Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Tomas Carlyle

Este extraordinario pensador inglés, uno de los espíritus más originales de la centuria pasada, fue en España poco menos que desconocido hasta hace seis o siete lustros, en que el malogrado crítico Leopoldo Alas prologó la primera edición española de Los Héroes, debida al profesor de inglés Julián Osborn. A pesar de que en periódicos y revistas se ha citado con alguna frecuencia a Carlyle, es indudable que su nombre no ha transcendido al gran público, siendo entre nosotros, menos conocido que en Francia o en Italia. Mas no es extraño que en España la literatura carlyliana no haya logrado despertar una viva corriente de simpatía, pues, en general, el lector español carece de preparación para comprender lo esotérico de la obra del egregio publicista, a quien la crítica contemporánea ha considerado como el escritor inglés más insigne del siglo XIX, llegando un autor francés a compararlo con Shakespeare. Los espíritus superficiales, más amigos, por lo común, del colorismo y del énfasis que de los análisis psicológicos profundos y acerados y de las divagaciones histórica y sociales con un sentido trascendental, rehúyen casi sistemáticamente la lectura de la producción nórdica. Aquí se suele calificar de oscuro y laberíntico todo libro no comprensible inmediatamente. Se ha dicho en repetidas ocasiones, al hablar de Carlyle, que su estilo era difícil y tenebroso, que su obra total podía calificarse de subjetiva en demasía y que había sido inspirada por una tendencia al arbitrarismo.

Acaso no exceden de dos docenas de españoles los intelectuales que han logrado apoderarse del [226] pensamiento íntimo del autor de Sartor Resartus. Entre nuestros hombres de estudio que han logrado penetrar en la entraña misma del psiquismo de Carlyle figura el insigne Miguel de Unamuno, quien, en ciertos respectos, guarda no pocos puntos de contacto con el celebérrimo escritor inglés. El vicerrector de la Universidad de Salamanca propende a relacionar las ideas y las cosas más opuestas, y sin darse cuenta unas veces y otras, deliberadamente, acentúa y exagera los contrastes, buscando a menudo analogías dentro, sí, de la lógica, pero forzando sus leyes. También Unamuno siente una viva delectación en hacer largas digresiones metafísicas, al ocuparse de temas aparentemente vulgares, y cautiva y sugiere con su alta especulación un mundo de ideas. Carlyle tiente un poder arrebatador, extraordinario y una fuerza representativa verdaderamente singular, y al lado de despropósitos y salidas de tono, conmueve y extasía con sus imágenes poéticas, y con su maravillosa y escultórica prosa. Pocos escritores logran apoderarse tan por completo del espíritu del lector, ofreciendo una gama tan rica en matices, llegando a la sutileza y al alambicamiento. El humour de Carlyle es único. Su complejidad psicológica convierte al escritor, en algunos instantes, en un metafísico casi inextricable para los que le juzgan fríamente.

Para definir a Carlyle sería preciso escribir innumeras páginas y acaso no llegaríamos a penetrar en su pensamiento íntimo, que se oculta en ocasiones tras la displicencia y la mordacidad o queda velado por la ironía, o por la aparente serenidad de un estoico, cuando en el fondo el prodigioso escritor era un carácter apasionado y vehemente, que trataba de disimular las contrariedades y angustias del vivir.

Nació Carlyle en Ecclefechan, condado de Dumfries (Escocia), el día 4 de Diciembre de 1795, hijo de Jaime Carlyle, de oficio albañil, y de Juana Aitken, con quien Jaime casó en segundas nupcias. Tomás fue educado en la Escuela de Annaut, pasando en 1809 a la Universidad de Edimburgo, una de las más famosas del Reino Unido, en donde cursó la Jurisprudencia, las lenguas modernas, la Teología y las Matemáticas, en cuya disciplina descolló notablemente. En 1814 abandonó aquel [227] Centro docente y atravesó un período de incertidumbre, de nieblas espirituales, pues pensó ingresar en la carrera eclesiástica, propósito que ya había acariciado antes durante una larga temporada, a cuyo efecto concurrió varias veces al aula de Teología, en donde recitaba discursos. Sin embargo, se frustraron sus planes y hubo de declarar a sus padres que los estudios teológicos no le atraían, porque había descubierto en su espíritu falta de vocación para ordenarse y tenía deseos de consagrarse por entero a la Literatura. A este propósito decía:

«La Prensa y la Literatura son la única, y militante iglesia de los tiempos modernos. ¿Por ventura el literato no es un predicador que difunde las ideas sin limitación de tiempos ni de lugares, sino continuamente, por dondequiera y entre todos los hombres?»

Carlyle poseía una capacidad intelectual vastísima y a pesar de que, al decir de sus amigos más íntimos, era poco metódico, en un breve lapso de tiempo adquirió una cultura portentosa. Dominaba la Literatura, la Historia, la Filosofía, la Filología, la Ética, las Matemáticas y, en general, no le era extraña ninguna de las disciplinas de su tiempo. Sus primeros pasos en el cultivo de las letras diolos en la Edimburgh Cyclopedia, en la que colaboró con bastante asiduidad desde 1820 a 1825, escribiendo 16 artículos, admirablemente documentados, acerca de Montesquieu, Montaigne, Nelson, los dos Pitt y otras personalidades insignes. Asimismo escribió por aquella época en la New Edimburg Review. Poco después tradujo la Geometría de Legendre, junto con un tratado original acerca de las Proporciones. Tales trabajos no le reportaron beneficios de importancia y, necesitando subvenir a las necesidades materiales de la vida, se proporcionó en 1822 la plaza de profesor en una familia aristocrática, que remuneró con esplendidez sus servicios. Resuelto el problema de la subsistencia, pudo Carlyle dedicarse por entero a los estudios que más excitaban su interés, publicando en el London Magazine un estudio intitulado «La vida de Schiller» que ha sido calificado por la crítica como uno de los trabajos más importantes de la primera época de Carlyle. En este estudio, aparecido en 1823-24, ya reveló algunos aspectos de su personalidad, que más [228] tarde le habían de conquistar la fama. Admirador del famoso maestro alemán, tradujo al inglés sus obras; pero a pesar de haberlas ofrecido reiteradamente a varios editores de Londres, no consiguió que hubiese quien se lanzara a publicarlas. Esta acogida fría le amargó profundamente; pero siguió luchando con ardimiento, impulsado de una parte por las dificultades económicas que todavía distraían su atención y de otra, porque sentía en lo íntimo de su ser una invencible atracción hacia la joven Juana Baillie Welsh. Esta joven había nacido en Haddington en 14 de Enero de 1801. Por su padre descendía de Juan Knox, y por su madre de Guillermo Wallace. Era una mujer muy bella, dotada de una capacidad intelectual precocísima, pues a los diez años traducía Virgilio y a los catorce había compuesto una tragedia. En su mocedad enamoróse perdidamente de su maestro, Eduardo Irving, y hubiera contraído matrimonio con él, de no mediar la circunstancia de que su preceptor se hallaba prometido a otra muchacha. El propio Irving hizo la presentación de Juana a Carlyle en 1821. El célebre escritor llegó a sentir par Juana una pasión vehemente, que tardó algún tiempo en ser correspondido porque la inteligente muchacha le admiraba y tenía en gran estima su amistad, pero no sentía amor por él. Sin embargo, la perseverancia de Carlyle venció todos los obstáculos, celebrándose el matrimonio en 1 de Octubre de 1826.

Con objeto de sustraerse a las estrecheces pecuniarias con que hubo de luchar en casi todos los períodos de su vida, dedícase Carlyle a escribir trabajos literarios para diversas revistas, trasladándose en 1828 a una finca que poseía su esposa en Craigenputtok (Dumfries), donde permaneció hasta 1834, en que fijó su residencia en Chelsea, lugar de las cercanías de Londres. Por espacio de un largo lapso de tiempo dedicóse a estudiar a fondo la producción literaria tudesca contemporánea, llegando a dominarla por completo y, convencido de que en Inglaterra se conocía deficientemente el genio literario alemán, difundió las obras de algunos de los maestros más insignes de la Alemania de su tiempo. Publicó una traducción de Wilhelm Meister, de Goethe, trabajo en el que invirtió cuatro años. Poco después publicó con el título de German Romances, una colección de traducciones [229] de Goethe, Fouqué, Tieck, Musaus, Offmann y otros autores, avalorando la edición con apuntes biográficos y análisis críticos. Más tarde completó la colección publicando notables ensayos de crítica literaria acerca de Novalis, Werner, la correspondencia de Goethe con Schiller, Enrique Heine, el poema de Los Nibelungos, &c. La del Wilhelm Meister le brindó ocasión para cambiar una larga correspondencia con Goethe, quien le hizo el honor de escribir un prólogo para la traducción alemana de su Biografía de Schiller. Por aquella fecha (1827) la New Edinburgh Review acogió en sus columnas su estudio acerca de Juan Pablo Richter.

Entre Goethe y Carlyle existió una amistad cordialísima. El autor de Fausto sentía por Carlyle una sincera simpatía y el autor de Los Héroes demostró en distintas ocasiones una fervorosa admiración hacia el más genial de los poetas alemanes. Esta efusión entre los dos grandes escritores trascendió a Inglaterra y Alemania, contribuyendo eficazmente a estrechar la solidaridad moral entre los productores de ideas de ambos países.

En el Fraser's Magazine publicó Carlyle durante los años 1833-1834 una serie de artículos con el título de «Sartor Resartus, or life and opinions of herr Teufelsdroeckh», que fue escrita, indudablemente, bajo la influencia que en su espíritu ejerciera Juan Pablo Richter allá por el año 1830.

Estos trabajos de Carlyle causaron viva impresión y fueron discutidísimos, considerándolos la crítica como la primera obra importante del famoso escritor. En un principio la opinión no comprendió por completo el significado del libro por hallarse plagado de frases un tanto simbólicas, cuyo sentido íntimo quedaba oculto por el gran número de modismos germánicos. En realidad, Sartor Resartus es una a modo de autobiografía, en la que Carlyle hizo al mismo tiempo un estudio acerado, profundo y admirable de la sociedad inglesa en aquella época.

El célebre escritor volvió a atravesar un período angustioso, debido a que su situación económica era sumamente precaria. Al decir de algunos de sus biógrafos, las contrariedades fueron agriando su carácter, alejándolo del trato social por completo. También contribuyó a acentuar su desconfianza una desgracia que le [230] ocurrió a causa de la cual pasó por un período de aturdimiento. Al terminar el primer volumen de su libro histórico más importante, The French revolution; a history, envió el manuscrito a Juan Stuart Mill, con quien le unía una cordial amistad, solicitando del autor de La Libertad su parecer acerca de la orientación y desarrollo de la primera parte de aquel libro que más tarde hubo de inmortalizarle.

Carlyle aguardaba con ansiedad el juicio de Stuart Mill y la devolución del manuscrito para darlo inmediatamente a la imprenta, cuando un día presentóse el insigne economista en el domicilio de Carlyle y, presa de gran indignación, le comunicó que una de sus sirvientes había arrojado a las llamas el manuscrito, creyendo que no tenía importancia. Como es consiguiente, la desesperación de Carlyle no tuvo límites. Durante tres días atravesó un estado tal de aplanamiento, que no tuvo ni siquiera alientos para tomar los alimentos que solícita y abnegada, le servía su mujer. Una vez convaleciente de aquella crisis, Carlyle, fue a buscar la paz que necesitaba en el campo, pasando una larga temporada en una finca, donde se limitaba a leer novelas de Marryat. En aquel medio sedante logró Carlyle reconstituir el primer volumen de su obra, que, al decir de alguno de sus biógrafos, en nada se apartaba de la concepción primitiva. Indudablemente Carlyle, haciendo un esfuerzo gigantesco de memoria, consiguió dar de nuevo forma a su estudio acerca de la Revolución francesa.

Este libro, a juicio de la crítica, se resiente de ser predominantemente dogmático, pues Carlyle considera los acontecimientos desde un punto de mira limitado. También se achacó a Carlyle la falta de imparcialidad al exponer determinados hechos de aquella gran conmoción política y social. Sin embargo, ha sido reputado como el estudio más personal que se ha escrito acerca de la memorable revolución, pues hasta la hora presente nadie ha igualado a Carlyle en el vigor de las descripciones, en fuerza emotiva al narrar los principales episodios, en la brillantez del estilo, ni en el poder de evocar los hechos culminantes del gran movimiento libertador.

Unamuno hizo de esta obra hace ya algunos años una exquisita versión española que apareció en la [231] colección de Historia, Jurisprudencia y Filosofía que editaba La España Moderna de Madrid.

En 1838 publicó Carlyle otra de sus obras magistrales: The History of Literature or the Succesive Periods of European Culture, muy notable por la profundidad de los juicios y por su labor analítica, verdaderamente certera, al señalar la influencia del factor literario en cada uno de los principales períodos del proceso histórico. Carlyle en esta obra puede decirse que se anticipó a su tiempo al considerar el fenómeno de la cultura como el más importante en la evolución de los pueblos europeos. Poco después vio luz su ensayo Chartism, profundo estudio político, originalísimo y escrito con una elegancia extraordinaria. Este libro causó vivísima impresión no sólo entre los intelectuales ingleses, sino en todo el mundo docto.

Por esta época Carlyle se había manumitido de las terribles preocupaciones de carácter económico que le habían amargado sobremanera. Contribuyó no poco a modificar su método de vida y de trabajo la circunstancia de haberse trasladado en 1834 a Chelsea, lugar situado en las proximidades del Támesis, en donde residió durante cuarenta y siete años. Sin embargo, de 1837 a 1840 hizo frecuentes viajes a Londres para publicar varios de sus trabajos, escritos en la soledad de su gabinete de estudio.

El más notable y que adquirió con el tiempo mayor popularidad es el intitulado On Heroes, hero-worship and the heroic in History, que, como es sabido, ha sido la obra que ha contribuido más eficazmente a la celebridad del insigne escritor. En este volumen expuso con claridad los puntos de vista fundamentales de su concepción filosófico histórica, revelando sus grandes dotes de psicólogo y de espíritu sintético. A su juicio, todo avance histórico débese a la acción principalísima y, en ciertos respectos, irresistible, que ejercen en las sociedades los hombres cumbres. Carlyle atribuye a los llamados por Emerson tipos representativos, una misión providencialista. En sentir del egregio escritor inglés la misión de dirigir y encauzar los movimientos colectivos compete a aquellos hombres que conquistaron en alguna manifestación de la actividad un sólido prestigio. Fiel a su criterio, concedió acaso excesiva importancia [232] a la labor personal y supuso que las sociedades obedecían ciegamente a las indicaciones o a los mandatos de los pastores de pueblos. Distinguió los hombres que encarnaron el heroísmo en seis tipos, a saber: el héroe como divinidad, el profeta –Mahoma–; el poeta –Dante y Shakespeare–; el sacerdote –Lutero y Knox–; el escritor –Johnson, Rousseau y Burns–; y el caudillo –Napoleón y Cromwell–.

Según Carlyle, el proceso de las sociedades experimenta una perenne transformación y los agentes que la producen son los héroes. En su teoría exageró un tanto la influencia que ejercen los hombres superiores, porque acaso prescindió de los procesos ocultos que se realizan en el seno de las comunidades, como ha puesto de manifiesto de estos últimos lustros la escuela psicológico colectiva, especialmente sus representantes más ilustres: Tarde, Le Bon, Sighele, Pascual Rossi, Wundt y algunos de sus discípulos más esclarecidos.

Cualquiera que sea el concepto que merezca la doctrina carlyliana aplicada a la Historia, su estudio de conjunto de las tres grandes civilizaciones, Antigüedad y Paganismo, Cristianismo y Edad Media y Tiempos Modernos, revelan la amplia visión que tuvo Carlyle como historiador. Carlyle consideró las metamorfosis sociales como fases culminantes de la continua ascensión del espíritu humano a través de los tiempos, sustrayéndose por igual a las aflicciones y a los goces, a la incertidumbre y a los anhelos. Aun en los instantes actuales, en que tan profundas modificaciones se han operado en el criterio histórico, el libro de Carlyle conserva un positivo valor y su lectura todavía es útil, porque nos da a conocer, vistas a través de un temperamento genial, las grandes conmociones que ha experimentado la Humanidad.

En la vida del eximio escritor escocés deben distinguirse dos períodos: el anterior a la publicación de Los Héroes, en que Carlyle era considerado más que por sus cualidades positivas de pensador y de historiógrafo, como un espíritu taciturno y extravagante que, a juicio de la crítica de su tiempo, cultivaba las disciplinas filosófico históricas, sustrayéndose a las corrientes ideológicas de la época, y el posterior a la aparición de dicha obra. Para imponerse, hubo Carlyle de sostener una lucha [233] titánica con el medio ambiente, que si no le era abiertamente hostil, tampoco le proporcionaba aquella cordial aquiescencia necesaria para que la obra del escritor irradie y triunfe.

El éxito que obtuvieron sus seis conferencias reunidas en el volumen de Los Héroes significaron la consagración de su triunfo como publicista y como pensador, pudiendo decirse que su doctrina filosófico política aplicada a la Historia, contribuyó decisivamente a afirmar su prestigio.

En 1839 escribió su libro Lectures on the History of Literature, que no vio la luz hasta 1892. En 1845 publicó el insigne escritor su obra más transcendental, intitulada Letters and speeches of Oliver Cromwell, que se halla dividida en cinco volúmenes. En esta obra puso de manifiesto Carlyle lo que representaba la figura del celebérrimo estadista inglés, examinando el sentido que informó toda la actuación de aquel coloso que encarnó el movimiento puritano de su país. En opinión de Taine, la obra de Carlyle, sencillamente magistral, contribuyó en gran manera a su fama como historiador. De 1858 a 1865, dio a la estampa Carlyle otra de sus obras importantes: History of Fredrich II called Frederich the Great, integrada también por cinco volúmenes. La crítica no ha estado acorde al juzgar y valorar esta obra. Mientras algunos autores, como Fronde, le conceden un mérito superior al estudio de Cromwell y Emerson, afirmando que era el libro más genial que pudo haberse escrito, otros críticos ingleses consideran que la fidelidad de las descripciones no iguala a la brillantez del estilo y que la obra, en conjunto, resulta inferior a la en que trazara el perfil de Cromwell.

Por esta época, Carlyle alcalizó el apogeo de su celebridad. La Universidad de Edimburgo, por gran mayoría de sufragios, le invistió con el cargo de rector, venciendo a Disraeli, y un lustro después, durante la guerra franco prusiana, afilióse en la falange que defendía la causa de Alemania. El eminente escritor publicó en periódicos ingleses de gran circulación, varios artículos defendiendo su punto de vista y estudiando las causas determinantes del fracaso de los franceses. En 1866 vio morir a su compañera Juana Baillile Welsh, que había sido su colaboradora ejemplar, la que había calmado [234] apaciblemente las violencias de su temperamento irascible y su solicitud y su condescendencia a pasarse las noches en claro para cuidar de que el pan que había de comer su esposo estuviera lo suficientemente cocido para que pudiera tolerarlo el estómago débil y enfermo del gran escritor y no sufriera éste los trastornos gastrálgicos que le ocasionaban agudas crisis nerviosas, aumentando su malhumor y su irascibilidad. En 1883 se publicaron las Memorias de la ilustre dama, que fueron corregidas personalmente por el propio Carlyle.

En 1851 escribió éste un estudio biográfico que ha sido considerado como una de las mejores semblanzas que salieron de su pluma. Lleva por título Life of John Sterling. Después de ésta ya no volvió a escribir más obras de carácter histórico que sus ensayos acerca de Noruega y Knox, recogidos en un volumen con el título de The early Kings of Norway and an essay on the portraits of John Knox, que vio la luz en 1875.

Carlyle durante su existencia entera, conservó incólumes sus convicciones, prescindiendo por completo de las distintas corrientes que predominaron lo mismo en la esfera de los principios ideológicos que en lo concerniente a la actuación política. A pesar de haber vivido alejado de las luchas que se desarrollaron en su país, ejerció una influencia sensible en la opinión pública y contribuyó a orientar a una gran parte del espíritu británico. Su intervención en la guerra entre Francia y Alemania y su alegato en favor de esta última nación –trabajos que coleccionó en 1871 en el libro Letters on the war between Germany and France– lo explican sus biógrafos por las tendencias resueltamente conservadoras de Carlyle, que en distintas ocasiones mostró su enemiga hacia las instituciones parlamentarias, que no se avenían con su criterio un tanto doctrinario y enamorado de los tiempos pretéritos, que se le antojaban más gloriosos que el presente.

En la concepción política de Carlyle el elemento imaginativo predominaba sobre la reflexión. Leyendo con detenimiento algunos de sus libros, como The Past and the Present, aparecido en 1843 y del que se han publicado varias ediciones sucesivamente corregidas, y Latterday Pamphlets (1850), se observa su animadversión que no trató jamás de ocultar, hacia las tendencias [235] marcadamente individualistas y atomistas que, por aquel entonces, informaban el modo de ser de la Política y de la Economía. Carlyle proclamóse en contra de esta dirección, que inspiraba la doctrina liberal, en gran parte, con lo que demostró una clara visión de lo que había de ser el movimiento intervencionista propugnado por las escuelas democráticas y más tarde socialistas. Sin embargo, no pudo hacerse superior por completo a las encontradas aspiraciones que se reflejaban entre los teorizantes de aquel tiempo; y en 1867, con ocasión del movimiento que se operó en Inglaterra para conseguir una reforma del Parlamento a fin de recabar determinadas conquistas democráticas, hubo de escribir un folleto que lleva por título Shooting Niagara and after?, en el que, al combatir las reivindicaciones populares, dejóse llevar de su espíritu arbitrario e irónico, formulando preguntas sumamente extravagantes y demostrando su desvío respecto a la incorporación del pueblo a la gestión política.

De la misma suerte que abrazó Carlyle el partido alemán, con ocasión de la conflagración franco prusiana, divorciándose del sentir general de su país; en las cuestiones nacionales, divorcióse asimismo del criterio liberal que trataba de realizar paulatinamente las reformas democráticas que en el último tercio del siglo XIX habían de engrandecer a Inglaterra, merced a la clarividencia de Gladstone. Al estallar, poco después, el conflicto de Oriente, escribió Carlyle una serie de artículos en los principales periódicos de Inglaterra, exteriorizando su simpatía hacia Rusia y la frase que se atribuyó a Gladstone: The unspeakble Turk, debióse a Carlyle.

Contra lo que se ha creído, Carlyle, en la acepción corriente de la palabra, no llegó jamás a gozar de una gran popularidad; pero pocos publicistas han sido tan leídos por la masa ilustrada, ni han ejercido una influencia tan decisiva en lo que concierne a dirigir y encauzar el desenvolvimiento intelectual entre los profesionales y la clase media de la Gran Bretaña. Afirman algunos de sus biógrafos, que Carlyle no sólo contribuyó a la formación intelectual de dos generaciones, sino que aun actualmente sus obras continúan siendo muy leídas. Pocos escritores del siglo XIX trabajaron con más denuedo [236] y constancia para elevar el nivel general de las inteligencias e inculcar en las almas el sentido transcendental de la vida.

Como pensador, puede ser considerado Carlyle como uno de los espíritus superiores y más elevados que han florecido en Inglaterra. Unas veces, atrae por su ingenuidad y por su gran penetración; otras, por su audacia, por su gesto gallardo o por la originalidad y sutileza de su frase acerada y culta.

En religión defendió el espiritualismo con una alteza de miras y una amplitud de pensamiento, que pocos escritores contemporáneos han igualado y acaso ninguno superado. El espiritualismo de Carlyle, vago y proteico, que diría Unamuno, no puede clasificarse en escuela determinada alguna. Su concepción de la divinidad, fue la de un misterio hiperidealizado, si se admite la palabra, y el Cristianismo significaba para él una creencia mística, que en lo íntimo no ha venido a representar más que el culto estéril del dolor. Por esto Carlyle tuvo frases acerbas, verdaderamente lapidarias, contra las distintas sectas protestantes, cuyas fórmulas, a su juicio, no tienen otro valor que el de unas ceremonias frías y rutinarias. Carlyle escribió páginas de una elocuencia insuperada y acaso insuperable, al hacer la crítica del Cristianismo, que ha devenido en un culto formulista y vacío de contenido. A su juicio, Dios no puede considerarse como una substancia, pues en su sistema teológico el egregio pensador concibió a la Divinidad como el espíritu eternamente renovador del Universo.

La ética de Carlyle puede decirse que se sintetiza en el puritanismo, si bien no todos sus biógrafos están de acuerdo respecto a que el autor de Los Héroes, acomodase su vida a su pensamiento. Alguno de sus comentaristas, hace notar que las inconexiones que se advierten en Carlyle, tanto como escritor como en la vida práctica, debíanse a los padecimientos físicos, que le desviaron no pocas ocasiones de su trayectoria, llevándole a la indecisión y a la contradicción.

En 1875, con ocasión del LXXX aniversario de su natalicio, la élite de la intelectualidad y de la política inglesa le dedicó un homenaje de admiración, siéndole concedidas al maestro, varias distinciones, entre ellas una pensión, que fueron rehusadas por Carlyle. [237]

El genial escritor falleció en Chelsea el 4 de Febrero de 1881. Al año siguiente, levantóse en dicha población un monumento que inmortaliza su nombre. Varios de los admiradores de Carlyle y las Corporaciones oficiales adquirieron en 1895 la casa que aquél habitara en Gheyne Row, estableciendo en ella un Museo, que lleva el nombre del célebre pensador. Para conmemorar el centenario de su nacimiento, se publicó en Londres y Nueva York, en 1896-99 una edición completa de sus obras con el título genérico de Works, formada por treinta volúmenes.

En estos últimos tiempos, la personalidad de Carlyle, debido en gran parte a los estudios de Emerson; Crockett, Ballantyne, Barsell y otros, se ha popularizado considerablemente en Inglaterra y los Estados Unidos, habiéndose publicado en 1890 y 1898, dos obras del maestro, hasta entonces ignoradas: Historical sketches on notable persons and events in the reigns of James I and Charles I y Letters to his youngest sister.

La crítica imparcial, prescindiendo de detalles y juzgando la obra de Carlyle en conjunto, ha convenido en que el autor de la Revolución francesa es uno de los pensadores más geniales que ha producido la centuria pasada y su personalidad inconfundible con ninguna otra, por la profundidad de pensamiento, por la originalidad de sus concepciones y por la brillantez y elegancia de su estilo.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 225-237