Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Rafael Altamira

La personalidad de este insigne publicista es una de las más conocidas, no sólo en nuestro país, sino también en el resto de Europa, y, singularmente, en la América latina. Pocos escritores españoles consiguieron imponerse al gran público con tanta rapidez como Altamira, sin hacer concesiones, es decir, sin perder un instante ninguna de sus características privativas. Altamira, es a un tiempo pedagogo eminente, historiador concienzudo y crítico perspicaz. A pesar de su inmensa lectura, las influencias ajenas no han atenuado el vigor de su prístina personalidad. Después de más de veinticinco años de un laboreo intelectual intensivo y de haber cultivado las disciplinas históricas y sociales, psicológicas y morales, conserva el entusiasmo y el vigor juveniles y en sus trabajos resplandecen ensambladas la competencia, la frescura y el esprit.

Nació Altamira en Alicante en Febrero de 1866. Su padre, músico mayor de artillería, se distinguió entre sus compañeros por ser, más que un profesional, un artista. Los primeros años de la niñez de Altamira, transcurrieron en Cádiz, y al retirarse su padre del Ejército se trasladó a su ciudad natal, donde estudió la primera enseñanza y el bachillerato con gran aprovechamiento. Cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Valencia, revelando desde un principio cualidades excepcionales y una vocación invencible por el periodismo. Con algunos de sus compañeros fundó La Unión Escolar, revista científico literaria, en la que hicieron sus primeros ensayos los alumnos más aventajados de la Universidad valentina. Desde aquella época Altamira; mostró sus aficiones por la literatura amena como una [408] derivación de la severa vida académica, que necesitaba un desahogo espiritual. Desde su juventud ha sido el egregio profesor un entusiasta paladín de las ideas democráticas, a cuya defensa dedicó una gran parte de su actividad, sin olvidar por ello los estudios, históricos y filosóficos, por los que sentía una vocación sincera, sosteniendo enérgicas campañas contra los profesores ultramontanos que constituían la mayoría del claustro de aquella Universidad. Por aquel entonces colaboró en el periódico republicano El Universo, que veía la luz en la ciudad del Turia, escribiendo artículos de política, crítica literaria y dos ensayos novelescos, y en la «Hoja literaria» del citado periódico dos series de estudios, uno acerca de la Edad Media y otra dedicada a los sistemas filosóficos modernos. En los últimos años de la carrera escribió artículos de crítica y de cuestiones sociales.

En La Ilustración Ibérica, que veía la luz en esta ciudad, publicó en 1886 dos estudios muy interesantes, con el título de El realismo y la literatura contemporánea, que le granjearon la amistad de los críticos más eminentes, entre ellos Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas y González Serrano. El propio año terminó su carrera de Derecho con gran brillantez, obteniendo el premio de la Licenciatura, y poco después se trasladó a Madrid, con objeto de cursar el doctorado. Una vez instalado en la Corte, no tardó en ponerse en relación con don Francisco Giner, don Gumersindo de Azcárate y don Nicolás Salmerón, afiliándose al krausismo.

Al constituirse en 1888 en Madrid el partido centro republicano, Altamira, fue uno de los primeros que se adhirieron al mismo y por indicación de varios individuos del directorio ingresó en el órgano de la citada comunión política, titulado La Justicia, donde bien pronto evidenció sus grandes dotes de periodista a la moderna, contribuyendo a hacer del periódico centralista uno de los diarios democráticos mejor orientados y más cultos. Al año siguiente, por motivos de salud y por sus múltiples ocupaciones, abandonó el periodismo militante para dedicarse a su afición predilecta: los estudios históricos. Habiendo obtenido por oposición el cargo de secretario segundo del Museo Pedagógico Nacional, dedicó todo su esfuerzo a la obra de nuestra reconstrucción educativa y a investigar en Archivos y [409] Bibliotecas, recogiendo materiales para su obra Historia de la propiedad comunal, que apareció en 1890, llevando un prólogo de don Gumersindo de Azcárate. Este su primer libro científico, aunque tiene algunas inexperiencias, es una obra muy estimable, no sólo por la vasta lectura de los maestros de la Historia, como Michelet, Volney, Cantú, Laurient, Taine, Renan, Ranke, Sumner Maine, Mommsen, Bukle, Ilhering, Freeman, Pérez Pujol, Sales y Ferré, Hinojosa y Joaquín Costa, sino por los juicios certeros que contiene y por la copiosa bibliografía que lo exorna.

En el Museo Pedagógico Nacional de Madrid, trabajó con gran entusiasmo hasta 1896, dando lecciones públicas de Metodología de la Historia, Educación cívica, Historia de España en el siglo XVIII y Civilización española. En dicho año hizo oposiciones a la cátedra de Historia del Derecho Español, que desempeñó baste hace poco, en que fue nombrado director general de primera enseñanza. Influyó poderosa y decisivamente en Altamira, el viaje que hizo a París y otras capitales de Europa en 1890, llevado de su anhelo de contribuir a la reforma de los estudios históricos en nuestro país, para lo cual estudió de visu la organización de los planes pedagógicos en distintas naciones. En su visita a los grandes centros docentes de Europa recogió un sinnúmero de materiales, que ordenó y condensó en su notable libro La enseñanza de la Historia (1895), muy conocido y elogiado fuera de España y que tan sólo puede compararse con otro análogo del publicista alemán Ernesto Bernheim.

Otro de sus libros que revisten mayor interés es el titulado De Historia y Arte (1898), en el que dio relevantes pruebas de su gran dominio de las cuestiones de metodología y erudición, demostrando sus excelentes dotes de indagador que se preocupa más del fondo ideal que de las cualidades puramente externas.

Su paso por la Universidad de Oviedo fue para Altamira sumamente provechoso, pues en aquel ambiente de cultura europea, que habían contribuido a formar Leopoldo Alas, Adolfo Buylla, Adolfo Posada, Aramburu, Sela, Canella y Melquíades Álvarez, fue desenvolviendo su personalidad y en la placidez de la ciudad ovetense [410] escribió la Historia de España y de la Civilización española, el manual más completo y documentado que se ha escrito de la historia de nuestro país y cuyo primer volumen vio la luz en 1900 y el cuarto y último en 1911.

En 1902 publicó su Psicología del pueblo español (2.ª edición 1918, que merece ser leído por la riqueza de datos que atesora, y porque rectifica algunos errores de varios tratadistas extranjeros, respecto a nuestro carácter e historia, y los puntos de vista unilaterales de los mismos españoles, respecto a nuestra función nacional antigua y moderna. A este libro consagraron artículos encomiásticos Martineche, Frontini y otros escritores ingleses, alemanes y norteamericanos.

Durante mi penúltima estancia en Oviedo, en Diciembre de 1901, pude apreciar en toda su integridad la labor pedagógica que llevaron a cabo con la Extensión Universitaria Altamira y sus colegas, que durante más de una década difundieron la cultura por las principales poblaciones de la región asturiana, la Montaña y parte de las provincias vascongadas. Cuán sensible es que aquel núcleo de profesores abnegados se haya disgregado al pasar a Madrid Altamira, Posada y Buylla, habiendo perdido aquella Universidad el carácter francamente tolerante que había adquirido y que tan provechosos resultados reportó a la cultura, ampliando la esfera de acción de la Institución universitaria!

Posteriormente publicó Altamira varios volúmenes, entre los cuales merecen ser citados: Historia del Derecho Español, Cuestiones preliminares (1903) –resumen de las tareas realizadas en su cátedra durante varios cursos–; Psicología y Literatura (1905), notable colección de ensayos acerca de la producción intelectual española y extranjera; Cosas del día (1907), que, como su título indica, es una recopilación de estudios acerca de los problemas palpitantes; España en América (1908), que contiene un sinnúmero de trabajos en los que se demuestra el influjo que ha ejercido la mentalidad española en algunos países de la América latina, y, por fin, Mi viaje a América (1911), en el que reúne gran número de documentos interesantísimos y viene a ser como un resumen de la expedición que hizo el ilustre profesor a la Argentina, el Uruguay, Chile, Perú, Méjico y Cuba en 1909-910. [411]

A pesar de haber dedicado Altamira su actividad a la Historia y al Derecho, en los momentos que le dejaron libres la vida universitaria y sus campañas culturales escribió hermosos trabajos literarios, publicando en 1893 un libro de crítica con el título de Mi primera campaña, que lleva un prólogo del malogrado Leopoldo Alas; en 1894 una novela corta que se intitula Fatalidad y que apareció en un volumen con otras de Tomás Carretero y el inolvidable Juan Ochoa; en 1895 Cuentos de Levante; en 1903 Reposo, su última creación novelesca, en la que sienta la tesis de que la paz que buscan los intelectuales, cuando se sienten fatigados de la ruda lucha cotidiana no se encuentra en un cambio de vida, dejando los grandes centros urbanos por el ambiente apacible de la aldea, ya que la inquietud la llevan en el espíritu y no hay influjo externo que pueda remediarlo.

Rafael Altamira, además de sus libros docentes y de crítica, de sus indagaciones históricas y de sus discursos académicos, colaboró algunas temporadas con asiduidad en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, La España Moderna, La Lectura y Nuestro Tiempo, de Madrid; La Vanguardia, de esta ciudad; la Revue Historique, la Revue de Droit Public y la Revue international des Archives, Bibliothéques et Musées, de París. Durante algún tiempo dirigió con A. Elías de Molins la Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispano Americanas, que dejó de publicarse hace unos años. Ha sido corresponsal de The Atheneum, de Londres; de la Bibliothéque Universelle, de Laussana, y de varias corporaciones nacionales y extranjeras. Asimismo se debe a Altamira la traducción de los célebres Discursos a la nación alemana, de Juan Teófilo Fichte, para cuya obra escribió un admirable prólogo. También ha escrito en francés y editado en París varios folletos y monografías. En los últimos años, ha publicado cuatro volúmenes con estos títulos: Para la Juventud; Giner de los Ríos educador; La guerra actual y la opinión española y España y el programa americanista.

Altamira es uno de los contados españoles para quienes el trabajo no constituye una obligación penosa. En su nobilísimo afán de extender la cultura patria, labora incesantemente, ejerciendo un verdadero apostolado. Por esto, casi todos su libros revelan elevación de [412] pensamiento, de amor a las ideas, generosidad de espíritu y un sentido reformista para mejorar las instituciones docentes, adecuándolas a las necesidades de nuestra época y orientándolas hacia las corrientes que preconiza la Pedagogía contemporánea.

Si en la esfera intelectual ha realizado Altamira una labor dilatada y profunda, como profesor y como funcionario no sólo ha cumplido celosamente sus cargos, sino que ha sido un propulsor activísimo de todas las reformas útiles y bienhechoras para el país, singularmente en lo que concierne a la escuela primaria, que, merced a sus iniciativas, está en vías de reconstitución.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 407-412