Monita Secreta
o Instrucciones Reservadas de la Compañía de Jesús

Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2000
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Capítulo XVIII

De los medios de hacer prosperar la Sociedad.

1. Que todos traten principalmente hasta en lo que parezca insignificante, de mostrar los mismos sentimientos, o al menos que lo aparenten, porque de este modo, a pesar de las turbulencias que agitan el mundo, la Sociedad aumentará y se consolidará.

2. Todos deben esforzarse en brillar por su saber y por su buen ejemplo, hasta sobrepujar a los otros religiosos, y especialmente [320] a los pastores, &c., para que el vulgo prefiera que los nuestros lo hagan todo. Hasta en público debe decirse que no se necesita que los párrocos sepan tanto, con tal que cumplan bien sus deberes, porque pueden aprovechar los consejos de la Sociedad, que, a causa de esto, debe sobresalir en los estudios.

3. Hay que hacer que a reyes y príncipes agrade esta doctrina, convenciéndoles de que la fe católica no puede subsistir sin política en el presente estado de cosas. Mas para esto hay que proceder con discreción. Así los nuestros serán agradables a los grandes, y oídos en los consejos más secretos.

4. Se conservará su benevolencia escribiéndoles, de todas partes, noticias escogidas y seguras.

5. No será pequeña la ventaja que se obtendrá alimentando secretamente, y con prudencia, las discordias de los grandes, aunque arruinando el poder de las partes contendientes. Si se notan probabilidades de reconciliación, la Sociedad tratará el ser la primera en ponerlas de acuerdo, por temor de que otros no se le anticipen.

6. Habrá que persuadir por cualquier medio a los grandes, y al vulgo principalmente, de que la Compañía se ha establecido por una providencia distinta, particular, conforme a las profecías del abad Joaquín, a fin de que la Iglesia se levante de la humillación que le hacen sufrir los herejes.

7. Después de poner de nuestra parte el favor de los grandes y obispos, habrá que apoderarse de los curatos y de las canongías, [321] para reformar más eficazmente el clero, que vivía en otros tiempos bajo cierta regla con sus obispos, y tendía a la perfección. En fin, será preciso aspirar a las abadías y a las prelaturas, cuando estén vacantes, lo que será fácil de obtener considerada la holgazanería y estupidez de los frailes. La Iglesia ganaría mucho en que los obispados fuesen regidos por jesuitas, y lo mismo la Sede Apostólica, sobre todo si el Papa se hiciese príncipe temporal de todos los bienes, por lo que paulatinamente, y con prudencia y recelo, hay que extender lo temporal de la Sociedad, y no hay duda de que, cuando esto suceda, se alcanzará el siglo de oro, y gozaremos entonces paz perpetua y universal, y por consiguiente, la bendición divina acompañará a la Iglesia.

8. Si no se puede llegar a tanto, puesto que necesariamente ocurrirán escándalos, habrá que cambiar de política, según los tiempos, y excitar a todos los príncipes, amigos nuestros, a hacerse mutuamente guerras terribles, a fin de que, implorando por todas partes el socorro de la Sociedad, ésta pueda emplearse en la reconciliación pública, conducta que no dejarán los príncipes de recompensar con los principales beneficios y dignidades.

9. En fin, la Sociedad, después de obtener el favor y la autoridad de los príncipes, hará por ser al menos temida de los que la quieren mal.

FIN.


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Fernando Garrido
¡Pobres jesuitas!
Madrid 1881, páginas 319-321