Francisco Bilbao Barquín (1823-1865)
 
Obras de Francisco Bilbao

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Francisco Bilbao

Discursos masónicos

Tercero
(inédito)
 

La M... desfallece entre nosotros. ¿Por qué?

¿Debe desfallecer?

¿Ha por ventura desaparecido el mal de la superficie de la tierra? –¿No hay ya miseria que aliviar, caídos que rehabilitar? ¡Ignorancia que disipar! –¿No hay ya guerras nacionales ni civiles que extinguir, que aplacar discordias, anarquías o despotismos que combatir? –¿Han desaparecido los errores fundamentales que dividen las creencias de los pueblos engendrando la separación y los odios? –¿No hay bárbaros y salvajes que civilizar, esclavos que redimir, –multitudes ignorantes que es necesario elevar a la categoría de hombres libres? –¿Está el mundo tan uniformado en religión y política, que la verdad no necesita propaganda y sacrificios? –Y para reasumirlo todo en una palabra, –¿Resplandece el bien, o impera la virtud en la mayoría de los hombres?

–No h.·.

Y para llenar de algún modo programa tan grandioso, ¿creemos por ventura que las religiones positivas, los sistemas de gobierno, y los partidos que militan, sean suficientes o entrañen la solución de los problemas, o contengan los medios eficaces de desarrollar los bienes, de garantir los progresos y de pacificar los espíritus?

Si hay alguno que lo crea, que se presente, y que exponga la nueva, o la antigua revelación. –Si hay alguno que tenga su mesías encarnado en alguna religión, política, o utopía, –que se presente y nos diga como Jesu-Cristo ¡yo soy la vía, la vida, la salvación!

–¿No vemos al mundo cargado de religiones y de templos, sin que de ninguno de ellos salga esa voz que necesita el alma humana para regenerarse, para levantarse, para buscar esa ciudad de justicia, testamento de todas las edades y profecía de todas las creencias? [20]

Cada religión se cree poseedora de la verdad y cada una de ellas cree que la salvación depende de su credo. –De donde se deduce que o todas ellas son falsas, o todas ellas contienen los elementos de la verdad inmutable algunas veces eclipsada, pero jamás perdida en la memoria que la transmite o en la razón universal que la descubre.

Yo creo mis h.·. hacerme el intérprete de vuestro deseo por el bien, de vuestras buenas intenciones y callados pensamientos, de la grande interrogación que con conciencia o inconsciente acosa vuestras inteligencias, cuando al frente del tremendo problema del mal, de la desgracia, o de la duda, volvéis vuestras miradas al ser supremo pidiendo una iluminación que os disipe las tinieblas y os enseñe la vía de vivir con provecho o de morir con gloria.

Yo creo no defraudar vuestras esperanzas, en este acto tan solemne para mí, –si ayudado por la buena disposición para escucharme, me acompañáis con vuestro buen deseo para sostener mi discurso sobre el océano proceloso de los tiempos.

¿Qué queremos?

En esta pregunta va encarnada la grandeza del hombre y de su destino.

El animal –y todos los seres inferiores, siguen mudos el camino de la fatalidad sin inquietarse, sin temor y sin esperanza.

Pero en el hombre se despierta una tremenda inquietud. –¡Él quiere saber dónde va, lo que es, de dónde viene, lo que será!

Él siente una fuerza sublime que se llama libertad, que pide una dirección.

Él tiene una inteligencia que se abre sobre la creación para conocer sus leyes –y busca la ley del ser humano.

Él siente su corazón como la copa encantada de la vida que desborda de amor y de pasiones, –y quiere y debe saber lo que ha de amar.

–Y en todo tiempo para la necesidad de la inteligencia se presenta el dogma.

–Para la dirección de la libertad la ley o la moral.

Y para la satisfacción de su amor la santa humanidad con su cortejo que es la patria, la amistad, la familia, a todas las relaciones sociales, a Dios como fin y principio y coronación de la existencia en el seno de la eternidad que nos envuelve. [21]

Pero el amor sin el conocimiento es la atracción sin centro.

La ley o la moral sin el dogma, es una opinión, vaga y flotante, incapaz de apremiar la voluntad.

Es pues necesario que sepamos por qué debemos obedecer, lo que debemos amar y preferir.

Esa ciencia es el dogma.

Ahora se presenta una cuestión. ¿Cuál dogma?

¿Entraremos nosotros a discutir todas las creencias?

¿Pero con qué principio superior las juzgaríamos?

¿Tenemos el criterio? –¿Poseemos alguna creencia madre, fundamental e incontrastable que nos sirve de base para levantar el edificio de los principios?

Sí. –Creemos en el grande A. D. U. –Creemos en la libertad del hombre –y esto basta. –Con esos dos principios hoseemos.

[Transcripción íntegra a partir de las Obras completas editadas por Manuel Bilbao,
Buenos Aires 1866, tomo 2, págs. 19-21; facsímil digital realizado por Google.]


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Francisco Bilbao Barquín
Obras completas
Buenos Aires 1866, 2:19-21