Francisco Bilbao Barquín
 
1823-1865

Francisco Bilbao Barquín (1823-1865) Filósofo revolucionario americano, ideólogo espiritualista cristiano, socialista y republicano, activista antimonárquico y anticlerical, en particular antijesuita, masón y propagador de la leyenda negra antiespañola, quizá el primero en introducir el concepto de «América latina» («la raza Latino-Americana», «pero la América vive, la América latina, sajona e indígena protesta», «tenemos que perpetuar nuestra raza Americana y Latina», en su alegato «Iniciativa de la América», pronunciado en París el 22 de junio de 1856) y el concepto de «Estados Des-Unidos» (en ese mismo texto) para referirse a las Repúblicas Hispanoamericanas, considerado por algunos como el Apóstol de la libertad en América, &c.; nació Francisco de Sales Bilbao Barquín en Santiago de Chile el 9 de enero de 1823 y falleció en Buenos Aires el 19 de febrero de 1865. Su madre, Mercedes Barquín Velasco, había nacido en Buenos Aires, y su padre, Rafael Bilbao Beyner, formó parte del Congreso constituyente de Chile en 1828, donde fue gobernador local e intendente en Santiago, aunque los vaivenes políticos le llevaron a ser condenado en 1834 al destierro, lo que determinó que el hijo también pasase a vivir en Lima, con once años, en compañía de un puñado de liberales chilenos exilados. Pudo regresar la familia a Santiago de Chile y a principios de 1839 inició Francisco Bilbao sus estudios de Derecho en el Instituto Nacional, donde fue alumno de Andrés Bello y José V. Lastarria. Siendo estudiante tradujo y publicó, con un breve prólogo, el opúsculo de Lamennais, De la esclavitud moderna, adicionada con un discurso español análogo, Imprenta Liberal, Santiago de Chile 1843, VI+27 págs. Al parecer había sido el radical peruano Pascual Cuevas, exiliado en Chile, quien le facilitó la lectura de obras de Lamennais, en particular El libro del pueblo (1838).

«Fue después de haber consolidado la independencia cuando numerosos intelectuales enamorados de la cultura europea no española, encabezados por el chileno Francisco Bilbao y el argentino Sarmiento, proclamaron para el Continente americano el ideal de la ‘desespañolización’.» (Ramiro de Maeztu, «El hispanismo de los sur-americanos» [donde glosa el libro de José León Suárez, Carácter de la revolución americana], Nuevo Mundo, año XXIV, nº 1206, Madrid, 16 de febrero de 1917, pág. 5.)

«La última parte del folleto la dedica el señor [José León] Suárez a recomendar abjuremos de errores, tales como los propagados durante medio siglo por el Evangelio Americano, de Francisco Bilbao, "que sintetizaba en la palabra ‘desespañolizarse’ la verdadera fórmula del progreso americano". Bilbao planteaba así su punto de vista. La España conquistó la América. Los ingleses colonizaron el Norte. El resultado fue: "Al Norte los Estados Unidos, la primera de las naciones antiguas y modernas. Al Sur, los Estados Desunidos, cuyo progreso consiste en despañolizarse." Evidente el error de Bilbao, conviene destruirlo en el menor tiempo posible. Bilbao, como lo hace notar nuestro autor, tenía por obra de cabecera el Ultramontanismo, de Quinet, "de quien era íntimo amigo"; era su otro inspirador Lamennais, cuyo libro De los males de la Iglesia cita frecuentemente, y, "finalmente, Bilbao era un propagador entusiasta en nuestro país, en el suyo (Chile) y en los demás de América del capítulo ‘La civilización en España’ de la obra de Buckle Historia de la civilización en Europa." El inexacto y apasionado Evangelio Americano, de Bilbao, "fue durante muchos años libro de lectura en nuestros establecimientos de segunda enseñanza y en los grados superiores de la primaria". "Con pociones tóxicas semejantes hemos deformado, por el espacio de casi un siglo, la historia de nuestra raza y la lógica de nuestra existencia".» (Bernardo González Arrili –Buenos Aires, mayo de 1917–, «Carácter de la revolución americana (Un nuevo punto de vista más verdadero y justo sobre la independencia hispano-americana), por José León Suárez, Buenos Aires 1917», La Lectura, año XVII, nº 201, Madrid, septiembre 1917, págs. 297-298.)

1844, La sociabilidad chilena

«Principiaba a correr el año de 1844 y una de las figuras más notables de la revolución de la Independencia bajaba al sepulcro. Era D. José Miguel Infante, enemigo del clero, volteriano en ideas y tenido en la opinión por hereje o ateo, que es lo mismo para los imbéciles. Este hombre, dotado de las cualidades del tribuno popular era de una inflexibilidad a toda prueba. [...] El clero católico no había olvidado esta derrota y, a la muerte de Infante, quiso vengarse. Durante el letargo que precedió a su desaparición, trató de arrancarle un acto de debilidad. Infante terminó volteriano. No se confesó ni aceptó las pantomimas del catolicismo. [XXV] El país vistió de luto por la muerte de tan grande hombre y los honores que el pueblo le rindió no los hemos vuelto a presenciar. Francisco Bilbao iba en el cortejo fúnebre, y fue ese día en que por vez primera hablara en público. Al pasar el féretro por las puertas del Cementerio, Bilbao lo detuvo y le dirigió estas palabras: «Antes de pasar los umbrales de la muerte, Infante, ¡recibid el bautismo de la inmortalidad!.» Los incidentes expuestos, las biografías que del hombre se publicaron y las manifestaciones que se siguieron, ocasionaron una polémica animada entre la juventud, que defendía la memoria de Infante y el clero que la anatematizaba. [...] Observando estas escaramuzas, Bilbao creyó llegado el momento de lanzarse a la vida pública, presentándose como el iniciador de la reforma racionalista, es decir, remover los cimientos de la vieja sociedad, presentando el dualismo de la civilización moderna, la incompatibilidad del catolicismo con la libertad, y aplicar este examen a la historia política de Chile. Pensamiento audaz, porque iba a ser la primera palabra que en el país más católico de la América, atacaría de frente la causa de su atraso. No se ocultaba a nadie la situación del país: La sociedad fanatizada hasta la médula de los huesos. El clero, dueño absoluto de las conciencias. Una masa compacta de intolerancia basada en la estupidez más crasa. Bilbao previó lo que se le esperaba, pero no trepidó en su propósito. Una voz interior le decía: posees la verdad y tu deber es decirla. El corazón le animaba demostrándole por la pureza del sentimiento, que sin abnegación no hay heroísmo. Escribió y dio a luz La sociabilidad chilena. Los que se hayan encontrado en un cataclismo volcánico; los que hayan presenciado el derrumbe súbito de una población; los que hayan sentido caer a sus pies un rayo, sólo esos pueden [XXVI] tener idea del efecto que produjo la aparición de La sociabilidad chilena en la capital de Chile. Atacar el catolicismo en Chile y en aquella época, despertar esa sociedad aletargada por el dominio idiotizador de un clero numeroso, sacudir ese monstruo que trescientos años vegetaba en las delicias de una omnipotente dominación, era un heroísmo. El que a esto se atrevía era un joven de 21 años de edad. La conmoción fue general, y la sociedad, el clero y los poderes civiles se pusieron a la altura de la barbarie. El clero fulminó anatemas. La sociedad maldijo al escritor y el poder civil lo entregó al dominio de las leyes católicas. Desatose la prensa empleando la calumnia y promoviendo la excitación del fanatismo. Creáronse publicaciones especiales. Sólo un diario se atrevió a defender a Bilbao –El Siglo, redactado por don Francisco Matta. Las iglesias abrieron sus puertas y tanto en ellas como en las plazas y calles se hacía la propaganda contra el ‘hereje, el ateo, el corrompido, el inmoral, el que ardía en los profundos infiernos y para quien la sociedad sólo debía alzar el arma del exterminio como una ofrenda a Dios’. Éste era el tema de los sermones. Los padres de familia prohibieron a sus hijos el ver a Bilbao y de aquí el abandono que de él hicieron una gran parte de sus amigos. Los liberales en política creyeron ver arruinarse la causa si dejaban una plaza en sus filas al que atacaba los dogmas: –lo renegaron y lo declararon una calamidad. Los conservadores fueron lógicos excomulgándolo ante la Patria. Los ánimos se encontraban en tal grado de enajenación mental y de loca demencia, que las gentes al pasar por las ventanas de las habitaciones de Bilbao se santiguaban y atravesaban la calle.» (Manuel Bilbao, «Vida de Francisco Bilbao», en Obras completas de Francisco Bilbao, Buenos Aires 1866, tomo I, págs. XXIV-XXVI.)

Francisco Bilbao fue procesado por La sociabilidad chilena, y tras un tumultuoso juicio, el autor fue «condenado en tercer grado como blasfemo e inmoral», multado con 1.200 pesos (que recaudaron sus amigos) y expulsado del Instituto Nacional; el impreso fue mandado quemar por mano del verdugo. Tras unas semanas en Valparaíso, donde se había establecido su familia, y decidido a poner el océano por medio, el 6 de octubre de 1844, junto con sus amigos Francisco y Manuel Antonio Matta, embarcó en la fragata norteamericana Seaman rumbo al Havre, con escalas en Montevideo y Río de Janeiro.

1845, estudiante en Francia

Tras un largo y penoso viaje pisaron Francia el 24 de febrero de 1845, instalándose al poco en el barrio latino de París, con la voluntad Francisco de retomar sus estudios interrumpidos en Chile.

«No se contentó con oír tan sólo las lecciones de estos genios, [XLV] quiso ir más allá, aislarse de la vida de París y encerrarse en un círculo donde sólo oyera lo que únicamente su alma anhelaba. De aquí nació que se presentó a visitar a Quinet, a Michelet y a Lamennais. Todos tres le recibieron con esa bondad peculiar a hombres que parecen vírgenes, modelos de lo que el hombre debiera ser. Quinet le inspiró más confianza y a él le narró su pasado, acabando por entregarle un ejemplar de su escrito La Sociabilidad. Grande debió ser la impresión que produjo en él semejante folleto, desde que recibió los honores de ser citado en el curso público que daba, como puede verse en la nota que hemos puesto en la edición de sus obras. (...) [XLVI] La vida de Bilbao era entonces singular. Se levantaba al amanecer y se ponía al estudio de los tratadistas de metafísica. Los leía, los analizaba, los extractaba y los discutía. Asistía a los cursos ya indicados, paseaba en los museos y en el Luxemburgo y visitaba a los hombres que le parecían notables. Pedro Leroux, Cremieux, Cousin, &c. Pero, a donde él iba con más frecuencia y a donde se encontraba como en familia, era a donde aquellos tres, que veneró toda su vida y no olvidó jamás, ni al dar el último aliento de su vida.» (Manuel Bilbao, págs. XLIV-XLVI.)

Se conservan sus diarios en París. El siguiente fragmento, donde refiere una conversación con Edgar Quinet, no deja de tener interés filosófico hispánico:

«Enero 1º de 1846. He estado con Quinet. Me llevó a su cuarto y conversamos de las Vacancias en España.
–V. ha visto a la España muy en poeta, le dije.
–Es preciso animar a estos pueblos del Medio Día, me contestó. Si V. supiera el desaliento que hay, creen que nada se puede hacer. Yo he vivido en los pueblos del Norte y sé el desprecio que profesan a los países del Medio Día. Larra ha muerto de desaliento y ha dicho que la América es la esperanza... Tengo que hablar de Chile también, y V. me traerá lo más importante y popular que tenga.
–Sí señor, y yo tengo una idea que desenvolver sobre mi [LIII] país y su influencia futura en América a causa de la nacionalidad que se forma. Hay una oposición y semejanza entre los Estados Unidos y mi país sobre el porvenir de la América. Chile por la estabilidad de su carácter, por la paz que ha tenido, por sus límites tan marcados, por su estrechez misma, por las tradiciones Araucanas, ha podido echar raíces de un carácter peculiar y de una fuerte nacionalidad. Los Estados Unidos por el protestantismo y Chile por la filosofía. Esta es la ventaja futura de mi país.
–¡Oh! si una filosofía penetrara.
–Éste es mi trabajo, la busco y mi cuidado es evitar las ideas de transición y la filosofía ecléctica ahora dominante en Francia. He tenido el placer de haber sido el primero en refutar en mi país el eclecticismo, por ahora sé que en Bolivia lo aplauden. He aquí el peligro.
–Sí, pues se cree que la filosofía de Cousin es la última palabra, la solución, y por eso la adoptan.
–Sí señor, yo me he arrancado de ella por la espontaneidad de la idea personal de la nacionalidad. Al ver el desenlace de la batalla de Waterloo y al ver a los franceses aplaudir, yo que había leído a Napoleón y comprendía el sentimiento de la época, al momento sospeché.
–Eso prueba, y me alegro de oírlo, que Vd. tiene un buen corazón y eso lo ha librado a Vd.
–¡Y cual sería mi placer al llegar aquí y leer su segunda lección contra él!
La conversación siguió.
–Hay mucho qué hacer del medio día, me dijo, y es preciso que el español tenga una lengua filosófica.
–Yo alabo su objeto y hace Vd. muy bien en animar entonces.
–Y Vds. como buenos Araucanos también tienen algo de españoles.
–Oh señor, y así como en la conquista dice Herder que fuimos los únicos que sostuvieron la libertad, así ahora conservaremos esa tradición.
Hablamos de los asuntos del día, &c. Estuvo más familiar, nos separamos muy amigos –yo lleno de nobles sentimientos, porque con su palabra doblegó mi odio tradicional a la España y que lo comprendió al momento que le dije: me parece que vd. ha ido [LIV] como ilusionado por Calderón. –Es que es preciso levantar esos pueblos–, me contestó, hay desaliento. Al momento la grandeza de su alma me dominó. Esto se lo agradezco porque salí de su casa más noble. En el mismo día pasé a ver a Lamennais. Estaba en un círculo hablando muy naturalmente de Dios y otras opiniones. Vino una señora con un niño. Me encantó el verlo al lado del niño. El sabio, el anciano, parecía tan angelical con la inocencia.» (Transcrito por Manuel Bilbao, págs. LII-LIV.)

Y no menos interesantes las anotaciones sobre una de sus conversaciones con Lammenais, cuando Bilbao traducía entonces al español los Evangelios anotados y comentados por ese famoso sacerdote, y donde se refieren a Pedro Leroux, uno de los ideólogos más característicos del naciente socialismo, introductor años después de la idea de «solidaridad», antes de que el veinteañero Bilbao inquiriese al clérigo sesentón sobre la castidad:

«Bilbao: –Señor, he concluido hoy el Evangelio de San Mateo.
Lamennais: –¿Cree usted que el clero no haga oposición al libro?
B: –Creo que no por dos razones. ¿Qué le pueden decir? Y además, el nombre de Vd.
L: –Es la obra que personalmente me ha complacido más. Un inglés quería traducirla. La Inglaterra es el país más atrasado a este respecto. Están con las discusiones del tiempo de Bossuet. Aquí un cura dijo delante del arzobispo que mi libro hacía amar al cristianismo y odiar al catolicismo.
B: –Yo creo señor, pues, que la traducción ha venido para mí también perfectamente. Es la base de todo, y sobre todo ahora que los dogmas caen y que el escepticismo cunde.
Me hizo una explicación de la invariabilidad de la ley y de la variedad de su aplicación, como sucede con el hombre físico. Debe respirar, vestirse &c., pero con el progreso varía su modo. La ciencia no ha dado su última palabra. Los de la academia de ciencias que saben todo lo que hay que saber ¿ahora son por eso más hermanos? Luego obedézcase a la ley y téngase aplicaciones diversas, no importa; en obedeciéndola está todo.
Le manifesté la contradicción de Lermini y me dijo que tenía cartas de él del tiempo de las palabras de un creyente en que le decía que fuera más adelante.
L: –Pedro Leroux es un hombre de instintos buenos, pero de bajos principios –no hay sino la tierra para él. [LV]
B: –Su hermano es malo y ha influido sobre él.
L: –Se acababa la columna de Julio y fueron varios a comer al Boulevard. –La tarde era bella. Charton después de algún vino empezó a hablar de la belleza del espectáculo, de la naturaleza. Leroux dijo, ‘abajo las estrellas’. Ya ve V., es un hombre material –de ahí sale su metempsicosis. Rainaud es diferente, lo aprecio mucho –es más elevado y se disputan siempre con él.
B: –Yo creo, señor, que el fatalismo inmoviliza, ¿cómo los Mahometanos han hecho tanto poseyendo ese dogma?
L: –El mahometismo fue un gran progreso. Salió de algunas sectas cristianas cuando el cristianismo estaba débil y triunfó sobre la idolatría. Engolfados en el uno fueron fatalistas.
B: –Pero ¿cómo obraron?
L: –No es siempre práctico.
B: –Eso sí.
L: –Vea Vd. Hay aquí un escritor que me viene a ver y que ha disputado hace mucho tiempo conmigo. No cree en el mundo exterior, son ilusiones. Vino el otro día a disputar. Le dije: ‘yo creo en el mundo exterior, tengo las creencias del género humano, –si hay ilusión ¿para qué me escribe Vd.? Yo no le podré a usted convencer’.
B: –¿Y qué le respondió?
L: –Des politesses –il y a des illussions chéres.
Entablé la conversación sobre la visita que le hice con Rosales, don Javier, ministro de Chile en París.
B: –Él es del mundo, un buen escéptico, cree que todas las religiones son buenas. Está desvanecido por la Europa, cree que nosotros debemos imitarla y me dice que yo pierdo mi tiempo, me aconseja me haga ingeniero. Vd. ve que él no puede comprender el estado de duda, el peligro de las transiciones, la incubación del mal. La Europa nos envía de todo, una mezcla de bien y de mal. Es necesario mirar desde mayor altura, allí está el eclecticismo que odio porque justifica todo. Para él, el hecho es la ley.
L: –Hacéis bien. Seguid en vuestra misión. Tenéis los instintos inmortales de la humanidad. Vuestro deber es manifestaros a vuestro país, difundir la instrucción en las clases, acercarlas a la ley del derecho y del deber para todos.
Enseguida le hablé de la castidad. [LVI]
B: –¿Es un deber absoluto y moral o un deber higiénico?
Conocí el tacto conque me respondía, la experiencia, la indulgencia y la severidad:
L: –Yo, en mi oficio de sacerdote he conocido algo de la debilidad humana, pero no creo que es tan difícil el practicarla como se dice. O se ofende a la mujer casada y entonces no hay familia, o se ataca a la soltera y entonces ese ser no es lo mismo que antes –se ha degradado. –La castidad fortifica el alma y el cuerpo, hay que luchar. –En vuestra edad yo concibo el poder y más rodeado del ejemplo y la ocasión, pero se puede vencer. –Fatigad vuestro cuerpo, poco sueño, ocupáos.
B: –¿Y el pensamiento puro hace más?
L: –Sin duda y habréis ganado mucho. Se ve la prostitución, pero yo diré como dijo el Cristo: ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra,’ y a ella, ‘id y no pecad más.’ Cristo conocía la debilidad humana y exhortaba a la virtud.
Expresaba esto de un modo tan suave, la palabra del Cristo me pareció en ese momento tan sublime y verdadera que las lágrimas me saltaron.
B: –¡Oh! es sublime, ¡es la verdad!» (Transcrito por Manuel Bilbao, págs. LIV-LVI.)

Así refiere una tertulia a la que fue invitado por el filósofo Edgardo Quinet, del que sería gran amigo:

«Entro, Quinet me sienta a su lado y me dice: el que tengo a mi lado es Charton, el que está a mi derecha es Reynaud; el que sigue es David, y ése de cabellos blancos es Charles Didier.
Me presentó a todos y con todos hablé, con David cuatro veces, con Reynaud dos, con Didier una. Reynaud me preguntó si los libros de ellos llegaban a América. Le hablé de su artículo sobre Bolívar. Bella cara por lo abierta y musculosa, fuerte, risueño, tranquilo. Hablamos de las nacionalidades y me pronunció un discurso: ‘Todas las nacionalidades deben pronunciarse más y más y las naciones formarán una conversación entre sí.’
David D'Angeres me parecía Sócrates. Bajo, sencillo, feo, voz pausada y tranquila. ‘El arte debe ser casto me dijo, la humanidad es muy inclinada al sensualismo. En todos los pueblos se encuentra a la escultura para expresar las ideas del pueblo. En la edad media se representaban los pecados –los pueblos salvajes en la proa de sus canoas pintaban lenguas, caras de combate. –Monvoisin es un hombre distinguido. –Qué de poesía no debe haber entre Vds., entre los Araucanos.
B: –Hay mucho que trabajar, los bellos asuntos no faltan ni los hombres tampoco.
Didier me habló de sus viajes y me preguntó algo sobre Chile. Cabello blanco, hombre tranquilo, bello porte.» (Transcrito por Manuel Bilbao, págs. LVIII-LVI.)

En este otro fragmento de su diario, fechado un 15 de mayo (probablemente de 1846), figura el texto de una carta que dirige a Luis Felipe I de Francia, ante la visión como trofeo de las banderas argentinas, derrotadas por la escuadra anglo británica en la Batalla de la Vuelta de Obligado (el 20 de noviembre de 1845):

«15 de mayo. Voy a las Tullerías y dejo la siguiente carta: «Al rey. Señor. Ya están en los Inválidos las banderas tomadas en el combate de Obligado. [LXI] Señor: comprended el dolor de un pueblo que se levanta ensangrentado, al divisar esas banderas en el templo de la justicia de la Francia. Han sido tomadas al bárbaro, pero son los colores de una nación juvenil, evitad un odio, aumentad un amor hacia el pueblo que presides. Al lado de las banderas de Austerlitz, colocas las de un pueblo infantil y destrozado. Tenedlas en depósito sagrado, pero no las ostentes junto a las cifras gigantescas con que la Francia ha escrito su justicia y su poder. Pueblos de América, nacidos de ayer, sintiendo el porvenir temblando en sus entrañas, ¿hemos de sentir el puñal en nuestras almas? ¿Será la Francia, la nación de la esperanza, la que abata a los soberbios, la que revuelva ese puñal entre sus manos? Rey: oye el grito del gran dolor, atiende al pudor de una nacionalidad naciente, abre el corazón de la Francia al amor de las Repúblicas Americanas. Buenos Aires y Méjico son dos heridas que los Americanos llevamos en lo íntimo. Francisco Bilbao, estudiante chileno.» (Transcrito por Manuel Bilbao, págs. LX-LXI.)

1847, gira europea

El primero de octubre de 1847 sale de París en compañía de varios amigos en dirección a Dresde (la ciudad en la que Krause, por cierto, había desarrollado buena parte de su actividad unas décadas antes). Visita Praga, Viena, el Danubio, Linz, Munich, los Alpes del Tirol, Venecia, Padua, Milán, los Apeninos, Génova, Livorno, Pisa, Florencia, Civita Vechia y Roma. En Munich un conde húngaro muy original, que sostenía que no había vicio ni virtud, no creía en Dios, y que éramos frutos bastardos de los animales, gustaba al parecer de discutir con los jóvenes por las noches en un restaurante, y con él mantuvo Bilbao al parecer estos groseros requiebros materialistas:

«Me pidieron fuera a discutir con él y accedí gustoso. Ellos bebían, yo pedí té y observaba la fisonomía de mi hombre. Joven, pero gastado-arrugas –los signos del vicio, la mirada apagada. Bebe mucho, lee mucho, no sale sino de noche y se levanta a las 3 de la tarde. Se formó el círculo y la discusión se empeñó. Remontamos al origen de las cosas: la creación. Pruebas ontológicas, pruebas psicológicas, estas últimas lo embarazaron más. –¿Vd. cree en sí mismo? le interrogué. –Sí, contestó.
Bilbao –Esto me basta para rehacer sus creencias.
Húngaro –Todo lo que sabemos es por los otros. Si no fuera así, no tendríamos preocupaciones.
B. –¿Y Quién le ha enseñado a Vd. la creencia en sí mismo? (Titubea.). H. –No hay bien ni mal. B. –¿Hay orden en el mundo? H. –Sí, pero temporal, cesará al fin. B. –¿Cree Vd. que cesarán las condiciones esenciales de los seres? Vd. no cree sino en la materia, pues bien ¿cree Vd. que habrá materia sin anchura, largo, profundidad, sin divisibilidad, sin pesantez, sin lado izquierdo, sin lado derecho? H. –No. B. –Luego esas condiciones son inmutables del orden en la materia. Sin ellas ésta no puede existir. Luego hay un orden que no varía. (Embarazo para contestar.)
El auditorio quería arrancarle una confesión explicita de mis consecuencias, pero él, daba vuelta y seguía otra cuestión. Entonces conocí el poco fondo de su escepticismo.
B. –Hemos probado el orden en la materia. ¿Cree Vd. en el pensamiento? H. –Sí. B. –¿Y en la lógica? H: –También. B. –Pues la lógica es el orden en el pensamiento.
Aquí hubo un largo silencio y Dumont le dijo que no había qué responder.
H. –¿Y qué es lógica según Vd.? B. –La ley única que preside al desarrollo del pensamiento. [LXVI] Hemos visto cuales son las condiciones esenciales de la materia. H. –De lo que conocemos, de otra no podemos afirmar.
B: –De toda materia. No puede según la lógica existir sin atracción, sin anchura, sin extensión. ¿Podrá Vd. decirme cuál es la extensión, la anchura del pensamiento? ¿si lo puede Vd. dividir en dos pedazos? ¿si lo puede Vd. pesar y decir: éste es el lado izquierdo y el lado derecho del pensamiento? H. –No. B. –Luego, si el pensamiento existe y si existe sin las condiciones esenciales de la materia, es claro que no es materia.
Entonces se puso a hablar sobre que todo era enseñado, que nada sabíamos y que éramos bastardos de los animales. La otra cuestión fue sobre el bien y el mal. No hay diferencia, decía él.
B. –¿Hay verdad? H. –Sí. B. –¿Hay materia? H. –Sí. B. –¿La verdad es lo mismo que la mentira? H. –No. B. –Luego el que sostiene que dos y dos son cinco, contraría el orden matemático. ¿Es bien o es mal? ¿es lo mismo lo uno que lo otro? H. –Pero no se trata de eso, hablo de la moral establecida por los hombres. B. –Convengamos primero en que hay verdad y bien, después iremos al fondo de la cuestión.
Aquí se levantó mucha bulla. Todos interrumpían, todo se embrolló y allí quedamos.» (Transcrito por Manuel Bilbao, «Vida de Francisco Bilbao», pág. LXV-LXVI.)

En Milán tuvo ocasión de saludar al poeta Alejandro Manzoni:

«En Milán fui presentado a Manzoni, lo cual agradecí, pues no recibe sino a las personas conocidas. Es poeta y uno de los primeros patriotas de la Italia. Tiene como 57 años de edad y su fisonomía es muy dulce, su perfil inspirado, su mirada angélica.
Hablamos de Quinet y Michelet. ‘Todo lo que agita al mundo debe traducirse al francés, –me dijo–; es un signo de poder.’ Tratamos de filosofía, discutimos algo y me habló mucho de Rosmini, abate tirolense, hombre muy hábil, joven cuyo retrato me mostró, diciéndome: ‘tengo orgullo en ser su amigo. Se lo he recomendado a Cousin y ahora lo aprecia mejor.’ Discutimos las cuestiones más arduas de la metafísica y vi que era fuerte. Me hizo detener en ellas, diciéndome que le gustaba esa discusión. Es enemigo del idealismo subjetivo, pero yo le decía que toda filosofía debe empezar por el: cogito de Descartes. ‘Él empieza por la existencia’, me dijo. –Pero la existencia es revelada en el yo, le respondí. Hablamos del catolicismo, le expuse mis argumentos. Es lo que llaman neo-católico. –¿Vd. cree que la iglesia se levante? le pregunté. –Sí, me contestó. –¿Con el papado? –Sí, es mi esperanza. Me hizo leer varios trozos de Rosmini. ‘Sobre Alemania, –me dijo–, sus textos son causados por el protestantismo.’ Estuvimos tres horas» (Transcrito por Manuel Bilbao, pág. LXVIII.)

1848, luchas de clases en Francia

Mientras Bilbao viajaba por Italia, tuvieron lugar en París los sucesos revolucionarios de febrero de 1848 que terminaron con Luis Felipe. No pudo estar presente en los sucesos de febrero, pero sí vivir las insurrecciones de Toscana, Lombardía y Roma. El 1º de junio está de nuevo en París, por lo que pudo asistir a las jornadas revolucionarias del 23 al 26 de ese mes. Con un salvoconducto de Quinet, nombrado coronel de la Guardia Nacional, con 10.000 hombres a su cargo, puede asistir a la toma de las barricadas.

«A vista de estas apostasías, Bilbao escribía en los diarios: ‘la Francia va a faltar a su palabra. La Francia va a mentir. La Francia se suicida para el porvenir.’ Quinet renuncia al mando de la legión. ‘No quiero ser traidor’, dice. ‘La Francia debe pagar su inmoralidad’, agrega profetizando delante de sus amigos el porvenir de la Francia, ‘y pasará por un infierno de los males’. A la vez que la política ocupaba la atención de todos los pueblos europeos, en París habían reaparecido los cursos públicos y Bilbao se consagró a ellos, entrando en relaciones con Dumesnil y el célebre poeta polaco Mickiewicz. En uno de esos cursos tumultuosos llega la ocasión de subir a la tribuna a Mr. Lerminier. La juventud se encontraba indignada con la conducta de este hombre, habiéndose mostrado en un principio partidario de la libertad y apostatado más tarde defendiendo los gobiernos fuertes. Había excitación contra él. Las salas de la Sorbona se encontraban llenas de gente. Sus amigos y partidarios y sus enemigos. Bilbao entró al curso. Mira a Lerminier y califica la mirada del hombre de mirada de un canalla. Lerminier comenzó a hablar. Bilbao no puede contenerse y exclama a toda voz: ‘No hay derecho a la palabra cuando se ha faltado a ella.’ Sucede un tumulto. La policía entra y arresta a algunos estudiantes. Bilbao queda. Lerminier sigue usando de la palabra y entra a hablar de la libertad. Bilbao le interrumpe, diciéndole: ‘¿cómo tenéis la audacia de atreveros a hablar de libertad, vos que la habéis escarnecido?’ La policía le contesta por Lerminier llevándole preso. Se les sigue proceso verbal y salen en libertad. Este fue el último acto de su vida en París. Regresó a América con el alma henchida de esperanzas por el porvenir de Chile y repleta de desilusiones respecto a la Francia y a la Europa entera.» (Manuel Bilbao, pág. LXXI.)

1850, empleado público en Santiago de Chile, la Sociedad de la Igualdad

El 2 de febrero de 1850, tras cien días de navegación y cinco años y medio después de su partida, vuelve Francisco Bilbao a Chile, por el puerto de Valparaíso. A su regreso a Santiago se incorpora a trabajar en la Oficina de Estadísticas, y como oficial de la Guardia Nacional. Dos meses después de su regreso, junto con su amigo Santiago Arcos (1822-1874), hijo del impulsor del primer banco chileno, a quien conoce desde París, organizan el 10 de abril de 1850 la Sociedad de la Igualdad, en la que es condición necesaria dar palabra de profesar los siguientes principios: «Reconocer la independencia de la razón como autoridad de autoridades. Profesar el principio de la soberanía del pueblo como base de toda política, y el deber y el amor de la fraternidad universal como vida moral.» Los miembros de esta sociedad se trataban entre sí de ciudadanos, y sus socios crecieron lo suficiente como para comenzar a preocupar de nuevo al clero. Al publicar Francisco Bilbao «Los boletines del Espíritu», informes que ofrecía un alma de las emociones que recibía en cada combate con los enemigos de la libertad, se incrementa la animadversión clerical y el arzobispo le excomulga.

«Desencadénase la prensa, truena la voz en los púlpitos y el Arzobispo lanza la excomunión contra el autor. Bilbao afronta al enemigo, la cuestión se empeña. ¿Qué hace la Sociedad ante el anatema? Las creencias católicas imponían igual pena al que hablase con el excomulgado. Los igualitarios se ríen de esa excomunión, reciben al hereje con entusiasmo y todos quieren irse al infierno con él, si era que podía haber infierno para la virtud. Volvía a repetirse el mismo fenómeno que en 1844. La sociedad culta, la clase acomodada repudiaba a Bilbao y el hombre del pueblo abatía sus preocupaciones para acordar la fraternidad, el amor al perseguido: sacrificaba sus conciencias. ¿Qué mayor heroísmo? Bilbao, el día de la excomunión va a visitar el Grupo Número 2 compuesto de 600 personas, en circunstancias que funcionaba. Lo presidía un clérigo, el abate Ortiz. Al entrar se levanta éste y da la mano a Bilbao. ¿Un clérigo tomando la mano de un excomulgado? El grupo comprende esta unión y los aclama. Ortiz es puesto en prisión por orden del Arzobispo. Más esto no es todo. Al siguiente día, don Juan de Dios Silva convida a Bilbao a nombre de la comunidad de San Agustín, que tenía deseos de conocerle. Algunos artesanos lo acompañan. Al entrar, la comunidad sale en tumulto a recibirle, dando vivas y abrazándolo. Había preparado un cuarto con banderas tricolores, un dosel, flores, música y refresco. Bilbao les habló de religión, de sus viajes. Aplaudieron. [XC] Uno de los padres, al estar Bilbao hablando del Cristo le interrumpió y le dijo: ¡Es un grande hombre! (por el Cristo.) El padre prior le colmó de felicitaciones a nombre de la comunidad. Salieron todos a dejarle hasta la puerta. Pero el huracán bramaba por calles y plazas y no sólo el clero le atacaba con furia desenfrenada, no sólo la prensa del Gobierno, sino lo que era más notable El Progreso también, es decir, el diario de la Sociedad ‘Reformista’.» (Manuel Bilbao, pág. LXXXIX-XC.)

La importancia que fue adquiriendo la Sociedad de la Igualdad hizo temer por la propia vida de Francisco Bilbao:

«En efecto, si era verdad que no hubiera quien dirigiese la maniobra de un asesinato, no por eso era menos cierto que la propaganda de odio que se hacía en los diarios y en el púlpito dejaban de autorizar esa sospecha. Contribuyó a afianzarla dos hechos: Luis Bilbao viajaba en esos días por Talca y apercibidos del apellido, los eclesiásticos trataron de sublevar el fanatismo reinante en ese pueblo. El viajero fue asaltado en su alojamiento por una turba y graves dificultades tuvo para escapar. El segundo hecho era aún más serio. El Gobierno, temeroso del vuelo que tomara la Sociedad de la Igualdad, viendo que ésta no daba motivo para ser cerrada, que nada podía la prensa ni el púlpito contra ella, proyectó un ataque atroz, del cual se proponía sacar un brillante resultado. Disfrazó una compañía de granaderos, la armó de gruesos garrotes y en la noche del 19 de Agosto, haciéndoles representar el papel de rotos fanatizados y los lanzó a atacar la Sociedad. En efecto, llegaron y entraron repartiendo garrote. Los socios resistieron y derrotaron a los asaltantes con algunas desgracias que lamentar. Este atentado alarmó la sociedad santiagueña, irritó los ánimos y produjo una reacción a favor de los igualitarios. Fue entonces que los salones de la Sociedad no fueron suficientes para dar lugar a la inmensa concurrencia que corrió a inscribirse en ella. Diputados, reformistas, jóvenes hasta entonces indiferentes: Era una falange que daba a la asociación un auge incalculable.» (Manuel Bilbao, «Vida de Francisco Bilbao», pág. XCVI.)

El 28 de octubre de 1850 una sesión de la Sociedad en el teatro de la calle Duarte de Santiago contó con 4.000 asistentes: «Allí terminó la última reunión general de la Sociedad de la Igualdad. El 5 de noviembre, Santiago era puesto en estado de sitio, prohibida ‘la Sociedad de la Igualdad, y cualquiera otra del mismo carácter’ y se hacían a la vez numerosas prisiones.»

1851-1855, fracasado el golpe militar huye a Lima y se establece en Perú

Pronto comenzó a prepararse una conspiración contra el gobierno del presidente Manuel Bulnes y el candidato sucesor Manuel Montt Torres, el que sería frustrado golpe militar del coronel Pedro Urriola Balbontín y del Batallón Valdivia. Francisco Bilbao intervino en aquella intentona, comprometiéndose a concurrir al frente de los igualitarios, entre cuyos cabecillas estaban también Benjamín Vicuña Mackenna, José Miguel Carrera Fontecilla y Manuel Recabarren Rencoret. Pero como aquella conspiración liberal de 20 de abril de 1851 fue un fracaso, Francisco Bilbao tuvo que esconderse para no ser ajusticiado, y huir en cuanto pudo, embarcándose en Valparaíso para el Callao. Lima se convirtió en punto de reunión de proscritos chilenos, y como Bilbao comenzó pronto su activismo entre los peruanos, pronto se ganó la antipatía del general don Rufino Echenique, que ordenó apresarle, por lo que tuvo que asilarse en la legación francesa, donde permaneció hasta febrero de 1852.

«Echenique le hizo llamar y conferenció con él. ‘Soy enemigo del socialismo’, le dijo, ‘yo no permitiré que tales doctrinas se alberguen en el Perú. Soy el poder, usted está en un país en que no es ciudadano, no puede ni debe mezclarse en los asuntos de él. Si usted quiere permanecer aquí, gozar de hospitalidad, debe darme su palabra de no mezclarse en la política. A esta condición concedo a usted la libertad.’ –Acepto, le contestó Bilbao, pues mi posición es excepcional. Entonces Echenique se manifestó interesado en la suerte del proscrito y tentó el atraerlo a su devoción, haciéndole ofertas que fueron rechazadas.» (Manuel Bilbao, pág. CXXXIII-CXXXIV.)

En 1855, a pesar de que los hermanos Bilbao (Francisco y Manuel) habían apoyado al presidente Ramón Castilla, volvió a quebrarse la relativa tranquilidad de Francisco Bilbao en el Perú:

«Castilla estaba animado de las mejores intenciones, y confiando en ministros jóvenes que parecían ser la encarnación de la revolución, se dejó llevar de los acontecimientos. En el interregno que hubo entre la dictadura y la instalación de la convención, la prensa agitó todas las cuestiones que debían ser debatidas al reunirse aquel cuerpo. Bilbao no faltó a este movimiento. Entró de lleno al ataque del enemigo capital de la República, presentar el dualismo entre la libertad y el catolicismo. El clero se alzó al sentir al enemigo, encontró apoyo en el Ministro de Hacienda, D. Domingo Elías y protección en los tribunales de justicia. El Fiscal D. Vicente Villarán acusó a Bilbao. La Suprema Corte de Justicia, presidida por D. Francisco J. Mariátegui que pasaba por liberal en ideas religiosas y era el general de la masonería en Lima, abrió el proceso mandando a la cárcel de la inquisición a Bilbao. Su hermano Manuel lo defendió y consiguió cortar el juicio. Habíase alarmado el fanatismo y la vida era insoportable para el escritor reformista, tanto más, desde que llegó a su noticia que se corría una [CXXXVIII] suscripción entre las beatas con el fin de pagar hombres que le eliminasen de la escena. Resolvió ir a Europa y partió con tal dirección a fines de junio.» (Manuel Bilbao, «Vida de Francisco Bilbao», pág. CXXXVII-CXXXVIII.)

1855 segundo viaje europeo

Este segundo y último viaje a Europa duró desde 1855 a 1857. Tenía interés en conocer la Francia Imperial de Napoleón III, sucesora del 1848 que había vivido, y saludar a sus antiguos maestros, Edgardo Quinet y Julio Michelet (Lamennais acababa de fallecer). Su primera impresión al desembarcar en Bolonia, tras cruzar el paso de Calais, fue comprobar que por primera vez en ese viaje, desde Lima, Guayaquil, Panamá, Cartagena, Southampton y Londres se le exigía pasaporte:

«Abolido en Chile, en el Perú, en Nueva Granada, casi en toda la América, en Inglaterra, se había familiarizado ya con esa libertad, y he aquí que al pisar la patria de la gran revolución que proclamó todas las libertades, recibía ese desengaño. Comprendió recién que penetraba en el Imperio.» «Desembarcando en Bolonia; todos los pasajeros fueron conducidos como reos presuntos, entre dos filas de soldados, desde el puente del vapor, atracado al muelle, hasta el lugar de la inspección. Encerrados en un salón, preguntó Bilbao por la causa de la demora forzada que se hacía sufrir a los pasajeros, y allí supo que era porque se pasaba revista a todo el que arribaba, exigiéndosele y revisándosele el pasaporte. (...) Felizmente al embarcarse en el Callao, gracias a la previsión del Sr. Zevallos, el General Castilla le había dado uno, que había olvidado visar en el consulado francés. Los pasajeros iban desfilando. El análisis era minucioso, el momento se acercaba. Le llegó el turno, y el oficial le dice: –Usted no puede entrar en Francia. –¿Por qué, señor? –Porque no hay la firma del cónsul. Pase Vd. aquí al lado a esperar.» (Manuel Bilbao, pág. CXLI.)

«A medida que penetraba en el estado político y literario de la Francia se convencía cada día más que ésta había sido decapitada. Todo lo más ilustre, los hombres que forman su gloria, en las ciencias, en la literatura, en la poesía, en la filosofía, en el derecho, esos hombres que formaban una aureola de luz y de fuego que iluminaba al mundo, estaban proscritos, desterrados, destituidos, olvidados, anulados. Lamennais había muerto. Aragó lo mismo, sin prestar el juramento al perjuro; Michelet destituido por la misma razón, Víctor Hugo en Jersey condensando toda la indignación y todos los desprecios para arrojarle al perjuro, y su grande amigo, Edgar Quinet, desterrado en Bruselas y con la tranquilidad de un antiguo, señalando la estrella en medio de todas las tempestades. Y la Francia sin aureola, muda, tímida, sobrecogida, no tanto quizás por el espanto de los asesinatos y destierros, sino por la conciencia de su complicidad moral, haciendo bajar el termómetro de la dignidad hasta envilecerse a sí propia. La Europa en secreto aplaudiendo. Vilipendió la revolución, y coronaba la inmoralidad que prostituye el sufragio. (...) Visitó el cuartel latino, en otro tiempo mansión de toda inteligencia, elaboración de un génesis soberbio, recinto de la juventud y de lo bello, donde antes Michelet y Quinet extendían la atmósfera radiante y fecunda de la palabra más universal y más heroica. El cuartel latino estaba mudo. (...) ‘Vine, dice, a París como un viajero recorriendo ruinas: Aquí se leía antes enseñanza libre, aquí ciencia, aquí juventud, aquí heroísmo, aquí virtud.’ Uno que otro recibía sus desahogos y juntos se lamentaban. Esa ciudad le sofocaba. Un día vio la bandera al frente de una legión inclinarse hasta el polvo delante del hombre que la había escarnecido. No pudo resistir más. Todos los días suspiraba por ver y hablar a Quinet –mas antes de salir de París quiso visitar la tumba de Lamennais. Una cruz de madera marcaba aún el lugar que ocupaba en la fosa de los pobres. Allí se arrodilló y se retiró conmovido a rendir el último tributo que su amor le sugería. Publicó la obra que conocemos: Lamennais o el dualismo de la civilización moderna. Enseguida partió para Bruselas.» (Manuel Bilbao, pág. CXLIII-CXLIV.)

Llegó a Bruselas a la una de la tarde, e inmediatamente fue a casa de Quinet:

«Fue una sorpresa para él, pero no él para mí. Está fuerte, tranquilo, sus cabellos han encanecido y sigue trabajando sin cesar. Todos los días nos vemos y todos los días me siento a su mesa. Figuraos nuestras variadas conversaciones. Me ha presentado a los desterrados, sus amigos profesores, diputados, escritores, hombres todos de los bellos tiempos que soportan con dignidad y esperanza su destierro. En ellos vive la moralidad ahuyentada de la Francia. Reina entre ellos fraternidad de inteligencia, de corazón y de esperanza. Aquí me he impuesto de lo que trabaja la numerosa proscripción de Bonaparte. Pascal Duprat, antiguo representante del pueblo, ha organizado una revista que [CXLV] sirve de órgano a la libertad del mundo. En ella escriben los primeros hombres de Italia, de Hungría, de Polonia, de Bélgica, de Alemania. Es la revista del porvenir. En ella se salda su cuenta al pasado, se unifican las ideas, se dan a conocer las aspiraciones legítimas de los pueblos, se sigue el movimiento científico y se despeja la incógnita futura que se precipita sobre el mundo. (...) En fin, he vivido en la atmósfera de la honradez, porque la causa de los Republicanos franceses se ha identificado con el honor proscrito, he vivido en la atmósfera de los grandes espíritus y de las grandes aspiraciones. En Bruselas he revivido, los proscritos me han hecho volver a tener fe. Las noticias de América que ha dado nuestro proscrito hermano, han regocijado a los proscritos de acá. Porque a pesar de verme expulsado por la causa de la libertad, toda la América camina, cada año es una conquista y lo que más los ha sorprendido es mi afirmación de que el mundo Americano pertenece definitivamente a la República.» (De una carta transcrita por Manuel Bilbao, pág. CXLIV-CXLV.)

Perdida la ingenuidad sobre la Francia y la Europa, decide Francisco Bilbao retornar a América:

«De aquí su convicción íntima que la América, para llenar su misión de libertad universal, tenía que principiar por emancipar su espíritu de la influencia que nos enviaba la Europa con sus costumbres, ejemplos y educación. Animado de esta idea, reunió a los americanos existentes en París y les invitó para volver a América, cada uno a su patria, a hacer la propaganda de la necesidad de un Congreso Federal de las Repúblicas, que estableciese, constituyese un núcleo que contuviera la invasión de las monarquías, rompiera con las teorías absolutistas y realizara la patria universal, la República. Al efecto les leyó el discurso ad-hoc que corre en sus Obras Completas, discurso notable que encontró eco en el Nuevo Mundo y que le mereció la aprobación entusiasta de sus maestros.» (Manuel Bilbao, pág. CLIII.)

En la presentación de su Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas, dice Bilbao que ese texto fue leído el día 22 de junio de 1856 en París en presencia de treinta y tantos ciudadanos pertenecientes a casi todas las Repúblicas del Sur. Utiliza ahí, y quizá por vez primera, los conceptos de «América latina» («la raza Latino-Americana», «pero la América vive, la América latina, sajona e indígena protesta», «tenemos que perpetuar nuestra raza Americana y Latina») y de «Estados Des-Unidos» para referirse a las Repúblicas hispanas. No hay que descartar que José María Torres Caicedo, a quien algunos han atribuido la prioridad en el uso por escrito del término América latina, en fechas posteriores al discurso de Bilbao, fuera uno de quienes estuvieron presentes en aquella sesión.

Y gracias a que Manuel Bilbao, para corroborar la afirmación contenida en la cita anterior, en el sentido de que la propuesta de Bilbao encontró la aprobación entusiasta de sus maestros, transcribe en nota la carta que Edgar Quinet escribía a su hermano el 8 de julio, podemos comprobar cómo en el filósofo exilado entonces en Bélgica operaba de hecho la realidad de la dialéctica de los imperios enfrentados entonces: Inglaterra, Francia, la estúpida España, la joven Grecia bárbara que entiende son entonces los Estados Unidos... frente al emergente proyecto de una América hispana unida.

«El discurso sobre el Congreso Americano es ciertamente una de las mejores cosas que se hayan hecho en América. Habéis encontrado las palabras mas apropiadas a tan grandiosa idea. A cada página se siente que una acción importante nacerá de vuestras palabras. Hay acontecimientos en germen en vuestro discurso, es el clamor de todo un continente. Dais una contestación terrible a la agresión de los Estados Unidos; les arrojáis el guante; ellos no olvidaran la barbarie demagógica. Es ciertamente útil mostrarles que no les es permitido todo, y que los araucanos viven todavía; pero no olvidéis en vuestra vida que el viejo mundo envidioso, crédulo, estéril, venenoso, os escucha, y que no espera más que una ocasión para aprovecharse de vuestras discordias. Es menester que la Inglaterra y la Francia acaben por aplastar a los Estados Unidos, sin lo cual la libertad está salvada y con ella la esperanza y el honor de la especie humana. Quizá el medio de contener la ambición de los Estados Unidos será señalarlos a la Europa decrépita aplazando sus rencores, pero pronta a caer sobre el nuevo mundo desde que lo perciba dividido y armado contra sí mismo. Estad seguros unos y otros que el ruido de libertad americana es intolerable a toda nuestra sociedad esclava; ellos se reunirán desde que entrevean una probabilidad, todos, hasta la estúpida España que esperan sacar su parte de esclavitud. Vigilad pues a los Estados Unidos, pero no dejéis de vigilar también a los godos de Europa. Por lo demás, si llega a estallar la guerra entre la América unida, y la Europa, yo no tengo duda que vosotros seréis los vencedores. Los Estados Unidos se asemejan hoy a la joven Grecia bárbara y naciente frente al viejo Oriente sacerdotal y esclavo. Es la Grecia la que acabo por conquistar la tierra de los Isis y de los Osires. Valor querido Araucano, combatid, luchad en libertad mientras que nosotros aquí no podemos combatir y hablar más que con nuestras cadenas» (Carta de Edgar Quinet a Francisco Bilbao, de 8 de julio de 1856, transcrita por Manuel Bilbao, pág. CLIII.)

1857 Buenos Aires, periodismo y masonería

Francisco Bilbao visitó nuevamente toda la Italia y regresó a América, dirigiéndose a Buenos Aires, adonde llega en abril de 1857, donde se reencuentra con su madre, nacida bonaerense, a la que hacía siete años que no veía, desde que allí se había establecido, proscritos de Chile su marido e hijos. En aquellos momentos la Confederación Argentina estaba rota, formando Buenos Aires un Estado independiente y el resto de las provincias otro Estado, presidido por Urquiza.

«Examina las constituciones vigentes, la Provincial de 854 que establecía como culto exclusivo el católico y la federal de 853 que autorizaba la tolerancia de cultos. Penetrado de las ideas que se desprendían de semejantes hechos se resuelve a entrar en campaña. Con tal objeto funda La Revista del Nuevo Mundo. Fija por puntos de partida para la regeneración moral, la emancipación de la razón, y para la política alza la bandera de la nacionalidad, proclamando la unión de Buenos Aires al resto de la Confederación. Don Nicolás Calvo ve en esa bandera la tabla de salvación para el partido federal y en el acto se aferra de ella y la bate con toda la fuerza de sus brazos. De aquí en nuevo giro en la polémica. Ya no se trata de disputar el puesto a los Gobernadores, se trata tan sólo de unir la República. La lucha se enciende. A los ataques del catolicismo, sublevase el fanatismo y se desata con [CLXI] todo el furor que le es propio. A los ataques de la idea separatista todo el partido unitario le sale al encuentro. Resiste a todas las invectivas, hace frente a todo el desborde de los partidos y creencias, pero no sesga un instante. Permanecer al frente de la Revista hasta Diciembre de ese año, y pasa a continuar su rol en la redacción del diario El Orden, en donde queda hasta agosto de 858. Se retira de él, porque el editor le prohíbe publicar un artículo: ‘El conflicto religioso.’ Durante su permanencia al frente de este diario, el General Urquiza ordenó a uno de sus agentes pasar a Bilbao 6.000 pesos de renta mensual, como protección al diario que sostenía ‘la bandera que él representaba’. Bilbao no la admitió.» (Manuel Bilbao, pág. CLX-CLXI.)

La Revista del Nuevo Mundo, que escribió prácticamente por completo, pasa por ser «cronológicamente, nuestra primera revista de filosofía» (Ricardo Rojas, Historia de la literatura argentina. Ensayo filosófico sobre la cultura en el Plata [1917-1922] Guillermo Kraft, Buenos Aires 1960, tomo 8, pág. 598).

«Ocupado así, desplegando una actividad que lo multiplicaba, recibió una invitación del General Urquiza para tener una entrevista en San José. Observó que si no tenía por objeto el llamado un punto de gran interés a resolver, no iría. Urquiza insistió asegurándole que era de interés la entrevista. Bilbao acudió a ella. Allí Urquiza le hizo ver que sus miras eran las de unir a la República, que no tenía ambición personal, que participaba de sus ideas y que a más de considerarle un sostenedor de la nacionalidad era su admirador. Le hizo ver sus ideas para después: unificar la República haciendo entrar en la Confederación de Buenos Aires. Bilbao se volvió a Buenos Aires creyendo que Urquiza era el hombre de la situación y que se encontraba a la altura de la misión que todo mandatario debía desempeñar en América. Poco más tarde volvió a invitarle con motivo de las fiestas que tenían lugar a causa del arreglo de las disidencias entre el Paraguay y los Estados Unidos, en cuyo asunto habría intervenido [CLXII] Urquiza como mediador. Con tal motivo dejó a Buenos Aires y se instaló en el Paraná. Llegaba el momento de la acción. Urquiza quería tener a su lado una voz que le hiciera oír sus propósitos en las provincias. Le encargó la redacción del diario El Nacional Argentino (Julio de 1859.) Levantóse la bandera de la unidad nacional; se predicó la guerra contra la separación de Buenos Aires y la guerra estalló. Urquiza al frente de los contingentes de las provincias marcha a derrocar el ejército de Buenos Aires mandado por el General Mitre. El 23 de octubre de ese año se encuentran en ‘Cepeda’. Urquiza triunfa y Mitre se refugia en Buenos Aires. Aquel llega a las puertas de esta ciudad y la asedia. Celébrase el pacto de 11 de noviembre, en que Buenos Aires se compromete a entrar en la Confederación mediante la revisación de la Constitución de 1853. La unidad nacional triunfa. A la noticia de la victoria de ‘Cepeda’, Bilbao es saludado por el pueblo del Paraná. En esos momentos la salud de Bilbao se encontraba en muy mal estado. Sus fuerzas flaqueaban y su vida se consideraba perdida. Triunfante la bandera que había levantado al llegar de Europa regresó a Buenos Aires, separándose de la política y contrayéndose a cuidar de su salud. En tal situación vio pasar ante sus ojos los acontecimientos que terminaron en Pavon, y desengañado de los hombres y de los partidos, arrepentido de haber defendido al General Urquiza por el resultado que este había dado con su política especial, se prometió a sí mismo no volver a tomar parte en la política interna del país.» (Manuel Bilbao, págs. CLXI-CLXII.)

Abandona la política nacional, pero se entrega al activismo masónico, en pleno mesianismo supranacional y global. Aunque quizá había ya tenido contactos con la masonería en Francia, lo seguro es que se incorporó a la logia Unión La Plata de Buenos Aires, que presidió entre 1860 y 1863. En la edición de obras de Bilbao que preparó su hermano en 1866 figuran cuatro discursos masónicos, tres de ellos inéditos (Discursos masónicos. Primero, Segundo, Tercero, Cuarto) que tienen la virtud, al menos, de mostrar con claridad la ideología de los de la logia, otros emancipadores más de la humanidad, tan pretenciosos como candorosamente ingenuos y filosóficamente despistados.

1862 La América en peligro

«Postrado por la enfermedad que lo agobiaba, condenado a una completa inacción por orden de los médicos, llegó a su noticia que Santo Domingo había sido ocupado por la España, y Méjico invadido por los franceses. Las monarquías atacando a las Repúblicas hermanas. Estos graves atentados le pusieron fuera de sí. El espíritu dominó al cuerpo, se sobrepuso a sus dolencias, a la debilidad corporal y desatendiendo las prescripciones médicas corrió a ocupar su puesto en la vida pública del Continente. Unido al hombre de acción y de corazón magnánimo, su íntimo amigo, D. Juan Chassaing, invadió la prensa periodística, promovió asociaciones que manifestasen que el pueblo argentino tomaba por suya la causa de sus hermanos los agredidos. Organizáronse manifestaciones con tal motivo, centros que dirigieran el espíritu público hacia la solidaridad de causa con México, que recogiera subsidios para auxiliarle. Su voz tronó con todo el fuego del americanismo; pero sin resultados positivos, [CLXIV] desde que la opinión no despertaba del desvío a que la condujera la prescindencia que se notaba en el Gobierno Nacional, [CLXV] la falta de fe en los miembros de la Junta que se había organizado a presencia de esa misma prescindencia, y del silencio que guardaba el Congreso de la Confederación. [CLXVI] Desesperado con tan malos resultados no desmayó y se contrajo entonces a combatir ese mal, despertar al país y la América avisándoles del peligro que corrían, manifestarles el mal de que sufrían y el remedio que debía aplicarse para salvar de la [CLXVII] situación presente y afianzar para el porvenir la permanencia de la República. Con tal objeto dio a luz el libro titulado La América en Peligro. [CLXVIII] Este libro hizo reaparecer el ataque del clero católico, por medio de todos sus órganos. El Sr. Obispo lo encabezó, lanzando una pastoral en que atacaba al autor, prohibía la lectura del escrito, y pretendía refutar la idea primordial en que se basaba –‘catolicismo y libertad se excluyen.’ Bilbao refutó esa pastoral, hizo frente a sus adversarios, pero esta vez tuvo la gran satisfacción de ser acompañado por toda la prensa de Buenos Aires, menos los periódicos católicos. La buena causa se encontraba en su mayoría, y la derrota del clero fue estrepitosa.» (Manuel Bilbao, págs. CLXIII-CLXVIII.)

1864 El Evangelio Americano

«En tales agitaciones, la opinión pública fue sorprendida con la noticia de la ocupación que la escuadra española había hecho en Abril de 1864 de las Islas de Chincha pertenecientes al Perú, alegando para semejante atentado el derecho de reivindicación, que la conquista les diera en tiempo de Pizarro. Ante semejante ataque, todos vieron renacer los tiempos heroicos de la epopeya de la independencia. ¡La conquista, atacando en el corazón de las Repúblicas Americanas! Chassaing y Bilbao, ayudados de la prensa de todos los partidos, levantaron un grito de indignación, clamando por la unión de las naciones del Continente para responder al reto de la España, y sólo un diario se opuso a que el pueblo siguiera sus instintos y sentimientos naturales –La Nación Argentina, eco del Gobierno Nacional. De esta oposición surgió la seria polémica en que Bilbao agotaba sus últimas fuerzas físicas, defendiendo la necesidad de emanciparnos en cuerpo de la conquista que iniciaban las monarquías, y en espíritu de las teorías que nos introducían. Asistió, es esos días, arrastrándose y esqueletizado a los meetings del Retiro y de Colón donde habló, haciendo esfuerzos sobre-humanos, y de donde regresó casi sin aliento. Restablecido un momento y queriendo sucumbir primero en su puesto, que atender a su salud, dio a luz su último trabajo, expresión de su alma pura, y cual si fuera el testamento que legara a los racionalistas: El Evangelio Americano. Al terminar las últimas páginas de este libro, la salud le abandonó completamente y tuvo que retirarse de su vida pública, para no volver a aparecer más en ella. El soldado daba su último aliento al pie del cañón que proclamaba la regeneración de la humanidad.» (Manuel Bilbao, pág. CLXVIII.)

«Ha sido una voz admitida que Bilbao contrajo en 1858 la enfermedad de que murió, queriendo salvar a una joven que se ahogaba. En efecto, en esa fecha, Bilbao paseaba en el muelle de Buenos Aires acompañado de un amigo y de la señora esposa de este. Contemplaban en uno de sus descansos la bella perspectiva que se presenta en aquel lugar, cuando la señora de su amigo desapareció del muelle y se encontró en medio de las olas. Bilbao no reflexionó, se arrojó como estaba y arrastró fuera a la que luchaba ya con los síntomas de ahogo. El esfuerzo fue tremendo pero no le produjo consecuencias. Hiciéronse versiones a este respecto, pero versiones calumniosas como aparece en el diario de sus confesiones. ‘Jamás tuve el menor interés por la esposa de... dice, y siempre me mantuve lejos de todo sentimiento que pudiera contrariar mi lealtad de amigo.’ Poco antes de ir a residir en el Paraná, Bilbao arrojaba de cuando en cuando algunos esputos de sangre; pero estando en el Paraná, una noche ‘sentí, dice, un dolor tan terrible al pulmón, cual si me traspasaran con una espada’. Era pulmonía atroz. Desde entonces los ataques de vómitos de sangre que le acabaron.» (Manuel Bilbao, pág. CLXXI.)

Fallece su padre: «Y hoy, yo, Francisco Bilbao, escribía, en la ciudad de Buenos Aires, a 28 de agosto de 1862, a las once de la noche escribo esta fecha: a las 2½ de la arde murió nuestro Padre. ¡Es mi primera noche sin Padre, Dios mío! ¡Padre mío!. Día 29. Y fui yo el que escribió el día, del otro nacimiento de mi papá. Mi primer día sin padre en la tierra. El cielo azul luminoso brilla aquí ya hoy para mi papá. Pero tú, Dios mío, me dices que brilla para él, otro día más espléndido. ¡Tú me ves, tú nos ves papá! Con los ojos del espíritu te busco, y tú nos bendices. ¡Consuélanos papá! Y mi papá nos consuela. Vives en el alma, padre amado.» (transcripción del diario de Francisco Bilbao por Manuel Bilbao, pág. CLXXIII-CLXXIV.)

En diciembre de 1863 contrajo matrimonio con Pilar Guido Spano, hija del general Tomás Guido (1788-1866), a la que conoció en las visitas que hacía en su casa al ilustre militar que había participado en los sucesos de mayo de 1810 al lado de José de San Martín y Manuel Belgrano. El 16 de septiembre de 1864 nació su hijo, al que llamaron, como cabía esperar, Lautaro [ya en 1797 Francisco de Miranda había fundado en Londres una Logia Lautaro, y José de San Martín fundo en Buenos Aires, en 1812, otra Logia Lautaro, adoptando el nombre del guerrero araucano como símbolo antiespañol]. Pero Lautarito Bilbao Guido no vivió más que mes y medio, y su padre sólo le sobrevivió unas semanas, pues falleció entre vómitos de sangre y tras larga enfermedad tísica el 19 de febrero de 1865. Al día siguiente se condujo su cuerpo al cementerio de la Recoleta, marchando el cortejo fúnebre a pie. El féretro iba cubierto por la bandera de Chile, y fue depositado en un sepulcro cerrado con mármol donde bajo la inscripción «De la familia de D. Rafael Bilbao» figuran las palabras que el hijo dedicara a la memoria de su padre: «Pater amor inmortalitas esto.» A la iglesia no se le permitió intervención alguna.

1866 Manuel Bilbao publica las Obras completas

Su hermano, el abogado e historiador Manuel Bilbao (1827-1895), publicó en el mismo Buenos Aires, al año siguiente de su muerte y en dos gruesos volúmenes, las obras completas de Francisco Bilbao, anteponiéndoles una amplia y documentada «Vida de Francisco Bilbao» (págs. V-CLXXXV, más un apéndice de necrológicas y cartas de pésame, págs. CLXXXVII-CCXV), en la que utiliza ampliamente los cuidadosos diarios y el epistolario privado familiar. En la siguiente advertencia señala los límites de tales obras completas:

«Advertencia del editor. Las Obras completas de Francisco Bilbao las hemos formado de los escritos más escogidos que dio á luz el autor y de los inéditos que nos legó. Hemos dejado de incluir los escritos que publicó como redactor de varios diarios por considerarlos propios solamente de las circunstancias en que se imprimieron, como así mismo los que versan sobre polémicas que sostuvo, por igual causa que la anterior. Al poner nuestra firma al frente de esta edición hemos querido con ello imprimir a la publicación el sello de la autoridad que nos da el carácter de hermano y de heredero de sus escritos y archivo privado, y al propio tiempo asumir la responsabilidad de las obras de aquel que ya dejó la tierra.»

Se reproducen, al principio de esta edición, las palabras con las que se anunció el proyecto:

«Palabras con que se anunció la publicación de las Obras Completas. Vamos a hacer una edición de las obras completas de Francisco Bilbao. Es el monumento que levantamos a su memoria. Legar a la posteridad el espíritu del hombre que consagro su vida a la emancipación moral, y material de los pueblos, es hacerlo vivir entre los que lo amaron, satisfacer el voto ardiente de su alma, y alimentar la inteligencia de los encargados de llevar á cabo la regeneración de la humanidad. ¿Quién fue Francisco Bilbao? La generación actual difícilmente puede satisfacer tal interrogación, porque su vida fue prodigada en todos los países por donde paso, y sus escritos, jamás compilados, quedaron dispersos por todos los lugares que habitó. Conocer esa vida y reunir sus trabajos, es presentarle tal cual fue. La posteridad no olvidará la moral religiosa, civil y social que animó AL PRIMERO Y ÚNICO que se haya atrevido a ser el iniciador de la emancipación del hombre en América. Los escritos de Bilbao no tuvieron por objeto alcanzar un resultado práctico en la actualidad. Su espíritu fue obrar en el porvenir. Tantos estudios, tanta abnegación, no fueron para desaparecer con la existencia material del escritor. Hacer que esa vida pase a animar con su aliento eterno a los que nos suceden, sembrar el germen de la revolución que debe obrarse en la humanidad, hasta conquistar el reino de la soberanía de la razón en las leyes civiles y religiosas, reino retardado, y combatido por hábitos viciosos y creencias falsas, es nuestro deber, y tal el objeto que nos proponemos al hacer esta edición.»

Varios de los escritos de Francisco Bilbao publicados en las Obras Completas estaban inéditos, y en algunos casos su hermano hubo de ajustar los borradores para que fueran publicables, como reconoce en nota a uno de ellos, Los Araucanos (tomo 1, pág. 305):

«Advertencia. Este trabajo, como muchos de los inéditos, ha dado bastante quehacer para poderlos presentar al público. El autor los dejó en borradores con el ánimo de perfeccionarlos alguna vez. El editor se ha tomado la libertad de organizados y llenar vacíos que se encontraban por el truncamiento de los manuscritos. Así, los errores o faltas que se adviertan deben imputarse al editor, tanto en el presente escrito como un los demás que sean inéditos

1998, llevan a Chile sus restos y comienza un renacimiento de Francisco Bilbao

Correos de Chile, Homenaje a Francisco Bilbao, 29 octubre 1998Ciento treinta y cuatro años después de su fallecimiento, el 27 de agosto de 1998, los restos de Francisco Bilbao fueron trasladados desde el bonaerense cementerio de la Recoleta hasta Chile, lo que, al margen de reivindicaciones nacionales particularistas y oportunismos coyunturales, quería decir que el recuerdo de Bilbao seguía vivo. Dos meses después, el 29 de octubre de 1998, los Correos de Chile emitieron 50.000 sellos en homenaje a Francisco Bilbao, con un matasellos especial de primer día de emisión a base de símbolos masónicos, &c. Diez años después se puede advertir un notable incremento en la presencia del personaje y de sus obras.

El sitio memoriachilena.cl (promovido por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile) mantiene desde 2004 una sección dedicada a Francisco Bilbao, y ofrece libremente varios facsímiles de sus obras. En 2006 inicia su actividad un Centro de Estudios Francisco Bilbao –www.cefbilbao.cl–, como capítulo de Chile del Congreso Bolivariano de los Pueblos, iniciativa impulsada por bolivariana Venezuela del presidente Hugo Chávez. Desde 2007 Google Books ofrece digitalizadas por internet, de forma íntegra, libre y gratuita, un par de colecciones de los dos tomos de la edición de las Obras Completas de 1866 (por lo que no importa que falten algunas páginas en cada tomo, por el ejecutivo pero eficaz proceso utilizado, pues se completan unos ejemplares con los otros redundantes).

En 2007 se reeditaron en Chile, impresas en papel, las obras de Francisco Bilbao (a partir de la edición de las Obras Completas dispuestas en 1866 por Manuel Bilbao), merced al impulso de José Alberto Bravo de Goyeneche, impresas en papel por la Editorial Cuarto Propio (el lunes 5 de mayo de 2008 tuvo lugar la presentación de esta edición, Francisco Bilbao: el autor y la obra, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile) y de forma simultánea en internet, desde el sitio franciscobilbao.cl, que ofrece de forma libre los textos de tal edición, y tiene voluntad de convertirse en referente bilbaino. (Aunque, como es natural, desempolvar textos de hace siglo y medio supone reabrir heridas que no están cerradas, por mucho que se mire para otro lado. Hoy ya no van a ser tan torpes, entre otras cosas porque no tienen poder para hacerlo, como para excomulgar al hodierno editor de Francisco Bilbao, quemar públicamente el libro o boicotear el sitio de internet, pero no dejarán de intentar desprestigiar, emponzoñar y ensuciar cuanto puedan. Como muestra un botón: el día anterior a la ceremonia de presentación de la reedición, en la Universidad de Chile, una profesora de Historia, al servicio de la Pontificia Universidad Católica de Chile y vinculada al Centro Teológico Manuel Larraín, se encargó de tranquilizar a su público (Ana María Stuven Vattier, «Francisco Bilbao, el gran ausente de sus obras completas», El Mercurio, 4 de mayo de 2008) aplicando unos pellizquitos monjiles (Bilbao «fue un irreverente», «no pudo elaborar propuestas filosóficas coherentes», «quiso subvertir el orden social», «fue un romántico empedernido hasta su muerte», «su obra no tiene valor filosófico»; la edición tiene «carencias referenciales», «falta la prolijidad que correspondería a un historiador», «es lamentable que los investigadores a cargo de este trabajo no respondan a las expectativas que se tiene de las publicaciones que el Consejo Nacional del Libro apoya», &c.) donde se entremezcla el prurito gremial pedante del historiador con la obligación del creyente que además trabaja en una institución católica.)

Algunas referencias ordenadas cronológicamente

«Como filósofos sobresalen Ramón Briceño, Alejandro Echeverría, Ventura Marín, Lorenzo Soto, Miguel Varas y Barra y Francisco Bilbao. (...) Otro de los grandes filósofos chilenos de este siglo es Francisco Bilbao, iniciador ilustre de la revolución moral en Chile. Partidario ardoroso y decidido de la libertad de conciencia, de los derechos individuales y de la emancipación económica de los ciudadanos, publicó el año 1844, en el periódico El Crepúsculo, de Santiago, su programa político y moral bajo el título de Sociabilidad chilena. Este artículo hizo que se revolviesen contra pensador tan ilustre todas las preocupaciones, todos los absurdos del pasado, y el fiscal D. Máximo Mujicar persiguióle por sus doctrinas, teniendo que emigrar a Francia, donde tomó una parte activísima en la revolución del 48. De regreso a su país el año 49, Francisco Bilbao, unido a Santiago Arcos, Paulino del Barrio, Manuel Recabarren y Pedro Urriola, fundó la sociedad de La Igualdad, para instruir a las clases obreras en sus deberes sociales y políticos. Desde entonces hasta su muerte, ocurrida en 19 de Febrero de 1865, la vida de este ilustre filósofo socialista fué un batallar incesante por sus ideas de regeneración y de progreso, y un continuo martirologio causado por las enconadas persecuciones de los partidarios del privilegio que él con tan certeros golpes siempre combatió.» (Rafael Delorme Salto, «Los progresos científicos de Chile», La España Moderna, año VII, nº 82, octubre 1895, págs. 47-48.)

Selección bibliográfica de Francisco Bilbao Barquín:

Sobre Francisco Bilbao Barquín:

Textos de Francisco Bilbao Barquín en el Proyecto Filosofía en español:

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