragata mercante la Nueva Empresa. Mientras ella navega, yo voy a dar cuenta del dictamen que dieron sobre mi sermón los dos Canónigos Uribe y Omaña, escogidos por el Arzobispo a propósito para condenarme.» (Servando Mier, pág. 80)

«III. Las pasiones bajo el disfraz de censores calumnian a la inocencia. Decían los conquistadores de los indios que eran esclavos a natura: ¿será verdad de sus antecedentes? Siendo puestos en acción por algún europeo poderoso contra sus paisanos, no hay esclavos más leales, aduladores más viles, ni perseguidores más enconosos y rateros. Escogió el Arzobispo por censor a Uribe, porque ya se sabía su opinión en lo que había escrito de Guadalupe, y porque todos sabían que no podía decir como San Pablo, nunquam fuimus insermone adulationis, sicut scitis. Omaña tenía por imagen de su devoción un retrato magnífico del Secretario del Arzobispo, Flores; y en efecto se me aseguró que no había hecho más que conformarse con el dictamen de Uribe como una criatura. Su censura demostrará que fueron mandados hacer. […]
Entregado todo esto al Notario, sacó un papel, y leyendo en él, todo pensativo y misterioso, comenzó a hacerme de parte de Uribe algunas preguntas tan insidiosas, que el Notario se enredó, y me preguntó algunos absurdos, como si las pruebas que yo tenía del sermón, eran de autores Infalibles, inmutables e invariables. Toda esa jerga se reducía a saber si tenía más pruebas, o si estaban en autores impresos, únicos que respetasen sus obras como el Sr. D. Quijote de la Mancha. […] También se me preguntó si sabía mexicano, aunque yo tenía más derecho para preguntar si lo sabían los censores para juzgar de un sermón todo fundado en frasismos de la lengua. Uribe dice en su dictamen que él no lo hablaba; pero que había estudiado la gramática, y que su compañero había sido cura de varios pueblos de indios. Es decir, que Uribe era como aquellas gramáticos macancones [82] que han estudiado la gramática en el aula, y no hablan latín, ni lo entienden. Y Omaña sabía algunos términos machucados, que es lo que saben muchos Curas para preguntar a los indios casaderos su consentimiento, y tomar los derechos. Si hubiera sabido más, no hubiera usado Uribe de este circunloquio. Pero asegura que según su gramática todos los términos de Borunda estaban bien explicados. Llegándome a preguntar de Borunda, en lugar de decir que él me había instruido en aquellos términos e ideas, dije haberlas tomado de su obra, porque aunque no la había visto, sabía que las contenía. Viendo fraguado el rayo, quise más bien recibir yo todo el golpe, que hacerlo resentir sobre un infeliz padre de familia, que si me había sorprendido y engañado, era con buena intención. Borunda pagó mal la mía, porque en España ví en los autos una esquela a Uribe, en que procuraba echar el cuerpo fuera, cuando ni yo había imaginado en mi vida tal sistema, ni me hubiera atrevido a predicarlo sin sus pruebas incontrastables. Aún se atrevía a llamar a mi sermón rudis indigestaque moles cuando confiesan los censores que sin la clave de mi sermón, que contenía la quinta esencia de la obra de Borunda, les hubiera sido imposible penetrar en su inextricable laberinto. Acaso por su lectura yo tampoco hubiera hallado salida; pero él hablaba mejor que escribía, y mi sermón era sólo análisis de lo que le oí. El dictamen de Uribe en su mayor parte está sobre el género de la impugnación del Padre Isla al Cirujano, que es una burla continuada, sin decir un ápice de sustancia. Asienta que Borunda desbarraba sobre el punto de antigüedades americanas, como D. Quijote sobre caballerías, y se ocupa en comparar varios pasajes de su obra con las aventuras del caballero de los Leones. […]» (Servando Mier, págs. 81-82.)

«Seguramente yo no soy un nahuatlato; y creí a Borunda que lo es, porque peritis in arte credendum est; por lo que había leído en Torquemada, Boturini y Clavijero, no me pareció tan irracional el modo Borundiano de interpretar los jeroglíficos, y mucho menos me parece racional el método Uribiano de refutarle.» (Servando Mier, pág. 85.)

«En fin, concluye el Sr. Uribe su defensa Guadalupana con un golpe de Maestro siempre consecuenciario. Si se negase la tradición, dice, después de habérsela estado predicando al pueblo, como el resto de la religión, creería que ésta tampoco era verdadera. No se puede negar la inventiva al Sr. Uribe, porque en tantas disputas sobre tradiciones e historietas piadosas como se agitan y han agitado en el cristianismo, a nadie le ha ocurrido una reflexión semejante; porque ya se ve, con ese argumento no habría abuso que no se pudiera escudar, y porque se ha obrado algún tiempo mal, se ha de obrar siempre; y una vez que algún pueblo se engañó, ha de seguir engañado. […] Es cierto que el pueblo raciocina así, pero no por eso se ha de seguir a la multitud para hacer mal, dice el Espíritu Santo: se le ha de instruir. Es cierto que así han corrompido al pueblo de Francia los filósofos, haciéndole ver los abusos, los milagros falsos y las historietas fingidas; y eso lo que prueba es gravísima culpa en los sacerdotes que se los predican como pertenecientes a la religión, no teniendo que ver con ella para nada.» (Servando Mier, págs. 96-97.)

«Hablaré claro: todo esto no es más que comedia, con dos actos y un entremés. Uribe sabe que los gachupines están siempre hablando contra la tradición de Guadalupe que no creen; y sabiendo que el Arzobispo no se para en barras desde que pega contra uno de los criollos, que son sus encantadores follones y malandrines; valiéndose de la ocasión, ha tirado a echarles un candado en la boca con el peso de la autoridad episcopal y el terror de la Inquisición; y páguelo el fraile. Los europeos, sin creer la tradición de Guadalupe, han gritado más alto que los criollos, para destruir la especie de la predicación de Santo Tomás, porque creen que les quita la gloria de haber traído el evangelio, y los iguala con los indios en cuanto a la imagen del Pilar. Desgraciadamente ha tocado la tecla un criollo brillante; y S. Illma. ha embrazado el escudo con furor para exterminar de una vez mi honor y dejarme confundido para siempre con el polvo. Este es el ruido ordinario que en el asunto han metido las pasiones encontradas en un punto. De ahí la chusma de mis émulos armados, como otros tantos monos orangutanes, de los palos que les ha suministrado la envidia, han acudido sobre el caído, que los frailes les han entregado a discreción con una mordaza en la boca y atado de pies y manos. A moro muerto gran lanzada.» (Servando Mier, pág. 98.)

Algunas referencias sobre José de Uribe:

«Advertencia. Salen a luz estos sermones a los veinte y cinco años de la muerte de su autor, que no habiendo pensado en imprimirlos solo dejó de ellos los borradores que hizo para predicarlos, sin trasladar tal vez al papel aquellas correcciones que hacen los oradores al tiempo de aprender sus discursos de memoria, o al de pronunciarlos. De aquí, o lo que es más creible, del descuido e ignorancia de quien escribió la copia que ha servido de ejemplar a esta impresión, resultaron en ella muchos defectos de ortografía, no pocos que alteran el sentido [4] de los períodos, o que los dejan sin él, y algunos que los hacen confusos o les quitan su número o cadencia. Estos últimos han quedado sin enmendarse por no tener a la vista los borradores, ni otras copias más exactas que hay en Méjico; y sólo se han corregido, cuanto ha sido dable, los defectos de las dos primeras clases. Adviértese esto para que los deslices, en que tal vez tropezarán los lectores literatos, no se atribuyan al autor de estos sermones, que en tiempos en que ya el buen gusto reinaba en el mundo nuevo fue un sabio de los más distinguidos, y un orador de los más célebres que florecieron en Méjico. [5] Son prueba de esto, al mismo tiempo que elogio del autor, las expresiones del erudito europeo Doctor Don Fr. Ramón Casaus, hoy dignísimo Arzobispo de Goatemala, en el dictámen que dio para la impresión de la disertación guadalupana, obra también póstuma del mismo autor que va comprehendida en esta edición: le compara en él a un Fleury, dice que por la superioridad de sus talentos se miraba y oía en Méjico con respeto, y admiración profunda, y se gloría de haber disfrutado en vida de su amistad y confianza, como participó del dolor que causó a toda la ciudad su temprana muerte. A esto se puede añadir que si el Ilustrísimo Casaus se da por honrado con [6] la amistad y confianza del sabio y virtuoso Uribe, este no lo fue menos con la estimación y confianza que de él hicieron los hombres más grandes que en su tiempo gobernaron a Méjico con acierto, así en lo civil como en lo eclesiástico: a saber Bucareli, los Galvez y el gran Revillagigedo entre los Virreyes, y entre los Arzobispos el Eminentísimo Lorenzana, justo apreciador de los literatos americanos, que de Arzobispo de aquella ciudad distinguió mucho a Uribe en su aprecio, y trasladado a Toledo mantuvo con él correspondencia por cartas.» (Advertencia que figura en las páginas 3 a 6 del tomo I de los Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, Por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M., Madrid 1821, 3 tomos.)

«Uribe y Casarejo (D. José Patricio Fernández de): natural de la ciudad de México, colegial de oposición en el más antiguo de San Ildefonso de dicha capital, doctor, maestro en artes, rector y catedrático de retórica, de filosofía y de Sagrada Escritura en la universidad, cura y juez eclesiástico de Zinacantepec, cura del Sagrario de la metropolitana, prebendado y canónigo penitenciario de la misma, y agraciado con la cruz de la distinguida orden española de Carlos III. Murió de edad de 54 años, a 12 de mayo de 1796; pero vive en la memoria de su cabildo, que reconocido a los singulares servicios que le hizo este prebendado, le decretó un aniversario perpetuo, y que su retrato se colocase en las oficinas públicas de esta iglesia. Fue el canónigo Uribe uno de los sabios de su tiempo, versado en todo género de literatura, singularmente estimado de los virreyes y arzobispos, y amado del pueblo por su dulzura y beneficencia. Escribió: «Epitafios e inscripciones latinas para el cenotafio erigido en las honras solemnes del Illmo. Rojo, arzobispo de Manila,» Imp. –«Elogio fúnebre en las exequias del Exmo. Sr. Bailío Frey D. Antonio María Bucareli y Ursúa, virrey de México», Imp. 1779, 4º. –«Elogio fúnebre del Exmo. Sr. D. Matías de Gálvez, virrey de México, con la descripción de sus exequias y los adornos e inscripciones de la pira,» México 1785, 4º. –«Oratio funebris pro Carolo Tertio, Hisp. et Ind. Rege potentissimo.» Mexici 1789, fol. –«Censura del sermón predicado en el Santuario de Guadalupe, por Fr. Servando Mier,» Imp. 1796. –«Sermón de Nuestra Señora de Guadalupe de México, predicado en su Santuario el año 1777 día 14 de Diciembre, el que dio motivo para escribir la adjunta disertación, como en ella misma se expresa,» México 1801, 4º. –«Oda en elogio de la reina María Luisa de Borbón, premiada en el certamen poético de la Universidad de México,» 1790, 4º. –«Oda dirigida al virey conde de Revillagigedo,» México 1791, 4º. –«Representación al rey en su supremo consejo de Indias, a favor de la renta decimal de la Catedral de México y demás catedrales de la Nueva España,» MS. de singular trabajo y mérito. BERISTAIN.» (Diccionario universal de historia y de geografía, por los señores Lucas Alamán, &c., México 1855, tomo séptimo, págs. 410-411.)

Bibliografía sobre José Patricio Fernández de Uribe:

1999 Iván Escamilla González, José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796): el cabildo eclesiástico de México ante el estado borbónico, Conaculta, México 1999, 313 págs. Facsímil publicado por el Proyecto Filosofía en español (junio 2009), http://www.filosofia.org/aut/002/esc1999.htm

2001 Iván Escamilla González, «Un rector ilustrado: José de Uribe y la Universidad de México, 1742-1796», en Permanencia y cambio: Universidades hispánicas 1551-2001 [Actas del VIII Congreso de Universidades Hispánicas, México 2001], México 2006, págs. 197-216.

Bibliografía de José Patricio Fernández de Uribe:

1821 Sermones de Jesucristo, de la Virgen y de otros Santos, su autor, el Doctor Don José Patricio Fernández de Uribe, Canónigo penitenciario que fue de la iglesia catedral de Méjico, Por Ibarra, Impresor de Cámara de S. M., Madrid 1821, 3 tomos en 8º: 438+282+493 págs. [Disponible facsímil del ejemplar que fue de Emeterio Valverde Téllez, en formato pdf, en el sitio de la Universidad Autónoma de Nuevo León: cd.dgb.uanl.mx]
• Tomo I: 3-6 Advertencia, Índice de los sermones que contiene el primer tomo: 7-32: Sermón de la Santísima Trinidad (predicado en el templo de la Santísima Trinidad el día de su dedicación, año de 1784: día de la cátedra de San Pedro), 33-60: Sermón del nacimiento de N. S. Jesucristo (predicado en el convento de religiosos bethelemitas de Méjico), 61-84: Del Jesús niño perdido y hallado en el templo (sermón del niño Jesús perdido en Jerusalén, predicado en el convento de Jesús María de México), 85-95: De la entrada de Jesucristo en Jerusalén (sermón de la dominica de palmas, predicado en la catedral de Méjico), 96-116: Sermón de la sangre de N. S. Jesucristo (predicado en la catedral de Méjico), 117-145: Sermón del Señor de la humildad y paciencia, o del Ecce Homo (predicado en el convento de religiosas de Regina Coeli de México, en la fiesta con que el día de la Invención de la Santa Cruz se celebra allí bajo el título de Ecce Homo), 146-169: Sermón de la concepción inmaculada de María (predicado en el convento de religiosas de la Concepción de Méjico), 170-193: Sermón de la Natividad de María Santísima (predicado en el convento de la Encarnación el día 8 de setiembre en que profesó una religiosa), 194-212: De su Asunción al cielo (sermón de la Asunción de María Santísima, predicado en la catedral de Méjico), 213-233: Sermón de San Miguel (predicado en el convento de religiosas de la Encarnación de Méjico), 234-261: Sermón de San Rafael (predicado en el convento de religiosos de San Juan de Dios de la ciudad de Toluca), 262-280: Sermón primero de San Pedro (predicado en el templo de la Santísima Trinidad de Méjico en que está fundada la venerable congregación de dicho santo Apostol), 281-309: Sermón segundo de San Pedro (predicado en la Santísima Trinidad el día 3 de julio de 1768), 310-330: Sermón de San Esteban, 331-357: Sermón de Santo Tomás de Aquino (predicado en la iglesia de religiosos Dominicos de Méjico en la solemne fiesta con que celebra a dicho Santo en su día la real y pontificia universidad), 358-374: De San Elígio o Eloy (Sermón de San Elígio, predicado en la catedral de Méjico), 375-405: Sermón de San Bernardo (predicado en su iglesia el día 21 de agosto de 1768), 406-436: Sermón de San Francisco (predicado en las Capuchinas de Méjico el día 4 de octubre).
Sermones de la Virgen en sus imágenes del Pilar de Zaragoza, y Guadalupe de Méjico, con una disertación de la milagrosa aparición de Guadalupe, su autor... Tomo II. Índice de los sermones que contiene el segundo tomo, y de los parágrafos de la disertación guadalupana: 3-25: Sermón de la Virgen en su imagen del Pilar (sermón de N. S. del Pilar de Zaragoza, predicado en la catedral de Méjico el 12 de octubre de 1785). 26-49: Primero: de la Virgen en la de Guadalupe de Méjico (sermón primero de N. S. de Gudalupe, predicado en su santuario el día 12 de diciembre en que se celebra su milagrosa aparición). 50-64: Segundo: de la Virgen en dicha imagen (sermón segundo de N. S. de Guadalupe). 65-91: Tercero: de la Virgen en la misma imagen (sermón tercero de N. S. de Guadalupe). Disertación histórico-crítica del mismo autor, en que se comprueba la milagrosa aparición de nuestra Señora de Guadalupe. Parágrafos de la disertación Guadalupana: 92-98: Primero: Expónense los motivos que obligaron a escribir esta disertación, 98-112: Segundo: Dase una breve noticia del suceso y circunstancias de la aparición de Guadalupe, 113-117: Tercero: Pruébase que no haberse hecho información jurídica de este milagro no arguye negligencia en el V. Obispo Zumárraga, ni menos disminuye la fe debida a la aparición, 118-123: Cuarto: Discúrrese, con graves fundamentos, que el no haberse hallado las escrituras auténticas de este milagro no prueba que no se formaron, y se alegan algunas razones que hacen creible su pérdida, 123-131: Quinto: el silencio de los autores coetáneos, o inmediatos al tiempo de la aparición no debilita la fe del milagro, 131-146: Sexto: discúrrese en particular sobre el silencio del reverendo Torquemada, y de Bernal Díaz del Castillo, 147-166: Séptimo: razones sólidas que prueban la aparición milagrosa de la imagen, 166-181: Octavo: documentos auténticos, e irrefragables del culto no interrumpido de la imagen prueba la tradición de su origen, 181-208: Nono: confirmase la verdad de la aparición con el testimonio de los historiadores (confírmase la fe piadosa de este milagro con el testimonio de los historiadores), 208-215: Décimo: se confirma con los monumentos históricos, 215-241: Undécimo: la misma imagen es prueba de su origen milagroso, 241-279: Duodécimo: Se apuntan ligeramente otros argumentos poderosos que confirman la verdad de la aparición.
Sermones de honras militares, de profesiones de religiosas, morales y doctrinales, su autor... tomo III. Índice de los sermones y pláticas que contiene este tercero y último tomo: 3-42: Sermón de honras del Excmo. Bucareli (Elogio fúnebre del Excelentísimo Señor Baylío Fr. D. Antonio María Bucareli, Virrey que fue de Méjico [1779]), 43-82: Sermón de honras del Excmo. Galvez (Elogio fúnebre del Excelentísimo Señor Don Matías de Gálvez, Virrey que fue de Méjico [1784]), 83-109: Sermón primero de profesión de religiosa, 110-134: Sermón segundo de profesión de religiosa, 135-160: Sermón tercero de profesión de religiosa, 161-183: Sermón cuarto de profesión de religiosa, 184-203: Sermón de honras de militares (predicado en la santa iglesia catedral de Méjico el día del aniversario u honras de los militares), 204-226: Sermón del amor a los enemigos (sermón a los jueces sobre el amor a nuestros enemigos predicado en la capilla del palacio real), 227-251: Sermón de gracias a fin de año (predicado la última noche del año de 1780 en la parroquia del Sagrario de la santa iglesia catedral), 252-271: Sermón de la tibieza (sermón predicado el viernes de Lázaro en la catedral de Méjico el día 3 de abril de 1767), 272-303: Sermón en oposición a la Magistral (sermón predicado en oposición a la magistral vacante en la metropolitana de Méjico el 28 de noviembre de 1766). Pláticas doctrinales del mundo enemigo del hombre. 304-325: Plática primera: el mundo enemigo del hombre en el uso y moda de trajes indecentes, 325-344: Plática segunda: el mundo enemigo del hombre en el uso de bailes peligrosos, 344-362: Plática tercera: el mundo enemigo del hombre en el uso de amorosos cortejos. Pláticas doctrinales del amor de Dios y del prójimo. 363-378: Plática primera del amor de Dios, 378-391: Plática segunda del amor del prójimo. Pláticas doctrinales del amor propio o de sí mismo. 392-408: Plática primera: el amor propio manifiesto y descubierto, 408-426: Plática segunda: el amor propio encubierto y disfrazado, 426-442: Plática tercera: el amor propio vencido y curado consigo mismo. Pláticas doctrinales de la gracia santificante. 443-457: Plática primera: la naturaleza de la gracia, 457-472: Plática segunda: estima de la gracia porque hace a los justos hijos de Dios y sus herederos (estima de la gracia porque hace al hombre hijo adoptivo de Dios y su heredero), 472-489: Plática tercera: facilidad y medios de aumentar la gracia.

Textos sobre José Patricio Fernández de Uribe en el Proyecto Filosofía en español:

1999 Iván Escamilla González, José Patricio Fernández de Uribe (1742-1796). El cabildo eclesiástico de México ante el Estado borbónico · Introducción · I. La nueva época · II. Viejas instituciones · III. Instituciones cambiantes · IV. El Siglo de las Luces · V. Privilegios cifrados · VI. La crisis en el poder · VII. La crisis en el espíritu · Epílogo · Fuentes. Índice onomástico

2001 Iván Escamilla González, Un rector ilustrado: José de Uribe y la Universidad de México

Textos de José Patricio Fernández de Uribe en el Proyecto Filosofía en español:

1785 Sermón de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, predicado en la Catedral de Méjico

1795 Dictamen sobre el sermón que predicó el padre doctor fray Servando Mier el día 12 de diciembre de 1794

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