Fernando Garrido (1821-1883)
¡Pobres jesuitas! (1881)
Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2000
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Capítulo VIII

Sumario. Antagonismo de la Inquisición de España y la Compañía de Jesús. –Disensiones intestinas en la Compañía. –Intervención enérgica del Papa en favor de los jesuitas. –Reclamación de la Compañía contra la autoridad de Felipe II. –Transacción entre Felipe II y los jesuitas. –Sixto V pretende inútilmente reformar las constituciones de la Compañía. –Persecución contra los jesuitas en el Norte de Europa. –Oposición al calendario gregoriano.

I.

Ni a los jesuitas, sus amigos, perdonó la Inquisición, y, como vamos a ver, les hizo visitar sus calzados, para ejercitar su paciencia. Pero en honor de la verdad debemos decir, que la iniciativa no partió de los inquisidores, sino de un jesuita, que delató a sus compañeros.

Si Felipe II creía ser poder absoluto y soberano en sus Estados, la Compañía de Jesús es también un poder independiente, que [111] si alguna vez se somete a otros poderes, lo hace obligada por la necesidad, y en apariencia, como táctica de sus reglas de conducta solapada, reservándose impectore facultad de anular en lo posible los efectos de su obediencia a las leyes civiles.

La Inquisición era otro poder independiente, que no sólo tenía, como el rey y los jesuitas, jurisdicción propia, sino la más absoluta y terrible que existió jamás.

Estos tres poderes, unidos para luchar contra la libertad y el progreso fuera de España, porque dentro habían exterminado o expulsado a sus parciales, no podían menos de establecer rivalidades y luchas entre ellos, en la Península, donde ya no tenían enemigos que combatir, sino un rebaño que explotar.

Dice el historiador jesuita de la Compañía, que la política de Felipe II era doble, tendiendo a un tiempo a glorificar y a dominar a los jesuitas. Si el historiador tuviera razón, tal política no haría mucho favor a la inteligencia y sagacidad del rey católico, porque es evidente que cuanto más se glorifican y por lo tanto engrandecieran, más difícil le sería dominarlos.

La mejor prueba de la justicia de esta observación la encontramos, en que él mismo [112] dice a renglón seguido: «que los jesuitas no aceptaban la posición en que los colocaba tácitamente aquel rey que los glorificaba.

Ellos querían su libertad de acción: como que trabajan para sí y no para el rey; y cuando Felipe se les oponía, no dejaban de seguir su marcha, persuadidos de que la piedad del rey concluiría por triunfar de las tendencias del hombre de Estado.

La preponderancia de la Compañía llegó a ser tal, que la Inquisición tuvo celos, y aprovechó la primera ocasión que le fue propicia para mostrarle la superioridad de su poder.

II.

Engendra la prosperidad orgullo, y este no tardó en manifestarse entre los jesuitas, a pesar de sus votos de obediencia pasiva y de pobreza, de la humildad que generalmente aparentan.

En 1580, quiso retirarse de la Compañía el padre Santiago Hernández, y no pudo obtener el consentimiento del General, por lo cual, faltando a sus votos, recurrió directamente al rey y al Santo Oficio, diciéndoles, que la razón por la que él quería salir de la Compañía, era porque sabía un terrible secreto, que no podía revelar mientras no [113] fuese relevado de sus votos, y que justamente por eso no quería el General dejar que se separase de la Compañía; añadiendo, que el provincial Marcelino; y otros muchos padres, sabían también el secreto. Según el padre Hernández, aquel secreto constituía un crimen, que entraba bajo la jurisdicción del tribunal de la fe, y que el provincial había arrojado al culpable de la Sociedad.

Acogió la Inquisición la denuncia, y el Provincial y los otros jesuitas fueron encerrados en los calabozos del Santo Oficio...

¡Los propagadores y defensores de la fe por excelencia, presos y perseguidos por la Inquisición, nada menos que como enemigos de la fe! ¡Qué escándalo! ¡qué sorpresa!

¿Quién triunfará en esta terrible lucha entre la astucia y la hoguera, entre jesuitas e inquisidores, entre los hijos de San Ignacio y los de Torquemada?

Apenas fueron presos en las cárceles del Santo Oficio, sus compañeros excomulgaron a los inquisidores de Valladolid, por atentar a los privilegios de la Compañía...

¿Pensáis, ¡oh terribles inquisidores! que hacéis temblar hasta a los reyes, que los jesuitas os han de temer, y han de doblar la rodilla ante vuestros potros y hogueras? No los conocéis. [114]

El General, que era Aquaviva, corrió al Vaticano, en cuanto supo la prisión de sus vasallos, pidiendo al Papa le diera el conocimiento del asunto, y el Papa se lo concedió; pero los inquisidores de Valladolid no eran gente que por tan poca cosa se intimidaran, y comenzaron por hacerse entregar oficialmente dos ejemplares de las constituciones de la Compañía, y de sus privilegios, anunciando que iban a proceder a su examen.

Y hete aquí a la Inquisición de España erigida en juez de los Papas, sometiendo a su examen y juicio las Bulas y constituciones que aquellos habían concedido a los jesuitas...

Sucede a todos los poderes despóticos, que nadie se atreve a quejarse de ellos mientras se les supone omnipotentes; pero en cuanto se les ve flaquear, y sometidos a otra fuerza superior, las quejas comprimidas brotan tumultuosamente; y esto sucedió a la Compañía de Jesús, en cuanto sus víctimas la vieron entre las garras de la Inquisición.

Viendo presos al Provincial y a otros Padres graves, muchos jesuitas siguieron el ejemplo del padre Hernández; y la Inquisición y el rey recibieron muchas quejas y denuncias contra la Compañía.

La Inquisición intimó, bajo pena de [115] excomunión, a los directores de la Compañía, que entregaran todos los documentos constitutivos y explicativos referentes a la Orden, y entre tanto se apoderó de cuantos papeles pudo haber a las manos, y mandó prender al padre Jerónimo Ripalda, prior de Villagarcía.

El jesuita Vázquez, a la cabeza de sus compañeros descontentos, pidió que se erigiera en España un comisario independiente del General, con funciones y poderes semejantes a los que ejercía el Provincial de los dominicos en la Península.

El padre Vázquez olvidaba que la unidad del poder, consignada en las constituciones de la Compañía, era condición indispensable de su independencia y de su unidad de acción; y que si en cada país se hacía lo que se solicitaban para España, podría decirse que había tantas Compañías como naciones, pero no una Compañía de Jesús, soberana e independiente. En tal caso, hubiera sucedido con esta institución lo que con el clero y las órdenes religiosas, que, tomando un carácter nacional, no podrían menos que someterse a las leyes civiles, y que sacrificar muchas veces los intereses del poder teocrático de Roma a los de sus naciones respectivas, cuando justamente contra esta descentralización [116] y desmembramiento, tan contrario a la autoridad espiritual y temporal de los Papas, se había creado la Sociedad de Jesús.

La misión de la Compañía es someter el mundo al poder espiritual y temporal del Pontífice romano: ¡y hubo jesuitas españoles que querían romper el cetro despótico y dictatorial del General de su Orden! Mal aconsejados anduvieron. Podrían ser buenos españoles; pero de seguro eran malos jesuitas.

Entre tanto, la Inquisición no dormía; y para que los jesuitas no escaparan a su jurisdicción, tomando las de Villadiego, prohibió a todos salir de la monarquía, sin permiso espacial y nominal del Santo Oficio, incluso para ir a Roma, aunque fueran llamados por el Papa...

Esta resolución era tanto más grave, cuanto que respondía al Breve del Papa, nombrando al General de los jesuitas, Aquaviva, para juzgar la causa del Provincial y demás padres jesuitas, presos ya por la Inquisición, y a sus delatores, llamándolos a Roma, y así había sido intimado a los inquisidores de Valladolid por el Nuncio, en nombre del Pontífice.

Al saber Sixto V la orden de la Inquisición, exclamó:

«¡Cómo! ¡de esta manera se burlan de mí, [117] abrogándose el derecho de impedir que vengan a Roma los que yo llamo!»

E inmediatamente escribió lo que sigue al Cardenal Quiroga, inquisidor general:

«En nombre del supremo poder de la Sede Apostólica, os intimamos:

»1º Que entreguéis todos los libros pertenecientes a la Compañía de Jesús.

»2.º Que rindáis sin tardanza el proceso formado contra los jesuitas de Valladolid.»

Y añadía de su propio puño y letra:

«Si no obedecéis al instante, yo mismo os depondré de vuestro cargo de inquisidor general, y os arrancaré vuestro capelo cardenalicio...»

Se sometió el Cardenal Quiroga; los inquisidores suspendieron el procedimiento, y los jesuitas fueron puestos en libertad, el 19 de Abril de 1580.

En el fondo del proceso inquisitorial contra los jesuitas se vio la mano de Felipe II; porque vencida la Inquisición, el rey nombró al Obispo de Cartagena visitador real de todas las órdenes religiosas existentes en España, con encargo especial de poner en armonía sus instituciones.

¡Atentado! exclamaron los jesuitas.

«El rey no tiene derecho a inspeccionar, y [118] mucho menos a modificar nuestras constituciones.»

Negáronse a someterse, y apelaron del rey al Papa; pero éste, que quería también modificar las instituciones de la Compañía, reduciendo a tres años la duración del cargo de General, a fin de poderla someter a su autoridad, menos nominalmente que lo había estado hasta entonces, no se manifestó muy dispuesto a servirlos. En tal aprieto, el General Aquaviva trató con Felipe II de potencia a potencia, y el astuto jesuita italiano logró convencer al tenebroso y fanático Felipe, de que más cuenta le tenía apoyar que combatir a los jesuitas, puesto que ninguna institución católica podía servirle mejor, para conservar bajo su férreo yugo sus dilatados dominios, y para extenderlos con sus misiones político religiosas, que en las apartadas y bárbaras regiones de América, África y Asia estableciera la Compañía.

«En lugar de perseguirnos, debéis hacernos concesiones,»decía al tirano español el jesuita italiano.

Felipe II se dejó convencer, y no sólo levantó la prohibición de salir de España a los jesuitas, ya liberados de la Inquisición, sino que encargó al mismo General Aquaviva el nombramiento de los visitadores reales para [119] que desempeñasen el encargo antes dado al Obispo de Cartagena. Y he aquí la Inquisición española humillada, los jesuitas triunfantes, aumentada su acción y su influencia, y a todas las otras órdenes religiosas, establecidas en los dominios españoles a merced del General Aquaviva, puesto que él había de nombrar los regios visitadores, encargados de examinar y modificar sus instituciones, y lo que es más grave que todo esto, al tirano más poderoso de aquellos tiempos, a Felipe II, convertido en instrumento de la política de engrandecimiento de la Compañía, creyendo que eran los jesuitas celosos agentes de su absoluto poder.

Política jesuítica, de dominación y venganza a un tiempo, fue la que indujo a Felipe II a llevar sus armas contra Inglaterra, que no toleraba a los jesuitas en su seno, en aquella desgraciada Armada, llamada la Invencible, que arruinó el poder marítimo de España con su desastre. Política jesuítica fue entregar al dominio de los jesuitas las inmensas regiones del Paraguay, so pretexto de misiones, en las que, sublevándose más tarde contra el gobierno que las había fundado, trataron de hacerse independientes, estableciendo un imperio teocrático; y política jesuítica fue también entregar a la [120] Compañía, en sus colegios privilegiados y en las universidades, la instrucción de la juventud; educación que no produjo más que clérigos de misa y olla y esclavos, contentos con sus cadenas, durante más de siglo y medio, que fueron los de la decadencia de España, de Italia y de Francia, a la influencia jesuítica enfeudadas; siglo y medio en los cuales, las naciones que se separaron de Roma y de sus jesuitas, Inglaterra, Holanda y buena parte de Alemania, en industria, artes y ciencias, tomaron gran delantera a sus antiguas maestras las razas neolatinas, acabando por sobreponérseles en todos los mares, y especialmente en el Mediterráneo, que debió ser siempre latino.

III.

La Inquisición de España tomó la revancha de su derrota, condenando la carta de San Ignacio sobre la obediencia pasiva, y el jesuita Juan Valiente se dirigió al Papa, declarando falsa la doctrina de la obediencia pasiva, base de las constituciones de la Compañía.

Valor necesitaba esta padre Valiente, y caro le costó tener la cualidad de su apellido, porque el Papa sometió la cuestión a una [121] junta de teólogos en Roma, que, como puede suponerse, se declaró por la doctrina de San Ignacio, y contra la de Julián Valiente y la Inquisición de España.

Los jesuitas no podían nada contra los inquisidores españoles, pero se vengaron en el Valiente, encerrándole en un calabozo, en el que no tardó en morir, no se sabe de qué enfermedad.

Contra los reyes y los prelados contrarios a los privilegios de la Compañía, se habían servido los generales de los Papas, arrancándoles bulas sobre bulas, más favorables para ellos las unas que las otras, como ya hemos visto. Cuando el mismo Papa quiso reformar sus constituciones, incompatibles con su autoridad, el General Aquaviva se valió de los reyes y prelados, ya amansados y sometidos a su influencia, para detener la acción del Papa contra sus privilegios.

Persistiendo Sixto V en reforma la Compañía, Aquaviva puso en juego todos sus recursos para impedirlo: prelados, reyes y príncipes católicos escribieron al Papa, pidiéndole que no llevase a cabo la reforma. Sixto V encargó al Cardenal Carraffa le informase sobre las reformas necesarias a las constituciones de la Compañía; pero como el Papa era viejo, y Carraffa estaba con los [122] jesuitas, dio largas al asunto. Comprendiólo así Sixto V, y encargó el informe a cuatro teólogos, que lo despacharon a su gusto, y trasmitió el informe al Sacro Colegio, pero éste lo condenó por demasiado violento. Entonces exclamó el Papa en pleno Consistorio:

«Ya veo que esperando mi muerte, no os apresuráis a satisfacerme; pero os engañáis: pronto resolveré yo mismo el asunto.»

Y es fama que repetía entre sus amigos:

«Todos los cardenales, inclusos los que yo he creado, me venden, favoreciendo a los jesuitas.»

Los jesuitas entretanto, milicia de la Iglesia, y que sólo reconocían por jefe al Papa, cabeza visible de ella, se burlaban del Pontífice en sus mismas barbas, predicando contra él en las iglesias de Roma.

El jesuita Jerónimo fue preso por haber dicho en el púlpito:

«La época necesita un Teodosio por emperador y un Gregorio por Papa, y vemos todo lo contrario...»

Otro jesuita, el padre Blondo, también fue preso por iguales causas; y a Lorenzo Maggio le pusieron en entredicho por haber autorizado tales discursos en ausencia de Aquaviva.

El jesuita Bellarmino escribió una obra [123] sobre la autoridad de los Papas, titulada: De Summi Pontificis potestate, y fue puesta en el Indix por orden del Papa; pero en cuanto éste cerró los ojos, la Congregación del Indix levantó la censura e hizo un elogio de la obra.

El único poder, la única autoridad a los que, según sus doctrinas y constituciones, deben los jesuitas obediencia ciega, diciendo que miran en sus órdenes las de Dios, son los del Papa: el derecho de éste a reformar las constituciones de la Compañía es incuestionable, y sin embargo, los jesuitas no han reparado en los medios para evadirse de su autoridad y del cumplimiento de sus órdenes, cuando han creído que así convenía a sus intereses.

Sixto V se resolvió al fin a hacer la reforma, usando de su derecho de Sumo Pontífice, como había usado de él Pablo III, para dar vida a la Compañía.

Lo primero que al Papa repugnaba era el título de la Compañía de Jesús.

«¡Compañía de Jesús! exclamaba. ¿Qué casta de hombres son esos para que no se les pueda nombrar sin quitarse el sombrero?

Otras veces añadía:

«Es una injuria hecha a las otras órdenes religiosas, y una arrogancia ofensiva para [124] Jesucristo, y no conviene que su santo nombre figure y se debata ante jueces y tribunales.»

Aquaviva, en presencia del Papa, reconocía la convivencia de suprimir el título de la Compañía. Sometióse con la mayor humildad, y él mismo hizo la petición y redactó el decreto: pero según la tradición romana, lo que firmó Aquaviva no fue la supresión del nombre de la Compañía, sino la muerte de Sixto V.

Al salir del Quirinal el General de los jesuitas, después de entregar al Papa el decreto, pasó por el noviciado de San Andrés, y recomendó a los novicios que hicieran una novena para apartar la tempestad que amenazaba a la Compañía. Comenzó la novena, y el último día, en el momento en que la campana de San Andrés llamaba a los novicios a la letanía, murió el Papa.

Todavía hoy, cuando un Papa está enfermo, y las campanas de una iglesia de los jesuitas tocan a agonía, el pueblo dice:

«Las campanas de los jesuitas tocan a letanías: el Papa se muere.»

Sixto V murió, y la Compañía de Jesús salvó su título y sus privilegios, pero la opinión pública la acusó de la muerte del Papa... [125]

IV.

Época de luchas religiosas, el siglo XVI y casi todo el XVII, vieron a los jesuitas encausados y perseguidos; y ellos, milicia activa y audaz del catolicismo romano, lucharon y fueron alternativamente víctimas o verdugos, inspirando desde entonces antipatías tan profundas, que su reconocida destreza y astucia no han bastado a extinguir, en los países en que lucharon contra las aspiraciones y doctrinas de la reforma religiosa. Todavía es asunto de discusión si causaron con sus principios y conducta más mal que bien a la causa del papado. Lo cierto es, que en la época del apogeo de los jesuitas, de 1550 a 1760 los Papas, de quienes se proclamaban campeones, perdieron definitivamente las naciones escandinavas, el Norte y gran parte de Alemania, Holanda y casi todo Flandes, gran parte de Suiza e Inglaterra: la mitad de sus dominios espirituales y casi temporales de Europa, y muchos de Asia, África y América.

Del norte de Europa, comprendiendo las naciones escandinavas y Alemania, fueron expulsados los jesuitas, viéndose, apenas establecidos en la segunda mitad del siglo XVI, maltratados en sus personas, y sus conventos [126] asaltados y saqueados en muchas ciudades.

Expulsó a los jesuitas el gobierno de Transilvania, y el vulgo se amotinó contra ellos y los maltrató cruelmente. La oposición que en muchos de aquellos países encontró el calendario Gregoriano, no fue más que un pretexto o una preocupación, que inspiraba su procedencia: era obra del Papa jesuita, y de estos misteriosos sectarios, y la antipatía que causaban recayó sobre el calendario.

A este propósito dice Voltaire, en el Ensayo sobre las costumbres, que los protestantes de todas las comuniones se obstinaron en no reconocer del Papa una verdad, que hubiera sido necesario recibir, aunque fuesen los turcos quienes la hubiesen propuesto.

En Bohemia, Alsacia, Hungría y otros países del Norte del Oriente de Europa, se hizo un verdadero armamento general contra la Compañía de Jesús, y como todas las revoluciones, aun las de mayores consecuencias, tuvo su origen en una causa trivial.

En 1584 adoptó el Senado de Augsburgo el calendario Gregoriano, y lo mandó observar, con lo cual llegó la cuaresma más temprano. Los carniceros de la ciudad, que no [127] contaban que llegarían antes de lo acostumbrado los días de vigilia, y que sufrieron en su consecuencia perjuicios en sus intereses, por la pérdida de las reses compradas, se sublevaron, vengándose de haber perdido la carne con la anticipación de la cuaresma, no vendiendo carne a los católicos, durante la anticipada Pascua.

Tomó el Senado sus medidas para facilitar carne a los católicos en los días de Pascua, pero los carniceros no quisieron que los jesuitas comieran carne porque a ellos les habían impedido venderla antes, y acometieron su convento, dispuestos a echar los trastos por las ventanas, como suele decirse.

Felizmente para los jesuitas, una mujer se arrojó en medio del tumulto diciendo, que el duque de Baviera entraba en la ciudad con quinientos caballos. Esta noticia bastó para dispersar la gente, y los jesuitas pudieron ponerse en salvo sin sufrir más que el susto.

No salieron tan bien librados los miembros de la Compañía en otras partes.

El Senado de Riga, siguiendo el ejemplo del Augsburgo, impuso el calendario gregoriano, dándole fuerza de ley; pero el pueblo se sublevó la noche del 24 de Diciembre de 1584, no contra el Senado, sino contra los jesuitas, promovedores del decreto, y [128] saqueó sus conventos, en el momento en el que decían la misa de gallo.

Al saberse en los campos lo pasado en las ciudades, imitaron su ejemplo, al grito de «¡Caigan los jesuitas y el calendario!»

La mezcla de lo civil y de lo religioso, la confusión de los actos de la conciencia con los puramente civiles, reuniendo en uno el pecado y el delito, fueron entonces, y han sido y serán siempre, causa de infinitos males, que sólo tienen remedio con la completa separación de lo civil, que pertenece a la ley, de lo religioso que debe quedar al arbitrio de la conciencia.

La historia del progreso social se ve en la separación de lo civil y de lo religioso, comenzada en las naciones llamadas cristianas en el último período de la Edad Media, edad que fue esencialmente teocrática.


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Fernando Garrido
¡Pobres jesuitas!
Madrid 1881, páginas 110-128